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Reflexiones sobre Gandhi - George Orwell



Enero de 1949

En los últimos años se ha puesto de moda hablar de Gandhi como si hubiera sido no solo un simpatizante del movimiento izquierdista occidental, sino parte integral de este. Los anarquistas y los pacifistas, en particular, se lo han apropiado, observando tan solo que se oponía al centralismo y a la violencia de Estado, e ignorando la otra tendencia trascendentalista  y antihumana de sus doctrinas. Pero, a mi juicio, uno debería caer en la cuenta de que las enseñanzas de Gandhi no cuadran con la creencia de que el hombre es la medida de todas las cosas y de que nuestra tarea es hacer que la vida en este planeta, que es el único que tenemos, valga la pena ser vivida. Tienen sentido solo si se acepta que Dios existe y que el mundo de los objetos sólidos es una ilusión de la que se debe escapar. Vale la pena tener en cuenta las privaciones que Gandhi se imponía a sí mismo, y que, si bien no insistía en que cada uno de sus seguidores las observara con todo detalle, consideraba indispensable si uno quería servir a Dios o a la humanidad. En primer lugar, no comer carne ni, a ser posible, ningún alimento de origen animal. (El propio Gandhi tuvo que recurrir a la leche para no poner en peligro su salud, pero al parecer lo consideró un paso atrás). Nada de alcohol o tabaco y nada de condimentos ni especias, ni siquiera vegetales, ya que la comida debe ser ingerida no por sí misma, sino para conservar las fuerzas. En segundo lugar, nada de relaciones sexuales. En el caso de que se mantengan, debe ser con el único propósito de engendrar hijos y presumiblemente en intervalos largos. Gandhi mismo, cuando tenía alrededor de treinta y cinco años, hizo boto de brahmacharya, que significa no solo la castidad completa, sino también la eliminación del deseo sexual. Esta condición, por lo visto, es difícil de obtener sin una dieta especial y sin ayunos frecuentes. Y, finalmente -y este es el punto clave-, para el que va en pos de la bondad no debe haber amistades cercanas ni amores exclusivos. 

Las amistades cercanas, afirma Gandhi, son peligrosas porque “los amigos ejercen una influencia mutua” y, a través de la lealtad a un amigo, uno puede ser llevado a errar. Esto es incuestionablemente cierto. Más aún, si uno ha de amar a Dios, o a la humanidad en su conjunto, no puede mostrar predilección por ninguna persona en concreto. Esto también es cierto, y marca el punto en que las actitudes religiosa y humanista dejan de ser reconciliables. Para un ser humano corriente, el amor no significa nada si no conlleva amar a cierta gente más que a otra. La autobiografía no deja claro si Gandhi era desconsiderado con su esposa y sus hijos, pero sí que en tres ocasiones estuvo dispuesto a dejar que alguno de ellos muriera antes que administrarle el alimento de origen animal que había prescrito el doctor. Bien es verdad que la defunción presagiada nunca tuvo lugar y que Gandhi -con, es de suponerse, gran presión moral en el otro sentido- siempre le dio al paciente la oportunidad de mantenerse vivo al precio de cometer un pecado; aun así, si la decisión hubiera sido exclusivamente suya, habría prohibido la ingesta de alimentos animales, al margen del riesgo. Debe haber, sostiene, un límite en lo que estemos dispuestos a hacer para conservar la vida, y el límite está bastante más acá que el caldo de pollo. Esta actitud quizá es noble, pero, en el sentido en el que, según creo, la mayoría de la gente le daría a la palabra, es inhumana. La esencia de ser humano es que uno no busca la perfección, que uno a veces está dispuesto a cometer pecados por lealtad, que uno no lleva el ascetismo hasta el punto en el que vuelve imposible la convivencia amistosa, y que uno está preparado para ser finalmente derrotado y despedazado por la vida, lo cual es el precio inevitable de depositar su amor en otros seres humanos. Sin lugar a dudas, el tabaco, el alcohol, etcétera, son vicios que un santo debe evitar, pero también la santidad es algo que los seres humanos deben rehuir. Esto es algo que cae por su propio peso, pero que uno debe cuidarse de mencionar. En esta época dominada por los yoguis, se asume demasiado pronto que el “desapego” no solo es mejor que la aceptación plena de la vida terrena, sino que el hombre corriente lo rechaza solamente porque es demasiado difícil; en otras palabras, que el hombre común es un santo en potencia que no ha logrado alcanzar esa condición. Es dudoso que esto sea cierto. Mucha gente no tiene intención alguna de ser santa, y es probable que algunos que han logrado la santidad o aspiran a ella no se hallan sentido nunca tentados de ser seres humanos. Si uno pudiera rastreas esto hasta sus raíces psicológicas, hallaría, creo, que el principal motivo para el “desapego” es un deseo de escapar del dolor de vivir y, sobre todo, del amor, que, de índole sexual o no, acarrea muchas complicaciones. Pese a todo, no es necesario dirimir aquí si el ideal humanista es “más elevado” que el trascendentalista. La cuestión es que son incompatibles. Se debe escoger entre Dios y el hombre, y todos los “radicales” y “progresistas”, desde los liberales más moderados hasta los anarquistas más extremos, han escogido al último. 

En cualquier caso, el pacifismo de Gandhi puede desvincularse hasta cierto punto de sus otras enseñanzas. Su motivación era religiosa, pero también lo consideraba una técnica definida, un  método, capaz de producir los resultados políticos deseados. La actitud de Gandhi no era la de la mayoría de los pacifistas occidentales. La Satyagraha, desarrollada originalmente en Sudáfrica, era una suerte de guerra no violenta, una manera de vencer al enemigo sin herirlo y sin sentir ni suscitar odio. Implicaba actos como la desobediencia  civil, las huelgas, tumbarse en el suelo frente a trenes, soportar cargas de la policía sin correr ni defenderse y cosas por el estilo. Gandhi se oponía a traducir el término “Satyagraha” como “resistencia pasiva”; en gujarati, por lo visto, significa “firmeza en la verdad” En sus primeros años Gandhi sirvió como camillero del bando inglés en la guerra de los bóeres, y se disponía a hacer lo mismo en la Primera Guerra Mundial. Incluso después  de haber abjurado totalmente de la violencia, fue lo bastante sincero consigo mismo como para percatarse de que en los conflictos bélicos suele ser necesario tomar partido. Gandhi no adoptó -ciertamente no podía, ya que toda su vida política se centraba en la lucha por la independencia nacional- la actitud estéril e hipócrita de fingir  que en todas las guerras ambos bandos son lo mismo y que tanto da quién gane. Tampoco se especializó, como hacen la mayoría de los pacifistas occidentales, en eludir preguntas incómodas. En relación con la última contienda, una que todos los pacifistas tenía la clara obligación de contestar era: “¿Qué decís de los judíos? ¿Estáis dispuestos a verlos exterminados? Si no es así, ¿cómo os proponéis salvarlos sin recurrir a la guerra?”. Debo decir que nunca he oído de ningún pacifista occidental una respuesta sincera a esta pregunta, aunque he oído muchas evasivas, principalmente del tipo “y tú también”. Pero resulta que a Gandhi se le planteó una pregunta similar en 1938 y que su respuesta está registrada en Gandhi and Stalin, del señor Louis Fischer. Según el señor Fischer, el punto de vista de Gandhi era que los judíos alemanes debían cometer un suicidio colectivo, lo cual “hubiera despertado al mundo y a Alemania  ante la violencia de Hitler”. Después de la guerra se justificó: afirmó que los judíos habían acabado siendo asesinados de todos modos y que al menos podrían haber intentado no morir completamente en vano. Da la impresión de que esta actitud sorprendió incluso a un admirador tan incondicional como el señor Fisher, pero Gandhi estaba simplemente siendo sincero. Si no estás dispuesto a quitarle la vida a alguien, con frecuencia debes estarlo a que se pierdan vidas de alguna otra manera. Cuando en 1942 pidió adoptar una actitud de resistencia no violenta ante la invasión japonesa, estaba listo para admitir que eso podría costar varios millones de muertes. 

