Liberación animal - Peter Singer

El término “animal” mezcla seres tan diferentes como las ostras y los chimpancés, al tiempo que interpone un abismo entre los chimpancés y los humanos, a pesar de que nuestra relación con estos simios sea mucho más estrecha que la de éstos con las ostras. 

Si cesara la cría de animales y su sacrificio como fuente de alimento, quedaría disponible una cantidad mucho mayor de alimentos para los humanos que, distribuida adecuadamente, eliminaría del planeta la muerte por hambre y desnutrición. La liberación de los animales es, también, la liberación de los humanos. 

El principio básico de la igualdad no exige un tratamiento igual o idéntico, sino una misma consideración. 

Nos guste o no, tenemos que reconocer el hecho de que los humanos tienen formas y tamaños diversos, capacidades morales y facultades intelectuales diferentes…. Si cuando exigimos igualdad nos basáramos en la igualdad real de todos los seres humanos, tendríamos que dejar de exigirla. 

Si un ser sufre, no puede haber justificación moral alguna para negarse a tener en cuenta este sufrimiento. El principio de igualdad exige que su sufrimiento cuente tanto como el mismo sufrimiento de cualquier otro ser. 

Casi todos los seres humanos son especistas. Los siguientes capítulos muestran que los seres humanos corrientes -no sólo unos cuantos excepcionalmente crueles o despiadados, sino la gran mayoría- participan activamente, dan su consentimiento y permiten que sus impuestos se utilicen para financiar un tipo de actividades que requieren el sacrificio de los intereses más vitales de miembros de otra especie para promover los intereses más triviales de la nuestra. 

Lo que necesitamos es una postura intermedia que evite el especismo pero que no convierta las vidas de los retrasados mentales y de los ancianos con demencia senil en algo tan despreciable como lo son ahora las de los cerdos y los perros, ni tampoco hacer de las vidas de los cerdos y los perros algo tan sacrosanto que creamos que está mal poner fin a su sufrimiento aunque no tenga remedio. 

En tanto que recordemos que debemos respetar por igual las vidas de los animales y las de los humanos con un nivel mental similar, no andaremos muy desencaminados. 

Herramientas de investigación

Si el ejército dejara de hacer experimentos con perros y usara en su lugar ratas, también deberíamos preocuparnos. 

El investigador que fuerza a unas ratas a escoger entre morirse de hambre o el electrochoque para ver si desarrollan úlceras (y sí las desarrollan), lo hace porque sabe que la rata tiene un sistema nervioso muy parecido al del ser humano, y se supone que siente un electrochoque de manera similar. 

Los resultados de los experimentos no parecen tener la suficiente importancia como para justificar el sufrimiento que han causado, recuérdese que todos estos ejemplos proceden de la pequeña porción de experimentos que los editores consideraron lo bastante significativa como para publicarse. 

Muchos experimentos de los que se llevan a cabo con ratas solo pueden aplicarse si asumimos que sus autores están realmente interesados en la conducta de la rata en sí, sin ninguna idea de aprender nada sobre los seres humanos. 

Los toxicólogos saben desde hace ya mucho tiempo que extrapolar de una especie a otra es una empresa muy arriesgada. 

El Opren fue retirado del mercado en Inglaterra después de más de 61 muertes y más de 3500 informes de reacciones adversas. 

Como dijo un tóxicólogo: “Si la penicilina hubiera sido juzgada por su toxicidad para las cobayas, quizá nunca se hubiera aplicado en humanos”. 

Es difícil tomarse en serio la sugerencia de que unos pequeños animales peludos drogados con atropine y que se envuelven en orina cuando tienen calor constituyen un modelo. 

Muchos experimentos parecen triviales o mal pensados, y algunos ni siquiera se concibieron para obtener resultados importantes. 

Tras décadas de experimentos proyectados para producir el shock en perros mediante la provocación de hemorragias, estudios más recientes indican que (¡sorpresa!) este tipo de shock no es igual en los perros y en los humanos. 

¿Cómo pueden unas personas que no son sádicas pasar su jornada laboral provocando depresiones de por vida a los monos, calentando perros hasta la muerte o volviendo drogadictos a gatos? ¿Cómo, después de todo esto, puede alguien quitarse su bata blanca, lavarse las manos e irse a casa a cenar con su mujer e hijos? ¿Cómo pueden permitir los contribuyentes que su dinero se use para financiar estos experimentos? ¿Cómo pudieron los estudiantes realizar protestas contra la injusticia, la discriminación y la opresión de todo tipo, sin importar los límites territoriales de su país, mientras ignoraban las crueldades que se cometían -y aún se cometen- en sus propias universidades?

