Genio de España, Ernesto Giménez Caballero




¡Admirable Francia, enemigo admirable!

Sí. La sombra de Napoleón no ha dejado de cernerse sobre España desde hace más de un siglo. Permítaseme asegurar que desde antes de Napoleón. Sombra imperial de Francia.

Sombra que aparece histórica y fechadamente el 16 de noviembre de 1700, día en que el Embajador de Francia, conde Harcourt, nos asienta en nombre del Rey Sol, del Borbón francés, a su nieto Felipe el V. Desde que España -rotos los Pirineos, plus de Pyrénées- entra en la órbita de ese Sol, en la constelación de las flores lisadas de Francia.

El imperialismo de Francia se quiebra -en revolución- por degeneración dinámica. (Esas degeneraciones genésicas que sufren las estirpes, las dinastías, esos instrumentos mágicos del poder de casta, que son las dinastías, y de los que hablaremos más adelante.)

Francia arroja a los Borbones. Pero no a su idea imperial malograda. De la revolución del 89, nace una nueva dinastía francesa: la napoleónica: vital otra vez, potente otra vez, pronta a recobrar la órbita malograda del Rey Sol. ¡Admirable Francia. Enemigo admirable!

Napoleón es el vértice francés, ya lo sabéis. Es: desde Carlomagno, desde San Luís, desde Francisco I, desde Enrique IV, desde Luis XIV, el máximo esfuerzo de Francia por integrar el gran sueño antiguo y medieval de Europa: el Sacro Romano Imperio. ¡Emperador y coronado en Roma! El gran sueño al que sólo había dado cima -cima gloriosa, y breve como toda cima- la España del XVI: la España Romana y Germánica del XVI. La del César y la de Dios. 

Napoleón no contó con el genio de España. (Y el alma celosa y oportunista de Wellington que ayudó a España, le preparó Waterloo)

Pero si Napoleón fue a Santa Elena: la idea imperial de Francia no fue a Santa Elena. (Ya lo sabéis. Ya sabéis que la France eternelle no había muerto, y así lo proclamaron Péguy, Barrès, al iniciar a esa Francia eterna a la Gran Guerra. Contra el germano, contra el César. De la Gran Guerra renacería ese alma de Francia, ese genio, reasunto y magnífico.)

¡Admirable Francia. Enemigo admirable!

¿Con la caída de los Borbones franceses, se modificó la constelación en la que giraba España?

Ya lo sabéis. Ya sabéis la táctica de Napoleón. Quitarnos al Borbón Fernando para tenerlo en rehenes; no como enemigo, sino como francés; como Borbón, como huésped familiar, como inteligenciado y compromisado. Napoleón es el que quita de en medio al Borbón, sí. Porque necesita ensayar el Estatuto de Bayona (6 de julio de 1808). O sea: “la transcripción del derecho constitucional francés, de la Revolución y del Imperio francés a España”. “Dejando algunas concesiones al carácter y a la tradición de los españoles y a las circunstancias. Entre otras, la atribución exclusiva concedida a las Cortes de fijar los impuestos”. 

Pero Napoleón, por si acaso -dejando al Borbón en Francia-, prepara el Tratado de Valençay (11 de diciembre de 1813), en que el Borbón puede volver a España con restricciones taxativas para su política de alianzas, especialmente contra Inglaterra. 

El plan de Napoleón -el vasto plan, como él lo llamó- ya lo sabéis: “coronar en Madrid, con la ayuda de Dios, al Rey de España (su hermano Pepe Botellas) y plantar sus águilas imperiales sobre las fortalezas de Lisboa”. 

Napoleón hizo demasiado ruido en España. Fue inútil que se atrajese a los intelectuales y a algunos aristócratas y alto clero. A los afrancesados. Sus soldados y esbirros hicieron mucho ruido en la Puerta del Sol, y en el Bruch, y en Zaragoza, y en Bailén…

Un modestísimo alcalde madrileño, el de Móstoles, dio la voz de alarma: ¡La patria está en peligro. Madrid perece víctima de la perfidia francesa! ¡Españoles, venid a salvarla! Mayo, 2, de 1808.

¡Caro le costó a Napoleón aquel ruido! Ya se lo advirtió Pepe Botellas: Vuestra gloria se hundirá en España.

El consejo de Pepe Botellas no lo aprovechó Bonaparte. Pero Francia, sí. La idea imperial de la eterna Francia.

La historia española del siglo XIX hasta hoy es el ejemplo. ¡Derechos del hombre! O ¡Absolutismo borbónico! ¡Revolución democrática de Cien mil hijos de San Luis! Intervenir Francia lo menos posible, con ruido imperial de cañones. Hacer que España, ella misma, se pliegue a su idea imperial. ¡Escuecen mucho en el Arco de la Estrella, todavía, aquellos picotazos de los piqueros de Bailén!