Al mismo tiempo, hay motivos para creer que Gandhi, que después de todo nació en 1869, no entendía la naturaleza del totalitarismo y lo veía todo en función de su propia lucha contra el gobierno británico. El punto clave aquí no es tanto que los británicos lo trataran pacientemente como que siempre fue capaz de obtener publicidad. Como se puede ver por la frase citada arriba, creía en “despertar al mundo”, lo cual solo es posible si este tiene una oportunidad de oír lo que estás haciendo. Es difícil ver como podrían aplicarse los métodos de Gandhi en un país donde los opositores al régimen desaparecen en mitad de la noche y nunca se vuelve a saber de ellos. Sin una prensa libre ni derecho de reunión, es imposible no solo apelar a la opinión exterior, sino también hacer que surja un movimiento de masas o incluso hacerle saber tus intenciones al adversario. ¿Hay un Gandhi en Rusia en este momento? Y si lo hay, ¿qué está logrando? Las masas rusas solo podrían practicar la desobediencia civil si la misma idea se les ocurriera a todos a la vez, e incluso en ese caso, a juzgar por lo ocurrido durante la hambruna ucraniana, no hubiera surtido ningún efecto. Aun así, concedamos que la resistencia no violenta puede ser eficaz contra el propio gobierno o contra una potencia ocupante; incluso en ese caso, ¿cómo la pone uno en práctica a escala internacional? Las diferentes declaraciones contradictorias de Gandhi sobre la última guerra parecen mostrar que era consciente de esta dificultad. Aplicado a la política exterior, el pacifismo deja de ser tal, o bien se transforma en apaciguamiento. Además, el supuesto, que de tanto le sirvió  a Gandhi para tratar con las personas, de que uno puede acercarse a todas ellas y de que responderían a un gesto generoso, debe ser puesto seriamente en duda. No es algo necesariamente cierto, por ejemplo, cuando se trata de lunáticos. Entonces, la pregunta se convierte en: ¿quién está cuerdo? ¿Lo estaba Hitler? ¿Acaso no es posible que toda una cultura esté mentalmente enferma a los ojos de otra? Y en la medida en que se puedan juzgar los sentimientos donaciones enteras, ¿hay algún vínculo claro entre un acto generoso y una respuesta amistosa? ¿Es la gratitud un factor en la política internacional? 

Estas y otras preguntas similares necesitan ser discutidas, y necesitan serlo urgentemente, en los pocos años que nos quedan antes de que alguien apriete el botón y los cohetes comiencen a volar. Es dudoso que la civilización pueda soportar otra gran guerra, y no cabe descartar que el camino para evitarla sea el de la no violencia. A Gandhi hay que reconocerle la virtud de que habría estado dispuesto a considerar con sinceridad preguntas como las que he planteado arriba, y, en efecto, es probable que discutiera la mayoría de ellas en alguno u otro punto de sus innumerables artículos periodísticos. La impresión que da es que había muchos aspectos que no lograba entender, pero no que hubiera algo que temiera decir o pensar. Nunca he sido capaz de sentir demasiada simpatía por Gandhi, pero no estoy seguro de que, como pensador político, se equivocara en lo sustancial, ni creo que su vida fuera un fracaso. Es curioso que, al ser asesinado, muchos de sus admiradores más fervientes señalaron con tristeza que había vivido justo lo suficiente para ver en ruinas el trabajo de su vida, puesto que la India estaba inmersa en una guerra civil, que siempre se había previsto que sería uno de los efectos colaterales de la transferencia del poder. Pero no fue a suavizar la rivalidad entre hindúes y musulmanes a lo que Gandhi consagró su vida. Su principal objetivo político, la finalización pacífica de la dominación inglesa, se había alcanzado después de todo. Como siempre, los hechos relevantes se entrecruzan. Por una parte, los británicos abandonaron la India sin pelear, un acontecimiento que muy pocos observadores hubieran presagiado ni siquiera un año antes de que sucediera. Por otra, esto lo hizo un gobierno laborista, y es seguro que uno conservador, especialmente uno dirigido por Churchill, habría actuado de otro modo. No obstante, si para 1945 en Gran Bretaña se había propagado considerablemente la opinión favorable a la independencia de la India, ¿en qué medida se debió esto a la influencia personal de Gandhi? Y si, como puede suceder, la India y Gran Bretaña finalmente acaban por mantener una relación decente y amistosa, ¿será esto en parte porque Gandhi, al librar su lucha con obstinación pero sin odio, desinfectó el ambiente político? 

Que se piense siquiera en plantear esas preguntas indica su gran estatura. Uno puede sentir, como yo, una especie de disgusto estético por Gandhi y rechazar las pretensiones de santidad hechas en su nombre (algo que él nunca pretendió, por cierto), se puede incluso rechazar la santidad como un ideal y, por tanto, pensar que los objetivos básicos de Gandhi eran antihumanos y reaccionarios. Pero, analizado simplemente como un político y comparado con las otras figuras políticas importantes de nuestro tiempo, ¡qué olor tan limpio consiguió dejar tras de sí!

El nacimiento de ETA


     El 31 de julio de 1959 nació ETA de una escisión de la rama juvenil del Partido Nacionalista Vasco (PNV). El surgimiento de Euskadi Ta Askatasuna (Patria Vasca y Libertad) fue la consecuencia directa de un proceso de varios años de encuentros y desencuentros en el seno del nacionalismo vasco, que languidecía en el exilio exterior, mientras que en el interior se debatía la inoperatividad y la decadencia más absoluta. La elección del día 31 de julio para fundar ETA no fue casual ni caprichosa. Era el día de San Ignacio, la misma fecha escogida 64 años atrás por Sabino Arana, el inventor del nacionalismo separatista vasco. Arana se basó en el sentimentalismo emocional de un ruralismo pueril, en la pulsión del romanticismo más reaccionario de la fábula de la pureza de la raza vasca, sustentada en las teorías del racismo biológico de Gobineau y Chamberlain, muy en boga en el siglo XIX, y en los conceptos fundamentalistas del integrismo católico, de la idea de pueblo y de lengua, para fundar el Partido Nacionalismo Vasco, en su afán de alcanzar la arcadia visionaria y mesiánica de la independencia del País Vasco del resto de España.

     Desde entonces, el nacionalismo vasco pasó por muchas vicisitudes. Su principal fuerza y desarrollo lo alcanzó en la Segunda República. Al grito de "¡Dios y Fueros!", arraigó en las clases medias y en el entorno rural un discurso ideológico basado en la sangre y en la tierra, en el concepto de Dios y de las leyes antiguas (JEL), artífices de la nacionalidad, de la construcción de la nación "Euskadi", que era la patria de los vasos, seres inmaculados dotados de las máximas virtudes por la singularidad de su raza aria, superior a todas, y de su peculiar lengua, el euskera, despreciando que tan propia y suya era el español. Con dicha argamasa, el nacionalismo vasco sufriría en su imaginario el "perpetuo latrocinio extranjero españolista". Su activismo fue obsesivo en el desprecio hacia los de afuera y en la doctrina antiliberal.

