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Fascismo - Roger Griffin




La mayoría de las personas educadas en Occidente “saben lo que es el fascismo” de forma instintiva, hasta que se lo tienen que explicar a alguien y la definición que intentan dar se va volviendo cada vez más enrevesada e incoherente (afirmación esta que podría ponerse a prueba mandándola como ejercicio en algún seminario).

El fascismo nos proporciona un ejemplo destacado del sólido principio académico según el cual, a un nivel superior, no se puede estudiar o escribir con eficacia sobre la historia de ningún aspecto de cualquier tema importante de las ciencias humanísticas si no se clarifican primero sus contornos conceptuales y no se establece una “definición de trabajo” que preste la debida atención a cómo la disciplina lo ha abordado en el pasado. 

No es de extrañar que algunos historiadores hayan visto el fascismo, junto con el comunismo, como el factor principal que determinó la historia entre 1918 y 1945, hasta el punto de que hablan de una “era fascista” o de “un movimiento que marca un hito”. Eso tiene cierto sentido, ya que, pese a que sólo se instauraron tres regímenes fascistas con todas las de la ley -los de Italia a las órdenes de Benito Mussolini, Alemania a las de Adolf Hitler y Croacia a las de Ante Pavelíc, y sólo los dos primeros en tiempos de paz-, surgieron en países europeizados numerosos movimientos que intentaban emularlos, algunos de los cuales sirvieron de gobiernos títeres que, por tanto, fueron fundamentales para que el Nazismo consiguiera mantener el control del “nuevo orden europeo” todo el tiempo que lo hizo. Además, varias dictaduras de Europa y Latinoamérica se “fascistizaron” como señal de la supuesta hegemonía del fascismo y sus perspectivas de lograr la victoria final en la era política moderna. 

Después de 1945, el espacio político del fascismo quedó drásticamente reducido, y hasta podría argumentarse que el concepto en sí perdió hace mucho su estatus “clave” en el mundo político contemporáneo. 

La campaña para concienciar sobre el calentamiento global, la fluorización del agua auspiciada por el Estado, las maquinaciones de las grandes empresas, la burocracia de la Unión Europea, las medidas gubernamentales para que la gente deje de fumar, la corrección política, el daño que la industria de la moda causa a la imagen que uno tiene de sí mismo y a los hábitos alimenticios saludables, e incluso el sistema tributario del Estado: todos han sido tachados de fascistas.

Llamar a los adversarios “fascistas” al instante los deslegitima y demoniza a ojos de sus críticos, ya se trate del Tea Party republicano, del presidente Obama, de Donald Trump, de Vladímir Putin, de Sadam Husein, de Bashar al-Assad, del Estado de Israel, de Estados Unidos de la eurocracia de Bruselas o de cualquier dictadura antisocialista o fuerza antipopulista o excesivamente populista. Después del 11 de septiembre se hizo muy frecuente que se denominara al Islam político (el Islamismo o, para ser más precisos, el salafismo yihadista global) “islamofascismo”, un uso refrendado por George W. Bush. Más recientemente, durante el conflicto entre Rusia y Ucrania, ambas partes se llamaron entre sí fascistas. 

Desde el principio el término “Fascista” tuvo para sus seguidores una connotaciones progresistas, modernizadoras y revolucionarias, y no reaccionarias ni conservadoras. 

Las piedras fundamentales de la interpretación ortodoxa soviética de lo que era el fascismo genérico se pusieron en la resolución final del Congreso de 1922. En ella se concluía que la función del fascismo era la de actuar de agente directo del capitalismo que se encargara de la represión de clases, además de ser la fuerza por medio de la cual la burguesía llevaba a cabo su ofensiva contra el proletariado, en la que los soldados paramilitares fascistas hacían las veces de “guardia blanca” de la contrarrevolución. 

Tanto Zinoviev como Trotsky estuvieron de acuerdo en que “el fascismo y la socialdemocracia son dos caras del mismo instrumento: la dictadura capitalista”. En la misma línea, Stalin los describió simplemente como “gemelos”. 

Fue únicamente con la brutal persecución del Tercer Reich de comunistas y de todo el movimiento socialista del tras la llegada de Hitler al poder cuando, en 1935, empezaron a haber con retraso llamamientos para formas un “frente popular”, retórica que quedó repentinamente silenciada de nuevo con el anuncio del “pacto Ribbentrop” entre nazis y soviéticos en 1939. 

En Rusia Stalin insistía en usar el término “fascista” de vez en cuando para desacreditar a aquellas versiones del marxismo-leninismo que él rechazaba. 

Las dictaduras militares anticomunistas (como la de Pinochet en Chile) y las formas populistas de políticas de extrema derecha (como el Frente Nacional de Le Pen) son automáticamente descritas por la prensa de izquierdas como fascistas, por muy lejana que sea su relación con el fascismo o con el nazismo. 

La frase “teorías marxistas del fascismo” abarca una rica variedad de posturas matizadas, algunas de las cuales ofrecen importantes puntos de vista para los no marxistas, pero, inevitablemente, son las interpretaciones más simplistas las que todavía prevalecen en el discurso marxista dominante en el periodismo de izquierdas, los análisis académicos y, lo que es más notorio, las concentraciones antifascistas. 

Mi propia formulación de la definición de trabajo del fascismo que se propone en este capítulo hace uso del término palingenesia, del griego palin (de nuevo) y genesis (nacimiento) para referirse a la idea de los fascistas de un renacimiento, ya fuera inminente o más tardío. 

Cuando se usan “palingenésico” o “revolucionario” en el contexto de los estudios del fascismo, indican un gran cambio con respecto a los enfoques marxistas dominantes, que niegan al fascismo un verdadero estatus revolucionario como ideología, y a los enfoques liberales anteriores, que tendían a caracterizar el fascismo de acuerdo con sus negaciones (irracional, intolerante, antisocialista, antihumanista, antimoderno, patológico, etc.). 

Hemos de dejar constancia de que el concepto orgánico de nación también se puede dar en un contexto no fascista, como es, por ejemplo, la idea romana clásica de “la ciudad eterna”, la de los judíos de ser una “nación eterna”, y la de cualquier forma extrema de patriotismo que sostiene que los que mueren por la causa nacional son “mártires” de una causa trascendental y sagrada que, al dar la vida, están trascendiendo la mera muerte individual.

La ultra-nación fascista puede entenderse como un producto supra-individual de la imaginación fascista que toma aspectos de la “madre patria” histórica, pero también de los pasados mitificados de la historia y la raza y de sus destinos futuros. Proporciona a los fascistas el foco mítico para que se sientan parte de una comunidad supra-personal en la que comparten ese sentido de pertenencia a ella, su identidad y su cultura (ya estén basadas en la historia, la lengua, el territorio, la religión o la raza, o en una mezcla de varios de estos componentes).

Es importante que no infiramos de esto que el fascismo es inherentemente racista desde un punto de vista biológico o genético.  Cierto es que cualquier concepto orgánico de nación es intrínsecamente racista por la forma en que tiende a tratar las etnias o nacionalidades como entes singulares e idealizados que están amenazados or el mestizaje, la migración masiva, el cosmopolitismo, el materialismo, el individualismo o la absorción en organismos internacionales. 

Mientras que para George Mosse (1966) el nazismo representa la personificación más completa del fascismo genérico, para Sternhell (1976) su racismo biológico excluye al nacionalsocialismo de la familia de los fascismos. 

Payne ofreció por primera vez una taxonomía coherente del fascismo como categoría distintiva de la extrema derecha, aprovechando su amplio estudio de la Europa de entreguerras y sus grandes conocimientos sobre el papel específico que había jugado el fascismo falangista en la España de los años treinta (Payne, 1961).

Dentro del contexto de la “fe” fascista, también conviene señalar que, inevitablemente, el compromiso fanático, ciego y entusiasta con el credo fascista solo se da en una minoría de los miembros de un gran movimiento fascista, una minoría que es aún más pequeña dentro de un partido fascista, e incluso más escasa dentro de un régimen entero. 

Es significativo que las iniciales del Partido Fascista que se sellaban en el carnet de afiliación, PNF, se convirtieran en el acrónimo per necesità familiare (por necesidad familiar), y que los que se apresuraron a unirse al NSDAP tras la victoria de Hitler fueran llamados con desprecio por los que se habían unido antes de 1933 los Märzgefallene, “los caídos en marzo”, una alusión irónica a una famosa estatua a las víctimas de las revoluciones de 1848 de Viena y Berlín.

