La guerra de España entre las del siglo XX - Pío Moa



Los Mitos del franquismo. Pío Moa

La guerra de España entre las del siglo XX

Los historiadores de izquierda han solido incluir en sus cálculos las impresiones, recuerdos personales y rumores, y solo fue posible acercarse a la realidad de modo razonable cuando, como quedó dicho, Villar Salinas y más tarde los hermanos Salas y otros recurrieron a los censos y estadísticas demográficas. Las cifras totales pueden hoy estimarse, con bastante aproximación, en unos 145.000-150.000 caídos en combate (120.000 españoles, con una proporción ligeramente mayor del Frente Popular, y unos 25.000 extranjeros), más entre 110.000 y 140.000 por el terror de retaguardia, sin contar las ejecuciones de posguerra.

¿Cómo sitúan estas cifras a la guerra de España en el siglo XX? ¿Fue excepcional por su mortandad, como a menudo leemos? El siglo pasado se señaló por las dos contiendas mundiales, la segunda de las cuales se dobló en choques civiles en Italia, Francia o Yugoslavia. Desde luego, su letalidad supera enormemente a la española: solo los bombardeos sobre Alemania duplicaron ampliamente el total de muertes en España; o el sitio de Leningrado, de duración semejante a nuestra guerra, lo triplicó probablemente. Es preferible estimar las víctimas en proporción a la población de cada país. En la URSS se eleva al 13,5-14,2 por ciento, y en Alemania al 8-10, verdaderas hecatombes. Mucho mejor paradas salieron Francia, con 1,35; Italia, 1,03; Reino Unido, 0,94, y sobre todo USA, con 0,32. España está también en las proporciones más bajas: entre 1,09 y 1,2 por ciento de la población, a pesar de que los dos bandos eran españoles. 

Otra comparación pueden darla contiendas como la ruso-finesa, de 1939-1940: en los tres meses que duró, igualó los 150.000 caídos en combate en España. La guerra de Argelia, sostenida durante ocho años con intensidad desigual, pudo causar medio millón de muertes en una población que era la mitad que la española del 36. La de Corea superó en tres años el medio millón de muertos militares, una cifra enorme de desaparecidos y 2,5 millones de civiles muertos o heridos, para una población de unos 30 millones entre las dos Coreas; en la de Vietnam, desde la implicación useña en 1964 hasta 1975, pudieron morir entre 2,5 y 4 millones de personas (las estimaciones varían mucho), para unos 45 millones de habitantes. Más recientemente, la primera Guerra del Golfo, que en la práctica solo duró un mes, pudo causar 100.000 muertos, casi todos iraquíes. 

Comparando con diversas guerras civiles, tampoco hallamos en la de España una mortandad excepcional. La finlandesa de 1918, en apenas cuatro meses, mató a unas 35.000 personas, cadencia similar a la española para tiempo igual, pero con intensidad ocho veces mayor, pues Finlandia solo contaba con 3 millones de habitantes. En cuanto a la guerra civil rusa, comenzada en 1917 y terminada en lo esencial en cuatro años, las cifras se disparan: los muertos militares pudieron llegar a 1,5 millones (diez veces más que en España; quizá la mitad por enfermedades, debido a la pésima sanidad) más tal vez otro millón causado por el terror, y de cinco a ocho por hambre, tifus… para unos 130 millones de habitantes. Los investigadores difieren grandemente en las cifras, en todo caso gigantescas. La guerra civil griega de 1946 a 1949 ocasionó 120.000-150.000 muertos en un periodo similar al de España, lo que supone una intensidad 3,5 por ciento superior a esta, al tener Grecia apenas 7 millones de habitantes; y antes había sufrido pérdidas mucho mayores durante la guerra mundial, sobre todo por hambre.

La conclusión evidente es que la guerra española dista mucho de hallarse entre las más cruentas del siglo XX. 

Otro rasgo de estas guerras es el terror o represión de retaguardia. Desde bastantes años atrás asistimos a una vehemente campaña sobre las “víctimas del franquismo”, “las fosas” y las “cunetas”, generosamente subvencionada por el poder e impulsada últimamente por la llamada ley de memoria histórica. Sus propagandistas emplean el concepto “holocausto” para transmitir la imagen de incontables defensores de la democracia asesinados por el bando nacional. Se habla de más de 2.000 fosas con más de 100.000 víctimas, pero solo se  han descubierto ¡en doce años! (2000-2012) unas 200 fosas con un total de 1.328 exhumaciones. Ello ya apunta a la intención fraudulenta de mantener indefinidamente las correspondientes subvenciones. Los exhumados mezclan personas fusiladas y enterramientos de urgencia en los combates. Últimamente pedían ayuda para localizar “desaparecidos en la batalla del Ebro”. Si las fosas corresponden a derechistas asesinados, vuelven a cubrirse o se presentan como izquierdistas. 