Toleramos crueldades con miembros de otras especies que nos enfurecerían si se hicieran con miembros de la nuestra. El especismo hace que los investigadores consideren a los animales con los que experimentan como una parte más del instrumental, útiles de laboratorio y no criaturas vivas que sufren. 

Hay factores especiales que contribuyen a hacer posibles los experimentos. El que más cuenta, sin duda, es el inmenso respeto que todavía sentimos por los científicos. 

El mito generalizado de que todos los veterinarios son personas que quieren a los animales y no permiten que se les haga sufrir innecesariamente…. Pero a alguien que realmente aprecie a los animales tiene que resultarle difícil completar los estudios de veterinaria sin que se le adormezca la sensibilidad ante el sufrimiento animal, y quizá los más sensibles no sean capaces de terminarlos.

La raison d’etre de la profesión veterinaria es el bienestar total del hombre, y no el de los animales inferiores. 

No es de extrañar que en la respetada revista científica británica New Scientist un escritor describiera Estados Unidos como “un país que, según queda reflejado en su legislación de protección animal, parece una nación de bárbaros”. 

Vieron animales retorciéndose, aparentemente despertando de la anestesia mientras los cirujanos operaban en sus cerebros expuestos. También oyeron a los cirujanos mofándose y riéndose de animales asustados y sufrientes. 

¿Cuándo están justificados los experimentos con animales? Al enterarse de la naturaleza de muchos experimentos realizados, algunas personas reaccionan diciendo que deben prohibirse todos inmediatamente. Pero si formulamos nuestras exigencias de una manera tan absoluta, los experimentadores disponen de una rápida respuesta: ¿Estaríamos dispuestos a dejar morir a cientos de humanos si se pudieran salvar mediante un solo experimento con un solo animal?


Desde luego, esta pregunta es puramente hipotética. Nunca ha habido, ni podrá haberlo, un solo experimento que salve miles de vidas. La respuesta adecuada a esta pregunta hipotética es otra pregunta: ¿Estarían dispuestos los experimentadores a realizar el experimento con un huérfano humano menor de seis meses si ése fuera el único modo de salvar miles de vidas?

Si los experimentadores no estuvieran dispuestos a utilizar una criatura humana, su disposición a utilizar animales no humanos revela una forma injustificable de discriminación sobre la base de la especie, ya que los gorilas adultos, monos, perros, gatos, ratas y otros animales son más conscientes  de lo que les sucede, más capaces de autodirigirse y, por lo que sabemos, al menos igual de sensibles al dolor, que una criatura humana. (He especificado que el niño fuera huérfano para evitar las complicaciones de los sentimientos de los padres. Plantear el caso de esta manera es, si acaso condescendiente  cara a quienes defienden el uso de animales no humanos en experimentos, ya que los mamíferos destinados a uso experimental suelen ser separados de sus madres a muy temprana edad, cuando la separación causa aflicción tanto en la madre como en el hijo.)

Si realmente fuera posible salvar muchas vidas con un experimento que sólo acabara con una y no hubiera ningún otro modo de salvarlas, ese experimento estaría justificado. Pero se trataría de un caso extremadamente raro. 

No debe pensarse, sin embargo, que la investigación médica pararía en seco o que un torrente de productos no probados inundaría el mercado. Por lo que respecta a nuevos productos es cierto, como ya dije antes, que tendríamos que arreglarnos con una cantidad menor, utilizando ingredientes que ya sabemos que no son peligrosos. 

Aunque decenas de miles de animales han sido forzados a inhalar el humo del tabaco durante meses e incluso años, la prueba de la conexión entre el uso del tabaco y el cáncer de pulmón se basó en datos de observaciones clínicas en humanos. 

¿Podemos justificar que se fuerce a miles de animales a inhalar humo de tabaco para que desarrollen cáncer de pulmón, cuando sabemos que prácticamente podríamos acabar con la enfermedad eliminando el uso del tabaco? Si las personas deciden continuar fumando, sabiendo que así se arriesgan a un cáncer de pulmón, ¿es correcto hacer sufrir a los animales el coste de esta decisión?

Cada vez más científicos se están dando cuenta de que la experimentación con animales a menudo frena el avance de nuestra comprensión de las enfermedades de los humanos y su tratamiento. 

