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Fracasología - María Elvira Roca Barea

 
 Con los liberales se produce el segundo corte que explica la conversión de la historia de España en un campo de batalla ideológico. El primero había sido el cambio de dinastía que trajo consigo e incrustó en España la propaganda anti-Habsburgo y el rechazo a los dos siglos de historia precedentes, como queda claramente de manifiesto en la historiografía que se escribe, o, mejor dicho, que no se escribe, durante el siglo XVIII. Con los liberales llega el rechazo del afrancesamiento y la invasión napoleónica que ha estado a punto de convertir a España en colonia francesa, si es que no lo fue. 

     A partir de aquí, tenemos ya varios grupos que se disputan el poder y no siempre lo obtienen a su plena satisfacción. En adelante todo el que tiene una queja va a declararse víctima de España, de esa España atávica, negra y fantasmal que los afrancesados dijeron que iban a reformar para hacerla ilustrada y moderna, porque se supone que lo que hay antes de 1700 es pura barbarie. Era (y es) fácil, porque esa España como Demonio del Mediodía existía desde el siglo XVI por acumulación de propaganda anti-hegemónica en frentes diversos: el luterano-germánico, el inglés-anglicano, el orangista-calvinista y el propiamente francés, que es el que se muda a Madrid en 1700 e introduce en España el argumentario de la leyenda negra. A él acude y va a acudir en lo sucesivo todo aquel a quien no le va en España como él considera que debería irle. A partir de aquí, ser español comienza a ser muy complicado (y más que va a serlo en el futuro), porque el nombre de España se transforma en la percha donde todos los descontentos colgarían su frustración. 

El Búnker. Julio Rebollo Montes




¿Para qué estamos aquí? Esta pregunta es más peliaguda. Mejor será no contestarla. Estas grandes empresas humanas tienen siempre móviles oscuros, que se agazapan tras los bastidores de la propaganda. Todo parece transparente como el cristal, pero, una vez puesto en marcha el mecanismo, atisba uno sus complejidades. Ignoro si tendrá trascendencia lo que estamos haciendo. Probablemente, no. Pero es un tema heroico y a mí, decididamente, los temas heroicos me entusiasman, aun ahora los veo del derecho y del revés. 

El centro de la cuestión radica, si bien lo miramos, en salvar la piel. Y no es cosa fácil. Cuando llegamos a Puchkin, mi compañía contaba con ciento ochenta hombres. Más o menos, son con los que cuenta hoy, pero han variado mucho las caras. En diez meses ochenta y seis muertos. Algunos buenos amigos míos están enterrados en un bosquecillo carcomido de metralla, a espaldas del Palacio Catalina. No todos sucumbieron al hierro, hubo quién murió revolcándose, destrozado por la disentería, otros congelados, más de uno envenenado por un sorbo de agua ponzoñosa. Pocos contaban más de los veinte años. Es una aventura de juventud la nuestra. Podrá ser un fracaso y comienzo a temerlo así, pero me gustaría que surgiese un poeta para cantar en sonetos, o en romances -da lo mismo- lo que en ella hubo de hermoso. 

Como en otras muchas ocasiones hemos escogido el local de la escuela para alojamiento de nuestra sección, entre otros motivos, por ser el único capaz de albergar un puñado de hombres con sólo relativa estrechez. Pero surge un inconveniente: aquí residen desde hace meses tres o cuatro familias de refugiados que perdieron sus hogares y se han colocado en donde han podido. La ley militar nos autoriza a lanzarles fuera, con sus mujeres y sus niños, pero los españoles aun tenemos corazón. No es posible mostrarse rígidos con una pobre gente aterrorizada, que ha abandonado temblando sus lechos y nos contempla, encogida, segura de ser otra vez -¡una más!- humillada, herida y expulsada. No, que se queden. Nos apretaremos todos un poco. Alrededor de treinta hombres nos distribuimos en tres salas de la planta baja, reservando la cuarta para uso de una de las familias rusas, compuesta por un joven matrimonio con dos niños y la hermana de la esposa, linda por cierto. El piso superior, salvo una habitación, continuará siendo utilizado por los refugiados. 

Estaba en Rusia, a miles de kilómetros de mi tierra, de mi hogar, de mi auténtica vida. No era frecuente entre nosotros darse cuenta de un hecho tan simple y tan concreto. La División, íntegramente española, nos parecía como una prolongación de la patria. Diariamente, la bandera, el lenguaje, la fe, las costumbres tan familiares, tan arraigadas en cada individuo y en la totalidad del grupo, nos engañaban, piadosas. 

Un grupo de españoles arañando con sus botas en la piel nevada y correosa del gigante. Una aventura fantástica, atrevida, con perfiles alucinantes y raíces humanas… Una grande, una emocionante, una divina aventura. 

Yo soy un soldado, no un mercenario. He venido a combatir por algo que creía justo y, con razón o sin ella, combatiré hasta el último minuto. 

Hay opiniones para todos los gustos, pero agruparles en dos corrientes definidas: la de aquellos que esperan el retorno a España como una liberación y la de quienes, por motivos más o menos transparentes, consideran como una vergüenza tal medida y afirman hallarse dispuestos a cumplir su juramento de voluntarios y morir, si es preciso, en el empeño. Por extraño que parezca, la idea de lucha y resistencia a ultranza cuenta con  mucho mayor número de simpatizantes que la de la retirada prudente y previsora. Unos y otros se ponen de acuerdo en lamentar que, en tanto se llega a una decisión, hayamos de permanecer mano sobre mano. 

Entre los dimisionarios, el que más y el que menos lleva en sus pies mil kilómetros de marchas y ha roto ya una docena de pares de botas. 

Una marcha en este tiempo y por esta llanura nevada le recuerda a uno el lamentable desfile de las huestes napoleónicas. Nosotros no estamos batidos, pero en rigor, tampoco lo estuvo la Grande Armée. Es el país, su vastedad infinita, su alma gigante en su cuerpo gigante, lo que vence y aniquila al invasor. 

No me atrevo a decir si odiamos o amamos a este mundo terrible, melancólico y cruel que amenaza convertirse en sudario nuestro a cada paso que damos sobre su piel estirada y blanca. Llácer, a veces, habla de “nuestra Rusia”. No puedo saber si siente lo que dice o es una simple expresión. Pero creo que, si nosotros hemos recibido -aun a nuestro pesar- algo del país, el país recibe a su vez la impronta de nuestro espíritu y el vaho de nuestro aliento, que perdurará años y años adherido a las casuchas miserables, prendido entre los bosques, aprisionado en las nubes de su cielo color pizarra. Quiero creer que esta aventura va a tener una trascendencia humana. Para críos como Buowa hemos dejado un recuerdo que el transcurso de los años difuminará, pero sin llegar a borrarse del todo. Españoles en Rusia: es algo demasiado chocante para que lo olviden quienes lo conocieron. Puede ocurrir que algún día  se cuenten en las casas de labradores rusos leyendas fantásticas acerca de los hombres del sur…

Sin saber por qué me he desceñido el cinturón y he contemplado su chapa. En torno al águila altiva, hay una leyenda: “Gott mil uns”. Dios con nosotros. ¡Dios con nosotros! Esto debía estar grabado en las almas, no en los cintos. 