     La polarización y la fragmentación en la política y en la sociedad de la República elevaron la crispación hacia una progresiva radicalización. La sublevación militar de julio de 1936 introdujo al PNV en la espiral de su propia y traumática encrucijada. En el País Vasco la guerra fue más fraticida y desgarradora que en ningún otro lugar. Álava quedó en el bando nacional, en tanto que Vizcaya y Guipúzcoa estaban en el lado republicano, ante el interés "soberano" de sacar adelante su estatuto de autonomía. Al nacionalismo vasco le repugnaba la escalada de terror revolucionario del Frente Popular, y en su seno hubo importantes sectores que simpatizaban con los sublevados, además de compartir con ellos sustanciales identidades ideológicas y de religiosidad. Pero el sueño de la independencia, vía estatuto, fue el objetivo que se había impuesto. El 7 de octubre de 1936 José Antonio Aguirre, exalcalde de Guecho, fue ungido presidente del gobierno vasco bajo el roble de Guernica, en una ceremonia trufada de liturgia nacionalista. Sin embargo, la aventura del gobierno nacionalista sería de corto vuelo: apenas nueve meses. A mediados de junio de 1937, superado fácilmente el cinturón de hierro, las brigadas de Navarra tomaron Bilbao. El gobierno vasco, con Aguirre a la cabeza, y unos desmoralizados batallones de gudaris buscaron amparo en Cantabria, donde la defección de aquel gobierno rindiéndose a las fuerzas franquistas en Laredo y Santoña fue total, así como la convicción de traición en el gobierno republicano.

     Durante la Segunda Guerra Mundial, José Antonio Aguirre y varios miembros de su gobierno exiliado se marcharon a Estados Unidos, una vez superados los coqueteos que mantuvieron con los nazis, a los que aseguraban una leal colaboración en caso de tener en cuenta sus aspiraciones independentistas. En Estados Unidos, un Aguirre entusiasta y anticomunista se echó en manos del departamento de Estado, con la absoluta creencia de que Franco y su régimen serían barridos tras la victoria aliada, y que él retomaría el poder de una Euskadi libre. Pero Franco y su dictadura no cayeron, y soportó los momentos más duros del embargo de combustibles y de materias primas, las condenas internacionales, la retirada de embajadores, su marginación de los nuevos escenarios diplomáticos, la declaración tripartita norteamericana, francesa e inglesa, y la formación de un fantasmagórico gobierno republicano, en el que Aguirre también se volcó. La guerra fría movería los peones de la escena internacional, y Franco salió reforzado por su firme anticomunismo. El mismo que también alentaba en el exilio al nacionalismo vasco. José Antonio Aguirre y sus colaboradores no desfallecieron y acentuaron sus convicciones antisoviéticas y pronorteamericanas, echándose en brazos de la CIA y otros servicios de inteligencia, cuya colaboración durante más de dos décadas fue digna del más puro y radical maccarthismo antiizquierdista.

     Tras varios años de entrega absoluta al departamento de Estado y a la CIA, para quienes trabajaron como espías entre las comunidades de vascos de Sudamérica, la realidad terminó por confirmar que Estados Unidos los había abandonado. El dictador no solo no sería descabalgado del poder, sino que llegaban con él a un pacto bilateral de ayuda y defensa mutua. Aquello fue una bofetada más que el nacionalismo vasco añadió al desalojo en junio de 1951 del edificio  de la Avenue Marceau, sede del gobierno vasco en París. Aquel día Aguirre lloraría de tristeza. El nacionalismo vasco se precipitaba por el camino de la depresión y de la pasividad. Su actividad era estéril e inane, y se descomponía, incapaz de dar alguna respuesta válida para aquel momento. En el inicio de la década de los cincuenta, no existía un sentimiento nacionalista vasco arraigado en el interior de las provincias vascongadas. Se imponía un sentido de lo nacional, no un nacionalismo español que hostigase al nacionalismo vasquista, sino simplemente un concepto de nación. Franco y su régimen se encontraban con un apoyo sociológico notable, siendo ampliamente tolerado por grandes capas de la sociedad que colaboraban abiertamente con él. 

     Fue entonces cuando un grupo de jóvenes estudiantes de Vizcaya se unieron en torno a la publicación Ekin (Hacer), buscando redescubrir las señas de identidad del nacionalismo vasco. Todos procedían de familias burguesas en las que seguía vibrando el nacionalismo; eran estudiosos del fundador, Sabino Arana, y de la historia del País Vasco únicamente en clave nacionalista, además de tener muy acentuada su religiosidad católica. Desde París, Aguirre intentaba reorganizar la base juvenil del partido EGI, y la convergencia e identidad entre ambos fue total. No existían diferencias ideológicas ni sociales, y ambos grupos se fusionaron en el PNV. Pero las críticas sobre la ineficacia de la estrategia del PNV les llevaron a la ruptura en mayo de 1958, coexistiendo durante un año dos grupos casi con las mismas siglas, hasta que Ekin-EGI decidió cambiar su nombre por el de ATA (Aberri Ta askatasuna - Patria y Libertad), que sería desechado por el definitivo de ETA en su afán de referirse a una Euskadi libre e independiente. Las primeras pintadas y octavillas con los gritos de "¡Gora Euskadi! ¡Gora ETA!" aparecieron el 31 de julio de 1959. ETA surgió no como consecuencia de una ruptura ideológica con el PNV, sino por una cuestión estratégica. Y, de hecho, durante un tiempo la nueva formación alentaba la esperanza de que el PNV reconsiderase sus métodos de acción. Fue, en principio, más bien un medio de presión hacia la matriz de la casa madre. 

     A diferencia del PNV, ETA se definía como un movimiento. Su activismo inicial consistía en lanzar octavillas, colocar ikurriñas, realizar pintadas y quemar alguna bandera española, hasta que las escisiones y los cambios en su cúpula, tras varias asambleas, la conducirían a la dinámica acción-represión que determinaría su voluntad de saltar hacia el terrorismo más brutal a finales de los sesenta, impregnado de un concepto revolucionario y del marxismo leninismo maoísta. Pero la ETA fundacional era elitista, desdeñaba la acción de masas sobre los trabajadores y los obreros, a quienes veía con recelo y desprecio, y los consideraba una amenaza de invasión, pues en su  mayoría eran inmigrantes, una fuente de españolismo y un peligro para la identidad cultural y étnica vascas. Y pese a que trataba de distinguir entre estos y el inmigrante que acudía a las provincias vascongadas para mejorar su calidad de vida de forma pacífica y para integrarse plenamente en su sociedad, no dejaba de ser un instrumento político que podía llevar a la extinción del pueblo vasco. Por ello, la solución que ETA proponía en la construcción del futuro estado vasco pasaba por el despido y la expulsión masiva de los inmigrantes. Una limpieza étnica. 

     ETA modificó el racismo biológico de Arana -basado en la pureza de raza del vasco- por un concepto étnico-cultural. Seguía pensando que el vasco era superior al resto de los españoles, que eran unos ocupantes extranjeros, y buscó encerrarse en sí misma reivindicando su nacionalismo sobre la negación del otro, de lo español. La columna vertebral de su pensamiento fue la lengua. El euskera se convirtió en el motor principal, el factor determinante y simbólico de la identidad de lo vasco y de su comunidad nacional e histórica. Para ETA, Euskadi era una nación ocupada por una potencia extranjera, España (después lo será también Francia), que buscaba eliminar el euskera y sustituir a las élites autóctonas por una burguesía foránea, hasta borrar la memoria de lo vasco a través de la inmigración de obreros y de técnicos y ejecutivos españolistas. La religión fue otra de las cuestiones fundamentales para ETA. Sus fundadores eran católicos radicales, pero, a diferencia del nacionalismo integrista sabiniano, se declaraba aconfesional, ante el recelo y la repugnancia que sentía por el apoyo que la jerarquía eclesiástica prestaba al régimen franquista. Esto no le impediría, al contrario, gozar de la protección y cobijo de muchas parroquias y centros religiosos, y numerosos sacerdotes alentaron las actividades de ETA e incluso llegaron a militar en sus filas, ya en la fase del terrorismo más sangriento, hacia el que los obispos vascos mostrarían regularmente su "comprensión humana". De hecho, los primeros asesinatos de ETA vendrían precedidos de una consulta a varios sacerdotes vascos. 

