George Orwell, el camino a “1984”, Peter Lewis



  • “Si la libertad significa algo, es el derecho a decir a la gente lo que no le gusta oír”. (Orwell)
  • Cuando finalmente alcanzó la fama y el comienzo de la fortuna, estaba ya demasiado enfermo para beneficiarse de ello. Sólo le quedaban fuerzas para escribir Mil novecientos ochenta y cuatro. Su vida fue, no sólo dura y desalentadora, sino una batalla casi continua contra sus pulmones enfermos; una enfermedad que le acompañó toda su vida y que al final le venció. Debe tenerse esto en cuenta cuando se considere el pesimismo de Orwell. 
  • Los que buscan modelos simples en las vidas humanas han sugerido que Orwell fue conducido a dramáticos cambios en el curso de su carrera debido a la “mala conciencia”. Según esa teoría, fue un lavaplatos en París y un vagabundo en Londres, para expiar el pecado de haber sido un policía en Birmania. El privilegiado estudiante de Eton se autocompensó compartiendo la vida de los mineros parados en Wigan. El izquierdista no se afilió durante la guerra civil española a las Brigadas Internacionales, sino a la poco significativa e impopular fracción de los disidentes marxistas del P.O.U.M.

  • Orwell no era meramente reservado, sino obsesivamente reticente, incluso para un inglés de su especie. No hablaba de su vida, y sus amigos sabían que una tentativa de escudriñarla podría costarles su amistad… Nada se sabe de su vida en Birmania, y muy poco de sus esfuerzos para convertirse en escritor. De la súbita muerte de su esposa, casi no habló a nadie. Su vida interior se conoce principalmente a través de sus escritos autobiográficos y aún sólo de los momentos de su vida que él aceptaba que la gente conociera. 
  • Orwell era un gran conocedor de lo desagradable, lo impresentable y lo repugnante. 
  • No ha habido un registro más sensitivo de los malos olores de la vida que la nariz de Orwell. 
  • El coraje de Orwell tenía estilo. 
  • Orwell nunca rompió por completo con las influencias de su educación. Con todas sus críticas contra el Imperio Británico, admitió que siempre le daba una cierta sensación de sacrilegio no quedarse en posición de firmes cuando sonaba el himno nacional. “No se ha encontrado un sucedáneo para el patriotismo y las virtudes militares”, escribió. Fue, tal vez, el único pensador de izquierdas de su generación que admitió esto. 

  • Su hermana Avril dijo a David Astor, después de la muerte de Orwell, que la clase de persona que él admiraba más era “una madre de la clase trabajar con diez hijos”. Pero adoptaba una actitud despreciativa hacia ciertos escritores de los años treinta por “fingir ser proletarios o por engolfarse en públicas orgías de odio hacia sí mismos por no ser proletarios”. Winston Smith creía en los “proles” , de manera no demasiado convencida, como “la única esperanza ante el futuro”. Pero Orwell, incluso cuando vestía como un vagabundo, nunca fingió ser un “prole”. Siempre fue consciente de la distancia existente entre él y la clase que envidiaba. 
  • Amaba a casi todos los animales, excepto a los cerdos. Mientras no tuvo un hijo por quien preocuparse, debió satisfacer sus instintos paternales con los animales. 

  • Su puritanismo no llegaba hasta el sexo, exceptuando una fuerte aversión hacia la homosexualidad. Los héroes de sus novelas disfrutan del sexo tanto como pueden -a pesar de que casi nunca pueden realmente- y lo eleva, en Mil novecientos ochenta y cuatro, a la categoría de símbolo de la rebelión contra el Partido.
  • La mayor debilidad de Orwell como novelista es su incapacidad para describir el amor, e incluso para mencionarlo. Lo menos convincente de Mil novecientos ochenta y cuatro es su ingrediente más ordinario, la historia de amor de Winston y Julia. El “amor” es reducido a deseo sexual, fornicación prohibida y una creencia compartida de que vale la pena correr el riesgo de ser descubiertos, a cambio de tener esa experiencia. Pero hay poco de comprensión y fidelidad entre ellos, y su mutua traiciona, cuando se produce, no parece ser la traición a unos lazos profundos o valiosos, lo que le quita no poca fuerza trágica al clima de la obra. 