¿Por qué han de estar muriéndose personas por una enfermedad invariablemente fatal mientras se prueba una posible cura en animales que no suelen desarrollar el SIDA?

En la granja industrial

Para la mayoría de los seres humanos, especialmente los de las modernas comunidades urbanas o de la periferia, la forma de contacto más directa con los animales no humanos se produce a la hora de las comidas: nos los comemos. 

Es aquí, cuando nos sentamos a la mesa y en el supermercado o carnicería de nuestro barrio, donde nos ponemos en contacto directo con la mayor explotación que jamás haya existido de otras especies. 

Jamás se expone a las aves a la luz natural, excepto el día en que se las saca para sacrificarlas,  el aire que respiran está fuertemente impregnado del amoníaco de sus propios excrementos. Tienen una ventilación adecuada para mantenerlas vivas en circunstancias normales, pero, si hubiera un fallo mecánico, pronto se asfixiarían. Incluso una posibilidad tan básica como un fallo eléctrico podría ocasionar un desastre, ya que no todas las granjas avícolas poseen un grupo generador autónomo auxiliar. 

El rápido ritmo de crecimiento también causa lesiones y deformidades que fuerzan a los productores a sacrificar entre un 1 y un 2% de los pollos -y puesto que sólo se retiran los casos más severos, la cantidad de aves que sufren deformidades tiene que ser mucho más alta-. 

Los investigadores alertaron a los granjeros para que pasaran el menor tiempo posible en sus naves y usaran un respirador al entrar. Pero el estudio no decía nada sobre respiraderos para los pollos. 

Las puertas se abrirán de par en par y las aves, llevadas boca abajo y violentamente introducidas en cajas que se amontonan en la trasera de un camión. Finalmente son sacados de las cajas y colgados boca abajo de la cinta transportadora que los conduce hasta el cuchillo que acabará con su infeliz existencia. 

Los cuerpos de los pollos, desplumados y preparados, se venderán entonces a millones de familias que chuparán sus huesos sin detenerse a pensar por un instante que se están comiendo el cuerpo muerto de una criatura que estuvo viva, ni lo que se le hizo a esa criatura para que ellos pudieran comprar y comer su cuerpo.

Algunas compañías gasean a los pequeños polluelos, pero es más frecuente que se les arroje vivos a un saco de plástico donde acaban asfixiados por el peso de los otros polluelos que caen encima de ellos. … para los criadores, la muerte de estos polluelos machos es como para nosotros sacar la basura. 

La situación de las gallinas en estas condiciones es similar a la de tres personas que intentan pasar la noche cómodamente en una cama estrecha, con la diferencia de que las primeras están condenadas a esa infructuosa lucha por un año entero. 

En los mamíferos, la temprana separación de madre e hijo causa desazón en ambos. Respecto a las propias jaulas, un ciudadano normal que mantuviera perros en condiciones similares durante todas sus vidas se arriesgaría a que le denunciasen por crueldad. Sin embargo, a un porquero que trate así a un animal de inteligencia comparable es más probable que se le recompense con una concesión fiscal o, en algunos países, con un subsidio directo del Gobierno. 

Los humanos dan a luz, pero los cerdos paren. 

Las cerdas se tiraban violentamente hacia atrás tensando la cadena. Daban cabezazos mientras se retorcían y daban vueltas luchando por liberarse. A menudo emitían fuertes gritos y de cuando en cuando algunas se chocaban contra las paredes laterales de los establos. En ocasiones, esto terminaba provocando que las cerdas se colapsaran sobre el suelo. 

Estos violentos intentos de escapar pueden durar hasta tres horas. Cuando disminuyen, las cerdas permanecen tumbadas por largos periodos de tiempo, a menudo con el morro metido bajo los barrotes y emitiendo de cuando en cuando suaves gruñidos y quejidos. 

Los beneficios del productor y los intereses del animal están en conflicto. 

De todas las formas de producción animal intensiva que hoy se practican, la que mayor repugnancia moral provoca es la de la carne de ternera. 

Un día o dos después de nacer salían en camiones hacia el mercado, donde, hambrientos y asustados por el extraño ambiente y por la ausencia de sus madres, se vendían para entregarlos inmediatamente al matadero. 

La carne rosa pálido es, de hecho, carne anémica, y la demanda de carne de este color es una cuestión de esnobismo ya que el color no afecta al sabor ni, por supuesto, la vuelve más nutritiva, sino más bien todo lo contrario, solo significa que le falta hierro. 