     El regeneracionismo de ETA no le impidió asumir los mitos del nacionalismo vasco: igualitarismo y nobleza de origen de los vascos, un país libre e independiente en la historia -hasta la pérdida de los fueros y la invasión española-, y la ocupación de su territorio por dos potencias extranjeras: Francia y España. El mito igualitario generó en sus conciencias la idea de Euskadi, un pueblo noble y democrático, amante de la libertad, que sufría una invasión que era la causa de todos sus males y desgracias, por lo que la única solución factible era la recuperación plena de la libertad, sacudiéndose el yugo de la opresión hasta la independencia absoluta. La ruptura y el distanciamiento estratégico entre ETA y el PNV tuvo lugar después de su primera asamblea, celebrada en la primavera de 1962. Pero no sería hasta varios años después, tras la IV y V asamblea, en 1965 y 1966, cuando ETA optó por las acciones terroristas, una vez que sus fundadores desaparecieron de la organización.

Fuente: Franco, Stanley G. Payne, Jesús Palacios

La entrevista de Hendaya

Una invitación del Führer, en el otoño de 1940, no podía ser desatendida. Ningún gobernante europeo se hubiera atrevido a hacerlo. 

La mañana del 23 de octubre de 1940 fue, en Hendaya, soleada y de agradable temperatura, aunque a la tarde lloviera ligeramente. La estación internacional disponía de un sistema doble de vías, a fin de que pudiesen entrar en ella los trenes españoles que utilizaban carriles más anchos que los ferrocarriles europeos. Hitler y von Ribbentrop, que el día anterior se habían entrevistaron con Pierre Laval, y eran esperados por Pétain el 24, llegaron antes de la hora prevista, las 14:30, según Schmidt, o las 15:30 según los datos que se proporcionaron a la prensa española. Francisco Franco llegó tarde: había pernoctado, con su séquito, en San Sebastián. Se dijo que, no habiendo podido conciliar el sueño la noche anterior, durmió una breve siesta antes de emprender el viaje. De este modo, durante una hora larga, según fuentes alemanas, o unos minutos, según la púdica referencia española, el Führer estuvo paseando por el andén, engalanado con banderas alemanas y españolas, a la vista de los soldados que iban a rendir honores. En conversaciones posteriores, Franco insistió en que el retraso había sido absolutamente involuntario. Pero no cabe duda de que nunca hizo intención de adelantarse al horario.

Tres compañías de infantería alemana, impecables, a las órdenes del coronel Ricert, formaron en el lado francés. Los españoles estaban enfrente. Según el mariscal Keitel, los fusiles de estos últimos eran defectuosos, y sus uniformes pobres. Al conocer este testimonio, Franco comentó con indignación que era falso. Cuando descendió del vagón, Hitler y von Ribbentrop le esperaban al pie de la escalerilla: hay abundantes fotografías que permiten comprobarlo. Franco vestía uniforme del partido. El barón von Stohrer hizo las presentaciones de rigor y luego, juntos, los dos jefes de Estado, revistaron las tropas. Quince años más tarde, Franco recordaba que “el Führer, al revistar las tropas que le rendían honores, estaba muy engallado, levantaba mucho la cabeza y lo hacía con gesto hosco. Luego cambió el semblante cuando se metió en el coche-salón y su cara adquirió un aspecto tranquilo y plácido, sonriente. Por eso me pareció teatral el primer aspecto de su persona”. (F.Franco-Salgado)

El Führer inició la entrevista con una larga exposición acerca de las nuevas estructuras, políticas y económicas, que deberían establecerse en Europa. También anunció la fecha precisa para el comienzo de la “operación Félix”: el 10 de enero de 1941 lanzaría sus paracaidistas sobre Gibraltar. Cuando acabó, Franco hizo también una larga exposición, según atestigua Ramón Serrano Súñer: habló de Marruecos, del área africana y de suministros: ¿podía dar Alemania inmediatamente 100.000 toneladas de trigo? Los argumentos de Franco impacientaron, al parecer al Führer; los soldados alemanes que montaban guardia en torno al vagón le vieron levantarse y pasear inquieto, mientras hablaba. Es importante precisar dos de los argumentos empleados por el jefe del Estado español, y que indudablemente habían de ser considerados en toda su evidencia como paso previo en el proceso negociador que en ese momento se planteaba. 

A las seis y cinco de la tarde, la entrevista terminó. Serrano Súñer acompañó a Franco hasta el coche-salón del tren español; mientras recorrían el breve trecho, el Caudillo comentó: “estos tíos lo quieren todo y no dan nada”. Luego, el ministro regresó al tren alemán para reunirse con von Ribbentrop. Hablando directamente en francés, Serrano dijo a su colega alemán que “en lo que concernía a las peticiones territoriales de España, las declaraciones de Hitler habían sido muy vagas y no constituían una garantía suficiente para nosotros”. La reunión entre los dos ministros fue muy breve, puesto que a las siete de la tarde fue entregado a la prensa un comunicado, en dos idiomas, alemán y español:

“El Führer ha tenido hoy con el jefe del Estado español, Generalísimo Franco, una entrevista en la frontera hispano-francesa. La conferencia se ha celebrado en el ambiente de camaradería y cordialidad existente entre ambas naciones. Tomaron parte en la conversación los ministros de Asuntos Exteriores del Reich y de España, von Ribbentrop y Serrano Súñer respectivamente.”

Desde el punto de vista alemán, la conferencia de Hendaya se cerró en absoluto fracaso: los miembros del séquito de Hitler no ocultaron su irritación, ni siquiera en presencia de Espinosa de los Monteros, que no sabía qué había ocurrido. Según Paul Schmidt, “von Ribbentrop maldecía al jesuita Serrano y al ingrato cobarde de Franco, que nos lo debe todo y ahora no se unirá a nosotros”. Hitler explicó a Mussolini que “no se pudo llegar más que a un proyecto de tratado después de una conversación de nueve horas” porque Franco se reservaba absolutamente el derecho de fijar el día y la hora de su entrada en la guerra. Fue entonces cuando pronunció la frase que daría la vuelta al mundo: “antes de volver a entrevistarme con él, preferiría arrancarme tres o cuatro muelas”. Oigamos ahora el comentario de Franco, quince años después: “Comprendí claramente que el Führer no quedó muy satisfecho de la entrevista, lo cual era natural; como afirmó la prensa y se dijo en varias biografías y memorias de altos personajes, se marchó de muy mal humor. Conmigo estuvo siempre correcto y no exteriorizó ni un momento ese mal carácter y genio que dicen que tenía.” (F.Franco-Salgado)