La División Azul en sus perspectivas históricas - Carlos Caballero Jurado



La División Azul, de 1941 a la actualidad. Carlos Caballero Jurado


“¡Rusia es culpable!” La División Azul en sus perspectivas históricas



“Hay países europeos donde la rusofobia es muy débil, como España. Cuarenta años predicando contra la URSS no han servido de mucho. En realidad, la propaganda franquista no iba contra Rusia y los rusos, sino contra el comunismo. Antes de la Guerra Civil no había ni juicios ni perjuicios contra Rusia en España.”

María Elvira Roca Barea, Imperiofobia y Leyenda Negra


En nombre de la “memoria histórica” el callejero de Madrid se había purgado de nombres “franquistas” hace ya mucho tiempo. Pero cuando en la capital entró a gobernar el equipo de Manuela Carmena, con el apoyo de la formación de izquierda radical Podemos, y del PSOE, consideraron que aún había demasiadas calles cuyos nombres les parecieron intolerables. Una de ellas fue la Calle “Caídos de la División Azul”. Para sorpresa de los nuevos gobernantes municipales, su idea de retirar el nombre de la calle despertó la abierta oposición de un grupo de familiares de esos caídos, que desde el 2015 protestaron una y otra vez, en diferentes formas contra la medida. Una de sus vías de acción fue la judicial. Y en los primeros días de abril de 2018 los medios de comunicación se hicieron eco de algo que sorprendió: un juzgado de Madrid dio la razón al Colectivo de Familiares de Caídos de la División Azul, negando que fuera necesario cambiar el nombre de la calle, porque era su decisión el borrar a la DA del callejero. 

No era la primera vez que un cambio de nombre desencadenaba una polémica de ámbito nacional. Decenas de ciudades y pueblos han borrado de sus callejeros el nombre “División Azul”, y también el de aquellos miembros que fueron honrados con calles en otros tiempos (en general se trató de caídos en combate). Pero en Alicante se dio un caso llamativo. Ya en 1981 un gobierno municipal de izquierdas quiso cambiar el nombre de la Plaza de la División Azul existente en la ciudad, encontrando la oposición vecinal. Se optó por enterrar el tema, pero cuando recientemente la izquierda volvió de nuevo al poder, se planteó de nuevo cambiar una amplia lista de nombres de calles y plazas. Esta incluía la de la División Azul, pero también la plaza dedicada a Calvo Sotelo, asesinado por activistas del Frente Popular en julio de 1936, apenas días antes del inicio de la Guerra Civil. Para sustituir a los nombres que se querían borrar se optó por personajes de perfil izquierdista, y ajenos a la ciudad de Alicante, como Clara Zetkin o Rosa Luxembourg. El PP, en la oposición, se opuso al proyecto, al entender que Calvo Sotelo no podía ser acusado de “franquista”, ni de haber estado implicado en actividad represora alguna, pero también por lo que llegaron a calificar como una “sovietización” del callejero. En sus argumentos jamas hicieron referencia a la DA. 

El caso es que, dado el complicado equilibrio de fuerzas políticas en el consistorio alicantino, en 2017 el gobierno de izquierdas optó por saltarse el procedimiento reglamentario -un pleno del ayuntamiento- y decidió proceder al cambio de nombre de las calles en reunión restringida del equipo de gobierno municipal. Ante tal irregularidad, el PP presentó recurso en un juzgado, pero antes de que este dictara sentencia, en una operación propagandística bien diseñada, con presencia de medios informativos, el consistorio retiró  la placa de la Plaza de la División Azul. Se escamoteaba así el hecho de que la protesta de la oposición venía motivada por nombres muy concretos, como la Plaza de Calvo Sotelo, trasladando el foco a la DA, y presentando así al PP como defensores de una “unidad nazi”. Este juego de prestidigitación informativa permitió incluso realizar alusiones al Holocausto. 

El procedimiento usado era tan burdo que, sin entrar en el fondo de la polémica, sino solo en las formas, el juzgado dictó que el ayuntamiento no podía tomar esa medida sin haber esperado la resolución judicial, por lo que le impuso el que repusiera las placas con los nombres que se querían suprimir. En otra operación propagandística no menos minuciosamente planteada, convocando a todos los medios de comunicación, y también a autoridades de la Comunidad Valenciana, se repusieron las placas de la Plaza de la División Azul, entre airadas protestas de un minúsculo grupo de activistas “antifascistas”, y de nuevo el PP fue tildado directamente de neonazi. Periódicos y televisiones nacionales ofrecieron reportajes sobre el hecho. En cambio, de la reposición de la placa en la Plaza de Calvo Sotelo no se habló para nada. Nadie invitó a los medios. Hablar de Calvo Sotelo y de su alevoso asesinato en julio de 1936 no figuraba entre los temas que le interesaran al ayuntamiento de izquierdas. Por cierto, una crisis municipal llevó de nuevo al PP al poder municipal poco tiempo después, y ese partido aseguró que del callejero alicantino desaparecía el nombre de la División Azul. Y así ocurrió, en efecto: lo que un ayuntamiento del PSOE no había hecho en 1981 lo acabó haciendo un ayuntamiento del PP en 2018. Los nombres de algunos divisionarios caídos en Rusia, que también figuraban en el callejero alicantino, fueron igualmente suprimidos. 

Nada de esto era casual. En la nueva formación política de la izquierda radical española, Podemos, alguno de sus ideólogos, como J.C. Monedero, no se recataban de hacer en público este “razonamiento”: el PP había sido fundado por un ministro de Franco, Fraga; Franco había colaborado con Hitler enviando a la DA a Rusia, lo que le hacía “cómplice del Holocausto”; y en consecuencia, dado el “ADN franquista” del PP, este podía ser tildado de neonazi. La DA era así pieza clave en el proceso de tratar de desacreditar al PP, deslegitimándolo como demócrata, aunque el citado partido jamás haya dicho una palabra a favor de la presencia de voluntarios españoles en la campaña contra la URSS. 

Controversias históricas en la España actual - Stanley G. Payne


Fuente: España una historia única. 


Se critica con frecuencia a la sociedad occidental, acusándola de amnesia y de tener poco conocimiento o interés en la historia. La creciente adicción a internet atomiza la lectura, de manera que la información se obtiene a partir de pequeños fragmentos o paquetes, sin necesidad de llevar a cabo un estudio sostenido o de tener una comprensión global, y sin criterios que determinen qué fuente es más exacta o fiable. El resultado es que nos encontramos ante una ingente cantidad de información, mucho mayor que la de ninguna época anterior, pero que carecemos de criterios, de organización y de una comprensión sólida. De este modo, los jóvenes se pasan horas y horas sentados ante las pantallas de los ordenadores, pero no leen libros. Se dice que, teniendo en cuenta su nivel de educación formal, aprenden menos que las generaciones anteriores. No estudian, sino que se limitar a “recuperar” de aquí y allá retazos de información. 

Una cultura que se basa en el individualismo y el materialismo más acusados de la historia humana tiende a la gratificación instantánea y pierde el contacto con su propia tradición cultural. 