Ahora existe una perspectiva real de que el fascismo de entreguerras llegue a ser visto, no ya como el archienemigo de la modernidad, sino como el aspirante a arquitecto de una cultura moderna y un Estado totalitarios que tenían sus raíces en un pasado mitificado (Griffin, 2008).

Existe una peculiar tensión entre el análisis del fascismo genérico como “tipo ideal” y la tendencia del lenguaje a narrarlo, cosificarlo y sintetizarlo hasta el punto de tratarlo como si fuera una entidad vida. Objetivamente, el fascismo no “surge”, “se extiende”, “cae”, “sobrevive a la guerra” y “se reinventa” por medio de “la adaptación de su visión central a las nuevas realidades”.

La historia del fascismo es la de un movimiento complejo en evolución, que adapta pragmáticamente sus principios básicos, objetivos y fórmulas ideológicas a las circunstancias en constante cambio que son exclusivas de cada país y región, pero siempre con una tendencia hacia el activismo revolucionario y el cambio. 

Lo que unía a los fascistas y nazis más entregados a la causa era el hecho de que ambos buscaban programas fascistas de renacimiento natural, pero lo que los separaba era su compromiso con unas combinaciones muy distintas de mitos ultranacionalistas. El resultado es que incluso elementos en apariencia comunes pueden ocultar profundas diferencias. Por ejemplo, las esculturas neoclásicas idealizadas de atletas masculinos desnudos en recintos deportivos son un rasgo tanto del régimen fascista como del nazi. 

Tanto el Fascismo como el Nazismo surgieron en países que sólo habían conseguido la unificación ya entrado el siglo XIX. 

En España, el Siglo de Oro (1492-1659), con su absolutismo monárquico, su poder imperial, la autoridad de la Iglesia y sus destacados logros artísticos , se convirtió en el modelo para el renacimiento cultural y político que el escritor Ernesto Giménez Caballero quería que se consiguiese en el régimen del general Franco. 

Uno de los mitos fundamentales más originales, que mezclaba fantasías protocrónicas con otras de una edad de oro, lo desarrolló Acción Integralista Brasileña (AIB). Habida cuenta de la compleja mezcla racial de un país en el que los indígenas y los descendientes de generaciones de colonizadores portugueses y de sus esclavos africanos se habían casado entre sí durante siglos, Plínio Salgado no podía permitirse nociones más o menos científicas de pureza biológica, eugenesia o de una mítica super-raza ancestral. En su lugar, para él la esencia de lo brasileño (brasilidade), que proporcionaría la fuerza espiritual cohesiva que se necesitaba para el renacimiento del país, radicaba precisamente en su singular mezcla étnica y cultural, que había hecho posible el auge de Brasil como potente economía moderna y nación política. La AIB, por lo tanto, celebraba el mestizaje al que tanto temían los racistas nazis, la Legión, los hungaristas y la Ustacha. 

Hasta que su movimiento fue prohibido por el dictador Getulio Vargas en 1938, Salgado hizo campaña para que se considerase Brasil un laboratorio ideal en el que demostrar el poder de una sociedad de mezcla racial para revitalizar una nación espiritual y culturalmente, y a partir de ahí política y económicamente, y así poner los cimentos para la “cuarta era de la humanidad”. 

Es especialmente errónea la idea de que el fascismo simplemente quería devolver a las mujeres a los papeles que les asignaban los conservadores tradicionales…. La doctrina del fomento de la natalidad (o “natalismo”) en los regímenes del Duce y del Führer hizo gala de un elemento claramente modernizador y anticonservador. Las innovaciones que se introdujeron para mejorar la salud demográfica de la nación, como la inversión estatal para la ayuda a la maternidad y la medicina infantil, se adelantó a determinados aspectos de la asistencia sanitaria a las mujeres que es normal en los Estados del bienestar democráticos modernos, pero sin el énfasis liberal en el individualismo o en los derechos de la mujer. 

Además, ahora se animaba a las mujeres a que volvieran a experimentar su compromiso con la vida familiar, la vida doméstica y la maternidad dentro del contexto de una visión oficial que atribuía un papel heroico a su sacrificio por el bien de las generaciones futuras, un mito este que, por el poder del que parecía dotarlas, resultó muy atractivo para una minoría de mujeres que querían conseguir mayor relevancia tanto en la Italia fascista como en Alemania, e incluso entre algunas antiguas sufragistas inglesas. 

El entorno social profundamente católico del Fascismo italiano y el Falangismo español garantizó que, a diferencia de lo que ocurrió en el Nazismo, en Italia y España no se practicara la eugenesia negativa que en el Tercer Reich llevó a la esterilización o matanza de mujeres consideradas física o mentalmente deficientes. 

En los regímenes de Mussolini y Franco era imposible que las mujeres tuvieran que someterse al equivalente de la llamarada Prueba Mischling (mezcla racial) que sus homólogas alemanas tenían que hacerse antes de casarse para determinar la pureza aria de su sangre. 

Una facción de los líderes nazis veía el expresionismo alemán (el no comunista) como la encarnación de un espíritu faustiano que era arquetípicamente ario. En 1934 hasta se celebró en Berlín una exposición de Aeropittura italiana, una rama del futurismo, que se inauguró con un discurso visionario del poeta archi-expresionista Gottfried Ben. Mientras, Goebbels rendía homenaje a Edvard Munch (el pintor noruego de El grito) por su expresión del espíritu nórdico, y algunos oficiales de las SS, así como Goebbels, seguían siendo grandes aficionados al jazz pese a la censura oficial. En las artes visuales, el estilo racionalista internacional de arquitectura se usó en fábricas, puentes, centrales eléctricas e incluso en algunos edificios civiles, mientras que el diseño del Volkswagen era tan avanzado que en 2006 formó parte de la exposición “Modernismo: el diseño de un nuevo mundo”, que organizó el Victoria and Albert Museum de Londres. 

Visto desde ese ángulo, queda claro que el uso de un austero neoclasicismo para edificios civiles icónicos de los nazis, como la Casa de Arte Alemán o el aeropuerto de Tempelhof, no ha de entenderse como antimoderno, sino como la propia estética revolucionaria del nazismo, un híbrido de lo antiguo y lo moderno que de nuevo indica una forma del “modernismo con arraigo” típico del fascismo genérico.

No hay duda de que, para los fascistas más radicales, el objetivo a largo plazo era remplazar la profunda desigualdad social y el individualismo atomizador, producidos por el capitalismo y la estratificación de clases, por una comunidad nacional cuyos miembros estuvieran protegidos de la explotación y las privaciones por un Estado altamente intervencionista que dirigiría la economía para salvaguardar los intereses de toda la nación, entendida ésta como un organismo homogéneo en lo étnico o en lo cultural. 

Los marxistas militantes ven, como era de esperar, al fascismo en acción en cualquier forma organizada de racismo, xenofobia, islamofobia o discriminación, como es el caso de las protestas contra la inmigración, las cumbres del G8 y todas las formas de totalitarismo de anti-izquierda, que atribuyen a la tendencia latente del capitalismo a generar exclusión social y discriminación. El modo en que periodistas y políticos manejan el término “fascismo” tampoco contribuye a crear un clima sereno de investigación forense. 

En el contexto en buenos hallamos, debemos separar cuidadosamente “fascismo” de “populismo”, ya que la supuesta amenaza cada vez mayor de éste a la democracia se confunde a menudo con una señal de la expansión del fascismo, y, además, mi propia definición habla de “ultranacionalismo populista”. 

Hay que diferenciar el populismo, tanto ideológica como psicológicamente, del fascismo, lo cual o quiere decir que algunos partidos populistas europeos de derechas no consigan el voto de “auténticos” fascistas. Por usar la distinción legar que establece el derecho constitucional alemán, el populismo de derechas es “radical” y por lo tanto legal, mientras que el fascismo es “extremista”, y por lo tanto ilegal. 

El fascismo sigue siendo una fuerza laica, y por lo tanto es distinto del terrorismo islamista, que representa una forma extrema de la politización y secularización de una religión que se remonta a los orígenes del propio Islam. 

Siguiendo la teoría de Gramsci de la “hegemonía cultural” como condición previa para la hegemonía política, la Nueva Derecha preconiza un “gramscismo de derechas”.

Los dos principales precursores intelectuales del Neo-fascismo meta-político son el italiano Julius Evola, fascista y euro-fascista racista, y el alemán Armin Mohler, al que ya conocimos antes como recopilador de un compendio muy influyente de fuentes (alemanas) de una nueva “Revolución Conservadora” de posguerra.

