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Robert Brasillach

El semanario más influyente era el abiertamente pronazi Je suis partout, editado por Robert Brasillach, licenciado de la École Normale Supérieure que pronto se había forjado un nombre como novelista y poeta, periodista y polemista. Brasillach abrazó el fascismo tras el fallido alzamiento de derechas del 6 de febrero de 1934. Tras escribir en L’Action Francaise, el periódico del movimiento ultranacionalista de Charles Maurras, Brasillach se convenció de que el nacionalsocialismo de Hitler era la alternativa purificadora a la decadencia de la Tercera República. En 1937, y con apenas veintiocho años, se convirtió en editor jefe de Je suis partout, que compartía sus opiniones proalemanas y antisemitas. Ese mismo año asistió al congreso del Partido Nazi en Nuremberg y regresó a Francia hipnotizado por los rituales del fascismo y, según parece, también por los fornidos guerreros arios a las órdenes del Führer. La noche de Brasillach Los siete colores, claramente influenciada por su vista, presentaba una visión romántica del fascismo a través de un prisma de erotismo y misticismo. 

Cuando se declaró la guerra, Brasillach se incorporó al Ejército francés, pero fue capturado y pasó los diez meses siguientes como prisionero de guerra (durante mucho tiempo, estuvo internado en campos reservados a los oficiales franceses y no lo pasó demasiado mal. Siendo prisionero de guerra escribió su obra Bérénice). Sin embargo, los alemanes sabían que era un amigo y autorizaron la publicación de sus memorias de 1939, Notre avantguerrere, en las que, erróneamente, vinculaba el ascenso del antisemitismo en Francia al hecho de que un judío, León Blum, se convirtiera en primer ministro en 1936 (el catalizador del antisemitismo francés del siglo XX fue, sin lugar a dudas, el caso Dreyfus). Según Brasillach, “la industria cinematográfica prácticamente cerró sus puertas a los arios y la radio adoptó un acento yiddish. Las personas más pacíficas empezaron a mirar mal a quienes tenían el pelo rizado y la nariz curva, que estaban por todas partes. Esto no es un ataque, es historia”. En sus páginas ofrecía también una extravagante definición del fascismo: “Se trata de un espíritu. En primer lugar, se trata de un espíritu inconformista y antiburgués, con un elemento de irreverencia”. Y luego añadía: “Es el verdadero espíritu de amistad, que quisiéramos elevar a una amistad nacional”. En abril de 1941, y a petición de Abetz, Brasillach fue liberado y regresó a su puesto como director de Je suis partout. 

Aunque el Gobierno francés lo había clausurado en mayo de 1940 por oponerse a la guerra contra Alemania, el semanario reanudó su publicación en febrero de 1941. Dos meses más tarde se hizo evidente que el entusiasmo de Brasillach, que escribía la mayoría de editoriales de su periódico, pidió la pena de muerte para Blum, Paul Reynaud, Éduouard Daladier y otros políticos de la Tercera República; señaló a los judíos que debían ser arrestados; aplaudió que Alemania asumiera el control de la zona no ocupada en noviembre de 1942; y solicitó la ejecución sumaria de todos los résistants. Tras la rafle  du Vél’d’Hiv’ en julio de 1942, Brasillach escribió: “Debemos eliminar a los judíos en bloque y no excluir ni siquiera a los jóvenes”. Invitado habitual en las recepciones de la embajada alemana, Brasillach era particularmente próximo a Bremer, el apuesto número dos del Instituto Alemán, al que comparó con “el joven Siegfried” de Der Ring des Nibelungen (El anillo del nibelungo) de Wagner y que es posible que fuera amante de Brasillach. (Bremer fue enviado al Frente ruso, donde murió en 1942. En el obituario de Je suis partout, un desconsolado Brasillach se dirigió a Bremer con estas palabras: “En cuanto llegara la paz, queríamos ir juntos a pasear, de acampada, descubrir paisajes gemelos y las ciudades fraternales de nuestros dos países”). En Agosto de 1943, después de una disputa con el propietario de Je suis partout, Brasillach abandonó el periódico, pero inmediatamente encontró una nueva forma de dar salida a su veneno en las páginas de Révolution Nationale. Un informe del Propaganda Abteilung apuntaba: “Animado por su séquito, reanudado su valiosa obra política”. 


El abanderado de la prensa colaboracionista era el temido semanario Je suis partout, que se había fundado en 1930 y que desde mediados de esa década se había vuelto abiertamente fascista y antisemita. Robert Brasilach, su editor jefe desde 1937, fue liberado de un campo de prisioneros en abril de 1941 para que pudiera volver a ocupar su puesto. Inicialmente favorable al Gobierno de Vichy, Je suis partout participó en el linchamiento verbal de los ex primeros ministros Blum, Daladier y Reynaud, a quienes acusó de la humillación de Francia. A medida que la ocupación fue avanzando, no obstante, Je suis partout fue abrazando todas las causas nazis y, peor aun, utilizó sus páginas para denunciar individualmente a comunistas y para identificar a judíos prominentes que se ocultaban en la zona no ocupada. 

Si bien la homosexualidad estaba oficialmente prohibida, en el mundo literario y artístico había un gran número de gays, no solo Cocteau y Marais, pero también colaboradores infames como Brasillach y Abel Bonnard. Además, muchos bares gays del París ocupado gozaban de gran popularidad entre los soldados alemanes. De hecho, una de las versiones sobre la detención de Hugues-Lambert asegura que lo denunció un amante alemán celoso. 

Si Drieu La Rochelle logró evitar el arresto con su suicidio, Robert Brasillach se vio obligado a rendirse a la policía de París el 14 de septiembre de 1944, tras el arresto de su madre y de su cuñado, Maurice Bardèche, también fascista. Tras ser recluido en un fuerte de Noisy-leSec, en las afueras de París, fue trasladado a Fresnes, donde debía esperar el inicio de su juicio en un Tribunal de Justicia, el 19 de enero de 1945. Se trataba de un caso bastante sencillo, que consistía básicamente en presentar sus editoriales publicadas en Je suis partout y sus últimos artículos en La Révolution Nationale, de los que parecía desprenderse la evidencia de las acusaciones de colaboración con el enemigo. 

Como en otros juicios similares, Brasillach no tuvo que responder por sus opiniones antisemitas; su crimen consistía en haber apoyado a los alemanes y haber denunciado a judíos y resistentes. En su defensa, su abogado Jacques Isorni leyó las cartas de apoyo que Claudel y Valéry habían escrito para él, así como también una de Mauriac, quien, en palabras del abogado, había escrito: “que esta mente brillante se extinguiera para siempre supondría una verdadera pérdida para las letras francesas”. Para el comisionado del Gobierno, Marcel Reboul, los crímenes de Brasillach eran fruto de su vanidad: “La traición de Brasillach es, por encima de todo, la traición de un intelectual, una traición de orgullo. Este hombre se cansó de la justa y plácida confrontación de las letras puras. Necesitaba espectadores, convertirse en un actor público, necesitaba ejercer su influencia política y estuvo dispuesto a cualquier cosa para conseguirlo”. Tras un juicio que duró tan solo seis horas, Brasillach fue condenado a muerte. 

Pero el caso de Brasillach era complejo: se trataba de un escritor admirado que no se había limitado a opinar, sino que había señalado a personas que habían terminado encarceladas o deportadas. El veredicto en su contra, sin embargo, no hizo sino espolear el debate entre escritores sobre cómo debían abordar el colaboracionismo de sus compañeros de profesión. En la esfera pública, la cuestión enfrentó a Camus desde las páginas de Combat y Mauriac en Le Figaro. Ambos emitían que el proceso de épuration estaba siendo caótico, pero Camus insistía en que, para que Francia renaciera, era necesario llevar a cabo una purga genuina. Sin esa justicia, añadió, “es evidente que el señor Mauriac tiene razón: vamos a tener que ser caritativos”. Mauriac había preguntado si, en un mundo “de una crueldad despiadada”, era imprescindible descartar la ternura y la clemencia humana. En ese sentido, Mauriac ya se había posicionado en defensa de Béraud, cuya sentencia de muerte había sido conmutada inmediatamente, antes del juicio contra Brasillach. 

