Muñoz Grandes, Héroe de Marruecos, General de la División Azul. Luis E. Togres



Muñoz Grandes. Luis E. Togores

Conductor de Hombres



Don Agustín era fundamentalmente un general de infantería formado en la dura escuela de Marruecos y de la Guerra Civil española, lo que le hacía estar a caballo entre el modelo de general y el jefe militar característico del siglo anterior. Tenía las cualidades esenciales de un general ochocentista que tan bien había definido Henri Antoine Jomini: un carácter fuerte o valor moral para tomar grandes resoluciones y sangre fría o valor físico para dominar los peligros, ocupando el saber un tercer lugar, siendo el conocimiento un aliado poderoso pero sin necesidad de llegar a una vasta erudición. Señalaba Jomini las siguientes cualidades de carácter personal como más necesarias para un jefe militar: un hombre valiente, justo, firme, equitativo, que sepa apreciar el mérito de los demás en vez de sentir celos y ser hábil en aprovecharlo para su propia gloria, teniendo la rara cualidad de hacer justicia al mérito. Muñoz Grandes tenía estas cualidades de gran capitán que cita Jomini, era “un teórico prudente y un hombre de carácter”. 

En el frente del este fueron centenares los generales que a lo largo de los cuatro años de guerra tuvieron el mando de una división. En la lucha del III Reich contra la Unión Soviética de Stalin han pasado a la historia militar los jefes del Ejército y de Cuerpo de Ejército, siendo muy escasos los nombres de generales de brigada y división que han quedado en las páginas de los libros brillando con luz propia. Uno de estos escasos generales de división que tienen un lugar de honor en la historia militar de la Segunda Guerra Mundial es Agustín Muñoz Grandes. 

Muñoz Grandes logró desempeñar un papel destacado al mando de su división. Su actuación tuvo diversas facetas que hicieron que los ojos de España, de Alemania y también de los Aliados se fijaran en él; desempeñó un relevante papel en la política de su tiempo, fue un táctico notable, pero su fama, sobre todo, la consiguió por su papel de conductor de hombres. Como máximo responsable de la División Azul no tuvo la oportunidad de realizar hazañas en combate como las protagonizadas por algunos de sus oficiales -Huidobro, Oroquieta, Ordás, Palacios etcétera-, lo que no le impidió mostrar valor personal en ocasiones. Su papel fundamental en Rusia fue de liderar su División y dotarla de un estilo propio, de una mística con la que ha pasado a formar parte de la corta lista de unidades militares que han entrado en la Historia con nombre propio. Muñoz Grandes hizo todo esto y además se hizo querer, respetar y obedecer ciegamente por sus soldados. Su paso por la jefatura de la División Azul revalidó su prestigio de conductor de hombres como general.

Como jefe de una división de infantería valiente y esforzada supo sacar de sus hombres lo mejor que había en ellos. Su valor personal, indiscutible desde los tiempos de Marruecos, sirvió de ejemplo y de catalizador para que los dimisionarios cumpliesen  su deber más allá de lo que se les podía exigir. Las misiones que tuvo encomendadas por el mando alemán fueron cumplidas rigurosamente con un derroche de coraje en ocasiones excesivo. Los dimisionarios en Rusia dieron pruebas fehacientes de un valor temerario, siempre alentado por su general, empeñado en demostrar las cualidades del soldado español, tanto en una guerra ofensiva com defensiva y en cualquier escenario de combate. Desde los tiempos en que Napoleón intentó conquistar España y fracasó, ninguna otra nación lo había intentado ni lo debía volver a intentar, y para garantizarlo fueron los soldados de Muñoz Grandes a luchar a Rusia. 

El valor desplegado por los soldados españoles asombró a Hitler y a sus generales; además cubrió de honores al hombre que con orgullo les mandaba: el 15 de marzo de 1942 recibía Muñoz Grandes la Cruz de Caballero de la Cruz de Hierro, condecoración que ofreció el general a sus hombres con las siguientes palabras: “… Alemania os admira y España está orgullosa de vosotros; y yo agradecido, muy agradecido, a cuanto me dais, os ofrezco cuanto soy. Vuestro General, Muñoz Grandes”. 

