¿Son demasiado caros los libros?, Propaganda y lenguaje popular, Arthur Koestler. George Orwell


¿Son demasiado caros los libros? George Orwell , 1 de junio de 1944

En cualquier debate sobre el precio de los libros, hay dos proposiciones que uno debe considerar axiomáticas. Una es que cuanto más lea el público, mejor; siempre y cuando no consista en leer pura basura. La otra es que no es aconsejable que los escritores se mueran de hambre. Y es importante comprender que se morirían de hambre o, si más no, tendrían que buscarse otro medio de vida, si los libros baratos fueran la norma en lugar de la excepción.

En los países totalitarios los problemas económicos de los escritores están resueltos, pero solo si se convierten en propagandistas del régimen, arruinando así tanto su potencial creativo como su honestidad.

Propaganda y lenguaje popular, verano de 1944

Hay que tener en cuenta que prácticamente todos los ingleses sienten aversión por cualquier cosa que suena pomposa y jactanciosa. Lemas como "No pasarán" o "Mejor morir de pie que vivir de rodillas", que han entusiasmado a las naciones del continente, a un inglés, especialmente a un obrero, le resultan ligeramente embarazosos. Pero el principal punto débil de los propagandistas y divulgadores es su incapacidad para darse cuenta de que el inglés hablado y el escrito son dos cosas distintas.

Al leer la prensa de izquierdas uno tiene la sensación de que, cuanto más alto pontifican algunos sobre el proletariado, más desprecian su lenguaje.

Son poquísimos los ingleses que le ponen jamás el broche a una frase cuando hablan improvisando. Y, por encima de todo, el vasto vocabulario inglés incluye miles de palabras que todo el mundo usa por escrito, pero que no tienen una auténtica difusión en el lenguaje hablado; y, contiene, además, miles de palabras que están ya obsoletas pero que van siendo arrastradas por cualquiera que quiera sonar inteligente o edificante. Con esto en mente, uno puede buscar la manera de asegurarse de que la propaganda, escrita o hablada, llegue al público al que va dirigida.

Los oradores más capaces, como Hitler o Lloyd George, suelen improvisar,, pero son casos muy excepcionales.

Arthur Koestler, 11 septiembre de 1944

Tal vez sea exagerado, aunque no mucho, afirmar que, cuando en este país se publica un libro sobre el totalitarismo y al cabo de seis meses sigue valiendo la pena leerlo, es porque se trata de un libro traducido de algún otro idioma.

El peculiar mundo creado por las fuerzas policiales secretas, la censura, la tortura y los juicios amañados, por supuesto, es bien conocido y hasta cierto punto despierta rechazo, pero ha causado muy poco impacto emocional. Debido a ello, apenas existe en Inglaterra literatura sobre el desencanto con la Unión Soviética. Están la postura de quienes la desaprueban por ignorancia y la de quienes la admiran de manera acrítica, pero muy pocas cosas entre ambas. Por ejemplo, la opinión sobre los juicios por sabotaje en Moscú estuvo muy dividida, pero sobre todo acerca de si los acusados eran o no culpables. Muy poca gente reparó en que, justificados o no, los juicios eran un horror indescriptible. Y la desaprobación inglesa de las atrocidades nazis también ha sido un tanto irreal, más o menos explícita según la conveniencia política. Para entender cosas como estas uno tendría que poder imaginarse como víctima, y que un inglés escriba El cero y el infinito sería tan improbable como que un traficante de esclavos escribiese La cabaña del tío Tom.

La obra de Koestler se centra en los procesos de Moscú. El asunto principal es la decadencia de las revoluciones debido a los efectos corruptores del poder, pero la peculiar naturaleza de la dictadura de Stalin le ha empujado a una postura no muy lejana del conservadurismo pesimista. Ignoro cuántos libros ha escrito. Es un húngaro que empezó redactándolos en alemán, y en Inglaterra se han publicado cinco: Testamento español, Los gladiadores, El cero y el infinito, La espuma de la tierra y Llegada y salida. El asunto de todos ellos es similar, y ninguno se libra más que en unas pocas páginas de un ambiente de pesadilla. De los cinco libros, tres transcurren por entero, o casi, en la cárcel.

