Los seiscientos días de Mussolini, Ermanno Amicucci


El vuelo de la "cigüeña"

No cabe duda de que la organización y la realización de la empresa fueron perfectas y dignas de admiración. El mismo Churchill lo reconoció explícitamente. Sin embargo, la absoluta falta de resistencia de quien estaba encargado de la custodia de Mussolini reduce la arriesgada operación militar, según el testimonio del general Soleti, a una atrevida y brillante acción deportiva.

Mussolini agradece a los dioses el haberle ahorrado la farsa de un estruendoso proceso en el Madison Square, de Nueva York, al que hubiera preferido un regular ahorcamiento en la Torre de Londres.

A causa de la cláusula contenida en el artículo 16 del tratado del tratado de paz, ningún proceso ha sido promovido contra el mariscal Badoglio. Por lo tanto, nadie la he pedido cuentas por no haber entregado a Mussolini a los aliados.

"Y ahora se vuelve a empezar"

La familia Ciano había sido alojada en una villa en Almaushusen, cerca de Múnich. Pero la partida para España fue aplazada de un día para otro, hasta que Ciano tuvo que convencerse de que nunca llegaría a realizarse y que prácticamente tenía que considerarse prisionero. Era tratado con hipócrita deferencia, pero sin ninguna cordialidad. Edda, en cambio, seguía siendo considerada como la hija del Duce y el 2 de septiembre, día de su santo, le fueron enviados grandes ramos de rosas, regalos y cortesías particulares. Fue también recibida por el Führer, junto a Vittorio, en el Cuartel General, estando presentes Ribbentrop y Himmler.

"Suso in Italia bella"

La confianza en el porvenir le fallaba incluso en su familia. Especialmente la viuda de Bruno manifestaba abiertamente su desconfianza en el éxito del conflicto y en las posibilidades de recuperación de la Italia republicana. Un día le dijo: "Va a ser muy difícil que los italianos sigan respondiendo al trinomio "Creer, Obedecer, Combatir". Mussolini le contestó: "Habrá que sustituirlo por las tres virtudes teologales "Fe, Esperanza, Caridad": fe en la Divina Providencia, esperanza en la victoria, caridad de patria."

"Menos constituyente y más combatientes"

El 7 de diciembre el "Corriere della Sera" publicaba un artículo titulado "Manos Constituyente y más combatientes" que suscitó un gran alboroto. El autor era Giuseppe Morelli, antiguo diputado, subsecretario de Justicia y senador.

El artículo expresaba el estado de ánimo de aquellos fascistas que consideraban que los problemas más urgentes eran los de la guerra y no los de las Asambleas.

Decía el artículo: "Me imagino lo numerosos que han sido los que, desde el primer día en que se habló de Constituyente, han ido a hojear los viejos libros de historia para refrescar su memoria, sobre las múltiples Constituyentes y en especial de la francesa; muchos de ellos ya estarán preparando sus discursos, estudiando las adecuadas actitudes... las a la Mirabeau, a la Robespierre, a la Danton, a la Sieyes, etc..., historia y nombres anacrónicos que no tienen nada que ver con la historia actual. ¿Y entonces? ¿Tendrá que ser ésta solamente una academia resonante de discursos más o menos retóricos, de desahogos más o menos personales, la expresión de rencores desde antaño comprimidos, de crítica a las faltas del Fascismo, a la traición de algunos jerarcas, a la incomprensión, a la deshonestidad y a la insuficiencia de muchos otros, una obra en fin de recriminación y no de reconstrucción? He aquí nuestra preocupación; y por esto decimos: menos constituyente y más combatientes."

Las estrellas y el gladio

Cuenta Graziani que Hitler le dijo, saludándole: "Siento mucho que le haya tocado precisamente a usted esta ingrata tarea. Sin embargo ha hecho bien en aceptar, a pesar del injusto tratamiento recibido, ya que, para un soldado, no es posible permanecer alejado del campo de acción y del honor."