Existen todas estas muestras de interés en la historia, pero se dan en medio de una creciente fragmentación intelectual y cultural, y sólo caracterizan a ciertas minorías, que tienen poco o ningún impacto en el conjunto de la población. El fenómeno genera una aparente paradoja: por una parte, una minoría estudia y lee más historia que nunca, mientras que la gran mayoría, a pesar de la difusión universal de la alfabetización y de la educación primaria, tiene poco o ningún conocimiento de historia, que como asignatura retrocede cada vez más en los planes de estudio. 

En las universidades, todo ello ha erradicado prácticamente ciertas áreas de estudio como la historia militar, haciendo que se insista menos en la historia política, algo que, sin embargo, es menos apreciable en España. Los grandes temas son sustituidos por consideraciones comparativamente menores, que hacen hincapié en grupos pequeños, conductas desviadas y rarezas culturales. Se exige que gran parte de los estudios encajen dentro de la nueva santísima trinidad que forman la raza, la clase y el género, el nuevo “marxismo cultural”. Cada vez es más habitual que las investigaciones que no se atienen a esos criterios queden fuera de unas universidades en las que la contratación en áreas como las humanidades y las ciencias sociales se ha vuelto flagrantemente discriminatoria. 

En la última generación, la producción de obras históricas de relevancia se ha visto limitada por una enorme insistencia en la historia local y regional. Evidentemente, este campo puede ser tan relevante como casi cualquier otro, pero en España se ha llegado a una situación de histeria política y cultural, que, estimulada por la federalización del país y por el hecho de que las instituciones locales y regionales gastan mucho dinero, y cada vez más, en cultura, suscita una atención ingente y desproporcionada. Los historiadores jóvenes saben que, por nimio o trivial que sea su tema de estudio, si se dedican a esos temas, tendrán publicaciones garantizadas. 

Gran parte de las universidades toca al son de su público local, con prácticas de contratación tremendamente endogámicas. El hecho de que el reclutamiento del profesorado no se haga de un modo más global constituye una importante limitación, que se une a la falta de insistencia en el logro de la que adolece su evaluación profesional. En la actualidad, estas mismas tendencias, además de una innegable politización de las universidades, se dan prácticamente en todos los países, aunque el localismo y la endogamia son especialmente acusados en España. 

El mejor exponente de la justicia histórica contemporánea han sido las iniciativas para llevar ante los tribunales a los criminales de guerra nazis y los serios esfuerzos realizados por los ciudadanos de la República Federal Alemana para lidiar con el horrendo pasado reciente alemán. Si los procesos de desnazificación no fueron del todo eficaces, en general, el desarrollo de la democracia germano occidental, los permanentes esfuerzos por imponer un sistema educativo serio, el encausamiento de los criminales, el estudio histórico objetivo y las iniciativas para compensar a las víctimas sí tuvieron éxito, convirtiendo a Alemania en el ejemplo más loable de lo que los alemanes llaman Vergangenheitsbewältigung (aceptación del pasado). El proceso, que no fue inmediato y que contó con altibajos, se encontró a finales del siglo XX con un movimiento de tendencia contraria que comenzaba a “normalizar” la historia. En el ámbito académico, el debate cobró forma en un fenómeno relativamente conocido, la Historikerstreit (polémica entre historiadores), aunque, en términos más generales, entre los alemanes ha ido aumentando la tendencia a ver en sus antecesores de la época nazi a víctimas, sobre todo de bombardeos indiscriminados. Evidentemente, había muchas clases de alemanes: algunos fueron grandes criminales, mientras que otros fueron relativamente víctimas, bien de sus gobiernos, bien de los enemigos de éstos. En comparación, el proceso de “desfascistización” italiano fue mucho menos entusiasta, sólo condujo a un número muy limitado de juicios, y pasados únicamente unos tres años, y por iniciativa de un ministro de Justicia comunista, se le puso punto final. En los países ocupados por la Unión Soviética, el proceso de desfascistización se basó en gran medida en castigar a aquellos a los que los soviéticos veían como sus principales enemigos. Fascistas o ex fascistas considerados útiles para los soviéticos no fueron castigados e incluso, en unos pocos casos, fueron recompensados. 

Durante la Transición el país pasó legalmente (de la ley a la ley, como se suele decir) y de forma relativamente pacífica de una dictadura a una democracia parlamentaria. Ninguno de los partidos políticos con organizaciones convencionales participó en actos de violencia, aunque ETA, la extrema izquierda y, en ocasiones, la extrema derecha sí lo hicieron. Al contrario que durante la Segunda República, cuando fuerzas importantes del sistema, como los socialistas y finalmente gran parte del Ejército, recurrieron a la violencia, ésta fue totalmente ajena al sistema durante la Transición. En 1975 el movimiento anarcosindicalista, en su momento autor de muchos actos violentos, había sido pura y simplemente eliminado por la modernización. 

Todo ello creó un nuevo “modelo español” de transición a la democracia. No se trataba del valeroso pero incoherente modelo de 1808-1814 y 1820 (también emulado con profusión en otros lugares, casi siempre sin éxito), sino de una pauta eminentemente productiva que se convertiría realmente en el nuevo modelo de transición democrática a escala mundial. Se emuló en países latinoamericanos y también en casi todos los comunistas de Europa oriental, así como en Asia central y septentrional, aunque -en función de cuál fuera el legado cultural o el nivel de desarrollo de esos países- algunos no lograron convertirse en democracias operativas, engrosando las filas de un tipo diferente de autoritarismo del siglo XXI. Se intentó por doquier, salvo en Yugoslavia y Rumanía, aplicar algo equivalente al modelo español, y en la mayoría de los casos la democracia triunfó. 

Uno de los requisitos del modelo español era el rechazo a la política de la venganza, lo cual comportaba evitar cualquier búsqueda política o jurídica de “justicia histórica”. En esa época, esto era algo que aceptaban totalmente los principales actores políticos, en parte con la excepción del PNV, todavía anclado en hábitos arcaicos. La izquierda estaba tan deseosa como la derecha de abrazar esta política, porque, dejando a u lado su retórica y sus gestos típicos, los credenciales democráticos de la izquierda española eran igualmente dudosos, por lo que ésta estaba deseando hacer borrón y cuenta nueva. A pesar de que se dijera que todos los criminales de izquierdas habían sido castigados por Franco, no era cierto, ya que uno de los principales, Santiago Carrillo, fue una de las figuras más destacadas de la propia Transición. Se decidió conscientemente evitar cualquier iniciativa relativa a la justicia histórica, porque todos eran conscientes de que esta empresa la había abordado la Segunda República de forma vengativa entre 1931-1932 y, posteriormente, con mucha mayor brutalidad, el régimen de Franco. Los dirigentes de la Transición se daban cuenta de que sería prácticamente imposible acometer con imparcialidad otra iniciativa de esa índole, que casi sin ninguna duda sería más perjudicial que beneficiosa. 

