Eternamente Franco - Pedro Fernández Barbadillo


Franco, su régimen y los símbolos de este se ha convertido en la medida del Mal. La reductio ad Hitlerum que corta todo debate en las universidades, las tertulias o las redes sociales con el efecto de la guillotina revolucionaria, en España es una reductio ad Francum. Todo lo malo se atribuye a Franco y todo lo relacionado con Franco es malo. 

Ahora son los "muertos de las cunetas" -los de un solo bando, por supuesto, que los otros parece que fueron bien muertos- y los "niños robados"; dentro de poco, se les pasará la cuneta a los descendientes de los que financiaron el alzamiento o hicieron negocios en el franquismo. 

El franquismo incluyó a Federico García Lorca y a Miguel Hernández en sus libros de texto de los que excluyó a Rafael Sánchez Mazas, Agustín de Foxá y Manuel Machado. 

El Parlamento español es el único del mundo en el que no hay un partido que se califique de derecha.

Las cajas de ahorros desaparecieron por culpa de los políticos, que se apoderaron de sus fondos con la misma lujuria que los romanos de las sabinas. Nos decían que ya no iban a ser necesarias ni la caridad, ni la beneficiencia, porque iban a ser sustituidas por la justicia. ¡Menudo engaño!

Los sindicalistas delante de los micrófonos repiten una y otra vez las  muletillas políticamente correctas de "compañeros y compañeras" y "trabajadores y trabajadoras", hasta que, concluida la rueda de prensa y mezclados con los "plumillas", recuperan la gramática.

En el vestíbulo de la embajada de Rusia en Madrid, hay una serie de frescos que resumen la historia del país, una de las más brutales de entre las europeas, y en ellos aparecían tanto el Zar Nicolás como Lenin. Semejante aceptación del pasado es una ejemplo que deberíamos imitar. 

Enterremos a Franco ya. Por sensatez. Por racionalidad. Por la paz.

Una de las consecuencias de la época de las ideologías es que deja de existir vida privada. Todo acto, toda conducta, todo gesto, toda vestimenta, toda palabra, incluso todo pensamiento, se convierten en públicos y políticos, y deben adaptarse al discurso dominante.

En una revolución, como demostraban Rusia y México, no hay neutrales ni adversarios, sino sólo enemigos que merecen la aniquilación. Si el Gobierno, en vez de protegerte, te ataca, sueles saltar.

Francisco Franco, que, como han aconsejado las abuelas españolas de todo tiempo, escarmentadas por la experiencia del sectarismo nacional, no se había metido nunca en política desde que saliera de la Academia de Infantería, se vio forzado a hacerlo debido a la República. Primero, por Azaña y su purga en el Ejército; y luego por el golpe de Estado de la izquierda. Azaña, ministro de la Guerra en el primer bienio, le marcó como enemigo del régimen en sus diarios: entre los generales españoles, Franco era el "único temible". ¿Y qué hizo Franco para justificar ese juicio? Durante cuatro años, nada. Franco no se implicó en las conspiraciones de ciertos círculos de derecha; estuvo ausente del golpe de agosto de 1932, aunque Sanjurjo trató de persuadirle.

La izquierda, organizada en torno al Frente Popular, demostraba que estaba dispuesta a todo para alcanzar un poder que consideraba suyo y, una vez ocupado, hacer imposible su desalojo.

Por medio de la censura de prensa, el Gobierno de Casares prohibió que los periódicos calificasen de "asesinato" la muerte de Calvo-Sotelo y en un comunicado equiparó su asesinato con el del teniente José Castillo, que había sido expulsado del cuerpo por haber participado en la revolución de octubre y era instructor de las milicias socialistas en el uso de armas.

El periódico Claridad publicó el 15 unas declaraciones del socialista Francisco Largo Caballero, que estaba en Londres:

"¿No quieren este Gobierno? Pues que se sustituya por un Gobierno dictatorial de izquierdas. ¿No quieren el estado de alarma? Pues que haya guerra civil a fondo".

Melquiades Álvarez, político liberal, republicano y masón, expresidente del Congreso, era decano del Colegio de Abogados de Madrid desde 1932. Había aceptado ejercer la defensa legal de José Antonio Primo de Rivera y había asistido al entierro de Calvo-Sotelo. La lucha de Álvarez contra la dictadura del general Primo de Rivera, su republicanismo y su edad -había nacido en 1864- no le protegieron de las "hordas marxistas". El nuevo director general de Seguridad, Manuel Muñoz Martínez, de Izquierda Republicana -el partido de Azaña-, ordenó su detención el 4 de agosto. La noche del 21 al 22 de agosto fue asesinado en una de las "sacas" cometidas contra presos de la cárcel Modelo.

El 25 de julio un grupo de milicianos socialistas irrumpió en el Tribunal Supremo y robó el sumario abierto por el asesinato. Las investigaciones judiciales las realizaron los nacionales al concluir la guerra y constan en la Causa General.

El magnicidio de Calvo Sotelo colmó el profundo vaso de la paciencia de las derechas... De esta manera, Franco se preparó para participar en la sublevación. Como ha dicho Pío Moa en una de las frases más acertadas para comprender ese período de nuestra historia del que ahora se prepara una versión oficial impuesta por el Estado para blindar las mentiras, Franco "fue el último en sublevarse contra la República", cuando ya había arremetido contra la Constitución y el régimen una larga lista de políticos civiles -Azaña, Prieto, Largo Caballero, Companys y todos sus correligionarios-, a los que les gustaban más las violencias que el aburrido juego parlamentario.

Para Stanley Payne (El camino al 18 de julio) lo asombroso fue el aguante de la derecha, que, en mi opinión, se explica por su veneración por la legalidad y las instituciones, así como su patológica despreocupación por la "cosa pública", salvo para colocar a sus hijos en la Administración.

"Lo que llama la atención es lo contrario, es decir, la extraordinaria paciencia de las derechas en España, incluida la del propio Franco. En muchos países no se hubiese soportado ni la mitad de lo que se venía soportando desde hacía meses en España. Cualquier persona que dude de esta afirmación, debe primero hacer la comparación con las tres grandes guerras civiles de la época moderna en los países de habla inglesa -en 1640, en 1775 y en 1861- y verá inmediatamente que la situación en España era bastante más atroz."


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