El Holocausto en la vida americana, Peter Novick


INTRODUCCION


En realidad, la memoria colectiva es, en diversos sentidos cruciales, ahistórica, incluso antihistórica.

La memoria, por el contrario, no es sensible al paso del tiempo; niega el “carácter pasado” de sus objetos e insiste en su presencia continua. 

Los judíos estadounidenses estarán en el centro de la historia, ya que son ellos los que han tomado la iniciativa a la hora de centrar la atención de este país en el Holocausto.
Incluso en la construcción de su conciencia judía han respondido a cambios políticos, sociales y culturales que han afectado al conjunto de los estadounidenses. 

La negativa a desaparecer, no por una razón positiva, sino, hoy en día, para no conceder a Hitler una “victoria póstuma”.

Los adolescentes judíos que acuden en viajes organizados a Auschwitz y Treblinka han declarado que “nunca se habían sentido más orgullosos de ser judíos” como al experimentar indirectamente el Holocausto en esos lugares.

Las habituales referencias de los negros a su “gueto” (con un uso que ya tiene un siglo de antigüedad) se rechazan, tachándolas de perniciosos intentos de robarnos “nuestro” Holocausto.

La principal victoria radica en arrancarle a otra de las aspirantes a víctimas un reconocimiento superior de la propia condición de víctima. Los trabajadores del Museo del Holocausto de Washington relatan, con gran satisfacción, cómo unos jóvenes negros, al informarse sobre el Holocausto, dijeron “Dios mío, y creíamos que nosotros habíamos sufrido”.

Para muchos judíos, aunque esto es mucho menos aplicable ahora que hace unos años, ha dictado una postura intransigente y de superioridad moral respecto al conflicto palestino-israelí.

Una de las cosas que más me sorprenden de las recientes conmemoraciones del Holocausto es lo “poco judías - y muy cristianas - que son.



LOS AÑOS DE LA GUERRA

La magnitud del Holocausto, la pura y simple cantidad de sus víctimas, sigue siendo sobrecogedora: entre cinco y seis millones. Pero el Holocausto tuvo lugar -eso lo sabemos, por supuesto, pero no solemos pensar en sus consecuencias- en medio de una guerra mundial que se saldó con la muerte de entre cincuenta y sesenta millones de personas.

La conversión de cadáveres judíos en jabón (un truculento símbolo de las atrocidades nazis que, hoy en día, los historiadores del Holocausto rechazan, por considerarlo carente de fundamento).

“Nosotros mismos difundimos rumores sobre atrocidades y horrores con diversos fines, y no me cabe duda de que este juego se practica mucho” (Diplomático británico)

La labor de la propaganda de guerra estadounidense era retratar a la Alemania nazi como el enemigo mortal de “los hombres libres del mundo”... El desafío era mostrar que eran enemigos de todo el mundo, ampliar más que reducir su abanico de víctimas. 

Había otra razón para no recalcar la “guerra” [ de Hitler ] contra los judíos”: no dar pábulo a la idea de que el combate de Estados Unidos con Alemania se libraba por los judíos. 

“Primero somos judíos y, en segundo lugar, lo que sea”, afirma el rabino Haskel Lookstein, autor de una virulenta invectiva contra la reacción de los judíos estadounidenses frente al Holocausto.

En 1991, el entonces primer ministro israelí Isaac Shamir declaró en un discurso que la memoria de la inacción durante la Segunda Guerra Mundial “pesaba sobre la ciencia” de los judíos estadounidenses y motivaba su activismo en defensa de Israel. “Esperemos que encuentren la fuerza para enmendar sus errores de hace cincuenta años”.

Judíos atrapados en la trampa mortal de Hitler propusieron a la desesperada que los Aliados amenazaran al Tercer Reich con matar a civiles y prisioneros de guerra alemanes bajo su control con el fin de detener el asesinato de judíos. Desde el punto de vista moral, esto era apenas aceptable, aparte de que los alemanes retenían como “contra-rehenes” a casi 200.000 prisioneros de guerra de la Commonwealth británica y de Estados Unidos. tampoco era mucho más atractiva la propuesta de que Occidente amenazara con tomar represalias aéreas contra poblaciones civiles alemanas. Los civiles germanos ya constituían objetivos en este sentido, pero no se podía descartar a la ligera la ficción de que, a diferencia del eje, los Aliados sólo apuntaban a blancos militares. 

En cierto sentido, el hecho de que no bombardeara Auschwitz constituye el punto culminante del relato elaborado por el Museo del Holocausto de Washington. 


La posibilidad de haber bombardeado las vías férreas puede rechazarse de plano. Un cúmulo de experiencias había enseñado a los Aliados que bombardear esos objetivos casi nunca era eficaz: los pocos blancos que se hacían podían repararse sin tardanza. Se podían bombardear vías de tren para apoyar operaciones tácticas: con el fin de impedir que el enemigo desplazara tropas y materiales durante varias horas, quizá durante uno o dos días. Más allá de eso, el método era prácticamente inútil. 

Una de las razones (no reconocida) de la adopción de los bombardeos como método para aterrorizar a la población civil era que con frecuencia a los pilotos aliados les resultaba difícil hacer blancos fiables en cualquier cosa que fuera más pequeña que una ciudad. 

“No debía proponerse a los Aliados el bombardeo de lugares donde ha judíos”. 

En gran medida, los pormenores que rodean la abortada iniciativa de bombardeo de Auschwitz siguen siendo oscuros, y es posible que se mantengan así. Pero los actuales tópicos -que tuvimos una provechosa oportunidad, fervientemente solicitada y frívolamente rechazada- deben contrastarse con la enorme posibilidad de que esta sugerencia, ambiguamente planteada, fuera una idea bienintencionada pero mal concebida, que quizá tengamos que agradecer que no se llevara a cabo. 

Al final de la guerra casi todos los estadounidenses, desde luego la inmensa mayoría de los judíos, estaban orgullosos del papel desempeñado por las fuerzas armadas de Estados Unidos en la derrota de Hitler; con razón o sin ella, también estaban orgullosos de su propia contribución a la victoria, al margen de cuál hubiera sido. Lo que ahora llamamos “el Holocausto” -lo que a la mayoría de la gente de la época le parecía la parte judía de un holocausto mundial que había segado la vida de entre cincuenta y sesenta millones de personas- había llegado a su fin, gracias a los esfuerzos y sacrificios de Estados Unidos y de sus aliados. Ahora de lo que se trataba era de enfrentarse al legado del Holocausto y de otros legados de la guerra.

LOS AÑOS DE LA POSGUERRA

El relato del Museo del Holocausto de Washington pretende que la primera confrontación del visitante con el Holocausto reproduzca la de los soldados estadounidenses cuando encontraron montones de cadáveres consumidos y a supervivientes apenas un poco menos consumidos. Las imágenes de los horrores contemplados por quienes liberaron los campos -imágenes que, según dice el proverbio chino, valen más que mil palabras- son lo primero que ve el visitante. Grabadas en piedra en el muro exterior se encuentran las palabras del general Dwight Eisenhower:

“Lo que vi es indescriptible… Las pruebas visuales y el testimonio verbal de la inanición, la crueldad y la bestialidad eran… aplastantes… Hice la visita a propósito, con el fin de estar en situación, en el futuro, de dar un testimonio de primera mano de estas cosas, en el caso de que surja la tendencia a calificar estas acusaciones de simple “propaganda”.

Sin embargo, todo este discurso del “encuentro (estadounidense) con el Holocausto” es bastante engañoso. No fue eso lo que los estadounidenses encontraron, directa o indirectamente en 1945.

Ni el sustantivo ni el adjetivo “judío” aparecen en la emisión de Murrow desde Buchenwald, ni tampoco en la descripción que hace Margaret Bourke-White de cómo fotografió ese campo. El general Eisenhower describió los lugares que quería que legisladores y directores de periódicos visitaran calificándolos de “campos alemanes en los que se encerraba a prisioneros políticos”. Así se describen en el informe de los congresistas que los visitaron; por su parte, el de los directores de periódico hablaba de “prisioneros políticos, trabajadores esclavos y civiles de muchas nacionalidades”. 

Prácticamente todas las noticias de periódico, los pies de foto o los comentarios de noticieros cinematográficos describían a las víctimas de ese modo. 

En consecuencia, los judíos no dejaban de estar presentes. Se les incluía, sobre todo en las informaciones más detalladas, junto a los demás grupos de víctimas, y con frecuencia se señalaba que habían tenido peor suerte que la mayoría de los campos. Sin embargo, al informar de la liberación de éstos, nada se dijo que singularizara a los judíos dentro del conjunto de las víctimas del nazismo; nada que sugiriera que el simbolismo de los campos iba más allá de la barbarie nazi en sentido general; es decir, nada que los vinculara con lo que hoy se denomina “el Holocausto”.

En realidad, la mayoría de las víctimas encontradas por los estadounidenses no eran judíos. 

Si en su momento los judíos no tuvieron un lugar destacado en las descripciones de Dachau, Buchenwald y otros campos liberados durante la primavera de 1945 no fue por malicia o insensibilidad, sino porque su presencia no era tan mayoritaria entre los liberados.

Puede que una imagen valga más que mil palabras si uno sabe lo que está viendo. De no ser así, como ha señalado Solomo Arad, fotógrafo de Newsweek, “necesitas diez mil palabras para comprender una imagen”. 

En la actualidad, los demacrados supervivientes de Buchenwald que aparecen en las fotografías de Margaret Bourke-White proclaman y simbolizan “el Holocausto”: vemos a judíos. En 1945, esas fotografías se veían, no incorrectamente, de forma bastante distinta. 

El impacto de las espantosas fotografías de Dachau y Buchenwald fue auténtico y considerable, pero, para la mayoría, no subrayaba la condición especial de víctimas de los judíos.

En los últimos años, ser calificado de “superviviente del Holocausto” se ha convertido en un título honorífico, que no sólo suscita compasión sino admiración, e incluso un respeto reverencia. Se cree que los supervivientes son modelos de valentía, de entereza y de una sabiduría emanada de sus sufrimiento, y así se les suele describir. Más complejas eran las opiniones en 1945, sobre todo entre los judíos, que, en conjunto, eran los únicos que se paraban a pensar en el tema. 

En palabras de un historiador israelí, “el impacto del Holocausto en la creación del Estado judío fue exactamente la contraria de la que habitualmente se supone. Estuvo a punto de imposibilitar el nacimiento de Israel. 

De todas las relaciones que se han establecido entre el Holocausto y la fundación de Israel, ninguna ha sido más duradera, más constantemente reiterada, que la que proclama que las naciones del mundo se inclinaron a respaldar el nacimiento del Estado judío inducidas por la culpa que sentían por su complicidad en el Holocausto.

Esta idea de la culpabilidad occidental como madrina de Israel, pese a toda la confianza y la frecuencia con que se expresa, es bastante falsa. No hay pruebas de que ninguno de los países que apoyaron el establecimiento de Israel - a efectos prácticos, los que votaron la resolución de partición de noviembre de 1947 en las Naciones Unidas -  se viera impulsado por la “culpa”  por el Holocausto. No fue así en el caso del bloque soviético, que esperaba debilitar el poder británico y poner un pie en Oriente Próximo; ni en el de los países latinoamericanos, que proporcionaron gran parte de los votos; ni tampoco en el de los demás países que completaron la necesaria mayoría de dos tercios de la ONU. El país occidental al que con más frecuencia se ha acusado de complicidad, el Reino Unido, que había cerrado sus puertas a la emigración hacía Palestina antes de la guerra, no votó a favor de la partición.

