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Fascismo - Roger Griffin




La mayoría de las personas educadas en Occidente “saben lo que es el fascismo” de forma instintiva, hasta que se lo tienen que explicar a alguien y la definición que intentan dar se va volviendo cada vez más enrevesada e incoherente (afirmación esta que podría ponerse a prueba mandándola como ejercicio en algún seminario).

El fascismo nos proporciona un ejemplo destacado del sólido principio académico según el cual, a un nivel superior, no se puede estudiar o escribir con eficacia sobre la historia de ningún aspecto de cualquier tema importante de las ciencias humanísticas si no se clarifican primero sus contornos conceptuales y no se establece una “definición de trabajo” que preste la debida atención a cómo la disciplina lo ha abordado en el pasado. 

No es de extrañar que algunos historiadores hayan visto el fascismo, junto con el comunismo, como el factor principal que determinó la historia entre 1918 y 1945, hasta el punto de que hablan de una “era fascista” o de “un movimiento que marca un hito”. Eso tiene cierto sentido, ya que, pese a que sólo se instauraron tres regímenes fascistas con todas las de la ley -los de Italia a las órdenes de Benito Mussolini, Alemania a las de Adolf Hitler y Croacia a las de Ante Pavelíc, y sólo los dos primeros en tiempos de paz-, surgieron en países europeizados numerosos movimientos que intentaban emularlos, algunos de los cuales sirvieron de gobiernos títeres que, por tanto, fueron fundamentales para que el Nazismo consiguiera mantener el control del “nuevo orden europeo” todo el tiempo que lo hizo. Además, varias dictaduras de Europa y Latinoamérica se “fascistizaron” como señal de la supuesta hegemonía del fascismo y sus perspectivas de lograr la victoria final en la era política moderna. 

Después de 1945, el espacio político del fascismo quedó drásticamente reducido, y hasta podría argumentarse que el concepto en sí perdió hace mucho su estatus “clave” en el mundo político contemporáneo. 

La campaña para concienciar sobre el calentamiento global, la fluorización del agua auspiciada por el Estado, las maquinaciones de las grandes empresas, la burocracia de la Unión Europea, las medidas gubernamentales para que la gente deje de fumar, la corrección política, el daño que la industria de la moda causa a la imagen que uno tiene de sí mismo y a los hábitos alimenticios saludables, e incluso el sistema tributario del Estado: todos han sido tachados de fascistas.

Llamar a los adversarios “fascistas” al instante los deslegitima y demoniza a ojos de sus críticos, ya se trate del Tea Party republicano, del presidente Obama, de Donald Trump, de Vladímir Putin, de Sadam Husein, de Bashar al-Assad, del Estado de Israel, de Estados Unidos de la eurocracia de Bruselas o de cualquier dictadura antisocialista o fuerza antipopulista o excesivamente populista. Después del 11 de septiembre se hizo muy frecuente que se denominara al Islam político (el Islamismo o, para ser más precisos, el salafismo yihadista global) “islamofascismo”, un uso refrendado por George W. Bush. Más recientemente, durante el conflicto entre Rusia y Ucrania, ambas partes se llamaron entre sí fascistas. 

Desde el principio el término “Fascista” tuvo para sus seguidores una connotaciones progresistas, modernizadoras y revolucionarias, y no reaccionarias ni conservadoras. 

Las piedras fundamentales de la interpretación ortodoxa soviética de lo que era el fascismo genérico se pusieron en la resolución final del Congreso de 1922. En ella se concluía que la función del fascismo era la de actuar de agente directo del capitalismo que se encargara de la represión de clases, además de ser la fuerza por medio de la cual la burguesía llevaba a cabo su ofensiva contra el proletariado, en la que los soldados paramilitares fascistas hacían las veces de “guardia blanca” de la contrarrevolución. 

Tanto Zinoviev como Trotsky estuvieron de acuerdo en que “el fascismo y la socialdemocracia son dos caras del mismo instrumento: la dictadura capitalista”. En la misma línea, Stalin los describió simplemente como “gemelos”. 

Fue únicamente con la brutal persecución del Tercer Reich de comunistas y de todo el movimiento socialista del tras la llegada de Hitler al poder cuando, en 1935, empezaron a haber con retraso llamamientos para formas un “frente popular”, retórica que quedó repentinamente silenciada de nuevo con el anuncio del “pacto Ribbentrop” entre nazis y soviéticos en 1939. 

En Rusia Stalin insistía en usar el término “fascista” de vez en cuando para desacreditar a aquellas versiones del marxismo-leninismo que él rechazaba. 

Las dictaduras militares anticomunistas (como la de Pinochet en Chile) y las formas populistas de políticas de extrema derecha (como el Frente Nacional de Le Pen) son automáticamente descritas por la prensa de izquierdas como fascistas, por muy lejana que sea su relación con el fascismo o con el nazismo. 

La frase “teorías marxistas del fascismo” abarca una rica variedad de posturas matizadas, algunas de las cuales ofrecen importantes puntos de vista para los no marxistas, pero, inevitablemente, son las interpretaciones más simplistas las que todavía prevalecen en el discurso marxista dominante en el periodismo de izquierdas, los análisis académicos y, lo que es más notorio, las concentraciones antifascistas. 

Mi propia formulación de la definición de trabajo del fascismo que se propone en este capítulo hace uso del término palingenesia, del griego palin (de nuevo) y genesis (nacimiento) para referirse a la idea de los fascistas de un renacimiento, ya fuera inminente o más tardío. 

