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James Burnham y la revolución de los directores, George Orwell



James Burnham y la revolución de los directores, 1 de mayo de 1946

El libro de John Burnham La revolución de los directores generó un revuelo considerable en Estados Unidos y en este país cuando se publicó, y su tesis fundamental ha sido tan debatida que una exposición detallada al respecto apenas es necesaria. Resumida tan brevemente como me es posible, la tesis es esta:

El capitalismo está desapareciendo, pero el socialismo no lo está reemplazando. Lo que surge ahora es un nuevo tipo de sociedad planificada y centralizada que no será ni capitalista ni, en ningún sentido aceptado del término, democrática. Los gobernantes de esta sociedad nueva serán las personas que controlan de forma efectiva los medios de producción; esto es, ejecutivos, técnicos, burócratas y soldados, que Burnham mete en el mismo saco bajo la denominación de “directores”. Esta gente eliminará a la antigua clase capitalista, aplastará a la clase obrera y organizará la sociedad de tal modo que todo el poder y los privilegios económicos permanezcan en sus manos. 


Para empezar, en 1940 Burnham daba más o menos por segura la victoria alemana. De Gran Bretaña decía que estaba “en plena disolución” y exhibiendo “todas las características que han distinguido a las culturas en decadencia en las transiciones históricas pasadas”, al tiempo que la conquista e integración de Europa que Alemania alcanzó en 1940 la presentaba como “irreversible”. “Inglaterra -escribía Burnham- no puede aspirar a conquistar el continente europeo de ninguna de las maneras, sean cuales sean sus aliados no europeos”. Incluso si Alemania se las arreglaba de algún modo para perder la guerra, iba a ser imposible desmembrarla o reducirla al estatus de la República de Weimar, sino que seguiría siendo con toda seguridad el núcleo de una Europa unificada. Las líneas generales del futuro mapa del mundo, con sus tres grandes superestados, estarían ya establecidas, y “los núcleos de estos tres superestados son, cualesquiera que sean sus nombres en el futuro, las naciones preexistentes de Japón, Alemania y Estados Unidos”. 

Supongamos que en 1940 se hubiese realizado una encuesta Gallup en Inglaterra con la pregunta: “¿Ganará Alemania la guerra?”. Habríamos hallado, curiosamente, que el grupo del “Sí” incluiría un porcentaje bastante más alto de personas inteligentes -personas, digamos, con un coeficiente intelectual superior a 120- que el grupo del “No”. Y lo mismo a mediados de 1942. En este caso las cifras no habrían sido tan llamativas, pero si la pregunta hubiese sido: “¿Conquistarán Alejandría los alemanes?”, entonces habríamos visto, de nuevo, una marcada tendencia a que la inteligencia se concentrara en el grupo del “Sí”. En todos los casos, las personas menos dotadas habrían dado con mayor frecuencia la respuesta correcta. 

Encontraríamos, además, a la misma gente abogando por un acuerdo de paz en 1940 y aprobando el desmembramiento de Alemania en 1945. 

Toda teoría política tiene un cierto matiz regional, y toda nación y cultura tienen sus prejuicios y sus parcelas de ignorancia característicos. 

Pase lo que pase, Estados Unidos sobrevivirá como una gran potencia, y desde el punto de vista norteamericano poco importa que Europa esté dominada por Rusia o por Alemania. 

Seguramente Burnham ha acertado más de lo que ha errado en relación con el presente y el pasado inmediato. Durante los últimos cincuenta años, la tendencia general ha sido, sin duda, hacia la oligarquía. La concentración creciente del poder industrial y financiero, la importancia cada vez menor del pequeño capitalista o accionista y el crecimiento de la nueva clase “gerencial” de científicos, técnicos y burócratas; la debilidad del proletariado frente al Estado centralizado; la creciente indefensión de los países pequeños frente a los grandes; la decadencia de las instituciones representativas y la aparición de regímenes de partido único basados en el terrorismo policial, los plebiscitos amañados, etcétera, todos estos fenómenos parecen apuntar en la misma dirección. 

La razón inmediata de la derrota alemana fue la locura inaudita de atacar a la URSS cuando Gran Bretaña seguía en pie y Estados Unidos se estaba preparando para combatir. Errores de este calibre solo pueden cometerse, o al menos tienen más probabilidades de cometerse, en países donde la opinión pública no tiene ningún poder. Cuando un hombre común puede hacerse oír, es menos factible que se vulneren reglas tan elementales como la de no enfrentarte a todos tus enemigos a la vez. 

Pero en cualquier caso, deberíamos haber sido capaces de ver desde el principio que un movimiento como el nazismo no podría producir ningún resultado positivo o estable. 

El régimen ruso tendrá que democratizarse o sucumbirá. Ese imperio esclavista, enorme, invencible e imperecedero con el que Burnham parece soñar no se instaurará, y si lo hace, no resistirá, porque la esclavitud ya nos una base estable para la sociedad humana. 

Delante de las narices, George Orwell



Delante de las narices, 22 de marzo de 1946

El reclutamiento obligatorio: Desde años antes de la guerra, prácticamente toda persona ilustrada estaba a favor de plantarle cara a Alemania y, al mismo tiempo, la mayoría estaba en contra de poseer el armamento suficiente para que esa oposición surtiera efecto. Conozco muy bien los argumentos que se presentan en defensa de esta actitud; algunos están justificados, pero en general no son más que excusas retóricas. Aún en 1939, el Partido Laborista votó en contra del reclutamiento obligatorio, una decisión que seguramente contribuyó a la firma del pacto germano-soviético y que sin duda tuvo un efecto desastroso sobre la moral en Francia. Luego llegó 1949, y estuvimos a punto de perecer por no contar con un ejército numeroso y eficiente, que solo podríamos haber tenido si hubiésemos implantado el reclutamiento obligatorio al menos tres años antes. 

La tasa de natalidad: Hace veinte o veinticinco años, a la contracepción y el progresismo se los consideraba casi sinónimos. Aún a día de hoy, la mayoría de la gente sostiene -y este argumento se expresa de diversas maneras, pero siempre se reduce más o menos a lo mismo- que las familias numerosas son inviables por motivos económicos. Al mismo tiempo, es sabido que la tasa de natalidad es más alta en las naciones con un nivel de vida más bajo y, en nuestra propia población, entre los sectores peor remunerados. Se arguye, ademas, que una población más reducida equivaldría a menos desempleo y a un bienestar mayor para todo el mundo, cuando, por otra parte, está probado que una población menguante y envejecida se enfrenta a problemas económicos calamitosos y tal vez irresolubles. Inevitablemente, las cifras son inciertas, pero es bastante probable que en apenas setenta años nuestra población ascienda a unos once millones de personas, de las cuales más de la mitad serán pensionistas de edad avanzada. Dado que, por motivos complejos, la mayoría de la gente no quiere una familia numerosa, estos datos aterradores pueden habitar en un lugar u otro de sus conciencias, conocidos e ignorados simultáneamente. 

La ONU: Con el fin de ser mínimamente eficaz, una organización mundial debe ser capaz de imponerse a los estados grandes igual que a los pequeños. Debe tener poder para inspeccionar y limitar los armamentos, lo que significa que sus funcionarios deben tener acceso al último centímetro cuadrado de cualquier país. También debe tener a su disposición una fuerza armada superior a cualquier otra y que responda solo ante la propia organización. Los dos o tres estados que realmente cuentan no han tenido jamás la intención de acceder a ninguna de estas condiciones, y han dispuesto la constitución de la ONU de tal modo que sus propias acciones ni siquiera puedan ser debatidas. En otras palabras: la utilidad de la ONU como instrumento de la paz mundial es nula. Esto era tan obvio antes de que empezara a funcionar como lo es ahora. Y, sin embargo, hace unos meses millones de personas bien informadas estaban convencidas de que iba a ser un éxito. 

Cuando uno constata la esquizofrenia imperante de las sociedades democráticas, las mentiras que se cuentan con propósitos electoralistas, el silencio sobre cuestiones importantes, las distorsiones de la prensa, se siente tentado a creer que en los países totalitarios hay menos patrañas, que se afrontan más los hechos. Allí, al menos, las élites gobernantes no dependen del favor popular, y pueden decir la verdad brutalmente y sin adornos. Goering podía decir: “Primero los cañones y luego la mantequilla”, mientras que sus homólogos demócratas tenían que envolver el mismo sentimiento en cientos de palabras hipócritas. 

Los alemanes y los japoneses perdieron la guerra en muy buena medida porque sus gobernantes fueron incapaces de ver hechos que resultaban evidentes para un ojo imparcial. 

Ver lo que uno tiene delante de las narices precisa una lucha constante. Algo que sirve de ayuda es llevar un diario o, al menos, algún tipo de registro de nuestras opiniones sobre sucesos importantes. De otro modo, cuando alguna creencia particularmente absurda se vaya al traste por los acontecimientos, puede que olvidemos que la sostuvimos alguna vez. Las predicciones políticas acostumbran a ser erróneas pero incluso cuando hacemos una predicción correcta, puede ser muy instructivo descubrir por qué acertamos. En general, solo lo logramos cuando nuestros deseos o nuestros miedos coinciden con la realidad. Si aceptamos esto, no podemos, claro está, deshacernos de nuestros sentimientos subjetivos, pero sí podemos aislarlos hasta cierto punto de nuestras opiniones y realizar predicciones en frío, por las reglas de la aritmética. En su vida privada, la mayoría de la gente es bastante realista; cuando uno elabora su presupuesto semanal, dos y dos suman invariablemente cuatro. La política, por su parte, es una especie de mundo subatómico o no euclidiano en el que es bastante fácil que la parte sea mayor que el todo, o que dos objetos estén en el mismo punto simultáneamente. De ahí las contradicciones y los absurdos que he recogido más arriba, todos ellos atribuibles en último término a la creencia secreta de que nuestras opiniones políticas, a diferencia del presupuesto semanal, no tendrían que someterse a la prueba de la tozuda realidad. 

