Matanzas en el Madrid republicano. Felix Schlayer, 1938 -4ª parte-


En la lengua española se había introducido una nueva palabra mágica: “requisar”. Se “requisaba” sin más lo que apetecía tener: un auto, una vajilla de plata, buenas camas, así como viviendas enteras. Todo ello se adquiría con la condición inapelable de la pistola, que no admitía réplicas, y ese nuevo vocablo, tan de moda, sustituía a las expresiones habituales utilizadas para designar tales acciones. 

Una señora acudió a mi acompañada de una muchacha joven para contarme lo que les había sucedido pocos días antes, estando en su casa ella con su marido y su hijo, más un conocido con su hijo, cuando llamaron a la puerta a golpes, entraron cuatro milicianos exigiendo la presencia del señor de la casa. Al ver que, además de él, estaban allí el hijo y los otros dos hombres, ordenaron que los cuatro se fueran con ellos para prestar declaración ante el “juzgado”, a saber, “Fomento 9”, la célebre “checa”. 

Algo más tarde, la hija mayor acudió valientemente para preguntar qué les estaba pasando. La mandaron de un lado para otro, porque nadie quería saber nada de esos hombres. Cuando, ya desesperada, se quedó parada ante la puerta, apareció un coche con los cuatro tipos que se habían llevado a su padre, hermano y amigos. Al verlos, se abalanzó sobre ellos exigiendo que le dijeran lo que habían hecho con su familia. Los individuos, furiosos ante la expectación que provocaba en la calle, la arrastraron hacia el interior de la casa. A la mañana siguiente, la muchacha fue hallada muerta por armas de fuego en una cuneta cerca de un pueblo vecino. Al padre, el hermano y a los otros dos, los criminales, nada más prenderlos, los habían fusilado en una calleja donde los dejaron allí abandonados. En cuanto al amigo y su hijo, sus verdugos no sabían ni sus nombres; simplemente por encontrarlos juntos les hicieron correr la misma suerte, según el dicho alemán “juntos hallados, juntos ahorcados”. 

Trágico fue también el caso de un conde que tenía dos hijos. A uno se lo llevaron una tarde, al otro consiguió esconderlo, todavía a tiempo. Al día siguiente me pidió permiso para refugiarse en la Legación de Noruega; quería venir después de comer, a mediodía. Durante la comida aparecieron los milicianos de nuevo y prendieron al más joven de sus hijos. El conde llegó solo a la Legación. En la noche siguiente dispararon a los dos hijos y los mataron. 

Se dieron muchos casos en los que la preocupación por los demás miembros de la familia impedía la salvación propia. El amigo de un joven duque perseguido solicitó asilo para éste y se le concedió. Pero él se negó a considerar esta opción porque decía que, al no encontrarle a él si lo iban a buscar, se llevarían a su madre. Al día siguiente lo prendieron en su casa y por la noche lo mataron a tiros. Había sido durante años ayudante de Primo de Rivera. Más tarde tuve que recoger a su familia; para él era ya demasiado tarde. 

Para vergüenza de la humanidad podría escribirse acerca de estos meses madrileños un libro entero, lleno de ejemplos al respecto, pues se ha de tener en cuenta que no se trataba aquí de una persecución más o menos legal por parte de tribunales o de autoridades, sino de proceder arbitrario de individuos no cualificados. 

Como ejemplo, bien puede servir éste: al empezar la contienda, el propietario de una finca de mediana importancia, situada al suroeste de Madrid, se encontraba con su hijo en el pueblo, ocupado en las labores de la cosecha. Antes de que cundiera la consigna, que inmediatamente se extendió por el pueblo, de matar a todos los terratenientes, huyeron a esconderse, en primer lugar, en un pozo, donde un criado que se mantenía fiel les llevaba alimentos por la noche. Allí pasaron varias semanas hasta que enfermaron y no podían moverse. En uno de sus parajes había una pared doble; el espacio entre ambos paños de pared era de unos cincuenta centímetros. El pajar estaba lleno, según el método español de la paja cortada. Excavaron por las noches un “túnel” que atravesaba la “montaña” de paja y, al final de esa “galería” hicieron un agujero en el primer tabique y se cobijaron entre los dos paños de pared. Allí pasaron estos dos hombres unos seis meses largos. Sólo por la noche podían salir al patio, ya que cada pocos días volvían a preguntar por ellos para llevárselos. Su criado les dejaba, en un lugar determinado, algunos víveres, tomados los cuales se guarecían inmediatamente de nuevo en su escondite; allí tuvieron que permanecer inmóviles, aguantando el calor del verano y el frío del invierno, sin ventilación alguna durante aquellos meses referidos. Resulta difícil imaginar los tormentos que tuvieron que soportar. Más de una vez estuvieron a punto de salir afuera y dejarse asesinar antes que seguir aguantando. Sólo les mantuvo la esperanza de recibir ayuda de su familia. Cosa que así fue. Debido a las gestiones de una hija, el camión de una Legación extranjera llegó al pueblo con el pretexto de compara víveres. Al caer la noche, recorrió un trecho hacia las afueras del pueblo y esperó allí a los dos desgraciados, a quienes el viejo criado sacó “de contrabando”. Los trajeron a la Legación en estado francamente lastimoso. 

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