Cuando se usan “palingenésico” o “revolucionario” en el contexto de los estudios del fascismo, indican un gran cambio con respecto a los enfoques marxistas dominantes, que niegan al fascismo un verdadero estatus revolucionario como ideología, y a los enfoques liberales anteriores, que tendían a caracterizar el fascismo de acuerdo con sus negaciones (irracional, intolerante, antisocialista, antihumanista, antimoderno, patológico, etc.). 

Hemos de dejar constancia de que el concepto orgánico de nación también se puede dar en un contexto no fascista, como es, por ejemplo, la idea romana clásica de “la ciudad eterna”, la de los judíos de ser una “nación eterna”, y la de cualquier forma extrema de patriotismo que sostiene que los que mueren por la causa nacional son “mártires” de una causa trascendental y sagrada que, al dar la vida, están trascendiendo la mera muerte individual.

La ultra-nación fascista puede entenderse como un producto supra-individual de la imaginación fascista que toma aspectos de la “madre patria” histórica, pero también de los pasados mitificados de la historia y la raza y de sus destinos futuros. Proporciona a los fascistas el foco mítico para que se sientan parte de una comunidad supra-personal en la que comparten ese sentido de pertenencia a ella, su identidad y su cultura (ya estén basadas en la historia, la lengua, el territorio, la religión o la raza, o en una mezcla de varios de estos componentes).

Es importante que no infiramos de esto que el fascismo es inherentemente racista desde un punto de vista biológico o genético.  Cierto es que cualquier concepto orgánico de nación es intrínsecamente racista por la forma en que tiende a tratar las etnias o nacionalidades como entes singulares e idealizados que están amenazados or el mestizaje, la migración masiva, el cosmopolitismo, el materialismo, el individualismo o la absorción en organismos internacionales. 

Mientras que para George Mosse (1966) el nazismo representa la personificación más completa del fascismo genérico, para Sternhell (1976) su racismo biológico excluye al nacionalsocialismo de la familia de los fascismos. 

Payne ofreció por primera vez una taxonomía coherente del fascismo como categoría distintiva de la extrema derecha, aprovechando su amplio estudio de la Europa de entreguerras y sus grandes conocimientos sobre el papel específico que había jugado el fascismo falangista en la España de los años treinta (Payne, 1961).

Dentro del contexto de la “fe” fascista, también conviene señalar que, inevitablemente, el compromiso fanático, ciego y entusiasta con el credo fascista solo se da en una minoría de los miembros de un gran movimiento fascista, una minoría que es aún más pequeña dentro de un partido fascista, e incluso más escasa dentro de un régimen entero. 

Es significativo que las iniciales del Partido Fascista que se sellaban en el carnet de afiliación, PNF, se convirtieran en el acrónimo per necesità familiare (por necesidad familiar), y que los que se apresuraron a unirse al NSDAP tras la victoria de Hitler fueran llamados con desprecio por los que se habían unido antes de 1933 los Märzgefallene, “los caídos en marzo”, una alusión irónica a una famosa estatua a las víctimas de las revoluciones de 1848 de Viena y Berlín.

Ahora existe una perspectiva real de que el fascismo de entreguerras llegue a ser visto, no ya como el archienemigo de la modernidad, sino como el aspirante a arquitecto de una cultura moderna y un Estado totalitarios que tenían sus raíces en un pasado mitificado (Griffin, 2008).

Existe una peculiar tensión entre el análisis del fascismo genérico como “tipo ideal” y la tendencia del lenguaje a narrarlo, cosificarlo y sintetizarlo hasta el punto de tratarlo como si fuera una entidad vida. Objetivamente, el fascismo no “surge”, “se extiende”, “cae”, “sobrevive a la guerra” y “se reinventa” por medio de “la adaptación de su visión central a las nuevas realidades”.

La historia del fascismo es la de un movimiento complejo en evolución, que adapta pragmáticamente sus principios básicos, objetivos y fórmulas ideológicas a las circunstancias en constante cambio que son exclusivas de cada país y región, pero siempre con una tendencia hacia el activismo revolucionario y el cambio. 

Lo que unía a los fascistas y nazis más entregados a la causa era el hecho de que ambos buscaban programas fascistas de renacimiento natural, pero lo que los separaba era su compromiso con unas combinaciones muy distintas de mitos ultranacionalistas. El resultado es que incluso elementos en apariencia comunes pueden ocultar profundas diferencias. Por ejemplo, las esculturas neoclásicas idealizadas de atletas masculinos desnudos en recintos deportivos son un rasgo tanto del régimen fascista como del nazi. 

Tanto el Fascismo como el Nazismo surgieron en países que sólo habían conseguido la unificación ya entrado el siglo XIX. 

En España, el Siglo de Oro (1492-1659), con su absolutismo monárquico, su poder imperial, la autoridad de la Iglesia y sus destacados logros artísticos , se convirtió en el modelo para el renacimiento cultural y político que el escritor Ernesto Giménez Caballero quería que se consiguiese en el régimen del general Franco. 