Para asegurarse de que el ternero destinado a carne come todo lo que puede, no se le da agua. El único líquido al que tiene acceso es su comida: un sustituto enriquecido de la leche, compuesto de leche en polvo y grasa añadida. Puesto que los establos que los albergan se mantienen cálidos, los sedientos animales ingieren más alimento del que tragarían si pudieran beber agua. Como consecuencia del exceso de comida es habitual que rompan a sudar, de modo similar a como dijimos que le ocurre a un ejecutivo que ha comido demasiado y muy deprisa. Al sudar, el ternero elimina humedad; esto le produce sed de nuevo, de modo que la próxima vez vuelve a comer en exceso. Este procedimiento es insalubre según los criterios generalmente admitidos, pero el productor de carne de ternera, cuya finalidad es producir el animal más pesado en el menor tiempo posible, no se inquieta por su salud futura mientras sobreviva para llevarlo al mercado; así, Provimi advierte que el sudor es una muestra de que “el ternero está sano y creciendo lo máximo posible”. 

La industria de la ternera es una rama de la industria lechera. Se les apartan de los hijos cuando nacen, experiencia ésta que es tan dolorosa para la madre como aterrorizante para el ternero. 

Después de que le retiren su primer ternero, comienza el ciclo de la producción de la vaca. Se le ordeña dos veces al día, en ocasiones tres, durante diez meses. Después del tercer mes, será preñada de nuevo. Será ordeñada hasta unas seis o siete semanas antes del siguiente parto, y otra vez de nuevo tan pronto como se le priva del ternero. Normalmente, este ciclo intensivo de gestación e hiparlactación puede durar tan solo unos cinco años, tras los cuales la vaca “gastada” se envía al matadero para convertirse en hamburguesa o comida para perros. 

El sufrimiento se les ha provocado a los animales para el beneficio del hombre, ya sea con los métodos modernos o con los tradicionales. Parte de este sufrimiento ha sido una práctica normal durante siglos, y aunque esto podría inclinarnos a pensar que no existe motivo de preocupación, no es ningún consuelo para el animal que lo padece. 

Casi todos los ganaderos quitan los cuernos, marcan y castran a sus animales. 

Cuando se quieran los cuernos se cortan también arterias y otros tejidos, lo que hace correr la sangre. 

Aunque la castración, el marcado y la separación de las madres de sus crías han causado sufrimiento a los animales de la granja durante siglos, la crueldad del transporte y del matadero despertó en el siglo XIX las más angustiosas súplicas por parte del movimiento humanitario. En Estados Unidos, los animales eran conducidos desde pastos cercanos las Rocosas hasta las estaciones de ferrocarril; ahí se les embutía en vagones de tren y se les negaba el alimento durante varios días, hasta su llegada a Chicago. Allí, en gigantescos depósitos con olor a sangre y carne putrefacta, los que habían sobrevivido al viaje tenían que esperar a que les tocara el turno de ser arrastrados y aguijoneados para que subieran la rampa, donde les esperaba el matarife. Si la puntería era buena, podían considerarse afortunados, pero no siempre tenían suerte. 

Es frecuente que el ganado vacuno se pase 48 o incluso 72 horas dentro de un camión, sin ser descargado. 

El animal que tenemos ante nosotros en el plato a la hora de comer tal vez no murió de ninguna de éstas formas, pero estas muertes son y han sido siempre una parte de la totalidad del proceso que nos proporciona la carne que comemos. 

Dar muerte a un animal es un acto que produce cierto malestar. Se ha dicho que si tuviéramos que sacrificar nosotros mismos a la carne que nos sirve de alimento, todos seríamos vegetarianos. 

El público puede tener la esperanza de que la carne que compra proviene de un animal que murió sin dolor, pero en realidad no quiere enterarse. Sin embargo, aquellos que con sus compras convierten en un hecho inevitable que se mate a los animales no tienen derecho a que se les dispense del conocimiento de éste o de cualquier otro aspecto de la producción de la carne que compran. 

Gran parte del sufrimiento que tiene lugar en los mataderos es el resultado del frenético ritmo que debe seguir la cadena de la matanza. La competencia económica significa que los mataderos tratan de sacrificar más animales por hora que sus competidores. 

Muchos países, incluidos Gran Bretaña y Estados Unidos, hacen una excepción en la aplicación de las leyes al respetar los ritos judíos y musulmanes que requieren que los animales estén completamente conscientes cuando se les sacrifica. 

