Lugares de placer - George Orwell


Lugares de placer. 11 de enero de 1946

La música -y, a ser posible, debería ser la misma para todo el mundo- es el ingrediente más importante. Su función es la de impedir la reflexión y las conversaciones y suprimir cualquier sonido natural, como el canto de los pájaros o el silbido del viento, que de otro modo se inmiscuirían. Infinidad de gente usa ya de forma consciente la radio con este propósito. En muchísimos hogares ingleses la radio no se apaga nunca, literalmente, aunque se la manipula de vez en cuando para asegurarse de que solo salga de ella música ligera. Conozco a gente que deja la radio sonando durante toda la comida y que, al mismo tiempo, sigue hablando justo lo bastante alto como para que las voces y la música se anulen mutuamente. Esto se hace con un claro propósito. La música impide que la conversación se torne seria o incluso coherente, mientras que el parloteo de las voces imposibilita que uno escuche la música con atención y evita así la aparición de esa cosa tan temida: el pensamiento.

Es difícil no tener la sensación de que el objetivo inconsciente de la mayoría de los complejos de placer típicos de hoy en día es un retorno al útero, ya que allí la temperatura también estaba siempre regulada, y uno nunca estaba solo, ni veía la luz del sol, ni tenía que preocuparse por trabajar, o por comer, y sus pensamientos, si había alguno, quedaban ahogados por el latido rítmico y continuo.

¿No hay algo de sentimental y oscurantista en el hecho de preferir el canto de los pájaros a la música swing o de querer dejar unos cuantos toques silvestres aquí y allá en lugar de cubrir toda la superficie de la Tierra con una red de Autobahnen iluminadas por luz solar artificial?

Esta pregunta solo surge porque, al explorar el universo físico, el hombre no ha hecho intento alguno de explorarse a sí mismo. Gran parte de lo que pasa por ocio no es más que un esfuerzo para destruir la conciencia. Si uno empezara por preguntarse “¿qué es el hombre?”, “¿cuáles son sus necesidades?”, “¿cuál es la mejor manera que posee de expresarse?”, descubriría que tener simplemente el poder de evitar el trabajo y de vivir toda la vida, desde que nace hasta que muere, bajo luces eléctricas y al son de música enlatada no es una razón para ello. El hombre necesita calidez, socialización, ocio, comodidad y seguridad; y también necesita sociedad, un trabajo creativo y la capacidad de maravillarse. Si reconociese eso, podría usar los frutos de la ciencia y del industrialismo de un modo ecléctico, aplicando siempre el mismo criterio: “¿Esto me hace sentir más humano o menos humano?”. Entonces descubriría que la felicidad máxima no consiste en relajarse, descansar, jugar al póquer, beber y hacer el amor todo a la vez. Y ese horror instintivo que toda persona sensata siente ante la progresiva mecanización de la vida sería considerado no un mero arcaísmo sentimental, sino algo plenamente justificado. Porque el hombre solamente sigue siendo humano si preserva amplias parcelas de sencillez en su vida, mientras que la tendencia de muchas invenciones modernas -en particular el cine, la radio y el avión- es la de debilitar su conciencia, embotar su curiosidad y, en general, hacerlo más parecido a un animal. 

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