Uno de los mitos fundamentales más originales, que mezclaba fantasías protocrónicas con otras de una edad de oro, lo desarrolló Acción Integralista Brasileña (AIB). Habida cuenta de la compleja mezcla racial de un país en el que los indígenas y los descendientes de generaciones de colonizadores portugueses y de sus esclavos africanos se habían casado entre sí durante siglos, Plínio Salgado no podía permitirse nociones más o menos científicas de pureza biológica, eugenesia o de una mítica super-raza ancestral. En su lugar, para él la esencia de lo brasileño (brasilidade), que proporcionaría la fuerza espiritual cohesiva que se necesitaba para el renacimiento del país, radicaba precisamente en su singular mezcla étnica y cultural, que había hecho posible el auge de Brasil como potente economía moderna y nación política. La AIB, por lo tanto, celebraba el mestizaje al que tanto temían los racistas nazis, la Legión, los hungaristas y la Ustacha. 

Hasta que su movimiento fue prohibido por el dictador Getulio Vargas en 1938, Salgado hizo campaña para que se considerase Brasil un laboratorio ideal en el que demostrar el poder de una sociedad de mezcla racial para revitalizar una nación espiritual y culturalmente, y a partir de ahí política y económicamente, y así poner los cimentos para la “cuarta era de la humanidad”. 

Es especialmente errónea la idea de que el fascismo simplemente quería devolver a las mujeres a los papeles que les asignaban los conservadores tradicionales…. La doctrina del fomento de la natalidad (o “natalismo”) en los regímenes del Duce y del Führer hizo gala de un elemento claramente modernizador y anticonservador. Las innovaciones que se introdujeron para mejorar la salud demográfica de la nación, como la inversión estatal para la ayuda a la maternidad y la medicina infantil, se adelantó a determinados aspectos de la asistencia sanitaria a las mujeres que es normal en los Estados del bienestar democráticos modernos, pero sin el énfasis liberal en el individualismo o en los derechos de la mujer. 

Además, ahora se animaba a las mujeres a que volvieran a experimentar su compromiso con la vida familiar, la vida doméstica y la maternidad dentro del contexto de una visión oficial que atribuía un papel heroico a su sacrificio por el bien de las generaciones futuras, un mito este que, por el poder del que parecía dotarlas, resultó muy atractivo para una minoría de mujeres que querían conseguir mayor relevancia tanto en la Italia fascista como en Alemania, e incluso entre algunas antiguas sufragistas inglesas. 

El entorno social profundamente católico del Fascismo italiano y el Falangismo español garantizó que, a diferencia de lo que ocurrió en el Nazismo, en Italia y España no se practicara la eugenesia negativa que en el Tercer Reich llevó a la esterilización o matanza de mujeres consideradas física o mentalmente deficientes. 

En los regímenes de Mussolini y Franco era imposible que las mujeres tuvieran que someterse al equivalente de la llamarada Prueba Mischling (mezcla racial) que sus homólogas alemanas tenían que hacerse antes de casarse para determinar la pureza aria de su sangre. 

Una facción de los líderes nazis veía el expresionismo alemán (el no comunista) como la encarnación de un espíritu faustiano que era arquetípicamente ario. En 1934 hasta se celebró en Berlín una exposición de Aeropittura italiana, una rama del futurismo, que se inauguró con un discurso visionario del poeta archi-expresionista Gottfried Ben. Mientras, Goebbels rendía homenaje a Edvard Munch (el pintor noruego de El grito) por su expresión del espíritu nórdico, y algunos oficiales de las SS, así como Goebbels, seguían siendo grandes aficionados al jazz pese a la censura oficial. En las artes visuales, el estilo racionalista internacional de arquitectura se usó en fábricas, puentes, centrales eléctricas e incluso en algunos edificios civiles, mientras que el diseño del Volkswagen era tan avanzado que en 2006 formó parte de la exposición “Modernismo: el diseño de un nuevo mundo”, que organizó el Victoria and Albert Museum de Londres. 

Visto desde ese ángulo, queda claro que el uso de un austero neoclasicismo para edificios civiles icónicos de los nazis, como la Casa de Arte Alemán o el aeropuerto de Tempelhof, no ha de entenderse como antimoderno, sino como la propia estética revolucionaria del nazismo, un híbrido de lo antiguo y lo moderno que de nuevo indica una forma del “modernismo con arraigo” típico del fascismo genérico.

No hay duda de que, para los fascistas más radicales, el objetivo a largo plazo era remplazar la profunda desigualdad social y el individualismo atomizador, producidos por el capitalismo y la estratificación de clases, por una comunidad nacional cuyos miembros estuvieran protegidos de la explotación y las privaciones por un Estado altamente intervencionista que dirigiría la economía para salvaguardar los intereses de toda la nación, entendida ésta como un organismo homogéneo en lo étnico o en lo cultural. 

Los marxistas militantes ven, como era de esperar, al fascismo en acción en cualquier forma organizada de racismo, xenofobia, islamofobia o discriminación, como es el caso de las protestas contra la inmigración, las cumbres del G8 y todas las formas de totalitarismo de anti-izquierda, que atribuyen a la tendencia latente del capitalismo a generar exclusión social y discriminación. El modo en que periodistas y políticos manejan el término “fascismo” tampoco contribuye a crear un clima sereno de investigación forense. 

En el contexto en buenos hallamos, debemos separar cuidadosamente “fascismo” de “populismo”, ya que la supuesta amenaza cada vez mayor de éste a la democracia se confunde a menudo con una señal de la expansión del fascismo, y, además, mi propia definición habla de “ultranacionalismo populista”. 