Franco y Cuba


Sobre Cuba
Madrid, 11 de junio de 1960
Hablamos de la crisis cubana y Franco me dice:

“No creo que por ella llegue a estallar la guerra general; pero Fidel Castro no se hubiera atrevido a hostilizar a Norteamérica si no estuviera respaldado por Rusia; además, no controla las dos fuerzas esenciales de su país, que son la economía y el ejército; éste está en manos de su hermano y aquella de Ernesto Guevara. Sin controlar estas fuerzas no es fácil dirigir la política internacional de su país y se verá dominado por esos dos mandamás. Norteamérica no puede, como muchos creen, hostilizar abiertamente a Cuba, ya que tiene que mantener la base naval de Guantánamo y no puede correr el peligro de que otros países americanos se solidaricen con Cuba. Estoy convencido de que una vez más a los americanos les ha fallado el servicio de información, pues demostraron estar muy despistados sobre las intenciones y manera de pensar de los fidelistas y sobre la verdadera política del ex presidente Batista. En la época de éste había en La Habana un lujo enorme. Los barrios burgueses llamaban la atención por lo suntuoso y el despilfarro en todas las manifestaciones del bienestar. Ello era contemplado por las clases humildes de la capital y comentado por todo el país con gran indignación, dado el contraste de la mísera vida de éstas, especialmente en la zona oriental de la isla. A Fidel le fue fácil hacer propaganda en el pueblo y vencer militarmente a Batista, que ya había perdido su popularidad. Los americanos hubieran debido ver estas cosas y tomar una decisión enérgica a favor de los fidelistas, y no con medias tintas y recelos, por no estar enterados de lo que sucedía en Cuba. Rusia, en cambio, con sus agentes atizando el fuego del descontento y con el objetivo fijo de ganarse la simpatías de las clases populares cubanas, se introdujo.”

17 de diciembre de 1960

Comentamos los asuntos de Cuba, Franco dice:

Castro está arruinando a tan próspera nación haciéndola comunista, lo que no se imaginaron nunca los que le ayudaron a alcanzar el poder. Tengo noticias de que en la isla cada vez hay más descontento y de que se organizan guerrillas para oponerse a las fuerzas de Castro. La protesta de los obreros electricistas es un síntoma del ambiente de aquel país, donde cada vez el descontento es mayor, no creyendo que Rusia les preste una ayuda decisiva y completa.”

26 de enero de 1961

Le he dado cuenta de una información recibida de Washington en la que se recomienda que no se debe confiar en la nueva administración, pues aparte de la buena intención de Kennedy, no hay que olvidar a elementos jóvenes de inclinación socialista y amigos de ensayar teorías nuevas, como la función social del capital, la justa retribución de la riqueza, la tierra para el que la trabaja, etc., etc., que en Cuba no han dado el menor buen resultado. Franco me dice:

Desconfío mucho de esos elementos izquierdistas que quieren imitar a los comunistas para apaciguarlos, pero cuando éstos consiguen gobernar, como pasa en Cuba, son peores y más autoritarios que los gobiernos que han derribado. A mí eso no me asusta, y practico una política social en bien del pueblo y de la clase media, como se está aplicando con la colaboración de la Falange, pero no creo que esos radicalismos “castristas” den el menor bienestar al obrero, que ve destruidos sus sindicatos y resulta dominado por una feroz dictadura al servicio exclusivo de Moscú.”

6 de febrero de 1961

No creo eficaz en absoluto la invasión proyectada por desafectos al régimen castrista. Los que salieron de Cuba son en su mayoría propietarios y terratenientes que no gozan de simpatías en el pueblo cubano. Si los que desean ocupar Cuba tuviesen un programa social que ilusionase a grandes sectores de opinión de la isla, sería más fácil el éxito de la invasión proyectada. Además, el pueblo modesto está con la ilusión de que va a mejorar su situación, y aún no ha llegado al desengaño ni ha sufrido lo suficiente; le pasa lo mismo que al pueblo proletario español cuando la sublevación del general Sanjurjo, a la que no quise unirme porque estaba convencido de que el pueblo aún no estaba desengañado de la república. En cambio, cuando ocurrió el Movimiento el pueblo se unió a él, pues vio que nosotros defendíamos unas reformas sociales que se contenían en el credo de la Falange, e incluso en zona roja los soldados movilizados a la fuerza lucharon sin fe y sin entusiasmo.”

8 de mayo de 1961

“Castro lleva una política completamente equivocada. Injustamente se pone frente a la Iglesia Católica y persigue a sus ministros y sacerdotes, a las comunidades religiosas que tanto bien hacen al pueblo y algunos de cuyos miembros les ayudaron a hacer su revolución para vencer a Batista. La Iglesia en Cuba ha defendido, como era su obligación, su doctrina y sus dogmas, y Castro hubiera debido limitarse a corregir los abusos del régimen anterior, demostrando así que su deseo era ir contra toda injusticia social. Pero me parece una torpeza y una monstruosidad entregar su nación a los comunistas rusos y chinos, que procuran por todos los medios esclavizarla. Distribuir la tierra con mayor justicia, pero no arrebatarla a su legítimos dueños. Castro engañó a los que le ayudaron a hacer la revolución, que hoy se separan de él y algunos son enviados al paredón y llenan las cárceles. Nunca tuve fe en la invasión, pues sabía la enorme cantidad de armamento que recibió Castro de los países comunistas.”

8 de octubre de 1962

Hablamos finalmente de Cuba y de la visita de Ben Bella. Franco dice:

“No me han sorprendido sus declaraciones, porque este jefe argelino siempre se ha distinguido por ser filocomunista. Creo que Norteamérica hará todo cuanto le sea posible para hacer fracasar el régimen de Castro, ejerciendo una fuerte presión económica, que es el arma más adecuada en estos momentos.”

20 de diciembre de 1962

Hablamos a continuación del libro titulado El cuarto piso, escrito por el último embajador de los Estados Unidos en La Habana, con Batista, Earl F.T. Smith. Nos parece increíble la mala información del gobierno americano que ayudó  a derrocar a Batista, aún siendo éste un dictador despiadado y corrompido, y ayudando a Castro, sin ver que éste era un instrumento del comunismo soviético. Es imposible que la CIA no estuviese enterada.

Smith vio claro en la conspiración de Castro e intentó prevenir a su gobierno, pero los expertos del Departamento de Estado no le escucharon. El Departamento de Estado ignoraba que Castro estuvo envuelto en actividades comunistas en Bogotá (Colombia) ya por el año 1948. Comentamos muy extensamente este tema y el Generalísimo dice:

“Es un caso de despiste o mala fe en la administración norteamericana, pues estando al lado de Cuba, no se comprende que se ignorase la verdadera filiación de Castro. Viendo esto, no tiene nada de particular que en nuestra Guerra de Liberación creyesen de buena fe la información tendenciosa de que los comunistas españoles y los socialistas, entregados a Moscú, eran los verdaderos demócratas a quienes había que ayudar para que triunfaran y se proclamara en toda la Península Ibérica una república comunista presidida por Largo Caballero o por Negrín, lo cual también arrastraría a todo Marruecos al comunismo. Había que impedir el triunfo de los nacionales, pues según les hacían creer, éramos fascistas entregados a Hitler y a Mussolini; sin tener en cuenta, en su ceguera, que nosotros luchábamos contra el comunismo con la ayuda de los países fascistas, por ser los únicos que nos facilitaron armamento y ayuda. Pero sin condición alguna, lo que bien se pudo probar luego en nuestra neutralidad en la segunda guerra mundial, a pesar de las muchas dificultades con que tuve que luchar, por ejemplo, las opiniones de algunos que tú bien conoces, muy inclinados a nuestra intervención. Stalin entonces como Kruschev ahora, fueron los verdaderos enemigos de las naciones verdaderamente democráticas. Sin la ayuda que prestaron Francia y sobre todo Rusia a los rojos españoles, nuestra guerra hubiese durado tres meses, evitándose el enorme derramamiento de sangre que hubo en tres años y la consiguiente devastación en España. Pero esto a ellos no les importó nada. Se quiso que fuesen victoriosos y que el comunismo se implantase en España, Portugal y Marruecos. Los Estados Unidos e Inglaterra estuvieron completamente ciegos y aún no les ha caído la venda de los ojos, a pesar de la evidencia tan demostrada. No hay peor ciego que el que no quiere ver. Por carencia de información o por influencia del ‘cuarto piso’ de los dos departamentos de Estado, se ignoró, o mejor dicho, se quiso ignorar, que nuestro Movimiento Nacional no era antirrepublicano ni falangista, ni siquiera militarista; estalló por estar convencida España y su Ejército de que con el Frente Popular se estaba implantando en la Patria el comunismo con la ayuda de Moscú y el partido comunista francés. La ceguera del servicio de información fue entonces igual a la de ahora con el régimen de Fidel Castro. 

21 de enero de 1965

Comentamos las críticas que la prensa cubana exiliada dirige contra el Generalísimo por las relaciones comerciales que España tiene con la Cuba de Castro, favoreciendo de esta forma al régimen comunista de este dictador. Franco dice:

“Los intereses materiales y morales que tenemos en este país son muy grandes para abandonarlos sin medir las consecuencias y sufrimientos que ello puede causar a nuestros compatriotas. Allí viven muchísimas familias españolas, y otras que sin estar nacionalizadas en nuestra Patria, están compuestas de hijos o descendientes de españoles. Nuestra obligación moral es no desampararlos. Si en Cuba faltan nuestros barcos, las consecuencias las pagarían dichos compatriotas. Esta situación cubana es una realidad que hay que mirar fríamente, sin pensar en forma romántica. Todo el mundo sabe que el gobierno de España es abiertamente anticomunista y que nosotros, si comerciamos con Cuba, no es por favorecer a esta nación, y sí a nuestros compatriotas que allí viven, y que no deseamos que se mueran de hambre. Hay que vivir la realidad y nuestra corrección con Cuba, es una de ellas, aun cuando moleste, y lo lamento mucho, a los cubanos exiliados en Miami, y otros sitios, a quienes deseo que puedan regresar pronto a su Patria.”

15 de febrero de 1965

He vuelto a recibir más protestas de los exiliados cubanos en Miami contra Franco, por mantener relaciones comerciales con Cuba. Me mandan varios periódicos en los que se ataca duramente al Caudillo, y entre otras cosas dicen: Fidel Castro mantiene en Cuba como instructores de espías, guerrilleros y perturbadores de todas clases, a esbirros como Vayo y Líster, que combatieron a la España actual con las armas en la mano, y hoy siguen combatiéndola con la intriga. Recibe a la Pasionaria con los más altos honores y mantiene en Cuba como huésped distinguido al secretario general del Partido Comunista español, Santiago Carrillo, quien comparece en programas de televisión y radio para denostar al régimen español y a Franco. Me dice:

“Los cubanos que están en el exilio no tienen en cuenta que hay muchos españoles que se ven obligados por diferentes razones a permanecer en Cuba;  y que incluso hay una enormidad de compatriotas de los exiliados que necesitan que España les ayude y defienda. Cumplimos con esa obligación moral y hacemos cuanto podemos; sin ese pequeño comercio no podríamos hacer nada. Hoy se nos escucha y estudian nuestras reclamaciones, lo que beneficia a los que no tuvieron la suerte de poder salir de aquel infierno. Las cosas no se pueden mirar tan egoístamente; si tienen importancia los que luchan en el exilio por la independencia de su Patria, a mi juicio la tienen más los que en la Cuba mártir tienen que sufrir la tiranía de un gobierno implacable que no cesa de hostilizarles de diversos modos. No rompiendo con ellos, se nos escucha, y en muchas ocasiones hemos conseguido la salida de españoles y cubanos, lo que no hubiera sido factible con nuestra retirada de aquel país.”

