España, república de trabajadores, ILIÁ EHRENBURG

ILIÁ EHRENBURG

España, república de trabajadores. 1932, Editorial Crítica. 

Entre las tinieblas que se ciernen sobre Europa, España escucha las campanadas misteriosas del reloj del Kremlin.

¿Cómo pudo este país gobernar durante varios siglos una cuarta parte de la Tierra, llenando a Europa y América con la furia de sus conquistadores y las alucinaciones sombrías de sus fanáticos?

La gente ávida e inquieta hace tiempo que abandonó España.

En cambio, el viajero que se interese, no solo por las catedrales, sino también por la existencia de los seres vivos, se encuentra con un caos, con un maremágnum, con una verdadera exhibición de contradicciones… el más lujoso automóvil de Europa, sueño de las “entretenidas” de París, se fabrica en España.

La Gran Vía es alegre y bulliciosa. Centenares de vendedores de periódicos vocean los títulos, altamente poéticos, de su mercancía: La Libertad, El Sol. Las plumas avanzadas escriben en la prensa sobre la filosofía de Keyserling y la poesía de Valéry, sobre la crisis americana, sobre las películas soviéticas. ¿Quién sabe cuántos analfabetos hay entre estos vendedores? ¿Cuántos semianalfabetos entre este brillante público que desfila? Todos los hombres van muy bien vestidos. No hay quien lo niegue. ¡Qué pañuelos! ¡Qué zapatos! En ninguna parte he visto hombres tan acicalados. He de añadir, sin embargo, que tampoco he visto en ninguna parte tantos niños descalzos como en España. En las aldeas de Castilla y de Extremadura, los niños andan descalzos con el frío y con la lluvia. Pero en la Gran Vía no; en la Gran Vía no hay descalzos. La Gran Vía es Nueva York. Es una avenida amplia y larga; sin embargo, a diestra y siniestra se abren unas rendijas sórdidas cuajadas de patios oscuros, donde resuenan los maullidos estridentes de los gatos y de las criaturas. No hay villa ni villorrio de España donde no haya una ejército de limpiabotas. El brillo de los zapatos de los españoles es algo indescriptible. 

Cerca de Zamora se está construyendo la central eléctrica de los Saltos del Duero. Será la central más potente de Europa. En las orillas rocosas del Duero brotó una ciudad americana: dólares, ingenieros alemanes, guardia civil, huelgas, planos, números, millón y medio de metros cúbicos de energía para exportar, emisión de nuevas acciones, llamas, estruendos, fábricas de cemento, puentes maravillosos. ¡No es el siglo XX, es el siglo XXI! A menos de cien kilómetros de esta central eléctrica, no es difícil encontrar pueblos donde la gente no solo no ha visto una bombilla eléctrica, sino que ni siquiera tiene idea de lo que es un barco de vapor. Vegetan en una atmósfera tan arcaica que allí se olvida uno completamente del curso del tiempo.

No hay ciudad sin su oficina de turismo.

Todo el mundo sabe que España es el país del arte. Aquí, cada casa es un museo.

En las Cortes, se discute el tema del divorcio. Radicales y socialistas se esfuerzan por eclipsarse mutuamente con sus atrevidos discursos. Sobre los pupitres de los diputados se ve la legislación soviética sobre el matrimonio. Los oradores citan a Wells e incluso a Marx. En casa esperan a los audaces diputados sus legítimas esposas. Siguen, como antaño, dócilmente preñadas, trajinando todo el día con la prole. Se pasan el día entero en el harén, igual que antes. Los maridos citan delante de ellas a Marx. Entre dos sesiones nocturnas, los maridos cumplen deprisa con sus deberes conyugales y luego se van al café a impresionar a sus nada tímidos contertulios con la osadía extraordinaria de sus ideas. 

En España, no hay que fiarse nunca de los anuncios.

El burro se resiste. Entonces, el rezador grita: “¡Me ‘estornudo’ en la Virgen María!” (Bueno, no es precisamente un “estornudo”, pero la reproducción exacta de la palabra no me parece muy conveniente.) Este arriero no parece tener una gran fe en la resurrección de los muertos. En cambio, está muy seguro de que, insultando a la Virgen, el burro andará derecho.

En Sevilla, durante las procesiones de Semana Santa, rara es la vez en que los piadosos feligreses no arman gresca. ¿Qué Virgen es la mejor? “Mi virgen es la verdadera Madre de Dios! ¡La tuya no es más que una p…!”, se lanzan unos a otros a la cara. En el pasado mayo, los españoles prendieron fuego alegremente a unas cuantas docenas de iglesias. Pero quedan centenares de miles sin quemar. El viernes, Pedro González iba con los que incendiaron la iglesia de Santo Domingo; pero el domingo - no sé si por costumbre o por aburrimiento- se fue a oír misa a la iglesia, todavía intacta, de San Benito.