En lugar de darles un golpe seco y rápido que les tira al suelo al instante y les mata casi al mismo tiempo que caen, a los animales sacrificados ritualmente en Estados Unidos se les ajusta un grillete a una de las patas traseras, se les eleva del suelo y después, completamente conscientes, se les cuelga boca abajo de la correa de suspensión entre dos y cinco minutos -y ocasionalmente mucho más tiempo si algo no funciona en la “fila de la muerte”- antes de que el matarife les haga un corte. 

El tema “libertad religiosa” y la acusación de que los que atacan este modo ritualista de sacrificar a los animales están motivados por un sentimiento antisemita han bastado para impedir cualquier interferencia legislativa con esta práctica en Estados Unidos, Gran Bretaña y muchos otros países. 

Hacerse vegetariano

Nadie que tenga el hábito de comerse a un animal queda completamente libre de todo prejuicio a la hora de juzgar si las condiciones en que fue criado le causaron sufrimiento. 

En la práctica, es imposible criar animales a gran escala para que nos sirvan de alimento sin hacerles sufrir bastante. 

La carne que se vende en carnicerías y supermercados proviene de unos animales a los que no se trató con ninguna consideración real mientras se les criaba. Por tanto, no debemos preguntarnos: ¿Es en general correcto comer carne?, sino: ¿es correcto comer esta carne?

Las personas que se benefician de la explotación de grandes cantidades de animales no necesitan de nuestra aprobación. Necesitan nuestro dinero. 

El vegetarianismo es una forma de boicot. 

Protestar por las corridas de toros en España, por que coman perros en Corea del Sur o por la matanza de crías de focas en Canadá, a la vez que seguimos comiendo huevos de gallinas que han pasado toda su vida hacinadas en jaulas o terneros a los que se ha privado de sus madres de una alimentación adecuada y de libertad para tumbarse con las patas estiradas, se parece a denunciar el apartheid en Sudáfrica mientras pedimos a nuestros vecinos que no vendan sus casas a personas negras. 

Se necesita dar a un ternero 9 kg de proteínas para que produzca tan solo medio kg de proteína animal destinada a los humanos. Recibimos menos del 5% de lo que invertimos. ¡No es extraño que Frances Moore Lappé haya denominado a este tipo de explotación “una fábrica de proteínas a la inversa”!

Aunque la producción de leche rinde más calcio que acre que la avena, el brócoli rinde todavía más, proporcionando cinco veces más calcio que la leche. 

En 1974 Lester Brown, miembro del Oversas Development Council, calculó que si los americanos redujeran solamente en un 10% su consumo de carne durante un año quedarían disponibles para el consumo humano por lo menos 12 millones de toneladas de grano, o, dicho de otra forma, una cantidad suficiente de toneladas para alimentar a 60 millones de personas. 

La comida desperdiciada por la producción de animales en las naciones ricas sería suficiente, si se distribuyera de modo adecuado, para acabar tanto con el hambre como con la desnutrición en el mundo. La respuesta simple a nuestra pregunta, entonces es que criar animales para comerlos con los métodos usados en las naciones industrializadas no contribuye a solucionar el problema del hambre. 

En el agua que usa un buey de 450 kg podría flotar un destructor. Las necesidades de la producción de animales están secando las vastas reservas subterráneas de agua de las que dependen tantas regiones secas de América, Australia y otros países. 

En Costa Rica, Colombia, Brasil, Malasia, Tailandia e Indonesia se están talando las selvas húmedas para proporcionar pastos al ganado. Pero la carne que produce este ganado no beneficia a los pobres de esos países. En cambio, se vende a los ricos en las grandes ciudades o se exporta. 

La carne de ternera es un tipo de carne que, simplemente, no se puede producir de manera humanitaria. 

Los expertos en nutrición ya no discuten sobre si la carne animal es o no esencial. Hoy en día, todos están de acuerdo en que no lo es. Si las personas normales recelan todavía de una alimentación que no la incluya, se deberá sin duda a la ignorancia. 

Al principio, los mejores reformadores -los que se opusieron antes que nadie al comercio de esclavos, las guerras nacionalistas y la explotación de los niños que trabajaban catorce horas al día en las fábricas de la Revolución Industrial- fueron tildados de locos por aquellos cuyos intereses eran inseparables de los abusos a los que se oponían. 

El dominio del hombre… una breve historia del especismo

Las actitudes de generaciones anteriores ante los animales ya no son convincentes porque giran en torno a unos presupuestos -religiosos, morales, metafísicos- que se han quedado obsoletos. 