¿Qué es el socialismo?, George Orwell



¿Qué es el socialismo?31 de enero de 1946

A partir de 1930 comenzó a aparecer una escisión ideológica en el movimiento socialista. Para entonces, el “socialismo” había dejado de ser una simple palabra que evocaba un sueño; un país enorme y poderoso, la Rusia soviética, había adoptado la economía socialista y estaba reconstruyendo rápidamente su vida nacional, y en casi todos los países se veía un giro inconfundible hacia la propiedad pública y la planificación a gran escala. Al mismo tiempo que la palabra “socialismo”, en Alemania creció la monstruosidad del nazismo, que se autodenominaba “socialismo” y tenía ciertamente algunas características casi socialistas, pero incorporadas en uno de los regímenes más crueles y cínicos que el mundo haya visto jamás. Claramente, había llegado el momento de redefinir el término “socialismo”. 

Como la mayoría de los autores de tendencia similar, Koestler es un ex comunista y, de modo inevitable, su reacción más intensa es contra la evolución experimentada por la política soviética desde más o menos 1930. Su mejor obra es una novela, El cero y el Infinito, en la que aborda los juicios por traición de Moscú. 

Otros escritores que pueden más o menos ubicarse en la misma categoría son Ignazio Silone, André Malraux y los estadounidenses John Dos Passos y James Farrell. 

La clave es que un socialista o comunista, como tal -y puede que esto sea aplicable más que a ningún otro a aquel que compre con su propio partido por una cuestión de doctrina-, es una persona que cree que el “paraíso terrenal” es posible. El socialismo es en última instancia un credo optimista, y no es fácil conciliarlo con la doctrina del pecado original. 

Un socialista no está obligado a creer que la sociedad humana puede llevarse realmente a la perfección, pero casi cualquier socialista cree que podría ser muchísimo mejor de lo que es en la actualidad, y que la mayor parte de las maldades que cometen los hombres provienen de los efectos distorsionadores de la injusticia y la desigualdad. La base del socialismo es el humanismo. Puede coexistir con una creencia religiosa, pero no con la creencia de que el hombre es una criatura limitada que se comportará mal siempre que se le presente la más mínima oportunidad. 

La emoción que hay detrás de libros como El Cero y el infinito, Regreso de la URSS, de Gide, Assignment in Utopia u otros de tendencia similar, no es sencillamente la decepción de ver que el paraíso esperado no ha llegado lo bastante rápido, sino que también el miedo de los objetivos originales del movimiento socialista se estén desdibujando.

Para sobrevivir, los comunistas rusos se vieron obligados a abandonar, al menos provisionalmente, algunos de los sueños con los que habían iniciado su andadura. Se vio que una igualdad económica estricta era impracticable; que la libertad de expresión, en un país atrasado que acababa de vivir una guerra civil, era demasiado peligrosa; que el internacionalismo quedaba aniquilado por la hostilidad de las potencias capitalistas. 

En estos momentos es difícil que el utopismo se materialice en un movimiento político definido. Las masas quieren seguridad en mucha mayor medida que igualdad, y por lo general no se dan cuenta de que la libertad de prensa y de expresión son de una importancia capital para ellos. Pero el deseo de perfección terrenal tiene una larga historia detrás. 

El “paraíso terrenal” nunca se ha materializado, pero, como idea, parece que nunca se extingue, a pesar de la facilidad con la que pueden desacreditarla los políticos de cualquier signo. En su centro reposa la creencia de que la naturaleza humana es de entrada bastante decente, y capaz de un desarrollo ilimitado. Esta creencia ha sido el motor principal del movimiento socialista, incluidas las sectas clandestinas que allanaron el camino para la Revolución rusa, y podría afirmarse que los utópicos, hoy en día una minoría desperdigada, son los auténticos defensores de la tradición socialista. 

Hitler y sus relaciones con España



Hitler y sus relaciones con España, 5 de julio de 1965

Hoy he dado a leer al Caudillo una copia de un artículo firmado por Georges Roux, publicado por Miroir de l’Histoire (julio de 1965, número 187).

Es un artículo extenso sobre Hitler y sus relaciones con España. Dice Franco:

“El Führer no intervino para nada en la preparación del Alzamiento, y si a los pocos días se decidió a ayudarnos fue por haberlo pedido yo, como tú sabes, como también lo pedí a Mussolini, al ver que Francia y Rusia estaban dispuestas a ayudar a los rojos con una enormidad de material de guerra, tanto del aire como terrestre. Puede que sea verdad lo que dice este artículo de que a Hitler le moviese más la política antifrancesa que el deseo de la victoria del bando nacional. De no ser por la ayuda de los aliados al bando contrario, la guerra no hubiese durado un mes, la hubiésemos ganado nosotros, que teníamos más moral, mejores mandos y representábamos al Ejército español con toda su tradición. En el bando contrario se quedaron los semicomunistas o los que no se atrevieron a decir que estaban con nosotros. Yo pedí ayuda a quien creí que me la podía dar más fácilmente. Lo hubiese hecho a Inglaterra de no saber que esta nación, por una mala información, estaba convencida de que nuestro Movimiento tenía como objetivo defender el fascismo y atacar a la república. Nosotros, como tú bien sabes, nos levantamos en armas contra el gobierno al ver que aquello degeneraba en comunismo y que preparaban un golpe de Estado para el mes de agosto; así lo afirmaban Largo Caballero y demás líderes en la prensa, en proclamas, etc., como puede comprobarse examinando la prensa española de aquellos días y la de los partidos comunistas del mundo entero. Lo que sucedió es que esto no se dijo, se ocultó, y se inventó la leyenda de que nosotros éramos aliados de Hitler y Mussolini, enemigos de los aliados y de la democracia. Y sí lo éramos, pero de la democracia que nada tenía de tal y no hacía otra cosa que permitir que se gobernase sin garantías constitucionales, quemar conventos, destruir el Ejército español, cometer crímenes, actos de bandidaje, etc. Contra aquella anarquía se sublevó el Ejército, pero no lo hubiese hecho si la república hubiera sido un régimen democrático y de convivencia. Los militares nos sublevamos para salvar a la Patria del caos e impedir que a la sombra de tal estado de cosas se implantase la república comunista. Un ejemplo claro de que los republicanos demócratas nada representaban en aquel régimen fue lo sucedido a la escuadra española, que salió de El Ferrol cumpliendo órdenes del gobierno, y a pesar de ello, en la travesía hacia los puertos del Estrecho, fueron asesinados salvajemente por las clases subalternas de la Armada desde el almirante jefe al más modesto oficial. La orden de esta matanza la dio el comité de clases de Marina, situado en Ciudad Lineal; a ninguna de las víctimas se le preguntó si estaba o no con el gobierno. Se les asesinó sólo por el hecho de ser jefes y oficiales de Marina y nada más que por eso.

No creo que nadie se quejara del comportamiento en España de los voluntarios alemanes, se portaron siempre heroicamente y fueron eficaces y correctos. Son de carácter distinto al nuestro, pero nuestras relaciones fueron siempre afectuosas. Conservo un gravísimo recuerdo de todos los generales extranjeros que tan eficaz y heroicamente lucharon en España para salvarnos del comunismo. 

Sobre la entrevista de Hendaya hay mucha exageración en lo que se dice en el artículo que comentamos. El Führer no me pidió en aquella ocasión que entrara en la guerra europea, pues siempre al hablar conmigo hacía alarde de que la guerra ya estaba ganada y que Inglaterra se rendiría al poco tiempo. Deseaba para mantener la paz una estrecha alianza con España antes de que lo hiciera Francia. Me ponderó el brillante papel que la Historia había reservado a nuestra Patria en el nuevo orden que se iba a organizar en Europa. Me negué diplomáticamente a ello, diciéndole que lo que España necesitaba era su reconstrucción, pues habíamos quedado muy quebrantados después de nuestra guerra. Le manifesté además mi absoluta convicción de que Inglaterra no estaba vencida y de que seguiría en lucha, en Francia, en la metrópoli o un sitio cualquiera de su gran imperio. Que no creyera que el pueblo francés estaba a su lado, “pues ahora siente más que nunca antipatía por las potencias del Eje”. En aquellos difíciles momentos, como en todo el tiempo que duró el conflicto mundial, no tuve otro afán que salvar la neutralidad de España. Estaba decidido a ello, costara lo que costase, y me hubiera defendido contra cualquier agresor, fuese Alemania o los aliados. Hubiésemos repetido la gesta de España contra Napoleón. Creo que Hitler se dio cuenta de mi manera de pensar y por ello nos respetó, lo mismo que Inglaterra y Norteamérica.”

Le digo que en el artículo que comentamos se dice que en las “memorias de la secretaria de Hitler” se manifiesta que a éste le causó una profunda desilusión la forma de actuar del Generalísimo; que le pareció ingrata y traidora. Franco dice:

“No creo que Hitler hiciese esas manifestaciones, pues tenía que comprender que por un motivo de gratitud no iba a meter a mi Patria en una guerra que causaría nuestra ruina y que no estaba decidida ni mucho menos. Siempre le agradecí la ayuda que nos prestó; pero nunca me consideré obligado a pagarle con la sangre del pueblo español jugándome la independencia de mi Patria. 

Es verdad que para defender a España de un posible atentado a nuestra neutralidad fortifiqué la región pirenaica, haciendo diferentes líneas de trincheras hormigoneadas y dividiendo la región en cinco sectores estratégicos, como dijo La Vanguardia en un artículo publicado por el general Díaz de Villegas, al que alude el que comentamos del señor Roux. Tú has visto estas fortificaciones, que nos fueron muy útiles en la lucha que tuvimos contra los rojos que creyeron que podían conquistar España al finalizar la guerra europea. Los alemanes en los últimos días de la contienda estaban muy apurados y tenían que recurrir a todos los que creyesen que podían ayudarles. 