Hay que diferenciar el populismo, tanto ideológica como psicológicamente, del fascismo, lo cual o quiere decir que algunos partidos populistas europeos de derechas no consigan el voto de “auténticos” fascistas. Por usar la distinción legar que establece el derecho constitucional alemán, el populismo de derechas es “radical” y por lo tanto legal, mientras que el fascismo es “extremista”, y por lo tanto ilegal. 

El fascismo sigue siendo una fuerza laica, y por lo tanto es distinto del terrorismo islamista, que representa una forma extrema de la politización y secularización de una religión que se remonta a los orígenes del propio Islam. 

Siguiendo la teoría de Gramsci de la “hegemonía cultural” como condición previa para la hegemonía política, la Nueva Derecha preconiza un “gramscismo de derechas”.

Los dos principales precursores intelectuales del Neo-fascismo meta-político son el italiano Julius Evola, fascista y euro-fascista racista, y el alemán Armin Mohler, al que ya conocimos antes como recopilador de un compendio muy influyente de fuentes (alemanas) de una nueva “Revolución Conservadora” de posguerra.

Es en Rusia donde el Neo-fascismo de la Nueva Derecha ha tenido el mayor impacto manifiesto en la política oficial. Bajo el mandato de Putin se han reforzado las nociones geopolíticas de proteger la homogeneidad cultural y hegemonía de Rusia de la europeización, gracias a la prolífica tarea publicitaria de Aleksandr Dugin, que lleva dos décadas entregado a la misión de revitalizar el Eurasianismo dentro del patrón de la Revolución Conservadora. 

Remedando un famoso comentario del Pigmalión de Bernard Shaw, podríamos decir que “es imposible que un experto en el fascismo abra la boca sin que consiga que otro experto lo odie o desprecie”. 
El neo-fascismo se caracteriza por tener tantas visiones y planes palingenésicos que es imposible generalizar sobre cómo ocurrirá ese renacimiento, sobre todo ahora que, para muchos fascistas, ese renacimiento ha quedado pospuesto indefinidamente y debe esperar a que la civilización liberal se desmorone desde dentro, lo que Julius Evola (1961) llamó “montar (cabalgar) el tigre”. 

El fascismo italiano fue un fenómeno plural, en el que tenían cabida muchas teorías enfrentadas, e incluso filosofías, sobre cómo debería ser el nuevo Estado, así como corrientes conservadoras y futuristas elitistas y populistas, burguesas y proletarias, urbanas y rurales, juveniles y gerontrocráticas, revolucionarias y reaccionarias. 

El Fascismo italiano fue “una mezcla desordenada” (Roberts, 2000), que incorporó elementos como el catolicismo ultraconservador que se contradecía con el culto pagano de la romanitá, la cual a su vez chocaba directamente con las visiones tecnocráticas y futuristas de la nueva Italia y con la teoría hegeliana de Giovanni Gentile del Estado ético, que fue la base para la definición oficial dela ideología fascista en la Enciclopedia Italiana. 


A sangre y fuego - Manuel Chaves Nogales





Antifascista y antirrevolucionario por temperamento, me negaba sistemáticamente a creer en la virtud salutífera de las grandes conmociones y aguardaba trabajando, confiado en el curso fatal de las leyes de la evolución. Todo revolucionario, con el debido respeto, me ha parecido siempre algo tan pernicioso como cualquier reaccionario.

¿Por dónde empezó el contagio? Los caldos de cultivo de esta nueva peste, terminada en ese gran pudridero de Asia, nos los sirvieron los laboratorios de Moscú, Roma y Berlín, con las etiquetas de comunismo, fascismo o nacionalsocialismo, y el desapercibido hombre celtíbero los absolvió ávidamente. 

Ni blancos ni rojos tienen nada que reprocharse. Idiotas y asesinos se han producido y actuado con idéntica profusión e intensidad en los dos bandos que se partieran España. 

Puedo decir que un hombre como yo, por insignificante que fuese, había contraído méritos bastantes para haber sido fusilado por los unos y por los otros.

Cuando estalló la guerra civil, me quedé en mi puesto cumpliendo con mi deber profesional. Un consejo obrero, formado por delegados de los talleres, desposeyó al propietario de la empresa periodística en que yo trabajaba y se atribuyó sus funciones. Yo, que no había sido en mi vida revolucionario, ni tengo ninguna simpatía por la dictadura del proletariado, me encontré en pleno régimen soviético. 

Ví entonces convertirse en comunistas fervorosos a muchos reaccionarios y en anarquistas terribles a muchos burgueses acomodados. La guerra y el miedo lo justificaban todo. 

¡Cuidado! En mi deserción pesaba tanto la sangre derramada por las cuadrillas de asesinos que ejercían el terror rojo en Madrid como la que vertían los aviones de Franco, asesinando mujeres y niños inocentes. Y tanto o más miedo tenía a la barbarie de los moros, los bandidos del Tercio y los asesinos de la Falange, que a la de los analfabetos anarquistas o comunistas. 

Yo he querido permitirme el lujo de no tener ninguna solidaridad con los asesinos. Para un español quizá sea éste un lujo excesivo. 

