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Reflexiones sobre Gandhi, enero de 1949, George Orwell



En los últimos años se ha puesto de moda hablar de Gandhi como si hubiera sido no solo un simpatizante del movimiento izquierdista occidental, sino parte integral de este. Los anarquistas y los pacifistas, en particular, se lo han apropiado, observando tan solo que se oponía al centralismo y a la violencia de Estado, e ignorando la otra tendencia trascendentalista  y antihumana de sus doctrinas. Pero, a mi juicio, uno debería caer en la cuenta de que las enseñanzas de Gandhi no cuadran con la creencia de que el hombre es la medida de todas las cosas y de que nuestra tarea es hacer que la vida en este planeta, que es el único que tenemos, valga la pena ser vivida. Tienen sentido solo si se acepta que Dios existe y que el mundo de los objetos sólidos es una ilusión de la que se debe escapar. Vale la pena tener en cuenta las privaciones que Gandhi se imponía a sí mismo, y que, si bien no insistía en que cada uno de sus seguidores las observara con todo detalle, consideraba indispensable si uno quería servir a Dios o a la humanidad. En primer lugar, no comer carne ni, a ser posible, ningún alimento de origen animal. (El propio Gandhi tuvo que recurrir a la leche para no poner en peligro su salud, pero al parecer lo consideró un paso atrás). Nada de alcohol o tabaco y nada de condimentos ni especias, ni siquiera vegetales, ya que la comida debe ser ingerida no por sí misma, sino para conservar las fuerzas. En segundo lugar, nada de relaciones sexuales. En el caso de que se mantengan, debe ser con el único propósito de engendrar hijos y presumiblemente en intervalos largos. Gandhi mismo, cuando tenía alrededor de treinta y cinco años, hizo boto de brahmacharya, que significa no solo la castidad completa, sino también la eliminación del deseo sexual. Esta condición, por lo visto, es difícil de obtener sin una dieta especial y sin ayunos frecuentes. Y, finalmente -y este es el punto clave-, para el que va en pos de la bondad no debe haber amistades cercanas ni amores exclusivos. 

Las amistades cercanas, afirma Gandhi, son peligrosas porque “los amigos ejercen una influencia mutua” y, a través de la lealtad a un amigo, uno puede ser llevado a errar. Esto es incuestionablemente cierto. Más aún, si uno ha de amar a Dios, o a la humanidad en su conjunto, no puede mostrar predilección por ninguna persona en concreto. Esto también es cierto, y marca el punto en que las actitudes religiosa y humanista dejan de ser reconciliables. Para un ser humano corriente, el amor no significa nada si no conlleva amar a cierta gente más que a otra. La autobiografía no deja claro si Gandhi era desconsiderado con su esposa y sus hijos, pero sí que en tres ocasiones estuvo dispuesto a dejar que alguno de ellos muriera antes que administrarle el alimento de origen animal que había prescrito el doctor. Bien es verdad que la defunción presagiada nunca tuvo lugar y que Gandhi -con, es de suponerse, gran presión moral en el otro sentido- siempre le dio al paciente la oportunidad de mantenerse vivo al precio de cometer un pecado; aun así, si la decisión hubiera sido exclusivamente suya, habría prohibido la ingesta de alimentos animales, al margen del riesgo. Debe haber, sostiene, un límite en lo que estemos dispuestos a hacer para conservar la vida, y el límite está bastante más acá que el caldo de pollo. Esta actitud quizá es noble, pero, en el sentido en el que, según creo, la mayoría de la gente le daría a la palabra, es inhumana. La esencia de ser humano es que uno no busca la perfección, que uno a veces está dispuesto a cometer pecados por lealtad, que uno no lleva el ascetismo hasta el punto en el que vuelve imposible la convivencia amistosa, y que uno está preparado para ser finalmente derrotado y despedazado por la vida, lo cual es el precio inevitable de depositar su amor en otros seres humanos. Sin lugar a dudas, el tabaco, el alcohol, etcétera, son vicios que un santo debe evitar, pero también la santidad es algo que los seres humanos deben rehuir. Esto es algo que cae por su propio peso, pero que uno debe cuidarse de mencionar. En esta época dominada por los yoguis, se asume demasiado pronto que el “desapego” no solo es mejor que la aceptación plena de la vida terrena, sino que el hombre corriente lo rechaza solamente porque es demasiado difícil; en otras palabras, que el hombre común es un santo en potencia que no ha logrado alcanzar esa condición. Es dudoso que esto sea cierto. Mucha gente no tiene intención alguna de ser santa, y es probable que algunos que han logrado la santidad o aspiran a ella no se hallan sentido nunca tentados de ser seres humanos. Si uno pudiera rastreas esto hasta sus raíces psicológicas, hallaría, creo, que el principal motivo para el “desapego” es un deseo de escapar del dolor de vivir y, sobre todo, del amor, que, de índole sexual o no, acarrea muchas complicaciones. Pese a todo, no es necesario dirimir aquí si el ideal humanista es “más elevado” que el trascendentalista. La cuestión es que son incompatibles. Se debe escoger entre Dios y el hombre, y todos los “radicales” y “progresistas”, desde los liberales más moderados hasta los anarquistas más extremos, han escogido al último. 