También los aliados estuvieron a punto de violar nuestra neutralidad invadiendo las islas Canarias. Ello me tuvo muy preocupado. Afortunadamente desistieron de estos planes. Gracias a Dios conseguí lo que era mi mayor preocupación, tener a España apartada del conflicto. “

Lugares de placer - George Orwell


Lugares de placer. 11 de enero de 1946

La música -y, a ser posible, debería ser la misma para todo el mundo- es el ingrediente más importante. Su función es la de impedir la reflexión y las conversaciones y suprimir cualquier sonido natural, como el canto de los pájaros o el silbido del viento, que de otro modo se inmiscuirían. Infinidad de gente usa ya de forma consciente la radio con este propósito. En muchísimos hogares ingleses la radio no se apaga nunca, literalmente, aunque se la manipula de vez en cuando para asegurarse de que solo salga de ella música ligera. Conozco a gente que deja la radio sonando durante toda la comida y que, al mismo tiempo, sigue hablando justo lo bastante alto como para que las voces y la música se anulen mutuamente. Esto se hace con un claro propósito. La música impide que la conversación se torne seria o incluso coherente, mientras que el parloteo de las voces imposibilita que uno escuche la música con atención y evita así la aparición de esa cosa tan temida: el pensamiento.

Es difícil no tener la sensación de que el objetivo inconsciente de la mayoría de los complejos de placer típicos de hoy en día es un retorno al útero, ya que allí la temperatura también estaba siempre regulada, y uno nunca estaba solo, ni veía la luz del sol, ni tenía que preocuparse por trabajar, o por comer, y sus pensamientos, si había alguno, quedaban ahogados por el latido rítmico y continuo.

¿No hay algo de sentimental y oscurantista en el hecho de preferir el canto de los pájaros a la música swing o de querer dejar unos cuantos toques silvestres aquí y allá en lugar de cubrir toda la superficie de la Tierra con una red de Autobahnen iluminadas por luz solar artificial?

Esta pregunta solo surge porque, al explorar el universo físico, el hombre no ha hecho intento alguno de explorarse a sí mismo. Gran parte de lo que pasa por ocio no es más que un esfuerzo para destruir la conciencia. Si uno empezara por preguntarse “¿qué es el hombre?”, “¿cuáles son sus necesidades?”, “¿cuál es la mejor manera que posee de expresarse?”, descubriría que tener simplemente el poder de evitar el trabajo y de vivir toda la vida, desde que nace hasta que muere, bajo luces eléctricas y al son de música enlatada no es una razón para ello. El hombre necesita calidez, socialización, ocio, comodidad y seguridad; y también necesita sociedad, un trabajo creativo y la capacidad de maravillarse. Si reconociese eso, podría usar los frutos de la ciencia y del industrialismo de un modo ecléctico, aplicando siempre el mismo criterio: “¿Esto me hace sentir más humano o menos humano?”. Entonces descubriría que la felicidad máxima no consiste en relajarse, descansar, jugar al póquer, beber y hacer el amor todo a la vez. Y ese horror instintivo que toda persona sensata siente ante la progresiva mecanización de la vida sería considerado no un mero arcaísmo sentimental, sino algo plenamente justificado. Porque el hombre solamente sigue siendo humano si preserva amplias parcelas de sencillez en su vida, mientras que la tendencia de muchas invenciones modernas -en particular el cine, la radio y el avión- es la de debilitar su conciencia, embotar su curiosidad y, en general, hacerlo más parecido a un animal. 

Millán Astray, Legionario - Un superviviente de sí mismo. Luis E. Togores


Millán Astray :Un superviviente de sí mismo

Por Luis E. Togores

La pérdida de importancia y responsabilidad no supuso un descenso de su fama y popularidad. Millán Astray era muy conocido por los madrileños y por todos los españoles. Su simpatía le había granjeado la amistad de muchos de los intelectuales, artistas, toreros… de su tiempo. Entre éstos se encontraba la cantante argentina Celia Gámez, a la que había conocido en los primeros días de Radio Nacional Española, y que seguramente ya conocía de sus visitas a Argentina, pues fue novia de los aviadores Ramón Franco y de Durán. 

Durante los años de la Segunda Guerra Mundial, también tuvo algún papel, aunque mucho menos relevante que en los años de la recién Guerra Civil. Su adscripción de boquilla al fascismo no le convertía en una de las figuras más idóneas para estrechar lazos fundamentalmente con la Alemania nazi. 


Su actuación, sin embargo, sí tuvo alguna relevancia con respecto al Japón y su nuevo papel como gran potencia hegemónica en Extremo Oriente. Su declarada admiración por la figura y espíritu de los samuráis facilitó su contacto con la representación e intereses japoneses en España. 

Lo que sí es cierto es que Millán Astray se pronunció abiertamente a favor de la ocupación japonesa de Filipinas, ya que así la ex colonia española era arrebatada a la soberanía norteamericana. Recordemos que era un ex combatiente de Filipinas. Consideró la llegada de los nipones -como de hecho pensaban muchos españoles franquistas- como una cierta recuperación de la presencia e intereses de los españoles en las islas. El 17 de diciembre de 1943, Informaciones publicaba unas declaraciones de Millán Astray a Gaspar Tato Cumming al respecto:

La primera medida de Japón en Filipinas ha sido nombrar al alcalde filipino,ardiente filipino, en Manila y desterrar la enseñanza del inglés y la cultura anglosajona en el archipiélago. Dos síntesis de dos teorías sobre Filipinas, que apuntan un futuro que puede resumirse así: cooperación con el pueblo filipino y respeto a la cultura hispana. Dos deducciones: manifestación de que en un futuro el pueblo filipino será independiente, actuando con este sentido en el espacio vital del nuevo orden asiático; y el nombramiento de una Embajada en el Estado del Vaticano. Sintonía política, pues no olvidemos que los filipinos constituyen un pueblo esencialmente católico, en el que sobrenadan masones y salvajes. 

Al conocer como al mariscal Graziani, combatiente de tres guerras, mutilado y perseguido por el entonces ministro de Defensa italiano Pacciardi, en un gobierno presidido por De Gasperi, se le había privado de todas sus condecoraciones, incluso la medalla de mutilado, Millán Astray reaccionó iracundo. Envió al heroico Graziani su propia medalla de mutilado, que el mariscal italiano aceptó; hecho que fue recogido por la revista Dígame: 

Hace poco más de un año, cuando el general Millán Astray supo que el mariscal Rodolfo Graziani, después de haber combatido durante cincuenta años por su patria, se veía desposeído de todas sus condecoraciones, incluso de la medalla de mutilado, le envió su propia medalla de mutilado, ofreciéndosela en una cariñosa carta. 

En los últimos años de su vida, dedicó buena parte de las escasas fuerzas que le quedaban a temas de caridad. Su interés y conocimiento de las clases populares, fruto de un permanente trato con los sectores más desprotegidos de la sociedad, le llevó a colaborar con las obras sociales de la parroquia del padre Medina -futuro fundador de la Ciudad de los Muchachos-, con los pobres del barrio de Las Latas, en el Puente de Vallecas, y del barrio de Doña Carlota. 

Era un pedigüeño nato, aunque nunca pedía dinero para sí mismo, pero sí para los demás. Llegó a recaudar en una ocasión la importante cantidad de 75.000 pesetas. La mayor parte entregada por su amiga Leonor March Ordinas, cuya partida más importante de gastos se invirtió en que cerca de cien niños hicieran la primera comunión. Son muy conocidas las anécdotas en que perseguía a alguna amistad para lograr algún puesto de trabajo para tal o cual pilluelo que había quedado huérfano o abandonado por sus padres por causa de la guerra o para buscarles plaza en el Colegio de Huérfanos de las Mercedes o en el Asilo de San Rafael. 


Sufrió ocho operaciones quirúrgicas, cuatro heridas de bala graves y otras muchas insignificantes, sufrió de tétanos y de gangrena gaseosa, y le dolía el brazo amputado “siempre, siempre… todas las horas y todos los días”, teniendo en el oído izquierdo un zumbido constante, así como algunos vértigos que llegaban a hacerle perder el equilibrio y desmayarse súbitamente si giraba la cabeza a derecha o izquierda, lo que le obligaba a ir siempre acompañado por un legionario de escolta pues en ocasiones olvidaba esta incapacidad:

Soy muy aprensivo. Creo que tengo todas las enfermedades, además de las que tengo, y me visitan constantemente y fraternalmente -nunca podré pagarlos- don Carlos Jiménez Díaz, don Antonio García Tapia y Marciano Gómez Ulla. Además, todos los días, por la mañana, tiene la bondad de venir a visitarme el capitán médico asesor de la Dirección General, que es mi médico de cabecera y entrañable amigo el doctor Azpeitia. Llevo siempre en el bolsillo cinco o seis medicinas que afortunadamente no suelo tomar, y en mi coche llevo un botiquín con más de veinte, que no tomo tampoco; creo que me traen buena suerte, porque, por mi torpeza soy muy supersticioso; sé que es una tontería…

La valoración que de sí mismo hace el propio Millán Astray resulta curiosa, pues “presume” de defectos que siempre combatió. No deja de ser ésta una postura muy en la línea de su complicado carácter. Sobre su supuesta o real aprensión, su hija solo recuerda su úlcera de estómago, que le obligaba a tomar leche y comer magdalenas y galletas al menor atisbo de hambre. 

Era muy besucón -como él mismo decía- de hombres y, sobre todo, de mujeres. Tenía entrada libre, por invitación, en todos los espectáculos de Madrid, incluidos los toros, por voluntad expresa de los empresarios, aunque los mutilados tenían derecho gratis a la silla de acomodador y taquillero. 

Manifestaba que de todos los militares que conoció a lo largo de su vida, incluido el propio Franco, al que le unió una estrecha y entrañable amistad, su preferido, era Sanjurjo, a pesar de ser él en buena medida el autor del mito del Caudillo victorioso creado durante los años de la Guerra Civil. 

Destacaba, entre los hechos más curiosos de su vida, su visita en 1930 a West Point, haciendo una entrada estilo Hollywood, parándose la circulación de la Quinta Avenida para que pasase con su escolta de motoristas. Recuerdo potenciado, sin lugar a dudas, por la nueva imagen que Estados Unidos proyectaba en España a partir de 1950 y que poco tenía que ver con el Millán Astray pro francés de sus primeros años, o el estrechamente por Eje de los años de la Guerra Civil en inmediata posguerra. 