Se paga caro, desde luego. El precio, hoy por hoy, es la Patria. Pero, la verdad, entre ser una especie de abisinio desteñido, que es a lo que le condena a uno el general Franco, o un kirguís de Occidente, como quisieran los agentes del bolchevismo, es preferible meterse las manos en los bolsillos y echar a andar por el mundo, por la parte habitable de mundo que nos queda, aun a sabiendas de que en esta época de estrechos y egoístas nacionalismos el exiliado, el sin patria, es en todas partes un huésped indeseable que tiene que hacerse perdonar a fuerza de humildad y servidumbre su existencia. De cualquier modo, soporto mejor la servidumbre en tierra ajena que en mi propia casa. 

Cuando el gobierno de la República abandonó su puesto y se marchó a Valencia, abandoné yo el mío. 

El resultado final de esta lucha no me preocupa demasiado. No me interesa gran cosa saber que el futuro dictador de España va a salir de un lado u otro de las trincheras. Es igual. El hombre fuerte, el caudillo, el triunfador que al final ha de asentar las posaderas en el charco de sangre de mi país y con el cuchillo entre los dientes -según la imagen clásica- va a mantener en servidumbre a los celtíberos supervivientes, puede salir indistintamente de uno u otro lado. Desde luego, no será ninguno de los líderes o caudillos que han provocado con su estupidez y su crueldad monstruosas este gran cataclismo de España. A éstos, a todos, absolutamente a todos, los ahoga ya la sangre vertida. No va a salir tampoco de entre nosotros, los que nos hemos apartado con miedo y con asco de la lucha. Mucho menos hay que pensar en que las aguas vuelvan a remontar la corriente y sea posible la resurrección de ninguno de los personajes monárquicos o republicanos a quienes mató civilmente la guerra. 

El hombre que encarnará la España superviviente surgirá merced a esa terrible  e ininteligente selección de la guerra que hace sucumbir a los mejores. ¿De derechas? ¿De izquierdas? ¿Rojo? ¿Blanco? Es indiferente. Sea el que fuere, para imponerse, para subsistir, tendrá, como primera providencia, que renegar del ideal que hoy lo tiene clavado como un parapeto, con el fusil echado a la cara, dispuesto a morir y a matar. Sea quien fuere, será un traidor a la causa que hoy defiende. Viniendo de un campo o de otro, de uno u otro lado de la trinchera, llegará más tarde o más temprano a la única fórmula concebible de subsistencia, la de organizar un Estado en el que sea posible la humana convivencia entre los ciudadanos de diversas ideas y la normal relación con los demás Estados, que es precisamente a lo que se niegan hoy unánimemente con estupidez y crueldad ilimitadas los que están combatiendo. 

Me expatrié cuando me convencí de que nada que no fuese ayudar a la guerra misma podía hacerse ya en España. 

Montrouge (Seine), enero-mayo de 1937


Y siguió la fiesta. La vida cultural en el París ocupado por los nazis. Alan Riding (Parte III)


¿Bailamos?

La cultura era el único en el terreno en el que los franceses podían conservar su orgullo. Y no era tan mala idea dejar que los artistas levantaran el ánimo del país a la espera de mejores tiempos. Ese planteamiento también era del gusto de los alemanes, que estaban convencidos de que todo les resultaría mucho más fácil si tenían a los franceses, y en particular a los parisinos, entretenidos. Desde luego, Hitler estaba encantado con la idea de ver a los franceses revolcarse en su propia degeneración. “¿A ti te importa particularmente la salud espiritual de los franceses?”, le preguntó en una ocasión Hitler a Albert Speer, tal como éste recordaría más tarde. “Pues dejemos  que degenere. Mejor para nosotros.”

Por aquel entonces la prioridad de los alemanes era simplemente conseguir que los parisinos tuvieran la sensación de que la vida volvía a la normalidad. El 23 de junio, Joseph Goebbels, el poderoso Reichsminister de Iluminación Pública y Propaganda, viajó a París para comprobar de primera mano el ambiente de la ciudad. Los soldados de la Wehrmacht parecían bastante contentos: los burdeles y los cabarés de la ciudad satisfacían sus necesidades de diversión y algunos de los restaurantes ofrecían menús en alemán. Pero Goebbels dictaminó que la ciudad estaba triste y ordenó más diversión. En septiembre, el estado de ánimo había mejorado ostensiblemente y la mayoría de parisinos empezaron a regresar a sus casas. Aunque encontraron una ciudad engalanada con esvásticas en la que soldados alemanes desfilaban por los Campos Elíseos cada día a las doce y media e imponían el toque de queda cada noche a las once, el París de antaño resultaba aún reconocible. 

Sin embargo, tras el aparente laissez-faire de los alemanes se escondía una estrategia más radical, motivada por su profundo complejo de inferioridad hacia una cultura que había dominado Europa durante los dos siglos anteriores. Durante ese mismo periodo, la cultura germánica había producido una gran cantidad de artistas, escritores y, sobre todo, músicos. Y, aun así, era París (no Londres, ni Roma, ni Viena ni, desde luego, Berlín) la ciudad que definía los gustos y las tendencias del continente. Los nazis no lograban explicar cómo era eso posible tratándose de una cultura, a sus ojos, degenerada y dominada por judíos, negros y masones. Y, sin embargo, Hitler y Goebbels codiciaban ese poder y ese liderazgo, de modo que ordenaron que ninguna actividad cultural producida en Francia atravesara las fronteras del país. 