Ningún otro escritor fue ejecutado después de Brasillach. 

Pero si algunos escritores colaboracionistas terminaron sometidos a un severo proceso de épuration, no fue tan sólo porque hubieran ayudado a crear opinión, sino también porque al llamar la atención sobre sus figuras, los escritores de la Resistencia subrayaban su propia importancia y reforzaban su estatus social. No querían renunciar a la opinión de que los escritores tienen una responsabilidad especial, punto de vista que refrendaba el propio de Gaulle. En sus Mémoires de guerre, al recordar su postura hacia los colaboracionistas, explica indirectamente por qué decidió no salvar la vida de Brasillach: “Si los colaboracionistas no habían servido al enemigo directa y apasionadamente, en principio accedía a conmutar sus sentencias. En el caso contrario (y hubo solo uno), no sentía que tuviera el derecho a perdonar, pues en la literatura, como en todo lo demás, el talento lleva apareada una responsabilidad”. Incluso Drieu La Rochelle, refiriéndose al intelectual, escribió: “Sus deberes y derechos sobrepasan los de los demás”. 



Fuente: Y siguió la fiesta - Alan Riding













Escritores y artistas en la línea de fuego

Robert Brasillach llegó a la prisión de Fresnes una semana después que Benoist-Méchin, aunque al principio ninguno de los dos sabía que el otro se hallaba allí encarcelado, a pesar de ser compañeros en aquel mundo extraño marcado por el resonar de pisadas, el tintineo de llaves y el ruido que hacían las puertas de hierro al cerrarse. Benoist-Méchin describió la imagen de las figuras trémulas en la penumbra neblinosa como “una hilera de condenados en espera de cruzar el río Estigio”. 

En los pocos momentos que encontraban para conversar, lo que sucedía por lo general en el espacio destinado al ejercicio, discutían acerca de sus abogados y de los magistrados que habían presidido su proceso, pero nunca de las posibilidades que tenían de ser absueltos, sino de las que tenían otros. Los juicios a escritores y propagandistas comenzaron ese mismo otoño. 

Antes aún de que se diese comienzo al juicio de Robert Brasillach, lo cual sucedió el 19 de enero de 1945, se tenía la impresión de que constituiría el punto culminante de la purga intelectual. Francoise Mauriac y Paul Valéry presentaron alegatos en su favor. Por otra parte, la reacción de su compañero de prisión Jacques Benoist-Méchin (“no se mata a un poeta”) se hacía eco de la creencia arraigada en el carácter sacrosanto de los vates, que los hacía semejantes a sacerdotes seculares. Era el mismo sentimiento que había recorrido Europa en 1936 cuando el bando nacional ejecutó a Federico García Lorca en la guerra civil española. El que Brasillach fuese juzgado no por su literatura, sino por su periodismo denunciatorio, no cambiaba nada.

El día del proceso amaneció con temperaturas bajísimas. París llevaba quince días nevado y no había combustible, por cuanto las gabarras de cartón se hallaban atoradas en los canales a causa del hielo. La pobre iluminación de la sala del tribunal no impedía ver condensarse el aliento de quienes hablaban por la acción del gélido ambiente.

Los diversos puntos del sumario, que en un principio estaban claros, cuando menos en apariencia, tomaban forma o la perdían a medida que intervenía cada una de las partes. El abogado de Brasilach, Jacques Isorni, quien siete meses más tarde adquiriría gran fama en calidad de elocuente defensor del mariscal Pétain, aseguraba que un error de juicio político no constituía un acto de traición. Si Brasillach había respaldado a los alemanes, lo había hecho con la intención de convertir Francia en una nación más poderosa.

La cuestión primordial radicaba en los artículos que había publicado en Je Suis Partout, y aquí Isorni pisa un suelo mucho más quebradizo: las palabras de Brasilach habían quedado fijadas en el papel, y lo que la defensa calificaba de “erreurs tragiques” iba más allá de lo que el pueblo entendía por colaboración. El escritor había concedido el beneplácito a la invasión alemana de la zona no ocupada, llevada a cabo en noviembre de 1942, en aras de la reunificación de Francia. Había pedido la pena de muerte para políticos como Georges Mandel, ministro del Interior de Reynaud en 1940, asesinado por los miliciens poco antes de la liberación de París. A pesar de no haber denunciado a nadie de manera formal, lo había hecho en sus escritos. Al igual que Drieu, había firmado en el verano de 1933 el documento por el que se solicitaba la ejecución sumaria de todos los miembros de la Resistencia. Con todo, su comentario más revelador fue: “Debemos deshacernos de los judíos en conjunto, sin exceptuar a sus hijos”. Brasilach aseguró que, a pesar de su carácter antisemítico, nunca había abogado por la violencia colectiva contra los judíos. Tal vez ignoraba la existencia de los campos de la muerte cuando escribió estas palabras; de cualquier modo, aun cuando se estuviese refiriendo a una deportación masiva a la Europa oriental, no deja de resultar horripilante. 

A pesar de la importancia del caso abierto en su contra, Brasilach analizó de forma minuciosa y confiada los argumentos de la acusación en interés del rigor histórico. Se defendió “con elocuencia y habilidad”, en palabras de Alexandre Astruc, aprendiz de cineasta, que informó del caso al diario Combat. Al jurado, sin embargo, sólo le llevó veinte minutos fallar el veredicto. “C’est un honneur”, fue el único comentario de Brasilach al conocer la sentencia de muerte, después de que algunos de quienes lo respaldaban hubiesen protestado en su favor a voz en cuello. 

Mauriac decidió hacer cuanto estuviese en sus manos por salvar la vida de Brasilach. Mientras tanto, se presentó una petición de clemencia. La firmaron algunos resistentes auténticos, muchos neutrales y una serie de escritores y artistas que habían caído ya en desgracia. Otros, como Jean Cocteau, se adhirieron convencidos de que se estaba convirtiendo a los escritores en chivos expiatorios de otros colaboracionistas de relieve, en especial industriales que, según se alegaba, habían asesinado a un número mucho mayor de personas al ayudar a la maquinaria bélica alemana. 

Pero la petición de clemencia atormentó muchas conciencias, y la de Camus fue en este sentido la peor parada. Cierto número de escritores temía que su firma pudiese dar a entender que condonaban lo que había hecho Brasilach. 

Al mediodía del 3 de febrero de 1945, De Gaulle recibió a Francoise Mauriac en la calle Sain-Dominique con gran cortesía, aunque, tal como pudo observar, ése no era un indicio fiable de lo que pensaba el general. Isorni pudo hacerse una idea mucho más clara aquella noche en la residencia privada que ocupaba De Gaulle en el Bois de Boulgne, adonde lo llevaron en coche oficial tras atravesar una serie de barreras sometidas a una intensa vigilancia. A pesar de todos sus argumentos, el general decidió rechazar la apelación. 

Isorni tenía la impresión de que el dirigente del gobierno provisional no quería que los comunistas lo motejasen de benévolo. Por otra parte, hay una frase en las memorias de Palewski que dice mucho acerca de su influencia: “En lo personal, me arrepiento de no haber insistido en que se concediese un indulto a Brasillach. 


El escritor fue ajusticiado el 6 de febrero. Ese día se cumplía el undécimo aniversario de los disturbios de la derecha y el intento de asaltar la Asamblea Nacional a través del puente de la Concordia, acontecimiento que desembocó, dos años más tarde, en el gobierno del Frente Popular. El 20 de abril de 1945, mientras el Ejército Rojo se abría camino hacia el centro de Berlin, se trasladó al cementerio de Père-Lachaise el féretro de Brasillach. 