Franco, una biografía personal y política, Stanley G. Payne - Jesús Palacios

El encuentro Franco-Hitler llegaría a ser el acontecimiento más mitificado de toda la vida de Franco, la única ocasión en la que se supone que alguien dejó sin palabras al locuaz Führer. El primer elemento del mito gira en torno al breve retraso con el que el tren de Franco llegó a la estación de Hendaya, y que la propaganda ha manipulado como si se tratara de un gesto supuestamente deliberado de Franco para hacer esperar a Hitler y ponerlo nervioso. Pero lo cierto es que el retraso se debió únicamente al desastroso estado de las líneas de los ferrocarriles españoles desde la Guerra Civil, algo que avergonzó al propio Franco. Otro aspecto mucho más sustancial estuvo en la expectativa que Hitler tenía de poder alcanzar rápidamente un acuerdo firme, mientras Franco estaba decidido a negociar en serio, como dejó anotado en el breve apunto manuscrito que preparó aquella mañana: “España no puede entrar por gusto”. Además, el Caudillo había empezado a albergar cierto escepticismo respecto al posible papel de España en la guerra, como lo expresaba en las líneas de aquella minuta: “Lequio/embajador italiano/ a Fontanar. Que Italia había perdido la guerra pues si al final ganara Alemania les trataría mal por lo poco que pesaron, que de esto están convencidos muchos. Y que si la pierden del todo no se dejará. Que España, llegado el casi, si queda fuera, puede ayudar a salvarles”.
Cualesquiera que fueran las dudas internas que albergaba, quedaron solapadas con las informaciones que se publicaron y las fotografías que se tomaron durante el encuentro, que presentaban a un Caudillo sonriente y aparentemente seguro de sí mismo. La primera parte de la reunión duró tres horas. Franco comenzó agradeciéndole efusivamente  a Hitler todo lo que Alemania había hecho por España, y proclamó el sincero deseo de la nación española de participar en la guerra del lado alemán. Luego Hitler expuso en un largo monólogo que Gran Bretaña estaba acabada, aunque continuaba siendo peligrosa en el exterior, y en el caso de que Estados Unidos acudiera abiertamente en su ayuda, los puntos más problemáticos serían en el noroeste de África y la posición estratégica de las islas atlánticas. Por ello resultaba de suma importancia tomar Gibraltar y fortalecer la alianza de un “frente amplio” con todas las potencias continentales -incluida la Francia de Vichy- contra el mundo anglosajón. Por lo que de momento sería un error desalentar  a los franceses imponiéndoles pérdidas territoriales en África. Dichas cuestiones se resolverían a favor de España al final de la contienda. 

Tal vez el detalle más insólito del encuentro estuvo en que, al parecer, Franco habló más que Hitler. En sus últimos años, después de contraer la enfermedad de Parkinson, el Caudillo aparecería normalmente con un rictus rígido y se mostraría cada vez más tenso y lacónico. Esto ocultaría el hecho de que la mayor parte de su vida Franco había sido locuaz si las circunstancias le animaban a ello. Su largo discurso-monólogo ante Hitler sobre la historia de España en Marruecos, con las disquisiciones personales que de manera habitual llenaban la mayor parte de sus conversaciones privadas, aburrió muchísimo a Hitler. Franco le contó sus experiencias personales, prolijas en detalles, sobre sus aventuras militares y sobre la historia de Marruecos, lo que daría pie al conocido comentario que Hitler hizo después a Mussolini de que prefería que le arrancaran tres o cuatro muelas a tener que pasar otra vez por lo mismo. Cinco días después, se quejaría al Duce de que Franco parece “un corazón valeroso, pero un hombre que solo por carambola se ha convertido en jefe. No tiene talla de político ni de organizador. {…} Los españoles se proponen objetivos desmesurados”, y más aún cuando Serrano Súñer, al parecer, había sugerido la recuperación del Rosellón y de la mitad de la Cerdaña, en el sureste de Francia, perdidos por España en 1659 durante el reinado de Luis XIV, a causa de la defección de la burguesía y de los responsables catalanes con España. 
El objetivo de Franco se centraba en negociar los términos concretos de la ampliación territorial a gran escala y la ayuda militar y económica, pero Hitler se negó a discutir los detalles en aquel momento. Le aseguró a Franco que las necesidades vitales se satisfarían al final, pero que ninguna modificación territorial concreta se realizaría durante la contienda. Franco sugirió que la guerra no parecía que fuera a acabar pronto y que Churchill podría continuar resistiendo desde Canadá con la ayuda estadounidense. Y cuando hizo la observación de que cerrar el canal de Suez sería muy importante, Hitler replicó que Gibraltar tenía mucha mayor relevancia como puerta de África abierta al Atlántico. Franco no tuvo oportunidad de presentar el documento en el que se habían redactado con detalle las amplias exigencias españolas en el África ecuatorial y occidental francés. 

Tras esta primera entrevista se celebró una segunda reunión entre los respectivos ministros de Exteriores que duró solo treinta minutos y giró sobre diversos aspectos técnicos. Pero lo cierto es que la posición mantenida por Hitler fue del todo insatisfactoria para Franco y Serrano, quienes no estaban dispuestos a ceder. Ribbentrop presentó en un borrador la propuesta germana de un protocolo secreto por el cual España se comprometía a entrar muy pronto en la guerra, aunque sin fecha concreta, mientras Alemania prometía ayudas, pero sin entrar en detalles. Paralelamente, España firmaría el Pacto Tripartito (la nueva alianza defensiva de Alemania, Italia y Japón) y se integraría en él como cuarto miembro; formaría también parte del Pacto de Acero, la alianza militar entre Alemania e Italia. Tales pactos darían a España un estatus equivalente al de las dos potencias del Eje, muy superior, en conjunto, al de otros socios de Alemania, como Rumanía, la Francia de Vichy o Hungría. Según el artículo quinto del protocolo secreto, España se quedaría con Gibraltar y un territorio colonial francés sin especificar, aunque solo si a Francia se la compensaba de alguna manera con otros territorios a expensas de Gran Bretaña. Ribbentrop comenzó que Franco no había entendido al Führer correctamente y Serrano replicó que Franco tenía su propio “plan” y que todo se podría ir ajustando mediante un intercambio de cartas que reconocieran las demandas de España, siempre que se guardara el secreto para no alarmar al gobierno de Pétain. Además, señaló que la parte española desearía introducir ciertos cambios en el protocolo. 
A las ocho de la tarde se sirvió una cena frugal en una atmósfera de cordialidad en el vagón restaurante de Hitler, y dos horas más tarde ambos dictadores volvieron reunirse en una sesión final en la que cada uno reiteró su posición, sin llegar a una conclusión firme y concreta, aunque manteniendo el tono amistoso. La conversación concluyó poco después de la medianoche y los alemanes acompañaron a la delegación española a su tren. Franco permaneció de pie en los peldaños de acceso al vagón para saludar al Führer en el momento que arrancara el tren, pero según el testimonio de Serrano, la locomotora dio unos fuertes tirones que apunto estuvieron de arrojarlo al andén. Tras las conversaciones, ambas partes estaban convencidas de que podrían salirse con la suya, aunque un elemento de duda había surgido en la mente de los españoles. De manera inusual, Hitler llevó las negociaciones sin intentar engañar a Franco sobre sus demandas, como algunos miembros de su entorno le habían sugerido. Posteriormente, su intérprete diría que justo después de concluir las conversaciones, Hitler le confesó a Ribbentrop que no tenía sentido hacerle ninguna promesa a Franco, porque los indiscretos latinos eran incapaces de guardar secretos y cualquier cosa que se les prometiera terminaría muy pronto conociéndose en Vichy. 