  • Las mujeres son un punto misteriosamente obscuro en las obras de Orwell -ninguna de ellas tiene verdadera existencia-, del mismo modo como parecen haber sido un punto obscuro en su vida. Aparte de su equivocada creencia de ser físicamente feo, varias mujeres que le admiraron o le amaron, le encontraron algo esencial a faltar. “Era curiosamente obtuso e insensible”, dijo una. Tras la muerte de su primera esposa, buscó desesperadamente otra y propuso sin éxito matrimonio a más de una candidata, tras cortísimas relaciones. 
  • Una íntima amiga suya se atrevió a decir que “a pesar de que le agradaba su compañía, él nunca se interesó realmente por las mujeres”. Con la excepción, presumiblemente, de sus esposas, el amor de Orwell no parece haber sido tan intenso con las mujeres como lo fue hacia su hijo adoptivo, Richard, que no tenia aún cinco años cuando Orwell murió.
  • Aunque siempre estuvo en la izquierda, nunca fue de izquierdas. 
  • “Entre 1935 y 1939 -escribió- el Partido Comunista ejercía una fascinación casi irresistible sobre cualquier escritor de menos de cuarenta años”. Los que sucumbieron a esa fascinación son hoy ilegibles: Orwell es legible. 
  • Orwell no era un pensador sistemático, pero se fiaba de la intuición y de las reacciones a base de coraje. Sospechaba de los “intelectuales”, no le interesaba la filosofía y sentía muy poco interés por la religión. 
  • ¿Cuáles eran sus objetivos políticos? Según dijo Arthur Koestler eran: “Que nadie debiera ser pobre y que nadie debiera tener el poder de decirle a nadie lo que tenía que hacer, pensar o sentir”. Es el resumen más exacto y preciso que puede hacerse. 
  • Se encontraba en un profundo dilema acerca del socialismo. Para empezar, la libertad exigía el derecho a oponerse al gobierno, pero “cómo podía esto incluir el derecho a desmantelar un sistema socialista, una vez instituido? En segundo lugar, sólo una amplia industrialización podía generar suficiente riqueza para abolir la pobreza y acabar con los privilegios. Pero, en ese proceso, la Inglaterra rural que él recordaba y amaba iba desapareciendo y la decencia común del estilo de vida de la vieja clase trabajadora, que él apreciaba en mucho, iba siendo modificada de tal modo que era imposible reconocerla. El inconveniente del milenio socialista que se podía concebir era, para él, que odiaba su “música”. 
  • Su más importante logro político consistió en ver, y en hacer que el público, en general, viera que no había ninguna necesidad de escoger entre Hitler y Stalin, y no era fácil esto en una época en que los intelectuales, en todas partes, balaban “Stalin bueno, Hitler m-aa-lo”, exactamente como los corderos en La granja de los animales
  • Una de las cosas que Orwell nos legó fue el adjetivo “orwelliano”, comúnmente empleado y difícil de definir. Es una palabra que espanta, generalmente aplicada a una sociedad organizada para exprimir y deshumanizar al individuo. 
  • todos los libros de Orwell empiezan con un golpe fuerte, y éste es un excelente ejemplo de cómo fijar la atención al lector, fascinado por la repulsión desde el primer párrafo. 
  • Era algo típicamente característico de Orwell descubrir si podía tolerar, o resistir, algo. Era algo parecido a demostrar sus virilidad. 
  • Algo que puede llegar a sorprender al lector es cómo Orwell consiguió redactar esa crónica (“Mendigo”) , con tanto detalle, y tan desapasionadamente, a pesar del cansancio, del hambre y de las noches sin sueño por la tos de sus compañeros. La respuesta es, simplemente, que no fue así. El libro no es un reportaje, cronológico y continuo, de incidentes según fueron sucediendo, sino una serie de episodios puestos juntos, de hechos sucedidos a mendigos convertidos en una sola narración. 
  • Lo que sucedió fue que, tras hacer de lavaplatos en París, se fue a casa, escribió el libro, vio su manuscrito rechazado porque era demasiado corto para un libro, y luego se puso a trabajar de nuevo en el mismo obteniendo mas material sobre la mendicidad en Londres. 
  • Vivió como un mendigo sin ninguna razón especial, simplemente porque deseó serlo, y aún ello durante periodos muy limitados. 
  • El nombre que quiso para su epitafio era Eric Blair. No había un “George Orwell” que siguiera entre comillas. 
  • Aprender a odiar es una manera de rehusar el conformismo y Orwell lo aprendió en St. Cyprian. 
  • Ciertamente debió contemplar y tal vez ordenar apaleamientos, e incluso torturas, tal como aparece en los interrogatorios de Días birmanos
  • Birmania cambió para siempre a Orwell, poniéndole al lado del débil en todas partes. Pero esto nunca le cegó como ciega a tantos en la Izquierda, impidiéndoles ver las virtudes, cuando existen, de los opresores o los fuertes. 
  • Le resultó mucho más difícil ser aceptado por la clase trabajadora que por los vagabundos, pues éstos vivían totalmente por debajo de las fronteras clasistas. 
  • “¡Ojalá pudiéramos hacer una pira con las sandalias y las camisas verde-pistacho y mandar a Welwyn Garden (un manicomio) a todos esos vegetarianos, abstemios y lamentables jesusitos, a que practicaran tranquilamente sus ejercicios de yoga!”. (Orwell)
  • Temía que las clases medias, repelidas por tan poco atractivo enjambre, se lanzaran en brazos del fascismo. No parecía pensar que, aparte de él mismo, pudieran existir otros socialistas de clase media, que no fueran unos chiflados.
  • Gracias a la Guerra Civil Española, durante la misma produjo su mejor obra de reportaje, tanto de una guerra como de una revolución. Quien quiera saber qué se experimenta, en la una y en la otra, sólo debe leer Homenaje a Cataluña
  • Orwell descubrió que el Partido Comunista trabajaba, no para aplazar la revolución, sino para asegurarse de que nunca se llevaría a cabo. Tales eran las órdenes de Moscú. La Unión Soviética no tenía intenciones de debilitar su alianza con Francia dando alas a la revolución proletaria junto a la frontera sur de este país. Como Moscú proveía de armamento a los republicanos, sus demandas fueron obedecidas. 

