Hacia la unidad de Europa. George Orwell



Hacia la unidad de Europa. Julio-agosto de 1947

Hoy en día, un socialista se encuentra en la situación de un médico que ha de tratar  a un paciente que apenas tiene esperanzas de curación. En calidad de médico, su deber es mantener vivo al paciente y asumir, por tanto, que tiene al menos una posibilidad de recuperarse. En calidad de científico, su deber es hacer frente a la realidad y admitir, por consiguiente, que el paciente probablemente ha de morir sin remedio. Nuestras actividades como socialistas solo tienen sentido si asumimos que es posible establecer el socialismo, pero si nos detenemos a sopesar qué es lo que probablemente sucederá, hemos de reconocer, entiendo, que las posibilidades no nos son favorables. Si yo fuera un corredor de apuestas y me limitara a calcular las probabilidades, dejando mis deseos al margen del cálculo, estimaría que es harto difícil que la civilización perviva en los próximos siglos. Por lo que alcanzo a ver, existen tres posibilidades:

1. Que los norteamericanos decidan hacer uso de la bomba atómica mientras ellos la tengan y los rusos no. Con esto no se resolvería nada. Se acabaría con el peligro particular que actualmente representa la URSS, pero desembocaría en el surgimiento de nuevos imperios, rivalidades nuevas, más guerras, más bombas atómicas, etcétera. En cualquier caso, esta es la menos probable de las tres, porque una guerra preventiva es un delito que no cometerá fácilmente un país que conserve algún resto de democracia. 

2. Que la actual “guerra fría” siga su curso hasta que la URSS y algunos otros países también posean la bomba atómica. Así las cosas, transcurrirá un lapso muy breve de paz aparente antes de que ¡zas!, a por los cohetes, y ¡bum!, a por las bombas, y los centros industriales del mundo queden borrados de la faz de la Tierra, seguramente sin remedio. Incluso en el supuesto de que un Estado, o un grupo de estados, surja de tal guerra en calidad de vencedor técnico, probablemente será incapaz de reconstruir la maquinaria de la civilización. El mundo, así pues, lo habitarán de nuevo unos cuantos millones de seres humanos, unos cuantos cientos de millones a lo sumo, que vivirán mediante una agricultura de subsistencia y que, probablemente, al cabo de dos generaciones no conserven prácticamente ni rastro de cultura del pasado, salvo el conocimiento de la fundición de los metales. Es posible que este sea un resultado deseable, pero obviamente nada tiene que ver con el socialismo. 

3. Que el miedo que inspiran la la bomba atómica y otras armas todavía por inventar llegue a ser tan grande que todos se abstengan de utilizarlas. Esta me parece la peor posibilidad de todas. Traería consigo la división del mundo en dos o tres supraestados inmensos, incapaces de conquistarse unos a otros y resistentes a toda rebelión interna. Con toda probabilidad, su estructura sería jerárquica, con una casta semidivina en la cúspide y una clase abiertamente esclavizada en la base; el aplastamiento de las libertades sería muy superior a todo lo que el mundo ha visto en el curso de su historia. En cada uno de los estados, el ambiente psicológico necesario sería mantenido mediante una incomunicación absoluta con el mundo exterior y una continua guerra de mentiras contra los estados rivales. Las civilizaciones de este jaez podrían mantenerse estáticas durante milenios. 