Para ocuparse de algunos importantes malhechores del pasado, los checos introdujeron un proceso que llamaron de “lustración”, al que acabaron por dar poco uso. En Alemania se hicieron más esfuerzos para purgar a los comunistas de las universidades de Alemania Oriental, pero poco más. En las nuevas repúblicas bálticas y en Asia central, los regímenes postsoviéticos se dedicaron principalmente a sustituir a los rusos por miembros de sus mayorías étnicas, pero hubo poquísimas causas penales. Sólo con el paso del tiempo Chile y Argentina acabaron por iniciar procesos judiciales contra un reducido número de personalidades destacadas de los regímenes anteriores. En general, los nuevos regímenes democráticos o poscomunistas no incluyeron entre sus políticas la búsqueda vigorosa de la “justicia histórica”. 

Otro de los rasgos de la Transición española que figuró en gran parte de los demás casos fue la gran atención que se prestó a la historia reciente, a la que se dio toda clase de publicidad, dedicándole muchas nuevas investigaciones, multitud de publicaciones académicas, e incluso más atención periodística. No obstante, el grado de atención que el tema suscitó en España parece haber superado al registrado en algunos de los demás países. En parte, esto se debía simplemente a que España era un país más grande que la mayoría y que la amplitud de su mercado podía acoger un gran número y un gran abanico de publicaciones, así como productos de otros medios de difusión. Éste es uno de los aspectos en los que se puede establecer cierta comparación con Rusia, porque en este país, durante los primeros años de la era Yeltsin, relativamente más libres, aunque caóticos, también se asistió a la aparición de bastantes publicaciones nuevas y críticas sobre la historia reciente.

Una de las diferencias entre el caso español y muchos de los nuevos regímenes democráticos fue que, al principio, no se fabricaron muchos mitos nacionales nuevos para disimular o explicar los aspectos negativos del pasado reciente. En la Italia posfascista y en la Francia que surgió tras la caída del régimen de Vichy, no tardaron en aparecer nuevos mitos hegemónicos sobre la “resistencia” nacional al fascismo y al nazismo, que distorsionaron enormemente la realidad histórica, exagerando de modo considerable la amplitud de la resistencia y disimulando la generalizada complicidad con los anteriores sistemas autoritarios. En muchos países proliferaron mitos de victimismo nacional. Los austríacos, que en su mayoría habían sido cómplices relativamente entusiastas del nazismo, se crearon una nueva imagen histórica, gracias a la cual, al aparecer Austria como simplemente la “primera víctima” de Hitler, se alimentaba la autoestima del país. En el nuevo Japón democrático surgió una tendencia considerable a pasar por alto las atrocidades masivas del anterior régimen militar y a retratar en gran medida a los japoneses como poco más que víctimas inocentes de la guerra atómica. De los países poscomunistas, no hay duda de que Rusia ha sido escenario del más fanático nacionalismo y de un renovado autoengaño, ya que abundan diversas manifestaciones de teorías victimistas. 

Al mismo tiempo, ciertos sectores políticos han promovido mitos e interpretaciones propios, que, en algunas regiones españolas, han sido equivalentes a los de otros países. Los franquistas que quedan, aunque no sean muy numerosos, han seguido difundiendo su concepción de Franco como salvador nacional y como artífice de un beneficioso régimen modernizado. De forma similar, el camuflaje de la política republicana iniciado durante la propia Guerra Civil se convirtió en parte de la imagen que de sí misma tenía la izquierda, con sus místicas y rutinariamente falseadas invocaciones a la “democracia” republicana, que se combinaban con el maquillado de la revolución. Los catalanistas, sobre todo de izquierdas, han conservado el mito igualmente distorsionado de la “democracia catalanista”. No hay duda de que los nacionalistas vascos son quienes viven en la más grande negación, con sus delirantes mitos históricos que, considerando que los vascos siempre han sido víctimas, hacen caso omiso de una realidad histórica: lo que realmente tuvo lugar en lo que ahora consideran Euskal Herria fue una guerra civil entre vascos. Prescinden igualmente de los constantes esfuerzos que hizo el PNV para traicionar a la causa republicana durante la propia guerra y de las repetidas intrigas que urdió durante la década posterior con todas y cada una de las potencias extranjeras para conseguir la partición de España.

El “pacto del olvido” no es más que un lema propagandístico. No existió tal cosa. La Transición se caracterizó justamente por lo contrario, puesto que se basó en una profunda conciencia de los fracasos del pasado y en la decisión de evitarlos. De hecho, como Paloma Aguilar ha escrito, “pocos procesos de cambio político han estado tan inspirados por el recuerdo del pasado y por las lecciones asociadas al mismo, como el el español. En realidad es imposible encontrar ningún caso en el que esa conciencia fuera mayor. No se acordó imponer el “silencio”, sino que los conflictos históricos quedarían en manos de historiadores y periodistas, y que los políticos no los utilizarían en la pugna partidista, que se centraría en los problemas presentes y futuros. Durante la Transición, historiadores y periodistas trabajaron sin cesar, inundando el país con nuevos relatos sobre los años de la Guerra Civil y del franquismo, que en modo alguno disimulaban sus aspectos más atroces.
Durante la Transición, historiadores y periodistas trabajaron sin cesar, inundando el país con nuevos relatos sobre los años de la Guerra Civil y del franquismo, que en modo alguno disimulaban sus aspectos más atroces. Pasados algunos años, comenzaron a aparecer detallados estudios académicos como los de Josep Maria Solé Sabaté, Joan Villarroya, Vicent Gabarda Cebellán, Francisco Alía Miranda y otros, que por primera vez comenzaron a situar la investigación de las represiones enun preciso terreno académico. Todo esto contradecía totalmente la existencia de cualquier tipo de "olvido" y fue una empresa mucho más cuidadosa y precisa que la de la posterior agitación en pro de "la memoria histórica".

En líneas generales, todos los grandes partidos mantuvieron el rechazo consensuado a la politización de la historia de la Guerra Civil y la dictadura hasta 1993, cuando los socialistas se vieron en grave peligro de perder las elecciones generales por primera vez en más de una década. En ese momento, Felipe González puso un especial empeño en advertir de que votar al Partido Popular conllevaba el gran riesgo de restaurar algunos de los más sombríos aspectos del franquismo. Esto equivalía a lo que en los Estados Unidos de las décadas posteriores a la guerra civil americana se denominó "agitar la camisa ensangrentada". En las elecciones más importantes, el Partido Republicano, que en el caso estadounidense había liderado a los vencedores, recurría regularmente a "agitar la camisa ensangrentada", recordando a sus votantes el precio que se había pagado con la guerra civil y aduciendo que votar a los rivales demócratas supondría el retorno del "poder esclavista". Esta actitud en ocasiones les fue útil  a los republicanos, pero no siempre, y en España cada vez fue siendo menos positiva para los socialistas durante los comicios de 1996 y 2000. En 2002, después del fracaso total de los socialistas dos años antes, hubo un momento en el que José María Aznar declaró que la utilización del pasado reciente para fines partidistas había quedado enterrado.

Era una afirmación prematura, porque, una vez fuera de la botella, el genio se fue convirtiendo en un rasgo cada vez más habitual de la política española. Jordi Pujol, normalmente sensato, ya había hecho anteriormente referencias politizadas a la Guerra Civil, e incluso el Partido Popular acabaría por hacer algo similar ante el nuevo programa izquierdista desarrollado por Zapatero después de 2004. Para la izquierda, ese recurso se convirtió simplemente en práctica habitual.

Una nueva fase se inició en los primeros años del siglo XXI cuando se incrementó la agitación relativa a la "memoria histórica", que no surgió de un único movimiento, sijno que representaba a muy diversos grupos, muchos con motivaciones políticas, otros interesados en la historia y la arqueología. El sector más serio era el representado por Emilio Silva y la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica (ARMH), que comenzó a excavar su primera fosa común en 2000. El interés por identificar y enterar dignamente a víctimas no reconocidas anteriormente de las represiones perpetradas durante la Guerra Civil y la posguerra -o, en realidad, a víctimas militares no identificadas de la propia contienda- constituye una importante y loable iniciativa, que debería contar con apoyo público. Sin embargo, otros grupos han ido más allá, exigiendo una especial conmemoración política, un reconocimiento formal de que los izquierdistas represaliados murieron "por la democracia", y también una condena tanto de Franco como de su régimen e, implícitamente, de todos los que se enfrentaron a la izquierda durante la Guerra Civil.Todo ello fue acompañado de estridentes e histéricas denuncias de la represión franquista, que, exagerando su carácter y alcance, insinuaban que había sido la única. Una política muy inclemente y brutal se presentaba como algo todavía peor, equiparable a las de la Alemania nazi o a las de los regímenes comunistas más atroces. Se diseminaron imprecisas concepciones de "memoria histórica", como si fueran equivalentes a datos de investigaciones históricas profesionales. el resultado fue un esfuerzo prácticamente sistemático de reescritura y de falsificación, que en ocasiones también se esgrimió como arma táctica contra un Partido Popular cuya torpeza al lidiar el asunto no hizo más que agravar el problema.

La propia expresión "memoria histórica" es desafortunada, porque constituye un oxímoron, una contradicción fundamental en los términos, algo que en estricta lógica no puede existir. La memoria es intrínsecamente individual, subjetiva y, como todo el mundo sabe, muy frecuentemente falaz. Hasta la gente de buena fe recuerda constantemente detalles que entran bastante en contradicción con lo que realmente ocurrió. La memoria no define ni explica totalmente acontecimientos pasados, sino que se limita a proporcionar una versión o interpretación de los mismos. Por su parte, la historia no es ni individual ni subjetiva, sino que precisa de la investigación empírica, objetiva y profesional tanto de documentos como de otros datos y objetivos. Es un proceso que el conjunto de los estudiosos, debatiendo y contrastando resultados que se afanan por ser lo más impersonales y objetivos posibles, lleva más allá del individuo.

El filósofo Gustavo Bueno es todavía más crítico, e insiste en que en España todo esto representa pura y simplemente una maniobra política, que él califica de "invención, por parte de la izquierda, del concepto de "memoria histórica". Señala que el decano de los últimos estudios sobre memoria, Pierre Nora, distingue entre la historia, cuya investigación aspira a la objetividad, y la memoria, que es una construcción objetiva. Bueno recalca que la memoria histórica nunca puede ser más que una elaboración social, cultural o política. Para él, el concepto de "memoria histórica común" es "una idea metafísica" que "pretende remitirnos... a un sujeto abstracto (de Sociedad, la Humanidad, una especia de divinidad que todo lo conserva y lo mantiene presente) capaz de conservar en su seno la totalidad del pretérito que los mortales del presente deben descubrir".

En la empresa objetiva de realizar excavaciones de arqueología forense descubrimos que los paladines de la Europa contemporánea no son los españoles de la ARMH, que en ocasiones han llevado a cabo una labor meritoria pero recuperando relativamente pocos restos, sino los rusos de finales del siglo XX. El país que más sistemáticamente ignoró la existencia de fosas comunes, tanto de ejecutados por el estalinismo como durante la Segunda Guerra Mundial, fue la Unión Soviética, algunos de cuyos correligionarios españoles se han mostrado muy activos en la propaganda relativa a la "memoria histórica" y el "pacto del olvido". Como los restos de muchos de los millones de víctimas soviéticas de la guerra nunca se recuperaron, ni siquiera los de quienes cayeron en batallas registradas en suelo ruso, durante las décadas de 1970 y 1980 miles de voluntarios dedicaron el tiempo libre de sus fines de semana a recuperar los cuerpos de miles y miles de soldados.

Por otra parte, es probable que la utilización más refinada de la memoria colectiva de la Guerra Civil española no la propiciara ninguno de los herederos españoles de ambos bandos, sino que fue la que se plasmó en el culto a la Guerra Civil antifascista y revolucionaria impulsada en la República Democrática Alemana (RDA). Un sector importante de los primeros mandatarios de la RDA había luchado en las Brigadas Internacionales (cuyo objetivo no era desde luego lograr la democracia para España) y, al mismo tiempo que se revelaban en la Unión Soviética los crímenes de Stalin, el mito de la Revolución rusa era hasta cierto punto sustituido por el de la revolución y la lucha antifascista de España, que se constituiría en una especie de mito fundacional del régimen germano-oriental. Huelga decir que nadie pretendía señalar que la Segunda República hubiera sido una democracia liberal de cuño occidental. La decadencia del mito de la memoria colectiva de la Guerra Civil española durante la década de 1980 coincidió con el declive general del régimen de Alemania Oriental. No sólo de pan vive el hombre.



La nueva ideología común de la izquierda occidental, la única gran ideología contemporánea que carece de un nombre generalmente aceptado. Su denominación más técnica es corrección política, pero en España se le ha llamado, con mayor frecuencia, simplemente "buenismo" o incluso "pensamiento dominante". Al igual que todas las doctrinas izquierdistas radicales de la época contemporánea, la corrección política rechaza de plano el pasado, pero convierte en un fetiche singular la revolución cultural y el rechazo del legado de la civilización occidental, algo en lo que en ciertos aspectos se aparta categóricamente del marxismo clásico.

El "victimismo" es especialmente importante para esta ideología contemporánea, ya que, al igual que sus antecesores inmediatos, tiende a convertirse en un credo laico o en un sucedáneo de religión, por lo que debe encontrar formas de abordar la cuestión fundamental de la culpa.

En España, lo habitual es que esas cuestiones apenas se discutan y que simplemente se afirmen.. Así suele ser, tanto en la polémica sobre las identidades nacionales como al hablar de las represiones de la Guerra Civil o de la posguerra. Cuando se convocan congresos académicos, sólo suele organizarlo uno de los bandos, que atiborra el programa con representantes de su punto de vista, mientras el contrario hace lo mismo. Ha habido unas pocas excepciones parciales en congresos dedicados al nacionalismo y la identidad, y también en ocasiones insólitas como el curso de verano dedicado a la memoria histórica y las represiones que organizó la Universidad de Burgos durante el verano de 2005.