En España abundan los intelectuales avanzados. Están enterados de todo. Han leído el programa de la asamblea de Jarkov. Conocen a los “populistas” de París y la última película de Eisenstein. Lo único que no conocen es su propio país. 

Madrid es la ciudad de los funcionarios del estado, puede afirmarse, sin exageración, que la vida de Madrid empieza a mediodía. 

Todo español con instrucción superior desprecia la disciplina y el estado: “Entre nosotros, el comunismo es imposible, no somos como los rusos. Nosotros somos individualistas…”

Todos son, por lo visto, partidarios de la libre iniciativa y rebeldes a la tutela del estado. No obstante, esto no les impide soñar, obsesionados, con una cosa: entrar cuanto antes al servicio del estado. Todos los señoritos, o son empleados del estado o unos fracasados que sueñan día y no che en el butacón de las oficinas ministeriales.

En realidad, el empleado de Madrid solo se diferencia de su colega de Londres en que se pasa en la ofician dos horas en vez de ocho, y en que estas dos horas no las emplea precisamente en servicio del estado, sino en suspirar por el duro que perdió ayer a las cartas, o en maquinar audaces proyectos para extraer ese duro del bolsillo de un tímido provinciano que gestiona algún asunto.

A raíz de la revolución de abril, era punto menos que imposible penetrar en ningún Ministerio. Una muchedumbre asediaba a los ministros. No eran revolucionarios que fuesen con exigencias y amenazas. No, eran corteses solicitantes, que solo aspiraban a obtener una colocación. Todos los que soñaban con sentarse en el butacón de las oficinas ministeriales, se volvieron de la noche a la mañana furibundos republicanos. Antes, claro está, no habían querido servir a la monarquía, pues se lo impedían sus opiniones insobornables; pero ahora estaban dispuestos a servir a la República… Viendo que la República no dejaba cesantes de golpe y porrazo a los empleados del viejo régimen y que, por tanto, no había vacantes, los pretendientes montaron en cólera. ¿Qué clase de revolución es esta?

Como los funcionarios, los abogados son casi siempre personas brillantes, aunque de cultura muy limitada. 

Pero en España el vermut se sirve acompañado de toda suerte de aditamentos: aceitunas, mariscos, patatas fritas.

Así se pasa los días y las noches, sentado en las aceras de los cafés, sorbiendo su lechecita caliente y esperando a ver si por la esquina asoma alguna revolución.

En cuanto el señorito dispone de alguna calderilla, llama altivamente al limpiabotas. Si pudiera, se limpiaría los zapatos a cada hora.

Los ingleses se afeitan dos veces al día. El español no da gran importancia al aseo de su cara. Puede pasarse tres días enteros sin afeitarse. No le asustan las barbas. Pero los pies…, ¡ah, en esto es implacable! Los pies han de brillar como dos soles.

En la vida madrileña, el monte de piedad hace de iglesia, de bolsa y de cementerio. Hoy desempeñan y mañana vuelven a empeñar: relojes, abrigos, hasta mantas. Todos viven a crédito. Aceitunas, café con leche, una corbata nueva, zapatos relucientes… La vida es fácil y hueca. Apenas se abrieron las oficinas, cuando ya vuelven a cerrarse. A la salida de los teatros y los cines, reina en la calle gran animación. Aquí las matinées empiezan a las seis de la tarde. Las funciones nocturnas empiezan cerca de las once. A las dos de la mañana, las calles están llenas de gente. Los caballeros se pasean piropeando a las mujeres guapas y criticando al señor Azaña. Maura es mucho más listo.

Su expresión favorita es: “matar el rato”. No creáis que toma café, no; lo que hace es: “matar el rato”. “Matar el rato” es una ocupación complicadísima, que exige una experiencia de muchos años, más aún, una tradición de muchos siglos. 

 En España solo empiezan a la hora en punto las corridas de toros y los sorteos de lotería. Son algo litúrgico. 

En España, el teatro es bastante medianejo. En cambio, en la realidad de su vida diaria, todos los españoles son actores de gran estilo. Cada mendigo español es un trágico sobrio y majestuoso. Extiende la mano con el mismo gesto que si se hallara, no ante los vulgares transeúntes de una calle sino ante las cinco gradas de un teatro. El catolicismo supo comprender esta pasión y la fomentó por todos los medios.

En España, todos son grandes oradores. Los demás no le escuchan, porque en España no abunda la virtud de saber escuchar. No hay nada que tanto fatigue al abogado madrileño como el tener que escuchar a otro. En el café, los “individualistas” suelen hablar todos al mismo tiempo. En las Cortes procuran guardar cierto orden y compostura. Mientras uno habla, los demás cuchichean, hojean el periódico o toman café en la cantina, esperando a que llegue su turno de hablar. 