En relación a la actuación de don Agustín durante los momentos más duros de combate, cuando, sin lugar a dudas, un hombre de acción, habituado a la guerra, le resultaba más fácil lanzarse a la batalla MP 40 en mano, en vez de seguir en el puesto de mando dando con frialdad y experiencia las órdenes que debían resolver la situación, tenemos el siguiente testimonio de un divisionario:


Sobre una mesa de madera, mapas, muchos mapas, partes, órdenes, novedades. Los telegrafistas no dan abasto. La estufa apenas palia la humedad. El general Muñoz Grandes, de pie, con su bufanda al cuello, con su pitillo quemándose solo, entre sus jefes de Estado Mayor.

- ¿Algo de la 5ª del 263?
- Nada, mi general, por ahora.
- Quiero inmediatamente la novedad de la 2.ª del 269, ¿sigue presionada? Que la sección de máquinas del tercer batallón monte dos piezas aquí, en esta isba, cubriendo el paso del amunicionamento. ¿Entendido?

A su lado, hombres serios manipulan reglas, calculan distancias, leían topografías, cogían y soltaban teléfonos, repensaban los informes de los escuchas. Van midiendo al enemigo. Y se les escapan algunos tacos castizos. Saben que tienen delante al 52.º Cuerpo de Ejército ruso, que está equipado perfectamente  para los fríos, que disponen de material pesado, rodado y aéreo. Todo lo que a ellos les falta. Saben que el invierno se les ha echado encima, que ha perdido dos meses en estúpidas andaduras. Y los tacos, a su voz, crecen de calibre. 

El general calla. El general sólo exige situaciones, movimientos, órdenes cumplidas al momento. Estos hombres de su Estado Mayor miden la tragedia incipiente de aquella alma. Las páginas abiertas de esos planos hablan con elocuencia. El frente español es demasiado extenso, es de difícil fortificación, es discontinuo, tiene calvas semipasivas, encierra enigmas, sólo se comprende con tres divisiones motorizadas, como lo tenían los alemanes. Este frente, así, exigirá cambios de intensidad en algunos subsectores, exigirá despliegues iniciales con pobre organización defensiva, exigirá echar a capazos arrojo español. Y sangre, mucha sangre, a torrentes. 

- Mi general. Parte: han abierto fuego nuestros morteros de Moskit; se acercan varias compañías enemigas. Nieblas tendiendo a empeorar. 

- Que se alerte al sector de Salpoge. Dentro de 10 minutos que confirmen situación. 

El frente subía montado en la orilla izquierda del Volchov, de Sur a Norte. Caseríos incendiados, fortines pulverizados, caminos triturados…

(Adro, Xavier, Fui soldado en cuatro guerras)

Don Agustín era un soldado profesional nada sensiblero en lo tocante al campo de batalla. Se había formado en la durísima escuela de los soldados africanistas. No podemos olvidar cómo los oficiales españoles, siguiendo la estela de regulares, Legión y la harca, hacían gala de un absoluto desprecio por la muerte. Un desprecio que venía de los tiempos de los Tercios de Flandes y los soldados de los reyes de España eran los dueños de los campos de batalla. El español se jugaba alegremente la vida por una frase, por una bandera y sobre todo por mantener la propia reputación. Un estilo de ser soldados que siempre conservó Muñoz Grandes, así como sus oficiales en Rusia. Quién no conoce alguna anécdota dimisionaria como la de Huidobro antes de morir, o la del capitán Jaime Milas del Bosch fumando tranquilamente de noche sobre la trinchera, sin miedo a los francotiradores rusos, para dar ejemplo a la tropa. Un general en combate debía saber cuándo tenía que ofrecer su vida y la de sus hombres al altar de la victoria. 

Los testimonios de la actitud de Muñoz Grandes ante la muerte son abundantes. En una acción de guerra cayó herido un sobrino suyo, de nombre José Luis Muñoz Galilea. Al conocer la noticia, Muñoz Grandes adoptó una actitud fría, propia del que ha vivido mucho tiempo cerca de la muerte, en la misma línea de actuación de Moscardó durante la defensa del Alcázar de Toledo: “Comunicamos lo ocurrido al General, que no se inmutó, limitándose a felicitar a su sobrino por haber vertido la sangre por la Patria”, al tiempo que decía, “en la División no tengo sobrinos, sólo hijos”. 

