El sol y el acero, Yukio Mishima

- Si mi ser era mi morada, entonces mi cuerpo era como un huerto alrededor de la misma. Una de dos, podía cultivar ese huerto en toda su extensión, o dejar que la maleza se adueñara de él. La elección era libre, pero esa libertad no era tan ostensible como se podría pensar. En efecto, mucha gente acaba llamando “destino” a los huertos de sus respectivas moradas.

- ¡Cuánto amaba yo mi foso, mi habitación en penumbra, la zona de mi mesa donde se apilaban los libros! ¡Cómo disfrutaba de la introspección, amortajado en la tarea de pensar! ¡En qué trance no escuchaba yo el ajetreo de frágiles insectos en la espesura de mis nervios!

- Mi reconciliación, mi apretón de manos con el sol, se produjo en 1952 a bordo del barco en que hacía mi primer viaje al extranjero. A partir de entonces, me he visto totalmente incapaz de apartarme de él. El sol quedó asociado a la ruta principal de mi vida. Y mi piel se ha ido tostando paulatinamente, señal de que yo pertenecía a la otra raza. 


- ¿Quién presta atención a un teórico de la educación física en plena decrepitud?


- Los músculos que se han vuelto virtualmente superfluos en la vida moderna, aunque sigan siendo vitales para el cuerpo humano, son obviamente inútiles desde el punto de vista práctico, y una musculatura conspicua es tan innecesaria como lo es una educación clásica para la mayoría de los hombres prácticos. Los músculos se han ido convirtiendo en algo similar al griego clásico. Para resucitar un idioma muerto se requería la disciplina del acero; para transformar el silencio de la muerte en la elocuencia de la vida, la ayuda del acero era esencial.

El acero me enseñó con exactitud la correspondencia entre el espíritu y el cuerpo: así, las emociones endebles se me antojaban músculos flácidos, el sentimentalismo, un estómago fofo, y la impresionabilidad excesiva, una piel blanca y en exceso sensible. Unos músculos fuertes, un vientre plano y una piel dura, razonaba yo, corresponden respectivamente a un intrépido espíritu de lucha, una disposición intelectual desapasionada y un temperamento robusto. 

- Con dieciocho años, me sentía incapacitado para el fallecimiento prematuro que yo ansiaba. Me faltaban los músculos adecuados para una muerte trágica. 

- Tenía pendiente, algún día, conseguir algo, destruir algo. Fue ahí donde intervino el acero; fue el acero el que me proporcionó la pista que necesitaba. 







- Igual que los músculos van aumentando su parecido con el acero, así también el mundo nos va dando forma poco a poco; y aunque ni el acero ni el mundo pueden llegar a poseer un sentido de su propia existencia, una infundada analogía nos hace alimentar, involuntariamente la ilusión de que ambos poseen dicho sentimiento. 

- Por mucho que el filósofo, en la soledad de su cuarto, medite sobre la idea de la muerte, seguirá siendo incapaz, mientras esté disociado del coraje físico que constituye el requisito previo para la conciencia, de empezar siguiera a comprenderla. Debo dejar claro que estoy hablando de coraje “físico”; aquí no entro para nada en la “conciencia del intelectual” o en el “coraje intelectual”. 

- Los músculos que yo había formado, que existían, podían dar carta blanca a la imaginación de otros, pero ya no admitían que la mía propia los fuera royendo. 

- La victoria, en lo que respecta a la mente, proviene del equilibrio conseguido ante la siempre inminente destrucción. 

- Es como intentar saber de qué manera experimenta la existencia el nativo de otro país;  en tal caso, lo único que se puede hacer es explicar conceptos inclusivos, abstractos, tales como género humano, humanidad universal, etcétera, y hacer deducciones en función de estos criterios hipotéticos. 

- En una época, yo había sido la clase de muchacho que se asoma a la ventana esperando día tras día que le sucedieran toda clase de cosas inesperadas. Aun cuando podía ser incapaz de cambiar el mundo, no podía menos de esperar que el mundo cambiara por sí solo. Para un chico de estas características, con todas las ansiedades inherentes, la transformación del mundo era una necesidad prioritaria; era algo que me nutría diariamente; algo sin lo cual no habría sabido vivir. La idea de cambiar el mundo era tan necesaria para mí como dormir y hacer tres comidas al día. Era el útero que alimentaba mi imaginación. 

- No hay momento más deslumbrante que aquel en que nuestras fantasías acerca de la muerte y el peligro y la destrucción del mundo se transforman en deber. 

- Del mismo modo que el mejor disfraz para hacer invisibles las palabras es el músculo, así el mejor disfraz para hacer invisible el cuerpo es el uniforme. Sin embargo, el uniforme militar está concebido de tal manera que nunca sienta bien a un cuerpo escuálido  o barrigudo. 


- Dos diferentes voces nos llaman continuamente. Una viene de dentro, la otra de fuera. La que llama desde fuera es el deber cotidiano. Si la parte de la mente que responde al deber se correspondiera exactamente con la voz interior, entonces uno alcanzara la felicidad suprema.