Graziani, en nombre de Mussolini, pidió que fueran sacados cuanto antes posible de los campos de concentración, a la sazón recién constituidos, los elementos voluntarios necesarios para la reconstitución de cierto número de divisiones. Hitler se demostró contrario a la petición, juzgando que aquellos hombres, desmoralizados por lo que les había ocurrido, no se encontraban en condiciones para poder confiar en su rápida recuperación. Graziani insistió para que se le concediera visitar inmediatamente los campos de concentración. Le fue denegado, puesto que los campos aun estaban en vías de construcción. Graziani pidió entonces que regresaran en seguida a Italia los internados que declarasen estar prestos para empuñar de nuevo las armas. El estado mayor alemán propuso, en cambio, que se organizaran las fuerzas armadas italianas sacando de los campos de concentración solamente un cierto número de oficiales y suboficiales destinados a formar, con los oficiales y suboficiales que se habían presentado en Italia, sus cuadros. Los efectivos de las tropas habían de ser sacados de Italia con llamamientos a filas, pero el adiestramiento de las tropas debía tener lugar en Alemania.

El estado mayor alemán desconfiaba instintivamente de toda especie de ejército italiano. Alguien ha afirmado que en una ocasión el Feldmariscal Keitel dijo: "El único ejército italiano que no nos podría traicionar es un ejército que no existiera."

El 19 de julio Mussolini fue nuevamente a Alemania para entregar a las tropas las banderas de combate. Era la bandera tricolor en cuyo centro figuraba un águila negra, con las alas desplegadas sobre un "fascio" republicano colocado horizontalmente. Es asta llevaba encima el "fascio" republicano. Mussolini habló a las divisiones "Monterosa" y "Littorio", que estaban a punto de regresar a Italia para ir seguidamente al frente. Entre otras cosas, Mussolini dijo: "Al regresar a Italia, no tengáis miedo de encontrar en la línea de fuego a otros italianos. Junto a pocos europeos os enfrentaréis con gentes de Africa, de América, y con mercenarios sin ideales."

Entregando las banderas, dijo: "Hoy con esta bandera, tenéis una formación militar concreta y unas armas. Acordaos siempre que un pueblo que no sea digno de llevar las propias armas fatalmente acaba llevando las de los demás. Cuando lleva las suyas, es libre, cuando lleva las de los otros es esclavo."

Después del derrumbamiento, los soldados de la R.S.I., que habían combatido por "el honor y por la idea", fueron capturados (eran tropas beligerantes según las convecciones internacionales) y enviados a los campos de concentración. Los comandantes fueron sacados más tarde de los campos y encerrados en los calabozos como "criminales fascistas". Muchos de ellos fueron procesados y condenados, Graziani, Borghese, Rissi, aún hoy siguen esperando cuál va a ser su suerte. Otros, como Adami Rossi, Mischi, Berti, Teruzzi, Carloni etc., han sido condenados a distintas penas y languidecen en los penitenciarios. Pero ninguno de ellos ha sido declarado "criminal de guerra" por los aliados, que, sin embargo fusilaron en el Sur al general Bellomo y ahorcaron, en Nuremberg, a los generales y almirantes del III Reich.

La tragedia de Mussolini

Desde los primeros días de la república, se vio claramente que se iba tejiendo, en torno a Mussolini, una tragedia, como quizá a ningún otro dictador le había ocurrido nunca.

En el drama de la resurrección del Fascismo, se insertaba, fatal e inevitablemente, la tragedia de los Mussolini. El marido de su hija, el padre de sus nietecitos tenía que ser sacrificado a la "Idea traicionada", a la imperante razón de estado.

Sus sentimientos familiares, el cariño que siempre había demostrado hacia Edda, más que a ningún otro hijo suyo, la situación dramática de sus nietecitos, a los que también quería mucho, y que eran torturados por la angustia de sentir en su abuelo el verdugo de su padre, le turbaran profundamente y hacían trágica su decisión.

Cuando había estallado la guerra por Dantzig, Galeazzo había hecho todo lo posible para persuadir a Mussolini a no intervenir; y estaba orgulloso de la proclama "no beligerante". Esperaba llevar a Italia, como en el tiempo de la Primera Guerra Mundial, al lado de los anglo-americanos o mantenerla fuera del conflicto. A mi personalmente me había dicho en un día de septiembre de 1939: "Los alemanes perderán la guerra: en un cierto momento, todo el mundo se pondrá contra ellos. También nosotros y el Japón pasaremos al campo contrario."

¿Alguien se temió que en un momento de debilidad sentimental Mussolini indultaría a los traidores? Hubo alguien que habló con acreditados intérpretes de las altas esferas germánicas para bosquejar una solución que resolviera la tragedia de Mussolini sin disminuir por esto su autoridad y su prestigio. Hitler hubiera tenido que intervenir oficialmente, rogando a Mussolini que concediera la gracia a los cinco. Pero nadie quiso tomar la iniciativa de hablar de ello al Führer, quien, por otra parte, difícilmente hubiera accedido a tal demanda, ya que también Hitler necesitaba, por razones de política interior y exterior, demostrar que ninguna traición escaparía a un terrible castigo y que todo traidor pagaría con la muerte su crimen.