Un signo esperanzador es que el texto definitivo de la habitual pero incorrectamente denominada "Ley de la Memoria Histórica" (su exacto y profuso nombre es "Ley por la que se reconocen y amplían los derechos y se establecen medidas a favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la Guerra Civil y la Dictadura". Evidentemente, es imposible poner totalmente en práctica una medida de esta índole, ya que, durante la Guerra Civil, una parte considerable de la población sufrió algún tipo de persecución, directa o indirecta, en una u otra zona; también, y especialmente, durante los primeros años de la dictadura, y en menor medida después de esa época.) que acabó por aprobar el Gobierno de Zapatero fue más moderada que los borradores anunciados entre 2004 y 2006. Gracias a un amplio abanico de críticas, que iban desde las expresadas por los portavoces del Partido Popular a las de historiadores profesionales (entre ellos unos pocos prestigiosos académicos socialistas), la expresión "memoria histórica" prácticamente desapareció, siendo sustituida por la "memoria democrática" que la ley se proponía fomentar. Hablando con propiedad, esta expresión debería aplicarse a la Transición, ya que en la España anterior a 1977 nunca existió una democracia completa, quizá con la excepción parcial de los gobiernos de Lerroux-Samper del periodo 1933-1934, contra los que los socialistas lanzaron una insurrección. Sin embargo, cabe suponer que no fuera ésta precisamente la intención de los legisladores izquierdistas responsables de la aprobación de la ley. Ésta reconoce que "no es tarea del legislador implantar una determinada memoria colectiva", pero a continuación se contradice encomendando al Gobierno la implantación de "políticas públicas dirigidas al conocimiento de nuestra historia y fomento de la memoria democrática", de manera que "en el plazo de un año a partir de la entrada en vigor de esta ley, el Gobierno establecerá el marco institucional que impulse las políticas públicas relativas a la conservación y fomento de la memoria democrática".

Las polémicas históricas en la España contemporánea no se resolverán en un futuro próximo, porque no las alimentan intereses eruditos o académicos, sino pasiones políticas. La forma habitual de resolver polémicas históricas pasa por la realización de investigaciones extensas y análisis profundos, pero probablemente los éxitos de la investigación histórica no tendrán grandes consecuencias.

No es Alemania el otro país en el que se han registrado polémicas equivalentes, sino la Rusia de la década de 1990, donde no sólo se debatió  sobre las atrocidades soviéticas, también sobre la historia y la identidad nacionales en su conjunto. En líneas generales. en Rusia el debate ha concluido con la llegada al poder de Vladímir Putin y con la proyección de un mito nacional que abunda en los aspectos positivos del pasado ruso sin negar del todo las atrocidades cometidas por el totalitarismo. Esta versión se ha visto alentada tanto por los amplios poderes autoritarios de la administración de Putin como por la actual prosperidad económica. Sin embargo, también ayuda que la cultura y la sociedad rusas conserven ciertos rasgos propios que, ajenos a la cultura occidental, se ven poco afectados por la corrección política. Así es hasta el punto de que ahora hay una amplia minoría de rusos que ve de nuevo en Stalin a un héroe nacional. No hace falta decir que, una vez más, Rusia constituye un ejemplo negativo, y que apenas hay riesgo de que España siga su misma senda.

Para España, el problema radica más bien en proporcionar coherencia nacional a la trayectoria elegida, sea la que sea, y en reconocer la ambigüedad y la complejidad de la propia historia. Las dos polémicas históricas principales -la relativa a la nación y la que se centra en la Guerra Civil y el franquismo, relacionadas entre sí- no tienen una solución inmediata, ya que las divisorias  no son únicamente de índole historiográfica, sino todavía más políticas, y pervivirán durante cierto tiempo.



Los futuristas y el fascismo italiano - Stanley G. Payne


Los futuristas, encabezados por Marinetti, fueron la tercera fuerza ideológica en la fundación del fascismo. Iban tan a la “izquierda” como los sindicalistas o Mussolini en cuanto a rechazar las viejas normas y las instituciones existentes, y los sobrepasaban en su exaltación virtualmente nihilista de la violencia (“la guerra es la única higiene de las naciones”). Los futuristas eran motociclistas metafísicos, fascinados por la velocidad, la potencia, los motores, las máquinas y todas las posibilidades de la tecnología moderna, como indicaban muchas de sus pinturas. Pero además de las innovaciones, a menudo juveniles, a la destrucción de todo lo antiguo y la apoteosis de todo lo nuevo, los futuristas también decían ser partidarios de grandes procesos de transformación social que traerían el derecho de voto democrático y la emancipación de todas las clases bajas, comprendido el derecho de voto para la mujer (postura que también apoyó Mussolini, por lo menos hasta 1927).

De esta mezcla salió el programa de los fundadores del fascismo en 1919 en el que se pedía la instalación de una república, en lugar de la monarquía, además de reformas radicalmente democráticas y semisocialistas. En el gobierno, esto exigiría la descentralización del poder ejecutivo y una magistratura electiva e independiente; en los asuntos militares, la terminación del servicio militar obligatorio, el desarme general y el cierre de las fábricas de armas; en la estructura económica, la supresión de las sociedades anónimas, la confiscación del capital improductivo, de las utilidades de guerra excesivas y de las propiedades de la Iglesia, la confiscación de la tierra para el cultivo en sociedad por campesinos sin tierras, y en la industria un sistema nacional sindical de gestión industrial por sindicatos de obreros y técnicos; por último, en el terreno de las relaciones exteriores, la abolición de la diplomacia secreta y una nueva política basada en la independencia y la solidaridad de todos los pueblos dentro de una federación general de naciones. Evidentemente, esto no es lo que se entiende en general como “fascismo”.

Fuente:

Willi Münzenberg - Antonio Muñoz Molina


Münzenberg no se pareció nunca del todo a sus camaradas comunistas. Siempre hubo algo raro o excesivo en él, aun en los tiempos de su más firme ortodoxia. Le gustaba la buena vida, y habiendo nacido y vivido en la pobreza tenía una espléndida vocación por los grandes hoteles, los trajes caros y los automóviles de lujo. Estaba hecho de la misma materia que los grandes plutócratas americanos surgidos de la nada, enérgicos patronos de ferrocarriles o de minas de carbón o de hierro enriquecidos gracias a la clarividencia y al pillaje, pero sobre todo a una forma irresistible de inteligencia práctica aliada a una voluntad sin reposo ni misericordia. Quienes le conocieron dicen de él que si hubiera decidido servir al capitalismo y no al comunismo habría llegado a ser un W.R. Hearst, un Morgan, un Frick, uno de esos patronos colosales a los que no sacia ninguna posesión por desaforada que sea y jamás pierden la rudeza de sus orígenes, jamás se apaciguan ni con la edad ni con el poder ni con la posesión, y siguen siendo patanes joviales en medio del lujo y trabajadores sin sosiego a pesar de su insondable riqueza.

En los primeros años de la Revolución Soviética, cuando Lenin, alucinado en las estancias del Kremlin, intoxicado por su propio fanatismo, rodeado de teléfonos y lacayos, todavía imaginaba que Europa entera iba a incendiarse de un momento a otro de sublevaciones proletarias, Münzenberg comprendió antes que nadie que la revolución mundial no llegaría enseguida, si es que llegaba alguna vez, y que el comunismo sólo podría difundirse en Occidente de una manera oblicua y gradual, no con la propaganda chillona, ruda y monótona que complacía a los soviéticos, sino a través de causas en apariencia desinteresadas y apolíticas, gracias a la complicidad en gran parte involuntaria de algunos intelectuales de mucho prestigio, celebridades independientes y de buena voluntad que firmaran manifiestos a favor de la paz, de la cultura, de la concordia entre los pueblos.