Fuente: París después de la liberación: 1944-1949 -  Antony Beevor












Bajo el signo de la esvástica - Manuel Chaves Nogales





Todavía en las trincheras

Entraba en Alemania por la frontera del Sarre y Francia tiene la puerilidad de no haber puesto allí su aduana, acaso pensando que así, sin solución de continuidad, el Sarre iría acostumbrándose a la idea de ser francés. Pero precisamente por eso, acaso porque no hay señales claras y terminantes de que unías acabe y otro empiece la continuidad de unos hombres que creen ser franceses y otros que creen ser alemanes han forjado una línea divisoria abisal, espantosa, inhumana. No creo que en ninguna parte del mundo haya una división tan hondamente marcada entre unos hombres y otros como la que se advierte en los veintiocho kilómetros de carretera que separa Saint Avoid de Forbach; Francia de Alemania. Cada cual en su trinchera y las dos inexpugnables. Como hace quince años. 

El camisa parda, descamisado

Colocado el territorio del Sarre bajo el control de la Sociedad de Naciones, en virtud del Tratado de Versalles y gobernado por un consejo formado por un delegado francés, otro nativo del país y tres extranjeros, se ha desarrollado allí un furioso nacionalismo alemán, como reacción contra el intento francés de desgermanización. No necesitamos esperar al plebiscito que, cándidamente, proyectaron los franceses para 1935, si queremos saber cuál es la voluntad de los ochocientos mil habitantes del Sarre. Basta entrar por Saarbrücken, recorrer dos calles, meterse en una cervecería. Más furiosos nacionalistas que los del Sarre no creo que los haya en toda Alemania. 

- ¿Y los nazis? ¿Aquí, donde el nacionalismo está tan en carne viva, habrá muchos nazis? -he preguntado.

- No; Francia no los consiente. Pero a falta de nazis, aparatosos, con camisas pardas y atalajes guerreros, nos contentamos con sencillos y descamisados deportistas.

- ¿Deportistas?

- Sí; un nazi, cuando se quieta la camisa parda, se convierte en un joven deportista y una patrulla de nazis puede parecer muy bien un equipo de fútbol o un grupo de montañeros. Tenga usted en cuenta que lo característico del nazi, lo que le distingue de todos los demás militantes políticos, es que el nazi no tiene barriga; es un hombre joven, fuerte, sano, que practica el deporte y que haya ahora ha comido poco.

De momento sólo se trata de deportistas descamisados. Así, pues, los primeros camisa parda que he visto, no la llevaban. Algún día se la pondrán, sin embargo, y pasarán la frontera. Ese día mis oraciones y mis pensamientos, todos, serán para un pobre gendarme catalán -de Perpiñán, precisamente- que allá en el confín del Sarre representa dignamente a Francia sentado  a la puerta de una barraquita, que dice: “Douane Francaise”. 

El Schupo y el Nazi

Desde la ventana de mi cuarto de hotel estoy hace ya largo rato viendo pasear con aire solemne, calle arriba, calle abajo, a un imponente schupo, con su guerrera bien entallada y su casco puntiagudo. A su costado, guardando cuidadosamente la distancia, va un nazi de altas botas claveteadas, camisa parda y pistola al cinto. Paso a paso, sin cambiar palabra, el schupo y su sombra parda llegan por el centro del arroyo hasta el límite de la demarcación, giran lentos y ceremoniosos y vuelven a recorrer la calle. Así una vez y otra durante todas las horas de servicio. ¿Qué hacen juntos el policía y el nazi? Nosotros, españoles, es difícil que lo comprendamos. El schupo es el guardia y todo el mundo sabe qué es lo que tiene que hacer un guardia. ¿Pero y el otro? ¡Ah, el otro! El otro responde a un problema nuevo, un problema que se planteó Hitler antes de tomar el Poder y que ha resuelto con la aparición de este doble del schupo. ¿Quién guarda a los guardias?

Imaginemos que el 14 de abril, cuando los republicanos españoles entraron en Gobernación y unas docenas de ellos dijeron que se habían puesto a gobernar se hubiesen planteado este problema que Hitler ha visto con tanta lucidez y no contentos con que los guardias hubiesen hecho acto de acatamiento a la República a cada guardia le hubiesen puesto un guardián: un joven republicano sin trabajo; uno de aquellos voluntarios del brazal rojo, que nosotros utilizamos sólo durante unas semanas para que guardasen los árboles de la Casa de Campo, y que después licenciamos por superfluos, diciéndoles: “Gracias por vuestro auxilio, camaradas; id ahora a seguir vuestro destino de obreros parados, de mendigos, de pistoleros, o de albiñanistas, si os place”. 

Porque si el nazi es nazi más nazi es el schupo. Basta pensar que esta duplicidad no puede ser definitiva y que a la larga será schupo en propiedad el más nazi de los dos. ¿Está claro?
Ahora bien, ¿quién tiene razón? ¿Hitler? ¿Los republicanos españoles?

¡Jude! ¡Jude!

Esto salta a la vista. Frente a cada comercio marcado con la palabra infamante ¡Jude! -he llegado a Alemania pocos días después del boicot- hay una tiendecita pobre, con menos luz en el escaparate, los géneros un poco desteñidos y los precios un poco más altos. Esta tiendecita que no vende es de un ario puro, raza noble de héroes que, por lo visto, no saben comprar y vender. 

Antes, el ario puro, convencido de su incapacidad para este menester, dejaba libre al judío el campo del comercio y se iba a arar la tierra o a barrer las calles a sueldo, metido en un impresionante uniforme. Pero cada vez hay menos uniformes de barrendero municipal y menos tierras que labrar y el ario puro, cuando se pone a hacer la competencia al judío con su pobre tiendecita cubierta de polvo y visitada sólo por las moscas, está perdido. Hitler ha venido a resolver a favor de este ario puro el problema de la competencia comercial, que él, por sí solo, era incapaz de salvar. Hitler ha dado al ario puro que no vende un talismán maravilloso para que su tiendecita se llene de clientes capaces de cargar con géneros manidos. Este talismán es la cruz gamada, la svástica de los arios.

¿Puede dudar alguien de que todo hombre que tiene una tiendecita en Alemania y no es judío adora a Hitler?

Los maestros de artes y oficios

El Gasthof alemán es una entidad sin par en España. Viene a ser como la vieja hospedería española, nuestro desaparecido hostal, entre fonda y posada; taberna y casino al mismo tiempo. Lo más importante del Gasthof es que la vida de relación, la política y la sociología de las pequeñas ciudades alemanas se hace tradicionalmente en su ámbito, como en otro tiempo fueron en España las tertulias de las rebatidas las que forjaban eso que llamamos opinión. Tiene el Gasthof alemán más ambiente casero y familiar que nuestro café y más dignidad que nuestra taberna. Viejos y grandes muebles de ricas maderas; un gato arisco o un perro grande y quieto; un reloj tic tac; un buen fuego, y un acertado punto para la presión y la temperatura de la cerveza. 

Los hombres del Gasthof, todos, absolutamente todos, están hoy con Adolf Hitler. Han llegado a esta conclusión después de un largo proceso, pero hoy su resolución es definitiva. Sería estúpido equivocarse. No hay más que Adolf Hitler. Antes de que los hombres del Gasthof se decidieran por él, pudo Hitler tener recientas mil camisas pardas y pudo haber en Alemania -como indudablemente ha habido- trescientos agitadores del tipo de Hitler. Nada tendría importancia. Lo que la ha tenido decisiva para los destinos del pueblo alemán y del Mundo es que estos hombres del Gasthof, estos maestros de artes y oficios de las pequeñas ciudades alemanas, hayan llegado a la conclusión de que hay que jugar la carta de Hitler. La jugarán a todo evento. Tengo la convicción de que ya hoy no esperan más que el momento en que Hitler les mande la papeleta de movilización. 

En Kaiserlautern yo he visto a estos graves hombres -hombres que han hecho la guerra ellos mismos- precipitarse con el brazo levantado hacia las ventanas del Gasthof porque en el silencio de la noche avanzaba un cortejo de nazis, que tras las llamaradas de sus antorchas y el redoble de sus tambores arrastraban a una masa de adolescentes, niños casi, que iban marcando el paso con las mandíbulas apretadas y los ojos encendidos.

-¿Adónde van estos hombres? ¿Qué va a hacer Alemania?- he preguntado

- La guerra; Alemania va a hacer la guerra- me han contestado unánimemente. 