Al cabo de siete meses, después del atentado del 20 de julio, también el Führer se vería obligado a dar un durísimo ejemplo en Berlín.

Mussolini quiso ser informado sobre la actitud de los fusilados y cuando le dijeron que habían muerto todos dignamente exclamó: "¡Han muerto como solo pueden hacerlo unos fascistas!" Más tarde permitió que algunos periódicos publicaran una pequeña noticia por la que resultaba que De Bono y Ciano habían muerto gritando "¡Viva Italia!" y Gottardi gritando: "¡Viva el Fascismo, viva el Duce!". Mucho le irritó la noticia de que un soldado había disparado el tiro de gracia a Ciano, que no había fallecido al instante. A la primera descarga, en efecto, había sido herido solamente en las piernas y había gritado de dolor; la segunda tampoco le mató instantáneamente.

Quizá aún continúe la tragedia de Edda: Galeazzo cayó el 11 de enero de 1944. Su padre el 28 de abril de 1945. Padre y marido sufrieron la misma suerte, a breve distancia uno de otro. De la familia Mussolini ella es la superviviente más probada por el dolor. ¿Siguen luchando en su alma los contradictorios sentimientos del trágico enero de 1944, a pesar de todo? Sin embargo, a quien le preguntó hace ya tiempo si ahora ya había elegido en su corazón entre el marido y el padre, ahora que los dos le habían sido arrebatados por una suerte inexorable, parece que contestó: "¡Siempre acaba ganando la sangre!"

Las "Minas sociales"

El 15 de noviembre, en el salón de Castelvecchio de Verona, la primera Asamblea Nacional del Partido Fascista Republicano estableció en un Manifiesto compuesto por 18 puntos las bases del "nuevo estado popular". Como dijo más tarde en su discurso del teatro Lírico, Mussolini ya en el mes de septiembre había elaborado y corregido lo que en la historia política italiana es el manifiesto de Verona, que fijaba en unos puntos bastante determinados el programa no tanto del Partido como de la República. De los 18 puntos, 10 eran dedicados a la materia social.

El 13 de enero de 1944 el Consejo de Ministros según propuesta de Mussolini aprobaba la "Premisa fundamental para la creación de la nueva estructura de la economía italiana":

Punto 8: Crear el presupuesto de un orden nuevo que proporcione a los pueblos la posibilidad de construir su mañana y de conquistar su puesto en el plano internacional europeo, después de la victoria del Eje.

Este último punto había dado las riendas libres a las fantasías de los mas encendidos sostenedores de la socialización hacia una Unión de las Repúblicas Socialistas Europeas: "URSE contra URSS". Pero ante los exaltados de la reforma, estaban los tibios y los adversarios. Eran, desde luego, contrarios a la socialización los industriales, y lo eran, a pesar de que sus intereses fuesen exactamente opuestos, los obreros (por razones políticas, naturalmente). Se oponían a ello, los alemanes, Hitler el primero, ya que alguien le había dicho que Mussolini tenía la intención de abandonar completamente el Fascismo para arrojarse en brazos del Socialismo, y el Führer estaba convencido de que mientras los enemigos luchaban contra el Fascismo, hubiera sido un grave error el de arriar la bandera. Lo confirmó solemnemente en el discurso del teatro Lírico declarando: "Hubiera sido un error y cobardía arriar nuestra bandera consagrada con tanta sangre, y hacer pasar casi de contrabando aquellas ideas que constituyen hoy el santo y seña en la batalla de los continentes. Tratándose de un expediente, hubiera tenido sus rasgos exteriores y nos habría desacreditado ante nuestros adversarios, y principalmente ante nosotros mismos. No se trata de un nuevo rumbo sino que con mayor exactitud puede calificarse de un retorno a los orígenes".

