Matanzas en el Madrid republicano. Felix Schlayer, 1938 -7ª parte-

Lenin en la Glorieta de Bilbao; en medio,
Stalin y otros dirigentes en la Puerta de Alcalá;
abajo, Stalin hace compañía a Azaña
en el Palacio de Invierno.

Arrasadas las iglesias y sus imágenes, otras las
reemplazaron. Aquí la de La Pasionaria es llevada
en procesión. 

Los líderes soviéticos presiden, desde las calles
de Madrid, la lucha de la República por la
libertad y la democracia. En esta página:
El tirano soviético saluda a los españoles.



Crímenes monstruosos

Nos fuimos con el Delegado de la Cruz Roja a la Cárcel de mujeres, donde todo iba bien, y de allí nos dirigimos a la Dirección General, donde, en cambio, reinaba el caos. La noche anterior, el gobierno se había ido, en secreto, a Valencia y, con él, el Director General, Manuel Muñoz, un hombre que había que marcar a fuego. A mi pregunta sobre quién era ahora, en Madrid, el responsable del orden público, se me contestó que, al parecer, era Margarita Nelken (diputada socialista, judía, de origen germano-francés), ya que ésta se había instalado desde por la mañana en el despacho del Director General. Nadie, sin embargo sabía nada concreto y oficial. Pedí que me dejaran hablar con ella, pero transcurrido cierto tiempo me dijeron que se había ido. Yo lo que pienso es que no quiso dar la cara. Le dejé una tarjeta, en alemán, en la que apelaba a sus sentimientos humanitarios. En otra ocasión que, por casualidad, me la presentaron en la embajada de Francia, al dirigirle yo la palabra en mi idioma, me dijo que se le había olvidado el alemán, a pesar de que sus padres procedían de Alemania y que en su casa lo hablaban. 

El gobierno se había marchado, sin notificárselo al Cuerpo Diplomático y sin pedirle que le acompañara. ¡Esto era un “precedente” sin precedentes! Solo después se procedió a una notificación nada clara que ni siquiera aludía a la permanencia de los diplomáticos. Ante situación tan delicada se convocó una reunión de todo el Cuerpo Diplomático. 

Abandonamos, pues, la infructuosa búsqueda de la “mandamás” de la policía, Margarita Nelken, y decidimos informarnos acudiendo directamente al mando supremos recién nombrado, es decir, a Miaja, en el Ministerio de la Guerra. Miaja, con el que ya habíamos tratado con frecuencia, nos recibió enseguida. Pedimos protección segura para los presos, que nos preocupaban mucho, y le contamos cuanto habíamos observado por la mañana. Miaja nos lo prometía todo: a los presos no les tocarían ni un pelo. Le hablé más especialmente de mi abogado De la Cierva y de su liberación. Miaja aseguró que haría todo lo humanamente posible. Eran las cinco y media de la tarde, pero a Ricardo de la Cierva, ¡hacía ya dos horas que lo habían asesinado!

A la salida nos acompañó un ayudante al que yo conocía desde hacía tiempo, y nos recomendó que esperáramos un poco. Iba a empezar enseguida una reunión con representantes de los partidos del Frente Popular, en el curso de la cual se iba a nombrar la nueva “Junta de Defensa” de Madrid. Inmediatamente después de su nombramiento nos presentaría al nuevo Delegado de Orden Público. De hecho, al poco abrió la puerta de la sala, y, acto seguido, afluyó a la misma una muestra de los representantes de los actuales gobernantes, fiel reflejo de las estratos populares de donde procedían: se veía al tipo algo aburguesado, engreído en su superioridad, poco marcial en su antimilitarismo, de los republicanos de izquierdas; luego los hombres de aspecto hermético, pero fiero, de la juventud socialista-comunista y, finalmente, los típicos representantes de los “chulos” madrileños, los anarquistas de la FAI que entraban contoneándose y dándose importancia, majestuosos, todos ellos con sus chaquetones de cuero marrón y sus grandes pistolas al cinto; eran los futuros señores soberanos de Madrid, por la Gracia del Pueblo que iban pasando y desapareciendo dentro del despacho del General. 