(Ahora, Madrid, 14-5-1933)

Antes de tres años otra vez la guerra

¿Qué por qué este juicio temerario de que Alemania hará la guerra? ¿Qué por qué va a surgir la guerra antes de tres años?

Como no tiene ningún valor el hecho de que un periodista crea que va a producirse una guerra ni tiene importancia alguna el que este periodista se dedique a sensacionales profecías, no he considerado demasiado imprudente estampar estas impresionantes afirmaciones, que espero tengan la virtud de despertar la atención del público español hacia un estado de conciencia que indiscutiblemente existe hoy en toda Europa y cuya expresión gráfica, terminante, son estas dos terribles conclusiones: guerra; antes de tres años. 

Cómo piensa el alemán medio

A los quince días de estar en Alemania se oye hablar así y no se escandaliza uno:

- Queremos armarnos porque es el único modo de defender nuestro territorio nacional y nuestra independencia. Nuestro destino histórico es la Gran Alemania, el Imperio. No renunciamos, ni hemos renunciado nunca, a un solo alemán de Alsacia, Lorena, Polonia, Austria o Checoslovaquia. Reconquistaremos los territorios perdidos en 1918, incluso contra la voluntad de sus habitantes si la independencia de la patria alemana y las necesidades de su poder político lo reclamasen. Es más; no tenemos por qué poner nuestras aspiraciones el límite de las fronteras de 1914.

- Todo esto no se puede intentar más que por la guerra.

- Desde que Hitler ha subido al Poder, todas las energías espirituales de la nación se aplican a preparar la guerra de mañana. El pueblo alemán ha llegado al convencimiento de que la misión providencial que le está reservada no se puede cumplir más que con la espada en la mano; forjar esa espada es la única tarea del nacionalsocialismo en la política interior; proteger ese trabajo será toda nuestra política exterior. 

- Inglaterra ha de ser tarde o temprano nuestro asidero en el Mundo. Hitler ha predicado toda su vida que el gran error de Hohenzollern fue colocar a Alemania frente a Inglaterra. De aquí en adelante nuestra política exterior será anglófila. La expansión territorial alemana por el este no puede despertar recelos en Inglaterra, sino al contrario; será vista con simpatía, porque vamos a ser la fuerza de choque de Europa contra el bolchevismo. 

- Si Francia, país de escasa natalidad, continua teniendo en sus manos la hegemonía de Europa, terminará por convertir a Occidente, desde el Rhin hasta el Níger, en una gran imperio negro o mestizo. Su pobreza de sangre le obliga a tener que pedirla prestada a sus coloniales. Como se ve obligada a tener un ejército negro, tendrá que tener un arte negro y una política negra y una ciencia negra. Pero Alemania salvará Europa. Esta es nuestra misión providencial. Para cumplir este destino histórico pelearemos. Tarde o temprano, el Mundo se volverá contra Francia. 

La primera derrota

Pero Alemania ha sufrido precisamente en estos días su primera derrota. Para iniciar su política de acercamiento a Inglaterra, Hitler había enviado a Londres a uno de los doctrinarios del nacionalsocialismo, Rosenberg, quien había comenzado a sondear la opinión de las principales figuras de la política británica. Pero en la vieja Inglaterra hay unos tipos insobornables, con lo que no cuenta el ciudadano alemán medio.

Rosenberg comenzó a adorar el santo por la peana, y se fue a colocar solemnemente una corona con la cruz gamada en el cenotafio de White Hall. A la mañana siguiente la corona del nazi no estaba allí. Un capitán del Ejército británico la había arrojado al Támesis y la había sustituido por otra cuya inscripción rezaba: “Han combatido por la Libertad. Dios guarde al rey”. Acto seguido se denunció a las autoridades. 

Los nazis no desesperarán, sin embargo. Hitler, que tantas cosas ha tomado prestadas al comunismo, conoce bien la táctica leninista de “un paso atrás, dos adelante” -lo que llaman realismo genial de Lenin-, y volverá al ataque cuando las circunstancias sean más favorables. De momento el clamor universal contra el despertar del imperialismo germánico y las extorsiones hechas a los judíos han puesto a la opinión frente al nacionalsocialismo, y hay que ser prudentes. Días atrás, el bizarro Hitler proclamaba en Kiel: “No queremos guerra ni efusión de sangre; queremos solo el derecho a vivir y ser libres”. 

(Ahora. Madrid, 16-5-1933)
¿Cuántos soldados tiene Alemania?

Quiéranlo o no el Tratado de Versalles y la Sociedad de Naciones, Alemania no tiene cien mil soldados, ni doscientos mil, ni un millón: tiene sesenta millones de soldados.

La pistola que lleva el nazi es española; quizá de Éibar. 

(Ahora. Madrid, 17-5-1933)

Una visita a un campamento de trabajadores voluntarios

El Ministerio de Trabajo, regido por Seldte, está todavía en poder de los cascos de acero; y digo todavía, porque tengo la impresión de que estos infelices cascos de acero no tardarán en desalojarlos de aquí, como de todas partes, los arrolladores nazis, dispuestos a tomar el Poder de modo tan absoluto que no quede un resquicio de la administración alemana al que no llegue su ojo avizor. 

Viéndolos remover el terreno, no puedo resistir la sugestión de que estos hombres están aquí adiestrándose para hacer la guerra. Efectivamente todos los trabajos que hacen los obreros voluntarios son útiles para un ejército en operaciones. 

El alemán tiene que trabajar siempre. Tener trabajo es ser hombre. 

En España, estos muchachos, antes de meterse en este cuartel, se convertirían en mendigos o pondrían bombas. 

Eso que en Alemania se llama discretamente gimnasia no es más que la instrucción militar que se da a los reclutas, pura y simple. A la distancia de trescientos metros podía verse perfectamente el movimiento rígido de los reclutas y su marcha acompasada; se oía claro y distinto el silbato de los suboficiales y el desgarrón de las voces de mando. Esto era todo. No les parecía oportuno que hiciésemos fotos. 

En contra de todo lo que por táctica digan los partidos democráticos y marxistas, la verdad es que el proletariado alemán se ha puesto unánimemente al lado de Hitler. En Alemania no hay más que nacionalsocialismo. La eliminación de todas las demás fuerzas políticas y sociales ha sido absoluta y fulminante, merced, de una parte, a la eficacia indiscutible de un instrumento de acción tan contundente como las tropas de asalto, y de otra, a las esperanzas que el nacionalsocialismo, por su raíz demagógica y sus afirmaciones socializantes, ha hecho concebir a los obreros. 

Hitler, para combatir el socialismo, ha vacunado con virus socialista la burguesía alemana. 

Hitler ha mantenido hasta ahora sus postulados revolucionarios en materia social. 

Hoy, el triunfo de Hitler es absoluto. La fiesta del Primero de Mayo en el campo de Tempelhof fue apoteósica: trescientas mil almas le aclamaron delirantes. Al día siguiente, Hitler se incautaba de los sindicatos. Los líderes obreristas que iban a pactar su sumisión eran enviados a la cárcel, y las masas que hasta hace poco les habían seguido acataban sin discusión las órdenes del Führer.

Ante quinientos representantes de los sindicatos, reunidos en la Casa de los Señores, Hitler ha declarado constituido el frente obrero de la revolución nacionalsocialista y se ha proclamado protector. 

“Vamos -ha dicho- a restablecer las relaciones patriarcales entre patronos y obreros.”
Y se acabó el marxismo.

(Ahora. Madrid 18-5-1933)

La conquista de la juventud

El niño nazi

Ya no habrá en Alemania más que niños nazis. A los alemanes que Hitler ha cogido de adultos y barbados no ha habido más remedio que molestarse en convertirlos al nacionalsocialismo, y a los que eran incapaces de la conversión, el Führer ha tenido que tomarse el trabajo de extirparlos -es su expresión favorita-; pero con los que nazcan de aquí en adelante no está dispuesto a tomarse esos penosos trabajos. Nacerán ya como convenga.