Es en Rusia donde el Neo-fascismo de la Nueva Derecha ha tenido el mayor impacto manifiesto en la política oficial. Bajo el mandato de Putin se han reforzado las nociones geopolíticas de proteger la homogeneidad cultural y hegemonía de Rusia de la europeización, gracias a la prolífica tarea publicitaria de Aleksandr Dugin, que lleva dos décadas entregado a la misión de revitalizar el Eurasianismo dentro del patrón de la Revolución Conservadora. 

Remedando un famoso comentario del Pigmalión de Bernard Shaw, podríamos decir que “es imposible que un experto en el fascismo abra la boca sin que consiga que otro experto lo odie o desprecie”. 
El neo-fascismo se caracteriza por tener tantas visiones y planes palingenésicos que es imposible generalizar sobre cómo ocurrirá ese renacimiento, sobre todo ahora que, para muchos fascistas, ese renacimiento ha quedado pospuesto indefinidamente y debe esperar a que la civilización liberal se desmorone desde dentro, lo que Julius Evola (1961) llamó “montar (cabalgar) el tigre”. 

El fascismo italiano fue un fenómeno plural, en el que tenían cabida muchas teorías enfrentadas, e incluso filosofías, sobre cómo debería ser el nuevo Estado, así como corrientes conservadoras y futuristas elitistas y populistas, burguesas y proletarias, urbanas y rurales, juveniles y gerontrocráticas, revolucionarias y reaccionarias. 

El Fascismo italiano fue “una mezcla desordenada” (Roberts, 2000), que incorporó elementos como el catolicismo ultraconservador que se contradecía con el culto pagano de la romanitá, la cual a su vez chocaba directamente con las visiones tecnocráticas y futuristas de la nueva Italia y con la teoría hegeliana de Giovanni Gentile del Estado ético, que fue la base para la definición oficial dela ideología fascista en la Enciclopedia Italiana. 


A sangre y fuego - Manuel Chaves Nogales





Antifascista y antirrevolucionario por temperamento, me negaba sistemáticamente a creer en la virtud salutífera de las grandes conmociones y aguardaba trabajando, confiado en el curso fatal de las leyes de la evolución. Todo revolucionario, con el debido respeto, me ha parecido siempre algo tan pernicioso como cualquier reaccionario.

¿Por dónde empezó el contagio? Los caldos de cultivo de esta nueva peste, terminada en ese gran pudridero de Asia, nos los sirvieron los laboratorios de Moscú, Roma y Berlín, con las etiquetas de comunismo, fascismo o nacionalsocialismo, y el desapercibido hombre celtíbero los absolvió ávidamente. 

Ni blancos ni rojos tienen nada que reprocharse. Idiotas y asesinos se han producido y actuado con idéntica profusión e intensidad en los dos bandos que se partieran España. 

Puedo decir que un hombre como yo, por insignificante que fuese, había contraído méritos bastantes para haber sido fusilado por los unos y por los otros.

Cuando estalló la guerra civil, me quedé en mi puesto cumpliendo con mi deber profesional. Un consejo obrero, formado por delegados de los talleres, desposeyó al propietario de la empresa periodística en que yo trabajaba y se atribuyó sus funciones. Yo, que no había sido en mi vida revolucionario, ni tengo ninguna simpatía por la dictadura del proletariado, me encontré en pleno régimen soviético. 

Ví entonces convertirse en comunistas fervorosos a muchos reaccionarios y en anarquistas terribles a muchos burgueses acomodados. La guerra y el miedo lo justificaban todo. 

¡Cuidado! En mi deserción pesaba tanto la sangre derramada por las cuadrillas de asesinos que ejercían el terror rojo en Madrid como la que vertían los aviones de Franco, asesinando mujeres y niños inocentes. Y tanto o más miedo tenía a la barbarie de los moros, los bandidos del Tercio y los asesinos de la Falange, que a la de los analfabetos anarquistas o comunistas. 

Yo he querido permitirme el lujo de no tener ninguna solidaridad con los asesinos. Para un español quizá sea éste un lujo excesivo. 

Se paga caro, desde luego. El precio, hoy por hoy, es la Patria. Pero, la verdad, entre ser una especie de abisinio desteñido, que es a lo que le condena a uno el general Franco, o un kirguís de Occidente, como quisieran los agentes del bolchevismo, es preferible meterse las manos en los bolsillos y echar a andar por el mundo, por la parte habitable de mundo que nos queda, aun a sabiendas de que en esta época de estrechos y egoístas nacionalismos el exiliado, el sin patria, es en todas partes un huésped indeseable que tiene que hacerse perdonar a fuerza de humildad y servidumbre su existencia. De cualquier modo, soporto mejor la servidumbre en tierra ajena que en mi propia casa. 

Cuando el gobierno de la República abandonó su puesto y se marchó a Valencia, abandoné yo el mío. 

El resultado final de esta lucha no me preocupa demasiado. No me interesa gran cosa saber que el futuro dictador de España va a salir de un lado u otro de las trincheras. Es igual. El hombre fuerte, el caudillo, el triunfador que al final ha de asentar las posaderas en el charco de sangre de mi país y con el cuchillo entre los dientes -según la imagen clásica- va a mantener en servidumbre a los celtíberos supervivientes, puede salir indistintamente de uno u otro lado. Desde luego, no será ninguno de los líderes o caudillos que han provocado con su estupidez y su crueldad monstruosas este gran cataclismo de España. A éstos, a todos, absolutamente a todos, los ahoga ya la sangre vertida. No va a salir tampoco de entre nosotros, los que nos hemos apartado con miedo y con asco de la lucha. Mucho menos hay que pensar en que las aguas vuelvan a remontar la corriente y sea posible la resurrección de ninguno de los personajes monárquicos o republicanos a quienes mató civilmente la guerra. 

El hombre que encarnará la España superviviente surgirá merced a esa terrible  e ininteligente selección de la guerra que hace sucumbir a los mejores. ¿De derechas? ¿De izquierdas? ¿Rojo? ¿Blanco? Es indiferente. Sea el que fuere, para imponerse, para subsistir, tendrá, como primera providencia, que renegar del ideal que hoy lo tiene clavado como un parapeto, con el fusil echado a la cara, dispuesto a morir y a matar. Sea quien fuere, será un traidor a la causa que hoy defiende. Viniendo de un campo o de otro, de uno u otro lado de la trinchera, llegará más tarde o más temprano a la única fórmula concebible de subsistencia, la de organizar un Estado en el que sea posible la humana convivencia entre los ciudadanos de diversas ideas y la normal relación con los demás Estados, que es precisamente a lo que se niegan hoy unánimemente con estupidez y crueldad ilimitadas los que están combatiendo. 

Me expatrié cuando me convencí de que nada que no fuese ayudar a la guerra misma podía hacerse ya en España. 

Montrouge (Seine), enero-mayo de 1937


Y siguió la fiesta. La vida cultural en el París ocupado por los nazis. Alan Riding (Parte III)


¿Bailamos?

La cultura era el único en el terreno en el que los franceses podían conservar su orgullo. Y no era tan mala idea dejar que los artistas levantaran el ánimo del país a la espera de mejores tiempos. Ese planteamiento también era del gusto de los alemanes, que estaban convencidos de que todo les resultaría mucho más fácil si tenían a los franceses, y en particular a los parisinos, entretenidos. Desde luego, Hitler estaba encantado con la idea de ver a los franceses revolcarse en su propia degeneración. “¿A ti te importa particularmente la salud espiritual de los franceses?”, le preguntó en una ocasión Hitler a Albert Speer, tal como éste recordaría más tarde. “Pues dejemos  que degenere. Mejor para nosotros.”

Por aquel entonces la prioridad de los alemanes era simplemente conseguir que los parisinos tuvieran la sensación de que la vida volvía a la normalidad. El 23 de junio, Joseph Goebbels, el poderoso Reichsminister de Iluminación Pública y Propaganda, viajó a París para comprobar de primera mano el ambiente de la ciudad. Los soldados de la Wehrmacht parecían bastante contentos: los burdeles y los cabarés de la ciudad satisfacían sus necesidades de diversión y algunos de los restaurantes ofrecían menús en alemán. Pero Goebbels dictaminó que la ciudad estaba triste y ordenó más diversión. En septiembre, el estado de ánimo había mejorado ostensiblemente y la mayoría de parisinos empezaron a regresar a sus casas. Aunque encontraron una ciudad engalanada con esvásticas en la que soldados alemanes desfilaban por los Campos Elíseos cada día a las doce y media e imponían el toque de queda cada noche a las once, el París de antaño resultaba aún reconocible. 

