¿Qué es el socialismo?, George Orwell



¿Qué es el socialismo?,31 de enero de 1946

A partir de 1930 comenzó a aparecer una escisión ideológica en el movimiento socialista. Para entonces, el “socialismo” había dejado de ser una simple palabra que evocaba un sueño; un país enorme y poderoso, la Rusia soviética, había adoptado la economía socialista y estaba reconstruyendo rápidamente su vida nacional, y en casi todos los países se veía un giro inconfundible hacia la propiedad pública y la planificación a gran escala. Al mismo tiempo que la palabra “socialismo”, en Alemania creció la monstruosidad del nazismo, que se autodenominaba “socialismo” y tenía ciertamente algunas características casi socialistas, pero incorporadas en uno de los regímenes más crueles y cínicos que el mundo haya visto jamás. Claramente, había llegado el momento de redefinir el término “socialismo”. 

Como la mayoría de los autores de tendencia similar, Koestler es un ex comunista y, de modo inevitable, su reacción más intensa es contra la evolución experimentada por la política soviética desde más o menos 1930. Su mejor obra es una novela, El cero y el Infinito, en la que aborda los juicios por traición de Moscú. 

Otros escritores que pueden más o menos ubicarse en la misma categoría son Ignazio Silone, André Malraux y los estadounidenses John Dos Passos y James Farrell. 

La clave es que un socialista o comunista, como tal -y puede que esto sea aplicable más que a ningún otro a aquel que compre con su propio partido por una cuestión de doctrina-, es una persona que cree que el “paraíso terrenal” es posible. El socialismo es en última instancia un credo optimista, y no es fácil conciliarlo con la doctrina del pecado original. 

Un socialista no está obligado a creer que la sociedad humana puede llevarse realmente a la perfección, pero casi cualquier socialista cree que podría ser muchísimo mejor de lo que es en la actualidad, y que la mayor parte de las maldades que cometen los hombres provienen de los efectos distorsionadores de la injusticia y la desigualdad. La base del socialismo es el humanismo. Puede coexistir con una creencia religiosa, pero no con la creencia de que el hombre es una criatura limitada que se comportará mal siempre que se le presente la más mínima oportunidad. 

La emoción que hay detrás de libros como El Cero y el infinito, Regreso de la URSS, de Gide, Assignment in Utopia u otros de tendencia similar, no es sencillamente la decepción de ver que el paraíso esperado no ha llegado lo bastante rápido, sino que también el miedo de los objetivos originales del movimiento socialista se estén desdibujando.

Para sobrevivir, los comunistas rusos se vieron obligados a abandonar, al menos provisionalmente, algunos de los sueños con los que habían iniciado su andadura. Se vio que una igualdad económica estricta era impracticable; que la libertad de expresión, en un país atrasado que acababa de vivir una guerra civil, era demasiado peligrosa; que el internacionalismo quedaba aniquilado por la hostilidad de las potencias capitalistas. 

En estos momentos es difícil que el utopismo se materialice en un movimiento político definido. Las masas quieren seguridad en mucha mayor medida que igualdad, y por lo general no se dan cuenta de que la libertad de prensa y de expresión son de una importancia capital para ellos. Pero el deseo de perfección terrenal tiene una larga historia detrás. 

El “paraíso terrenal” nunca se ha materializado, pero, como idea, parece que nunca se extingue, a pesar de la facilidad con la que pueden desacreditarla los políticos de cualquier signo. En su centro reposa la creencia de que la naturaleza humana es de entrada bastante decente, y capaz de un desarrollo ilimitado. Esta creencia ha sido el motor principal del movimiento socialista, incluidas las sectas clandestinas que allanaron el camino para la Revolución rusa, y podría afirmarse que los utópicos, hoy en día una minoría desperdigada, son los auténticos defensores de la tradición socialista. 

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