A partir de ahora, el niño alemán vendrá al Mundo con el convencimiento indestructible de que es un niño privilegiado que pertenece a la mejor raza de la tierra; antes que a enderezarse sobre sus extremidades abdominales y a salir marcando el paso de oca, habrá aprendido que es miembro de un Estado totalitario que tiene una misión providencial que cumplir; estará convencido de que no todos los hombres son iguales ni todos los pueblos tienen los mismos derechos, y sentirá gravitar sobre sus hombros todo el peso de la herencia del heroísmo de los hermanos; considerados subversivos los conceptos de Paz, Libertad y Humanidad.

Los grandes almacenes están llenos de juguetes nacionalsocialistas; todos los juegos infantiles en boga tienen un sentido nazi, y lo mismo ocurre con los deportes. Las chaquetillas bávaras, las insignias, los uniformes, las banderas, las armas, las estampas, todo lleva al chico hacia el nacionalsocialismo. 

Es la misma táctica del partido comunista. Cuando en los primeros tiempos del bolchevismo las doctrinas soviéticas fracasaban y el régimen estaba a punto de perecer, Lenin seguía imperturbable, consagrando sus mayores esfuerzos a la propaganda infantil, y afirmaba: “Por mal que vaya todo, si me dejan a los chicos en mis manos durante unos años, no habrá nada después que derribe el régimen soviético”. 

Si durante los años que tuvo el poder en sus manos Primo de Rivera se hubiese dedicado como Lenin, Mussolini e Hitler a la corrupción de menores con fines políticos, no hubiese sido tan fácil la tarea de implantar un régimen democrático en España. 

(Ahora. Madrid, 23-5-1933)

¿Por qué son nazis las mujeres?

A la cocina

Uno de los más fuertes apoyos de Hitler son las mujeres, a las que precisamente Hitler ha metido en la cocina de un manotazo. “Se acabaron los derechos políticos de las mujeres -dijo el Führer-; no tienen nada que hacer en política; el nacionalsocialismo donde necesita a las mujeres es en el fogón o criando a los hijos”. Y apenas había dicho esto, las mujeres, en las primeras elecciones que hubo, se fueron como corderitas a votar a Hitler. Ellas han sido las que le han dado su gran triunfo electoral. 

En cualquier parte, esta desconsiderada actitud del Führer para con las mujeres bastaría para que se alzase un clamor universal de condenación. “¡Qué bárbaro!” -diría la gente-. Pero aquí, en España, tengo el temor de que al contrario estoy haciendo, sin quererlo, muchos prosélitos para el hitlerismo. Y no es lo malo que estos prosélitos salgan de entre los filofascistas españoles, sino que van a salir también de entre los más puros demócratas y los más fervorosos republicanos, porque si alguien tiene una dolorosa experiencia y un justificado temor acerca de la intervención de la mujer en la política deben ser, precisamente, los republicanos españoles. Todavía no se han tocado todas las consecuencias del lío que ha armado Clarita Campoamor con esto del voto femenino. Sin que esto quiera decir que deban alegrarse las derechas y los monárquicos. ¡Quién sabe si, al final, van a ser los que más deploran la intervención de las mujeres españolas en la política!

Nada menos que el fogón

Piensen que todas las andanzas sociales y políticas de la mujer alemana tienen esta única y exclusiva causa: que no había fogones, que no había hogares, que no había casas, que no había hombres. Cuando esto ocurre en un país con la intensidad con que había venido sucediendo en Alemania a partir del armisticio, se plantea una serie de problemas sociales a base del feminismo verdaderamente pavorosos. Las mujeres, a las que la crisis ha echado a la calle, tienen que patear y luchar a brazo partido con los hombres en medio del arroyo. Las pobres, en esta lucha, llevan la peor parte, naturalmente, y si de pronto aparece un guardia que dice autoritariamente: “¡Basta; a la cocina!”, la mujer se va muy contenta, porque supone que, efectivamente, hay una cocina a la cual se puede ir a cocinar. 

(Ahora. Madrid, 24-5-1933)

La vida cotidiana; usos y costumbres

No he visto a nadie descalzo en toda Alemania. 

A pesar de la fecundidad germana, el número de natalicios había decrecido considerablemente… los matrimonios iban también en baja: en 1932 hubo tres mil menos que en 1931.

Por todo esto, Hitler ahora, y antes von Papen, se propusieron moralizar las costumbres a golpe de decreto. Se ha organizado una verdadera persecución de la propaganda anticonceptiva; se han cerrado todos los cabarets perniciosos, y se ha llegado incluso a la supresión de aquellos tangos que por la letra o por su cadencia pueden contribuir a la relajación de las costumbres; en cambio, se está provocando artificialmente la resurrección del vals. Los que quieren oír música de negros tienen que buscar en sus aparatos radiorreceptores las  ondas de París o de Londres. Es exactamente lo mismo que hacen los bolcheviques. Sólo en Moscú he visto un celo moralizador equivalente. 

A los nazis no les divierten demasiado los desnudistas. El desnudista suele ser un tipo que cae en una órbita de preocupaciones nada gratas al histerismo; es una línea ideológica que va del naturismo al internacionalismo y el pacifismo; el hombre que prescinde de la ropa suele tener algo de socialista, pacifista, vegetariano y, acaso, esperantista. No, no; los nazis no están para monsergas de este tipo; para ser revolucionarios no hay que quitarse tanta ropa; basta con prescindir de la chaqueta y quedarse con camisa parda. Creo, pues, que terminarán dando la batalla a los millares de desnudistas que hoy pueblan gozosos los bosques de Alemania. Y va a ser un conflicto; porque de todas las libertades que los nazis puedan inculcar, acaso la que más sientan perder los alemanes sea ésta de poder quedarse en cueros vivos cuando se les antoja. 

Empiezan a subir los precios. Los nazis sostienen que estas subidas son artificiales y están provocadas por los explotadores del pueblo. En Munich han sido detenidos recientemente doscientos comerciantes, a los que se les han cerrado las tiendas y se les ha colgado este letrero: “Cerrado por precios ilícitos. El dueño de esta tienda está en el campo de concentración de prisioneros de Dachau”. 

Hemos venido -ha dicho Hitler-, porque desde el armisticio habían tenido que suicidarse doscientos veinticuatro mil novecientos alemanes.

(Ahora. Madrid, 25-5-1933)


Reivindicación

Vamos nada menos que a reivindicar a los Reyes Católicos. Cuando les molestaron los judíos, no se anduvieron en contemplaciones y los expulsaron. Con el decreto de expulsión de los judíos, España sufrió un grave quebranto; pero la catolicidad de sus reyes exigía  esa amputación dolorosa. Ahora bien; si los Reyes Católicos, en vez de católicos hubiesen sido arios, y en vez de la cruz hubiesen llevado en su pendón la svástica, habrían encontrado un arbitrio menos heroico y más beneficioso que sólo su catolicidad les vedaba. No los habrían expulsado, no. La expulsión ocasionaba un daño demasiado grave a la economía general del país. Hubiesen hecho algo más sencillo; no los hubiesen dejado vivir y no los hubiese dejado marcharse. La barbarie medieval no permitió entonces el alumbramiento de esta fórmula genial del racismo, que estaba reservada a la mayor gloria del siglo XX. 

Los que querían venir a España

Durante todo el mes de abril nuestro Consulado en Berlín estuvo sitiado por millares de judíos que querían venir a vivir a España. Se había difundido el rumor de que necesitábamos judíos. Un periódico alemán publicó incluso la noticia de que el Gobierno español necesitaba trescientos mil judíos, a los que pagaría el viaje -en segunda clase- y los gastos de hospedaje durante dos meses, a más de facilitarle los medios para que montasen fábricas e industrias en nuestro territorio. 

Acudieron como moscas. Nuestro cónsul, asediado por aquella muchedumbre de desesperados, que veían el cielo abierto, no sabía cómo quitárselos de encima. A la puerta del Consulado tuvo que fijar un aviso que decía: “Emigrantes: leed. Todos los rumores que han circulado sobre las supuestas facilidades o preferencias del Gobierno Español para establecerse en España y sobre concesiones de terrenos para su colonización, así como sobre viajes gratuitos y demás ventajas, son completamente fantásticos En España hay también falta de trabajo, y se dejan sentir, como en todo el mundo, los efectos de la crisis”. 

