Madrid, de Corte a checa - Agustín de Foxá

-Chico, ¡qué vergüenza!
He visto cómo incendiaban los conventos ante la sonrisa de los guardias. Le interrumpió Molero, el comunista.
 - Hay que dar una lección a los católicos. Juan Basas narraba el incendio del convento de los jesuitas.
 - Eran cuatro chiquillos que yo hubiera dispersado con un bastón, pero el oficial que mandaba a los civiles me dijo que tenía órdenes de no hacer nada contra el pueblo.
Ramiro, con el mechón de pelo caído sobre la frente, y un jersey de lana marrón con gola, de boxeador, hablaba de las JONS.
- España será jonsista o será marxista; no hay elección.
 Tenía un defecto de pronunciación y rozaba las erres, afrancesándolas, por lo que forzaba la voz en la palabra “revolución”, para compensarla de aquella debilidad. Ramiro llevaba un breve bigote, como Hitler, que entonces todavía se llamaba “a lo Charlot”.
Al día siguiente se reunían todos en el cine de la Prensa. Acudían intelectuales y damas de izquierdas. Vibraba en el telón de plata la última cinta de Buñuel. Aquel hombre de aire abrutado y encrespado cabello había fotografiado el subconsciente.

 En los descansos se hablaba de Freud, de Picasso, de los amigos de París.

 José Félix estaba con Fifí Estrada, la consejera de Méjico, y la marquesa de Parla. Rosario Yáñez le sonreía desde una platea. Subían por la alfombra roja del pasillo Alberti, Neruda, Bergamín y María Zambrano. En el anfiteatro, Rivas Cherif y Margarita Xirgu; se les acercó a saludarles García Lorca.

 Proyectaban después Un Chien andalou. El público se escalofriaba, haciendo crujir las butacas, cuando un ojo enorme aparecía en la pantalla y lo rasgaba fríamente una navaja de afeitar, saltando sobre el acero las gotas de líquido del cristalino. Se oían gritos histéricos.
Se levantó, por fin, Primo de Rivera. Era un muchacho joven, guapo, agradable. Tenía la voz un poco nasal y exponía las ideas con justeza jurídica. Usaba metáforas brillantes. Se notaba en él cierta timidez y pudor ante los grandes espectáculos. Decía que romper las urnas era su más noble destino, que la Patria era una unidad de destino en lo universal y que por defenderla había que emplear la dialéctica de las pistolas, que los pueblos eran movidos por los poetas. Añadía que era candidato sin fe ni respeto.

 El público le ovacionaba.

 - Sobre todo, dice cosas nuevas.
García Lorca era moreno, aceitunado, de grandes pómulos, gran calavera y cara redonda; tenía una gordura de redondeces y un busto combado; presumía de gitano. Era un magnífico poeta. Había sacudido y vareado el romance castellano como un olivo, sacándole frutas nuevas y maravillosas. Le jaleaban sus amigos. Elogiaba el cante andaluz, que, según él, “tenía duende”.
Gil Robles era listo, buen parlamentario, dotado de una gran capacidad de agresión. Su voz de timbre chillón lastimaba al adversario. Sabía hacer política, pero no historia, porque carecía de esa emoción poética, de ese fuego comunicativo de los conductores de pueblos. Hombre de guiños y golpes en la espalda, hubiera sido un gran amigo de Romero Robledo. Era algo mezquino; a pesar de sus treinta y cinco años carecía de juventud física y moral, porque era fofo y calvo, y su frase favorita: “Prefiero la eficacia a la gallardía.”
Vio en la acera unas manchas rojas. Era la sangre de Francisco de Paula Sampol, primer muerto en Madrid de la Falange. A partir de aquel día su nombre en blanco encabezaría la lista de los caídos en los negros telones de los mítines.
En aquellos viajes, les leía los cinco capítulos de una novela que tenía sin terminar. Porque José Antonio tenía aficiones literarias. Los meses transcurrían monótonos, y los chicos de la Falange seguían cayendo atravesados a balazos en todas las esquinas, en las barriadas extremas, a la salida de la boca del metro.
Los republicanos y los laicos sustituían así la Navidad por el réveillon; copiando, como siempre, el modelo francés.

 También la fiesta de Reyes Magos se transformaba. Únicamente el Heraldo, por ironía, organizaba su cabalgata de camellos de circo, ponía turbantes a sus redactores y les dotaba de escaleras de mano. Vestidos de esa guisa, repartían juguetes en los hospicios y hacían propaganda de sus sentimientos democráticos. En las casas “bien”, donde había curse o mademoiselle francesa para los niños, ponían el árbol de Noël, o la disfrazaban de San Nicolás con su saco de juguetes.
En un pueblo cercano a Badajoz han convertido la iglesia en un salón de baile y al antiguo alcalde de la Dictadura le cortaron la cabeza con un hacha.
Las mujeres de los barrios bajos de Madrid se empeñaron en que las monjas habían dado a sus hijos caramelos envenenados. Hubo muertos y heridos. Gritaban como furias. A la profesora de francés de mis hijos le arrancaron con vidrios el cuero cabelludo y, como gritaba, Oh, con Dieu!, las mujeres chillaban: “Dale a esa, que se quiere hacer pasar por extranjera.”
¿Y José Antonio?

 Está bien, en la cárcel. Lleva un mono con cremallera y recibe a las visitas tan alegre como siempre. Hace gimnasia, toma duchas y está falangizando a toda la cárcel. Cuando entra en el patio de los presos comunes, todos saludan con el brazo en alto. De noche entabla partidas de ajedrez con Ruiz de Alda y Raimundo Fernández Cuesta.
Los llevaban aquellos primeros días a la Casa de Campo. Había una checa en la antigua caseta del guarda. Juzgaba un mozalbete de dieciséis años, que se divertía dándoles el tiro de gracia cuando los cuerpos saltaban, convulsos, entre los tomillos.

 Era el crimen motorizado. La agonía entre gasolina y ruidos de motor. Caían cuatrocientos o quinientos diarios, gente inocente, por mero capricho.

 Ponían la bandera roja y negra, en diagonal, de la Federación Anarquista, revoloteando sobre el níquel del faro derecho. Aquellos coches servían para los “paseos”. Llamaban al robo requisa, y al crimen, limpieza de la retaguardia.

 - Está bien; salud, compañero. Porque el “adiós” estaba proscrito.
A la mañana siguiente echaron a las monjas. Salían vestidas de adefesio, con sombreros ridículos y faldas anticuadas, cruzando las manos. Las vecinas de la calle las insultaban. Excitaban a los hombres:

 -Debíais llevarlas a la Casa de Campo.
Por la noche era más divertido. Al atardecer comenzaban los registros. Les gustaba mucho entrar en los pisos lujosos, humillar a los burgueses, hacer que les sirvieran copas y puros, y que les llorara la señora que iba en automóvil cuando ellos marchaban a pie. Siempre, además, se llevaban algún recuerdo, una pitillera de oro o un encendedor. Todavía no habían empezado los saqueos en regla.

 Aquello, sin embargo, no les bastaba. Necesitaban sangre.

 Afortunadamente, en aquellos registros casi siempre encontraban un muchachito pálido, de dieciocho a veinte años, hijo de los señores, cuya cédula ponía “estudiante”.

 Sentían un placer sádico escuchando los gritos de la madre y de las hermanas. Le sacaban a empellones. A veces el padre se empeñaba en acompañar a su hijo.

 Venga usted también. Y se miraban, sonriendo, con sorna.

 Los fusilaban a la madrugada, en las afueras, en la Casa de Campo, en los altos de Maudes, en los alrededores de la plaza de toros de Tetuán. Hacían chistes con la muerte.

 Ponte de perfil, que te voy a retratar.

 Vamos a “marearos” un poquito.

 No creían que se trataba de hombres con sangre y lágrimas y sistema nervioso. Jugaban con ellos como si fueran muñecos, se reían de las familias.
No les desarmaba el pudor, ni la belleza, ni la valentía. Eran fuerzas telúricas o abismales, sueños prehistóricos que resucitaban. Y un odio químicamente puro.

 Porque odiaban toda superioridad. En las checas triunfaban los jorobados, los bizcos, los raquíticos y las mujerzuelas sin amor, de pechos fláccidos que jamás tuvieron la hermosura de un cuerpo joven entre los brazos.

 Querían ver los bellos cuerpos humillados en la muerte, desnudos los hermosos senos sonrosados, a la altura de sus tacones torcidos. Algo satánico animaba a aquellos hombres. Parecían un caso colectivo de posesión diabólica. Tenían reflejos rojos en sus caras renegridas y una sonrisa feroz, casi con espuma de salivilla. Olían a sangre, a sudor, a alpargatas.

 El instinto del mal les daba agudeza. Y obreros ignorantes que jamás habían pisado el museo, sabían destruir los mejores lienzos, rasgar los Riberas más difíciles.

 No eran ateos, sino herejes. No ignoraban a dios, sino lo odiaban. Le decían al cura, tembloroso, junto al zanjón de la Casa de Vacas en la checa de la Casa de Campo:

 - Blasfema y te perdonamos la vida.
Tiraban todo un pasado. Las leyendas, los recuerdos, la nostalgia. Habían quebrado miniaturas y relojes con remontoir, litografías y vitrinas y cartas familiares de Isabel II, de Prim, de O’Donnell, contratos antiquísimos, reliquias, abanicos de óperas antiguas, fotografías de abuelos y archivos. Y la ciudad se quedaba sin historia, como una ciudad nueva de Australia o Norteamérica, sin engarce con el pasado, sin muebles de estilo, sin espadas, sin sillones fraileros.

 No se trataba únicamente de una lucha de ideas. Eran el crimen, el odio y el instinto sexual, andando por la calle.
La burguesía de Madrid, acorralada, se pasaba el día junto al fogón de la cocina o la caldera de la calefacción, quemando recuerdos, retratos y recibos de Renovación o Acción Popular. También escondían las escopetas de caza y las cajas de cartuchos.
Se fusilaba ya menos en la checa de la Casa de Campo, abarrotada de cadáveres. Allí juzgaba un tribunal compuesto por cuatro mujeres y un hombre maduro.

 A los falangistas los metían en pozos, los enterraban hasta la cintura, les rociaban el tronco con gasolina, quemándolos vivos. Se les oía aullar a través del humo.

 Se fusilaba en todo Madrid: en el barrio de la China, en la colonia del Viso, en las afueras con desmonte y campo y las cocheras taciturnas de los tranvías. Morían más de trescientos diarios. Algunos parecían mutilados, con os órganos vitales en la boca y hojitas de perejil, imitando en burla a los cochinillos de Botín. Les ponían sobre el pecho el carnet o el salvoconducto para que supieran su nombre y, encima, “UHP” o un carmelita donde ponía “Quinta Columna”.

 El crimen estaba perfectamente organizado. Por primera vez en la historia, todo el mecanismo burocrático de un Estado era cómplice de los asesinatos. En la Dirección de Seguridad se llevaban cuidadosamente los ficheros y los álbumes con fotografías de los cadáveres. Les hacían dos fotografías: una de frente y otra de perfil. A pesar de todo era muy difícil reconocerlos, porque tenían machacadas las facciones, inflada la nariz o rota la mandíbula.
Aquella oficina funcionaba perfectamente. A las seis de la mañana los automóviles de limpieza recogían los muertos. Los clasificaban, los amontonaban en los depósitos. Colocaban junto a la fotografía un trocito del traje que llevaba y las iniciales de la camisa. Y lo reseñaban al dorso: “Ojos claros, nariz aguileña, boca grande.” Para guardar las apariencias legales de una democracia, los médicos extendían la papeleta de defunción. Diagnosticaban siempre: “Muerto por hemorragia.” Y era verdad.
Cruzaba calles extrañas, madrileñas, donde ya penetraban las banderas victoriosas del Komintern. Aquellos hombres, con palabras españolas, de sangre ibérica y gestos latinos, eran ya súbditos de Rusia.