Willi Münzenberg inventó el halago político a los intelectuales acomodados, la manipulación adecuada de su egolatría, de su poco interés por el mundo real. Con cierto desdén se refería a ellos llamándoles el Club de los Inocentes. Buscaba a gente templada, con inclinaciones humanitarias, con cierta solidez burguesa, a ser posible con un resplandor de dinero y de cosmpolitismo: André Gide, H.G. Wells, Romain Rolland, Hemingway, Albert Einstein. A esa clase de intelectuales Lenin los habría fusilado de inmediato, o los habría enviado a un sótano de la Lubianza o a Siberia. Münzenberg descubrió lo inmensamente útiles que podían ser para volver atractivo un sistema que a él, en el fondo incorruptible de su inteligencia, debía de parecerle aterrador en su incompetencia  y su crueldad, incluso en los años en que aún lo consideraba legítimo.

Descubrió que el radicalismo imaginario y la simpatía hacia revoluciones muy lejanas era un atractivo irresistible para intelectuales de una cierta posición social.

Su primer éxito de organización y propaganda masiva fue la campaña mundial de envío de alimentos a las regiones de Rusia asoladas por las grandes hambres de 1921. El Socorro Internacional de los Trabajadores, dirigido por él, logró que docenas de barcos cargados de alimentos llegaran a Rusia y que se creara en todo el mundo una corriente poderosa de simpatía humanitaria hacia el sufrimiento y el heroísmo del pueblo soviético. La desganada caridad de otros tiempos se trasmutaba en vigorosa solidaridad política, y el benefactor podía sentirse confortablemente a un paso de la militancia activa. Müzenberg ideó sellos, insignias, folletos de propagada con fotografías de la vida en la URSS, cromos en colores, pisapapeles con bustos de Marx y de Lenin, postales de obreros y soldados, cualquier cosa que se pudiera vender a bajo precio y que permitiera sentir al comprador que sus pocas monedas eran un gesto solidario, no una limosna, una forma práctica y confortable de acción revolucionaria.

En 1925 fue Münzenberg quien ideó y dirigió, a través de comités innumerables, de publicaciones, de marchas, de imágenes en los noticiarios de cien, la gran oleada de solidaridad con Sacco y Vanzetti. Sus publicaciones comerciales le proporcionaban el dinero para costear la propagada política, y también multiplicaban la resonancia pública de las campañas que emprendía. En los años terribles de la inflación en Alemania, en el terremoto de Japón de 1923, el Socorro Internacional de los Trabajadores sostenía las cajas de resistencia y organizaba comedores populares, escuelas y albergues para niños huérfanos. Fue la necesidad de imprimir y difundir panfletos políticos la que despertó en Willi Münzenberg su interés por imprentas y editoriales. En 1926 poseía en Alemania dos diarios de circulación masiva, un semanario ilustrado que tiraba un millón de ejemplares y era, dice Koestler, la comunista a Life, y una serie de publicaciones que incluía revistas técnicas para fotógrafos y para aficionados a la radio o al cine.  En Japón, su organización controlaba directa o indirectamente diecinueve diarios y revistas. En la Unión Soviética producía las películas de Eisenstein y Pudovkin, y en Alemania organizaba la distribución del cine soviético y financiaba los espectáculos de vanguardia de Erwin Piscator y de Bertolt Brecht. Cinematecas, clubs de lectura o de deporte, sociedades de excursionismo, grupos de activistas a favor de la paz, se convertían a lo largo del mundo en sucursales fuera de sospecha del gran Club de los Inocentes.

Todo lo que Münzenberg poseía y controlaba en Alemania lo perdió tras la llegada de Hitler a la cancillería. Pero era como uno de esos magantes americanos que sufrían espantosas bancarrotas y al poco tiempo habían empezado a labrarse desde la nada y con la misma energía invencible una nueva fortuna. Nada más llegar exiliado a París compró una editorial y emprendió la organización y el sostenimiento económico de la resistencia clandestina en Alemania. Con ceguera escalofriante el Partido Comunista Alemán había considerado hasta última hora que los nazis eran un adversario menor, porque el verdadero enemigo de la clase trabajadora eran los socialdemócratas. El desastre de enero de 1933 acabó de convencer a Willi Münzenberg de que el sectarismo suicida de sus compañeros de partido debía ser abandonado a favor de una gran alianza de todas las fuerzas democráticas dispuestas a resistir la mera siniestra del fascismo. En pocos meses publicó uno de los libros más vendidos del siglo XX, el Libro pardo del terror nazi, y alcanzó su mayor éxito, la obra maestra de su instinto formidable para la propaganda de masas, la campaña internacional a favor de Dimitrov y de los otros acusados en el proceso por el incendio del Reichstag.

Fuente: Sefarad, Antonio Muñoz Molina

Vasconia bajo el franquismo - Jon Juaristi


Fuente: Historia Mínima del País Vasco. Jon Juaristi

Vasconia bajo el franquismo

La posguerra

Toda la Vasconia española quedó en poder de los sublevados desde junio de 1937. El encargado de hacer entrega de las industrias siderúrgicas a los militares franquistas fue un antiguo miembro de Comunión Nacionalista pasado a ANV, Anacleto Ortueta. Para la izquierda, la negativa de Aguirre a apagar los hornos y dinamitar las principales fábricas fue el comienzo de una serie de traiciones a la República, que se prolongarían con la negociación secreta del PNV con los italianos y culminaría con el pacto de Santoña. Sin embargo, el presidente vasco obró con cordura: la destrucción de la industria pesada vizcaína habría supuesto la ruina de la región para bastantes años, lo que no obsta para reconocer que Aguirre le dio a Franco una baza importante. Al contrario de lo que había hecho el efímero gobierno vasco, los franquistas dedicaron las fábricas y la siderurgia de la ría a producir armamento y suministros para su ejército.
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Como toda la derecha española, Franco padecía de un vasquismo congénito. El vasquismo es un achaque común del nacionalismo español, que se empeñó siempre en ver en los vascos lo que quedaba de la raza española genuina y primitiva. Obviamente, esto no implicaba simpatía alguna por el nacionalismo vasco, más bien todo lo contrario, en la medida que este se contraponía al nacionalismo español. Al revés que los republicanos del sexenio, Franco creía que los vascos eran españoles por naturaleza, una visión simétrica de la de Sabino Arana. Los héroes de su novela (y película) Raza son vascos hasta los tuétanos Churrucas y Echevarrías. Veraneaba en San Sebastián, le gustaba asistir a los partidos de frontón y admiraba al Athletic de Bilbao.

Aunque castigadas con la supresión del concierto económico, Guipúzcoa y Vizcaya fueron, bajo el franquismo, dos provincias económicamente privilegiadas, como destino preferente de la inversión pública y del ahorro privado. Álava y Navarra, donde la sublevación había triunfado desde el primer momento, conservaron su régimen de conciertos al que las élites gobernantes locales dieron la apariencia de una foralidad restaurada (y lo era, en cierto modo: la foralidad que convenía a los sectores franquistas).