España convirtió la mentira en inspiración.

En lo que respecta a nombres, la revolución triunfa en toda la línea. Es mucho más cómodo, naturalmente, cambiar el nombre de una calle que ceder las tierras de los señores a los campesinos. El trasiego de nombres no tiene fin.

Miles de calles cambian de nombre de la noche a la mañana. Y, como las calles, el país entero. 

En otros países, el catolicismo procuraba convencer, seducir, como en los bosques paradisíacos que pintaban los primitivos italianos. En Francia, se valía de las armas de la lógica y la abstracción.  En España, no sabía hacer más que una cosa: asustar, aterrorizar con el fantasma de las enfermedades, de la agonía y, por último, con el horror del infierno. A los desgraciados campesinos de Castilla, les prometía para después de la muerte otra Castilla igualmente desoladora. Atemorizaba con igual éxito a los pastores y a los reyes. El Escorial es su trofeo.

En Málaga había treinta y siete iglesias y conventos. Esta primavera fueron quemados. 

En las Cortes, el señor Azaña proclamó: “España ha dejado de ser católica”.

En Madrid quemaron unos cuantos conventos. Algunos frailes se fueron al extranjero a desarrollar una labor diplomática; pero la mayoría sigue desempeñando su labor locar: amonestar, enseñar, trabajar el terreno… En Málaga los frailes de los conventos quemados alquilaron nuevos locales y abrieron escuelas. No se resignaban, ni mucho menos, a despedirse de una vida secular de hartura y molicie. 

En Vizcaya y Navarra, los católicos hacen propaganda abiertamente para luchar contra la República atea.

En España no existe el subsidio del estado para los obreros sin trabajo. El ministerio de Trabajo, socialista, está demasiado ocupado con estadísticas y proyectos.

¿De qué viven los obreros que no trabajan? Viven gracias a la ayuda de sus compañeros, que de su mísero jornal ceden siempre un poco para los que aún son más desgraciados que ellos. En Barcelona, los pisos son espaciosos y los salarios muy bajos. Por eso viven varias familias en cada piso. Los que trabajan reparten con los parados. En las aldeas de Extremadura, el jornalero da la mitad de su pan al compañero sin trabajo. Y esto se hace callando, sin que nadie se entere. En Madrid, los señoritos se preguntan asombrados: “¿Cómo no se han muerto ya de hambre los sin trabajo?” 

El derecho al descanso se considera aquí tan necesario y natural como el derecho al aire que se respira. 

Los patriotas de Cataluña juran que están dispuestos a morir por la patria, pero lo que en realidad hacen es ganar dinero negociando con Madrid. Antes negociaban con Primo de Rivera; ahora negocian con la República.

El jamón serrano es apreciado por los glotones del mundo entero.

Los turistas van a Sevilla y a Granada. A nadie se le ocurre venir hasta Cáceres. Y, sin embargo, difícilmente se encontrará en España una ciudad más fantástica que esta. 

Los andaluces son los actores cómicos de España. 

En Extremadura los socialistas son el partido extremo. Claro está que hay socialistas de todas clases. Los que trabajan en las aldeas solo piensan en el modo de preparar la revolución. Los que están sentados en Madrid a gusto hacen todo lo posible para apartar a los obreros de la revolución. 

¡Todo el mundo debe trabajar! ¡Como en Rusia! Pero el principio básico de Julián Pérez es no hacer nada.

La gente se muere con las dentaduras recién puestas.

En España todo se vuelven concesiones. El gobierno y los ayuntamientos arriendan a los particulares el derecho a comerciar con el tabaco, el derecho a instalar teléfonos, el derecho a suministrar agua a una población. 

Podría presumir de bigotitos, pero prefiere presumir de la uña del meñique. En toda la ciudad, no hay otra uña como la suya.

El socialismo padece la misma enfermedad que él. Ante el capitalismo blanden una bandera roja. Pero ante los obreros preconizan las ventajas de la bandera blanca. 
En Sevilla, naturalmente, habrá bastantes pobre; pero, bajo un cielo tan hermoso, la miseria se soporta fácilmente. Mejor que en sus casas, los pobres preferirán dormir al sereno, contemplando las hermosas estrellas del cielo meridional. 

Las autoridades republicanas arrojaron a los vagabundos del hotel deshabitado. Pero en Sevilla hay una casa muy hospitalaria, la cárcel. En la cárcel se albergan bastantes pobres sindicalistas y comunistas. Están sentados en mazmorras oscuras. En el patio, en lugar de retrete, un pozo negro.

Con el rey, había en España 33.000 guardias civiles. Ahora hay 40.000. La República ha disminuido el ejército y aumentado la Guardia Civil. En España, hay 36.000 maestros de escuela y 40.000 guardias civiles. 