Si lo que impulsó a los estadounidenses y a otros a apoyar la constitución de un Estado judío fueron más las consideraciones morales que las estrictamente políticas y geopolíticas, no fue como reacción a la realidad del Holocausto, ni desde luego por una respuesta culpable, sino por preocupación por el sufrimiento de los supervivientes. 

La compasión estadounidense por la víctimas del genocidio rwandés de 1994 o por las del terremoto registrado en Armenia en 1988, así como la oferta de ayuda a las mismas, no implicaba la existencia de sentimiento de culpa por los acontecimientos que habían causado el sufrimiento. Hasta las discretas partidas destinadas a la ayuda posterior a esos desastres les costaron más a los estadounidenses que el nacimiento de Israel, que no les costó nada. De hecho, un argumento menor a favor de la constitución del Estado judío era que a los contribuyentes de Estados Unidos les ahorraría dinero, al reducir la carga que suponía ocuparse de los desplazados que abandonarían la Zona de Ocupación Estadounidense… Si el apoyo inicial de Estados Unidos al nacimiento de Israel fue fruto de la expiación por la complicidad en el Holocausto, esta obligación, que nunca podrá eliminarse del todo, exigiría un apoyo continuo a ese mismo Estado.

Desde el comienzo del régimen de Hitler, Ben Gurion, guiado por lo que su biógrafo califica de su “filosofía del… desastre benéfico”, había insistido en que “nos interesa utilizar a Hitler, para construir nuestro país”; “cuanto peor sea la desgracia, mayor será la fuerza del sionismo”. En octubre de 1942 le dijo a la Ejecutiva Sionista: “El desastre es fuerza si se canaliza en una dirección constructiva; el secreto del sionismo radica en saber canalizar nuestro desastre, no hacia el desaliento y la degradación, como en la diáspora, sino para lograr una fuente de creatividad y de aprovechamiento”. 

Aunque muchos más supervivientes irían a Palestina, un número cada vez mayor se trasladaría a Estados Unidos donde acabarían encontrando refugio bastantes más de 100.000. Sin embargo, ni su llegada ni, durante muchos años, su presencia, hicieron mucho por aumentar el interés del país en el Holocausto. 

A finales de los años cuarenta y a lo largo de los cincuenta, hablar del Holocausto en la vida pública estadounidense era una especie de engorro. En contra de lo que muchos han señalado, no era así por la vergüenza o la culpa que sentían los estadounidenses de su respuesta ante ese acontecimiento. Más bien, era consecuencia de una serie de cambios revolucionarios en las alianzas mundiales, que precisaron profundas reformulaciones ideológicas en Estados Unidos, después de las cuales hablar del Holocausto no sólo no ayudaba, sino que era directamente un obstáculo.

Mucho más determinante fue el gran giro que la Guerra Fría impuso a la política estadounidense hacia Alemania. Al final de la guerra no solo los judíos estadounidenses eran partidarios de tratar con severidad a la derrotada Alemania. Bajo el impacto de las atrocidades gráficamente reveladas por los campos liberados, muchos cristianos también creían que el pueblo alemán debía llevar la marca de Caín y que así sería durante mucho tiempo. Al iniciarse la ocupación aliada de Alemania, la prohibición de confraternizar con la población alemana y los radicales planes de descalificación y de encauzamiento judicial de los implicados en los crímenes del régimen simbolizaban la condición paria de Alemania. 

La política de no confraternización no podía resistir el atractivo de las frauleins. La idea de someter el país a una purga a gran escala fue víctima, en primer lugar, de la necesidad que tenían los ocupantes de encontrar a cuadros administrativos con experiencia, de los cuales un gran número habían sido nazis. 

En cuanto a los procesos judiciales, el hecho de que una cantidad inconmensurable de alemanes hubiera participado de una u otra forma en los crímenes nazis significaba que con frecuencia solo el azar determinaba a quien se juzgaba y a quien no (un empresario, condenado a una pena de cárcel porque su compañía había sido contratada para construir cámaras de gas, consiguió que su condena fuera revocada porque al final resultó que su empresa no había logrado el contrato: el hecho de que comienzos de los cuarenta tuviera mala suerte le benefició a finales de la misma década)

Después de la contienda, un influyente periodista anticomunista denunció que los procesos contra los crímenes de guerra, “políticamente inoportunos”, en parte seguían celebrándose por la influencia de los refugiados judíos “alentados por un deseo de venganza totalmente comprensible”.
La asociación popular de los judíos con el comunismo se remonta a la Revolución Rusa. Gran parte de los “agitadores extranjeros” deportados de Estados Unidos durante la amenaza roja posterior a la Primera Guerra Mundial habían sido judíos. En el periodo de entreguerra el “judío comunista” fue un elemento primordial de la propaganda antisemita, tanto en Estados Unidos como en Europa. Durante la guerra, la alianza ruso-estadounidense puso temporalmente sordina a las acusaciones de prosovietismo de los judíos. Al mismo tiempo, el hecho de que, por razones obvias, los judíos estadounidenses fueran los principales animadores del Ejército Rojo durante la guerra y que con frecuencia siguieran albergando sentimientos positivos hacia la Unión Soviética  mucho después de que otros compatriotas los abandonaran, sirvió para abonar el terreno a un recrudecimiento de las acusaciones después de 1945.

Las organizaciones judías trabajaron frenéticamente para combatir la equiparación entre judíos y comunistas, pero era un caso difícil. Podían insistir, con razón, en que sólo una pequeña proporción de los judíos era comunista, o incluso estaba bien dispuesta hacia la Unión Soviética. Pero también era cierto, e incluso patente, que muchos de los comunistas estadounidenses de esos años -quizá la mayoría- eran judíos (una circular del Comité Judío Estadounidense de finales de los años cuarenta citaba una investigación interna del FBI según la cual entre el 50 y el 60 por 100 de los miembros del Partido Comunista eran judíos; pocos años después, el presidente de su Comité sobre Comunismo pensaba que el porcentaje de judíos de esa formación era aun mayor, “porque los miembros de los demás grupos han abandonado el partido en tropel”.

Uno de los rasgos más sorprendentes de la retórica comunista y procomunista de finales de los cuarenta y de los cincuenta -y sobre todo de los judíos comunistas y procomunistas de los que las principales organizaciones judías trataban desesperadamente de distanciarse -era la frecuencia con la que aludía al Holocausto. Esas alusiones se convirtieron en un argumento preponderante, al menos en los círculos judíos, para oponerse a la movilización de la Guerra Fría. 

Mencionar el Holocausto también era una política del Partido Comunista. A los miembros de éste se les indicaba que para oponerse al rearme alemán “es esencial recordar las trágicas experiencias de la última guerra, los campos de concentración y las cámaras de gas, y repetir como lemas “Recordad Buchenwald y Dachau” “Recordad a los seis millones asesinados”, “Recordad Varsovia” y reproducir en los folletos y en otros materiales imágenes de las atrocidades nazis”.

Las organizaciones judías, a lo largo de los cincuenta y bien entrados los sesenta, trabajaron en diversos frentes para impedir, o al menos limitar, la vinculación entre judíos y comunismo en la opinión pública. Su principal empresa cooperativa se tradujo en el “Proyecto Hollywood”, en el que todas juntas recurrieron a un representante en la Costa Oeste para que influyera en los productores cinematográficos con el fin de evitar cualquier representación negativa para los judíos. 
Quien acuñó el término “genocidio” y fue el principal impulsor de la convención de la ONU fue Raphael Lemkin, un judío de origen polaco. Aunque la palabra no apareció antes del Holocausto, Lemkin había centrado su atención en el fenómeno muchos años antes. Parece que fue la lectura en su infancia de Quo Vadis, que relata la experiencia de los mártires cristianos durante el Imperio Romano, reforzada por muchos acontecimientos posteriores, que culminaron en los asesinatos masivos de armenios a manos de los turcos durante la Primera Guerra Mundial, lo que le llevó al tema del asesinato de ciertos grupos por parte de un Estado. 

(Las Naciones Unidas rechazaron los intentos de los soviéticos por utilizar una redacción que vinculara más estrechamente el genocidio con los crímenes del nazismo). A pesar del alcance general del lenguaje utilizado, en los cincuenta años siguientes, durante los cuales se asistió a la muerte de decenas de millones de personas en acciones que, según la definición de la ONU, eran claramente genocidas, las Naciones Unidas nunca recurrieron al procedimiento para acusar a nadie de cometer un genocidio. Desde el principio, el término “genocidio” fue una herramienta más retórica que jurídica, utilizada con fines meramente propagandísticos. Y en los Estados Unidos de la Guerra Fría, esos fines eran antisoviéticos. 

Al presionar para que Estados unidos ratificara la Convención sobre el Genocidio, el propio Lemkin, salvo cuando se dirigía a grupos de judíos, utilizaba casi exclusivamente argumentos de la Guerra Fría, sin apenas mencionar el Holocausto. Entre sus principales valedores, tanto financieros como políticos, se encontraban los estadounidenses de origen lituano y ucraniano. Esto era bastante natural, porque las acusaciones de que los soviéticos habían cometido genocidios contra diversos grupos nacionales de la Unión Soviética eran la base principal de la campaña de Lemkin (a los estadounidenses de origen alemana, Lemkin les sugería que la expulsión del Volsdeutsche de Europa Oriental registrada en la posguerra, así como el mantenimiento en la cárcel de prisioneros de guerra alemanes por parte de los soviéticos equivalían a un genocidio). Los debates sobre el genocidio y la Convención al respecto, que fueron decayendo a lo largo de la década de los 1950, casi nunca se referían al Holocausto; se centraban casi exclusivamente en los crímenes -con frecuencia reales, en ocasiones imaginados- del bloque soviético. 

Durante la guerra, los principales grupos polaco-estadounidenses guardaron silencio sobre Katyn, “para evitar las acusaciones de obstrucción de la unidad aliada”. Evidentemente, después de la guerra, cuando referirse al Holocausto o a otros crímenes alemanes se consideraba inútil, hablar de la masacre de Katyn y de otras atrocidades soviéticas era realmente útil.

Los judíos estadounidenses rechazaban los coches Volkswagen y las radios Grundig en una época en la que Israel, a consecuencia del abono de las reparaciones, estaba inundado de bienes de consumo alemanes. Además, a diferencia de la prohibición expresa de pisar tierra española después de 1492, que respetaban sobre todo los sefardíes, los más directamente afectados, en los años de posguerra los judíos estadounidenses que menos probabilidades tenían de respetar la prohibición informal de viajar a Alemania eran los de origen germano, que habían huido de Hitler en los años treinta. en una categoría de actos simbólicos un tanto similar -aunque en ese caso algo más pública- se encontraban las protestas que realizaron los judíos durante la posguerra contra la actuación o contratación en Estados Unidos de músicos vinculados de una u otra forma al régimen nazi.

Sin establecer comparaciones injustas entre ambos acontecimientos, diversos autores se refirieron a Auschwitz e Hiroshima, calificándolos de terribles símbolos gemelos de muertes masivas ocasionadas por el hombre. Para algunos, Auschwitz era el entremés que daría paso a un holocausto nuevo y todavía mayor, a una solución realmente final para toda la humanidad.

El Holocausto, algunos años después del periodo que estamos observando -en la década de 1970, cuando se había desplazado al centro de la cultura estadounidense-, pasó a convertirse en un símbolo apropiado de la conciencia contemporánea. El ánimo de la sociedad estadounidense estaba de capa caída, y así ha permanecido desde entonces. En la década anterior se había asistido a los asesinatos de John y Robert Kennedy, además del de Martin Luther King. Las esperanzas depositadas por los radicales en “el movimiento”, por los progresistas en la Gran Sociedad, y por los negros y otros grupos en la cruzada de los derechos civiles se habían hecho añicos. Habían sido los años de Vietnam y del Watergate. El Holocausto iba a convertirse en el símbolo convenientemente funesto de una época de expectativas reducidas. 