Con los obreros había iniciado Mussolini una política de gran generosidad. Quería a toda costa conquistarlos a su política social. Había procurado mantener bloqueados los precios, consiguiendo mantener bajo el coste de la vida. En los primeros meses de 1944, la mujer de su casa que iba a la plaza podía comprar el pan al precio de 4,80 liras; el arroz a 3,80; las patatas a 6 liras; la mantequilla a 70 liras; el aceite a 45 liras; los huevos a 5 u 8 liras cada uno; la leña a 380 liras los cien kilos; el carbón a 400 liras, el azúcar a 7,30, etc. El periódico costaba 30 céntimos, 50 costó después del 1 de Abril de 1944, y una lira después del 1 de abril de 1945. El tranvía costaba 30 céntimos y más tarde 50... Además Mussolini había dispuesto que se desarrollaran hasta lo posible los comedores de empresa, donde se podía comer (primero y segundo plato) por un precio que iba de las 8 a las 20 liras. Más tarde, habían sido instituidos, por iniciativa de los prefectos Parini y Bassi, unos grandes comedores populares, tanto en el centro como en la periferia de Milán, donde se comía por 5 liras y unos "restaurantes municipales" donde el almuerzo costaba desde las 15 a las 20 liras. A pesar de la escasez de carburante, de las dificultades de los transportes, debidas principalmente a la acción de los aviones enemigos que bombardeaban y ametrallaban sin cesar ciudades y carreteras, las autoridades habían conseguido abastecer Milán de tal manera, que ni un solo día se quedó la ciudad sin harina ni pan, incluso en los días más duros. Mussolini había querido, además, conquistar a los obreros, revalorizándolos políticamente.

En enero de 1945 nombró al mismo Spinelli Ministro de Trabajo, para que fuese precisamente un obrero el realizador de la socialización.

Mussolini se disgustaba mucho por la actitud irreductiblemente contraria de los obreros y repetía a menudo: Podéis verlo, si, prometiera a cada italiano unas cuantas monedas de oro, nadie me creería. Si se las pusiera en sus manos, las tomarían, pero en su interior estarían convencidos de su falsedad. Y, caso de que un experto les asegurara la legitimidad del precioso metal, entonces pensarían que el oro ya no tiene valor. La situación es precisamente ésta y nada puede cambiarla, a excepción de un éxito militar."

Muerte de la Academia de Italia

F.T. Marinetti murió en Bellagio la noche entre el 1 y el 2 de diciembre de 1944. Sus restos mortales fueron trasladados a Milán el día 4 a las 17 horas, acompañados por su mujer, Benedetta, y su hija Vittoria. Mussolini había dispuesto que el entierro del jefe del Futurismo se hiciese a expensas del Estado, y que sus restos mortales fuesen expuestos en la sede de la Federación Fascista en la Plaza San Sepolcro.

Desaparecía con Marinetti, el representante típico del Fascismo en la Academia. Se sabía que Mussolini había propuesto un único candidato personal para la Academia: Marinetti, "el poeta innovador que me ha dado la sensación del océano y de la máquina".

El poeta de las máquinas fallecía en el sexto año de una guerra que mostraba un despliegue de medios mecánicos cual su fantasía ni siquiera había sabido imaginar. El poeta que había proclamado "la guerra única higiene del mundo", desaparecía al finalizar un conflicto mundial de horrorosas proporciones. Marinetti moría, superado en mucho por la realidad.

Rojo y Negro

Las tropas italianas habían dado siempre muestras de una profunda repugnancia a la guerrilla contra los rebeldes. A menudo habían intentado acercarse a los guerrilleros y convencerlos para que se unieran a ellos para defender juntos a Italia.

Mussolini pensó en el suicidio

Si Mussolini daba muestras de pensar en el suicidio (¡y mandaba publicar una apología suya, aunque juvenil, del suicidio, él que durante los veinte años había prohibido terminantemente a los periódicos cualquier alusión a los suicidios!) se podía engendrar en el pueblo la convicción de que las cosas iban muy mal.

Es raro como Mussolini, aunque meditando sobre todas las eventuales soluciones, caso de derrota, no haya querido tomar nunca en consideración ningún proyecto de salvación. Muchos jerarcas le rogaban que estudiara las posibilidades de salvarse a sí mismo y a un grupo de hombres representativos del Fascismo si se diera el caso de que todo se derrumbara, citando ejemplos de regímenes que habían proveído, a su debido tiempo, a poner a salvo a miembros del gobierno y a dirigentes del partido: últimamente, nuestros movimientos del gobierno y socialcomunistas, que después del 3 de enero de 1925 habían visto cómo se refugiaban en el extranjero hombres como Nitti, Sforza, Nenni, Togliatti, etc., los cuales más tarde, habían vuelto a gobernar Italia después de la caída del Fascismo; y los republicanos de España, que, batidos por Franco, habían huido a México y allí habíanse mantenido alrededor del doctor Negrín, sin hablar de todos los demás episodios que la historia recuerda, desde los tiempos más lejanos hasta la guerra en curso, que, además había reunido en Londres a una serie de gobiernos fantasmas, desde el de Tafari, al del rey Pedro de Yugoslavia, desde el de Benes al de De Gaulle.

