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Sobre las tendencias balcanizantes de España - Fracasología - María Elvira Roca Barea





El problema no es que existan en España tendencias balcanizantes. Esto es bastante común. El problema es que las fuerzas políticas no balcanizantes, que son mayoritarias y dicen que constitucionalistas, han sido incapaces de ofrecer un frente común que neutralice la balcanización y le impida seguir destruyendo el ordenamiento constitucional. Una democracia no puede integrar cualquier tendencia que surja en el horizonte y, desde luego, no puede sostenerse en un Estado que alimenta estructuras que trabajan para su propia destrucción. Nuestras élites políticas hoy y en la Transición ignoran las lecciones de la historia. Que la Primera República acabó en un fenómeno de cantonalización esperpéntico y peligroso, y que a la Segunda República, entre otros factores, la llevó a una situación insostenible el secesionismo catalán. Pero todavía Azaña tuvo arrestos para hacer lo que no hizo Rajoy en idéntica coyuntura.

La idea de alas autonomías comienza a cobrar prestigio en España con una serie de artículos que publica Ortega entre noviembre de 1927 y febrero de 1928 y que luego aparecieron bajo la forma de libro con el título 'La redención de las provincias' en 1931, el año de proclamación de la Segunda República, pero la idea había sido ya esbozada en otro texto que vio la luz en 1924 y que se tituló 'Dislocación y articulación de España'. Desde entonces ha rodado un siglo. Incrustada esta idea en la Segunda República, ya sabemos lo que pasó y en la monarquía parlamentaria actual también lo estamos viendo. Ha provocado una auténtica disgregación de Estado. El régimen de las autonomías, tal y como está, lleva a un callejón sin salida. La propuesta federal, que ya ha sido ensayada con el éxito que conocemos, no es más que un ahondar en lo mismo, sobre todo porque las autonomías son ya un régimen federal (cambio de palabra nada más), de manera que queda poco or disgregar y repartir; los meros símbolos y poco más, y aun esto ofende. Es más, las autonomías están planteadas desde su principio como un sistema confederal asimétrico , que es uno de los errores más graves que tiene en su interior la Constitución de 1978, que es una buena Constitución y que debe ser defendida. 

   La Constitución de 1978 necesita principalmente tres modificaciones:

1. Resolver la desigualdad que consagra en su articulado al referirse a "regiones y nacionalidades" (artículo 2) y al conceder en la Disposición Adicional I derechos históricos a los territorios forales. Esto en la práctica ha llevado a la confederación asimétrica. Solo hay un régimen autonómico capaz de estabilizarse: el que garantice igualdad entre todos los españoles. Lo contrario es seguir sembrando vientos.

2. La reforma constitucional debe ir en el sentido del Estatuto Único para todos los territorios, con un marco competencial establecido en la propia Constitución e inamovible, de tal manera que sea imposible comprar investiduras y apoyo parlamentario para los Gobiernos que no tengan mayoría suficiente, sean de derechas o de izquierdas, con paquetes de transferencias, o sea, con millones de euros. 

3. El Estado tiene que recuperar competencias esenciales, principalmente la educación. Hace más de veinticuatro años que en España se educa de forma abierta en colegios e institutos a los niños y adolescentes para que no sean españoles. Es imperativo desmantelar las estructuras en el exterior que han ido creando una autonomía tras otra. La política exterior tiene que ser exclusiva del Gobierno central. 

Fracasología - María Elvira Roca Barea

 
 Con los liberales se produce el segundo corte que explica la conversión de la historia de España en un campo de batalla ideológico. El primero había sido el cambio de dinastía que trajo consigo e incrustó en España la propaganda anti-Habsburgo y el rechazo a los dos siglos de historia precedentes, como queda claramente de manifiesto en la historiografía que se escribe, o, mejor dicho, que no se escribe, durante el siglo XVIII. Con los liberales llega el rechazo del afrancesamiento y la invasión napoleónica que ha estado a punto de convertir a España en colonia francesa, si es que no lo fue. 

     A partir de aquí, tenemos ya varios grupos que se disputan el poder y no siempre lo obtienen a su plena satisfacción. En adelante todo el que tiene una queja va a declararse víctima de España, de esa España atávica, negra y fantasmal que los afrancesados dijeron que iban a reformar para hacerla ilustrada y moderna, porque se supone que lo que hay antes de 1700 es pura barbarie. Era (y es) fácil, porque esa España como Demonio del Mediodía existía desde el siglo XVI por acumulación de propaganda anti-hegemónica en frentes diversos: el luterano-germánico, el inglés-anglicano, el orangista-calvinista y el propiamente francés, que es el que se muda a Madrid en 1700 e introduce en España el argumentario de la leyenda negra. A él acude y va a acudir en lo sucesivo todo aquel a quien no le va en España como él considera que debería irle. A partir de aquí, ser español comienza a ser muy complicado (y más que va a serlo en el futuro), porque el nombre de España se transforma en la percha donde todos los descontentos colgarían su frustración. 

El Búnker. Julio Rebollo Montes




¿Para qué estamos aquí? Esta pregunta es más peliaguda. Mejor será no contestarla. Estas grandes empresas humanas tienen siempre móviles oscuros, que se agazapan tras los bastidores de la propaganda. Todo parece transparente como el cristal, pero, una vez puesto en marcha el mecanismo, atisba uno sus complejidades. Ignoro si tendrá trascendencia lo que estamos haciendo. Probablemente, no. Pero es un tema heroico y a mí, decididamente, los temas heroicos me entusiasman, aun ahora los veo del derecho y del revés. 

