La venganza es amarga - George Orwell


La venganza es amarga. 9 de noviembre de 1945

Siempre que leo expresiones como “juicios por las atrocidades cometidas durante la guerra”, “castigo de criminales de guerra” y otras por el estilo, me vuelve a la memoria el recuerdo de algo que vi en un campo de prisioneros de guerra del sur de Alemania ese mismo año.

Estaba enseñándonos el campo a mí y a otro corresponsal un pequeño judío vienés al que habían reclutado en la sección del ejército estadounidense encargada de interrogar prisioneros. Era un joven despierto, de pelo claro y más bien apuesto de unos veinticinco años , y tanto más al día en temas políticos que la mayoría de los oficiales norteamericanos que daba gusto estar con él. El campo se hallaba en un aeródromo, y después de dar una vuelta por donde tenían encerrados a los prisioneros, nuestro guía nos llevó a un hangar donde estaban “cribando” a algunos que estaban en una categoría distinta del resto. 

En un extremo del hangar estaban tumbados en fila, en el suelo de hormigón, alrededor de una docena de hombres. Eran, se nos explicó, oficiales de las SS a los que habían aislado del resto de los prisioneros. Había entre ellos un hombre, vestido con unas ropas de paisano desastradas, que estaba tumbado con el brazo cubriéndole la cara y, según se veía, dormido. Tenía los pies deformados de un modo extraño y horrible. Eran bastante simétricos, pero tenían una insólita forma globular que los asemejaba más a cascos de caballo que a nada humano. A medida que nos íbamos acercando al grupo, el pequeño judío parecía que iba entrando en un estado de agitación. 

“¡Ese es el auténtico cerdo!”, dijo, y de repente cogió impulso y, con su pesada bota militar, le pegó a aquel hombre postrado una terrible patada en la hinchazón de uno de sus pies deformados. 

“¡Levanta, cerdo!”, gritó cuando empezaba a despertarse, y luego repitió algo parecido en alemán. El hombre se levantó como pudo y adoptó con torpeza la posición de firmes. Con el mismo aire de estar fuera de sí -de hecho, casi bailaba arriba y abajo mientras hablaba!-, el judío nos contó las historia del prisionero. Era un “auténtico” nazi; su número de miembro del partido indicaba que llevaba afiliado a él desde el mismísimo comienzo, y había ostentado un rango equivalente al de general en el brazo político de las SS. Podía darse por hecho que había estado a cargo de campos de concentración y había ordenado torturas y ahorcamientos. Representaba, en suma, todo aquello contra lo que llevábamos luchando los últimos cinco años. 

Entretanto, yo iba estudiando su aspecto. Mas allá del rostro selvático, famélico y sin afeitar propio de un hombre recién capturado, era un espécimen repugnante. Pero no parecía brutal ni en modo alguno temible; solo neurótico e intelectual (de perfil bajo). Unas gruesas gafas le deformaban los ojos, pálidos e inquietos. Podría haber sido un clérigo secularizado, un actor echado a perder por la bebida o un médium espiritista. He visto gente muy parecida en las casas de huéspedes baratas de Londres, y también en la sala de lectura del Museo Británica. Estaba a todas luces mentalmente desequilibrado; o, mejor dicho, no estaba claro que estuviese cuerdo, aunque en ese momento lo estaba lo bastante como para tener miedo de recibir otra patada. Y, sin embargo, todo lo que el judío me decía de su historia podía ser cierto, ¡y probablemente lo fuese! Conque el torturador nazi de nuestra imaginación, la figura monstruosa contra la que nos habíamos pasado peleando tantos años, quedaba reducida a este pobre desgraciado a quien era evidente que no había falta ningún castigo, sino algún tipo de tratamiento psicológico. 

Después hubo más humillaciones. A otro oficial de las SS, un hombre ancho y fornido, le ordenaron desnudarse hasta la cintura y enseñar el número de grupo sanguíneo que llevaba tatuado en la axila, y a un tercero lo obligaron a explicarnos a nosotros cómo mintió sobre su pertenencia a las SS e intentó hacerse pasar por un soldado raso de la Wehrmacht. Yo me preguntaba si el judío realmente disfrutaba con ese poder recién estrenado que estaba ejerciendo. Llegué a la conclusión de que en realidad no estaba pasándolo bien, y de que sencillamente estaba -como un hombre en un prostíbulo, o un muchacho fumándose su primer puro, o un turista deambulando por una pinacoteca -diciéndose a sí mismo que estaba disfrutando de lo lindo y haciendo lo que había planeado los días en que estaba indefenso. 

