James Burnham y la revolución de los directores, George Orwell



James Burnham y la revolución de los directores, 1 de mayo de 1946

El libro de John Burnham La revolución de los directores generó un revuelo considerable en Estados Unidos y en este país cuando se publicó, y su tesis fundamental ha sido tan debatida que una exposición detallada al respecto apenas es necesaria. Resumida tan brevemente como me es posible, la tesis es esta:

El capitalismo está desapareciendo, pero el socialismo no lo está reemplazando. Lo que surge ahora es un nuevo tipo de sociedad planificada y centralizada que no será ni capitalista ni, en ningún sentido aceptado del término, democrática. Los gobernantes de esta sociedad nueva serán las personas que controlan de forma efectiva los medios de producción; esto es, ejecutivos, técnicos, burócratas y soldados, que Burnham mete en el mismo saco bajo la denominación de “directores”. Esta gente eliminará a la antigua clase capitalista, aplastará a la clase obrera y organizará la sociedad de tal modo que todo el poder y los privilegios económicos permanezcan en sus manos. 


Para empezar, en 1940 Burnham daba más o menos por segura la victoria alemana. De Gran Bretaña decía que estaba “en plena disolución” y exhibiendo “todas las características que han distinguido a las culturas en decadencia en las transiciones históricas pasadas”, al tiempo que la conquista e integración de Europa que Alemania alcanzó en 1940 la presentaba como “irreversible”. “Inglaterra -escribía Burnham- no puede aspirar a conquistar el continente europeo de ninguna de las maneras, sean cuales sean sus aliados no europeos”. Incluso si Alemania se las arreglaba de algún modo para perder la guerra, iba a ser imposible desmembrarla o reducirla al estatus de la República de Weimar, sino que seguiría siendo con toda seguridad el núcleo de una Europa unificada. Las líneas generales del futuro mapa del mundo, con sus tres grandes superestados, estarían ya establecidas, y “los núcleos de estos tres superestados son, cualesquiera que sean sus nombres en el futuro, las naciones preexistentes de Japón, Alemania y Estados Unidos”. 

Supongamos que en 1940 se hubiese realizado una encuesta Gallup en Inglaterra con la pregunta: “¿Ganará Alemania la guerra?”. Habríamos hallado, curiosamente, que el grupo del “Sí” incluiría un porcentaje bastante más alto de personas inteligentes -personas, digamos, con un coeficiente intelectual superior a 120- que el grupo del “No”. Y lo mismo a mediados de 1942. En este caso las cifras no habrían sido tan llamativas, pero si la pregunta hubiese sido: “¿Conquistarán Alejandría los alemanes?”, entonces habríamos visto, de nuevo, una marcada tendencia a que la inteligencia se concentrara en el grupo del “Sí”. En todos los casos, las personas menos dotadas habrían dado con mayor frecuencia la respuesta correcta. 

Encontraríamos, además, a la misma gente abogando por un acuerdo de paz en 1940 y aprobando el desmembramiento de Alemania en 1945. 

Toda teoría política tiene un cierto matiz regional, y toda nación y cultura tienen sus prejuicios y sus parcelas de ignorancia característicos. 

Pase lo que pase, Estados Unidos sobrevivirá como una gran potencia, y desde el punto de vista norteamericano poco importa que Europa esté dominada por Rusia o por Alemania. 

Seguramente Burnham ha acertado más de lo que ha errado en relación con el presente y el pasado inmediato. Durante los últimos cincuenta años, la tendencia general ha sido, sin duda, hacia la oligarquía. La concentración creciente del poder industrial y financiero, la importancia cada vez menor del pequeño capitalista o accionista y el crecimiento de la nueva clase “gerencial” de científicos, técnicos y burócratas; la debilidad del proletariado frente al Estado centralizado; la creciente indefensión de los países pequeños frente a los grandes; la decadencia de las instituciones representativas y la aparición de regímenes de partido único basados en el terrorismo policial, los plebiscitos amañados, etcétera, todos estos fenómenos parecen apuntar en la misma dirección. 

La razón inmediata de la derrota alemana fue la locura inaudita de atacar a la URSS cuando Gran Bretaña seguía en pie y Estados Unidos se estaba preparando para combatir. Errores de este calibre solo pueden cometerse, o al menos tienen más probabilidades de cometerse, en países donde la opinión pública no tiene ningún poder. Cuando un hombre común puede hacerse oír, es menos factible que se vulneren reglas tan elementales como la de no enfrentarte a todos tus enemigos a la vez. 

Pero en cualquier caso, deberíamos haber sido capaces de ver desde el principio que un movimiento como el nazismo no podría producir ningún resultado positivo o estable. 

El régimen ruso tendrá que democratizarse o sucumbirá. Ese imperio esclavista, enorme, invencible e imperecedero con el que Burnham parece soñar no se instaurará, y si lo hace, no resistirá, porque la esclavitud ya nos una base estable para la sociedad humana. 

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