Federico García Lorca, Conversaciones


- Mi infancia es aprender letras y música con mi madre, ser un niño rico en el pueblo, un mandón.

- Un día nos quedamos sin dinero Dalí y yo. Un día como tantos otros. Hicimos en nuestro cuarto de la Residencia un desierto. Con una cabaña y un ángel maravilloso (trípode fotográfico, cabeza angélica y alas de cuellos almidonados). Abrimos la ventana y pedimos socorro a las gentes, ¡perdidos como estábamos en el desierto! Dos días sin afeitarnos, sin salir de la habitación. Medio Madrid desfiló por nuestra cabaña.

- Considero que el teatro puede ser muy atrevido; pero con una norma: que sea para todo el mundo. Está bien algo de laboratorio de teatro experimental; pero toda obra de teatro no debe buscar limitaciones, sino ser ampliamente para todos.

- Yo siempre haré el teatro que me guste, el que siento; y lo haré como me de la gana.

- En Cuba di, más tarde, un curso de conferencias en la Sociedad Hispanoamericana de Cultura, que es la entidad que organiza los cursos más importantes a cargo de españoles capacitados en la especialidad de sus estudios. Allí las conferencias se pagan muy bien.

- Nadie es profeta en su tierra. Tengo un grupo de amigos, si es cierto, que toman con el cariño de las cosas propias mis triunfos en escena. Pero Granada, que es ciudad inteligente, es una ciudad muy fría... Lo que vale allí es el pueblo, son las afueras, el Albaicín, todo lo que hay de secular en la entraña de las gentes del pueblo. Es el pueblo ése de las calles. La ciudad es una ciudad acolchada, muerta... Ahora bien: todo carácter del pueblo vierte a raudales la simpatía...

- Yo creo que en el ocio surge la poesía más pura. Unos días escribo mucho, otros nada.

- Sería horroroso que saliera a la calle, al café, al casino, y hablara de literatura. Trabajar en casa y en la calle... ¡Ah no! Prefiero hablar de toros y de fútbol.

- El artista debe ser única y exclusivamente eso, artista. Con dar todo lo que tenga dentro de sí, como poeta, como pintor... ya hace bastante. Lo contrario es prostituir el arte. Ahí tienen ustedes el caso de Alberti, uno de nuestros mejores poetas jóvenes que, ahora, luego de su viaje a Rusia, ha vuelto comunista y ya no hace poesía, aunque él lo crea, sino mala literatura de periódico. ¡Qué es eso de artistas, de arte, de teatro proletario!... El artista, y particularmente el poeta, es siempre anarquista, sin que sepa escuchar otras voces que las que afluyen dentro de sí mismo, tres fuertes voces: la VOZ de la muerte, con todos sus presagios; la VOZ del amor y la VOZ del arte...

- Ahora nos ha venido fascista de Italia. Algo así como para arrastrarlo de las barbas... ¡Ya tenemos otro Azorín! (en referencia a Valle-Inclán).

- Azorín merecía la horca por voluble.

- No puedo tolerar a los viejos. No es que los odie. Ni que los tema. Es que me inquietan. No puedo hablar con ellos. No sé qué decirles. Sobre todo aquellos viejos que piensan que, por sólo serlo, están en todos los secretos de la vida. Eso que llaman experiencia y que tanto nombran los viejos, no la concibo. En una reunión de ancianos, yo no sabría decir una palabra. Me aterrorizan esos ojillos grises, lacrimosos, esos labios en continuo rictus, esas sonrisas paternales, ese afecto tan indeseado como puede serlo una cuerda que tire de nosotros hacia un abismo... Porque eso son los viejos. La cuerda, la ligazón que hay entre la vida joven y el abismo de la muerte.

- La muerte... ¡Ah!... En cada cosa hay una insinuación de la muerte. La quietud, el silencio, la serenidad, son aprendizajes. La muerte está en todas partes. Es la dominadora... Hay un comienzo de muerte en los ratos que estamos quietos. Cuando estamos en una reunión, hablando serenamente, mirad a los botines de los presentes. Los veréis quietos, horriblemente quietos. Son piezas sin gestos, mudas y sombrías, que en esos momentos no sirven para nada. Están comenzando a morir... Los botines, los pies, cuando están quietos, tienen un obsesionante aspecto de muerte. Al ver unos pies quietos, con esa quietud trágica que solamente los pies saben adquirir, uno piensa: diez, veinte, cuarenta años más, y su quietud será absoluta. Tal vez unos minutos. Quizá una hora. La muerte está en ellos.

- No puedo estar con los zapatos puestos, en la cama, como suelen hacer los tofos cuando se echan a descansar. En cuanto me miro los pies, me ahoga la sensación de la muerte. Los pies así, apoyados en sus talones, con las plantillas hacia el frente, me hacen recordar a los pies de los muertos que vi cuando niño. Todos estaban en esa posición. Con los pies quietos, juntos, con zapatos sin estrenar... Y eso es la muerte.

- De repente mis amigos dejaran de serlo, si estuviera rodeado de odios o de envidias, no podría triunfar. No lucharía siquiera. Poco o nada me importa de que a la gente le guste o no le guste mi obra. No me importa por mí, pero me importa por mis amigos, por esa barra de muchachos que dejé en Madrid y por los que tengo en Buenos Aires. Sé que ellos se disgustarían si una de mis obras fuera silbada. Yo sufriría por su disgusto, y no por mi obra. Son mis amigos los que me han creado la obligación de triunfar. Y yo triunfo porque quiero que mis amigos no me pierdan el cariño ni la fe que depositaron en mí. De los otros, de quienes no me quieren o que yo no conozco, no me preocupo artísticamente.

- No puede imaginarse la vergüenza que me da el ver mi nombre así, en grande, expuesto al público. Tengo la sensación de estar desnudo ante la curiosidad de las gentes. No puedo soportar la exhibición de mi nombre. Pero debo tolerarla porque así lo exigen las necesidades del teatro. La primera vez que vi mi nombre así, en las calles, fue en Madrid. Mis amigos me llamaban alegremente, anunciándome que ya estaba en vías de fama. Pero a mí no me hizo gracia. Mi nombre estaba en las esquinas, ante la curiosidad de unos y la indiferencia de otros. ¡Y era mi nombre!... Eso, tan mío, puesto así, para que todos se sirvan de él. Y esto, que a otros daría tanta alegría, a mi me dio una pena profundísima. Era como si dejara de ser yo. Como si dentro mío se desdoblara una segunda persona, enemiga mía, para burlarse de mi timidez desde todos esos cartelones.

- La creación poética es un misterio indescifrable, como el misterio del nacimiento del hombre. Se oyen voces no se sabe dónde, y es inútil preocuparse de dónde vienen. Como no me he preocupado de nacer, no me preocupo de morir. Escucho a la Naturaleza y al hombre con asombro, y copio lo que me enseñan sin pedantería y sin dar a las cosas un sentido que no sé si lo tienen.Ni el poeta ni nadie tienen la clave y el secreto del mundo.

- En el trágico fin sólo desearía una perduración: que mi cuerpo fuera enterrado en una huerta; que por lo menos mi más allá fuese un más allá de abono.

- El toreo es probablemente la riqueza poética y vital mayor de España, increíblemente desaprovechada por los escritores y artistas, debido principalmente a una falsa educación pedagógica que nos han dado y que hemos sido los hombres de mi generación los primeros en rechazar. Creo que los toros es la fiesta más culta que hay hoy en el mundo.