Es absurdo culpar a ningún judío alemán o austríaco por querer vengarse de los nazis. Sabe Dios qué cuentas pudiese tener que saldar ese hombre concreto -es muy probable que hubiesen asesinado a toda su familia-, y después de todo, incluso una patada gratuita a un prisionero es una nimiedad en comparación con las barbaridades del régimen de Hitler. Pero si algo me dejó claro esta escena -y muchas otras que presencié en Alemania- fue que toda la idea de venganza y castigo es un ensueño infantil. En rigor, eso que llaman “venganza” no existe. La venganza es un acto que uno quiere cometer cuando está desvalido y porque está desvalido; apenas desaparece el sentimiento de impotencia, se desvanece también el deseo. 

En 1940, ¿quién no hubiese saltado de alegría ante la idea de ver a oficiales de las SS pateados y humillados? Pero, cuando pasa a ser posible, es sencillamente patético y repugnante. Dicen que cuando se exhibió el cadáver de Mussolini, una señora mayor sacó un revólver y le disparó cinco veces mientras gritaba: “¡Esto es por mis cinco hijos!”. Es la clase de historia que se inventan los periódicos, pero podría ser cierta. Me pregunto cuánta satisfacción sacó esa señora de aquellos disparos con los que no cabe duda de que soñaba años antes de disparar. Poder acercarse a Mussolini lo bastante como para dispararle estaba condicionado a que fuese un cadáver. 

En la media en que el gran público de este país sea responsable del monstruoso acuerdo de paz que ahora está imponiéndose a Alemania, ello se debe a una incapacidad de prever que castigar a un enemigo no acarrea satisfacción alguna. Hemos aprobado crímenes como la expulsión de todos los alemanes de Prusia Oriental -crímenes que en algunos casos no podíamos impedir, pero contra los que al menos podríamos haber protestado- porque los alemanes nos habían enfurecido y asustado y, por tanto, estábamos convencidos de que cuando cayesen no sentiríamos lástima por ellos. Insistimos en medidas de esta índole, o dejamos que otros insistan en ellas en nuestro nombre, por un sentimiento indefinido de que, si hemos decidido castigar a Alemania, entonces debemos ir y hacerlo. En realidad, en este país queda poco odio acerbo a Alemania, y tiendo a pensar que en el ejército de ocupación todavía menos. La caza del criminal de guerra y del colaboracionista interesa de verdad únicamente a la minoría de sádicos que de algún sitio tienen que sacar sus “atrocidades”. Si le preguntamos al hombre de la calle de qué crímenes se va a acusar en sus juicios a Goering, Ribbentrop y el resto, no sabe decirnos. De alguna forma, castigar a estos monstruos deja de parecer atractivo cuando pasa a ser posible; de hecho, una vez encerrados, casi dejan de ser monstruos. 

Lamentablemente, a menudo no somos capaces de descubrir cuáles son realmente nuestros sentimientos sino después de que ocurra algo concreto. Daré otro ejemplo que viví en Alemania. Pocas horas después de que las tropas francesas tomaran Stuttgar, un periodista belga y yo entramos en la ciudad, donde reinaba aun cierto desorden. El belga llevaba toda la guerra retransmitiendo para la filial de la BBC en Europa y, como casi todos los franceses y belgas, tenía  hacia los boches una actitud mucho más implacable que la que tendrían un inglés o un estadounidense. Habían volado todos los puentes principales de la ciudad, y tuvimos que entrar por uno pequeño peatonal que -saltaba a la vista- los alemanes se habían esforzado en defender. Un soldado alemán muerto yacía boca arriba al pie de los escalones. Tenía el rostro amarillo como la cera. Sobre el pecho alguien le había depositado un ramillete de las lilas que andaban floreciendo por todas partes. 

El belga apartó la mirada al pasar. Cuando ya habíamos recorrido la mayor parte del puente, me confesó que era la primera vez que veía un hombre muerto. Imagino que tendría treinta y cinco años, y llevaba cuatro haciendo propaganda de guerra por radio. En los días siguientes, su actitud fue bien distinta de la que había tenido antes. Miraba con disgusto la ciudad arruinada por las bombas y las humillaciones que padecían los alemanes, y en una ocasión llegó a intervenir para impedir un episodio de pillaje especialmente desagradable. Cuando nos marchamos, a los alemanes con los que nos habían alojado les dio lo que sobraba del café que habíamos traído con nosotros. Una semana antes, la idea de dar café a un boche probablemente le hubiese escandalizado. Pero sus sentimientos, me dijo, habían sufrido un cambio al ver “ce pauvre mort” junto al puente; le hizo ver de golpe qué significa la guerra. Y, sin embargo, si nos hubiese tocado entrar en la ciudad por otro sitio, puede que nunca hubiera tenido la experiencia de ver siquiera un cadáver entre los, quizá, veinte millones que la guerra ha producido. 

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