Se presentaron muchos casos curiosos. Hombres de negocios que proyectaban instalar formidables hoteles en Palma de Mallorca; dueños de establecimientos de modas que querían trasladar sus negocios a Barcelona; una gran empresa dedicada a la fabricación de óptica de precisión que quería montar su industria en Madrid, y así varias docenas. Hubo también algunos que, con esa suavidad de modales del judío, planteaban en seguida el problema de la exportación clandestina de capitales; como cosa hacedera y dentro perfectamente de la moral al uso, pretendían que los representantes oficiales de España les ayudasen a sacar el dinero de Alemania burlando las restricciones de Hitler. 

(Ahora. Madrid, 26-5-1933)

Lo cierto es que un día no lejano Alemania se vestirá de luto por su glorioso mariscal. Ese día, lo más lógico es que el canciller Hitler sea proclamado regente el Imperio. Y ya está.

Fracasología - María Elvira Roca Barea

¿Del Estado-Nación a la Europa de los pueblos?

   Eso que llamamos Estado-nación es una forma de organización político-territorial reconocible en Europa desde el Renacimiento. Implica desde el origen una cabeza visible (un rey), una capital y un ejército unificado. Esto como mínimo. El Estado-nación sobrevive a la crisis de las monarquías, como queda demostrado en el hecho de que varias se transformaron en república y siguieron existiendo, caso de Italia o Francia. A comienzos del tercer milenio, el Estado-nación ha demostrado ser el sistema de organización política más longevo y estable de la Europa occidental. Esto no quiere decir que no haya tenido problemas en su estructuración y afianzamiento, y que no los tenga todavía.

   Está claro que, si alguien hubiera dicho en 1985 que iba a haber un referéndum sobre la independencia de Escocia en 2018, se habría quedado pasmado quien lo oyera; o que iba a existir en Italia un partido como la Liga Norte; o que un presidente de la V República francesa, tan centralista por tradición, iba a afirmar que no veía inconveniente en reformar la Constitución para incluir el hecho diferencial corso; o que en 2018 íbamos a ver pasar el Tour de Bretaña sin que se viera una sola bandera francesa en cientos de kilómetros. En Sicilia se enseña este año por primera vez el siciliano en la escuela y el bable se transforma en "lengua" de la Universidad de Oviedo y los papeles aparecen en inglés, bable y español. Es evidente que hace un cuarto de siglo estas cosas no solo no pasaban, sino que eran inimaginables y que los fenómenos de este tipo comienzan a aumentar en cantidad y calidad desde la unificación alemana. No establecemos ninguna relación de necesidad entre lo uno y lo otro; simplemente dejamos constancia de la secuencia de los hechos.

   La UE está practicando, por acción u omisión, una política de regionalización que no puede llevar más que al debilitamiento de los Estados y, con ellos, al de la UE misma.

   Recordemos que la Unión Europea nace de la Comunidad Europea del Carbón y el Acero (CECA) en 1952, que propició Estados Unidos tras la Segunda Guerra Mundial con el propósito de tener alguna tranquilidad en el patio trasero europeo después de dos guerras mundiales y en el contexto de la Guerra Fría. El escenario internacional en el que nació y por el que nació ya no existe.... Europa ya no es una prioridad en la política exterior estadounidense y esto quiere decir que, con mayor o menor afectación por los cambios a nivel planetario, son los equilibrios de poder en el interior del continente los que marcan el rumbo de la UE, en especial desde la reunificación alemana. El proceso de regionalización y balcanización de los Estados en Europa se ha hecho muy visible desde que esta reunificación se produjo en 1989. Es posible que ya estuviera en marcha antes, pero de lo que no cabe duda es que se ha acelerado de una manera alarmante desde la década de los años noventa del siglo pasado.

   En las elecciones europeas de 7 de junio de 2009 se presenta una candidatura con el nombre "Europa de los pueblos-Los Verdes" que agrupa a Esquerra Republicana, BNG, Eusko Alkartasuna, Aralar, la Chunta Aragonesista y los Verdes. Tiene el mismo nombre que el proyecto europeo que en los años treinta diseñó el partido nazi para el continente. Pero este diseño es más viejo y se corresponde con los sueños del pangermanismo de finales del siglo XIX y comienzos del siglo XX, la época en que, según buena parte de las élites españolas, había que germanizarse.

   La Carta Europea de las Lenguas Regionales o Minoritarias y el Convenio-marco para la protección de las minorías fueron documentos que contaron con el impulso de la FUEV (Föderalistiche Union Europäischer Volksgruppen; en francés: UFCE o Union Fédéraliste des Communautés Ethniques Européenes), que tiene su sede en Frensburg y está financiada por el Ministerio del Interior alemán.

   La carta de las Lenguas Regionales o Minoritarias favorece el empleo de las lenguas regionales en detrimento de las nacionales en todos los ámbitos de la vida pública: escuela, justicia, medios de comunicación (artículos 7 y 14). El Convenio-marco para la protección de las minorías nacionales fue ratificado por España y publicado en el BOW el 23 de enero de 1998 sin ninguna polémica. Puesto que hay que proteger las minorías, se da por supuesto que son atacadas. No se prevé la creación de un marco de protección cuando lo atacado son las mayorías.

   Todavía es imposible saber si la UE sobrevivirá a la hegemonía alemana y a su inmediata consecuencia: la marcha del Reino Unido. En cualquier caso, en estas aguas pantanosas estamos. Normalmente anticipando lo que va a pasar en Europa después.


Fascismo - Roger Griffin




La mayoría de las personas educadas en Occidente “saben lo que es el fascismo” de forma instintiva, hasta que se lo tienen que explicar a alguien y la definición que intentan dar se va volviendo cada vez más enrevesada e incoherente (afirmación esta que podría ponerse a prueba mandándola como ejercicio en algún seminario).

El fascismo nos proporciona un ejemplo destacado del sólido principio académico según el cual, a un nivel superior, no se puede estudiar o escribir con eficacia sobre la historia de ningún aspecto de cualquier tema importante de las ciencias humanísticas si no se clarifican primero sus contornos conceptuales y no se establece una “definición de trabajo” que preste la debida atención a cómo la disciplina lo ha abordado en el pasado. 

No es de extrañar que algunos historiadores hayan visto el fascismo, junto con el comunismo, como el factor principal que determinó la historia entre 1918 y 1945, hasta el punto de que hablan de una “era fascista” o de “un movimiento que marca un hito”. Eso tiene cierto sentido, ya que, pese a que sólo se instauraron tres regímenes fascistas con todas las de la ley -los de Italia a las órdenes de Benito Mussolini, Alemania a las de Adolf Hitler y Croacia a las de Ante Pavelíc, y sólo los dos primeros en tiempos de paz-, surgieron en países europeizados numerosos movimientos que intentaban emularlos, algunos de los cuales sirvieron de gobiernos títeres que, por tanto, fueron fundamentales para que el Nazismo consiguiera mantener el control del “nuevo orden europeo” todo el tiempo que lo hizo. Además, varias dictaduras de Europa y Latinoamérica se “fascistizaron” como señal de la supuesta hegemonía del fascismo y sus perspectivas de lograr la victoria final en la era política moderna. 

Después de 1945, el espacio político del fascismo quedó drásticamente reducido, y hasta podría argumentarse que el concepto en sí perdió hace mucho su estatus “clave” en el mundo político contemporáneo. 

La campaña para concienciar sobre el calentamiento global, la fluorización del agua auspiciada por el Estado, las maquinaciones de las grandes empresas, la burocracia de la Unión Europea, las medidas gubernamentales para que la gente deje de fumar, la corrección política, el daño que la industria de la moda causa a la imagen que uno tiene de sí mismo y a los hábitos alimenticios saludables, e incluso el sistema tributario del Estado: todos han sido tachados de fascistas.