Sin embargo, tras el aparente laissez-faire de los alemanes se escondía una estrategia más radical, motivada por su profundo complejo de inferioridad hacia una cultura que había dominado Europa durante los dos siglos anteriores. Durante ese mismo periodo, la cultura germánica había producido una gran cantidad de artistas, escritores y, sobre todo, músicos. Y, aun así, era París (no Londres, ni Roma, ni Viena ni, desde luego, Berlín) la ciudad que definía los gustos y las tendencias del continente. Los nazis no lograban explicar cómo era eso posible tratándose de una cultura, a sus ojos, degenerada y dominada por judíos, negros y masones. Y, sin embargo, Hitler y Goebbels codiciaban ese poder y ese liderazgo, de modo que ordenaron que ninguna actividad cultural producida en Francia atravesara las fronteras del país. 

En noviembre de 1940, Goebbels detalló la estrategia en sus instrucciones dirigidas a la Embajada alemana en París: “El objetivo de nuestra victoriosa campaña es poner fin a la dominación francesa de la propaganda cultural, en Europa y en el mundo. Después de tomar el control de París, el centro de la propaganda cultural francesa, estamos en situación de asestar un golpe decisivo a dicha propaganda. Cualquier gesto de apoyo o de tolerancia hacia esa propaganda será considerado un crimen contra el Reich”. Al mismo tiempo, Goebbels vio una oportunidad para lograr que la cultura alemana se infiltrase en la sociedad francesa y, sobre todo, entre sus intelectuales. Para Goebbels, el colaboracionismo cultural implicaba distraer al público en general e impresionar a los artistas e intelectuales franceses con la gloria eterna de Alemania y los logros del Tercer Reich. Al mismo tiempo, se pretendía mandar un mensaje claro a los alemanes: la victoria sobre Francia era no sólo militar, sino también cultural e intelectual. 

Al Departamento de Propaganda no le costó nada dominar los medios de comunicación, pues los editores de periódicos o bien eran fascistas convencidos, o bien estaban deseosos de complacer a los alemanes.

En más de una ocasión los oficiales culturales alemanes aprobaron libros, películas y obras de teatro que Vichy quería prohibir por razones morales. 

A partir de 1941, y a insistencia de Goebbels, el instituto empezó a invitar a delegaciones de artistas franceses a visitar Alemania. Todo eso fue posible, naturalmente, porque la vida cultural francesa prácticamente había recuperado la normalidad a una velocidad inopinada. 

En su única visita a París en la madrugada del 23 de julio, Hitler había querido visitar la ópera antes que ningún otro edificio. Acompañado por su arquitecto jefe, Albert Speer, y su escultor preferido, Arno Breker, realizó una visita de tres horas por la ciudad de París, vacía y silenciosa; la visita incluyó también la tumba de Napoleón en Les Invalides, el Panteón, la catedral de Notre Dame y otros lugares turísticos. Sin embargo, y según Speer escribió más tarde, el edificio de la ópera “era el preferido de Hitler”. Al parecer, El Führer había estudiado la fantasiosa obra neobarroca de Charles Garnier cuando era alumno de la Escuela de Arte de Viena, hasta el punto de que fue capaz de orientarse por el interior del edificio en su primera visita. “Quedó fascinado por la Ópera”, añadió Speer, “alabó extasiado su belleza y en sus ojos relucientes se reflejaba una emoción que me pareció asombrosa”. 

El cine fue también una de las formas artísticas más afectadas por el Estatuto de los Judíos, la primera gran medida antisemita del régimen de Pétain en Vichy, que se promulgó en toda Francia el 3 de octubre de 1940. El objetivo de dicho estatuto iba más allá de la restricción del mundo cinematográfico y excluía a los judíos (definidos como cualquier persona con un mínimo de tres abuelos judíos) del Gobierno, la administración pública, el poder judicial, las fuerzas armadas, la prensa y la práctica docente. Los ciudadanos que regresaban a sus empleos en eso ámbitos debían firmar un documento, tal como recordaría Simone de Beauvoir: “En el Lycée Camille Sée (como era obligado en todos los lycées), tuve que firmar una declaración en la que prometía bajo juramento que ni era judía, ni estaba afiliada a la masonería. Me pareció repugnante tener que firmar eso, pero nadie se negó a hacerlo: para la mayoría de mis colegas, lo mismo que para mí, no había otra salida”.

Los únicos judíos a quienes se permitió conservar sus trabajos fueron los veteranos de la Primera Guerra Mundial, los poseedores de la Légion d’Honneur y quienes habían prestado “servicios excepcionales” a Francia en los ámbitos literario, científico o artístico. Unos pocos profesores universitarios, como el historiador Marc Bloch, lograron acogerse a esa excepción que, no obstante, les proporcionaría una protección muy limitada en estadios más tardíos de la ocupación. Casi inmediatamente empezaron también las presiones para expulsar a los judíos de la Comédie Fracaise y de la Ópera de París que, en tanto que instituciones nacionales, eran consideradas extensiones del Gobierno. Pero el cine era el único ámbito cultural al que el estatuto se refería específicamente. En respuesta a la campaña fascista prebélica contra el “control” judío de la industria cinematográfica, y en particular al control de los productores judíos extranjeros, el estatuto especificaba que los judíos no podían trabajar como productores, distribuidores ni directores de películas, ni tampoco como propietarios o directores de salas de cine. 

Naturalmente, el Estatuto de los Judíos no salió de la nada. El antisemitismo francés, que durante la década de 1930 había dejado de ser una obsesión exclusiva de la derecha para convertirse en un sentimiento ampliamente extendido, se exacerbó aún más en junio de 1940, cuando los judíos se convirtieron en uno de los chivos expiatorios de la derrota francesa. Las acusaciones que les lanzaban los fascistas de París y Vichy eran muy diversas: que los judíos franceses no eran realmente franceses, pues mostraban una mayor lealtad hacia el judaísmo que hacia Francia; que los refugiados judíos extranjeros, un tercio de los 300.000 miembros de la comunidad judía francesa, eran unos quintacolumnistas; que los judíos habían empujado a Francia a la guerra contra Alemania; que los judíos se habían infiltrado en el Gobierno y en las fuerzas armadas, y que el poder económico y cultural de los judíos en Francia era excesivo. 

En realidad, la prensa colaboracionista necesitaba muy pocas motivaciones. Así, por ejemplo, el periódico de gran circulación Paris-Soir celebró el Estatuto de los Judíos con el titular “Empieza la purificación”; el subtítulo especificaba: “Los judíos expulsados por fin de todos los empleos públicos del país”. El artículo señalaba con regocijo que “los israelitas extranjeros podrán ser encarcelados”. Un mes más tarde, los periódicos colaboracionistas aplaudieron una nueva medida que obligaba a los negocios en manos judías a colocar un aviso bilingüe en el escaparate en el que se identificara como “Jüdisches Geschäft” y “Entreprise juive”. Vichy hizo cosas aun peores, pero el Estatuto de los Judíos ilustra perfectamente la predisposición del Gobierno francés a adoptar medidas antisemitas por iniciativa propia y sin presión alemana. 

Goebbels exigió que Francia devolviera todo el arte que había “robado” a Alemania desde el año 1500 y, en particular, durante las guerras napoleónicas. 

Gide, que permaneció en la zona no ocupada hasta que se marchó a Túnez en 1942, intentó también hallarle el sentido a los acontecimientos políticos, aunque limitó esa actividad a la intimidad de su diario. Y, como casi todo el mundo, ese hombre de letras por antonomasia titubeó: aplaudió el primer discurso de Pétain y criticó el que pronunció una semana más tarde. Se mostró impresionado por la victoria alemana y escribió: “Hemos sido militarmente burlados, sin apenas tener conciencia de ello, por Hitler, amo y señor del circo, cuya astucia y agudeza sobrepasa la de los mejores capitanes.” Haciéndose más o menos eco de las palabras de Pétain, afirmó que Francia había propiciado su propia derrota: “A pesar del amor que siento por Francia, no podía dejar de observar el estado de decadencia de nuestro país. A mi conciencia permanente de dicha decadencia la acompaña tan sólo una gran melancolía; era evidente que nos conducía al abismo”. En un determinado momento lamentó encontrarse lejos de la batalla. “El ‘intelectual’ que se preocupa principalmente por ponerse a salvo pierde una oportunidad excepcional de aprender algo”, escribió. Pero, al mismo tiempo, tampoco tenía ningunas ganas de estar en París. 

Posiblemente Gide merece una disculpa por haber aportado sus artículos al primer y tercer número de la Nouvelle Revue Francaise de Drieu La Rochelle, pues más tarde reconoció su error y rompió sus vínculos con la revista en un artículo publicado en Le Figaro que se editaba en Lyon, en la zona no ocupada. Pero, en el fondo, y con muy pocas excepciones, los escritores franceses se mostraron realmente ansiosos por publicar, aunque eso significara doblegarse ante la censura. 