Al servicio de los intereses de España ordenó la operación de la compañía de esquiadores del capitán Ordás, que supuso la casi total aniquilación de la unidad. Con la misma serenidad mantuvo la cabeza de puente al otro lado del Volchov sin importarle las consecuencias. Pero Muñoz Grandes no era un carnicero como el estadounidense Grant, Sir John French o Joffre. La guerra exigía un precio enorme en sangre de los soldados que participaban en ella. Muñoz Grandes era duro, pero no un inepto o un general al que no le importaba la vida de sus hombres, únicamente era un militar profesional que estaba dispuesto a pagar a la guerra su necesario tributo. Los oficiales al mando, que exigen a sus hombres un precio innecesario son juzgados con dureza, no sólo por la historia, sino principalmente por sus propios hombres. No es éste el caso. 

En otra ocasión, enterado Muñoz Grandes por uno de sus oficiales, Campano -Un soldado de acreditado valor y sentido común-, del alocado plan de ataque del teniente coronel Canillas, se apresuró a suspender la operación. La vida de sus soldados era muy valiosa. Un gripa que se había dormido en plena línea del frente durante una guardia fue llamado a la presencia de don Agustín. Al estar ante el jefe de la división, éste se lanzó sobre el soldado a grito limpio, señalándole la gravedad de la falta cometida, emprendiéndola a golpes con él, para luego ordenar -también a gritos- que lo quitasen inmediatamente de su presencia y lo devolviesen a su compañía. Nada más terminado el incidente, uno de los ayudantes de don Agustín se atrevió a comentar a su general lo improcedente de su actuación, a lo que contestó: “O hago esto o le tengo que fusilar”. 

Don Agustín era querido, respetado e idolatrado por sus subordinados. Por los moros de sus tiempos de regulares y de la marca, y en Rusia por los divisionarios. No existe mejor juez para un general que sus propios hombres. 

Su forma de ser y de actuar conquistaba el corazón de sus soldados. He aquí una de las claves de un capitán. Muñoz Grandes logró ganarse a los guripas en Rusia, igual que Napoleón tuvo la fidelidad ciega de su vieja guardia, de sus grognards, y Julio César de sus legiones, de la X, “la muy leal”, que cruzó el Rubicón. 

Era un soldado especial. Poseía una fuerte conciencia social y valores cristianos muy asentados. Incluso en pleno frente, en el más atroz de toda la Segunda Guerra Mundial, se dejaba sentir esta forma de pensar en las mismas trincheras:

…por eso no estoy contento. ¿De qué sirve el heroísmo que así se derrocha si no hay amor entre los españoles? ¿Para que luchar con nobleza y bravura si la generosidad en el perdón no anida en el pecho y se fomenta el odio que nuestra hidalga condición rechaza? ¿A qué sufrir y sufrir con alegría, pensando en una España mejor, si sus hijos llenos de egoísmo no atienden al que de hambre muere como la caridad cristiana exige? No, españoles, no puedo estar contento, pero lo estaré; tengo fe en mi Raza, cara al invierno ruso con toda su crudeza, hace un año os dije que teníamos frío en los huesos y mucho calor en el corazón, para remediar lo primero enviasteis generosamente vinos, dulces y tabaco, para no quitarnos lo segundo este año no queremos que nos enviéis nada. Alemania, previsora, nos ha dotado de todo, víveres y abrigos que aseguran nuestro bienestar, sólo nos falta calor en el corazón y eso sí lo tenéis que enviar vosotros diciéndonos “vuestro sacrificio no es inútil, en España ya no existe el egoísmo ni la envidia y la autoridad se respeta o se impone”. 

No os hagáis eco de los que os digan los que siempre ultrajaron a nuestra Patria, recordad del pasado la infructuosa guerra del 60 que hizo inútiles los sacrificios de los que ya entonces se rebelaron contra la suerte mezquina de España; recordad las humillaciones que en Marruecos sufrimos a través de varios Tratados que no sirvieron más que para despojarnos de lo que era vital para España. Recordad cómo se cultivó nuestra incultura para evitar nuestra grandeza y recordad que hoy, ese pedazo de tierra, el más querido de todos, ese Peñón que con bandera extraña impiden sintamos por completo el orgullo de ser españoles. No fomentéis aquellas rivalidades que tanto daño hicieron a nuestra Patria en el siglo pasado…

… Entre mis soldados aureolados por la Gloria de los 2.000 que aquí cayeron llenos de esperanza y a las órdenes de Franco os saludo. MUÑOZ GRANDES. 