En noviembre de 1940, Goebbels detalló la estrategia en sus instrucciones dirigidas a la Embajada alemana en París: “El objetivo de nuestra victoriosa campaña es poner fin a la dominación francesa de la propaganda cultural, en Europa y en el mundo. Después de tomar el control de París, el centro de la propaganda cultural francesa, estamos en situación de asestar un golpe decisivo a dicha propaganda. Cualquier gesto de apoyo o de tolerancia hacia esa propaganda será considerado un crimen contra el Reich”. Al mismo tiempo, Goebbels vio una oportunidad para lograr que la cultura alemana se infiltrase en la sociedad francesa y, sobre todo, entre sus intelectuales. Para Goebbels, el colaboracionismo cultural implicaba distraer al público en general e impresionar a los artistas e intelectuales franceses con la gloria eterna de Alemania y los logros del Tercer Reich. Al mismo tiempo, se pretendía mandar un mensaje claro a los alemanes: la victoria sobre Francia era no sólo militar, sino también cultural e intelectual. 

Al Departamento de Propaganda no le costó nada dominar los medios de comunicación, pues los editores de periódicos o bien eran fascistas convencidos, o bien estaban deseosos de complacer a los alemanes.

En más de una ocasión los oficiales culturales alemanes aprobaron libros, películas y obras de teatro que Vichy quería prohibir por razones morales. 

A partir de 1941, y a insistencia de Goebbels, el instituto empezó a invitar a delegaciones de artistas franceses a visitar Alemania. Todo eso fue posible, naturalmente, porque la vida cultural francesa prácticamente había recuperado la normalidad a una velocidad inopinada. 

En su única visita a París en la madrugada del 23 de julio, Hitler había querido visitar la ópera antes que ningún otro edificio. Acompañado por su arquitecto jefe, Albert Speer, y su escultor preferido, Arno Breker, realizó una visita de tres horas por la ciudad de París, vacía y silenciosa; la visita incluyó también la tumba de Napoleón en Les Invalides, el Panteón, la catedral de Notre Dame y otros lugares turísticos. Sin embargo, y según Speer escribió más tarde, el edificio de la ópera “era el preferido de Hitler”. Al parecer, El Führer había estudiado la fantasiosa obra neobarroca de Charles Garnier cuando era alumno de la Escuela de Arte de Viena, hasta el punto de que fue capaz de orientarse por el interior del edificio en su primera visita. “Quedó fascinado por la Ópera”, añadió Speer, “alabó extasiado su belleza y en sus ojos relucientes se reflejaba una emoción que me pareció asombrosa”. 

El cine fue también una de las formas artísticas más afectadas por el Estatuto de los Judíos, la primera gran medida antisemita del régimen de Pétain en Vichy, que se promulgó en toda Francia el 3 de octubre de 1940. El objetivo de dicho estatuto iba más allá de la restricción del mundo cinematográfico y excluía a los judíos (definidos como cualquier persona con un mínimo de tres abuelos judíos) del Gobierno, la administración pública, el poder judicial, las fuerzas armadas, la prensa y la práctica docente. Los ciudadanos que regresaban a sus empleos en eso ámbitos debían firmar un documento, tal como recordaría Simone de Beauvoir: “En el Lycée Camille Sée (como era obligado en todos los lycées), tuve que firmar una declaración en la que prometía bajo juramento que ni era judía, ni estaba afiliada a la masonería. Me pareció repugnante tener que firmar eso, pero nadie se negó a hacerlo: para la mayoría de mis colegas, lo mismo que para mí, no había otra salida”.

Los únicos judíos a quienes se permitió conservar sus trabajos fueron los veteranos de la Primera Guerra Mundial, los poseedores de la Légion d’Honneur y quienes habían prestado “servicios excepcionales” a Francia en los ámbitos literario, científico o artístico. Unos pocos profesores universitarios, como el historiador Marc Bloch, lograron acogerse a esa excepción que, no obstante, les proporcionaría una protección muy limitada en estadios más tardíos de la ocupación. Casi inmediatamente empezaron también las presiones para expulsar a los judíos de la Comédie Fracaise y de la Ópera de París que, en tanto que instituciones nacionales, eran consideradas extensiones del Gobierno. Pero el cine era el único ámbito cultural al que el estatuto se refería específicamente. En respuesta a la campaña fascista prebélica contra el “control” judío de la industria cinematográfica, y en particular al control de los productores judíos extranjeros, el estatuto especificaba que los judíos no podían trabajar como productores, distribuidores ni directores de películas, ni tampoco como propietarios o directores de salas de cine. 

Naturalmente, el Estatuto de los Judíos no salió de la nada. El antisemitismo francés, que durante la década de 1930 había dejado de ser una obsesión exclusiva de la derecha para convertirse en un sentimiento ampliamente extendido, se exacerbó aún más en junio de 1940, cuando los judíos se convirtieron en uno de los chivos expiatorios de la derrota francesa. Las acusaciones que les lanzaban los fascistas de París y Vichy eran muy diversas: que los judíos franceses no eran realmente franceses, pues mostraban una mayor lealtad hacia el judaísmo que hacia Francia; que los refugiados judíos extranjeros, un tercio de los 300.000 miembros de la comunidad judía francesa, eran unos quintacolumnistas; que los judíos habían empujado a Francia a la guerra contra Alemania; que los judíos se habían infiltrado en el Gobierno y en las fuerzas armadas, y que el poder económico y cultural de los judíos en Francia era excesivo. 