De regreso a San Sebastián, pasada la medianoche, Franco y Serrano redactaron un nuevo borrador de protocolo. Sobre las tres de la madrugada, el Caudillo y Serrano fueron despertados por la intempestiva llegada del general Eugenio Espinosa de los Monteros, embajador en Berlín, alarmado porque las relaciones estaban al borde de una crisis a causa de los nervios de Ribbentrop y la impaciencia de Hitler. Insistió en que el borrador de protocolo secreto entregado por los alemanes debía firmarse de inmediato, a lo que Franco accedió con el comentario: “Hoy somos yunque, mañana seremos martillo”. A la mañana siguiente y después de dormir brevemente, Franco dio instrucciones para que se redactar un protocolo adicional en el que se especificaran los requerimientos económicos de España y se deslizara una referencia a “la zona francesa de Marruecos, que posteriormente pertenecerá a España”, pero los alemanes no aceptaron. El único cambio que estos estaban dispuestos a hacer en el documento original se limitaba a reiterar las vagas promesas de que España obtendría territorios en África, siempre que Francia fuera compensada adecuadamente y que los intereses de Alemania e Italia no se vieran afectados. La versión final del protocolo secreto no estuvo lista hasta el 4 de noviembre, y sería firmado por triplicado por Serrano a la semana siguiente. Inmediatamente después, Franco escribió otra carta a Hitler reiterándole la exigencia de España de todo Marruecos y del oranesado, petición que al parecer el Führer volvió a ignorar. 

Tras la firma del protocolo parecía que Hitler había conseguido una vez más lo que quería, y que el gobierno español se comprometía a ser un socio militar del Eje y a entrar en lo que en unos meses, con la guerra en el Este y en el Pacífico, se convertiría en la Segunda Guerra Mundial. El protocolo parecía decisivo, aunque en realidad no lo era, pues no se especificaban fechas concretas y todo permanecía en secreto. 



Ciano, Hitler: "Preferiría dejarme sacar las muelas antes que volver a entrevistarme con Franco". 
La versión alemana de Paul Schmidt ("Europa entre bastidores")
Churchill: "La aportación española a la causa aliada", ("Memorias de W. Churchill")
Hitler a Mussolini: "Franco va a cometer el error más grave de su vida". (Memorias de "Churchill")

Los Reyes Católicos y los judíos - Luis Suárez (Primera parte)


Los Reyes Católicos y los judíos (Primera parte)

La comunidad judía en España

Las estimaciones más recientes, contrastadas con abundante documentación, permiten afirmar que, en el momento de la llegada al trono de los Reyes Católicos, vivían en España entre 70.000 y 100.000 judíos; no es posible conocer una cifra más exacta. Si tenemos en cuenta la población total estimada, se llega a la conclusión de que formaban una comunidad numerosa y fuerte, repartida por muchas comarcas, no todas, y visible especialmente en las grandes vías de comunicación de ambas mesetas. En total superaban el número de 200 aljamas, de muy diversa densidad, que preferían para su localización en barrios (juderías) las villas de señorío y las ciudades dotadas de amplio poder jurisdiccional. Para los reyes constituían fuentes de ingresos, no sólo porque participaban en el pago de impuestos indirectos, sino por esa “cabeza de pecho” que quedaba a su disposición. Durante la guerra de Granada habían tenido que abonar una cantidad extraordinaria. En ciertos aspectos, como la preparación intelectual, la higiene, o la solidaridad entre sus miembros, se hallaban muy por encima de la población cristiana. 

Las fuertes presiones sufridas entre 1391 y 1417 habían contribuido a hacer menos numerosa y más pobre a la comunidad judía, pero al mismo tiempo a depurarla. Se habían ido los dudosos, los que experimentarán el quebranto de su fe, los cobardes. Quedaban aquellos que estaban dispuestos a arrostrar toda clase de males para seguir siendo judíos. De este modo las esperanzas de producir en ellos un movimiento general de conversión se habían disipado. Isabel la Católica contó con algunos judíos entre sus principales colaboradores, los cuales le mostraron exquisita fidelidad. Pero era al mismo tiempo sensible a las acusaciones que contra las enseñanzas rabínicas se dirigían. Sectores eclesiásticos muy influyentes insistían en afirmar que la presencia de judíos al lado de cristianos resultaba perniciosa porque con sus doctrinas contribuían a que se produjeran desviaciones en la fe. Los cronistas, por su parte, no dejaban de recordar que los judíos habían colaborado con los musulmanes en aquella “pérdida de España” del 711 que la reconquista de Granada estaba sellando con su restauración.

Los estereotipos del odio que están en el origen del antisemitismo y de sus luctuosas consecuencias, nacieron en Europa durante la Edad Media. Llegaron a España aunque con cierto retraso en relación con otros países. Se asignaban a los judíos para su residencia barrios estrechos e insalubres; luego se les acusaba de suciedad, cuando, de hecho, cuidaban de su higiene más que los cristianos. La mayor parte de ellos habitaban lugares relativamente lejanos de aquellos en que desarrollaban su trabajo, pero se les prohibía el uso de armas. De todas formas si repelían un asalto corrían peligro de ser acusado de agresores. En una época en que las armas y el valor físico se encontraban supervalorados se les consideraba como cobardes. Usando lengua y signos para escribir sus palabras, que diferían de los caracteres latinos, se les tenía por nigromantes: hasta nosotros ha llegado esa atribución mágica a los “signos cabalísticos”. Expertos en los negocios y el comercio del dinero, y obligados a tomar precauciones para no ser defraudados por los deudores, eran calificados de astutos, falsos y usureros. No hace aún mucho tiempo que se decía “ir al judío” para significar que se recurría a préstamo de usura. 

Todavía más: se les atribuían profanaciones de Formas consagradas, envenenamiento de aguas para difundir epidemias y asesinatos rituales de niños cristianos que nadie se tomaba el trabajo de comprobar. Los judíos, como los primeros cristianos, fueron víctimas de calumnias muy simples, presentadas sin pruebas. Alfonso X, persona extraordinariamente culta, da acogida en las Partidas a esa famosa práctica atribuida a los judíos de que en el Viernes santo crucificaban a un niño cristiano utilizando su sangre como alimento. 

Las leyes de las Cortes de Madrigal de 1476, ratificadas en Toledo, al tiempo que restablecían muchas de las medidas proteccionistas, impusieron ya esas dos condiciones: signo exterior en la ropa y apartamiento de la juderías. Con ello se quería significar que la situación en España tendía a identificarse con la existente en otros países europeos antes de que se hubiera procedido a su expulsión. 

Se organizó en Paris, sede entonces de la Universidad central de la Cristiandad, el debate sugerido por Donin, que fue presidido por la reina regente, Blanca, que era hija de Alfonso VIII de Castilla. Al mismo tiempo un tribunal de inquisidores que residía el rector, Eudes de Chateauroux, interrogaba sobre estas cuestiones a los más prestigiosos rabinos de Francia. Las consecuencias a que ambas iniciativas llegaron eran las que de ellas se esperaban: Donin tenía razón y la tesis sostenida por los judíos de que el Talmud contaba 1.500 años era fácil de rebatir. Algunos rabinos trataron de defenderse diciendo que aquel Jesús que se mencionaba en el Talmud era distinto del que veneraban los cristianos, pero Rabi Yehiel puso a disposición de los jueces un argumento esencial cuando, refiriéndose a Jesús de Nazaret, afirmó que su condena había sido justa, ya que “defraudó a Israel, pretendió ser Dios y negó la esencia de la fe”. 

Ante estos hechos las autoridades francesas y el nuevo papa, Inocencio IV, que se enfrentaba con amplios movimientos que afectaban a la esencia de la fe, declararon probados los hechos y sentenciaron a destrucción el Talmud: la ejecución de veinte carretadas de libros tuvo lugar en la plaza de la Grève en mayo de 1248. Jaime I organizó inmediatamente después una controversia en Barcelona en la que tomó parte el más famoso de los maestros judeoespañoles, Nahmánides, pero nadie fue entonces castigado. En Castilla el Talmud siguió utilizándose normalmente y las condiciones de vida no cambiaron. Se daría, durante dos siglos, la impresión, un tanto engañosa, de que en la Península Ibérica existía una especia de zona de seguridad para los judíos. 