Victorioso el genio de Francia en 1918, no era difícil prever que su águila empolvada batiese las alas, afilase las uñas, mirase a lo lejos, se fijase, l’aiglon, en España. ¡Admirable Francia. Enemigo admirable!

Ya fue buen golpe aquel de lograr de España -1925- la solución del hueso de Alhucemas, del grave peligro para su imperio marroquí. 

Pero el solucionador, Primo de Rivera, era un español un poco a la antigua. Mostraba demasiadas veleidades por Mussolini, por Roma. Y en el ejército había sido germanófilo. Tampoco era muy de fiar el Borbón Alfonso XIII. Alfonso XIII tenía sangre austríaca, que le salía en algunas ocasiones. Ni a destituir al Cardenal Segura. Si antes de la Gran Guerra se guiñó el ojo más de una vez con el Kaiser, bien podía guiñárselo con Hitler. 

Hubo que prescindir de él. Eso sí. Ofreciéndole Fontainebleau y los aplausos y simpatías de la France eternalle. Es decir, preparando otro Valençay si el nuevo Estatuto de Bayona (el de San Sebastián) no daba resultado. Si el Gobierno republicano cuajado en las logias y los círculos de París no daba resultado. 

¡Al son de la Marsellesa, del himno imperial francés, ha entrado de nuevo Napoleón en España: 14 de abril!

Ahora sin ruido. Eso sí. No en vano se aprende en las costillas. En forma de sombra, con el sigilo y tacto de sombra. Pero siempre permitiendo “algunas concesiones al carácter y a la tradición de los españoles”. Permitiendo que la Marsellesa se trasladase en himno de Riego. Y que las Cortes fijaran los presupuestos. Y que el quepis francés se disimulase en los guardias municipales. No fuera que la gente de la Puerta del Sol fuese a adivinar el morrión de Murat. 

Pero el plan: el mismo. Un vasto plan. ¡Admirable Francia, enemigo admirable!

* * *

Una de esas noches en que las Cortes discutían (¿?) el Estatuto Catalán y en las calles españolas los estudiantes y otros elementos, se las tenían tiesas con los guardias, estaba yo sentado frente al director de un gran diario de Madrid, en su despacho.

- Y a usted, ¿qué le parece eso del Estatuto? - me preguntó.

- ¿A mi? El principio de un vasto plan.

- ¿Español?

- No. Francés.
- Hombre, explíquese. 

- Es muy fácil de explicar. No se necesita ser diplomático, ni diputado, ni siquiera periodista. Con una chispita de chispero, de español de la calle, basta.

- Entonces, ¿usted qué cree?

- Yo creo lo que siento, lo que presiento. Esto es: que de la aprobación del Estatuto de Cataluña depende un vasto plan de Francia.

No hay que olvidar, ante todo, los orígenes políticos de la República española. Se ha hecho al son de la Marsellesa, bajo la bandera tricolor de los tres principios del 89 francés. Los gobernantes se han criado espiritualmente en Francia, son hijos de Francia. Eso es fundamental. Francia necesitaba en su vasto plan una España desunida, es decir, una Castilla desarmada (Castilla, corazón de España). Las armas de Castilla eran tres: unidad religiosa, unidad territorial, unidad lingüística. Y todas tres, mejor o peor, se sincronizaban en la Monarquía. 

Derrumbada la monarquía, se pudo operar en campo franco, libre. Había que hacer una Cataluña que volviese a montar tanto como Castilla. Con un gobierno, una lengua, un territorio. Para que Castilla se lo concediese era menester quitar el peligro castellano: el militar, el territorial, el cura y el maestro de escuela. Y que renunciase en su Constitución, taxativamente, a la guerra. Y ese es el sentido de las Reformas del Ejército, de la Reforma agraria, de la separación de la Iglesia y de la Renuncia en materia idiomática. 

- ¿Usted cree?
- Sí. Pero no porque Castilla se encontrase desesperada de toda solución. Es que así como la República catalana salió del Pacto de San Sebastián, también salió sin duda otro Pacto más misterioso que aquel Pacto, para Castilla. Una ilusión, que era un caramelo infantil, para la pobre Castilla.

- ¿Cuál?