En 1946, una encuesta encargada por el Comité Judío Estadounidense y poco difundida preguntó a una muestra nacional de gentiles si había “alguna nacionalidad, algún grupo religioso o racial en este país que suponga una amenaza para Estados Unidos”. El 18 por 100 señalaron a los judíos. En 1954, último año en el que se preguntó tal cosa, ese índice había descendido al 1 por 100. De mayor trascendencia fue el rápido derrumbamiento de las barreras que el antisemitismo imponía a las personas de origen judío en la vida estadounidense. Es casi seguro que el Holocausto fue una de las razones de la drástica reducción del antisemitismo. 

En las últimas décadas, muchos han insistido en que el contacto permanente con el Holocausto va en contra del optimismo inmaduro y del universalismo ampuloso. 

No hay duda de que el Holocausto no podía convertirse en una experiencia revitalizadora, pero lo que sí se podía hacer, como decía una famosa canción del momento, era “subrayar lo positivo” y “aferrarse a lo afirmativo”. Una de las formas de conseguirlo era convertir el levantamiento del gueto de Varsovia en el símbolo capital del Holocausto.

A diferencia de los últimos años, cuando se ha insistido en la vigencia de sus cicatrices, en los cincuenta los retratos de los supervivientes mostraban su éxito a la hora de superar el pasado. 

Con diferencia, la representación más conocida del Holocausto durante los años cincuenta fue la adaptación, escénica y cinematográfica del diario de Ana Frank. 

En su momento, casi nadie sugirió que hubiera algún problema en el enfoque optimista y universal adoptado, lo cual, además de seguir la moda, también contaba con el aval de quien parecía haber tenido la principal autoridad interpretativa, Otto Frank, padre de Ana. En los años posteriores, se daría mucha importancia a la sustitución de las frases del Diario sobre el sufrimiento de los judíos en el pasado por “a veces una raza… a veces otra”. 

Todas las generaciones interpretan y representan el Holocausto de las formas que mejor encajan con su espíritu.

LOS AÑOS DE TRANSICION

En Estados Unidos no se habló mucho del Holocausto hasta finales de la década de 1950. Como es bien sabido, se ha hablado mucho de él desde finales de los setenta. 

En 1960, el éxito sin precedentes del superventas de William L. Shirer, Auge y caída del Tercer Reich: una historia de la Alemania nazi, , repercutió en toda la sociedad estadounidense. Después de años sin prestar atención a estos temas, el libro introdujo el nazismo y la Segunda Guerra Mundial en el mapa cultural de Estados Unidos por la puerta grande. 

Lo líderes del Comité Judío Estadounidense se planteaban ahora si no habían ido demasiado lejos al aceptar el argumento de que “las críticas hacía Alemania hacen el juego al comunismo” y si los estallidos de vandalismo significaban que había que prestar más atención a la enseñanza que se impartía sobre el nazismo, no sólo en Alemania sino en Estados Unidos. 

Con frecuencia, entre los críticos se encontraban periódicos de propiedad judía, el Washington Post. 

Un ministro de la Iglesia Unitaria escribió que no podía apreciar mucha diferencia ética entre “el nazi que persigue al judío y el judío que persigue al nazi”. 

Desde mucho antes de la Segunda Guerra Mundial, y en el uso cotidiano, la palabra “holocausto” se utilizaba casi siempre para designar una destrucción generalizada, especialmente la causada por el fuego, sin darle mas peso teológico que a “víctima”. Además, “shoah”, en la Biblia hebrea, se utilizaba repetidamente para describir castigos infligidos por Dios a los judíos, lo cual conlleva una connotación no menos desagradable. 

A mediados de los sesenta, el trabajo de Milgram comenzó a llegar a un público más amplio que el del Journal of Abnormal (?) Psychology (Revista de Psicología Anormal). Para entonces, la interpretación de Arendt sobre Eichmann ya había entrado en el discurso corriente. En una entrevista realizada después del experimento, uno de los “profesores” le dijo a Milgram: “Como decía mi mujer: “Te puedes llamar Eichmann”. A partir de la década de 1960, se desarrolló cierta sinergia entre el simbolismo de Eichmann de Arendt y el de los objetos de estudio de Milgram, que se utilizaba al debatir cualquier cosa, desde la Guerra de Vietnam a la industria del tabaco y que, por supuesto, se rebotaba sobre los debates acerca del Holocausto. En gran medida, gracias a la aceptación del retrato de Eichmann hecho por Arendt (y también con la ayuda de Milgram), el “limitarse a obeder órdenes” dejó de significar, en el vocabulario estadounidense, un atenuante, para convertirse en una acusación condenatoria. 

Yehuda Bauer, un historiador israelí experto en el Holocausto, escribe: “Los alemanes no tenían que odiar a los judíos para matarlos… Sospechamos que, si liberan recibido instrucciones de asesinar a todos los polacos o a todos los franceses, las habrían llevado a cabo igual de bien”. Esta es una de las razones de que los expertos en el Holocausto hayan rechazado el argumento de Daniel Jonah Goldhagen de que la presencia durante generaciones de una sistemática socialización en el odio movida hacia los judíos era una condición necesaria para que ocurriera el Holocausto (es un argumento reconfortante: si ese odio profundo y arraigado es una condición necesaria para el asesinato masivo, estamos mucho más seguros de lo que muchos pensamos). Pero el deseo de ver a los criminales de la forma tradicional sigue siendo poderoso, razón por la cual el libro de Goldhagen fue un clamoroso superventas. 

Todos los pueblos que habían vivido (y muerto) en la Europa de Hitler exageraron sus credenciales como resistentes, y quizá los franceses sean el ejemplo más conocido a este respecto. Se consideraba que la pasividad bajo la bota del opresor era algo deshonroso, y la historia se modificó para adaptarla a este principio. 

De manera que el acontecimiento más atípico del Holocausto se convirtió en símbolo del mismo, lo cual apunta a la vergüenza (bastante justificada) que sentían muchos judíos ante la falta de una resistencia judía considerable. 

El proceso contra Eichamann, junto con las polémicas que rodearon el libro de Arendt y la obra de Hochhuth, acabaron realmente con quince años de silencio sobre el Holocausto en el discurso público estadounidense… el Holocausto pasó a mencionarse con regularidad -de hecho, a esgrimirse como arma- en las luchas que libraban los judíos estadounidenses en defensa de un asediado Israel. 

En los últimos años, se ha convertido en un tópico decir que Israel y el Holocausto son los dos pilares de la “religión laica” del judío estadounidense: los símbolos que unen a los judíos de Estados Unidos, al margen de que sean o no creyentes; de izquierdas, de derechas o de centro. Sin embargo, a mediados de los años sesenta ni Israel ni el Holocausto tenían tanto peso sobre la conciencia judía estadounidense, por lo menos no en sus expresiones públicas. A finales de la década de 1960 y comienzos de la de 1970, Israel se hizo mucho más importante para los judíos de Estados Unidos y, siguiendo una serie de vertiginosas interacciones, la preocupación por el Estado judío se expresó de formas que evocaban el Holocausto, y al contrario. 

Después de que la fundación de Israel proporcionara un hogar a los supervivientes del Holocausto, se redujo enormemente la conexión entre Israel y ese acontecimiento en el discurso público judío. No hay duda de que en ocasiones el Holocausto aparecía en las iniciativas destinadas a reunir fondos para Israel, pero esto era mucho menos cierto en los cincuenta y primeros de los sesenta de lo que lo había sido a finales de los cuarenta, y de lo que sería a partir de finales de los sesenta. Algunos sionistas estadounidenses insistían en ese vínculo, pero su influencia de conjunto es cuestionable. Además, los que estaban muy pendientes del discurso israelí -una pequeña minoría de los judíos estadounidenses- recibían mensajes encontrados.

Israel, según Ben Gurion, “es el heredero de los seis millones… el único heredero… Si vivieran, la gran mayoría habría venido a Israel”. 

La primavera de 1967 supuso un drástico punto de inflexión en las relaciones entre los judíos de Estados Unidos e Israel. Con menor dramatismo, y de forma menos penetrante, también fue una fase importante en su cambiante relación con el Holocausto.

En la relación de los judíos estadounidenses con Israel, la Guerra de los Seis Días fue la causa inmediata y la que más determinó el desarrollo de una nueva cercanía. En lo tocante al Holocausto, y al vínculo establecido por los judíos estadounidenses entre este acontecimiento e Israel, es difícil señalar un único momento decisivo. No sólo tenemos que considerar la Guerra de los Seis Días sino la del Yom Kippur de 1973, así como los procesos internos de Estados Unidos, que acentuaron el impacto de dichos acontecimientos. No obstante, la Guerra de los Seis Días fue sin duda importante. El miedo a un nuevo Holocausto en vísperas de la guerra dejó su impronta en la conciencia de los judíos estadounidenses. 

Estaba claro que en el mundo no había lugar menos seguro para los judíos que Israel. 

Mientras los lideres judíos de Estados Unidos trataban de comprender las razones del aislamiento y la vulnerabilidad israelíes -razones que pudieran apuntar alguna solución-, la explicación que contaba con más apoyos era la de que el desvanecimiento del recuerdo de los crímenes nazis contra los judíos y la entrada en escena de una generación hebrea que desconocía el Holocausto habían hecho que Israel perdiera el poyo que antes había tenido. entre los que fomentaban esta opinión estaban los principales cargos de la Liga Antidifamación, Arnold Forster y Benjamin Epstein, que la expusieron en un libro muy comentado, escrito inmediatamente después de la Guerra del Yom Kippur:

En el mundo de la posguerra… la época en la que el mundo no judío continuó viendo a los judíos como oprimidos fue increíblemente corta. Veinticinco años después de que las fotografías de la bestialidad en los campos de concentración conmocionaran al mundo… Los judíos habían dejado de ser víctimas.

En su opinión, el hecho de que se hubiera olvidado el Holocausto era lo que había producido la “palpable erosión de la simpatía y amistad mundiales hacia los judíos”. Éstos, concluían, sólo eran aceptables para el mundo no judío si eran percibidos como víctimas. Al mundo le resultaba “difícil de digerir” que ya no lo fueran y organizó un esfuerzo “para convertirlos de nuevo en víctimas”. 

La primera ministra Goda Meir, en palabras que recordaban “una tierra sin pueblo para un pueblo sin tierra” declaró en 1969 que los palestinos no existían. Llegó el rechazo de Israel a las propuestas de paz del presidente egipcio Anuar Sadat a comienzos de los setenta. Llegaron incidentes como el ataque israelí a un avión de pasajeros civiles. No se trata aquí de señalar que después de 1967 Israel fue el culpable de todos los problemas de Oriente Medio, lo cual no es en absoluto cierto (hubo multitud de crímenes y de errores en el otro bando). Más bien, lo que se sugiere es que el declive del prestigio mundial de Israel no precisaba de hipótesis como la del “desvanecimiento del recuerdo del Holocausto”. 

No hubo un único discurso unificado para vincular el Holocausto e Israel: hubo muchos, con diferentes autores y formas, dirigidos a audiencias diversas subrayando asuntos distintos.

En una época en la que Alemania Federal estaba barajando vender armas a Arabia Saudí, Bookbinder escribió al embajador alemán en Estados Unidos en su calidad de miembro del Consejo del Museo del Holocausto de Estados Unidos, aunque dejaba claro que no hablaba en nombre de dicho organismo. Le decía que estaban desarrollando los planes para construir el museo de Washington. “La forma de tratar a Alemania en dicho museo podría verse afectada por su decisión respecto a la venta de armas a Arabia Saudi”.

Al margen de una difusa relación entre el Holocausto y la causa israelí, también se desarrollaron otros asuntos concretos. Uno de ellos era relacionar a los árabes en general, y en concreto a los palestinos, con el nazismo. 

La afirmación de que los palestinos eran cómplices del Holocausto se basaba principalmente en el caso del Mufti de Jerusalén, un líder nacionalista palestino de la época anterior a la Segunda Guerra Mundial que, para evitar ser encarcelado por los británicos, se refugió durante la contienda en Alemania. 

No todas las invocaciones al Holocausto para apoyar a Israel se dirigían a los gentiles. Con frecuencia iban encaminada a los judíos, para espolearlos a realizar mayores esfuerzos en defensa de Israel y conseguir que las nuevas generaciones extrajeran las lecciones adecuadas de la catástrofe. El lema “Nunca más” era una exhortación que los judíos se dirigían a sí mismos. “Queríamos decir que nunca más dejaríamos ni que nos engañaran ni nos engañaríamos nosotros mismos respecto a la intención de quienes pretendieran destruir a los judíos”. 

“¿Se puede apreciar Israel si no se ha visto Auschwitz?”  Éste era el titular del reportaje que realizó un periódico judío sobre la Marcha de los Vivos, en el que miles de adolescentes judíos recorren los campos de exterminio polacos, donde celebran el Yom Hashoah, para ser después trasladados a Israel donde conmemoran el Día de la Independencia. Los adolescentes estadounidenses se unen a jóvenes de todo el mundo en una espectacular ceremonia del “Holocausto para la redención”, cuidadosamente preparada, en la que se remacha el mensaje sionista.  En Auschwitz, un rabino de Estados Unidos, Solomo Riskin, les dice: “El mundo se divide en dos partes: los que colaboraron activamente con los nazis y los que lo hicieron pasivamente”. En Maidanek, otro rabino informa a los jóvenes de que el campo podría volver a funcionar en pocas horas. Los guardas de seguridad armados israelíes que acompañan al grupo hacen todo lo posible por convencer a los chicos y chicas de que en Polonia corren un peligro constante. “Corred directamente hacia los autobuses. No os detengáis para nada”. Todos captan el mensaje. Un participante de Cleveland declara: “Seis millones de personas fueron asesinadas por un país -Alemania- donde los judíos se daban la gran vida. Odio hacer este paralelismo, pero los judíos se están dando la gran vida en Estados Unidos”. 

Por sorpresa y de forma vergonzosa, las cuestiones relativas al  Holocausto entraron en los debates sobre Oriente Próximo cuando los falangistas cristianos libaneses causaron una matanza de palestinos -entre ellos multitud de ancianos, mujeres y niños- en los campos de refugiados de Sabra y Shatila. Las fuerzas israelíes circundantes enviaron a los falangistas a los campos, lo iluminaron todo con bengalas y más tarde señalaron que no sabían lo que estaba pasando. David Shipler escribió en el New York times que, “para un país que surgió de los campos de exterminio de Hitler, no basta con responder “Nosotros no lo hicimos” y “Nosotros no lo sabíamos”. Para un pueblo que recuerda que seis millones de judíos fueron masacrados mientras otros les daban la espalda, las normas de comportamiento son más rigurosas, las preguntas más turbadoras”. Comentarios similares aparecieron en otros medios de prensa estadounidenses. 

Durante el primer año de la Intifada, el distinguido filósofo israelí Yehudi Eliana, que había estado en Auschwitz de niño, publicó “Un ruego a favor del olvido”. Para Eliana, el hecho de que la “lección” del Holocausto sea que “el mundo entero está contra nosotros”, que “somos la víctima eterna” era “la trágica y paradójica victoria de Hitler”. En su opinión, dicha lección había contribuido a las brutalidades israelíes en Cisjordania y a la falta de voluntad de hacer la paz con los palestinos. 

El muy moderado (y muy religioso) politólogo israelí Charles Liebman escribió que la forma de interpretar el Holocausto en Israel “refuerza y legitima la cerrazón mental, las políticas exteriores carentes de realismo y el comportamiento bárbaro con los árabes”. 

En la actualidad, aludir al Holocausto cuando se debate la situación israelí, en su momento práctica habitual, es algo infrecuente, salvo en el extremo más belicoso del espectro político. En ocasiones, como hemos visto, para los judíos estadounidenses pensar en Oriente Próximo sirviéndose del marco del Holocausto era algo espontáneo, no premeditado. Pero también fue una estrategia deliberada, destinada a recabar apoyos para Israel entre los judíos estadounidenses, entre sus demás conciudadanos y en el propio Gobierno de Estados Unidos. ¿Hasta qué punto ha sido eficaz?

Las mayores aportaciones monetarias destinadas a Israel se registraron entre 1967 y 1973, cuando se pensaba que sus habitantes hebreos estaban a punto de sufrir otro Holocausto. Si los judíos de Estados Unidos iban a librarse otra vez, y sin haber hecho nada para lograrlo, de la suerte de otros que estaban en peligro, por lo menos, podían dar, y manifestarse… una de las consecuencias de interpretar la situación de Israel a la luz del Holocausto fue que se otorgó al enmarañado conflicto de Oriente Próximo la claridad moral del periodo nazi. 

La cuestión es en qué medida es verosímil creer que la política estadounidense hacia Israel ha sido modelada por la memoria del Holocausto.

Al final, no parece que haya muchas razones para creer que las memorias del Holocausto hayan tenido ninguna influencia palpable en la política estadounidense en Oriente Próximo. Sin duda, multitud de personajes políticos hablarán -sobre todo ante audiencias judías- sobre la obligación que tiene Estados Unidos de ayudar al país que dio refugio a los supervivientes o de la expiación de la culpa estadounidense por su inacción durante el Holocausto. Hay quienes creen que las explicaciones que dan los políticos de sus actos reflejan sus motivaciones reales, y también quienes, como yo, piensan que los políticos dicen lo que creen que su público quiere escuchar. 

La relación recíproca entre las memorias estadounidenses del Holocausto y el apoyo de Estados Unidos a Israel está rodeada de ironías. Durante muchos años, fue práctica oficial en Israel insistir en que cualquier visitante diplomacia que acudiera al país acudiera primero al Yad Vashem, lo cual suponía una utilización un tanto torpe de la masacre nazi para recabar apoyos para el país. 


La opinión sobre lo que va mal en el mundo de los judíos estadounidenses, como la de todo el mundo, no surge de reflexiones independientes, sino de lo que les dicen aquellos a los que son propensos a creer. 

La relación reciproca entre la percepción de que había aumentado el antisemitismo en Estados Unidos y el incremento de la atención hacia el Holocausto es tan patente como difícil de definir. 

En un foro público sobre relaciones entre negros y judíos, el psicólogo negro Kenneth Clark se preguntaba por qué el asunto estaba tan cargado, señalando que nunca le invitaban a debatir sobre las relaciones entre católicos y negros. Una mujer del público señaló que la razón era que “a los católicos no les preocupaba que los negros vayan a empujarlos al horno” Según un observador, Clark “se tensó, como si le hubieran golpeado físicamente. “Dios mío”, dijo muy suavemente… “¿Ha dicho usted algo de negros empujando a gente a los hornos?”.

La realidad, no sorprendente, del comportamiento de los circunstantes durante el Holocausto fue que la inmensa mayoría de los gentiles actuó como cabría esperar ante una despiadada ocupación extranjera: bajaron la cabeza y se ocuparon solo de sí mismos. 

Según un calculo (probablemente exagerado), en 1978 se ofrecían cursos sobre el Holocausto en más de 700 centros universitarios. 

A parte de los judíos, los grupos en los que más arraigaron las “identidades” -convirtiéndose en la base de una movilización y una conciencia colectiva exitosas- fueron las mujeres, los negros, los homosexuales y, en menor medida, los hispanos. 

Simon Wiesenthal elaboró una crónica del martirio judío en forma de almanaque, para que cualquiera pudiera consultar, día a día, donde y quién había asesinado a judíos a lo largo de los siglos. 

Los judíos no fueron en modo alguno los únicos en presionar para que se reconocieran injusticias pasadas. Los estadounidenses de origen japonés hablaban de su internamiento durante la guerra; los de origen chino conmemoraban la Violación de Nanking; los armenios centraban su atención en el genocidio de 1915; los irlandeses trataban de conmemorar la Hambruna de la Patata de la década de 1840. Normalmente, estas demandas de reconocimiento no implicaban la competencia entre grupos, salvo en el sentido relativamente inofensivo de que la atención del público era limitada y que cada uno de ellos tenía que abrirse paso a codazos hasta el escenario. Sin embargo, el éxito cosechado por los judíos, que consiguieron ocupar permanentemente el centro de ese escenario con su tragedia y convertirla en el punto de referencia para evaluar otras atrocidades, produjo bastante resentimiento: “La envidia del Holocausto”.

Las presiones israelíes también hicieron que varios destacados judíos de Estados Unidos, entre ellos Elie Wiesel, Alan Dershowitz y Arthur Hertzberg, se retiraran de una conferencia internacional sobre genocidio celebrada en Tel Aviv cuando los organizadores israelíes, a pesar de las enormes presiones de su Gobierno, se negaron a cancelar las sesiones sobre el caso armenio.

Quizá lo más enervante de todo para los armenios -dado lo dispuesto que había estado el Congreso de Estados Unidos- fuera que los diplomáticos israelíes y destacados activistas judíos estadounidenses se unieran para derrotar una resolución de esa cámara que conmemoraba el genocidio armenio. Destacadas organizaciones judías, que en principio proyectaban apoyar la resolución, dieron marcha atrás y guardaron silencio en respuesta a las exhortaciones de Israel. Un veterano dirigente judío explicó lo que motivó sus presiones contra la resolución: “Muchos sostienen que el Holocausto fue simplemente un acontecimiento terrible, ni único ni singular. Comparar… la situación de los armenios [en 1915] con la de los judíos de Europa entre 1933 y 1939 es una peligrosa invitación al revisionismo sobre el Holocausto… Si los judíos dicen que cualquier acontecimiento terrible… es un genocidio. ¿por qué habría de creer el mundo que el Holocausto es particular?”. 

Como ocurrió con tanta frecuencia en esos años, los conflictos más difundidos a este respecto fueron los registrados entre judíos y negros. Los que más atención suscitaron tuvieron como protagonistas a Louis Farrakhan y su alegre pandilla. “No nos hagáis tragar vuestros seis millones”, declaró Farrakhan, “cuando nosotros perdimos 100”.

A lo largo de los años, se han dado varias razones para aducir el carácter único del Holocausto, pero, por una u otra razón, muchas de ellas se han revelado deficientes: Stalin mató a más inocentes que Hitler; durante siglos muchas otras poblaciones colocadas en el punto de mira sufrieron, en proporción, mayores pérdidas que los judíos europeos durante la Segunda Guerra Mundial. Otros criterios presentaban otras dificultades. El argumento más completo para defender la unicidad del Holocausto era también la más radical. Mientras que muchos otros autores estaban dispuestos a reconocer que había habido otros genocidios pero sólo un Holocausto, Steven Katz, en un libro demás de setecientas páginas (el primero de una serie prevista de tres volúmenes), defendía que incluso la palabra “genocidio”, correctamente entendida, sólo podía aplicarse a las penalidades de los judíos europeos durante la Segunda Guerra Mundial. Este libro le valió a Katz ser nombrado director del Museo del Holocausto de Washington, lo cual indica el atractivo de su argumento.

La “envidia del Holocausto” compite con la “actitud posesiva hacia el Holocausto. El hecho de que otros proclamen que han sufrido un genocidio o un holocausto -afirmaciones que en ocasiones son realmente hiperbólicas- se considera un ataque criminal. Al mismo tiempo, dentro del mundo judío ha habido muchos que han criticado el fetichismo de la unicidad del Holocausto; algunos, como Ismar Schorsch, canciller del Seminario Teológico Judío y refugiado de la Alemania nazi, bastante insignes.  Para Schorsch, la obsesión con la unicidad es una “desagradable versión laica del hecho de ser [el pueblo] elegido”, que introduce una enemistad sin sentido entre los judíos y otras víctimas. 

Para algunos judíos religiosos había otro criterio de unicidad. Abraham Forman, director de la Liga Antidifamación, señaló que el Holocausto “no [era] simplemente un ejemplo de genocidio, sino un atentado que casi tuvo éxito contra los hijos predilectos de Dios y, por tanto, contra el propio Dios”. 

- “Hoy en día, el autentico judío tiene prohibido otorgarle, a título póstumo, otra victoria a Hitler. [Se nos] manda sobrevivir como judíos, para que el pueblo judío no perezca. Se nos manda [recordar] a los mártires del Holocausto, para que su memoria no perezca. Se nos prohibía… negar a Dios o perder la esperanza en él… para que no perezca el judaísmo… Abandonar cualquiera de estos imperativos, para responder a la victoria de Hitler en Auschwitz, sería concederle, a título póstumo, otras victorias”. (Emil Fackenheim) 

- El rabino Irving Greenberg fue uno de los individuos que con más eficacia trabajó para situar el Holocausto en el centro del pensamiento judío estadounidense. Fundó ZACHOR: Centro de Recursos sobre el Holocausto, que fomentaba y coordinaba diversas formas de conmemoración; después sería el primer director del Consejo del Museo del Holocausto de Estados Unidos. Para Greenberg, el Holocausto era un acontecimiento con carácter de “revelación”, equiparable a las del Sinaí y el Éxodo, e instaba a que, en consecuencia, se le otorgara un lugar primordial, tanto en la renegociada Alianza como en la liturgia judía. 

LOS ULTIMOS AÑOS

- En un número creciente de Estados la enseñanza del Holocausto en las escuelas públicas es obligatoria por ley. 

- En los últimos veinte años todos los presidentes de Estados Unidos han instado a los ciudadanos a preservar la memoria del Holocausto. 

- Funcionarios de todo el país dijeron a los estadounidenses que ver La Lista de Schindler era una obligación ciudadana.
- Los judíos son importantes e influyentes en Hollywood, la televisión, y en mundos como el de la prensa diaria, las revistas y el editorial…. ni siquiera se trata del hecho en sí de que  haya judíos en los medios, que es algo muy viejo, sino de qué clase de judíos sean. 

- En gran medida, el hecho de que el Holocausto pasara del escenario judío al contexto general estadounidense tuvo que ver con decisiones privadas y espontáneas de judíos que casualmente ocupaban posiciones estratégicas en los medios de comunicación. 

- Si se podía conseguir, como creían muchos en las organizaciones judías, que los estadounidenses tuvieran más simpatías por Israel, o por sus conciudadanos judíos, haciéndoles conscientes del Holocausto, había que tomar iniciativas para difundir esa conciencia por toda la sociedad de Estados Unidos. 

- No todas las iniciativas de difusión de la conciencia del Holocausto han sido judías, pero casi siempre lo han sido, frecuentemente con una considerable inversión de recursos comunitarios. En algunas ocasiones, su objetivo era llegar a determinadas audiencias, como las iglesias protestantes y la católica, o a las escuelas. En otras se promovían iniciativas surgidas en otros lugares, como fue el caso de la miniserie de 1978 Holocausto, de la cadena NBC. 


- Sin duda, el momento más importante en el proceso de entrada del Holocausto en la conciencia general estadounidense fue la presentación, en abril de 1978, de la miniserie Holocausto en la cadena NBC. Cerca de 100 millones de estadounidenses vieron las nueve horas y media de programa, divididas en cuatro episodios, o gran parte del mismo. Como se indicó con frecuencia en la época, a los estadounidenses se les dio más información sobre el Holocausto en esas cuatro  noches que en los treinta años anteriores. La trama seguía la evolución durante diez años de dos familias ficticias: una de judíos alemanes asimilados, la otra de un alto funcionario de las SS. Mediante este recurso un tanto forzado, la serie recorría los principales hitos históricos. La miniserie era un pequeño curso monográfico. 

- La NBC no escatimó medios en promocionar la serie; era su respuesta al enorme éxito de Raíces, de la ABC, en el año anterior. Pero sus esfuerzos fueron pocos en comparación con los de las organizaciones judías. En una época en la que, como hemos visto, éstas estaban empezando a realizar programas sobre el Holocausto, no podían perder la oportunidad que se les presentaba. La Liga Antidifamación distribuyó diez millones de ejemplares de su boletín The Record para promocionar la serie. Las organizaciones judías ejercieron con éxito su influencia para que los principales periódicos publicaran la versión novelada por Gerald Green de su propio guión televisivo o para que incluyeran en sus páginas separatas sobre el Holocausto (The Chicago Sun-Times distribuyó cientos de miles de ejemplares de la suya en las escuelas locales). El Comité Judío Estadounidense, en colaboración con la NBC, distribuyó millones de ejemplares de una guía de estudio para los espectadores; las revistas de profesores incluyeron otros materiales curriculares relacionados con el programa. Las asociaciones judías cooperaron con el Congreso Nacional de Iglesias para preparar otros instrumentos promocionales y educativos, organizando también visionados anticipados para líderes religiosos. El día que comenzó a emitirse la serie se denominó “Domingo del Holocausto”; en ciudades de todo el país se montaron diversas actividades; la Conferencia Nacional de Cristianos y Judíos distribuyó estrellas amarillas para llevarlas ese día. 

- Las actividades iban dirigidas a los gentiles. Sin embargo, después de que Berenbaum sentenciara que hacer que el Holocausto fuera importante para todos los estadounidenses también le daría importancia entre los judíos, la miniserie de la NBC proporcionaba una oportunidad inigualable para fomentar también esa causa. De este modo, gran parte de la labor promocional realizada por las asociaciones judías, así como las actividades que acompañaron la emisión, iban dirigidas a los judíos de Estados Unidos, que parece que prácticamente  en su totalidad la vieron (“Para los judíos”, declaró una revista judía, ver el programa “tiene carácter de una obligación religiosa”). El director de una escuela judía de Pittsburgh calificó Holocausto de “tratamiento de choque para desarrollar la identidad judía”. Había diferencias entre los materiales que las asociaciones judías preparaban para el público gentil y para el judío. La serie contenía varias alusiones al antisemitismo cristiano y al silencio de las iglesias durante el Holocausto, así como a los europeos del Este que participaron en los crímenes nazis.En Record, de la ADL, no había ninguna referencia a estos asuntos, pero sí había cuatro menciones a eclesiásticos que se opusieron al nazismo para rescatar a judíos, posiblemente fruto de consideraciones referentes a las relaciones intercomunitarias. 

- Con algunas excepciones, los críticos de televisión y los analistas de los periódicos se mostraron muy entusiastas, por no decir ditirámbicos, con Holocausto (a varios comentaristas les molestaron las interrupciones de los anuncios, que produjeron algunas grotescas yuxtaposiciones, pero la mayoría las aceptaron con aburrimiento, considerando que eran el precio que había que pagar por tener la serie en una gran cadena). Después de haber puesto tanto empeño en promocionarla, era previsible que las principales organizaciones judías la recibieran con encendidos elogios. “He visto la serie entera tres veces”, declaró el rabino Marc Tannenbaum, del Comité Judío Estadounidense. “Y en cada una de ellas he berreado como un bebé. Tiene un poder realmente transformador. No hay duda de que podía cambiar las cosas”. 

- La emisión de la serie, en enero de 1979, se convirtió en el momento decisivo para que Alemania se enfrentara, después de mucho retrasarlo, al Holocausto, en un proceso que, aunque no carente de sacudidas, ha continuado desde entonces. Sirvió para que los alemanes entraran en contacto con las víctimas judías y con el crimen de una forma inédita hasta entonces. Muchos le atribuyeron un papel decisivo en una decisión tomada por el Bundestag un año después: la de abolir la ley de prescripción de los crímenes de guerra.

- Fue la acogida dispensada por Alemania a la “telenovela” estadounidense la que, en la práctica, cuando no desde el punto de vista teórico, puso fin al debate en Estados Unidos sobre la capacidad de los medios de comunicación de masas para mostrar eficazmente el Holocausto. 

- Además, aunque no fuera en tan gran escala durante muchos años, los medios de comunicación de masas estadounidenses, sobre todo la televisión continuaron hacinédolo: Playing for Time (Jugar para ganar tiempo), Escape from Sobibor (Huída de Sobibor), Trimph of the Spirit (El triunfo del espíritu), War and Remembrance (Guerra y recuerdo), y muchos, muchos otros títulos. Ninguno de ellos llegó a tener la misma audiencia ni ocasionó tantos debates como Holocausto en 1978. Pero, en conjunto, todos ellos (además del flujo constante de películas extranjeras sobre el tema) sirvieron para dejar bien fijado el Holocausto en el mapa cultural estadounidense. La culminación de este proceso (hasta el momento) ha sido La lista de Schindler de Steven Spielberg, de 1993, que no solo se benefició de la inmensa reputación del director, sino del hecho de aparecer el mismo año en que se inauguro el Museo del Holocausto de Washington. Del mismo modo que Holocausto arrasó en los premios Emmy de 1978, La lista de Schindler barrió en los Oscar de 1993. Y mientras que en 1978 las organizaciones judías se sintieron obligadas a promocionar el programa de televisión, en 1993 había tanto funcionarios públicos -empezando por el propio presidente del país- participando tan activamente en la difusión de la película de Spielberg que resultaba difícil encontrar sitio para subirse a ese carro. Siguiendo el ejemplo de Oprah Winfrey, quien anunció en su programa de entrevistas que “soy mejor personas después de haber visto La lista de Schindler”, se organizaron por todo el país proyecciones gratuitas para alumnos de secundaria (en horario lectivo), para contribuir a su educación moral. 

- Seis millones es una cifra inmediatamente reconocible: la estimación más generalmente aceptada de judíos asesinados por la cruzada homicida de la Alemania nazi. La expresión “los seis millones” sustituye retóricamente a “el Holocausto”. Sin embargo, hoy en día, para multitud de personas, el número real de víctimas del Holocausto es de once millones: seis de judíos y cinco de no judíos. No se trata, evidentemente, de las cifras en sí, sino de lo que significan, de a qué nos referimos cuando hablamos de “el Holocausto”. Como veremos, la cuestión sería ardiente y airadamente debatida en las conmemoraciones oficiales estadounidenses. En términos más generales, las diversas formas de utilizar “seis” y “once” arrojan luz sobre los usos del Holocausto en la vida de los Estados Unidos. 