Pasado algún tiempo apareció el ayudante con un hombre joven que tendría de veinticinco a treinta años de edad, un “camarada” robusto con un rostro de expresión más bien brutal, y nos lo presentó como nuevo Delegado de Orden Público. Pertenecía a las Juventudes Comunistas, a la más encarnizada e insensible de todas las organizaciones proletarias. Extremó su cortesía con los diplomáticos, con quienes establecía contacto por primera vez en su vida y nos citó para celebrar una entrevista en su nuevo despacho a las siete de la tarde. 

Ya no podía quedarme allí más tiempo. Tenia que recoger otra vez al Delegado de la Cruz Roja para acudir a la nueva autoridad policial, como había quedado convenido entre nosotros. Dicha autoridad se llamaba Santiago Carrillo. Tuvimos con él una conversación muy larga, en la que recibimos toda clase de promesas de buena voluntad y de intenciones humanitarias respecto a la protección de los presos y al cese de la actividad asesina. Pero la impresión final que sacamos de la entrevista fue de una total inseguridad y falta de sinceridad. Le dije lo que acababa de oír en la Moncloa y le pedí explicaciones. Carrillo pretendía no saber nada de todo aquello, lo cual me parece totalmente inverosímil, como lo demuestra el hecho de que durante la noche y el día siguiente prosiguieron, pese a sus falsas promesas, los transportes de presos sacados de las cárceles. Prosiguieron sin que Miaja ni Carrillo intervinieran para nada; y sobre todo, sin que pudieran seguir alegando desconocer unos hechos de los que les acabábamos de informar. A propósito de esta conversación convendría destacar también la categórica afirmación que, como Delegado de Orden Público, nos efectuó Santiago Carrillo, pretendiendo que Madrid se defendería mientras quedaran en la ciudad dos piedras, una encima de otra, y un hombre que pudiera sostener un fusil. Madrid, según él, solo se podría tomar cuando estuviera reducido a un montón de escombros. 

Tal es, ahora como antes, el espíritu que domina en los dirigentes rojos españoles. La destrucción constituye parte esencial de su programa, siendo la envidia y el resentimiento su móvil esencial. A menudo les decía: “Estáis todos mal del hígado”. En efecto, antes de ceder lo que no pueden mantener, prefieren destruirlo. Encuentran consuelo y satisfacción en inutilizar cualquier cosa, incluso si carece para ellos de la menor utilidad. Lo mismo me confirmaba, recreándose gustoso en tal idea, un comisario de policía madrileño: “Cuando tomen Madrid, la ciudad sólo será un montón de ruinas; todo está minado y, antes de entregarlo, volará por los aires”. Ni que decir tiene que ello no excluye, sino todo lo contrario, el que, frente al resto del mundo (cuyo horror ante hechos tan vergonzosos desconocen), atribuyan tal destrucción al enemigo. 


Lo que sí tuvo cierta gracia fue que, al separarme del Delegado de Orden Público Santiago Carrillo, en cuya mesa había depositado mis papeles, cogí sin darme cuenta la copia de una orden secreta de Largo Caballero, en la que se decía que el gobierno, “con el fin de seguir cumpliendo su principalísima misión de defensa de la causa republicana, había resuelto alejarse de Madrid y confiar a Miaja la defensa de la capital a cualquier precio. 

Al cabo de unos días ingresaron en mi Legación, en calidad de refugiados, dos presos liberados que habían actuado de escribientes en una de las galerías, por lo que, a diferencia de otros presos, gozaban de mayor libertad de movimiento y de más posibilidades de relacionarse con los milicianos. Me confirmaron todas las cifras y detalles obtenidos y añadieron que un grupo de policías habían reclutado, de entre la guardia que custodiaba la cárcel, a voluntarios para disparar sobre los presos, diciendo: “Hay poco tiempo para acabar con tanta gente y nosotros somos pocos”. Esos “voluntarios” contaban luego detalles que declaraban sus desnaturalizada crueldad, tales como que, unas veces antes y otras después de disparar contra sus víctimas, les habían quitado sus pitilleras, plumas estilográficas, botas…, desvalijándoles hasta de sus propios vestidos. 