En realidad, la prensa colaboracionista necesitaba muy pocas motivaciones. Así, por ejemplo, el periódico de gran circulación Paris-Soir celebró el Estatuto de los Judíos con el titular “Empieza la purificación”; el subtítulo especificaba: “Los judíos expulsados por fin de todos los empleos públicos del país”. El artículo señalaba con regocijo que “los israelitas extranjeros podrán ser encarcelados”. Un mes más tarde, los periódicos colaboracionistas aplaudieron una nueva medida que obligaba a los negocios en manos judías a colocar un aviso bilingüe en el escaparate en el que se identificara como “Jüdisches Geschäft” y “Entreprise juive”. Vichy hizo cosas aun peores, pero el Estatuto de los Judíos ilustra perfectamente la predisposición del Gobierno francés a adoptar medidas antisemitas por iniciativa propia y sin presión alemana. 

Goebbels exigió que Francia devolviera todo el arte que había “robado” a Alemania desde el año 1500 y, en particular, durante las guerras napoleónicas. 

Gide, que permaneció en la zona no ocupada hasta que se marchó a Túnez en 1942, intentó también hallarle el sentido a los acontecimientos políticos, aunque limitó esa actividad a la intimidad de su diario. Y, como casi todo el mundo, ese hombre de letras por antonomasia titubeó: aplaudió el primer discurso de Pétain y criticó el que pronunció una semana más tarde. Se mostró impresionado por la victoria alemana y escribió: “Hemos sido militarmente burlados, sin apenas tener conciencia de ello, por Hitler, amo y señor del circo, cuya astucia y agudeza sobrepasa la de los mejores capitanes.” Haciéndose más o menos eco de las palabras de Pétain, afirmó que Francia había propiciado su propia derrota: “A pesar del amor que siento por Francia, no podía dejar de observar el estado de decadencia de nuestro país. A mi conciencia permanente de dicha decadencia la acompaña tan sólo una gran melancolía; era evidente que nos conducía al abismo”. En un determinado momento lamentó encontrarse lejos de la batalla. “El ‘intelectual’ que se preocupa principalmente por ponerse a salvo pierde una oportunidad excepcional de aprender algo”, escribió. Pero, al mismo tiempo, tampoco tenía ningunas ganas de estar en París. 

Posiblemente Gide merece una disculpa por haber aportado sus artículos al primer y tercer número de la Nouvelle Revue Francaise de Drieu La Rochelle, pues más tarde reconoció su error y rompió sus vínculos con la revista en un artículo publicado en Le Figaro que se editaba en Lyon, en la zona no ocupada. Pero, en el fondo, y con muy pocas excepciones, los escritores franceses se mostraron realmente ansiosos por publicar, aunque eso significara doblegarse ante la censura. 

Pétain les dijo a los franceses: “Con honor y para mantener la unidad francesa (una unidad que se remonta a diez siglos) en el contexto de la construcción de un nuevo orden europeo, a partir de hoy emprendo la vía del colaboracionismo”.

En la práctica, la colaboración tal como la presentaba Pétain tenía muy poco interés para los nazis. El único gesto de reconciliación por parte de Hitler fue acceder a devolver los restos del hijo de Napoleón, el duque de Reichstadt, conocido como L’Aiglon, de Viena a Les Invalides en diciembre de 1940. “Mucho revuelo por el retorno de las cenizas de Napoleón II”, escribió Galtier-Boissière en su diario el 15 de diciembre de 1940. “Un acto de caballerosidad por parte de Hitler”. Sin embargo, los irrespetuosos parisinos afirman que ellos preferirían carbón a cenizas.” En realidad, para la mayoría de la población era evidente que Hitler no tenía intención de “recompensar” a Pétain con un tratado de paz, aunque tan sólo fuera porque la idea de castigar a Francia (por las reparaciones que había logrado tras la Primera Guerra Mundial, por su derrota de 1940 y por su arrogancia) gozaba de popularidad en Alemania. En cambio, al mantener viva la idea de un tratado de paz, Berlín lograba la colaboración que necesitaba: la cooperación de Vichy a la hora de enviar materia prima francesa, productos industriales y mano de obra a Alemania. 

Y siguió la fiesta. La vida cultural en el París ocupado por los nazis. Alan Riding (Parte II)


Pasajes de Y siguió la fiesta. La vida cultural en el París ocupado por los nazis. Alan Riding


Se acabó lo que se daba

Muchos otros internos extranjeros fueron liberados o lograron huir antes de que los alemanes llegaran a los campos, aunque Walter Hasenclever, un dramaturgo alemán internado en Camp des Milles, optó por suicidarse ingiriendo una sobredosis de somníferos el 22 de junio. Carl Einstein, un historiador del arte alemán, huyó  de un campo cerca de Burdeos. El 5 de julio, viéndose atrapado en la frontera española, se quitó la vida arrojándose desde un puente. El destino de Münzenberg, el ex agente del Comintern, fue más turbio; arrestado en París el 14 de mayo y enviado a u campo al sur de Lyon, cinco semanas más tarde el comandante del campo ordenó a algunos de los prisioneros, entre ellos Münzenberg, que se dirigieran a otro campo. Sin embargo, como no los escoltaba ningún guardia militar, los prisioneros aprovecharon la ocasión para huir. El cuerpo de Münzenberg fue hallado cuatro meses más tarde. Oficialmente, la causa de la muerte fue el ahorcamiento, aunque nunca se supo si Münzenberg  se había suicidado o si, como muchos sospechan, había muerto a manos de la policía secreta soviética. Más suerte tuvo Koestler. Después de un breve arresto en mayo, huyó de París con Hardy. Entonces se alistó a la legión extranjera bajo un nombre falso para evitar futuras detenciones. En un primer momento Hardy lo siguió, mientras Koestler malvivía en los barracones del ejército, rodeado de un desorden creciente. Finalmente, Hardy consiguió un pasaje en uno de los últimos barcos que zarparon de Burdeos con destino a Inglaterra, donde logró publicar la obra maestra política de Koestler, El cero y el infinito, que ella misma había traducido del alemán. Koestler se unió a los miles de extranjeros que intentaban huir de Francia y, al cabo de un tiempo, logró llegar también a Inglaterra, a través de Casablanca y Lisboa. 