En los primeros meses de la Guerra Civil española, Koestler fue corresponsal del News Chronicle, y a principios de 1937 fue detenido cuando los fascistas capturaron Málaga. Poco faltó para que lo fusilaran, y luego pasó varios meses encarcelado en una fortaleza, oyendo noche tras noche el estampido de los fusiles mientras ejecutaban a un grupo tras otro de republicanos y corriendo un grave peligro de ser fusilado también él. No fue una aventura casual que "podría haberle sucedido a cualquiera", pero estaban en consonancia con el estilo de vida de Koestler. Una persona sin interés en la política no habría estado en España en esa época, un observador más cauto habría salido de Málaga antes de que llegaran los fascistas, y a un periodista británico o estadounidense lo habrían tratado con más miramentos. El libro que escribió Koestler sobre esas vivencias, Testamento español, tiene pasajes notables, pero, dejando a un lado el carácter fragmentario habitual de cualquier reportaje, también incluye  muchas falsedades. En las escenas de la cárcel, Koestler acierta al describir el ambiente de pesadilla que por así decirlo, se ha convertido en su marca de fábrica, pero el resto está demasiado teñido de la ortodoxia del Frente Popular de la época.

El pecado de casi todos los izquierdistas de 1933 en adelante es que han pretendido ser antifascistas sin ser antitotalitarios.

Si alguien se interesa por la historia es para encontrar en ella significados modernos.

Si uno quiere escribir sobre los procesos de Moscú tendrá que responder a la pregunta: "¿Por qué confesaron los acusados?", y su respuesta será una decisión política.

No es solo que "el poder corrompa", sino que también lo hace el modo de llegar al poder. Por ello cualquier esfuerzo de regenerar la sociedad "por medios violentos" conduce a los sótanos de la OGPU. Lenin lleva a Stalin, y habría llegado a parecerse a él si hubiese sobrevivido.

La idea de que alguien cometió una "traición", o de que las cosas salieron mal por la perversidad de algunos individuos, es omnipresente en el pensamiento de la izquierda.

Ahora, con Francia recién liberada y la caza de brujas de los colaboracionistas en pleno apogeo, es fácil olvidar que en 1940 varios observadores sobre el terreno consideraron que alrededor del 40 por ciento de la población francesa era activamente proalemana o sencillamente apática.

Los comunistas franceses eran directamente pronazis.

El joven nazi de Llegada y salida hace la penetrante observación de que lo equivocado del movimiento de izquierdas se nota en la fealdad de sus mujeres.

Es muy probable, ¡y al mismo tiempo inconcebible!, que los problemas de la humanidad no lleguen a resolverse nunca. Pero ¿quién se atreve a mirar el mundo actual y decirse: "Siempre será así, ni en un millón de años mejorará ni un ápice"? Por eso hay quien llega a albergar la creencia casi mística de que, de momento, no hay remedio y toda acción política es inútil, pero que de algún modo, en alguna parte del espacio y el tiempo, la humanidad dejará de ser tan brutal y mísera como lo es ahora.

La única salida fácil es la fe religiosa de quien considera esta vida solo una fase de preparación para la siguiente. Pero poca gente racional cree hoy en la vida después de la muerte, y es probable que su número esté disminuyendo. Las iglesias cristianas probablemente no sobrevivirían por méritos propios si se destruyera su base económica. El verdadero problema es cómo restablecer la actitud religiosa y aceptar el mismo tiempo que la muerte es algo definitivo. La humanidad solo puede ser feliz si no da por sentado  que el objetivo de la vida es la felicidad.

La Revolución rusa, el acontecimiento principal en la vida de Koestler, empezó con grandes esperanzas. Hoy lo hemos olvidado, pero hace un cuarto de siglo la gente confiaba en que la Revolución rusa condujese a la Utopía. Es evidente que no ha sido así. Koestler es demasiado agudo para no darse cuenta de ello, y demasiado sensible para haber olvidado el objetivo original. Además, desde su perspectiva europea, puede ver las purgas y las deportaciones masivas como lo que son; a diferencia de Shaw y Laski, no está mirando por el lado equivocado del telescopio. De ahí que llegue a la conclusión de que no hay nada que hacer salvo ser un "pesimista a corto plazo"; es decir, dejar la política, crearse una especie de oasis en el que tú y tus amigos podáis conservar la cordura, y esperar que la cosa mejore dentro de cien años. en la base de eso late ese hedonismo que le lleva a considerar deseable el paraíso terrenal. No obstante, deseable o no, tal vez no sea posible. Puede que cierto grado de sufrimiento sea inevitable en la vida y que debamos elegir entre varios males; incluso es posible que el objetivo del socialismo no sea crear un mundo perfecto sino uno mejor. Todas las revoluciones son fracasos, pero todos los fracasos son iguales. Su reticencia a admitirlo ha llevado temporalmente la imaginación de Koestler a un punto muerto, y hace que Salida y llegada parezca superficial en comparación con sus primeros libros.

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