En cualquier caso, el pacifismo de Gandhi puede desvincularse hasta cierto punto de sus otras enseñanzas. Su motivación era religiosa, pero también lo consideraba una técnica definida, un  método, capaz de producir los resultados políticos deseados. La actitud de Gandhi no era la de la mayoría de los pacifistas occidentales. La Satyagraha, desarrollada originalmente en Sudáfrica, era una suerte de guerra no violenta, una manera de vencer al enemigo sin herirlo y sin sentir ni suscitar odio. Implicaba actos como la desobediencia  civil, las huelgas, tumbarse en el suelo frente a trenes, soportar cargas de la policía sin correr ni defenderse y cosas por el estilo. Gandhi se oponía a traducir el término “Satyagraha” como “resistencia pasiva”; en gujarati, por lo visto, significa “firmeza en la verdad” En sus primeros años Gandhi sirvió como camillero del bando inglés en la guerra de los bóeres, y se disponía a hacer lo mismo en la Primera Guerra Mundial. Incluso después  de haber abjurado totalmente de la violencia, fue lo bastante sincero consigo mismo como para percatarse de que en los conflictos bélicos suele ser necesario tomar partido. Gandhi no adoptó -ciertamente no podía, ya que toda su vida política se centraba en la lucha por la independencia nacional- la actitud estéril e hipócrita de fingir  que en todas las guerras ambos bandos son lo mismo y que tanto da quién gane. Tampoco se especializó, como hacen la mayoría de los pacifistas occidentales, en eludir preguntas incómodas. En relación con la última contienda, una que todos los pacifistas tenía la clara obligación de contestar era: “¿Qué decís de los judíos? ¿Estáis dispuestos a verlos exterminados? Si no es así, ¿cómo os proponéis salvarlos sin recurrir a la guerra?”. Debo decir que nunca he oído de ningún pacifista occidental una respuesta sincera a esta pregunta, aunque he oído muchas evasivas, principalmente del tipo “y tú también”. Pero resulta que a Gandhi se le planteó una pregunta similar en 1938 y que su respuesta está registrada en Gandhi and Stalin, del señor Louis Fischer. Según el señor Fischer, el punto de vista de Gandhi era que los judíos alemanes debían cometer un suicidio colectivo, lo cual “hubiera despertado al mundo y a Alemania  ante la violencia de Hitler”. Después de la guerra se justificó: afirmó que los judíos habían acabado siendo asesinados de todos modos y que al menos podrían haber intentado no morir completamente en vano. Da la impresión de que esta actitud sorprendió incluso a un admirador tan incondicional como el señor Fisher, pero Gandhi estaba simplemente siendo sincero. Si no estás dispuesto a quitarle la vida a alguien, con frecuencia debes estarlo a que se pierdan vidas de alguna otra manera. Cuando en 1942 pidió adoptar una actitud de resistencia no violenta ante la invasión japonesa, estaba listo para admitir que eso podría costar varios millones de muertes. 