Mussolini había desviado siempre la conversación... En cambio, escuchaba de buena gana y los discutía apasionadamente, los proyectos de resistencias extremas, de reductos hasta la muerte, de defensas casa por casa, etc.

Por otro lado, Hitler seguía enviando mensajes a Mussolini. El último, enviado desde Berlin el 24 fue publicado por los periódicos de la República precisamente el 25 de abril. Decía: "La lucha para el ser o el no ser ha alcanzado su punto álgido. Empleando grandes masas y materiales, el bolchevismo y el judaísmo han hecho cuanto estaba en su poder para reunir en el territorio germánico sus fuerzas destructivas, a fin de precipitar a nuestro continente en el caos. Sin embargo, en su espíritu de tenaz desprecio de la muerte, el pueblo alemán y todos los que están animados por los mismos sentimientos, se arrojarán a la lucha, por dura que sea ésta, y con su insuperable heroísmo harán cambiar el curso de la guerra en este momento histórico en que se decide la suerte de Europa, para los siglos venideros."

Mussolini y D'Annunzio

En el sexto aniversario de la muerte del poeta, el 1 de marzo de 1944, Mussolini quiso cumplimentar la memoria de su antiguo compañero de armas. Fue celebrado en el Vittoriale un oficio fúnebre, estuvieron presentes todos los miembros del Gobierno de la R.S.I. y las representaciones de todas las organizaciones políticas y militares de la República fascista. Mussolini llegó acompañado de su hijo Romano. Hizo poner una corona de laurel sobre la tumba del poeta, permaneció unos instantes en silencioso recogimiento, visitó la casa, el museo, el teatro, el buque Puglia, las arcas de los legionarios de la hazaña de Fiume, y dio órdenes para que se continuaran los trabajos para el mausoleo destinado a acoger definitivamente los despojos del poeta.

Mussolini hacía suyo y solamente suyo el proyecto de la marcha sobre Roma, después de haber abandonado la idea republicana, recibiendo el poder de las manos del rey; quien, veinte años después, lo hacía arrestar en el umbral de Villa Saboya.

Ahora, regresando al punto de partida republicano y cerca de los despojos de su "compañero de armas", Mussolini rememoraba con nostalgia el frustrado proyecto.

Mussolini no quiso que su efigie fuese reproducida en los sellos de la República. Cuando el ministro de las comunicaciones Liverani se lo propuso, rehusó decididamente y quiso, en cambio, que fuesen reproducidos en los sellos los monumentos destruidos por los bombardeos enemigos... Había dispuesto, además, que en las oficinas públicas no hubiese su retrato: "El DUce desea que sean retirados de todas las oficinas estatales los cuadros de cualquier personalidad actual, él inclusive. En las oficinas estatales será expuesto, en cuanto esté dispuesto, el cuadro con la efigie de la República."

Sin embargo, el pensamiento del fin le atormentaba. En el periodo en que pensaba en el suicidio, leía a Platón.

"Yo no puedo morir entre dos sábanas", había gritado en cierto momento el poeta. La frase impresionó a Mussolini, quien, pensativo, exclamó: "Tampoco yo puedo morir entre dos sábanas."

"Más bien que seguir en una situación como ésta -dijo él-, más vale mil veces morir. Y  morir en combate, como todos los hombres libres y dignos de este nombre prefieren hacerlo. No, el hombre libre, el hombre fuerte no desea acabar sus días, en una cama, clavado en ella por una de las tantas enfermedades que atormentan al género humano."

Treinta y cinco días después, Mussolini iba al encuentro de la muerte en las orillas del lago. Como D'Annunzio, también él no moría entre dos sábanas. Ambos han tenido la muerte imprevista, aquella muerte en la que pensaban sintiendo todo el horror de un fin que los clavara en la cama, viejos, enfermos, miserable espectáculo para ellos mismos y los demás. Sin embargo, mientras D'Annunzio había conocido la muerte de Pretarca, la linda y dulce muerte, ¡qué fin más distinto le había reservado el destino a Mussolini!