Los testimonios de esta actitud de Muñoz Grandes son abundantes, no sólo por parte de sus colaboradores más próximos, sino también por parte de la simple tropa: “Era deprimente, y confortable a la vez, el ver a nuestro comandante, como sus oficiales de enlace de Estado Mayor, aguantando en la trinchera como cualquier soldado”. Su forma campechana, informal y castiza de ser le hacía ganarse a la tropa. Era sencillo en su forma de ser y de vestir. Raramente llevaba sus condecoraciones. En Rusia vestía en campaña un uniforme de dotación, lo que le hacía igual al resto de sus compañeros de armas. En las estepas soviéticas, igual que cuando estaba en el Rio, su actitud y su proximidad  le hicieron ganarse el amor de los hombres a su mando.

Por todo esto, el general era venerado por sus subordinados. A pesar de no ser muy hablador y de su carácter aparentemente frío, transmitía a sus hombres tranquilidad, pues poseía un valor sereno -algo aprendido en la dura escuela marroquí y que los jóvenes oficiales como Oroquieta, García Calvo, Milas del Bosch o Palacios imitaban con loca maestría, como si un valor ciego y temerario estuviese unido a las estrellas de teniente o de capitán-, pero siendo, sin lugar a a dudas, lo que le hacía ganarse a sus hombres su sencillez y forma de ser. Los entorchados de general, la Medalla Militar y las Cruces de Hierro no habían logrado que el general Muñoz Grandes dejara de ser una persona normal, un “chico nacido en el castizo barrio de Carabanchel”. Una cualidad habitual en los grandes soldados españoles como Valeriano Weyler, Sanjurjo o Yagüe. 

El general tenía la costumbre de irse por su cuenta, a un batallón, como si fuese un joven capitán, para mezclarse con la tropa. Cuanto más pequeña era la unidad, más a gusto se encontraba entre ellos Muñoz Grandes:

Una noche -no serían todavía las 6 de la tarde-, al socaire de los muros desportillados de una ermita, un corro cantaba los aires patrios al son de la guitarra, al amor de la fogata. De pronto se acerca un tipo muy abrigado, logra arrimarse a las brasas y se frota con satisfacción sus guantes medio helados.

- Tú, frescales, si quieres fuego, tráete tu tronco, caray, que esa es la ley de los bien nacidos. 

- ¿Qué?

- Que no e hagas el lerdo, vamos, hombre. Cada uno aquí arrima el ascua, no vale hacer el gorrón. Si quieres fuego gratis, pues ya sabes dónde lo reparten… Con que arreando. 

El extraño, alzando el cuello de su capote, dio media vuelta. No tardó en volver bajo su madero. Lo echó al fuego.

- ¿Cumplí? ¿Puedo sentarme?

Al erguirse, una voz secó las gargantas.

- ¡Mi general!… pues, eso, ¡sin novedad!… Mi general, pues… es que como estaba a oscuras, ¿sabe?, pues, eso…

- Nada, muchachos, sigamos cantando… Pero, cáspita, sentaros. ¿Qué hacéis ahí cuadrados?

Y pasó su petaca de cuero, aquella siempre con picadura negra. Porque Agustín Muñoz Grandes siempre fumó picadura, y de la barata. 

- Bueno, chicos, me voy a lo mío, pero que nadie se levante, os lo mando. Es una orden.

Ya estaban todos firmes y rectos, todos encantados y medio volados. Éste fue el espíritu que el general supo inyectar en su División. Muñoz Grandes supo echar corazón a la guerra porque supo ver en cada soldado antes un hombre que un número. Y bien sabía que cada uno de sus hombres tenía el genuino concepto de honor español. El honor para todo bien nacido es como una virtud de orden interior, espiritual. Es la dignidad consciente con que cada cual ha de presentarse, sin tacha ni menoscabo, ante Dios, ante mí mismo, ante sus compañeros de armas. 

(Adro, Xavier, Fui soldado en cuatro guerras)

Los dimisionarios conquistaron a su paso por la Segunda Guerra Mundial las siguientes condecoraciones alemanas: 2 cruces de caballero, una con Hojas de Roble ganada por Muñoz Grandes; 2 cruces de oro; 2.497 cruces de hierro, de ellas 138 de primera clase; 2.216 cruces del mérito militar con espadas, de ellas 16 de primera clase. Hitler creó una medalla especial para la División, algo que no hizo con ninguna otra unidad extranjera. 

El valor de sus hombres llevó a afirmar a Muñoz Grandes que “con soldados así se va a todas partes”. 

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