El hombre del ridículo tricornio no es solo un guardia civil, es el terror de toda la España pobre.

La República, oficialmente, suprimió la censura; pero de hecho, la censura sigue. 

Hace mucho tiempo que Andalucía suministra, además de su vino fuerte, sus chascarrillos.

En Málaga, han quemado casi todas las iglesias y conventos. En ninguna otra ciudad adquirió el fuego tanta furia destructora. 

Es la auténtica España de los turistas o, como suelen llamarla aquí, “la españolada”.

La palabra favorita de los españoles es “mañana”. 

Una  señorita que se estime en algo no puede pasearse sola.

En España el amor sin certificado de matrimonio es un crimen gravísimo. 

Aquí no hay “amantes”. Los amantes no saben adónde ir. Las casas están custodiadas por los porteros. Las pensiones, por las patronas. Los parques, por los guardias.

A Primo de Rivera le gustaba divertirse a la española, pero en sus horas de ocio le dominaron varias ideas extranjeras. Así, por ejemplo, se le ocurrió luchar contra la relajación de las costumbres. En un decreto especial prohibía piropear a las mujeres en la calle. 

La burguesía española no es ni siquiera una clase social; no es más que una tertulia de casino, una pandilla de señoritos ociosos y aburridos.

En los periódicos se reserva un lugar de honor para la lotería.

Los toros vienen a ser algo así como la matanza del cerdo elevada al rango de una fiesta sacra. A la cría de reses bravas se dedica sobre todo la aristocracia. 

Ahora, el trabajo del torero no tiene gran cosa de peligro El heroísmo ha sido suplantado por la técnica. Después de trabajar unos años, el torero se compra una finquita en Andalucía y se pone a escribir sus memorias. 

Lo más triste de todo este espectáculo es la suerte de los toros. Les he visto pastar en libertad. Pastan pacíficamente. Los toros son animales pacíficos y solo una fiera como el  hombre consigue sacarlos de quicio. Al salir al ruedo, el toro al principio titubea, desorientado, como una vaca atontada. Busca la salida. Añora el pasto. Le azuzan con picas. Cuando el toro mana sangre por todas partes, empieza el simulacro de la lucha. El hombre sabe que hay que apartarse a un lado. El toro no sabe de malicias. El toro embiste de frente. El resultado es fácil de prever. Quizá la sentencia a muerte irrevocable que pesa sobre el toro, su ingenuidad trágica, su nobleza estéril, sean precisamente las cosas que seducen a los españoles en las corridas, recordándoles su propia historia cruel, el íntimo drama personal del pueblo español. Pero esto no les impide decorar la matanza del toro con todos los atributos de la opereta: moñas, música, brindis a las señoritas y la cabalgata de pencos ancianos. 

Los toreros se dividen en distintas escuelas y géneros. La agonía del toro se estudia con todo detalle. La vida del torero también. El público se entera, no solo de que toca la guitarra y bebe manzanilla, sino también de la señorita de quien está enamorado y del candidato por quien vota. 

A Valencia vienen los ingleses y los alemanes en busca de la naranja. 

Al lado de los franceses, los españoles parecen unos primitivos, a pesar de todo el fausto de su historia, a pesar del barroco y Góngora, a pesar de los rascacielos y de las travesuras de Ramón Gómez de la Serna. 

En España es muy fácil reinar. Cualquier degenerado, sostenido por un mal ejército, puede mañana mismo darles un susto a todos. Es cambio, ya no es tan fácil gobernar. Gobernar España es muy difícil. 

Goya es el mejor guía de España.

Barcelona está cerca de la frontera, y los pedantes locales no se cansan de vanagloriarse: “nosotros no somos españoles, nosotros somos casi franceses”. Aquí, hay muchos automóviles y pocos burros. Aquí la gente no se pasea desocupada. Aquí se mueve, con paso vivo y afanoso. 

Hace tiempo que los patriotas catalanes procuran estar a bien con todos. Estuvieron en inmejorables relaciones con Primo de Rivera. 

El burgués catalán procura entenderse con todos, pero no consigue traer a razones a los obreros. Quiere que trabajen mucho y cobren poco. 

En Barcelona existe un “barrio chino” donde no hay un solo chino. 

En las provincias vascas, el porcentaje de analfabetos es también muy bajo y, sin embargo, es la región donde más arraigo tienen los fanáticos sotana.

Sin el mercado español, Cataluña perecería de inanición. 

El burgués catalán, además de ser pusilánime, es ignorante. Se distingue por su carencia absoluta de buen gusto. Ni siquiera es capaz de sestear beatíficamente como el caballero madrileño. Madrid es la capital de la España rural. Barcelona no es más que una capital de provincia europea, pero de una provincia muy alejada del centro.. Los alrededores de Barcelona, habitados por la burguesía, parecen construidos a propósito en us horrenda vulgaridad.