El especismo, hoy…

Solo mediante una ruptura radical con dos mil años de pensamiento occidental sobre los animales lograremos construir una base sólida para abolir esta explotación. 

Cualquiera que sea la reacción inicial del niño, sin embargo, lo que hay que destacar es que comemos carne animal antes de estar capacitados para entender que lo que comemos es el cadáver de un animal. 

Las páginas dedicadas a los animales no-humanos están dominadas por suceso de “interés humano”, como el nacimiento de un gorila en el zoológico, o por las amenazas a una especie en peligro; pero el desarrollo de las técnicas agropecuarias que privan de libertad de movimiento a millones de animales nunca salen a la luz. 

La ignorancia es la primera línea de defensa del especista, aunque cualquiera puede superarla fácilmente si dispone de tiempo y está decidido a enterarse de la verdad. La ignorancia ha durado tanto sólo porque la gente no quiere enterarse de la verdad. 

Entre los factores que dificultan la tarea de provocar el interés público por los animales destaca, como uno de primer orden, el supuesto de que “los humanos están primero” y que cualquier problema relativo a los animales no puede ser comparable a los problemas de los hombres, tanto por su seriedad moral como por la importancia política del tema. 

Si se obligara a un millar de seres humanos a sufrir el tipo de pruebas que padecen los animales para probar la tóxicidad de los productos domésticos, habría una conmoción nacional. La utilización de millones de animales para el mismo fin debería causar, al menos, una preocupación similar, sobre todo cuando este sufrimiento es tan innecesario y podría detenerse fácilmente si así lo deseáramos. 

Cuando los no vegetarianos dicen que “los problemas humanos están primero”, no puedo evitar preguntarme qué es exactamente lo que están haciendo por los humanos que les obliga a continuar apoyando la cruel e innecesaria explotación de los animales de granja. 

Decir que una persona es “humana” equivale a decir que es bondadosa; decir que es “un bestia”, “brutal”, o simplemente que se comporta “como un animal”, es sufrir que es cruel e intratable. Raramente nos detenemos a pensar que el animal que mata con menos razón es el animal humano. 

Los humanos matan a otros animales por deporte, para satisfacer su curiosidad, para embellecer sus cuerpos y para dar gusto a su paladar. 

A través de la historia han mostrado una tendencia a atormentar y torturar, antes de darles muerte, tanto a sus iguales los humanos como a sus iguales los no-humanos. Ningún otro animal muestra demasiado interés por hacer esto. 

Cuando otros animales se emparejan para toda la vida, decimos que el instinto es lo único que les mueve a esa conducta, y si un cazador o trampero mata o captura a un animal para la investigación, o para el zoológico, no se nos ocurre pensar o considerar que pueda tener una “esposa o esposo” que vaya a sufrir por la desaparición repentina del animal muerto o capturado. 

Mientras que los humanos pueden vivir sin matar, al resto de los animales no les queda otra opción que la de matar para sobrevivir. 

Es extraño que los humanos, que se suelen considerar tan por encima del resto de los animales, estén dispuestos, si ello les favorece en sus preferencias alimenticias, a utilizar un argumento que implica que debemos considerar a los otros animales como inspiración moral y guía. 

En octubre de 1988, los telespectadores de todo el mundo aplaudieron el éxito de los esfuerzos de americanos y rusos para liberar dos ballenas grises atrapadas en el hielo de Alaska. Algunos críticos señalaron la ironía de realizar esfuerzos tan intensos para salvar a dos ballenas mientras unas dos mil ballenas mueren al año en manos de cazadores humanos, sin mencionar los aproximadamente 125000 delfines que se ahogan anualmente en las redes de la industria atunera. 

“¿Cómo sabemos que las plantas no sufren?” Esta objeción pude proceder de un auténtico interés por el bienestar de las plantas, pero la mayoría de las veces quienes la plantean no piensan seriamente en ampliar la esfera de nuestra consideración para que incluya a las plantas, en caso de que pudiera demostrarse que sufren. 

Resulta difícil imaginar  por qué unas especies que son incapaces de alejarse de una fuente de dolor o de utilizar la percepción del mismo para evitar la muerte deberían haber generado la capacidad de sentirlo. Así pues, parece que la creencia de que las plantas sienten dolor está bastante injustificada. 

Las frases bonitas son el último recurso de quienes se quedan sin argumentos.