Pétain les dijo a los franceses: “Con honor y para mantener la unidad francesa (una unidad que se remonta a diez siglos) en el contexto de la construcción de un nuevo orden europeo, a partir de hoy emprendo la vía del colaboracionismo”.

En la práctica, la colaboración tal como la presentaba Pétain tenía muy poco interés para los nazis. El único gesto de reconciliación por parte de Hitler fue acceder a devolver los restos del hijo de Napoleón, el duque de Reichstadt, conocido como L’Aiglon, de Viena a Les Invalides en diciembre de 1940. “Mucho revuelo por el retorno de las cenizas de Napoleón II”, escribió Galtier-Boissière en su diario el 15 de diciembre de 1940. “Un acto de caballerosidad por parte de Hitler”. Sin embargo, los irrespetuosos parisinos afirman que ellos preferirían carbón a cenizas.” En realidad, para la mayoría de la población era evidente que Hitler no tenía intención de “recompensar” a Pétain con un tratado de paz, aunque tan sólo fuera porque la idea de castigar a Francia (por las reparaciones que había logrado tras la Primera Guerra Mundial, por su derrota de 1940 y por su arrogancia) gozaba de popularidad en Alemania. En cambio, al mantener viva la idea de un tratado de paz, Berlín lograba la colaboración que necesitaba: la cooperación de Vichy a la hora de enviar materia prima francesa, productos industriales y mano de obra a Alemania. 

Y siguió la fiesta. La vida cultural en el París ocupado por los nazis. Alan Riding (Parte II)


Pasajes de Y siguió la fiesta. La vida cultural en el París ocupado por los nazis. Alan Riding


Se acabó lo que se daba

Muchos otros internos extranjeros fueron liberados o lograron huir antes de que los alemanes llegaran a los campos, aunque Walter Hasenclever, un dramaturgo alemán internado en Camp des Milles, optó por suicidarse ingiriendo una sobredosis de somníferos el 22 de junio. Carl Einstein, un historiador del arte alemán, huyó  de un campo cerca de Burdeos. El 5 de julio, viéndose atrapado en la frontera española, se quitó la vida arrojándose desde un puente. El destino de Münzenberg, el ex agente del Comintern, fue más turbio; arrestado en París el 14 de mayo y enviado a u campo al sur de Lyon, cinco semanas más tarde el comandante del campo ordenó a algunos de los prisioneros, entre ellos Münzenberg, que se dirigieran a otro campo. Sin embargo, como no los escoltaba ningún guardia militar, los prisioneros aprovecharon la ocasión para huir. El cuerpo de Münzenberg fue hallado cuatro meses más tarde. Oficialmente, la causa de la muerte fue el ahorcamiento, aunque nunca se supo si Münzenberg  se había suicidado o si, como muchos sospechan, había muerto a manos de la policía secreta soviética. Más suerte tuvo Koestler. Después de un breve arresto en mayo, huyó de París con Hardy. Entonces se alistó a la legión extranjera bajo un nombre falso para evitar futuras detenciones. En un primer momento Hardy lo siguió, mientras Koestler malvivía en los barracones del ejército, rodeado de un desorden creciente. Finalmente, Hardy consiguió un pasaje en uno de los últimos barcos que zarparon de Burdeos con destino a Inglaterra, donde logró publicar la obra maestra política de Koestler, El cero y el infinito, que ella misma había traducido del alemán. Koestler se unió a los miles de extranjeros que intentaban huir de Francia y, al cabo de un tiempo, logró llegar también a Inglaterra, a través de Casablanca y Lisboa. 

Otros artistas aprovecharon también la “guerra de broma” para prepararse para lo peor. Piet Mondrian, el maestro holandés del arte abstracto, se había marchado a Inglaterra ya en 1938 y se trasladó a Nueva York en cuanto se declaró la guerra. En 1940, Dalí y su mujer, Gala, siguieron a Mondrian a Nueva York, mientras que Miró regresó a la España franquista. Matisse, Bonnard y Maillol habían optado hacía ya tiempo por vivir y trabajar lejos de París y, por tanto, estaban relativamente a salvo. Pero otros permanecieron en París, luchando en un mercado artístico en crisis para conseguir los medios necesarios para irse a vivir a las provincias o al extranjero. 

Gide, que vivía en el sur de Francia, optó por rehuir los focos de atención. “No, decididamente no hablaré por radio”, escribió en su diario el 30 de octubre de 1939. “No contribuiré a darle oxigeno al público. Los periodistas ya publican suficientes trivialidades patrióticas. Cuanto más francés me siento, más me resisto a dejar que mi mente termine atrapada. Si ésta se regimentara, perdería todo su valor.” Pero la entrada también sugería que, en caso de que decidiera hablar o escribir, no estaba muy seguro de qué opción elegiría. “No quiero ruborizarme mañana por lo que he escrito hoy”, escribió. Y añadió: “Me guardaré mis pensamientos poco razonables en esta libreta, hasta que vengan tiempos mejores”. Aproximadamente tres meses después, el 7 de febrero de 1940, expresaba su preocupación por las consecuencias de la guerra: “Es de imaginar que después de la guerra, incluso si salimos vencedores, estaremos sumidos en tal desorden que tan sólo una dictadura decidida podrá sacarnos de él”. Más tarde, el 21 de mayo, con las fuerzas alemanas penetrando rápidamente en Francia, Gide mostró sus desesperación ante los franceses y escribió: “Oh ciudadanos franceses, frívolos incurables! Hoy pagaréis bien cara vuestra falta de diligencia, vuestra inconsciencia y vuestra obstinación por acostaros encima de tantas virtudes preciosas”.

Drieu La Rochele, el escritor fascista, había resultado herido en la Primera Guerra Mundial y fue exento del  ejército por motivos de salud, lo que le permitió continuar escribiendo textos de ficción y artículos para la Nouvelle Revue Francaise. Pero a pesar de la confianza en sí mismo que expresaba públicamente, su diario de guerra, publicado décadas después de su suicidio en 1945, pone de manifiesto toda su confusión y su inseguridad en los compases previos al estallido de la guerra. Los judíos seguían siendo su obsesión y una y otra vez especuló sobre la posibilidad de que su viejo amigo y, al mismo tiempo, enemigo ideológico, Aragon, fuera judío. La Rochelle era un hombre alto y apuesto, y se vanagloriaba de que las mujeres siempre lo habían deseado, pero más tarde expresaba su vergüenza por no haber sido nunca un “hombre verdaderamente valiente”. Incluso recordaba que se había casado con su segunda mujer, Olesia Sienkiewicz, “persuadido por la idea de que era lesbiana y que nunca me amaría de verdad”. Pero cuando Drieu La Rochele conseguía mirar más allá de su propia nariz, era capaz de tomarle el pulso a Francia con gran precisión. “La guerra no ha cambiado nada, al contrario”, escribió en diciembre de 1939. “Los franceses están más divididos que nunca, detrás de la fachada de un acuerdo global que es en realidad el resultado de su letargo.”

La Wehrmacht rodeó al Ejército francés en el norte y empezó a avanzar hacía el sur. Hizo dos millones de prisioneros, entre ellos Sartre, Messiaen, Desnos, Anouilh, Brasillach y el futuro presidente del país, Francoise Mitterrand… Sartre, Messiaen y Brasillach fueron liberados en 1941, y Mitterrand escapó ese mismo año. 

Sólo unos pocos escritores decidieron permanecer en París, entre ellos el excéntrico y conservador Paul Léautaud, que se negó a abandonar a sus queridos perros y gatos. Fue testigo de cómo la ciudad se vaciaba rápidamente y vio cómo incluso el Louvre quedaba desprotegidos. Unos días más tarde, escribió en su Journal litterarie: “Soy completamente indiferente a la derrota, tan indiferente como cuando el otro día vi al primer soldado alemán”. Un motivo simple para su indiferencia era que, en tanto que antisemita convencido, creía que una victoria británica equivalía a una victoria judía. 