Otros artistas aprovecharon también la “guerra de broma” para prepararse para lo peor. Piet Mondrian, el maestro holandés del arte abstracto, se había marchado a Inglaterra ya en 1938 y se trasladó a Nueva York en cuanto se declaró la guerra. En 1940, Dalí y su mujer, Gala, siguieron a Mondrian a Nueva York, mientras que Miró regresó a la España franquista. Matisse, Bonnard y Maillol habían optado hacía ya tiempo por vivir y trabajar lejos de París y, por tanto, estaban relativamente a salvo. Pero otros permanecieron en París, luchando en un mercado artístico en crisis para conseguir los medios necesarios para irse a vivir a las provincias o al extranjero. 

Gide, que vivía en el sur de Francia, optó por rehuir los focos de atención. “No, decididamente no hablaré por radio”, escribió en su diario el 30 de octubre de 1939. “No contribuiré a darle oxigeno al público. Los periodistas ya publican suficientes trivialidades patrióticas. Cuanto más francés me siento, más me resisto a dejar que mi mente termine atrapada. Si ésta se regimentara, perdería todo su valor.” Pero la entrada también sugería que, en caso de que decidiera hablar o escribir, no estaba muy seguro de qué opción elegiría. “No quiero ruborizarme mañana por lo que he escrito hoy”, escribió. Y añadió: “Me guardaré mis pensamientos poco razonables en esta libreta, hasta que vengan tiempos mejores”. Aproximadamente tres meses después, el 7 de febrero de 1940, expresaba su preocupación por las consecuencias de la guerra: “Es de imaginar que después de la guerra, incluso si salimos vencedores, estaremos sumidos en tal desorden que tan sólo una dictadura decidida podrá sacarnos de él”. Más tarde, el 21 de mayo, con las fuerzas alemanas penetrando rápidamente en Francia, Gide mostró sus desesperación ante los franceses y escribió: “Oh ciudadanos franceses, frívolos incurables! Hoy pagaréis bien cara vuestra falta de diligencia, vuestra inconsciencia y vuestra obstinación por acostaros encima de tantas virtudes preciosas”.

Drieu La Rochele, el escritor fascista, había resultado herido en la Primera Guerra Mundial y fue exento del  ejército por motivos de salud, lo que le permitió continuar escribiendo textos de ficción y artículos para la Nouvelle Revue Francaise. Pero a pesar de la confianza en sí mismo que expresaba públicamente, su diario de guerra, publicado décadas después de su suicidio en 1945, pone de manifiesto toda su confusión y su inseguridad en los compases previos al estallido de la guerra. Los judíos seguían siendo su obsesión y una y otra vez especuló sobre la posibilidad de que su viejo amigo y, al mismo tiempo, enemigo ideológico, Aragon, fuera judío. La Rochelle era un hombre alto y apuesto, y se vanagloriaba de que las mujeres siempre lo habían deseado, pero más tarde expresaba su vergüenza por no haber sido nunca un “hombre verdaderamente valiente”. Incluso recordaba que se había casado con su segunda mujer, Olesia Sienkiewicz, “persuadido por la idea de que era lesbiana y que nunca me amaría de verdad”. Pero cuando Drieu La Rochele conseguía mirar más allá de su propia nariz, era capaz de tomarle el pulso a Francia con gran precisión. “La guerra no ha cambiado nada, al contrario”, escribió en diciembre de 1939. “Los franceses están más divididos que nunca, detrás de la fachada de un acuerdo global que es en realidad el resultado de su letargo.”

La Wehrmacht rodeó al Ejército francés en el norte y empezó a avanzar hacía el sur. Hizo dos millones de prisioneros, entre ellos Sartre, Messiaen, Desnos, Anouilh, Brasillach y el futuro presidente del país, Francoise Mitterrand… Sartre, Messiaen y Brasillach fueron liberados en 1941, y Mitterrand escapó ese mismo año. 

Sólo unos pocos escritores decidieron permanecer en París, entre ellos el excéntrico y conservador Paul Léautaud, que se negó a abandonar a sus queridos perros y gatos. Fue testigo de cómo la ciudad se vaciaba rápidamente y vio cómo incluso el Louvre quedaba desprotegidos. Unos días más tarde, escribió en su Journal litterarie: “Soy completamente indiferente a la derrota, tan indiferente como cuando el otro día vi al primer soldado alemán”. Un motivo simple para su indiferencia era que, en tanto que antisemita convencido, creía que una victoria británica equivalía a una victoria judía.