Tres veces visitó América, la última casi como exiliado, trató personalmente a quince o veinte jefes de Gobierno. Presumía de haber entrado en todos los conventos de clausura de España y de no haber tenido nunca apego al dinero. 

No he ganado más dinero en mi vida que con mi carrera y dos libros que he escrito: ‘La Legión y Franco’, ‘el Caudillo’, porque los demás que he escrito jamás me los han pagado, ni los he cobrado, y cuando me los han querido pagar o lo he declinado o lo he enviado a alguna asociación benéfica. Fui locutor en Radio Buenos Aires, porque cuando estuve allí últimamente, en el año 1936, no me mandaban la paga desde España en tiempos de la República y tuve que hablar por radio para ganarme la vida. Soy muy pobre en dinero, como todos los legionarios, pero muy rico en cariños y en regalos que me hacen los artistas españoles. 

Los miembros de la familia Millán Astray sobrevivieron a la guerra en su inmensa mayoría. Las hermanas del general, a pesar de haber sido encarceladas en la zona roja, salieron indemnes del conflicto, de tal forma que la mayor parte de ellas se pudo de nuevo reunir en 1939.

Le encantaba jugar con sus sobrinos y luego con su hija. Pala recuerda cómo le iba a buscar al colegio para ir luego de paseo al Retiro, a la Casa de Fieras, donde visitaban a los camellos que le regaló el sultán de Marruecos. En aquellos paseos, Pala se comía las galletas que siempre llevaba su padre en el bolsillo para la úlcera de estómago que padecía, y se divertía con los juegos que Millán Astray hacía a los niños que siempre le seguían. Su número fuerte consistía en sacarse el ojo de cristal de su cuenca, entre el horror de su público infantil novato y la alegría y diversión de los que ya conocían el truco. 

No bebía, como ninguno de los varones de su familia. Comía poco, torturado por la úlcera, tomando constantemente su medicina, Beyergal. Era en muchas cosas ascético, acentuada exteriormente esta cualidad por causa de su deteriorado aspecto físico, que con los años fue poco a poco agravándose y haciéndose muy visible por su delgadez. 

En relación a su vida privada fue, como todo en su existencia, singular. Se casó en 1905 con Elvira Gutiérrez de la Torre, nacida en Cuba, hija de un general español. Después de la boda, Elvirita, como la llamaban todos, puso en su conocimiento que había hecho voto de castidad. Millán Astray pudo anular su matrimonio inmediatamente, pero decidió no hacerlo y continuó a lo largo de toda su vida manteniendo una relación “fraternal” con ella. Además, su azarosa vida, que le llevó a estar larguísimas temporadas fuera de casa, en campaña, en Marruecos, facilitó mucho esta situación. Por lo demás, Elvirita, le cuidó primorosamente a lo largo de toda su vida. 

En 1941, en una partida de póquer en casa de su viejo amigo el escritor y abogado Natalio Rivas, Millán Astray conoció a Rita Gasset, hija del ex ministro de Fomento Rafael Gasset, dueño y directo del periódico El Imparcial, y prima carnal del filosofo Ortega y Gasset. 

Rita era una chica moderna, una pionera del feminismo, a la que su padre mandó a un internado por sus gestos libertarios, entre ellos fumar en público. Había decidido que jamás se casaría en las condiciones de sumisión que la mujer tenía respecto al hombre en el matrimonio de la época, que hacía que la mujer pasase de la patria potestad del padre a la del marido. 

A Rita, mujer decidida y de mucho carácter, le impactó Millán Astray. Un hombre que por edad podía ser su padre. Rita era muy distinta de Elvirita. Era alegre, inteligente, emancipada y mucho más joven que Millán Astray. De hecho Elvirita había sido compañera de colegio de la madre de Rita. La verdad es que el General, como recuerdan todos los que le conocieron, tenía un encanto y simpatía especial que le hacía ser objeto de atenciones y cariño por parte de todos los que le conocían. Surgió inmediatamente la amistad entre Rita y Millán Astray. En sus abundantes charlas Rita comentó que quería tener un hijo, pero que debía ser fuera del matrimonio. El General se brindó a ser el padre, tras solicitar permiso a Elvirita. 

En abril de 1941, Rita quedó encinta y Millán Astray decidió anular su matrimonio. El cardenal Leopoldo Eijo Garay le dijo que, dada la no consumación del mismo, no tenía el menor problema. El problema fue otro. Millán Astray tenía con Franco la confianza de dos viejos y entrañables amigos. Cuando le comunicó al Caudillo su decisión, estaban los dos solos, y Franco le dijo: “No me darás este escándalo. Te prohíbo que lo hagas.” La escena fue muy dura. Millán Astray volvió a ser víctima de su prestigio y renunció a la anulación. Franco sabía muy bien el impacto que esa anulación podía tener. Pero el fundador de la Legión quería legitimar a su descendencia. La prohibición de su íntimo amigo suponía que en la España de Franco su futura hija no podría llevar el apellido Millán Astray. Como buen soldado Millán Astray acató la orden de su superior. 

Millán Astray siguió viviendo con Elvirita en Velázquez 99, pero visitaba a diario a Rita y a Palita. Elvira, se convirtió en tía Elvirita. Hasta su muerte, en agosto de 1966, Elvirita -por voluntad expresa de su marido- trató con cariño y cordialidad a su “sobrina”. A Pala le dejó sus joyas y todos sus recuerdos personales; el día que se casó Pala, tía Elvirita le regaló su pulsera de pedida. Rita murió el 2 de agosto de 1985. 

Millán Astray vivió sus últimos años de vida en la sede del Cuerpo de Mutilados, donde hallará la muerte. Fallece el 1 de enero de 1954 a las 10 de la noche. Hacía cinco meses que un problema cardíaco le retenía en casa. Su enfermedad era casi un secreto, no aceptaba que la gente pudiese verle vencido por ella. Él, que siempre se había resistido a todas la debilidades propias del cuerpo humano. En aquellos días están con él su mujer Elvira, su oficial ayudante Armiño y los legionarios de su escolta. Sólo recibía a sus íntimos amigos, a su hija, a Rita y a sus hermanas. Cuando falleció tenía 74 años. 

Su muerte hizo recordar a toda España, al mundo entero, su figura. En los últimos años había sido en buena medida olvidado, pasando a un plano más que secundario, fruto de la nueva España en la que cada vez tenía menos cabida una figura ochocentista y romántica como era la suya. 

Durante los dos últimos meses de convalecencia dictó numerosas instrucciones para cuando llegase su muerte. En ellas decía:

Tengo dicho siempre, y por escrito, que soy católico, apostólico y romano, y que siempre he procurado seguir el camino del amor a Dios, culto a la Patria, al honor, al valor, a la cortesía, al espíritu de sacrificio, a la caridad, al perdón, al trabajo, y a la libertad con justicia. O sea el camino de los caballeros.

Como ya tengo dicho, deseo que no haya ningún rito funerario, sino rito legionario. Que me envuelvan en una sábana, con un pequeño crucifijo encima del pecho y la bandera puede ser la del edificio… nada de túmulos, nada de luces ni hachones. Encima de la tapa de la caja, que será muy sencilla y lo menos parecida a los vulgares ataúdes -pero que no sea de mucho valor- se pondrá mi gorro legionario y un guante blanco…

Se ocultará la hora, se procurará que no se publiquen noticias de Prensa, ni esquelas. Nadie acompañará más que los citados y los legionarios de mi escolta. 

Que sean los legionarios los que me metan en la fosa, y que le den tierra, pero sin tocarle con las manos. 

No se celebrarán funerales de ninguna clase, dedicándose el dinero que se hubiera de emplear en esto, para los niños del Colegio de San Rafael y para las niñas del Colegio de Santa Cristina…

No se dirá la hora de la despedida para que vayan sólo los citados y los legionarios, precisamente los de mi escolta, éstos en camión, los oficiales en el automóvil, y el coronel fundador de la Legión en la fargo, acompañado de dos legionarios…

Pedía a su hija, Pala, no guardase luto más de nueve días y “luego vaya al cine y donde quiera”. Dejó una lista muy detallada de a quién legaba todos sus recuerdos militares, aunque cambió varias veces de parecer. 


¡Muera la intelectualidad traidora!:



La destrucción de la literatura, marzo de 1947, George Orwell


Todo en nuestra época conspira para convertir al escritor, y a cualquier otro artista, en un funcionario de bajo rango, que trabaja en los asuntos que le dictan desde arriba y que nunca dice lo que considera la verdad. 

La libertad intelectual es la libertad de informar de lo que uno ha visto, oído y sentido, sin estar obligado a inventar hechos y sentimientos imaginarios. Las habituales diatribas contra el “escapismo”, el “individualismo”, el “romanticismo” y demás son solo un truco escolástico, cuyo objetivo es hacer que la perversión de la historia parezca aceptable. 

Hace quince años, cuando uno defendía la libertad intelectual tenía que enfrentarse a los conservadores, los católicos y, hasta cierto punto -pues en Inglaterra no tenían gran importancia-, a los fascistas. Hoy es necesario enfrentarse a los comunistas y a los “compañeros de viaje”. 

La bruma de mentiras y desinformación que rodea asuntos como la hambruna de Ucrania, la Guerra Civil española, la política rusa en Polonia y demás, no se debe por entero a una falta consciente de sinceridad, pero cualquier escritor o periodista que comulgue con la URSS -en el sentido en el que los rusos quieran que lo haga- debe tragar con la falsificación deliberada de asuntos de gran importancia. Tengo ante mí lo que debe de ser un raro panfleto, escrito por Maxim Litvinov en 1918, en el que se bosquejan los acontecimientos recientes en la Revolución rusa. No alude a Stalin y, en cambio, pone por las nubes a Trotski, Zinoviev, Kamenev y otros. ¿Cuál sería la postura incluso del comunista más escrupuloso desde el punto de vista intelectual ante semejante panfleto? En el mejor de los casos, adoptar la actitud oscurantismo de que se trata de un documento indeseable y de que es mejor eliminarlo. 

Un Estado totalitario es, de hecho, una teocracia, y para conservar su puesto, la casta gobernante necesita que la consideren infalible. Pero como, en la práctica, nadie lo es, resulta necesario reescribir el pasado para aparentar que nunca se cometió tal o cual error o que tal cual triunfo imaginario sucedió en realidad. 