La mayoría de los peligros que acabo de esbozar existían y eran previsibles mucho antes de que se inventase la bomba atómica. La única manera de evitarlos, al menos que a mí se me ocurra, consiste en presentar de un modo u otro, a gran escala, el espectáculo de una comunidad en la que sus integrantes sean relativamente libres y felices, y en la que el objetivo primordial de la vida no sea la búsqueda del dinero o del poder. Dicho de otro modo, el socialismo democrático ha de ponerse en funcionamiento en alguna región relativamente amplia. Ahora bien, la única región en la que aun es concebible que funcione, dentro de un futuro más o menos inmediato, es Europa occidental. Además de Australia y Nueva Zelanda, la tradición del socialismo democrático solo puede afirmarse que existe -pese a tener una existencia más bien precaria- en Escandinavia, Alemania, Austria, Checoslovaquia, Suiza, los Países Bajos, Francia, Gran Bretaña, España e Italia. Solo en estos países sigue habiendo una cantidad notable de personas para las que la palabra “socialismo” tiene algún atractivo, y para las que está unida a la libertad, la igualdad y el internacionalismo. En cualquier otra parte, o carece de un apoyo sólido o significa algo completamente distinto. En Norteamérica, las masas se contentan con el capitalismo, y es imposible predecir el rumbo que puedan tomar cuando este comience a hundirse. En la URSS prevalece una suerte de colectivismo oligárquico que solo podría desarrollarse hasta dar lugar al socialismo democrático en contra de la voluntad de la minoría dirigente. En Asia, el propio vocablo “socialismo” apenas ha tenido penetración. Los movimientos nacionalistas asiáticos o son de carácter fascista o están pendientes de Moscú, o bien logran combinar ambas actitudes; en la actualidad, todos los movimientos de los pueblos de color están teñidos por un misticismo racial. En la mayor parte de Sudamérica, la situación es esencialmente similar, al igual que en África y en Oriente Medio. El socialismo no existe en ninguna parte, pero es que, incluso como idea, en la actualidad solamente tiene validez en Europa. Por descontado, no podrá decirse con propiedad que el socialismo ha sido establecido hasta que sea mundial, aunque ese proceso ha de comenzar en algún lugar, y no me imagino que pueda ser sino por medio de una federación de los estados de Europa occidental, transformados en repúblicas socialistas sin ninguna clase de ramificación colonial. Por consiguiente, unos Estos Unidos Socialistas de Europa me parten el único objetivo político al que vale la pena aspirar hoy en día. Semejante federación tendría unos doscientos cincuenta millones de habitantes, incluidos, tal vez, cerca de la mitad de los trabajadores industriales cualificados del mundo entero. No hace ninguna falta que se me diga que las dificultades inherentes a la construcción de semejante entidad son enormes y aterradoras; en breve paso a enumerar solo algunas. Sin embargo, no deberíamos tener la sensación de que, por su propia naturaleza, sería algo imposible, ni de que los países serían tan diferentes unos de otros que no estarían dispuestos a unirse voluntariamente. Una unión europea occidental es, en sí misma, una concatenación menos improbable que la Unión Soviética o el Imperio Británico. 

En cuanto a las dificultades: la mayor de todas ellas es la apatía y el conservadurismo que padece la población en todas partes, su ignorancia del peligro, su incapacidad para imaginar nada realmente nuevo; en general, como ha dicho Bertrand Russell hace poco, es la reticencia de todo el género humano a consentir su propia supervivencia. Pero existen también fuerzas malignas que obran en contra de la unidad europea, así como relaciones económicas de las que depende el nivel de vida de los pueblos de Europa y que no son compatibles con el verdadero socialismo. Enumero a continuación los que me parecen los cuatro obstáculos principales. 

1. La hostilidad de Rusia. Los rusos, por fuerza, han de ser hostiles a cualquier unión europea que no esté bajo su control. Las razones, tanto las fingidas como las reales, son evidentes. Hay que contar, por tanto, con el peligro de una guerra preventiva, la intimidación sistemática de las naciones más pequeñas y el sabotaje del Partido Comunista en todos los países. Sobre todo, existe el peligro de que las masas europeas sigan creyendo en el mito de Rusia. Mientras perviva esa creencia, la idea de una Europa socialista carecerá del magnetismo suficiente para inspira el esfuerzo necesario. 

2. La hostilidad de Estados Unidos. Si Estados Unidos sigue anclado en el capitalismo y, sobre todo, si necesita un mercado para sus exportaciones, no puede ver con ojos amistosos una Europa socialista. No cabe duda de que su intervención por medio de la fuerza bruta es menos probable que en el caso de la URSS, a pesar de lo cual la presión norteamericana es un factor importante, pues puede ejercerse de manera muy fácil en Gran Bretaña, el único país europeo que está fuera de la órbita rusa. Desde 1940, Gran Bretaña se ha mantenido distante de los dictadores europeos a expensas de convertirse casi en un país dependiente de Estados Unidos. Gran Bretaña solo podrá liberarse de Norteamérica renunciando a toda intención de ser una potencia extraeuropea. Los Dominios de habla inglesa, las posesiones coloniales -con la posible excepción de África- e incluso el suministro de petróleo a Gran Bretaña son rehenes que están en manos de Estados Unidos. Por tanto, siempre existe el peligro de que los norteamericanos rompan toda coalición europea, arrastrando a Gran Bretaña fuera de ella. 

