Palabras nuevas, 1940, Mi país, a derechas o a izquierdas, George Orwell


PALABRAS NUEVAS, 1940

- ¿Cómo describes un sueño? Está claro que nunca lo haces, porque no existen palabras en nuestro lenguaje que transmitan la atmósfera de los sueños.

- Si los sueños fueran indescriptibles, quizá no valdría la pena darle vueltas al asunto. Sin embargo, como se ha señalado una y otra vez, la mente en estado de vigilia no es tan diferente de la mente durante el sueño como parece, o como nos gusta hacer creer. Es cierto que la mayoría de nuestros pensamientos conscientes son "razonables"; es decir, en nuestras mentes existe una especie de tablero de ajedrez en el que los pensamientos se mueven lógica y verbalmente. Empleamos esta parte de nuestras mentes para cualquier problema intelectual básico, y adquirimos la costumbre de pensar (esto es, de pensar en nuestros momentos ajedrecísticos) que eso es toda la mente. Pero, obviamente, no lo es. El mundo desordenado y no verbal de los sueños nunca se ausenta del todo en nuestras mentes, y si fuera posible efectuar algún cálculo, me atrevería a decir que nos encontraríamos con que la mitad del volumen de nuestros pensamientos conscientes es de este orden. No cabe duda de que los pensamientos oníricos intervienen incluso cuando tratamos de pensar verbalmente, influyen en nuestros pensamientos verbales y son en gran medida ellos los que hacen que nuestra vida interior sea valiosa. Examinemos nuestros pensamientos en cualquier momento escogido al azar. El movimiento principal será una corriente de cosas difusas; tan difusas que uno apenas sabe si llamarlas "pensamientos", "imágenes" o "sensaciones".

- Supongo que si un hombre no se ríe cuando está solo su vida interior debe de ser relativamente estéril.

- La solución que propongo es inventar palabras nuevas con la misma intencionalidad con la que inventaríamos componentes nuevos para un motor de coche.

MI PAÍS, A DERECHAS O A IZQUIERDAS, 1940

- Contrariamente a lo que suele creerse, el pasado no estuvo más lleno de acontecimientos que el presente. Si produce esa impresión es porque, cuando echamos la vista atrás, vemos solapadas cosas que ocurrieron con años de diferencia, y porque pocos de nuestros recuerdos nos llegan en un estado genuinamente puro. Es en gran parte a causa de los libros, películas y relatos surgidos tras la guerra de 1914-1918 que le suponemos ahora a esta un carácter épico y formidable del que carece la guerra actual.

- Si organizo con honestidad y hago caso omiso de lo que he ido sabiendo desde entonces, debo admitir que nada en toda la guerra me conmovió tan profundamente como lo había hecho el hundimiento del Titanic unos años antes. Este desastre, nimio en comparación, estremeció al mundo entero, y la conmoción aún no se ha disipado del todo. Recuerdo las terribles y detalladas crónicas que leíamos en torno a la mesa del desayuno (en aquellos tiempos era costumbre leer el periódico en voz alta), y recuerdo que, de toda la larga lista de horrores, el que más me impresionó fue que, en el último momento, el Titanic se irguió en vertical y se hundió por la proa, de modo que la gente que se aferraba a la popa fue impulsada hasta no menos de noventa metros por los aires antes de zambullirse en el abismo. Me provocaba un nudo en el estómago que casi puedo sentir todavía. Nada durante la guerra me provocó esa misma sensación.

- Estoy convencido de que parte de la fascinación por la Guerra Civil española que tenía la gente de mi edad se debía a que era muy parecida a la Gran Guerra. En ciertos momentos, Franco consiguió juntar los aviones suficientes como para librar una guerra de tipo moderno, y estos fueron los puntos de inflexión. Pero por lo demás fue una copia mala de la guerra de 1914-1918, el pedazo de frente de Aragón en el que estaba yo debía parecerse mucho a un sector tranquilo de la Francia de 1915. La artillería era lo único que faltaba. Incluso en raras ocasiones en que todos los cañones de Huesca y de las afueras disparaban simultáneamente, solo alcanzaban a hacer un ruido intermitente y poco impresionante, como el final de una tormenta. Los proyectiles de los cañones de 150 mm de Franco caían con bastante estruendo, pero nunca eran más de una docena a la vez. Sé que lo que sentí cuando oí por primera vez la artillería disparando "con rabia", como suele decirse, fue, al menos en parte, decepción. Era tan diferente del rugido formidable, ininterrumpido, que había estado esperando durante veinte años...

- No acabo de recordar en qué año estuve por primera vez seguro de que se acercaba la guerra actual. Después de 1936, claro está, era evidente para cualquiera que no fuese idiota.

- La noche antes de que se anunciara el pacto germano-soviético soñé que la guerra había estallado.

- Me encontré en el periódico la noticia del vuelo de Ribbentrop a Moscú. De modo que la guerra se avecinaba, y el gobierno, incluso el de Chamberlain, tenía asegurada mi lealtad. Ni que decir que tiene que esa lealtad era y sigue siendo un mero gesto. Al igual que con casi toda la gente que conozco, el gobierno ha rechazado de plano emplearme en ningún puesto, ni siquiera como oficinista o soldado raso. Pero eso no cambia los sentimientos de uno. Además, se verán obligados a hacer uso de nosotros tarde o temprano.

- No hay en realidad ninguna alternativa entre oponer resistencia a Hitler y rendirse a él, y desde una perspectiva socialista diría que es mejor lo primero.

- El patriotismo no tiene nada que ver con el conservadurismo.

- Solo la revolución puede salvar a Inglaterra, eso es obvio desde hace años, pero ahora la revolución ha comenzado, y podría avanzar bastante rápido si conseguimos que Hitler no nos invada. En dos años, tal vez uno, si conseguimos tan solo aguantar, veremos cambios que sorprenderán a esos idiotas incapaces de ver más allá. Me atrevo a decir que la sangre correrá por los sumideros de Londres. Muy bien, que así sea si es necesario. Pero cuando las milicias rojas estén acuarteladas en el Ritz, sentiré todavía que la Inglaterra que me enseñaron a amar hace tanto tiempo y por motivos tan diferentes persiste de algún modo.

- Aún hoy noto una ligera sensación de sacrilegio por no ponerme en posición de firmes durante el "Dios salve al Rey". Es infantil, por supuesto, pero prefiero hacer recibido ese tipo de educación que ser como esos intelectuales de la izquierda, tan "progresistas" que son incapaces de comprender las emociones más normales y corrientes. Es precisamente esa gente a la que nunca le ha dado un vuelco al corazón al contemplar la Union Jack, la que se acobardará cuando llegué el momento. Que cualquiera compare el poema que escribió John Cornford no mucho antes de que lo mataran ("Antes del asalto a Huesca") con el "There's a breathless hush in the Close tonight" de sir Henry Newbolt. Si dejamos a un lado las diferencias técnicas, que no son más que una cuestión de su época, veremos que el contenido emocional de los dos poemas es casi exactamente el mismo. El joven comunista que murió heroicamente en las Brigadas Internacionales era obra de la escuela privada hasta la médula. Había transformado sus lealtades, pero no sus sentimientos. ¿Qué prueba eso? Simplemente, la posibilidad de construir un socialista sobre el armazón de un Blimp, la capacidad de un tipo de lealtad para transmutarse en otro, la necesidad espiritual del patriotismo y las virtudes militares, para las cuales, por poco que les gusten a los blandengues de izquierda, no se ha encontrado todavía ningún sustituto.