Ahora estaba claro: habían asesinado a mil doscientas personas, a las que habían sacado de las cárceles con tal fin, ya que ni siquiera se había cursado el usual preaviso. Lo cursaron únicamente en el caso de Alcalá de Henares, siendo imposible averiguar si se hizo por error, por distracción o porque, ya en camino, la decisión de asesinarlos partiera de los acompañantes. La realidad fue que de San Antón salieron tres autobuses, uno por la mañana, otro a mediodía y otro por la tarde. El primero y el último llegaron intactos a Alcalá, mientras que los presos del segundo fueron asesinados sin excepción. 

Tal como pude sonsacarle a un miliciano, aquello había transcurrido de la siguiente manera: los autobuses que llegaban se estacionaban arriba en la pradera. Cada diez hombres atados entre sí, de dos en dos, eran desnudados -es decir, les robaban sus pertenencias-  y enseguida les hacían bajar a la fosa, donde caían tan pronto como recibían los disparos, después de lo cual tenían que bajar los otros diez siguientes, mientras los milicianos echaban tierra a los anteriores. No cabe duda alguna de que, con este bestial procedimiento asesino, quedaron sepultados gran número de heridos graves, que aún no estaban muertos, por más que en muchos casos les dieran el tiro de gracia. 

Ruego al lector que se detenga unos minutos procurando concentrarse en la imagen del tremendo suceso que caba de leer: una mayoría de hombres jóvenes, en la flor de la vida, pendientes en todas las fibras de su ser de los suyos -padres, madres, esposas, novias, hijos…-, unos hombres que no habían infringido ninguna ley humana se veían arrancados de una vida honrada, asesinados por sus compatriotas, aquí, al borde de una fosa, a pleno sol, sin haber visto nunca antes a sus verdugos y tras haber sido robados y, después, fusilados y enterrados, en tanto veían correr la misma suerte a sus amigos, parientes o camaradas; y todo esto, únicamente, por pertenecer a otra “clase”. ¿Puede uno imaginarse la desconfianza y la desesperación de estos pobres seres con respecto a la humanidad? ¿Cabe juicio condenatorio más terrible que el que merece la insensatez de semejante lucha de clases?

Dejamos atrás el aeropuerto de tráfico civil de Barajas y cruzamos el Jarama hacia Paracuellos. Este pueblo está maravillosamente situado sobre una elevación perpendicular al valle de dicho río, desde el que se disfruta de una vista espléndida de Madrid y su meseta, así como de la sierra de Guadarrama, más al fondo. Al llegar yo, había en un lugar, entre las casas de aquel pueblo y el declive abrupto de la meseta del valle, un considerable grupo de hombres con escopetas de caza y fusiles al hombro. 

Retrocedimos para tratar de averiguar algún indicio que nos proporcionara nuevas posibilidades de información. Tuve suerte. Ya en el viaje de regreso, al no ver señales de lo que buscaba, había dado orden de regresar a Madrid, cuando me encontré en el puente del Jarana con un joven de unos dieciocho años que volvía al pueblo después de haber estado arando con sus dos mulas. Lo paré y le pregunté con aire inocente dónde habían fusilado a tanta gente el domingo anterior. Señaló hacia la parte del otro lado del río, detrás de nosotros, y dijo: “Más allá, al otro lado, bajo los Cuatro Pinos. Pero no fue el domingo, “¡era sábado!”. Hice que me señalara cuales eran los Cuatro Pinos entre los muchos que se veían, y le pregunté: “¿Y cuántos vendrían a ser?”. “Muchos”, me contestó. A lo que añadí: “¿Seiscientos?”. “¡Más!”, me replicó. “¡Todo el día estuvieron viniendo autobuses y todo el día estuvimos oyendo las ametralladoras!”

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