El barranco de Órgiva. A finales del verano de 2003 corrió por las redes sociales un sensacional hallazgo de huesos cerca de Granada. El País citaba, a toda plana, “fusilamientos masivos”, “exterminio de compatriotas por motivos ideológicos” en una fosa “perfectamente documentada”; “lugar de crímenes y de muertes” por donde “había corrido un río de sangre”, según un catedrático de la Universidad de Granada. Un testigo recordaba camiones cargados de “hombres, mujeres y niños”, a quienes mataban a tiros y empujaban a la zanja, echándoles encima cal viva, “y así un día y otro”: entre 2.500 y 5.000 víctimas, un Paracuellos derechista. El ayuntamiento planeó un vistoso monumento en un parque conmemorativo, exigiendo subvención al Ministerio de Fomento, al que acusaba de “tapar” los hechos. Comenzaba una vasta ofensiva mediática. Pero el 2 de septiembre El País informaba en el lugar menos visible de una página interior: “Los restos óseos hallados el pasado sábado son, según los forenses, de origen animal” (cabras y perros). Ni la menor excusa por la estafa a la opinión pública. 

Con la guerra civil rusa entramos en otra dimensión. S. Payne considera probables unos 400.000 asesinados por el terror rojo y un número muy grande, pero menor, por el terror blanco. A ellos añadirían 100.000 judíos y más de medio millón de campesinos durante las revueltas de los mismos. Habrían perecido casi la mitad de los 4,5 millones de cosacos y entre 8 y 10 millones más por hambre. Años después, la hambruna desatada por la colectivización en Ucrania (Holodomor) y otras regiones, definida a menudo como una guerra civil contra una población desarmada, pudo haber causado entre 1,5 y 6 millones de muertos (nuevamente con grandes discrepancias entre los cálculos). Cualquier comparación con ocurrido en España queda fuera de lugar. 

España registró pocos crímenes de guerra y los muertos por bombardeo en las dos zonas se han estimado en unos 12.000 en casi tres años. El hambre apenas existió en el bando nacional, mientras que en el contrario fue la mayor del siglo… Pero la izquierda y los separatismos, por lo común comprensivos u olvidadizos con los terrores rojos, han hecho hincapié obsesivo en la represión franquista, convirtiéndola en tema central, muy subsidiado desde el poder socialista. 

Por supuesto, el terror rojo no tuvo nada de espontáneo o de popular: lo organizaron el gobierno, partidos y sindicatos, por medio de checas, allanamientos domiciliarios, incendios y expolios masivos, y lo practicaron gentes fanatizadas. Llamarlo “popular” expresa la voluntad de diluir en “el pueblo” responsabilidades concretas, justificándolas de paso. Y menos aun respondió a un terror previo, pues lo iniciaron las izquierdas mucho antes del 18 de julio. Comenzó, apenas instalada la república, con la gran quema de iglesias, centro de enseñanza y bibliotecas; y la siempre del odio y la amenaza contra la derecha y la Iglesia fue permanente. En las elecciones de 1933, al menos seis derechistas fueron asesinados y otros heridos, sin contrapartida; y el PSOE emprendió el terrorismo contra la Falange. Los planes socialistas para la insurrección en 1934 incluían vigilancias a enemigos políticos para, en su momento, neutralizarlos: en torno a un centenar de ellos y de clérigos fueron asesinados en las dos semanas de lucha en Asturias. Las agresiones se multiplicaron entre febrero y julio de 1936. 

La brutal represión realizada por los nacionales se explica mejor como una explosión del miedo, la indignación y la frustración largo tiempo contenidos ante una incesante agresión física y moral… En los dos lados el mayor número de crímenes se produjo en los primeros seis meses, siendo después sometidos, más o menos, a procedimientos judiciales. La persecución más sistemática, propiamente genocida, fue la religiosa y la mayor matanza de prisioneros, con gran diferencia, la de Paracuellos del Jarama. 

Otra diferencia es que el terror izquierdista no se aplicó solo a los llamados fascistas, sino también entre las propias izquierdas, sobre lo cual abundan los testimonios.

En resumen, y contra leyendas persistentes, la intensidad de la guerra o la represión “fascista” en España no fueron muy altas comparadas con otras muchas del siglo XX… España atraía una atención romántica, por sus peculiaridades y antigua influencia en los destinos del mundo, mientras que su posición geoestratégico interesaba a las grandes potencias. La guerra experimentó una relativa internacionalización: intervinieron Alemania, Italia y la URSS, mientras que Inglaterra y en menor medida Francia trataban de impedir que desbordase los Pirineos. Así, la intensísima lucha propagandística produjo infinidad de versiones, réplicas y contrarréplicas. Que continúan con plena vitalidad hasta hoy, un caso sorprendente. 

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