El totalitarismo exige, de hecho, la alteración continua del pasado y, a largo plazo, probablemente la falta de fe en la existencia misma de la verdad objetiva. 

Una sociedad totalitaria que consiguiera perpetuarse a sí misma probablemente acabaría instaurando un sistema de pensamiento esquizofrénico, en el que las leyes del sentido común sirviesen para la vida diaria y para ciertas ciencias exactas, pero pudieran ser pasadas por alto por el político, el historiador y el sociólogo. Ya hay infinidad de personas que considerarían escandaloso falsificar un libro de texto científico, pero a las que no les parecía mal falsificar un hecho histórico. 

Si aceptamos que la Rusia soviética constituye una especie de tema tabú en la prensa británica, si damos por sentado que cuestiones como Polonia, la Guerra Civil española o el pacto germano-soviético están excluidas de un verdadero debate, y que si uno posee información que contradiga la ortodoxia dominante debe callar o distorsionarla, ¿por qué iba a verse afectada la literatura en sentido amplio? ¿Es todo escritor un político y todo libro un “reportaje” sincero? ¿Acaso un escritor no puede seguir siendo mentalmente libre, incluso bajo la dictadura más férrea, y seguir destilando o disimulando sus ideas heterodoxas de modo que las autoridades sean demasiado estúpidas para reconocerlas? Y, aunque el escritor estuviera de acuerdo con la ortodoxia dominante, ¿por qué eso habría de cortarle las alas? ¿No es más probable que la literatura, o cualquier otro arte, florezca en sociedades en las que no hay grandes conflictos de opinión ni distinciones claras entre el artista y su público? ¿Debe uno dar por sentado que todo escritor es un rebelde, o incluso que el escritor como tal es una persona excepcional?

El periodista no es libre -y es consciente de esa falta de libertad- cuando se le obliga a escribir mentiras o a silenciar lo que le parece una noticia de importancia. 

En cualquier sociedad totalitaria que perdure más de un par de generaciones, es probable que la literatura en prosa, como la que ha existido los últimos cuatrocientos años, termine por desaparecer. 

Una sociedad se vuelve totalitaria cuando su estructura se vuelve flagrantemente artificial, es decir, cuando su clase gobernante ha perdido su función pero consigue aferrarse al poder mediante la fuerza o el engaño. 

Para dejarse corromper por el totalitarismo no hace falta vivir en un país totalitario. 

Así se puso de manifiesto con la Guerra Civil española. Para muchos intelectuales ingleses la guerra fue una vivencia profundamente conmovedora, pero no algo de lo que pudieran escribir con sinceridad. Solo se podían decir dos cosas, y ambas eran mentiras flagrantes; el resultado fue que la guerra dio lugar a kilómetros de letra impresa pero casi nada que valiera la pena leer. 

La literatura en prosa, tal como la conocemos, es el producto del racionalismo, de los siglos de protestantismo, del individuo autónomo, mientras que la destrucción de la libertad individual paraliza al periodista, al escritor o sociólogo, al historiador, al novelista, al crítico y al poeta, por ese orden. En el futuro, es posible que surja un nuevo tipo de literatura que o implique sentimientos individuales o una observación sincera,, pero en la actualidad resulta inimaginable. Más probable parece que, si desaparece la cultura liberal en la que hemos vivido desde el Renacimiento, el arte literario perezca con ella. 

Por supuesto, seguirá utilizándose la imprenta, y es interesante especular sobre qué materia escrita sobrevivirá en una sociedad rígidamente totalitaria. Cabe presumir que los periódicos seguirán publicándose hasta que la tecnología televisiva alcanzase un mayor nivel, pero, aparte de los periódicos, es dudoso, incluso ahora, que las grandes masas de los países industrializados sientan la necesidad de cualquier tipo de literatura. En todo caso, son reacias a gastar en literatura más de lo que gastan en cualquier otra diversión. Probablemente, las novelas y los relatos acaben siendo sustituidos por el cine y las producciones radiofónicas. O tal vez sobreviva algún tipo de ficción sensacionalista de mala calidad, redactada por una especie de cadena de producción que reduzca al mínimo la iniciativa humana. 

Es probable que el ingenio humano logre escribir libros por medio de máquinas, y, de hecho, ya se está produciendo una especie de mecanización en las películas, la radio, la publicidad, la propaganda y el periodismo de baja estofa. 

Los libros los planificarían a grandes rasgos los burócratas, y luego pasarían por tantas manos que, cuando estuviesen terminados, no serían un producto individual, como no lo es un coche Ford al llegar al final de la cadena de montaje. Huelga añadir que cualquier novela producida de ese modo sería pura basura, pero así no pondría en peligro la estructura del Estado. En cuanto a la literatura del pasado, sería necesario eliminarla o al menos reescribirla cuidadosamente. 

De momento el totalitarismo no ha triunfado totalmente en ninguna parte. Nuestra propia sociedad sigue siendo, a grandes rasgos, liberal. Para ejercer el derecho a la libertad de expresión, hay que lugar contra presiones económicas y contra poderosos sectores de la opinión pública, pero no contra una fuerza policial secreta, al menos por ahora.

La URSS es un país muy vasto que se está desarrollando muy deprisa y que necesita trabajadores científicos, así que los trata con mucha generosidad. Mientras se aparten de las cuestiones peligrosas como la psicología, los científicos son personas privilegiadas. A los escritores, en cambio, se los persigue con saña. Es cierto que a prostitutas literarias como Ilya Ehrenburg o Alexei Tolstói se les pagan enormes sumas de dinero, pero se les arrebata lo único que tiene valor para un escritor: la libertad de expresión. 

Si la inteligencia humana llega a ser totalmente distinta de como es hoy, tal vez aprendamos a separar la creación literaria de la honradez intelectual. De momento, solo sabemos que la imaginación, como algunos animales salvajes, no puede criarse en cautividad. Cualquier escritor que lo niegue -y casi todas las alabanzas actuales a la Unión Soviética implican dicha negación- está, de hecho, exigiendo su propia destrucción. 

La toma de Badajoz - Yagüe El general falangista de Franco, Luis E. Togores



Antes de comenzar el ataque Yagüe arengó a sus hombres: “¡Caballeros legionarios! Los rojos afirman que no sois soldados, sino frailes disfrazados. ¡Entrad en Badajoz a decir misa!”


Yagüe resumía a Franco la toma de la ciudad en las siguientes palabras:


Mes de Agosto de 1936.
Excmo. Sr. Don Francisco Franco B.
Sevilla


Mi querido general: la toma de Badajoz ha sido una operación de mucha barba, como podrás ver por la relación de bajas. Nuestra artillería contra esas murallas servía lo mismo que los fusiles, y en vista de que los pájaros resistían, tuve que entrar a la bayoneta. 

Esta operación me ha enseñado muchas cosas. Primera, las operaciones no pueden hacerse sin la cooperación de la aviación cuando hay que ocupar varios pueblos. Si se trata de uno solo, sí, porque la marcha puede hacerse de noche o asaltar el pueblo al amanecer. Pero si se trata de varios ya el segundo hay que avanzar y combatir de día, y la aviación causa muchas bajas y sobre todo desmoraliza enormemente a la gente, y la desbandada se produce inmediatamente. Hacen falta cañones antiaéreos y caza o aviación nuestra, ante la que huyen hasta los cazas enemigos.

Segundo, los tanques son imprescindibles, porque si no el chorro de bajas hará que estas unidades se queden en cuadro, y como tú sabes, estos soldados no se improvisan. Hoy he mandado a Portugal, como te dije, dos capitanes para ver al capitán Lourenzo y a tu hermano para ver si pueden darnos tanques y cuantos más mejor. Y para levantar el banderín de enganche. 

Tengo noticias de que en Madrid tienen gran cantidad de artillería y que se están fortificando formidablemente: van a ser superiores a nosotros en artillería. Creo imprescindible adquirir seis u ocho grupos de artillería de alcance y potencia superior a la de ellos. Sé que están temerosos del cerco, que es lo único que les preocupa, porque creen que a viva fuerza no se les toma. Yo creo que como no tienen comunicaciones más que con Levante podrían primero los Savoias, volando muy bajo, en sitios que no haya tropas, inutilizar puentes de ferrocarril y carreteras para que su aprovisionamiento lo hicieran de una manera precaria. Estos puentes los arreglarían, pero al día siguiente otros. Después, y una vez sometida Málaga y restableciendo el frente único, avanza una columna a cortar por el sur y reforzar a Mola, para que prolongue su flanco izquierdo; y son nuestros. 

Estas columnas van a necesitar dos unidades más para que las agrupaciones de primera línea tengan tres unidades y la de reserva y maniobra do; y como tienen fuerzas suficientes para organizar dos columnas, mandarle a Mola cuatro o seis unidades. Somos los amos. 

Perdona esta oficiosidad, pero después de la toma de Badajoz la hemos planeado y me dicen te la trasmita. 

He organizado en Badajoz y lo estoy haciendo en la provincia, restablecer el ferrocarril. Obras Públicas ha salido hoy mismo para arreglar puentes y alcantarillas. Como del regimiento no quedan más que rastros, he movilizado las cuotas de reemplazo. Estoy organizando Falange en plan militar, y organizando los Carabineros, Guardia Civil y de Asalto que nos fueron leales. 

Esta Comandancia de la Guardia Civil está desorganizada. Pedí a Cáceres que me mandasen las fuerzas de Badajoz que se habían refugiado en aquella provincia y me dijeron que lo harían enseguida. 

Tengo noticias de que en Francia empezarán a entregarles aparatos mañana o pasado y habrá que tomar precauciones. 

Te mando a Sevilla al teniente coronel de artillería Iturzaeta y al capitán de Estado Mayor Sáez, que me dice Castellón que no los necesita y a mí me sobra gente. 

Creo que mañana podré empezar a mandarte camiones y coches, aunque por aquí no han dejado nada, todo se lo han llevado. 

La propaganda es muy necesaria. Ellos tiran periódicos y proclamas y las columnas y pueblos no ven un solo periódico nuestro. Creo que se debía repartir con profusión.

Con todo respeto y cariño te abraza tu subordinado y amigo

Juan Yagüe. Rubricado.
Badajoz, 15 de agosto de 1936.



     Para los partidarios del bando nacional la toma de Badajoz se convirtió en un hito de la justicia de su causa. Numerosas poblaciones extremeñas y de toda España pusieron calles con el nombre de Yagüe y le nombraron hijo predilecto. Muchos años después de la liberación de Badajoz le seguían llegando cartas al ya general Yagüe agradeciéndole su decidida actuación durante la Guerra Civil.


