Lecciones espirituales para los jóvenes samuráis, YUKIO MISHIMA

YUKIO MISHIMA

Lecciones espirituales para los jóvenes samuráis. Biblioteca la esfera. 

Por lo general, uno comienza a dedicarse al arte después de haber vivido. Aunque creo que a mí me sucedió lo contrario, pues tengo la impresión de que me dediqué a la vida después de haber comenzado mi actividad artística.

Del mismo modo que para probar la dureza de un diamante es necesario frotarlo contra un rubí o un zafiro sintético, también para probar la resistencia de la vida es inevitable enfrentarse con la dureza de la muerte.

La medicina ha logrado enormes progresos y los jóvenes ya no temen a la tisis, que diezmaba los organismos más débiles, ni el reclutamiento, que intimidaba a los veinteañeros en épocas pasadas. A falta de peligros mortales, los únicos medios que tienen a su alcance los jóvenes para saborear la sensación de estar vivos son la búsqueda enloquecida del sexo y la participación en movimientos políticos, motivada simplemente por el deseo de ser violentos.

El hombre se cansa en seguida de una sociedad demasiado ordenada y, enfermo por la realidad, experimenta un gran disgusto ante el estéril infierno que representan las grandes y animadas metrópolis de luces centelleantes, tan anheladas durante la guerra; entonces comienza a detestarse todo orden establecido y a amarse las escuálidas ruinas. 

Todas las sociedades acabarán por determinar el valor de un ser humano a partir de su aspecto, convirtiéndose de forma inevitable en sociedades materialistas. En lo que a mí concierne, considero que semejante culto al cuerpo es una aberración de las teorías de Platón. 

En todo contrato subyace implícita una desconfianza hacia el ser humano y la presunción de malicia y culpabilidad de todos los hombres. 

Es triste que sólo cuando hemos dejado atrás la juventud nos demos cuenta del valor del tiempo. 

La voluntad debe ser conquistada lentamente, conservando la fidelidad a las promesas.

A causa de la influencia norteamericana, las relaciones entre el hombre y la mujer en Japón se han hecho artificiosamente igualitarias, lo cual se manifiesta en una recíproca y absolutamente desinhibida expresión de los propios sentimientos amorosos. 

La nuestra es una época en la que, sobre la base de la libertad de expresión, todos se sienten autorizados a sostener en voz alta las propias opiniones inmaduras o insulsas, dejando de lado toda reserva. Hoy, la gente expresa sin discreción alguna las propias ideas, incluso sobre política. 

Puede parecer que dejar pasar primero a una mujer es una importante manifestación de respeto pero, en realidad, el significado es muy diferente y me sorprende que ninguna mujer se haya indignado jamas por semejante norma, en la que se manifiesta una forma de protección hacia el más débil.

Hoy vivimos en un mundo en el que un hombre puede pasar del mono de trabajo al esmoquin sin sentirse incómodo. 

La literatura auténtica nos muestra con dureza y sin el menor eufemismo el horrible destino que pesa sobre el ser humano.

La vida humana no tiene significado alguno… Cuanto más alta es la calidad de la literatura, tanto mayor es la intensidad con que nos transmite la idea de que el ser humano está condenado.

Quien se dedicó durante décadas a realizar alguna tarea humilde, descubriendo sólo en esa actividad una ética conforme a la que orientar su vida, al poco de jubilarse se transforma en un cadáver viviente. Lamentablemente, nuestra sociedad hace vivir todos los días ese drama tan cruel a una multitud de seres humanos. 

Pero el mayor tormento no es trabajar. La tortura más dolorosa e inaugural es la que sufre quien, a pesar de tener talento, se ve obligado a no usarlo o a emplearlo en una medida inferior a sus posibilidades. El ser humano posee una naturaleza extraña: se siente vital solo cuando puede dar el mayor vuelo posible a su capacidad. 

Una sociedad que basa su ética sólo en el esfuerzo y en la construcción, es decir, una sociedad que obliga al ser humano a realizar lo que le resulta más penoso. 

“Si avanzáis con moderación y respetáis el orden que desea el mundo de los adultos os garantizamos una vida feliz: tendréis una esposa atractiva, niños y un apartamento cómodo, y un día transferimos a vuestras manos el privilegio de gobernar la sociedad. Pero deberéis esperar aún treinta años; así que, de momento, estudiad con tesón y no corráis demasiado aprisa. “ (Nota: Mishima hace aquí una crítica de los movimientos estudiantiles y de la sociedad avanzada)

Cuando lo que se realiza es una acción colectiva debe poseerse la capacidad necesaria para intuir y secundar las tendencias de la totalidad. Incluso la persona intelectualmente más dotada, cuando participa por ejemplo en una manifestación ya no se siente individuo sino una parte de la masa, que lo arrastra como un remolino. Por tanto, es necesario que exista un centro que dirija los movimientos de esa masa. 

Cuando la psicología de la muchedumbre tiene un caudillaje, la propia multitud adquiere una fuerza enorme, pero abandonada a sí misma, esto es, privada de un núcleo, se dispersa ofreciendo un panorama de una increíble tristeza. 

Para tener éxito, la guerrilla exige un núcleo de indómitos combatientes que no teman arriesgar la vida y que sepan arrastras a las masas, las cuales, por naturaleza, no tienen valor, infundiéndolas seguridad, audacia y determinación para alcanzar el objetivo definido. 

Pienso que la esencia de una acción pura consiste en alcanzar el objetivo después de haber bordeado el abismo de la derrota, y que esto representa precisamente el carácter antipolítico de los movimientos que se inspiran en la justicia, y su auténtica separación de la política. Porque esta última confunde el resultado total con el resultado exclusivamente político, como lo demuestra el comportamiento del partido liberal, que hace propaganda del tratado de seguridad con Estados Unidos utilizando cómicos y profesionales en la radio, la televisión y otros medios de comunicación, y que hace coexistir en la gran piscina de la “eficacia” los efectos nobles con los viles. La acción pura, es decir, los movimientos que se inspiran en la justicia, deben basarse entonces en principios radicalmente opuestos a los de la política. 

La vida es una baile en el cráter de un volcán que en algún momento hará erupción. 

Vivimos en una sociedad masificada en la que parece mucho más eficaz actuar en grupo que de forma aislada. Mejor diez que uno, mejor cien que diez, mejor mil que cien; ésta es la férrea regla de la sociedad de masas. La fuerza se calcula siempre numéricamente, y se cree que incluso la energía bélica depende sólo de los números. En cambio, la realidad es que cuanto más aumenta el número más sube el voltaje. Un ejemplo flagrante de ello es el terrorismo. 

Si bien habitualmente afirmo que no existen diferencias originarias entre los seres humanos, no puedo negar que éstas surgen apenas se forma un grupo.

De los doce discípulos de Cristo uno, Judas, era un traidor. Esta es la ley inexorable de los grupos. 

 Es pues la voluntad individual, y no la acción de masas, la que altera la historia: en definitiva, la suerte de un pueblo entero queda decidida por la voluntad de un individuo. Castro, Guevara y Mao Zedong han sido o son individuos. Es necesario tener constancia de que todas las revoluciones surgen y se encienden a partir de la llama que se libera del alma de un único ser humano. 

Para un autor acumular escritos equivale a acumular excrementos. La literatura no me ha ayudado en absoluto a ser más sabio. Y ni siquiera a transformarme en un maravilloso idiota. 



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