  • Orwell supo por propia experiencia lo que era ser víctima de persecución política. Pudo ver, detrás de la propaganda antifascista, la crueldad del totalitarismo staliniano.
  • Tras romper su preciado carnet de miembro de las milicias del P.O.U.M., se fue a dormir en una iglesia cuyo techo había sido destruido. 
  • Conocía la doble vida del hombre perseguido bajo el totalitarismo. Los estalinistas controlaban Barcelona, pero a Orwell no le hubiera hecho un efecto diferente si hubieran sido Franco y los fascistas. 
  • Debe puntualizarse que Orwell no fue un partidario tan entusiasta del P.O.U.M. como aparece en su libro. No aceptaba la creencia de que podían ganar la guerra simplemente luchando por la revolución. “Siempre les dije que se equivocaban y rehusé adherirme al partido”. 
  • No puede extrañar que Orwell se volviera algo paranoico a causa de lo que él calificó como “censura pro-comunista” en Inglaterra. “Es imposible conseguir que se publique una sola palabra sobre este tema en la prensa inglesa”, escribió en una carta; por “este tema” entendía el encarcelamiento y tortura de sus amigos acusados de trotskystas. El control de la prensa comunistas, escribió en otra carta, se extendía a la totalidad de los periódicos capitalistas antifascistas. 
  • Nunca odió al partido comunista. Simplemente sentía un desprecio mortal hacia él. 
  • De una vez, sus dos enemigos, Hitler y Stalin, se habían alineado en el mismo bando y eso aclaró maravillosamente su mente, expulsando su asqueado pacifismo como la niebla. 
  • Cabe suponer que, en lo referente a la “semana del odio”, Orwell se inspirase en la “campaña del odio” que emprendieron los soviéticos contra los soldados alemanes, cuyo principal inspirador fue el periodista Ilja Ehrenburg.
  • “Vi a un muchachito, tal vez de diez años de edad, conduciendo un enorme carro de caballos a lo largo de un estrecho camino, azotándoles con el látigo cada vez que deseaba girar. Se me ocurrió que, si esos animales se apercibieran de su fuerza, no tendríamos ningún poder sobre ellos, y que los hombres explotan a los animales de una manera muy parecida a cómo los ricos explotan al proletariado” (Orwell, prólogo a la edición ucraniana de La granja de los animales, 1947).
  • “Es un maldito lío en estos momentos, pero la idea es tan buena que no me sería posible abandonarla. Si me sucediera algo, he dado instrucciones a Richard Rees, mi ejecutor literario, para que destruya el manuscrito sin enseñárselo a nadie”. El mundo estuvo, entonces, muy cerca de perder Mil novecientos ochenta y cuatro

Bibliografía de Orwell: