¿Pueden ser felices los socialistas?, George Orwell


- El cielo es un fiasco tan grande como la utopía.

- Las versiones paganas del paraíso no son mucho mejores. Uno tiene la sensación de que en los Campos Elíseos siempre está atardeciendo. El Olimpo, donde vivían los dioses, con su néctar y su ambrosía, sus ninfas y Hebe -las "furcias inmortales", como las llamó D.H. Lawrence-, puede que resulte un poco más acogedor que el cielo cristiano, pero tampoco querríamos pasar mucho tiempo allí. Y en cuanto al paraíso musulmán, con sus setenta y siete huríes por cada hombre -todas ellas, es de suponer, exigiendo atención al mismo tiempo-, es sencillamente una pesadilla. Y tampoco los espiritualistas, pese a asegurarnos sin cesar que "todo es hermoso y brillante", son capaces de describir ninguna actividad en el más allá que una persona racional considere soportable, no hablemos ya de que le resulte atractiva.

- La incapacidad de la humanidad para imaginar la felicidad más que como una forma de alivio, ya sea del esfuerzo o del dolor, les plantea a los socialistas un grave problema.

- A riesgo de decir algo que los editores del Tribune tal vez no aprueben, sugiero que el verdadero objetivo del socialismo no es la felicidad. Hasta ahora la felicidad ha sido un efecto derivado, y, por lo que sabemos, puede que siga siéndolo siempre. El verdadero objetivo del socialismo es la fraternidad humana. Ese es el sentimiento generalizado, aunque no acostumbre a decirse, o no se diga lo bastante alto. Los hombres entregan sus vidas a luchas políticas desgarradoras, o los matan en guerras civiles, o los torturan en las cárceles de la Gestapo, no con el fin de instaurar un paraíso con calefacción central, aire acondicionado y luz de fluorescentes, sino porque quieren un mundo en el que los seres humanos se amen los unos a los otros en lugar de engañarse y matarse los unos a los otros. Y quieren ese mundo como un primer paso. Qué harán llegados a ese punto no está tan claro, y tratar de pronosticarlo en detalle no hace más que confundir el asunto.

- Casi todos los creadores de utopías han sido como ese hombre que tiene dolor de muelas y, por tanto, cree que la felicidad consiste en no tenerlo. Quieren forjar una sociedad perfecta mediante la prolongación sin fin de algo que solo era valioso porque era provisional.

- Todo aquel que intenta imaginar la perfección no hace más que delatar su propio vacío.