Al mismo tiempo, hay motivos para creer que Gandhi, que después de todo nació en 1869, no entendía la naturaleza del totalitarismo y lo veía todo en función de su propia lucha contra el gobierno británico. El punto clave aquí no es tanto que los británicos lo trataran pacientemente como que siempre fue capaz de obtener publicidad. Como se puede ver por la frase citada arriba, creía en “despertar al mundo”, lo cual solo es posible si este tiene una oportunidad de oír lo que estás haciendo. Es difícil ver como podrían aplicarse los métodos de Gandhi en un país donde los opositores al régimen desaparecen en mitad de la noche y nunca se vuelve a saber de ellos. Sin una prensa libre ni derecho de reunión, es imposible no solo apelar a la opinión exterior, sino también hacer que surja un movimiento de masas o incluso hacerle saber tus intenciones al adversario. ¿Hay un Gandhi en Rusia en este momento? Y si lo hay, ¿qué está logrando? Las masas rusas solo podrían practicar la desobediencia civil si la misma idea se les ocurriera a todos a la vez, e incluso en ese caso, a juzgar por lo ocurrido durante la hambruna ucraniana, no hubiera surtido ningún efecto. Aun así, concedamos que la resistencia no violenta puede ser eficaz contra el propio gobierno o contra una potencia ocupante; incluso en ese caso, ¿cómo la pone uno en práctica a escala internacional? Las diferentes declaraciones contradictorias de Gandhi sobre la última guerra parecen mostrar que era consciente de esta dificultad. Aplicado a la política exterior, el pacifismo deja de ser tal, o bien se transforma en apaciguamiento. Además, el supuesto, que de tanto le sirvió  a Gandhi para tratar con las personas, de que uno puede acercarse a todas ellas y de que responderían a un gesto generoso, debe ser puesto seriamente en duda. No es algo necesariamente cierto, por ejemplo, cuando se trata de lunáticos. Entonces, la pregunta se convierte en: ¿quién está cuerdo? ¿Lo estaba Hitler? ¿Acaso no es posible que toda una cultura esté mentalmente enferma a los ojos de otra? Y en la medida en que se puedan juzgar los sentimientos donaciones enteras, ¿hay algún vínculo claro entre un acto generoso y una respuesta amistosa? ¿Es la gratitud un factor en la política internacional? 

Estas y otras preguntas similares necesitan ser discutidas, y necesitan serlo urgentemente, en los pocos años que nos quedan antes de que alguien apriete el botón y los cohetes comiencen a volar. Es dudoso que la civilización pueda soportar otra gran guerra, y no cabe descartar que el camino para evitarla sea el de la no violencia. A Gandhi hay que reconocerle la virtud de que habría estado dispuesto a considerar con sinceridad preguntas como las que he planteado arriba, y, en efecto, es probable que discutiera la mayoría de ellas en alguno u otro punto de sus innumerables artículos periodísticos. La impresión que da es que había muchos aspectos que no lograba entender, pero no que hubiera algo que temiera decir o pensar. Nunca he sido capaz de sentir demasiada simpatía por Gandhi, pero no estoy seguro de que, como pensador político, se equivocara en lo sustancial, ni creo que su vida fuera un fracaso. Es curioso que, al ser asesinado, muchos de sus admiradores más fervientes señalaron con tristeza que había vivido justo lo suficiente para ver en ruinas el trabajo de su vida, puesto que la India estaba inmersa en una guerra civil, que siempre se había previsto que sería uno de los efectos colaterales de la transferencia del poder. Pero no fue a suavizar la rivalidad entre hindúes y musulmanes a lo que Gandhi consagró su vida. Su principal objetivo político, la finalización pacífica de la dominación inglesa, se había alcanzado después de todo. Como siempre, los hechos relevantes se entrecruzan. Por una parte, los británicos abandonaron la India sin pelear, un acontecimiento que muy pocos observadores hubieran presagiado ni siquiera un año antes de que sucediera. Por otra, esto lo hizo un gobierno laborista, y es seguro que uno conservador, especialmente uno dirigido por Churchill, habría actuado de otro modo. No obstante, si para 1945 en Gran Bretaña se había propagado considerablemente la opinión favorable a la independencia de la India, ¿en qué medida se debió esto a la influencia personal de Gandhi? Y si, como puede suceder, la India y Gran Bretaña finalmente acaban por mantener una relación decente y amistosa, ¿será esto en parte porque Gandhi, al librar su lucha con obstinación pero sin odio, desinfectó el ambiente político? 

Que se piense siquiera en plantear esas preguntas indica su gran estatura. Uno puede sentir, como yo, una especie de disgusto estético por Gandhi y rechazar las pretensiones de santidad hechas en su nombre (algo que él nunca pretendió, por cierto), se puede incluso rechazar la santidad como un ideal y, por tanto, pensar que los objetivos básicos de Gandhi eran antihumanos y reaccionarios. Pero, analizado simplemente como un político y comparado con las otras figuras políticas importantes de nuestro tiempo, ¡qué olor tan limpio consiguió dejar tras de sí!

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