El centro de la cuestión radica, si bien lo miramos, en salvar la piel. Y no es cosa fácil. Cuando llegamos a Puchkin, mi compañía contaba con ciento ochenta hombres. Más o menos, son con los que cuenta hoy, pero han variado mucho las caras. En diez meses ochenta y seis muertos. Algunos buenos amigos míos están enterrados en un bosquecillo carcomido de metralla, a espaldas del Palacio Catalina. No todos sucumbieron al hierro, hubo quién murió revolcándose, destrozado por la disentería, otros congelados, más de uno envenenado por un sorbo de agua ponzoñosa. Pocos contaban más de los veinte años. Es una aventura de juventud la nuestra. Podrá ser un fracaso y comienzo a temerlo así, pero me gustaría que surgiese un poeta para cantar en sonetos, o en romances -da lo mismo- lo que en ella hubo de hermoso. 

Como en otras muchas ocasiones hemos escogido el local de la escuela para alojamiento de nuestra sección, entre otros motivos, por ser el único capaz de albergar un puñado de hombres con sólo relativa estrechez. Pero surge un inconveniente: aquí residen desde hace meses tres o cuatro familias de refugiados que perdieron sus hogares y se han colocado en donde han podido. La ley militar nos autoriza a lanzarles fuera, con sus mujeres y sus niños, pero los españoles aun tenemos corazón. No es posible mostrarse rígidos con una pobre gente aterrorizada, que ha abandonado temblando sus lechos y nos contempla, encogida, segura de ser otra vez -¡una más!- humillada, herida y expulsada. No, que se queden. Nos apretaremos todos un poco. Alrededor de treinta hombres nos distribuimos en tres salas de la planta baja, reservando la cuarta para uso de una de las familias rusas, compuesta por un joven matrimonio con dos niños y la hermana de la esposa, linda por cierto. El piso superior, salvo una habitación, continuará siendo utilizado por los refugiados. 

Estaba en Rusia, a miles de kilómetros de mi tierra, de mi hogar, de mi auténtica vida. No era frecuente entre nosotros darse cuenta de un hecho tan simple y tan concreto. La División, íntegramente española, nos parecía como una prolongación de la patria. Diariamente, la bandera, el lenguaje, la fe, las costumbres tan familiares, tan arraigadas en cada individuo y en la totalidad del grupo, nos engañaban, piadosas. 

Un grupo de españoles arañando con sus botas en la piel nevada y correosa del gigante. Una aventura fantástica, atrevida, con perfiles alucinantes y raíces humanas… Una grande, una emocionante, una divina aventura. 

Yo soy un soldado, no un mercenario. He venido a combatir por algo que creía justo y, con razón o sin ella, combatiré hasta el último minuto. 

Hay opiniones para todos los gustos, pero agruparles en dos corrientes definidas: la de aquellos que esperan el retorno a España como una liberación y la de quienes, por motivos más o menos transparentes, consideran como una vergüenza tal medida y afirman hallarse dispuestos a cumplir su juramento de voluntarios y morir, si es preciso, en el empeño. Por extraño que parezca, la idea de lucha y resistencia a ultranza cuenta con  mucho mayor número de simpatizantes que la de la retirada prudente y previsora. Unos y otros se ponen de acuerdo en lamentar que, en tanto se llega a una decisión, hayamos de permanecer mano sobre mano. 

Entre los dimisionarios, el que más y el que menos lleva en sus pies mil kilómetros de marchas y ha roto ya una docena de pares de botas. 

Una marcha en este tiempo y por esta llanura nevada le recuerda a uno el lamentable desfile de las huestes napoleónicas. Nosotros no estamos batidos, pero en rigor, tampoco lo estuvo la Grande Armée. Es el país, su vastedad infinita, su alma gigante en su cuerpo gigante, lo que vence y aniquila al invasor. 

No me atrevo a decir si odiamos o amamos a este mundo terrible, melancólico y cruel que amenaza convertirse en sudario nuestro a cada paso que damos sobre su piel estirada y blanca. Llácer, a veces, habla de “nuestra Rusia”. No puedo saber si siente lo que dice o es una simple expresión. Pero creo que, si nosotros hemos recibido -aun a nuestro pesar- algo del país, el país recibe a su vez la impronta de nuestro espíritu y el vaho de nuestro aliento, que perdurará años y años adherido a las casuchas miserables, prendido entre los bosques, aprisionado en las nubes de su cielo color pizarra. Quiero creer que esta aventura va a tener una trascendencia humana. Para críos como Buowa hemos dejado un recuerdo que el transcurso de los años difuminará, pero sin llegar a borrarse del todo. Españoles en Rusia: es algo demasiado chocante para que lo olviden quienes lo conocieron. Puede ocurrir que algún día  se cuenten en las casas de labradores rusos leyendas fantásticas acerca de los hombres del sur…

Sin saber por qué me he desceñido el cinturón y he contemplado su chapa. En torno al águila altiva, hay una leyenda: “Gott mil uns”. Dios con nosotros. ¡Dios con nosotros! Esto debía estar grabado en las almas, no en los cintos.