Llamar a los adversarios “fascistas” al instante los deslegitima y demoniza a ojos de sus críticos, ya se trate del Tea Party republicano, del presidente Obama, de Donald Trump, de Vladímir Putin, de Sadam Husein, de Bashar al-Assad, del Estado de Israel, de Estados Unidos de la eurocracia de Bruselas o de cualquier dictadura antisocialista o fuerza antipopulista o excesivamente populista. Después del 11 de septiembre se hizo muy frecuente que se denominara al Islam político (el Islamismo o, para ser más precisos, el salafismo yihadista global) “islamofascismo”, un uso refrendado por George W. Bush. Más recientemente, durante el conflicto entre Rusia y Ucrania, ambas partes se llamaron entre sí fascistas. 

Desde el principio el término “Fascista” tuvo para sus seguidores una connotaciones progresistas, modernizadoras y revolucionarias, y no reaccionarias ni conservadoras. 

Las piedras fundamentales de la interpretación ortodoxa soviética de lo que era el fascismo genérico se pusieron en la resolución final del Congreso de 1922. En ella se concluía que la función del fascismo era la de actuar de agente directo del capitalismo que se encargara de la represión de clases, además de ser la fuerza por medio de la cual la burguesía llevaba a cabo su ofensiva contra el proletariado, en la que los soldados paramilitares fascistas hacían las veces de “guardia blanca” de la contrarrevolución. 

Tanto Zinoviev como Trotsky estuvieron de acuerdo en que “el fascismo y la socialdemocracia son dos caras del mismo instrumento: la dictadura capitalista”. En la misma línea, Stalin los describió simplemente como “gemelos”. 

Fue únicamente con la brutal persecución del Tercer Reich de comunistas y de todo el movimiento socialista del tras la llegada de Hitler al poder cuando, en 1935, empezaron a haber con retraso llamamientos para formas un “frente popular”, retórica que quedó repentinamente silenciada de nuevo con el anuncio del “pacto Ribbentrop” entre nazis y soviéticos en 1939. 

En Rusia Stalin insistía en usar el término “fascista” de vez en cuando para desacreditar a aquellas versiones del marxismo-leninismo que él rechazaba. 

Las dictaduras militares anticomunistas (como la de Pinochet en Chile) y las formas populistas de políticas de extrema derecha (como el Frente Nacional de Le Pen) son automáticamente descritas por la prensa de izquierdas como fascistas, por muy lejana que sea su relación con el fascismo o con el nazismo. 

La frase “teorías marxistas del fascismo” abarca una rica variedad de posturas matizadas, algunas de las cuales ofrecen importantes puntos de vista para los no marxistas, pero, inevitablemente, son las interpretaciones más simplistas las que todavía prevalecen en el discurso marxista dominante en el periodismo de izquierdas, los análisis académicos y, lo que es más notorio, las concentraciones antifascistas. 

Mi propia formulación de la definición de trabajo del fascismo que se propone en este capítulo hace uso del término palingenesia, del griego palin (de nuevo) y genesis (nacimiento) para referirse a la idea de los fascistas de un renacimiento, ya fuera inminente o más tardío. 

Cuando se usan “palingenésico” o “revolucionario” en el contexto de los estudios del fascismo, indican un gran cambio con respecto a los enfoques marxistas dominantes, que niegan al fascismo un verdadero estatus revolucionario como ideología, y a los enfoques liberales anteriores, que tendían a caracterizar el fascismo de acuerdo con sus negaciones (irracional, intolerante, antisocialista, antihumanista, antimoderno, patológico, etc.). 

Hemos de dejar constancia de que el concepto orgánico de nación también se puede dar en un contexto no fascista, como es, por ejemplo, la idea romana clásica de “la ciudad eterna”, la de los judíos de ser una “nación eterna”, y la de cualquier forma extrema de patriotismo que sostiene que los que mueren por la causa nacional son “mártires” de una causa trascendental y sagrada que, al dar la vida, están trascendiendo la mera muerte individual.

La ultra-nación fascista puede entenderse como un producto supra-individual de la imaginación fascista que toma aspectos de la “madre patria” histórica, pero también de los pasados mitificados de la historia y la raza y de sus destinos futuros. Proporciona a los fascistas el foco mítico para que se sientan parte de una comunidad supra-personal en la que comparten ese sentido de pertenencia a ella, su identidad y su cultura (ya estén basadas en la historia, la lengua, el territorio, la religión o la raza, o en una mezcla de varios de estos componentes).

Es importante que no infiramos de esto que el fascismo es inherentemente racista desde un punto de vista biológico o genético.  Cierto es que cualquier concepto orgánico de nación es intrínsecamente racista por la forma en que tiende a tratar las etnias o nacionalidades como entes singulares e idealizados que están amenazados or el mestizaje, la migración masiva, el cosmopolitismo, el materialismo, el individualismo o la absorción en organismos internacionales. 

Mientras que para George Mosse (1966) el nazismo representa la personificación más completa del fascismo genérico, para Sternhell (1976) su racismo biológico excluye al nacionalsocialismo de la familia de los fascismos. 

Payne ofreció por primera vez una taxonomía coherente del fascismo como categoría distintiva de la extrema derecha, aprovechando su amplio estudio de la Europa de entreguerras y sus grandes conocimientos sobre el papel específico que había jugado el fascismo falangista en la España de los años treinta (Payne, 1961).

Dentro del contexto de la “fe” fascista, también conviene señalar que, inevitablemente, el compromiso fanático, ciego y entusiasta con el credo fascista solo se da en una minoría de los miembros de un gran movimiento fascista, una minoría que es aún más pequeña dentro de un partido fascista, e incluso más escasa dentro de un régimen entero. 

Es significativo que las iniciales del Partido Fascista que se sellaban en el carnet de afiliación, PNF, se convirtieran en el acrónimo per necesità familiare (por necesidad familiar), y que los que se apresuraron a unirse al NSDAP tras la victoria de Hitler fueran llamados con desprecio por los que se habían unido antes de 1933 los Märzgefallene, “los caídos en marzo”, una alusión irónica a una famosa estatua a las víctimas de las revoluciones de 1848 de Viena y Berlín.

Ahora existe una perspectiva real de que el fascismo de entreguerras llegue a ser visto, no ya como el archienemigo de la modernidad, sino como el aspirante a arquitecto de una cultura moderna y un Estado totalitarios que tenían sus raíces en un pasado mitificado (Griffin, 2008).

Existe una peculiar tensión entre el análisis del fascismo genérico como “tipo ideal” y la tendencia del lenguaje a narrarlo, cosificarlo y sintetizarlo hasta el punto de tratarlo como si fuera una entidad vida. Objetivamente, el fascismo no “surge”, “se extiende”, “cae”, “sobrevive a la guerra” y “se reinventa” por medio de “la adaptación de su visión central a las nuevas realidades”.

La historia del fascismo es la de un movimiento complejo en evolución, que adapta pragmáticamente sus principios básicos, objetivos y fórmulas ideológicas a las circunstancias en constante cambio que son exclusivas de cada país y región, pero siempre con una tendencia hacia el activismo revolucionario y el cambio. 

Lo que unía a los fascistas y nazis más entregados a la causa era el hecho de que ambos buscaban programas fascistas de renacimiento natural, pero lo que los separaba era su compromiso con unas combinaciones muy distintas de mitos ultranacionalistas. El resultado es que incluso elementos en apariencia comunes pueden ocultar profundas diferencias. Por ejemplo, las esculturas neoclásicas idealizadas de atletas masculinos desnudos en recintos deportivos son un rasgo tanto del régimen fascista como del nazi. 

Tanto el Fascismo como el Nazismo surgieron en países que sólo habían conseguido la unificación ya entrado el siglo XIX. 

En España, el Siglo de Oro (1492-1659), con su absolutismo monárquico, su poder imperial, la autoridad de la Iglesia y sus destacados logros artísticos , se convirtió en el modelo para el renacimiento cultural y político que el escritor Ernesto Giménez Caballero quería que se consiguiese en el régimen del general Franco. 