Y siguió la fiesta. La vida cultural en el París ocupado por los nazis. Alan Riding (Parte I)



Y siguió la fiesta. La vida cultural en el París ocupado por los nazis. Alan Riding


En un país que se jactaba de la originalidad de sus ideas políticas a lo largo de la historia, una sucesión de gobiernos disfuncionales erosionaron la confianza pública en la democracia y fomentaron la atracción por las alternativas nazi, fascista y comunista. Por su fuera poco, la Primera Guerra Mundial había generado un país de pacifistas y Francia prefirió ignorar las evidencias que indicaban que el país se encaminaba sin lugar a dudas hacia otro enfrentamiento bélico con Alemania. Cuando la guerra resultó ya inevitable, los franceses optaron por confiar en la propaganda oficial, que alardeaba de poseer un ejército invencible. Este garrafal autoengaño no hizo más que agravar la sorpresa posterior. En la primavera de 1949 Hitler marchó sobre la Europa occidental sin hallar apenas resistencia y las defensas francesas se desmoronaron en cuestión de semanas. La situación era mucho más crítica que en 1870 y en 1914.

Mientras artistas alemanes como Otto Dix, George Grosz y Max Beckmann abordaban la pesadilla de la guerra de trincheras, los artistas franceses casi no prestaron atención a una guerra que estaba teniendo lugar a apenas doscientos kilómetros al norte de París. 

Tras la muerte de Lenin en 1924, Stalin instauró un régimen unipersonal que empezó por aplastar la libertad artística en nombre del realismo socialista y que pronto aterrorizó a millones de personas. En el extranjero, poco a poco los agentes de Stalin fueron obligando a los partidos comunistas a acatar las órdenes de Moscú al pie de la letra, y eso incluía abrazar el modelo cultural soviético como ejemplo para todos. 

Mientras la Unión Soviética generaba un Stalin, Italia un Mussolini y Alemania un Hitler, Francia tuvo ni más ni menos que treinta y cuatro Gobiernos distintos entre noviembre de 1918 y junio de 1940.

Con la excepción de Reynaud, los líderes políticos franceses insistieron en negarse a devaluar el franco y en combatir la deflación con déficit público; en lugar de ello, se obstinaron en mantener un presupuesto equilibrado y en recortar los gastos gubernamentales, incluida la partida de defensa. Las consecuencias de esa política fueron desastrosas: la depresión duró más en Francia que en muchos otros países, la inquietud social alimentó los extremismos políticos y el país empezó  a perder la desbocada carrera armamentista en Europa. Finalmente, en septiembre de 1936, se devaluó el franco, pero a aquellas alturas la caída en picado de la producción industrial había empezado ya a traducirse en una inflación. Por contraste, a mediados de la década de 1930, Hitler se dedican a cebar la economía alemana y financiaba su gigantesco programa de rearme recurriendo a un déficit público enorme. 

Lejos de los focos de atención política, Berlín y Moscú competían para granjearse a los creadores de opinión franceses. Uno de los agentes importantes por parte alemana fue Otto Abetz, un antiguo profesor de arte que más tarde sería embajador de Hitler en la Francia ocupada. Alto, rubio y sociable, Abetz aprovechó el cargo para entablar amistad con escritores y periodistas conservadores franceses, entre ellos Drieu La Rochelle, Brasillach y Jacques Benoist-Méchin. Los aliados potenciales de los nazis eran invitados a Alemania para que admiraran los logros del Tercer Reich, y algunos de ellos asistieron incluso a los baños de masas del Partido Nazi en Nuremberg. Después de ver a Hitler presidir un ceremonial de la bandera en 1937, Brasillach quedó asombrado por aquel ritual que describió como casi religioso, comparable a la eucaristía. “Es poco probable que alguien que no comprenda la analogía entre la consagración de la bandera y la consagración del pan logre entender nada del hitlerismo”, escribió en Je suis partout. Gracias a Abetz, Jouvenel tuvo ocasión de entrevistar a Hitler para la revista Paris-Macht en 1936. El Führer extendió una invitación tranquilizada a los franceses: “Seamos amigos”. De forma no tan pública, Abetz se dedicó también a financiar los periódicos de derechas. Era casi como si hubiera empezado ya a preparar el terreno para la ocupación: sus amigos intelectuales de la década de 1930 se convirtieron invariablemente en colaboracionistas destacados a partir de 1940. 

Pero Abetz no tuvo necesidad de importar el odio que Hitler sentía hacia los judíos. Avivado por L’Action Francaise y otros grupos fascistas, el antisemitismo francés recibió otro impulso y una grotesca legitimación literaria ni más ni menos que por parte de Céline… la voz de Céline se convirtió en un trabuco del antisemitismo. En su práctica de la medicina, Céine trataba a prostitutas, madres solteras y demás, y sentía una empatía genuina por los más desfavorecidos (acompañada por una aversión profunda por la burguesía). De hecho, se consideraba un hombre de izquierdas, hasta que en 1936 visitó la Unión Soviética. A su vuelta, publicó Mea Culpa, un panfleto de veintisiete páginas en el que denunciaba el comunismo. Y a continuación se incorporó a la extrema derecha. 

Pero Moscú no era menos activo. Su principal agente era Willi Müzenberg, miembro fundador del Partido Comunista alemán que a partir de 1933 trabajó como agente del Comintern en París y en toda la Europa Occidental. Aunque muchos intelectuales franceses formaban ya parte del Partido Comunista, el talento de Münzenberg consistió en hacer que personas que no eran comunistas se sumaran a la lucha antifascista, básicamente creando organizaciones de apariencia respetable. Entre esos compañeros de viaje había escritores alemanes y austríacos exiliados, y también intelectuales franceses alarmados por el ascenso de Hitler al poder… Aunque Moscú controlaba en gran medida las deliberaciones, el congreso logró presentar a un deslumbrante abanico de escritores (con Gide como presidente honorario, acompañado de E.M. Forster, Bertolt Brecht, Aldous Huxley, Waldo Frank, Heinrich Mann y muchos otros) como amigos de la Unión Soviética y enemigos de la Alemania nazi. Ilya Ehrenburg, periodista ruso y agente soviético involucrado en la organización del congreso, había escrito anteriormente un provocativo panfleto en el que tildaba a Breton y los surrealistas de pédérastes. En la víspera del congreso, Breton coincidió con Ehrenburg, al que abofeteó repetidamente, lo que provocó la exclusión de los surrealistas de la reunión. 

Picasso protagonizó una protesta más duradera contra los horrores de la guerra civil. Aunque nunca salió de Paris, al inicio de la guerra, y en su calidad de artista español más célebre del momento, accedió a ser nombrado director del Museo del Prado. 

El apoyo alemán e italiano a Franco decidió en última instancia el destino de la República, aunque mientras duró el conflicto, Moscú lo utilizó para asfixiar a los miembros de la izquierda que se negaban a acatar la disciplina soviética. Su argumentación, que se había impuesto con éxito entre los partidos comunistas europeos, era que criticar a Moscú equivalía a apoyar al fascismo. Sus principales víctimas fueron los trotskistas y los anarquistas que combatían en España, en un acto de sectarismo brutal que presenciaron (y más tarde relataron) George Orwell y Arthur Koestler. Pero Moscú también esperaba que, en nombre de la solidaridad hacia la República española, los izquierdistas no comunistas de Europa no criticaran la brutalidad creciente de Stalin dentro de sus fronteras. Sin embargo, por lo menos en un caso célebre, esa estrategia fracasó estrepitosamente. 

Aunque Gide nunca antes había sido políticamente activo, a principios de la década de 1930 empezó a expresar su simpatía por el comunismo y su admiración por la Unión Soviética. Su prestigio internacional era tan grande que, naturalmente, Moscú se mostró encantado cuando el escritor, a punto de llegar a los setenta años, aceptó una invitación para visitar la Unión Soviética en junio y julio de 1936, casualmente unos meses antes de que se iniciaran los infames juicios de Moscú. El viaje se inició con Gide pronunciando un discurso en el funeral de Maxim Gordi en la Plaza Roja, en el que se comprometió a defender “el destino de la Unión Soviética”. Durante las siguientes semanas, viajando con todas las comodidades y con el editor de origen ruso Jacques Schiffrin como intérprete, Gide fue agasajado y tratado con honores, como un valioso amigo del régimen. Al regresar a París, inmediatamente escribió su relato del viaje, Regreso de la U.R.S.S.

No era lo que sus anfitriones soviéticos habían esperado. El mensaje de Gide era claro: había querido encontrar la confirmación de lo que, tres años antes, había descrito como “mi admiración, mi amor por la URSS”. Encontró algunos elementos positivos a resaltar y expresó su convencimiento de que la Unión Soviética “acabara superando los graves errores que señalo”, pero su veredicto final era devastador. Escribió que los artistas debían seguir obligatoriamente la línea del partido. “Lo que se le exige al artista, al escritor, es que se someta; todo lo demás le será dado.” Pero sus críticas más implacables se centraban en la falta total de libertad en la Unión Soviética. “Dudo mucho que en otro país del mundo, incluso en la Alemania de Hitler, el pensamiento sea menos libre  esté más sometido, más aterrorizado, más avasallado.”