- Desde el punto de vista histórico, la cifra de once millones -o, más bien, la idea de que el nazismo, además de los seis millones de judíos, tuvo cinco millones de “otras víctimas”- no tiene sentido. La cifra de cinco millones es o bien demasiado escasa (para incorporar a todos los civiles no judíos asesinados por el Tercer Reich) o bien demasiado elevada (para dar cuenta de los grupos no judíos situados en el punto de mira nazi). ¿De dónde salió esa cifra? Aunque no se pueda rastrear detalladamente, en papel, se suele coincidir en que la cifra de once millones procede de Simon Wiesenthal, el afamado cazador de criminales nazis. ¿Cómo llegó a ella? El historiador israelí Yehudi Bauer señala que Wiesenthal le reconoció en una conversación privada que simplemente se la había inventado. En una ocasión le dijo a un reportero que estaba en contra de “dividir a las víctimas”: “Desde 1948”, afirmaba, “he tratado que los líderes judíos no hablen de los seis millones de judíos muertos, sino de los once millones de víctimas civiles, incluyendo a los seis millones de judíos… Hemos reducido el problema a algo entre nazis y judíos. Porque por esto perdimos a muchos amigos que sufrieron con nosotros y cuyas familias comparten las mismas tumbas”. 

- Antes de finales de los setenta, pocas personas en Estados Unidos habían oído hablar de la cifra de “once millones”. La fama de Wiesenthal en este país tenía que ver con sus hazañas como cazador de nazis, no como intérprete del Holocausto. Esto cambió en 1977 cuando, a cambio de una subvención a su programa de rastreo de criminales de guerra, un rabino de California consiguió utilizar su nombre para una institución del Holocausto que logró enorme visibilidad: el Centro Simon Wiesenthal. Los “once millones” formaban parte del bagaje que acompañaba al nombre. A la entrada del museo del centro se puso una placa en homenaje a los “seis millones de judíos y cinco de otras confesiones”; las publicaciones de la institución comenzaron a hablar de “El Holocausto: seis millones de judíos y cinco de no judíos”. La cifra de “once millones”, aunque inicialmente no se planteara así, se había convertido en una nueva descripción de los parámetros del Holocausto.

- Puede que, por sí solo, el uso de los “once millones” por parte del Centro Wiesenthal no hubiera dado difusión a la cifra. Lo que la puso sobre el tapete -lo que convirtió “once millones” en un lema para algunos y en un objeto de disputa para otros- fue el hecho de que, en la primavera de 1978, se pusiera en marcha el proceso que conduciría finalmente a la creación del Museo del Holocausto de los Estados Unidos en Washington. 

- El borrador de la Casa Blanca hablaba de conmemorar “el Holocausto, el exterminio sistemático, patrocinado del nazismo”. Finalmente, Eizenstadt se mostró dispuesto a ceder. “Para bien o para mal”, dijo, Wiesel se había convertido en el símbolo del Holocausto, y si dimitía por esta cuestión, “simplemente no podríamos conseguir que otro destacado líder judío fuera presidente”. Aunque los grupos étnicos de Europa Oriental preferían la redacción original, el problema de la definición no era para ellos “un asunto tan de vida o muerte como para Wiesel”. Pero Carter, exasperado, se negó a aceptar los guiones, y el decreto ejecutivo que ordenaba la creación del Consejo del Museo del Holocausto aludió a once millones de víctimas. Wiesel no dimitió y el centro que le encargaron crear se comprometió oficialmente a honrar la memoria de los “once millones”. 

- No hay duda de que Wiesel y sus aliados temían que la lógica que conllevaba incluir en el mandato del museo a los “once millones” prefigurara que a las “otras víctimas” se les concediera un poco menos de la mitad del espacio. Al final, en gran medida por la influencia de los supervivientes en el consejo, las “otras víctimas” terminaran recibiendo poco más que una mención de pasada en las exposiciones permanentes de la institución. De este modo, Wiesel, aunque derrotado en la primera escaramuza con Carter por los estatutos del museo, ganó la batalla de su contenido. Los “once millones” del presidente nunca han sido la doctrina rectora del museo, aunque han seguido constituyendo un compromiso vago con un principio de inclusión, que ha continuado produciendo innumerables disputas sobre la definición del Holocausto en las reuniones del consejo. Uno de sus miembros, Hyman Bookbinder -representante durante mucho tiempo del Comité Judío Estadounidense en Washington- estaba frustrado y, después de revisar las diversas y escurridizas fórmulas aforísticas que se repetían sin cesar, intentó que Wiesel respondiera a una pregunta muy concreta: “¿Son los “otros millones” víctimas del Holocausto están al margen del Holocausto?. Wiesel nunca ha respondido directamente, ni tampoco el museo. La claridad era algo indeseable e imprudente: era mucho mejor mantener la ambigüedad al respecto. 

- La revista Time, el vicepresidente Al Gore y un orador de la Convención Republicana de 1992 siguieron el ejemplo de la Encyclopedia of the Holocaust, trasladando a los judíos del último al primer lugar: “Primero vinieron a por los judíos”. Time, Gore y el orador republicano omitían a los comunistas y a los socialdemócratas; Gore también omitió a los sindicalistas. Los tres añadieron a los católicos (ausentes en la lista original de Niemöller), que también figuran en la versión de la cita grabada en el Monumento del Holocausto de Boston, una ciudad muy católica. El Museo del Holocausto de Estados Unidos conserva la lista y el orden intactos, salvo por la prudente omisión de los comunistas. Otras versiones de la lista de Niemöller incluyen homosexuales.

- Paradójicamente, el único grupo que se movilizó, con éxito, para ser incluido en las filas de los “once millones” fue el que menos muertos había aportado a la cifra total. Los activistas gay y sus partidarios mencionaban una cifra de hasta un millón de homosexuales asesinados por el Tercer Reich, pero es habitual que se hable también de un cuarto de millón o de medio millón. Parece que el número real de homosexuales muertos o asesinados en los campos se sitúa en torno a cinco mil y cabe la posibilidad de que llegara a diez mil. Sin embargo, a diferencia de otros grupos que querían ser reconocidos como víctimas del Holocausto, los homosexuales disponen de recursos políticos y culturales, y, en la experiencia prebélica y en la de la propia guerra, de polacos y ucranianos. Además, su inclusión podía considerarse una contribución al combate contra la homofobia. Y muchos de sus portavoces, que presionaban para su inclusión, son judíos.

- Subirse al carro del ataque a los suizos es sólo el último ejemplo de lo ventajoso que les ha resultado a los políticos invocar el Holocausto con oportunismo.

- Políticos de todos los niveles han descubierto que es útil apuntarse tantos estableciendo algún tipo de relación con el Holocausto.
- Las oportunidades de hacerse fotos en los monumentos locales a las víctimas de esa masacre se convirtieron en un rasgo habitual que jalonaba las campañas; cuando el vicepresidente George Bush viajó a Israel, fue acompañado de un equipo de cine para que registrara su presencia en el Nad Vashem. La oportunidad más imaginativa y sutil de hacerse una foto la aprovechó en 1996 Hillary Clinton, entonces muy atacada por varias acciones supuestamente ilegales, cuando apareció en la tribuna de la Cámara de Representantes durante el (muy televisado) discurso del Estado de la Unión que pronunciaba su marido, flanqueada por su hija Chelsea y por Elie Wiesel. Otra imaginativa estratagema fue la utilizada por el senador republicano Arlen Specter, de Pensilvania. Como presidente del Subcomité de Justicia Juvenil del Comité Judicial, organizó visitar para investigar la suerte del Dr Josef Mengele, de Auschwitz. Las competencias de su subcomité se referían a los experimentos con niños realizados por Mengele. 

- Defensores de multitud de causas trataban de aumentar su legitimidad y su visibilidad vinculándose con el Holocausto. El senador (más tarde vicepresidente) Al Gore escribió sobre una “Krstallnacht ecológica” con un “Holocausto medioambiental” posterior. Anticastristas de Miami erigieron un “Monumento al Holocausto cubano”. Parece que también fue en Miami donde el triángulo rosa, la insignia de los homosexuales en los campos de concentración, inició su andadura como símbolo de la liberación gay. Fue allí donde la cruzada antihomosexual Anita Bryant hizo campaña contra una disposición favorable a los derechos de este grupo. Un columnista de una publicación gay escribió que “el voto judío es esencial para nuestra victoria en Miami y el triángulo rosa puede ser determinante”. 

- En una encuesta sobre el conocimiento público de la Segunda Guerra Mundial, el 97 por 100 de los encuestados sabía qué era el Holocausto. Una cifra considerablemente superior a la de los que podían identificar Pearl Harbor a la de los que sabían que Estados Unidos había arrojado una bomba atómica sobre Japón, y mucho mayor que el 49 por 100 que sabía que la Unión Soviética luchó junto a los estadounidenses durante la guerra. Pero ¿qué significa “conocer lo que fue el Holocausto” para esa parte de la población -más de un tercio, según una encuesta reciente- que o bien no sabía que tuvo lugar durante la Segunda Guerra Mundial o bien “sabía” que no ocurrió en ese periodo? … Pero plantea una cuestión (imposible de responder): ¿cuántos estadounidenses tienen un conocimiento del Holocausto que vaya más allá de una serie de frases televisivas sentenciosas e inconexas? Sólo podemos contestar: algunos. 

- Al margen de cuál sea su conocimiento del Holocausto, los que responden a las encuestas están seguros de que es algo importante. En un sondeo de 1990, la gran mayoría, al ponerle delante una lista de acontecimientos catastróficos, dijo que el Holocausto “era la peor tragedia de la historia”. Además, las lecciones del Holocausto suscitan un gran consenso: entre el 80 y el 90 por 100 de los encuestados coincidía en que la necesidad de proteger los derechos de las minorías  y el no “acatar lo que dicen todos los demás” eran lecciones que había que extraer del Holocausto; en proporciones similares, estaban de acuerdo en que “es importante que la gente siga oyendo hablar del Holocausto para que no vuelva a ocurrir”. 

- El Museo del Holocausto de Washington se ha visto inundado con millones de visitantes no judíos, “votando con los pies” a favor del encuentro que proporciona el centro. Una parte desconocida de ese flujo de visitantes ha llegado hasta sus puertas porque siente un interés y una preocupación profundos. Para otra parte, igualmente desconocida, el museo se ha convertido en un sitio al que hay que “ir” cuando se recorre Washington, del mismo modo que hay que “ir” al Louvre de París. 

- Si es cierto -y así parece- que los gentiles de Estados Unidos son más propensos a identificarse con las víctimas del Holocausto que con las de otros innumerables desastres, ¿a qué se debe? En parte, a que se les invita con más frecuencia a hacerlo: explícitamente mediante las tarjetas de identificación de víctima del Museo del Holocausto de Washington y del Centro Simon Wiesenthal, e implícitamente de diversas maneras. Sin embargo, probablemente haya otras razones. “Los crímenes de Hitler”, escribió Jason Epstein, “nos resultan especialmente dolorosos porque ocurrieron por así decirlo en la casa de al lado… A las víctimas soviéticas, de un lejano país, nombres impronunciables y extraña indumentaria, no se las veía en nada similares a nosotros”. Phillip Lopate ha utilizado un argumento bastante similar para tratar de explicar por qué “esos montones de otras víctimas no son tan relevantes como los cadáveres judíos”. 

Nunca más la masacre de los albigenses. 

- No es necesario justificar de manera pragmática el recuerdo del Holocausto, especialmente entre los judíos. Es un acto de piedad análogo al de recitar el kadish del doliente en el aniversario de la muerte de un familiar o al recuerdo de los caídos en actos de guerra en el Memorial Day. Decir que no ha precisado d una justificación no quiere decir que no la haya tenido, y las lecciones específicamente judías -sionistas y de otra índole- no tardaron en ser parte habitual de la conmemoración hebrea. Cuando el recuerdo y la enseñanza del Holocausto fueron entrando en el conjunto de la comunidad estadounidense, sí pareció necesario proporcionar esa justificación pragmática. Al no haber ninguna relación real o metafórica, ¿por qué debían los estadounidenses de origen judío hacer duelo por las víctimas hebreas de Hitler más que por las camboyanas causadas por Pol Por? ¿Por qué aprobar disposiciones especiales para enseñar el Holocausto y no cualquier otro de los atroces crímenes que recuerda la humanidad?