Uno de los mitos fundamentales más originales, que mezclaba fantasías protocrónicas con otras de una edad de oro, lo desarrolló Acción Integralista Brasileña (AIB). Habida cuenta de la compleja mezcla racial de un país en el que los indígenas y los descendientes de generaciones de colonizadores portugueses y de sus esclavos africanos se habían casado entre sí durante siglos, Plínio Salgado no podía permitirse nociones más o menos científicas de pureza biológica, eugenesia o de una mítica super-raza ancestral. En su lugar, para él la esencia de lo brasileño (brasilidade), que proporcionaría la fuerza espiritual cohesiva que se necesitaba para el renacimiento del país, radicaba precisamente en su singular mezcla étnica y cultural, que había hecho posible el auge de Brasil como potente economía moderna y nación política. La AIB, por lo tanto, celebraba el mestizaje al que tanto temían los racistas nazis, la Legión, los hungaristas y la Ustacha. 

Hasta que su movimiento fue prohibido por el dictador Getulio Vargas en 1938, Salgado hizo campaña para que se considerase Brasil un laboratorio ideal en el que demostrar el poder de una sociedad de mezcla racial para revitalizar una nación espiritual y culturalmente, y a partir de ahí política y económicamente, y así poner los cimentos para la “cuarta era de la humanidad”. 

Es especialmente errónea la idea de que el fascismo simplemente quería devolver a las mujeres a los papeles que les asignaban los conservadores tradicionales…. La doctrina del fomento de la natalidad (o “natalismo”) en los regímenes del Duce y del Führer hizo gala de un elemento claramente modernizador y anticonservador. Las innovaciones que se introdujeron para mejorar la salud demográfica de la nación, como la inversión estatal para la ayuda a la maternidad y la medicina infantil, se adelantó a determinados aspectos de la asistencia sanitaria a las mujeres que es normal en los Estados del bienestar democráticos modernos, pero sin el énfasis liberal en el individualismo o en los derechos de la mujer. 

Además, ahora se animaba a las mujeres a que volvieran a experimentar su compromiso con la vida familiar, la vida doméstica y la maternidad dentro del contexto de una visión oficial que atribuía un papel heroico a su sacrificio por el bien de las generaciones futuras, un mito este que, por el poder del que parecía dotarlas, resultó muy atractivo para una minoría de mujeres que querían conseguir mayor relevancia tanto en la Italia fascista como en Alemania, e incluso entre algunas antiguas sufragistas inglesas. 

El entorno social profundamente católico del Fascismo italiano y el Falangismo español garantizó que, a diferencia de lo que ocurrió en el Nazismo, en Italia y España no se practicara la eugenesia negativa que en el Tercer Reich llevó a la esterilización o matanza de mujeres consideradas física o mentalmente deficientes. 

En los regímenes de Mussolini y Franco era imposible que las mujeres tuvieran que someterse al equivalente de la llamarada Prueba Mischling (mezcla racial) que sus homólogas alemanas tenían que hacerse antes de casarse para determinar la pureza aria de su sangre. 

Una facción de los líderes nazis veía el expresionismo alemán (el no comunista) como la encarnación de un espíritu faustiano que era arquetípicamente ario. En 1934 hasta se celebró en Berlín una exposición de Aeropittura italiana, una rama del futurismo, que se inauguró con un discurso visionario del poeta archi-expresionista Gottfried Ben. Mientras, Goebbels rendía homenaje a Edvard Munch (el pintor noruego de El grito) por su expresión del espíritu nórdico, y algunos oficiales de las SS, así como Goebbels, seguían siendo grandes aficionados al jazz pese a la censura oficial. En las artes visuales, el estilo racionalista internacional de arquitectura se usó en fábricas, puentes, centrales eléctricas e incluso en algunos edificios civiles, mientras que el diseño del Volkswagen era tan avanzado que en 2006 formó parte de la exposición “Modernismo: el diseño de un nuevo mundo”, que organizó el Victoria and Albert Museum de Londres. 

Visto desde ese ángulo, queda claro que el uso de un austero neoclasicismo para edificios civiles icónicos de los nazis, como la Casa de Arte Alemán o el aeropuerto de Tempelhof, no ha de entenderse como antimoderno, sino como la propia estética revolucionaria del nazismo, un híbrido de lo antiguo y lo moderno que de nuevo indica una forma del “modernismo con arraigo” típico del fascismo genérico.

No hay duda de que, para los fascistas más radicales, el objetivo a largo plazo era remplazar la profunda desigualdad social y el individualismo atomizador, producidos por el capitalismo y la estratificación de clases, por una comunidad nacional cuyos miembros estuvieran protegidos de la explotación y las privaciones por un Estado altamente intervencionista que dirigiría la economía para salvaguardar los intereses de toda la nación, entendida ésta como un organismo homogéneo en lo étnico o en lo cultural. 

Los marxistas militantes ven, como era de esperar, al fascismo en acción en cualquier forma organizada de racismo, xenofobia, islamofobia o discriminación, como es el caso de las protestas contra la inmigración, las cumbres del G8 y todas las formas de totalitarismo de anti-izquierda, que atribuyen a la tendencia latente del capitalismo a generar exclusión social y discriminación. El modo en que periodistas y políticos manejan el término “fascismo” tampoco contribuye a crear un clima sereno de investigación forense. 

En el contexto en buenos hallamos, debemos separar cuidadosamente “fascismo” de “populismo”, ya que la supuesta amenaza cada vez mayor de éste a la democracia se confunde a menudo con una señal de la expansión del fascismo, y, además, mi propia definición habla de “ultranacionalismo populista”. 

Hay que diferenciar el populismo, tanto ideológica como psicológicamente, del fascismo, lo cual o quiere decir que algunos partidos populistas europeos de derechas no consigan el voto de “auténticos” fascistas. Por usar la distinción legar que establece el derecho constitucional alemán, el populismo de derechas es “radical” y por lo tanto legal, mientras que el fascismo es “extremista”, y por lo tanto ilegal. 

El fascismo sigue siendo una fuerza laica, y por lo tanto es distinto del terrorismo islamista, que representa una forma extrema de la politización y secularización de una religión que se remonta a los orígenes del propio Islam. 

Siguiendo la teoría de Gramsci de la “hegemonía cultural” como condición previa para la hegemonía política, la Nueva Derecha preconiza un “gramscismo de derechas”.

Los dos principales precursores intelectuales del Neo-fascismo meta-político son el italiano Julius Evola, fascista y euro-fascista racista, y el alemán Armin Mohler, al que ya conocimos antes como recopilador de un compendio muy influyente de fuentes (alemanas) de una nueva “Revolución Conservadora” de posguerra.

Es en Rusia donde el Neo-fascismo de la Nueva Derecha ha tenido el mayor impacto manifiesto en la política oficial. Bajo el mandato de Putin se han reforzado las nociones geopolíticas de proteger la homogeneidad cultural y hegemonía de Rusia de la europeización, gracias a la prolífica tarea publicitaria de Aleksandr Dugin, que lleva dos décadas entregado a la misión de revitalizar el Eurasianismo dentro del patrón de la Revolución Conservadora. 

Remedando un famoso comentario del Pigmalión de Bernard Shaw, podríamos decir que “es imposible que un experto en el fascismo abra la boca sin que consiga que otro experto lo odie o desprecie”. 
El neo-fascismo se caracteriza por tener tantas visiones y planes palingenésicos que es imposible generalizar sobre cómo ocurrirá ese renacimiento, sobre todo ahora que, para muchos fascistas, ese renacimiento ha quedado pospuesto indefinidamente y debe esperar a que la civilización liberal se desmorone desde dentro, lo que Julius Evola (1961) llamó “montar (cabalgar) el tigre”. 

El fascismo italiano fue un fenómeno plural, en el que tenían cabida muchas teorías enfrentadas, e incluso filosofías, sobre cómo debería ser el nuevo Estado, así como corrientes conservadoras y futuristas elitistas y populistas, burguesas y proletarias, urbanas y rurales, juveniles y gerontrocráticas, revolucionarias y reaccionarias. 

El Fascismo italiano fue “una mezcla desordenada” (Roberts, 2000), que incorporó elementos como el catolicismo ultraconservador que se contradecía con el culto pagano de la romanitá, la cual a su vez chocaba directamente con las visiones tecnocráticas y futuristas de la nueva Italia y con la teoría hegeliana de Giovanni Gentile del Estado ético, que fue la base para la definición oficial dela ideología fascista en la Enciclopedia Italiana.