- El de los portugueses. Castilla -rotos sus corvejones- no era ya un peligro ni para Castilla ni para Portugal. Portugal podía sacudirse ya de su yugo inglés y acercarse a la famosa y soñada Federación Ibérica. Portugal sacudiría su dictadura, que es lo que le ataba a Inglaterra. (No iba a nacer otro Wellington que acechase) Nota de 1932. - Sin embargo, me consta que ya está acechando. La dirección de la Policía en Portugal está en manos del Foreign Office de Londres. Los aeroplanos y buques ingleses hacen de vez en cuando misteriosos simulacros ante Lisboa. Wellington se prepara ante la hora cercana, que no tardará en sonar. 

- ¿Y no sería esto altamente patriótico y admirable?

- Lo sería, sí. Piense usted que uno no ha hecho otro sueño que ese en La Gaceta Libertaria. Piense que desde 1927 yo he aprendido a leer y entender el catalán y el portugués en las páginas de mi revista. Pero yo me desperté del sueño por la presión de una pesadilla.

- ¿Cuál?

- Esa, la de Francia. ¡Admirable Francia. Enemigo admirable! A Francia le interesa mucho esa Petite Entente, semejante a las que formó en los otros Balcanes, los de Oriente. 

Le interesa el día en que se proclame en Madrid que -gracias a la Democracia- la Petite Entente es un hecho que no lograron siglos de Monarquía. Gracias a los Derechos del Hombre. Es decir: del hombre francés, como hubiese dicho Disraeli. Pues, ¿dónde se iba a apoyar ese deliquio ibérico? ¿En los cañones cortos de Castilla? ¿En las pistolas catalanas? ¿En los desafíos y centellas portuguesas? Simplemente: en las plumas del aguilucho francés, esas plumas que se disimulaban en el pacifista Blum, en el sencillo Lebrun (Nota de 1938: Ese “vasto plan” previsto en esas intuiciones de entonces fue el Frente Popular y su intervención bélica en España: nuestra guerra). Francia ha aprendido a no mostrar gestos fieros y teatrales en su imperio. Sino faces amables, tímidas, de buen padre de familia, como eran las del beneplácito M. Doumer, a quien una bala confundió con Napoleón, en rara casualidad. 

Entonces sí que ya no habría ni Pirineos ni Estrecho. El Marruecos francés empezaría en los Pirineos. Eso sí: con muchas legiones de honor a nuestros intelectuales y periodistas, y a todos los ibéricos. Con una Colonización de Primera Clase. Muchos Institutos franceses, muchas conferencias exquisitas, mucha Poesía Pura, mucha Casas de Velázquez, de Camoens y de Maragall. 

El director del periódico se echó a reír. Pero yo proseguí: 

- Francia quedaría con las manos libres para entendérselas con ese pícaro de Mussolini, que no deja a la dinastía de Saboya tener un país democrático, constitucional y parlamentario, un país donde reine la “religione della Libertá” del Croce.

Y después se las entendería con Hitler y con Rusia. El genio ruso, combatido por tanta democracia, vacilaría seriamente, y no hay que decir el genio tudesco. Ya se encontraría un nuevo Stressemann. 

La sombra de Napoloeón se extendería por fin por el mundo tranquilamente, sin ruido, sin jaleos, con la sonrisa paterna doméstica de un M. Lebrun, o la melosa y judaica de un Blum.


El director del periódico había empezado a hojear, mientras yo le hablaba, un volumen intacto que tenía sobre la mesa: Portugal e Inglaterra, del señor Cunha Leal, jefe del partido liberal republicano portugués.


* * *

Si la República española ha de seguir, con métodos liberales, apoyando al absolutismo francés, ¡perezca la República española!

Si Alfonso XIII, restaurado, hubiera de seguir, con métodos absolutistas, apoyando al liberalismo francés, ¡perezca Alfonso XIII!

¿Está claro, ingenuos y genuinos españoles? ¿Está claro lo que debe perecer?

* * *
El secreto de la esfinge española es ese: que España tiene planteada una auténtica guerra de Independencia. Y lo más grande del caso es que tal secreto coincide con el de Europa: que nuestra guerra de Liberación habría de ser la misma de Europa, de una Europa libertada, ¡nueva Jerusalén!

El genio fundamental de Europa -el católico- lo encarnó España.

Si ha de volver otra vez el equilibrio católico del mundo, ¡pliéguese este mundo a quien tan magnamente supo y sabrá servir a ese genio: el genio de España!

Y como estas afirmaciones mías encierran una solemnidad tal que pudiera rayar en lo ridículo; como podrían sus alas tropezar con lo rasero, ¡tomemos altura, con un golpe audaz de timón!, para contemplar la circundez del panorama: la distribución topográfica de los genios o divinidades que rigen la Historia del Hombre desde que esta historia comenzó a extenderse por la cartografía del mundo -como las nueves por el cielo: en rangos de batallas y tormentas. 

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