- Igualmente, las lecciones positivas que el Museo del Holocausto de Washington pretende enseñar tampoco tienen nada de malo, pero parecen, si no inútiles, poco necesarias. “Cuando América está en su mejor momento”, le dijo un alto cargo del museo a un entrevistador, “el Holocausto es imposible en los Estados Unidos”. Declaró que el museo enseña valore fundamentales estadounidenses como “el pluralismo, la democracia, la contención del Gobierno, los derechos inalienables de los individuos, la incapacidad del Gobierno para obstaculizar la libertad de prensa, de reunión, de religión, etc.” Si los estadounidenses necesitan que les demuestren cómo se vulneraron esos valores durante el Holocausto para seguir apoyándonos, estamos peor de lo que creía. 

- Las feministas han señalado que el predominio de los “valores patriarcales” hizo posible el Holocausto, apuntando que fueron “sobre todo hombres” los que concibieron y dirigieron los campos de exterminio. Un congresista de Oklahoma, después de ver la serie Holocausto de la NBC, explicó a sus colegas que ésta enseñaba los peligros de un “Estado fuerte”. Los defensores de los derechos de los animales llaman “Buchenwalds para los animales” a las granjas donde se crían para obtener su piel. “En su comportamiento respecto a las criaturas”, escribió Isaac Bashevis Singer, un vegetariano estricto, “todos los hombres son nazis”. En una demanda presentada por la Unión Estadounidense para las Libertades Civiles (ACLU), según la cual la ejecución mediante cianuro de hidrógeno era un castigo cruel e infrecuente, el director de su asesoría jurídica señaló que la composición química de ese gas era la misma que la del Zyklon B utilizado en los campos de exterminio. Los críticos del sociobiólogo de Harvard Edward O. Wilson le acusaron de revivir las ideas que “condujeron al establecimiento de las cámaras de gas en la Alemania nazi”. En una campaña contra el control de armas, The American Rifleman publicó un artículo titulado “El gueto de Varsovia: diez pistolas contra la tiranía”. “Si en Alemania hubiera habido derecho a tener armas”, dijo el presidente de la Cámara de Representantes, Newt Gingrich, “puede que no hubiera habido Holocausto”. El lema de los activistas homosexuales “el silencio equivale a la muerte” apunta que el Holocausto del SIDA, al igual que en el de los años cuarenta, la indiferencia de los circunstantes permite que la devastación avance sin obstáculos. 

- ¿qué podemos decir sobre las lecciones generales y particulares hasta ahora contempladas? La mayoría de los lectores habrá percibido que aunque éstas se presenten como lecciones  del Holocausto, no parecen tanto extraídas de este acontecimiento como llevadas a él. Son lecciones que reflejan valores e intereses que, originados en otros ámbitos, parecían confirmarse al observar el Holocausto; en cualquier caso, se podían poner espectacularmente de manifiesto enraizándolas en dicho acontecimiento. Así es, tanto en el caso de las lecciones más generales como en el de las más específicas. No fue el Holocausto lo que convirtió a George Bush y George Will en conservadores con una visión sombría de la naturaleza y de las perspectivas humanas. (En términos más generales, la visión del mundo pesimista ahora tan de moda no se derivó del Holocausto. En Estados Unidos, las primeras décadas posteriores a ese acontecimiento fueron notablemente joviales y orientadas al futuro. Más tarde, cuando los estadounidenses, por diversas razones, adoptaron una perspectiva vital más lóbrega, fue cuando se hizo habitual citar el Holocausto para justificarla). Además, sin duda ni las feministas, ni los gays, ni los defensores de los derechos de los animales; ni los que se oponen al aborto, a un Estado fuerte, a la pena capital y al control de armas; ni tampoco los partidarios de los valores familiares cristianos, se situaron en esas posiciones -no las aprendieron inicialmente- partiendo de la reflexión sobre el Holocausto. 

- Alex Hershaft es un destacado defensor de los derechos de los animales y superviviente del gueto de Varsovia. Sus años escondido, afirma, le legaron “una pasión por la justicia y una preocupación por la supervivencia del planeta. Desde el punto de vista de la justicia, me limité a buscar a los seres más perseguidos de la tierra”. ¿Acaso estaba Hershaft extrayendo una lección impropia o ilegítima de sus años escondido? ¿Eran demasiado universales las conclusiones que sacaba del Holocausto?

- En la mayoría de los casos, cuando decimos que un acontecimiento conlleva lecciones que pueden aplicarse a otra situación, estamos estableciendo lo que se llama analogía, es decir, apuntamos, según mi diccionario, la existencia de “ciertos parecidos entre cosas por otra parte distintas”. No nos llevará muy lejos decir que hay buenas y malas analogías, como si nos estuviéramos refiriendo a algún criterio impersonal, más o menos vago. Las analogías -como las que se establecen entre “los nonatos” de Estados Unidos y la “vida sin derecho a la vida” de la Alemania nazi- son claras y convincentes para quienes las establecen, y desechadas de plano por otros. Si una analogía “cala” en alguien sobre, sobre todo si esa persona se vincula a ella, será poco probable que se le pueda convencer de que la abandone. Si no cala, si alguien se compromete a rechazarla, entonces “no es lo mismo en absoluto”.

-En lo tocante a la supervivencia, ¿qué lecciones sacaron del infierno los que lo sufrieron? Los hay que relatan -y no tenemos razones para dudar de ellos- que la ayuda mutua, la solidaridad comunitaria y la fe religiosa les permitieron sobrevivir. Hay otros que afirman -con la misma credibilidad- que lo que les ayudó fue la capacidad de ser despiadados, la atención a la mejor oportunidad, la confianza no en Dios ni en el hombre, sino en uno mismo. Algunos sobrevivieron porque estaban casados con gentiles o porque lograron confundirse de algún modo en la comunidad circundante. Otros señalan que sólo les permitió sobrevivir sospechar y no fiarse más que de “sí mismos”. ¿Cuál de estas lecciones de supervivencia opuestas debemos considerar que es la auténtica en la experiencia de las víctimas?¿Y qué lección surge si aceptamos la más generalizada (y más plausible) de las explicaciones posibles: la suerte? Sobre todo, ¿qué relevancia tienen esas lecciones sobre la supervivencia en el infierno de la Europa de Hitler para nuestra vida, segura y pacífica, aquí y ahora?

- Si estuviéramos formulando una acusación contra la modernidad, entre sus componentes tendría un lugar destacado la atrofia de cierta responsabilidad mutua: la otra cara del individualismo que fomenta la modernidad. Sin duda, consideremos o no criminal la indiferencia hacia nuestros congéneres, es algo que debería preocuparnos. ¿Pero el hecho de que los europeos sometidos a la ocupación alemana no se pronunciaran contra la suerte de los judíos y no acudieran en su ayuda es el mejor ejemplo de fenómeno que con toda razón deploramos? 

- Los que vivían en Nueva York a mediados de los sesenta recordarán el caso de Kitty Genovese. Una noche, al volver tarde a casa de trabajar, fue apuñalada por un enloquecido asaltante y gritó para pedir ayuda. Treinta y ocho vecinos, en pisos que daban al escenario del ataque, contemplaron la situación y escucharon sus gritos. Nadie llamó a la policía. El atacante volvió adonde yacía Genovese y la apuñaló de nuevo. Después regresó una segunda vez y continuó haciéndolo. Finalmente, cuando la víctima había muerto, uno de los treinta y ocho fue al piso de una vecina anciana e  hizo que ella llamara a la policía. “No quería verme implicado”, explicó. No sabemos qué se les pasaba por la cabeza a las circunstantes indiferentes de la Europa de Hitler o de Nueva York. Sí sabemos qué precio habrían tenido posiblemente que pagar en el primer caso y las nulas consecuencias de llamar a la policía en el segundo. 

- A finales de los setenta, después de que los vietnamitas invadieran Camboya y derrocaran el régimen de los jemeres rojos de Pol Pot, el mundo descubrió “el Holocausto camboyano”. Entre 1975 y 1978 se habían tenido noticias esporádicas , a través de refugiados, de asesinatos en masa cometidos en Camboya, pero después de la Guerra de Vietnam la mayoría de los estadounidenses había llegado a hartarse del Sudeste Asiático, y pocos prestaron atención. El relato, en toda su extensión, solo llegó al mundo después de que la invasión vietnamita pusiera fin a la masacre. La profundidad y la magnitud de los horrores sufridos por la población camboyana, al revelarse, superaron cualquier especulación anterior. El hecho de que pasaran a calificarse de “un Holocausto” fue en parte una reacción espontánea, pero también algo activamente fomentado por los vietnamitas. Al crear un museo del “Auschwitz asiático” en Tuol Sleng, los vietnamitas intentaron que la muestra se asemejaría los modelos de la Segunda Guerra Mundial. Llegaron incluso a enviar al director del centro a visitar Buchenwald y Sachsenhausen, para que consiguiera que Tuol Sleng se pareciera más al “original” nazi. En Occidente se organizó una enorme operación para socorrer a los refugiados, que con frecuencia eran cuadros de los jemeres rojos que huían de los vietnamitas. El presidente Carter, al solicitar a los estadounidenses que colaboraran, les dijo: “Hace treinta y siete años comenzó un holocausto que iba a cobrarse la vida de más de seis millones de seres humanos. El mundo lo contempló en silencio, sumido en un error moral cuya enormidad sigue nublando el entendimiento humano… Si queremos evitar una tragedia de proporciones genocidas en Kampuchea (Camboya) todos debemos ayudar”. Al mismo tiempo (también, evidentemente, a la vez que Carter discutía con Elie Wiesel si el Holocausto debía interpretarse de forma más amplia), la Casa Blanca estaba apoyando en secreto a Pol Por, autor del Holocausto camboyano. Se consideraba que los vietnamitas eran la auténtica amenaza para los intereses estadounidenses, y había que mantener a Pol Por en activo como contrapeso. “Animé a los chinos a apoyar a Pol Pot”, declaró  Zbigniew Brzezinski, asesor en materia de seguridad nacional de Carter. “Pol Pot era abominable. Nunca podríamos apoyarle (públicamente). Pero China podía”. Estados Unidos, declaró, “hizo un guiño semipúblico” a China para que le hiciera llegar armas a través de Tailandia. Si Tuol Sleng (públicamente) se parecía a Auschwitz, la política estadounidense hacia los jemeres rojos (en privado) se asemejaba a la postura de Estados Unidos respecto a Alemania después de 1945: ante un enemigo actual , se podía permitir que los crímenes del pasado obstaculizaran las necesidades estratégicas. 

- La imaginería del Holocausto tuvo un papel mucho más destacado a la hora de movilizar apoyos para la Guerra del Golfo de 1991. Sadat Husein, según el presidente Bush, era peor que Hitler. Para muchos analistas, decir “peor que” era un tanto excesivo, pero la equiparación (o práctica equiparación) se planteó una y otra vez. Noticias de dudosa procedencia sobre atrocidades de corte nazi -recién nacidos kuwaitíes que eran sacados de las incubadoras de los hospitales por las tropas iraquíes para después dejar que murieran en el frío suelo- tuvieron una gran difusión. Un columnista del New York Times dijo de Sadat que estaba “llevando a cabo su propia versión de la solución final”. El Centro Simon Wiesenthal acusó a empresas alemanas de haber fabricado “cámaras de gas” para el dictador iraquí. Al igual que en le caso de Afganistán, estaba claro que lo que originó la Operación Tormenta del Desierto no fue la preocupación por un nuevo holocausto, sino consideraciones geopolíticas. Puede que la imaginería del Holocausto contribuyera a recabar apoyos para la operación en el Congreso y entre la opinión pública, pero su papel parece haber sido marginal. 