3. El imperialismo. Desde hace mucho, los pueblos de Europa, y en especial el británico, deben su elevado nivel de vida a la explotación directa o indirecta de los pueblos de color. Esta es una relación que nunca se ha aclarado debidamente en la propaganda oficial del socialismo, y el trabajador británico, en vez de recibir el mensaje de que, según la media mundial, vive por encima de sus posibilidades, ha sido aleccionado para pensar que es un esclavo que trabaja en exceso y que está pisoteado por el patrón. Para las masas, el “socialismo” significa -o al menos se relaciona con ello- salarios más altos, jornadas laborales más cortas, viviendas mejores, seguridad social para todos, etcétera. Ahora bien, no es en modo alguno seguro que sea posible permitirse tales ventajas si se prescinde de los beneficios que acarrea la explotación colonial. Por muy igualitario que sea el reparto del producto interior, si este desciende en conjunto, el nivel de vida de la clase trabajadora ha de bajar en consonancia. En el mejor de los casos, es probable que dé paso a un largo e incómodo periodo de reconstrucción, para el cual la opinión pública no está preparada. Ahora bien, es preciso que al mismo tiempo los países europeos dejen de ser explotadores en el extranjero si aspiran a ser verdaderos socialistas en su territorio. El primer paso de cara a una federación socialista europea consiste, en el caso de los británicos, en renunciar a su presencia colonial en la India. Pero esto entraña algo más: si los Estados Unidos de Europa han de ser autosuficientes y capaces de subsistir frente a Rusia y Norteamérica, deben incluir África y Oriente Medio. Pero eso, a su vez, implica que la situación de las poblaciones indígenas de dichas regiones ha de cambiar mediante el reconocimiento; Marruecos, Nigeria o Abisinia han de dejar de ser colonias, o semicolonias, para convertirse en repúblicas autónomas, en absoluto pie de igualdad con los pueblos de Europa. Esto comporta un cambio inmenso de planteamientos, así como una pugna encarnizada y compleja que probablemente no se pueda zanjar sin derramamiento de sangre. Cuando llegue el momento de las estrecheces, las fuerzas del imperialismo resultarán sumamente poderosas, y el trabajador británico, si ha sido aleccionado para pensar en el socialismo en término puramente materialistas, quizá decida que es preferible seguir siendo una potencia imperial, incluso a expensas de ser la segundona de Estados Unidos. En distintos grados, todos los pueblos de Europa, al menos los que han de formar parte de la unión propuesta, se enfrentan a ese mismo dilema. 

4. La iglesia católica. A medida que se vuelve más descarnada la pugna entre los bloques oriental y occidental, existe el peligro de que los socialistas democráticos y los meros reaccionarios se vean impelidos a formar una suerte de Frente Popular, y la Iglesia es el puente más probable entre ambos. Sea como fuere, la Iglesia hará todos los esfuerzos que estén en su mano para captar y esterilizar cualquier movimiento tendente a la unión de Europa. Lo peligroso de la Iglesia es que no es reaccionaria en el sentido habitual del término. No mantiene lazos con el capitalismo de laissez-faire ni con el sistema de clases existente, así que no tiene por qué morir con ambos. Es perfectamente capaz de hacer las paces con el socialismo, o al menos aparentarlo, siempre y cuando quede salvaguardada su propia posición. Pero si se le permite sobrevivir como la poderosa organización que es, conseguirá que el verdadero establecimiento del socialismo sea absolutamente inviable, porque su influencia obra y ha de obrar siempre en contra de la libertad de pensamiento y expresión, en contra de la igualdad de los hombres, en contra de cualquier forma de sociedad que tienda a la promoción de la felicidad en la Tierra. 

Cuando pienso en estas dificultades y en otras, y cuando pienso en el inmenso reajuste mental que será preciso hacer, el surgimiento de unos Estos Unidos Socialistas de Europa se me antoja un acontecimiento improbable. 

Por otra parte, no sabemos qué cambios tendrán lugar en la URSS, si es posible impedir que estalle una guerra durante la próxima generación. En una sociedad de tales características, un cambio radical de planteamientos siempre parece improbable, no solo porque no puede haber una verdadera oposición, sino porque el régimen, con su control absoluto de la educación, la información, etcétera, tiende deliberadamente a impedir la oscilación pendular que se da entre generaciones, que, en cambio, parece producirse de forma natural en las sociedades liberales. Ahora bien, los datos de que disponemos indican que la tendencia de una generación a rechazar las ideas de la precedente es una característica humana duradera, que ni siquiera el NKVD podrá erradicar. En tal caso, hacia 1960 podrían ser millones los jóvenes rusos hartos de la dictadura y de los desfiles de adhesión al régimen, ansiosos por disfrutar de más libertades y amistosos en su actitud hacia Occidente. 

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