El manuscrito de Gide cayó en manos de los intelectuales comunistas, que rápidamente lo presionaron para que suavizara sus ataques a Moscú argumentando que perjudicarían la causa republicana en España. Pero Gide se mostró inflexible y publicó el texto tal cual. Naturalmente, el libro, que pronto se tradujo al inglés, complació a la derecha, pero también escandalizó a muchos izquierdistas no comunistas, entre ellos Simone de Beauvoir, la joven compañera de Sartre. 

En 1938, Koestler, colaborador cercano de Münzenberg, abandonó también el Partido Comunista alemán como reacción de protesta ante los juicios de Moscú. 

Cuando Alemania absorbió el resto de Checoslovaquia, el consenso en París era que no se le podía pedir a ningún francés que muriera para defender a los checos. 

La agonía de Francia. Manuel Chaves Nogales




La revelación más sorprendente y espantable del derrumbamiento de Francia ha sido esta de la indiferencia inhumana de las masas. Las ciudades no han tenido en ninguna otra época de la historia una expresión tan ferozmente egoísta, tan limitada a la satisfacción inmediata y estricta de los apetitos y las necesidades de cada cual. 

El Estado puede hundirse y desaparecer para siempre y el pueblo puede caer en la esclavitud sin que el autobús haya dejado de pasar por la esquina a la hora exacta, sin que se interrumpan los teléfonos, sin que los trenes se retrasen un minuto ni los periódicos dejen de publicar una sola edición. Habíamos creído ingenuamente que la complicada mecánica de todo ello estaba en conexión estrecha e indisoluble con los fines del Estado y esto es una vana ilusión. 

En la ciudad antigua, cuando la lucha era a la medida del ciudadano, éste abandonaba fácilmente sus quehaceres pacíficos en el momento de peligro y se convertía en el soldado de su independencia. 

La fe en Francia era una fe ciega, universal. Creían en ella quienes la conocían a fondo y quienes la ignoraban; hasta sus enemigos; hasta los salvajes. 

Hoy, después del derrumbamiento de Francia, no puedo disociar la devoción de los pobres demócratas de Europa por Francia de la devoción ingenua de los proletarios de todo el mundo por aquella momia maquillada que monta la guardia a la entrada del Kremlin. 

Francia se ha suicidado, pero al suicidarse ha cometido además un crimen inexpiable con esas masas humanas que habían acudido a ella porque en ella habían depositado su fe y su esperanza. Entre las cláusulas del deshonroso armisticio aceptado por el mariscal Pétain hay una que basta y sobra para deshonrar a un Estado; la cláusula por la que el gobierno francés se compromete a entregar a Hitler, atados de pies y manos, a los refugiados alemanes antihitlerianos que habían buscado su salvación en Francia y a quienes el Estado francés había utilizado sin escrúpulo en el simulacro de lucha contra el hitlerismo. La entrega al verdugo alemán de esos hombres que habían tenido fe en Francia será una de las mayores vergüenzas de la historia. 

Tengo la íntima convicción de que si Hitler hubiese atacado a Francia a raíz de la declaración de la guerra se habría roto los dientes contra la firme voluntad de luchar y resistir que entonces animaba al pueblo francés. El día primero de septiembre de 1939, tres millones de hombres salieron de sus casas dispuestos a jugarse la vida para defender a su patria. Lo que haya pasado luego es ya otra historia. 

Esa guerra civil, que es la que en realidad ha vencido a Francia, estaba declarada desde que en 1936 la nueva táctica comunista llevó al poder al gobierno del Frente Popular. 

La táctica de los Frentes Populares, adoptada por el Komintern en 1935, ha sido funesta a Francia como lo fue a España. En ambos países dio el triunfo electoral a las izquierdas pero en ambos países provocó automáticamente la reacción profascista que, si en España tomó la forma del alzamiento militar, del típico pronunciamiento español, en Francia sirvió de pretexto para que las fuerzas derechistas de la nación, movidas por el terror al comunismo, torciesen el rumbo de la política internacional francesa orientándola hacia la alianza con Italia y la contemporización con Alemania con lo que prácticamente destruían de un golpe el complicado sistema de alianzas elaborado con discreta perseverancia por Berhelot Barthou y sus oscuros colaboradores desde hacía veinte años, sistema en el que se basa la teoría de la seguridad colectiva y la seguridad real de Francia. 

Los gérmenes de las dos revoluciones abortadas seguían intoxicando el organismo nacional y a partir de 1936 crearon un estado morboso de guerra civil latente, crónica, una guerra civil en la que los ciudadanos no se asesinaban unos a otros pero poco a poco iban asesinando entre todos al país. 

Pretendieron seguir utilizando la guerra civil española como plataforma política, pero el pueblo francés, que había sentido por la República agredida una solidaridad cordial y entusiasta y hubiera estado dispuesto a exigir la ayuda auténtica y eficaz de Francia a los republicanos, descubrió finalmente el siniestro juego de la política comunista respecto a España. 

El gran delito comunista ha consistido en convertir las agresiones del fascismo contra los pueblos libres en mero instrumento de propaganda del Partido. Esta convicción apartó a las masas populares francesas de sus deberes de solidaridad con los pueblos agredidos y permitió impunemente a las derechas desarrollar su política profascista. Todo movimiento generoso del liberalismo francés se convertía automáticamente en servidumbre a Moscú. Todo intento de fidelidad a la política exterior seguida desde hacía veinte años por Francia era un atentado contra la patria. 

Francia no comprendió que para seguir viviendo con dignidad como nación independiente, los franceses tenían que morir por España, por Checoslovaquia y por Danzig. Tal vez, ahora comience a comprenderlo. 

Muchos de los oficiales que habían tomado parte en la Gran Guerra habían ido ascendiendo automáticamente sin que hubiesen vuelto a preocuparse de las evoluciones que el arte militar hubiese podido experimentar en los últimos veinte años. Para ellos, la forma definitiva de la guerra se había conseguido en Verdún de una vez y para siempre. Humorísticamente decíase en los medios militares franceses que el Estado Mayor va siempre “con una guerra de retraso”. En 1914 quería hacer la guerra como en 1870 y en 1939 estaba pensando todavía en la guerra de 1914.

¿Por qué hacerse matar en una guerra contra el hitlerismo para verlo triunfante en la boca de los mismos jefes que debían llevar a los hombres a tan estéril combate?

Unos comités patrióticos que funcionaban ostentosamente en París con personajes de relumbrón a la cabeza y asistidos por distinguidas damas de la buena sociedad, recaudaban fondos para comprarles a los soldados balones de fútbol, barajas de naipes y juegos de lotería… El soldado, por el hecho de serlo, era tratado estúpidamente como si fuese un menor, un primario, un pobre infeliz en cuyas manos se ponían unas baratijas insustanciales para entretenerle. La irritación que entre los soldados producía esta incomprensión de los de la retaguardia era terrible. 

París, y en general toda la retaguardia, había adoptado para con los soldados un aire ofensivamente protector como si se tratase de unos reclutas negros a quienes se pudiese engañar con unas cuentas de vidrio. 

Poco a poco resultaba que aquel ejército estaba cada vez mejor organizado, pero no para la batalla, sino para todo lo contrario, para la evasión hacia la retaguardia. 

Todos los idiotas del mundo -incluso los idiotas demócratas- se han puesto de acuerdo en proclamar que la democracia y el liberalismo, con su corrupción, su incapacidad, su falta de energía y resolución, han sido la causa fundamental de la decadencia de Francia y de su derrumbamiento final. Esta unanimidad en el juicio de los tontos es uno de los mayores prodigios realizados por los fabulosos medios de captación de que dispone en nuestro tiempo la propaganda manejada sin escrúpulo por los Estados. Porque, la verdad, la última verdad de Francia, la pura verdad, que hay que estar ciego para no ver, es precisamente la contraria. 

Este es el gran señuelo del totalitarismo. Mientras la democracia mantiene a los hombres en un estado permanente de impureza, el totalitarismo es un Jordán purificador maravilloso. Mientras el demócrata tiene que subir un calvario con la cruz a cuestas, cayendo y levantándose entre la befa y los salivazos de la canalla irritada, el totalitario aparece ante las masas humildemente postrada como un arcángel resplandeciente. 