Las matanzas de Badajoz


El día que liberaron Badajoz las tropas de Yagüe había pasado casi un mes desde el alzamiento militar. En las cuatro semanas de guerra transcurridas ambos bandos se habían lanzado con encarnizamiento a la persecución y eliminación de sus enemigos ideológicos. No debemos olvidar que lo más terrible de una guerra civil respecto a otras guerras es que, en ésta, se convierten en enemigos no sólo los soldados contrarios que visten uniforme y portan armas, sino toda la población civil del bando enemigo, sin importar su edad, sexo y condición. Muy especialmente en los primeros momentos del conflicto. 

La represión roja en Extremadura es, hoy, de sobra conocida. Andalucía oriental y las provincias extremeñas de Cáceres y Badajoz habían quedado bajo el poder de los sectores más extremistas del Frente Popular al comenzar la guerra, que habían procedido, sin dilación, a una enorme limpieza social mediante la matanza indiscriminada de muchos de sus vecinos. 

Ángel David Martín Rubio, sin lugar a dudas el historiador más solvente sobre las cifras de represión en Extremadura, de ambos bandos, durante la Guerra Civil, nos da los siguientes datos contrastados en relación a Badajoz. La cifra de asesinados por el Frente Popular fue en la provincia de Badajoz de 1.461 personas, de las que 34 lo fueron en la propia capital de provincia. Cifras bajas si las comparamos con las de ciudades como Madrid o Málaga. Estos asesinados no pertenecían a las clases más pudientes y conservadoras de la sociedad extremeña, pues sólo el 15,15 por ciento eran propietarios, seguidos de un 12,46 por ciento de labradores, 11,22 por ciento de miembros de profesiones liberales y un 9,84 por ciento de artesanos. Por militancia política la mayor parte de los asesinados eran miembros de la CEDA (el 57,06 por ciento) y falangistas el 26,21 por ciento. En el caso de los falangistas, se trata de un cifra enorme, 130 miembros de FE de las JONS ejecutados, sobre todo si consideramos los pocos miles de seguidores que tenía José Antonio Primo de Rivera en toda España. 

En un mitin pronunciado en el teatro de Minayo de Badajoz, en presencia del gobernador civil, por el diputado socialista Nicolás de Pablos, éste anunció textualmente el “exterminio de las derechas”. Una línea de actuación que era defendida por Largo Caballero, Margarita Nelken y otro muchos líderes del Frente Popular, de manera pública y reiterada. Estas actitudes, nada más empezar la guerra, se convirtieron en una realidad mediante el asesinato y masacre de ciudadanos españoles de toda clase, edad y condición, como la cometida en Granja de Torrehermosa por el miliciano Zambomba y sus correligionarios sobre un anciano, varias mujeres y niñas de la familia De Llera y de sus parientes De la Gala:


Hace pocos años, Televisión Española presentó una larga serie sobre la Guerra Civil dirigida por conocidos historiadores. En uno de los capítulos transmitieron la horrible escena de una de las numerosas matanzas ocurridas durante los primeros meses de la contienda. El locutor del programa afirmó que se trataba de uno de los tristes episodios de la represión nacionalista en Salamanca. Quiso el caso que dos de los supervivientes (telespectadores en ese momento) de aquella tragedia reconocieran el lugar y los hechos. La provincia no era la de Salamanca, sino la de Badajoz; la localidad el pueblo de Granja de Torrehermosa; la fecha el 24 de septiembre de 1936. Los asesinados en este caso no eran tampoco los sublevados, sino un grupo de desalmados de pueblos cercanos a la Granja, gobernado por un ayuntamiento socialista que presidía Anselmo Martínez. Los asesinados eran familiares de los dos sorprendidos televidentes, que habían logrado sobrevivir a aquellos hechos. Lola Durán y su hijita, entonces de un año, lograron salvarse de la matanza…

Cayeron Ventura de Llera y de la Gala (un hombre anciano), sus hermanas Piedad y Felisa, mientras que la hija de esta última quedaba mutilada en la mano derecha. También murió Rosario de la Gala de Llera, de quince años, y la pequeña María de las Nieves de la Gala Durán, de tres años, cuyo cuerpo desfigurado me ha acompañado siempre en la memoria. Su padre, Felipe, había caído días antes. Las criadas Rafaela Barroso y Josefa Calero corrieron la misma suerte aquel horrible 24 de septiembre. Una chiquilla, Encarnita Rubilla, de trece años, recibió un disparo en el vientre que no consiguió matarla hasta muy entrada la madrugada. Su madre, Eloísa, moría del mismo modo en casa de unos parientes de la familia De la Gala de Llera. El Zambomba y sus compañeros de hazañas tan heroicas no se dieron cuenta de que Encarnita y Felisa estaban vivas, aunque la primera lo estuviese solamente hasta las tres y media de la madrugada. También se salvó una hermana de María de las Nieves, Lili, de cuatro años y medio, que, escondida en una tinaja de aceite de la despensa, oyó los disparos e intuyó lo que estaba ocurriendo. 

Llera, L., Historia de España: España actual, el régimen de Franco (1939-1975)

 
No nos engañemos: para unos Yagüe es un héroe y Carrillo un asesino, o viceversa, sin entrar en matices, que existen por el bando al que estaban adscritos cada uno, por su ideología y nada más. Esto es una realidad incuestionable que demuestra la existencia, aún en la actualidad, de las dos Españas. 

Hoy día sabemos que la represión de Badajoz existió y que fue muy dura, pero también sabemos que fue inteligentemente instrumentalizada por la propaganda frentepopulista, y que lo sigue siendo por aquellos sectores de izquierda que mienten, más de siete décadas después, herederos de aquellos. Badajoz fue una de las grandes bazas de la propaganda política del bando republicano, muy útil para demonización de sus enemigos, gracias a su superior sistema de comunicación política, que habían creado desde el mismo comienzo de la Guerra Civil española. Es el único capítulo, en lo relativo al arte de la guerra, en el que los frentepopulistas fueron, y lo siguen siendo sus partidarios, netamente superiores a los nacionales. 


Los medios rojos de comunicación

A las pocas semanas de empezar la guerra el Frente Popular contaba con una poderosa maquinaria de propaganda, igual o mejor que la existente en los países europeos más adelantados en esta materia. La sensibilidad hacia estos temas de las autoridades republicanas propició que el dinero no fuese un problema y por ello incorporasen los métodos y medios más avanzados de su tiempo al esfuerzo propagandístico de guerra. La República contrató a los mejores equipos de expertos nacionales y extranjeros, y su máquina de propaganda empezó a funcionar a todo tren. Así lo puso de manifiesto el corresponsal estadounidense y testigo presencial del proceso Edgard Knoblaugh: 
Máquinas de escribir, multicopistas y rotativos comenzaron la ingente tarea de moldear la opinión pública de dentro y fuera de España. En lo doméstico era sencillo, pues consistía principalmente en idear medios para levantar la moral, pero en el extranjero era más complicado, pues la España republicana era juzgada desfavorablemente en muchos países debido a la interminable serie de actos de violencia inhumana que precedieron a la guerra y a las despiadadas liquidaciones de no combatientes que le siguieron. La labor de los propagandistas era conseguir modificar la opinión mundial, muy especialmente la de los países de los que la España republicana deseaba obtener ayuda moral o material. Los Estados Unidos fueron su objetivo primordial, y solo había que echar una ojeada a los periódicos estadounidenses para darse cuenta de lo eficaz de la campaña. 
Knoblaugh E., ¡Última hora: guerra en España!

A pesar de algunos errores iniciales en sus acciones de manipulación, pronto la propaganda roja comenzó a tener un éxito verdaderamente impresionante. Los sectores culturales de la izquierda europea, así como los partidos y medios de comunicación vinculados al comunismo y al socialismo, hicieron de perfecta caja de resonancia de los infundios y manipulaciones de los departamentos dedicados a la guerra propagandística a favor de la República española:

… el grueso de la propaganda se destinaba al consumo extranjero. Su eficacia era destacable. En muy poco tiempo la prensa mundial se olvidó de los excesos lealistas, y lo que al principio fuera catalogado como “gobierno rojo”, se convirtió, tras la influencia de la hábil propaganda, en “gobierno democrático” que luchaba por mantener la democracia defendiéndola de la “horda de invasores”. 

Son de sobra conocidos los periodistas que, por no plegarse a las directrices propagandísticas republicanas, vieron en peligro sus vidas y fueron expulsados de España. El propio Knoblaugh* es un caso, junto a Willian Carney del New York Times, Roland Winn y John Allwork de Reuter, este último detenido siete veces hasta que fue expulsado. También tenemos a la corresponsal independiente estadounidense Jane Anderson, que se salvó por los pelos de ser fusilada, entre muchos otros.

*Knoblaugh, a raíz de una serie de entrevistas con miembros de las Brigadas Internacionales de origen polaco, checo y británico, fue advertido por un amigo español que trabajaba en el Ministerio de Gobernación de que existía la posibilidad de que sufriese un accidente mortal cualquier día. Eddie Neil, compañero de Knoblaugh en Associated Press, murió en el frente de Aragón junto con otros dos corresponsales cuando estalló una bomba dentro de su coche. 

Junto a estos había otros corresponsales como Yay Allen, corresponsal del Chicago Tribune, reconocido partidario del Frente Popular e íntimo amigo de Largo Caballero y Negrín, que puso su máquina de escribir descaradamente al esfuerzo de guerra republicano, olvidando su deber para con sus lectores estadounidenses de contar la verdad. 

Solo eran bien vistos por el Gobierno los representantes de los medios de prensa que se prestaban a jugar el juego que se les imponía. Algunos de ellos se convirtieron en meros agentes de propaganda -nunca se acercan al frente para evitar se capturados por los nacionales-, y sus noticias y crónicas se mostraban abiertamente inclinadas a favor del bando republicano, por lo que no estaban capacitados para informar objetivamente sobre la guerra. 

Una larga serie de mitos propagados por el Frente Popular aún perviven en la actualidad, falseando la realidad de los hechos, siempre a favor de la propaganda que en su día ampliamente difundió el Frente Popular con extraordinaria eficacia. Mentiras que el imaginario popular ha hecho suyas y que hoy resultan, en muchos casos, difíciles de cambiar, pues forman ya parte de nuestra memoria colectiva, una memoria falsificada en sus comienzos, pero que se ha convertido en “verdad incuestionable” por la reiteración y el paso del tiempo. Así, el bombardeo de Guernica, la defensa del Alcázar de Toledo por Moscardó, el enfrentamiento entre Unamuno y Millán Astray en Salamanca las matanzas de Badajoz… forman parte de este imaginario posterior a la Transición, defendido a capa y espada por los nuevos panegiristas de lo políticamente correcto y de la memoria histórica oficial, sin capacidad para cuestionar y buscar la verdad, sea cual sea ésta. 