- La única ocasión en la que Estados Unidos sí intervino para evitar una mortandad masiva en el exterior -durante la hambruna en Somalia- fue también en la que menos se mencionó el Holocausto; aunque quizá, en un sentido difuso, todas las alusiones a la indiferencia del mundo ante la suerte de los judíos  durante la Segunda Guerra Mundial tuvieran su papel a la hora de persuadir a algunos sectores de la opinión pública de que debían apoyar la Operación Restablecer la Esperanza del ejército de Estados Unidos. El desenlace de la empresa -el asesinato y humillación de soldados estadounidenses a manos de los caudillos militares somalíes- convenció a muchos ciudadanos de Estados Unidos de que el significado operativo de “¡Nunca más!” era que las tropas estadounidenses no debían volver a correr riesgos a no ser que hubiera una amenaza clara para los intereses nacionales de su país. George Will, en consonancia con las trágicas lecciones que había extraído del Holocausto, expresó la esperanza de que la experiencia en Somalia “vacune” al cuerpo político de Estados Unidos contra las tentaciones de intervencionismo humanitario”. 

- La otra y mucho mayor catástrofe africana de los últimos años, el genocidio rwandés de 1994, fue calificada con mucha frecuencia de holocausto, algo que muy probablemente fue, ya que cumplía prácticamente todos los requisitos imaginables al respecto. Sin embargo, en vista del revés que supuso la aventura somalí (aunque es casi seguro que también habría sido así sin éste), los círculos políticos de Estados Unidos no tenían el más mínimo deseo de propiciar una intervención norteamericana. De hecho, la principal iniciativa que tomó la administración de Clinton mientras tenía lugar la masacre fue la de aprobar una directiva que reducía la participación estadounidense en las operaciones de mantenimiento de paz, insistiendo en que Estados Unidos no participaría en esa clase de iniciativas cuando nuestra seguridad nacional no se viera directamente afectada. Aunque pocos de los que afirmaban que había que hacer algo en el caso de Ruanda tenían una idea clara de lo que ese “algo” significaba, para cubrirse las espaldas, el Gobierno ordenó a sus funcionarios que evitaran llamar genocidio a lo que estaba ocurriendo en Ruanda (en principio, reconocer que lo era habría obligado a Estados Unidos, y a otros dignatarios de la Convención contra el Genocidio de la ONU, a tomar medidas). 

- Incluso desde el punto de vista de los que trataban de movilizar apoyos a favor de una intervención, no está claro que invocar el Holocausto fuera, a fin de cuentas, una ventaja retórica. Para algunos, vincular Bosnia y el genocidio nazi era algo automático e instantáneo, para ellos la analogía caló. “Está ocurriendo de nuevo”, dijo un rabino de California. “La conmoción de reconocerlo es insoportable”. Pero otros rechazaban de plano el paralelismo. Para Erwin Knoll, director de The Progressive, la comparación era “inapropiada e incluso ofensiva”. Para los contrarios a la intervención, la situación no era en absoluto como la del Holocausto; se trataba de “odios balcánicos ancestrales”. A lo que intervencionistas como Susan Sontag contestaban: “Es como si los equipos de filmación estuvieran dentro del guetto de Varsovia y la gente … dijera “Oh, es solo el ancestral antisemitismo europeo, ¿qué podemos hacer?”. Una batalla de frases sentenciosas que, sin embargo no se libraba en un terreno nivelado. El debate sobre Bosnia tuvo lugar después de años de insistencia en el carácter único e incomparable del Holocausto y en los peligros de “trivializarlo”. La ventaja retórica la tenían los que señalaban todos los sentidos -que eran numerosos e importantes- en lo que lo que estaba ocurriendo en Bosnia se diferenciaba bastante del Holocausto. Anti-intervencionistas como el A.M.Rosenthal coincidían en que “si Bosnia es la repetición del Holocausto… a Occidente no le queda más opción respetable que entrar totalmente en guerra, con tropas y todo”. No le costaba demostrar, para su propia satisfacción y la de muchos otros, bueno lo era; lo cual saldaba la cuestión. Aparte de la supuesta unicidad del Holocausto, su carácter extremo, que la convertía en un arma retórica tan potente, también significaba que, en comparación con el Holocausto, nada parecía tan malo. La comparación, al elevar el umbral de lo atroz, podía fácilmente insensibilizar. 

- Entre los símbolos más conmovedores de las atrocidades que tuvieron lugar mientras otros no hacían nada está el hecho de que más de un millón de niños -siempre y en todas partes las víctimas más inocentes e indefensas- figuraran entre los consumidos por el Holocausto. ¿Cómo se pudo ser indiferente a eso? Hoy en día, un número de niños de todo el mundo mucho más de diez veces mayor a ese muere de malnutrición y de enfermedades evitables cada año. Ningún malvado identificable -un Hitler o un Pol Pot- los tiene en el punto de mira para asesinarlos. Su muerte no es el resultado de ningún impulso satánico o genocida, ni siquiera procede del odio. Mueren por una razón banal: carecen de los alimentos y de los servicios médicos mínimos que los mantendrían con vida. Es decir, su muerte no tiene en modo alguno carácter “holocáustico”. 

- Los historiadores seguirán debatiendo haya qué punto el Gobierno de Estados Unidos podría haber hecho algo durante el Holocausto para salvar a millones de niños judíos y a todas las demás víctimas. Evidentemente, podría haber hecho más de lo que hizo, pero las posibilidades de rescate eran realmente limitadas. Puede que en 1994 el Gobierno estadounidense no pudiera hacer mucho, o nada, para evitar que un número incalculable de niños tutsis de Ruanda fueran despedazados a machetazos. Sin embargo, a nuestra disposición tenemos posibilidades de rescatar a millones de niños de todo el mundo de una muerte no menos horrible, causada por la malnutrición y las enfermedades, pero en general no les prestamos atención. Estados Unidos es, con mucho, el país más rico del mundo. En cuanto a la asistencia humanitaria que presta a las naciones más pobres, medida en relación con su PIB, se sitúa, también, con mucho, el último entre los países industrializados. Todos los presidentes estadounidenses de los últimos años han pronunciado conmovedoras palabras sobre lo vergonzoso que es que Estados Unidos no hiciera nada mientras millones de personas morían. Si a algún presidente le ha conmovido la posición de su país en la lista que acabo de mencionar, o si se ha dado cuenta de ella; si ha expresado vergüenza y pena por ese hecho, a mi investigación se le ha escapado el dato. 

- Al convertir el Holocausto en el símbolo de la atrocidad, ¿hemos convertido la similitud con él en el criterio para decidir qué horrores exigen nuestra atención? ¿Acaso el resultado (nada deliberado) es que los horrores que no cumplen ese criterio nos parecen insuficientemente dramáticos, incluso un poco aburridos? No estoy seguro de cómo responder a estas preguntas. Pero la curiosa anomalía no desaparece. Desde hace años venimos hablando de la culpabilidad de los circunstantes y del delito de indiferencia. Y all largo de todos esos años muy pocos hemos pensado que el hecho de que no hagamos nada ante la muerte previsible aunque no holocáustica, de millones de niños anualmente tiene algo que ver con ese “delito de indiferencia”. 

- Al igual que la mayoría de los historiadores, dudo de que exista eso que llaman lecciones de historia. Y dudo especialmente de esas concisas lecciones que caben en un adhesivo para el parachoques. 

- En los primeros textos sobre el Holocausto -sobre todo en Israel, pero también en Estados Unidos- la resistencia judía se exageró por razones aleccionadoras. En gran parte de lo escrito durante la Guerra Fría en Estados Unidos, la responsabilidad del Holocausto pasó de la Alemania nazi al “totalitarismo”, para que se pudieran extraer las adecuadas lecciones antisoviéticas. Más recientemente, se han exagerado las posibilidades de rescate de que disponían los Aliados y los gentiles en la Europa de Hitler con el fin de extraer lecciones sobre la indiferencia. 

LOS AÑOS FUTUROS

- La estrella de la negación del Holocausto en Estados Unidos es Arthur Butz, un profesor asociado de ingeniería eléctrica de Northwesterm University… cuando Butz ofreció 50.000 dólares de recompensa a quien pudiera demostrar que algún judío había sido gaseado en Auschwitz, Mel Mermelstein, superviviente del campo, después de presentarle una demanda, cobró la suma…. John Hinckley, que disparó contra el presidente Reagen, era un negacionista. 

Primo Levi, uno de los renombrados supervivientes-testigos, describió:

“La gran mayoría de los testigos… tienen recuerdos cada vez más difusos y estilizados, con frecuencia, sin ellos saberlo, incluidos por la información recabada en lecturas posteriores o en relatos ajenos… Un recuerdo evocado con demasiada frecuencia y expresado en forma de relato tiende a convertirse en un estereotipo fijo… a cristalizarse, perfeccionarse, adornarse instalándose en el lugar del recuerdo sin pulir y creciendo a su costa”. 

- A través de diversas iniciativas, de las cuales la más cuantiosa es el proyecto de 100 millones de dólares iniciado por Steven Spielberg para recoger testimonios en vídeo, los evocadores relatos de los supervivientes los sobrevivirán. No podemos saber para qué se utilizarán en el futuro ni cuánto público tendrán. 

- Puede que la institucionalización no fuera un medio efectivo para mantener la memoria del Holocausto si solo se trata de monumentos. Todas las ciudades de Estados Unidos tienen sus monumentos a los muertos de la Guerra Civil, la guerra con España o la Primera Guerra Mundial. Las palomas les prestan más atención que los transeúntes humanos. Lo mismo puede decirse de algunos monumentos al Holocausto. Pocos años después de su inauguración, el Parque Conmemorativo de Babi Yar de Denver “parece prácticamente olvidado por su comunidad”. El Monumento al Holocausto de Boston sufrió por la abundancia, no por la escasez de visitantes: situado cerca de la manzana del centro en la que están situados los “entretenimientos para adultos”, se convirtió en un picadero de drogadictos, un lugar de encuentro para las prostitutas y sus clientes, un albergue de indigentes al aire libre, y después de algunos años tuvo que ser derribado. El monumento al Holocausto de Boston, sorprendente y situado en una zona céntrica, es fruto de años de arduo trabajo. ¿Cuánto tiempo pasará -si es que no ha ocurrido ya- antes de se convierta en parte de ese fondo urbano al que no se presta atención?

- El Museo del Holocausto de Washington recibe cada año decenas de millones de dólares del Gobierno federal. 

- La evolución de la memoria del Holocausto en Estados Unidos ha sido, en general, resultado de una serie de decisiones tomadas por los judíos del país respecto a cómo abordar ese recuerdo: en la práctica, han sido mayormente decisiones de los lideres judíos, tácitamente ratificadas por sus representados. 

- En los últimos años, quienes critican las decisiones de estos dirigentes han censurado lo que consideran una sacralización perversa del Holocausto, oponiéndose  a la competencia para determinar “quién sufrió más”, a la actitud que lleva a menudo a los judíos a parecer casi orgullosos de la masacre. Como ya he dejado claro, yo me encuentro entre esos críticos. 


- En el futuro, al igual que en el pasado, el cambio de las circunstancias influirá en las decisiones que tomemos sobre el recuerdo del Holocausto. Pero aunque las circunstancias influyan en nuestras decisiones, nosotros seremos sus responsables últimos, con todas sus consecuencias, deseadas y no deseadas. He escrito este libro con la esperanza de que esas decisiones se tomen con más fundamento y reflexión.