Ante estos hechos, delos que no estaba permitido dudar, los monarcas europeos comenzaron a plantearse la cuestión de cómo eliminar de sus dominios un mal tan grave: disipadas las esperanzas de una pronta conversión y extendidas además las calumnias, el antijudaísmo ganó en popularidad. Había una solución simple y fácil: suspender el permiso de residencia obligándoles a emigrar. El primero que se decidió por tal medida fue Eduardo I, en 1289-1290, tanto en su reino de Inglaterra como en sus dominios de Francia. Felipe IV decretó la salida en 1306, y aunque hubo luego permisos discriminados y temporales, desde 1394 la residencia de judíos en Francia quedó rigurosamente prohibida. La falta de una autoridad monárquica eficaz en Alemania impidió que se tomaran medidas generales en un sentido u otro, pero hubo entre 1336 y 1338 matanzas sistemáticas y las ciudades y señoríos promulgaron legislación excluyente, alternándola con permisos que se hacían pagar. En todas estas expulsiones se despojaba a los judíos de sus propiedades inmuebles o comunes, así como de los títulos de deudas. Los monarcas angevinos de Nápoles soslayaron la cuestión anunciando que todos los judíos se habían bautizado. Lo mismo haría Venecia, aunque era de sobra conocido que los moradores del barrio de Ghetto seguían practicando el judaísmo. En Austria la prohibición vino precedida de una espantosa persecución en 1421 que causó numerosas víctimas. 


En Vienne (1311) había destacado un pensador mallorquín de origen catalán, Ramon Lull. La influencia de Lull, a quien Batllori sitúa en el origen del humanismo español, fue extraordinaria: sus obras de encuentran mencionadas en todas las bibliotecas que conocemos, y debe recordarse que había varios ejemplares en la de Isabel la Católica. Partiendo del principio de que el Cristianismo, por ser Verdad absoluta, puede y debe ser demostrado también por vía racional, respondiendo a los designios de Dios que había otorgado al hombre esta facultad, llegaba a la conclusión de que, utilizando únicamente textos de la Escritura, se debía llevar a los judíos a la comprobación de que las Promesas se habían cumplido y Jesús era indudable Mesías. En consecuencia, proponía, para solucionar el problema del Pueblo que no le había recibido dos acciones consecutivas: a) una gran catequesis que librara a los judíos de la influencia de los rabinos, conduciéndolos al descubrimiento de la verdad y, en consecuencia, al bautismo, y b) la expulsión de los recalcitrantes, es decir, de aquellos que, obrando contra la razón, rechazaban sin embargo la verdad. 

No cabe duda de que Fernando e Isabel se atuvieron a este criterio. Algunos de sus antecesores ya habían intentado esta vía. Una amplia labor de catequesis acompañó al decreto de expulsión: catequesis pero no debate pues, desde una rigurosa postura cristiana, la fe no era materia opinable y objeto de discusión; cabía explicarla, pero nada más. Tras la ampliación y fijación por el Concilio de Vienne de las acusaciones y argumentos presentados después del IV de Letrán, se  había producido una inversión completa en la postura que la Iglesia adoptaba hasta 1199, y que ha sido restablecida en época cercana a nosotros: el judaísmo no podía ser considerado como una forma correcta de servir a Dios sino como una desviación peligrosa, que debía ser corregida empleando los medios pertinentes. Es lícito considerar como un error dicha postura; pero de ella indudablemente partió. 

La pregunta que todo historiador debe hacerse gira en torno a cómo, en breve plazo de tiempo, pudo pasarse de la confirmación del Ordenamiento de Valladolid, al decreto de 1492 que extirpaba el judaísmo de manera radical, sin excepciones. No parece posible una respuesta unívoca, pues son muchos los factores que intervinieron. Resulta inexcusable reunir en una misma exposición ambos problemas, el converso y el judío, a los que el odio popular identificaba. Se estaba produciendo paulatinamente un giro en la mentalidad que pasaba del antijudaísmo al antisemitismo: la raíz del mal no estaba en las doctrinas sino en la propia naturaleza del judío que seguís siéndolo aunque se bautizase. 

“Fraude de usura”

En el servicio de Fernando e Isabel encontramos un equipo reducido, aunque importante, de judíos; muchos de ellos escogerían el bautismo en el momento de la expulsión. Abraham Seneor era consejero áulico, desempeñando multitud de funciones. Lorenzo Badoz fue médico de la reina. Vidal Astori su principal platero. Mayr Melamed, Samuel Abulafia, Abraham y Vidal Bienveniste aparecen frecuentemente mencionados en actividades económicas y aun políticas. Isaac Abravanel,que tuvo que huir precipitadamente de Portugal con los fieles y parientes del duque de Braganza, encontró amparo en Castilla pudiendo reconstruir su gran capital. Cuando las Cortes de Toledo procedieron a las “declaratorias” de los juros, los pertenecientes a Abraham Seneor fueron exentos de reducción, señal de que se les consideraba como inversiones loables en favor de la causa de los reyes. Banqueros, financieros y diplomáticos judíos contribuyeron positivamente a la reconstrucción y desarrollo de la Monarquía. Un examen detenido de los procesos librados ante el Consejo Real permite afirmar que las sentencias ofrecen un alto grado de equidad, sin que pueda hallarse la menor huella de desfavor respecto a los judíos: con frecuencia hallamos cartas que colocan a las aljamas o a personas individuales bajo seguro real. 

Todo esto contrasta con las noticias que van llegando desde ciudades y villas, que nos delatan el crecimiento de la animadversión. En Burgos se limitó rigurosamente el número de familias admitidas en la judería de modo que los recién casados tenían que emigrar. Los vecinos y los regidores de Burgo de Isma y su obispado, que durante la guerra obligaron a los judíos a concederles préstamos para hacer frente a los impuestos, pretendieron después no reembolsarlos, alegando que los intereses eran usurarios. En Bilbao estaba prohibida la residencia, de modo que los comerciantes judíos, en general asentadores de pescado, tenían que abandonar la villa al caer de la tarde, acomodándose en caseríos donde eran víctimas de bandidos y, a veces, de los mercenarios que contrataran para su escolta. Son muchos los datos que comprobamos documentalmente, los cuales permiten llegar a una conclusión: la hostilidad estaba en la misma masa de la población, aunque no faltaban predicadores que se dedicaban a estimularla. El cargo principal que contra los judíos se dirigía era el “fraude de usura”, esto es, el cobro de intereses ilegítimos en sus préstamos y créditos. 

Se promulgó, por tanto, en esas Cortes, una ley que regulaba los préstamos de interés, sin mencionar expresamente a los judíos. Era legítimo el rédito del 33% anual, si bien el montante global del beneficio no podía superar el monto del capital; esto significaba que todos los préstamos tendrían que liquidarse en el cuarto año. Los judíos no recibieron mal esta ley; muchas veces la invocaron en defensa de sus intereses. Pero siendo la usura un pecado grave, los tribunales eclesiásticos se consideraban con derecho a intervenir en tales delitos cuando un cristiano se hallaba involucrado. Por otra parte, los judíos eran víctimas de una sutil discriminación: para probar su demanda tenían que presentar, por lo menos, dos testigos cristianos -con independencia de los de su propia fe-, mientras que estos últimos no necesitan aportar testigos judíos. Evidentemente era fácil encontrar personas dispuestas a testificar en su contra y muy difícil en favor de los hebreos. La principal confianza, en consecuencia, residía en el derecho de presentar sus pleitos ante el Consejo Real. 