Los testigos y sus recuerdos

  Mario Neves, corresponsal del El Diario de Lisboa, llegó a Badajoz el día 15. Los combates habían terminado el día 14. El mismo día 15 entró en la ciudad. A las doce de la mañana interrogó brevemente a Yagüe en la Comandancia Militar de la plaza sobre el número de fusilados:

Estamos de nuevo en la Comandancia, donde hemos logrado llegar hasta el teniente coronel Yagüe. Es un hombre alto, fuerte, de cabellos grises, que está visiblemente atareado, recibiendo constantemente notas que sus oficiales le entregan y dando órdenes rápidas.

Nos recibe de pie y enseguida nos confiesa que se encuentra muy satisfecho con el resultado que las fuerzas de su mando lograron ayer. Y añadió: “La acción del ejército sublevado que se llevó a cabo ayer a las puertas de Badajoz ha sido la más importante desde que estalló la revolución”. Le preguntamos si había muchos prisioneros. Nos respondió que sí y nos informó de que habían sido aprehendidos tres mil fusiles, algunas ametralladoras y una pequeña batería de cañones de infantería. “¿Y fusilamientos? -arriesgamos nosotros-. Hay quien habla de dos mil…” El comandante Yagüe nos mira sorprendido por la pregunta y declara:

- No deben de ser tantos…
- ¿Van a quedarse mucho tiempo?
- Mi deseo es partir en cuanto pueda hacia Madrid.
- ¿La campaña será larga?
Con una sonrisa, que cierra sus breves declaraciones:
- No.Ellos corren mucho…

El 14, 15 y 16 son los días en que la represión está en manos de los legionarios y los soldados de Regulares, tropas veteranas que no se andan con tonterías. Su inmediata salida para Mérida y hacia Madrid dejó muy rápidamente el control de la plaza en manos de Guardia Civil, falangistas y gentes de derechas. La mayoría de ellos encarcelados previamente por las milicias obreras y a punto de ser fusilados hasta que se produjo la liberación de la ciudad. 

A la altura del día 17 la represión ha sido mínima, ya que las cifras de cadáveres son muy bajas, encontrándose mezclados los muertos de ambos bandos habidos en los combates, a los que se suman, sin lugar a dudas, los milicianos cogidos con las armas en la mano sin tiempo para escapar. La primera represión, la ejecutada en pleno combate e inmediatamente después, es la realizada por las tropas de Yagüe. No muy grande, aunque sí difícil de cuantificar, al ser imposible de separar los muertos en combate de los fusilados. 

Para calcular las primeras cifras de la represión el testimonio de Neves resulta fundamental. Vistos sus escritos queda claro que tras su primera entrevista con Yagüe, en la que adelanta una cifra al azar, no vuelve en ninguna de sus crónicas a aportar una cantidad sobre los fusilamientos en Badajoz, salvo la de poco más de trescientos cadáveres en proceso de incineración, entre los que se encontraban al menos los cuerpos de veintitrés legionarios muertos en la brecha de la muerte, como hemos visto. Los escasos datos que aporta Neves resultan muy significativos, ya que son tomados por todos los historiadores como los de más valor. 

Otra fuente sistemáticamente citada sobre la represión de las tropas nacionales en Badajoz son los artículos del estadounidense Jay Allen, corresponsal de The Chicago Tribune. Allen reconoce que llegó a la ciudad nueve o diez días después de su liberación por las tropas de Yagüe, muchísimo tiempo en términos periodísticos para poder dar información de primera mano. No fue testigo ni de los fusilamientos, ni siquiera del enterramiento de los cadáveres. En sus crónicas y escritos insiste Allen en la cifra de cuatro mil fusilados y en la historia de las marcas de culatas en el hombro que, sin lugar a dudas, no había podido ver. Habla, como poco, de oídas. Escribió Allen:

He llegado aquí desde Badajoz, ciudad que está a varios kilómetros de distancia, en España. Subí a la azotea para mirar atrás. Vi fuego. Están quemando los cuerpos. Cuatro mil hombres y mujeres han muerto en Badajoz desde que los moros y legionarios rebeldes del general Francisco Franco treparon sobre los cuerpos de sus propios muertos para poder cruzar sus murallas tantas veces empapadas de sangre. *

*Exageración evidente, pero comprensible como licencia periodística, pues dado el tamaño de una plaza de toros y su drenaje, habría hecho falta una verdadera tromba tropical de sangre para inundar el coso. 

… Hemos realizado un experimento de campo, fácilmente realizable por cualquier aficionado al tiro, en el que se ha demostrado que las marcas de retroceso de una culta, en el caso de que se produzcan, no duran más de tres o cuatro días. Cuando llegó Allen a Badajoz era imposible que a algún combatiente le quedase alguna marca de culata provocada por los combates del día 14.

… Tenemos a otros muchos corresponsales que, como John T. Whitaker, enviado especial de The New York Herald Tribune, publicaron diversas noticias y crónicas. Nunca estuvo en Badajoz, ni lo pretende, pero pone en boca de Yagüe, al que nunca llegó a entrevistar, las siguientes palabras: “Por supuesto que los hemos matado”, me dijo. “Qué esperaba? ¿Iba yo a cargar cuatro mil rojos conmigo mientras mi columna tenía que avanzar a marchar forzadas? ¿Iba yo a dejarlos libres en mi retaguardia para que Badajoz volviera a ser rojo?”. 

Señala Moisés Domínguez Ñuñez que “Brut no llegó a filmar las famosas Matanzas de Badajoz -a pesar de lo que digan algunos historiadores- Pathé nunca cortó las escenas de las matanzas porque simplemente no hubo escenas que cortar…

Hoy tenemos claro que tras la toma de Badajoz se produjo una dura, lógica y esperable represión, pero que poco tiene que ver con las mentiras y mitos vertidos sobre enormes masacres, corridas de toros sangrientas, etc. Bastante dura fue la Guerra Civil como para que sea necesario inventarse semejantes episodios. La eficiente propaganda republicana y el deseo de titulares y noticias escalofriantes son la base sobre la que se comenta el mito de las matanzas de Badajoz. 

La gota que colma el vaso del mito propagandístico republicano sobre la represión de Badajoz nos la da el diario de La Voz de Madrid, del 27 de octubre de 1936, que afirmaba que Yagüe había presidido los fusilamientos en la plaza de toros, en un cato horrendo y festivo, al que habían asistido “venerables eclesiásticos, virtuosos frailes, monjas de blancas togas y mirada humilde”.

Para García Santa Cecilia, uno de los investigadores que ha estudiado con más independencia y rigor la documentación periodística existente, queda claro que no hubo tal fiesta -los fusilamientos masivos en la plaza de toros, ante numeroso público- pero sí que se produjo una dura represión por parte de las fuerzas nacionales tras tomar la ciudad. Tesis que coincide en muchos puntos con lo escrito por el comandante inglés Geoffrey MacNeill-Moss en The Legend of Badajoz. 

La historiografia y el mito de Badajoz

Hoy sabemos que se produjo una indudable represión tras la liberación de la ciudad por los nacionales. Yagüe nunca lo negó, aunque discrepó sobre las cifras. Agustín Carande Tovar, jefe local de Badajoz, admitió cincuenta años después que se realizaron fusilamientos en la plaza de toros, aunque afirmó que se habían exagerado mucho las cifras y que los fusilados habían sido todos soldados y milicianos apresados con las armas en la mano. Sin lugar a dudas menos de mil, y sin llegar siquiera a cientos. 

Está claro que es Yagüe, como máxima autoridad de la ciudad durante los primeros días tras su liberación, el responsable de declarar el estado de guerra, y por tanto recae en él el protagonismo y la responsabilidad histórica de los muertos por causa de la represión. Pero la realidad es que, tras los primeros fusilamientos por parte de los miembros del ejército de África, de los soldados, carabineros y milicianos cogidos con las armas en la mano, actos inmediatos a los combates, el obligado descanso de la tropa, su reorganización y su rápida salida rumbo hacia Mérida produjo que las acciones represivas quedasen en manos de falangistas -sobre todo de camisas nuevas- y de los guardias civiles y de Asalto recién liberados. 

A las bajas enormes que causó el combate entre los republicanos hasta diez veces superiores que entre los atacantes -la cifra podría estar en torno a los dos mil defensores muertos en combate-, de las que ningún historiador parece acordarse, es necesario sumar los muertos de la primera represión -la realizada de forma inmediata por los militares nada más entrar en la ciudad-. Todas estas bajas sin lugar a dudas fueron enterradas junto a los muertos de los combates, y son difícilmente separables de los anteriores. 

Se han dado numerosas cifras, en muchos casos sin base científica, disparatadas. Se ha llegado a hablar hasta de nueve mil personas fusiladas en los primeros días, lo que supondría la casi totalidad de los varones adultos de una ciudad de escasos cuarenta mil habitantes. Las cifras contrastadas más fiables de las que disponemos hasta la actualidad dicen que hasta finales de 1936 fueron fusilados medio millar de prisioneros, una cantidad nada despreciable, que junto a los muertos no registrados y los caídos en los combates elevan la cifra de muertos de Badajoz como consecuencia de la guerra, sobre todo en el mes de agosto, a una horquilla como mínimo de mil quinientas personas y como máximo de dos mil quinientas. 

También es de reseñar que, a pesar de la Ley de Memoria Histórica, no se han encontrado las enormes fosas donde algunos autores afirman que están enterrados entre cuatro y nueve mil cadáveres. 


En cualquier caso, sin caer en maniqueísmos y posiciones ideológicas “buenistas”, que nada tienen que ver con la realidad de una terrible guerra civil, los vencedores hicieron lo mismo que en otros momentos de la historia, en igual situación, habían hecho otros. Nos guste o no, la guerra es así, y decir cualquier cosa es manipular el pasado y juzgarlo con criterios ahistóricos. Roma, cuando tomó Cartago, pasó a su población a cuchillo y prendió fuego hasta sus cimentos a la ciudad, y echó sal en sus campos para que no pudiesen nunca volver a ser cultivados.