Subir a por aire, George Orwell


- Se dicen muchas tonterías acerca de los sufrimientos de la clase trabajadora. Yo no siento tanta compasión por los obreros. ¿Han visto alguna vez a algún peón que no pudiese dormir pensando en la posibilidad de ser despedido? El obrero sufre físicamente, pero cuando no está en el trabajo es un hombre libre. En cambio, en cada una de estas cajitas de estuco vive un pobre desgraciado que no es nunca libre excepto cuando está a punto de dormirse y sueña que ha tirado al jefe al fondo de un pozo y lo está sepultando con piedras. 

-  ¡El miedo! Estamos inmersos en él; es nuestro elemento. Todo aquel que no teme perder su trabajo teme a la guerra, al fascismo, al comunismo, a lo que sea. 

- Cuando se lee algo sobre un inquisidor español o sobre un jerarca de la OGPU, siempre aparece aquello de que en su vida privada era muy buena persona, el mejor de los esposos y padres, que quería mucho a su canario y cosas así. 

- Sea lo que sea lo que uno piense, siempre hay un millón de personas pensando lo mismo en el mismo instante. 

- El pasado es una cosa curiosa. Le acompaña a uno constantemente. Me imagino que no transcurre una hora sin que uno piense en cosas que ocurrieron hace diez o veinte años. Casi siempre son recuerdos que no adquieren realidad; son como hechos que uno conoce, como páginas de un libro de historia. Pero a veces, casualmente, una imagen, un sonido, un olor, sobre todo un olor, suscitan los recuerdos de otra manera, y el pasado no se limita a volver a la mente de uno, sino que vuelve realmente al pasado. 

- Incluso a la edad que yo tenía entonces, me daba cuenta de que la mayoría de los toros eran animales inofensivos y mansos, que solo querían volver a sus establos en paz. Pero un toro no sería considerado toro si no saliese la mitad del pueblo a fastidiarle. 

- Cuando se vuelve la vista atrás y se evoca un largo periodo de tiempo, siempre se ve a las personas en el mismo lugar y en la misma característica. Se tiene la impresión de que estaban siempre haciendo exactamente lo mismo. 

- A los chicos no les interesan los prados, las arboledas ni nada de esto. Nunca miran un paisaje; les importan un comino las flores y, a menos que les interesen por alguna razón -que sean comestibles, por ejemplo- no saben distinguir una planta de otra. Matar cosas es toda la poesía que entienden los niños. 

- Amo mi infancia; no mi propia infancia, sino la cultura en la que me eduqué y que ahora, me imagino, está dando las últimas boqueadas. 

- En esta vida que llevamos no hacemos las cosas que queremos hacer. Y no es porque estemos siempre trabajando. Nadie trabaja sin parar, ni siquiera los peones de granja o los sastres judíos. Es porque llevamos dentro un demonio que nos hace ir de aquí para allá haciendo estupideces sin parar. Hay tiempo para todo, excepto para lo que vale pena. Piensen ustedes en las cosas que realmente les gustan, y calculen en horas el tiempo de su vida que han pasado haciéndolas. Y después calculen el tiempo que han invertido en actividades como afeitarse, ir en autobús, esperar en la estación para hacer transbordo, contar chistes verdes y leer el periódico. 

- Ya es bastante fácil morir si se sabe que las cosas a las que uno tiene apego van a sobrevivirle. Uno ha vivido su vida, está cansado y le llega la hora de dormir bajo tierra. Así es como la gente lo veía antes. Individualmente, ellos se acababan, pero su forma de vida continuaba. 

- Nadie se creía las historias acerca de las atrocidades del enemigo. Los soldados opinaban que los alemanes eran buenos tipos, y no podían ver a los franceses. Sería una exageración decir que la guerra convirtió a la gente en intelectuales, pero sí los convirtió en nihilistas para una buena temporada. Gente que en circunstancias normales mostraban tanta tendencia a pensar por sí mismos como una hogaza de pan se hicieron comunistas por efecto de la guerra. 

- Cuando una mujer es asesinada, el marido es siempre el primer sospechoso. Ésta da una idea de lo que la gente realmente piensa del matrimonio. 

- Extraña profesión, el antifascismo. 

- Nunca se dice que un hombre está muerto hasta que su corazón se para. esto parece un poco arbitrario. Al fin y al cabo, hay partes del cuerpo que no dejan de funcionar; por ejemplo, el cabello sigue creciendo durante años. Quizá, cuando un hombre muere realmente es cuando su cerebro se detiene, cuando pierde la capacidad de adquirir una idea nueva.

- Todas las ciudades nuevas tienen el cementerio en las afueras. Lo echan fuera, lo apartan de la vista. No les gusta la idea de la muerte. 

- ¿Qué se siente al ver la tumba de los padres al cabo de veinte años? No sé lo que se debería sentir, pero les diré lo que yo sentí. Nada absolutamente. Porque padre y madre nunca se han borrado de mi memoria. Es como si existiesen en algún lugar, en una especie de eternidad. 

- Ocurrirán todas las cosas que usted sospecha, las cosas que le causan terror, las que se dice a sí mismo que solo son una pesadilla o que solo pasan en otros países.