 Rusia robaba las almas y alzaba unos hombres, sin espíritu, a unos muertos de pie, sonámbulos, contra sus propios hermanos. Él era en realidad el gobernador, el alto comisario de Moscú en Madrid. Sus corteses notas verbales serían órdenes, porque detrás de sus sonrisa estaba la promesa de los tanques rusos, de los cazas ligeros, de las baterías antiaéreas.

 En sus maletas traía las películas que iban a rusificar a Madrid. El acorazado Potemkin, la línea general y los marinos de Kronstadt.
Ya no caían, solo, los falangistas, los sacerdotes, los militares, los aristócratas. Ya la ola de sangre llegaba hasta los burgueses pacíficos, a los empleadillos de treinta duros y a los obreros no sindicados. Se fusilaba por todo, por ser de Navarra, por tener cara fascista, por simple antipatía; los milicianos, como niños y como los brutos, eran arbitrarios, y lo mismo mutilaban a uno antes de matarlo que acababan bebiendo con él unas copas de coñac. Pero incluso aquella clemencia era irritante por injusta.
Pero a pesar del cambio de empresa existía la superstición del nombre, y la gente de derechas seguía comprando los periódicos anarquistas, pues le parecía sospechoso acercarse a un quiosco y pedir ABC. En aquellas páginas habían publicado las famosas fotografías del convento del Carmen, con los milicianos de la FAI revestidos de capas pluviales, con los bonetes de medio lado y las calaveras de las monjas en las manos.
Mentían descaradamente. Sabían de la estupidez del pueblo y le engañaban: “Cada día una victoria.” “El aplastamiento de la subversión es cuestión de días.” “Cáceres ha caído.” Siempre estaban a las puertas de Córdoba o de Oviedo, pero nunca entraban. En cuanto se aproximaban las milicias a una capital, ya la daban por tomada.

 Como en el Madrid rojo había desaparecido la sonrisa, los fotógrafos seguían la técnica rusa de retratar la carcajada. Campesinos entre espigas y milicianas segando, con la boca abierta estúpidamente, mirando hacia los cielos y hacia los aviones “facciosos”.
Con la muerte de la religión se removían todos los posos paganos; algunos aludían a la fatalidad; bailaban dentro de las iglesias. Baco y Venus se entronizaban, y en medio de las eras de un pueblo cercano a Madrid, los mozos habían serrado en la estatua de San Miguel la imagen del arcángel con sus alas azules para pasear procesionalmente, entre los trigos y las amapolas, la efigie, pastosa y verde, del diablo en forma de dragón. Así rendían culto al viejo Pan, señor de los instintos y de las fuerzas oscuras.
En Paracuellos del Jarama, el otro día tumbé tantos fascistas que se podía haber encendido un pitillo en el cañón de la pistola.
Se preparaba el primer invierno ruso en Madrid.

 Rosenberg mandaba poner enormes cabezas con el rostro mongólico de Lenin para colgarlas de los edificios de la Gran Vía.

 La nieve y el frío contribuían a sovietizar Madrid. ¿Sería Madrid de Franco o de Rosenberg?
En aquella ciudad habían perseguido mucho a los aristócratas; incluso señoritas, hijas de títulos, aparecían muertas por las cunetas de las carreteras. Familias enteras habían sido exterminadas.
Exhibían en la frontera el salvoconducto dado en Natcho-Enea de San Juan de Luz, el hotel vasco, que era como un consulado de la España nacional.
Pensaba que hasta que Franco quisiera, aquella ciudad era inaccesible. Que era más fácil llegar a Pekín o a Chile que a aquellos edificios que veía con todo detalle.

 Estaba a diez minutos de tranvía de la Puerta del Sol; allí al alcance de la mano, contemplaba a la ciudad más lejana del mundo.