Cuando se declaró la guerra hacía ya cuarenta y ocho horas que París se vaciaba por las grandes arterias de sus carreteras del sur y el oeste. Cerca de un millón de personas salieron de la capital temiendo un ataque fulminante y en masa de la aviación alemana. Entonces se creía que Hitler disponía de un fabuloso poder de destrucción y la iniciación de la guerra había sido imaginada generalmente como un verdadero Apocalipsis . Se creía posible que de París no quedase piedra sobre piedra y este temor hizo que todo el que pudo abandonase la capital. Todo el que pudo. Éste fue precisamente el gran daño. 

Se ha dado el caso triste de que aunque durante nueve meses el ejército alemán no haya ocupado ni una sola población francesa ha habido millones de franceses para quienes esos nueve meses han sido tan duros como si media Francia hubiese estado invadida desde el primer momento. 

Ni siquiera los niños deben ser alejados. Esto ya hubiéramos debido aprenderlo después de las tristes experiencias de Rusia y España, donde la mayor tragedia ha sido la de los miles y miles de criaturas arrancadas de los brazos de sus familiares para lanzarlas al azar del mundo en el que fatalmente se pierden, a lo menos para sus padres y, lo que tiene aún mayor trascendencia social e histórica, para su patria. 

El nómada es siempre un parásito. Consume y no produce. Tanto los nómadas del desierto como los modernos turistas son meros parásitos y convertir en parasitaria una inmensa masa de población por librarla de los riesgos de la guerra es arruinar al país entero y ocasionarle un estrago mayor aún del que podrían infligirle los ejércitos invasores. El complicado mecanismo de la producción moderna exige que cada cual se quede en su puesto sea cual fuere el riesgo que corra… Así ha sucumbido Francia, cuyos muertos por bombardeos aéreos han sido muchos menos de los que en el mismo periodo han ocasionado los accidentes de circulación. 

Por lo mismo que en la guerra total todo el mundo puede servir para algo, el Estado corre el peligro de encontrarse con que no hay nadie que le sirva verdaderamente. 

Bajo esta máscara del servicio y del heroísmo presunto, que había copiado de nazis y fascistas, Francia conservaba todos los vicios de un individualismo exaltado. 

Todo el mundo quería hacer la guerra sentado en una cómoda butaca.

El fenómeno curioso era que todas las gentes que hurtaban el bulto y que ni siquiera prestaban la mínima asistencia de su confianza al gobierno, tuvieran, al menos aparentemente, cierta fe en el Estado, estuvieran convencidas de que la guerra se podía ganar automáticamente. Para ellas no había duda. Ese Estado, al que ellas no ayudaban y al que incluso combatían individualmente, ganaría la guerra al final. 

En Francia existía el fetichismo de la Administración. Todo el mundo, aunque la criticase, tenía una fe ciega en ella. 

Desde el primero de septiembre el ciudadano francés procuró ante todo eludir el pago de sus impuestos. 

No era cosa de pagar la renta de una casa que no se sabía si los aviones alemanes destruirían al día siguiente. 

En Francia, teóricamente, no debía haber faltado nada. Los abastecimientos, incluso de productos importados, estaban asegurados con largueza. Pero bastaba que intencionadamente se lanzase el rumor de iba a faltar el café o el azúcar para que inmediatamente cuarenta millones de franceses se apresurasen a hacer un stock individual de unos cuantos kilos del producto que se temía llegase a faltar y, como es lógico, el producto en cuestión faltaba inexorablemente. El gobierno tenía que forzar las importaciones para compensar las cien mil o doscientas mil toneladas sustraídas del mercado en una hora por el egoísmo individual, y la normalidad de los abastecimientos no se restablecía hasta que todos los franceses tenían escondidas cantidades de azúcar o café bastantes para su consumo durante medio año. 

Cuando los alemanes hayan llegado a París y hayan vaciado los almacenes y las tiendas aún podrían hacer grandes stocks con los víveres que harán sacar del fondo de los armarios y de debajo de las camas. Para eso les habrá servido a los franceses su codicia que tantos quebraderos de cabeza daba a su gobierno. 

En ocasiones, el miedo de los bombardeos hacía desmayarse a infelices mujeres y cuando para darles aire y holgura se les desabrochaban las ropas que las oprimían, indefectiblemente, les saltaba del pecho el fajo de billetes cuando no se les caía de las manos la preciada cajita de las joyas. 

Dicho sea en honor del pueblo francés, que tantos pecados ha cometido y tantas faltas está purgando ahora, la verdad es que del mismo modo que acudió como un solo hombre a la orden de movilización aceptó sin réplica las nuevas condiciones de trabajo impuestas por la guerra. 

La inmensa mayoría del proletariado francés ha seguido siendo fiel a su patria después de haber roto todos sus lazos con la disciplina de Moscú.

El pueblo francés ha trabajado concienzudamente para la guerra. Durante el largo y penoso invierno que ha precedido a la catástrofe, el proletariado francés encerrado en los talleres desde antes de que rayase el día hasta dos horas después de haber caído la noche ha trabajado con fe dando todo el rendimiento de que era capaz. Si este esfuerzo no ha sido suficiente, si la producción nacional no ha podido adquirir la intensidad necesaria, culpa suya no ha sido. Entre las causas de la catástrofe de Francia no podrá incluirse la de la defección de los trabajadores al lado de la incompetencia y la mala voluntad del alto patronato y la debilidad del gobierno, ambas irrefutables. 

Se quería evitar cuidadosamente toda excitación sexual a los soldados y de este empeño nació la leyenda del bromuro, que según rumor público administraba furtivamente la intendencia a las tropas para mantenerlas alejadas de las inquietudes del sexo. Este tema escabroso de si se daba bromuro o no a los soldados apasionaba a las gentes más que la guerra y la política. 

Es curiosísimo el hecho de que Francia, que había estado inundando al mundo de publicaciones pornográficas desde hacía un siglo, se adhiriese quince días antes de sucumbir al Convenio Internacional de Ginebra para la represión de la pornografía. París, durante la guerra, ha sido como esas grandes pecadoras que cuando sienten que se les aproxima la última hora quieren arrepentirse y se escandalizan hasta de la sombra del pecado. 

Igualmente patética y enternecedora era a última hora la exacerbación del sentimiento religioso francés. Francia ha experimentado en los últimos veinte años un renacimiento triunfal del catolicismo y sus élites intelectuales habían llegado a una sublimación contemporánea de la idea católica que convertía al francés en el hijo predilecto de la Iglesia romana mientras Roma misma, arrastrada por el fascismo, “consagraba el triunfo de una cruz que no es la cruz de Cristo”; según clamaba el Sumo Pontífice. 

Yo he visto en París multitudes enormes arrodilladas piadosamente en la colina del Sacré Coeur; he visto el desfile incesante de patriotas desesperados ante los altares refulgentes de la iglesia de Notre Dame des Victoires y he presenciado, cuando los alemanes estaban ya a las puertas de París, cómo se sacaban en procesión por las calles las reliquias milagrosas de los santos franceses, los huesos de santa Genoveva, el estandarte de san Dionisio, de quienes en última instancia perdida a toda esperanza, el pueblo de París impetraba su salvación. 

Drôle de guerre!” Al que lanzó esta exclamación había que haberle ahorcado. En ella iba, hábilmente disimulado, todo el derrotismo de Francia. “Drôle de guerre!” Es decir, guerra extraña, absurda, rara, inexplicable y, en el sentido peyorativo de la palabra Drôle, guerra disparatada, grotesca, insensata, ilógica, guerra sin justificación que no se debía haber hecho, guerra estúpida y estéril. 

¿Quién sería capaz de hacerse matar en un “Drôle de guerre”?

El éxito de este calificativo era indicio claro de que Francia no estaba dispuesta a hacer la guerra. No se lucha heroicamente y se muere por algo en lo que no se tiene fe y la fe en la guerra había sido quebrantada por esta pequeña e insignificante fracesilla más eficaz para la propaganda derrotista que todas las consignas difundidas por los servicios del doctor Goebbels.

No había en todo París quien se atreviese a llamarse demócrata sin ser considerado despectivamente como un necio o un mistificador. Francia estaba intelectualmente gobernada por los nazis mucho antes de que las divisiones blindadas de Hitler ocupasen físicamente el territorio francés. 

Un Estado puede derrumbarse, un país puede ser invadido sin que se produzca en las masas una reacción profunda, pero en cambio no es posible que el servicio municipal de limpieza deje de recoger las basuras durante cuarenta y ocho horas.

Francia había llegado a enamorarse de su verdugo. Esta aberración, que en el ser humano aislado no es más que un caso de perversión sexual, al dominar a un pueblo y sobre todo a un pueblo superior como el de Francia, ha dado origen a una de las tragedias más hondas de la historia.