En 1479 -estaba ausente Fernando, por lo que hubo de firmar ella sola aquella disposición- Isabel dispuso que se procediera a ejecutar en bienes de los deudores de los judíos todos los préstamos de que éstos fuesen beneficiarios. Después de reunirse ambos reyes decidieron completar la disposición vigente con otras cinco concesiones destinadas a mejorar la situación de los judíos:

  1. Ningún judío podría, en adelante, ser preso por deudas, excepto en el caso de que éstas se hubiesen originado por el arrendamiento de rentas reales. De modo que los acreedores cristianos debían cuidar de asegurarse las prendas seguras y eficaces ante de conceder un préstamo. 
  2. Los judíos con rentas estimadas por encima de los 30.000 maravedís estaban obligados a poseer caballo y armas, prestando servicio con ellos. Pero como no podían ser enrolados en las milicias concejiles se les asignarían servicios especiales, como la defensa de determinadas fortalezas que les evitase mezclarse con combatientes cristianos. 
  3. Para compensar sus sábados y fiestas, podían trabajar los domingos y fiestas cristianas con la condición de evitar ruidos u otras actividades que pudieran molestar a la población no judía. 
  4. Como pagaban sus propios tributos y estaban exentos de los de los municipios en donde habitaban, se prohibía cobrar a los judíos las derramas o tributos destinados a la Hermandad General. 
  5. Se hallaban igualmente exentos de dar alojamiento, ropa u otros servicios a corregidores y oficiales de la Corona. 
Es importante establecer continuas matizaciones si pretendemos entender esta política, que no resultaba tan favorable como pudiera parecer a primera vista. Los propios judíos tenían conciencia de que la seguridad jurídica que procuraba la paz con otras comunidades, y las ventajas complementarias, tenían carácter precario, obedeciendo tan sólo a la voluntad de los reyes que podían modificar o suspender a su arbitrio incluso el permiso de residencia. Los judíos de la Corte trabajaron denodadamente en favor del fortalecimiento del poder monárquico, porque percibían que sólo en él podían encontrar amparo. Probablemente no se percataban de modo suficiente de que dicho fortalecimiento, evolución hacia la primera forma de Estado “moderno”, reclamaba como indispensable la unidad de fe sin reparar en los medios. Con toda lógica se les estaba ofreciendo el recurso de la integración, pero dejando de ser judíos. Hasta el momento de la salida se produjeron presiones en tal sentido. 



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Los escritores y el Leviatán - George Orwell


Los escritores y el Leviatán, verano  de 1948

Vivimos en una época política. La guerra, el fascismo, los campos de concentración, las porras de goma, las bombas atómicas, etcétera, son los temas en los que pensamos a diario y, por tanto, aquellos sobre los que en gran medida escribimos, incluso cuando no los mencionamos abiertamente. No podemos evitarlo. 

La verdadera reacción de uno hacia un libro, cuando se tiene, es por regla general “me gusta este libro” o “no me gusta este libro”, y lo que sigue es una racionalización. Pero “me gusta este libro” no es, a mi juicio, una reacción no literaria; la reacción no literaria es decir: “Este libro es de mi bando y, por tanto, tengo que hallar mérito en él”. Por supuesto, cuando uno alaba un libro por motivos políticos puede ser sincero desde el punto de vista emocional, en el sentido de que siente una fuerte aprobación del mismo, pero también sucede con frecuencia que la solidaridad partidista requiere de una simple mentira. Cualquier persona acostumbrada a reseñar libros para publicaciones políticas es bien consciente de ello. En general, si escribes para un periódico con el que estás de acuerdo, pecas por comisión, y si lo haces para uno con el que discrepas, por omisión. En cualquier caso, innumerables libros controvertidos -libros a favor o en contra de la Rusia soviética, a favor o en contra del sionismo, a favor o en contra de la Iglesia católica -son juzgados antes de ser leídos, y de hecho antes de ser escritos; uno saber de antemano qué recepción tendrán en qué periódicos. Y aun así, con una falta de sinceridad que a veces no es consciente ni siquiera en una cuarta parte de los casos, se sostiene que se están aplicando pautas literarias genuinas. 

Por supuesto, la invasión de la literatura por la política estaba destinada a acontecer. Tenía que ocurrir aun cuando el problema especial del totalitarismo nunca hubiera surgido, porque hemos desarrollado una especia de escrúpulo del que nuestros abuelos carecían, una conciencia sobre la injusticia y la miseria enormes que imperan en el mundo, y un sentimiento de culpabilidad en virtud del cual uno debería hacer algo al respecto, de tal modo que una actitud puramente estética hacia la vida sea totalmente imposible. Nadie podría dedicarse ahora a la literatura tan de lleno como Henry James o Joyce. Pero, desafortunadamente, aceptar la responsabilidad política significa también entregarse a ortodoxias y a “líneas de partido”, con toda la ingenuidad y la deshonestidad que ello implica. 

Un intelectual literario moderno vive y escribe en un constante temor (no, por cierto, de la opinión pública de su propio grupo). Por fortuna, suele haber más de un grupo, pero en todo momento también impera una ortodoxia dominante, y enfrentarse a ella requiere de una piel gruesa y, en ocasiones, significa reducir los ingresos propios a la mitad durante años. Obviamente, durante los últimos quince años, la ortodoxia dominante, especialmente entre los jóvenes, ha sido la “izquierda”. Las palabras clave son “progresista”, “democrático” y “revolucionario”, mientras que los sambenitos que hay que evitar a toda costa que te cuelguen son “burgués”, “reaccionario” y “fascista”. 

Toda la ideología de izquierdas, científica y utopista, la desarrolló gente que no tenía ninguna posibilidad inmediata de alcanzar el poder, y, por consiguiente, era una ideología extremista, que despreciaba a los reyes, los gobiernos, las leyes, las prisiones, las fuerzas policiales, los ejércitos, las banderas, las fronteras, el patriotismo, la religión, la moralidad convencional y, de hecho, el statu quo en su totalidad. Hasta hace bastante poco, las fuerzas de la izquierda en todos los países luchaban contra una tiranía que parecía invencible, y era fácil pensar que si esa tiranía en particular -el capitalismo- pudiera ser derrocada, el socialismo la reemplazaría. 

En nuestras mentes también hemos acumulado toda una serie de contradicciones que no queremos admitir, como resultado de encontronazos sucesivos con la realidad. 

Los gobiernos de izquierdas casi siempre decepcionan a quienes los apoyan porque, incluso cuando es posible alcanzar la prosperidad que han prometido, siempre es preciso un incómodo periodo de transición acerca del cual poco se ha dicho de antemano. 

La reducción de los salarios y el aumento de las jornadas laborales son medidas consideradas intrínsecamente antisocialistas y que por tanto deben ser descartadas de antemano, al margen de la situación económica que se viva. Sugerir que quizá sean inevitables es arriesgarse a que le cuelguen a uno esos sambenitos que a todos nos aterran. Es mucho más prudente esquivar el tema y fingir que podemos enmendar la situación redistribuyendo la renta nacional existente. 

El mero sonido de una palabra acabada en -ismo parece apestar a propaganda. 

Cuando un escritor se involucra en la política, debe hacerlo como ciudadano, como ser humano, pero no como escritor. 

En política uno nunca puede hacer nada excepto juzgar cuál de los males es el menor, y hay ciertas situaciones de las que uno solo puede escapar actuando como un lunático o como un demonio. La guerra, por ejemplo, puede ser necesaria, pero no cabe duda de que no es correcta ni sensata. Incluso unas elecciones generales no son exactamente un espectáculo placentero o edificante. Si debes participar en tales cosas -y creo que en efecto debes, a menos que estés insensibilizado por la vejez, por la estupidez o por la hipocresía-, entonces debes mantener una parte de ti mismo inviolada. Para la mayoría de la gente el problema no se presenta de la misma forma, porque sus vidas están divididas de entrada.