Por lo demás, el trato dispensado a las provincias vascas y Navarra fue el esperable por parte de una dictadura nacionalista (española), reaccionaria y autoritaria, coincidente en muchos de sus postulados con el tradicionalismo. Se concedió a Navarra la Laureada de San Fernando, la más alta condecoración militar. Franco visitó las capitales vascas en numerosas ocasiones (además de sus habituales veraneos en San Sebastián), y fue recibido siempre por multitudes entusiasmadas, que no representaban seguramente el sentir de toda la población ni de su mayoría, pero no cabe duda de que expresaban el apoyo activo al régimen de sectores muy amplios y diversos. Los ministros vascos y navarros de Franco, salvo el caso de Antonio María de Oriol y Urquijo, no procedían de la oligarquía, sino de las clases medias católicas (Rafael Sánchez Mazas, José Felix de Lequerica, Fernando Castiella, José Luis Arrese) y de un espectro ideológico que iba del alfonsismo autoritario al carlismo y al falangismo. Hubo, sin duda, un franquismo popular, y hasta un franquismo obrero que enlazaba con el movimiento obrero católico de anteguerra, minoritario frente a las centrales sindicales como UGT y SOV, pero importante en determinadas localidades (como Baracaldo, por ejemplo).
Ni que decir tiene que la iglesia ejerció hasta la década de 1960 un poder omnímodo sobre la sociedad vasca y navarra. Muy superior, desde luego al ya desmesurado que tenía en las demás regiones, donde buena parte de los obispos eran originarios de Vasconia (Pildain, Olaechea, Eijo y Garay, etcétera). Los seminarios diocesanos y los noviciados estaban llenos a rebosar, y extendían por el mundo legiones de misioneros y misioneras. Nunca se había vivido, desde el siglo XVII, un fervor religioso público tan intenso como entonces. Muchos hijos de vencidos, y no solamente de nacionalistas vascos, ingresaron en el clero. Las procesiones, actos eucarísticos, misiones populares, romerías y peregrinaciones a santuarios eran, más que frecuentes, habituales, y la vigilancia moral de las costumbres, axfisiante.
En cuanto a la cultura, el tópico de una persecución enconada del eusquera debe revisarse. Por supuesto, se prohibió todo lo que sonase a nacionalismo (como la onomástica creada por Sabino Arana, muy extendida antes de la guerra entre los nacionalistas) pero no el uso de la lengua vasca en la vida cotidiana. Hubo, eso sí, un notable descenso en el entusiasmo de los tradicionalistas por la cultura eusquérica. La Academia de la Lengua Vasca, dirigida por Resurrección María de Azkue, y con una composición en la que predominaba el clero carlista, mantuvo su actividad, si bien en niveles muy modestos. Se publicaron gramáticas y vocabularios de dialectos vascos, como los del sacerdote Pablo de Zamarripa, en vizcaíno, y se editaron o reimprimieron devocionarios, novenas y catecismos en eusquera. Desde 1948, la revista Egan, publicada por el seminario Julio de Urquijo de la diputación de Guipúzcoa, comenzó a admitir colaboraciones en vascuence, y desde 1950 su contenido era ya totalmente eusquérico. Siguieron funcionando instituciones como la Sociedad Vascongada de Amigos del País, cuyo boletín recogía trabajos de carácter histórico o filológico. En general, ni la filología, ni la etnografía ni la poesía vasca, mientras fueran puramente líricas, molestaban lo más mínimo al régimen.


Legado de ETA:

En sus cuarenta años de terrorismo, ETA asesinó a 829 personas, la mayor parte pertenecientes a las fuerzas de seguridad (policía, guardia civil, ertzantza) y al ejército (486). De los 343 restantes, una parte corresponde a antiguos miembros de la administración franquista (dos presidentes de diputación, exalcaldes y exconcejales) y a tradicionalistas, miembros de Falange, de la guardia de Franco, de hermandades de legionarios. Otra, a funcionarios de prisiones y magistrados. Una tercera a empresarios (aunque a estos ha preferido secuestrarlos o extorsionarlos directamente mediante “el impuesto revolucionario”). Otra, en fin, a políticos y cargos del PP y del PSOE, desde dirigentes del partido a simples concejales y militantes de base, pero no ha desdeñado asesinar a sus propios disidentes. En cualquier caso, el porcentaje mayor de sus víctimas civiles es de gente sin connotaciones políticas y de profesiones muy variadas. Ha matado a hombres, mujeres, niños y ancianos. Prácticamente todos los estamentos están representados entre sus víctimas. Salvo curas y banderilleros.

¿Qué significa el término “fascismo”?


Fuente: El fascismo, Stanley G. Payne. Alianza Editorial.

Se dice que el fascismo era imperialista por definición, pero esto no queda totalmente claro si se hace una lectura comparada de los programas de los diversos movimientos fascistas. La mayoría eran, efectivamente, imperialistas, pero parece que todos los tipos de movimientos y sistemas políticos han producido políticas imperialistas, mientras que varios movimientos fascistas estaban poco interesados en nuevas ambiciones imperiales, o incluso las rechazaban. Todos ellos, no obstante, aspiraban a un nuevo orden en las relaciones exteriores, a una nueva relación o conjunto de alianzas con respecto a los estados y las fuerzas contemporáneas y a que su nación tuviera una posición nueva en Europa y en el mundo.

La ideología y la cultura fascistas merecen más atención de la que reciben normalmente, pues la doctrina fascista, igual que todas las demás, se derivaba de ideas, y las ideas de los fascistas tenían claras bases filosóficas y culturales, pese a frecuentes afirmaciones en contra. A menudo se dice que las ideas filosóficas fascistas derivaban de la oposición a la Ilustración o a las “ideas de 1789”, cuando de hecho son un producto directo de aspectos de la Ilustración, y derivaban directamente de los aspectos modernos, seculares y prometeicos del siglo XVIII. Es probable que la divergencia esencial de las ideas fascistas respecto de determinados aspectos de la cultura moderna se halle más exactamente en el antimaterialismo del fascismo, y en la importancia que atribuía al vitalismo y al idealismo filosóficos y a la metafísica de la voluntad. La cultura fascista, al revés que la de la derecha, era secular en la mayoría de los casos, pero al contrario de la de la izquierda y hasta cierto punto la de los liberales, se basaba en el idealismo y el vitalismo y en el rechazo del determinismo económico, tanto el de Manchester como el de Marx. El objetivo del idealismo y el vitalismo metafísicos era la creación de un hombre nuevo, un nuevo estilo de cultura que lograse la excelencia tanto física como artística y que ensalzase el valor, la osadía y la superación de los límites anteriormente establecidos mediante el desarrollo de una cultura nueva y superior que comprometiese al hombre entero. Los fascistas esperaban recuperar el verdadero sentido de lo natural y de la naturaleza humana –idea básicamente dieciochesca- en un plano más elevado y más firme de lo que había logrado hasta entonces la cultura reduccionista del materialismo moderno y del egotismo prudencial. El hombre libre natural, cuya voluntad y determinación estuvieran desarrolladas, podría reevaluarse e ir más allá de sí mismo, y no titubearía en sacrificarse en aras de esos ideales. Esas formulaciones modernas rechazaban el materialismo del siglo XIX, pero no representaban nada que pudiera calificarse de vuelta a los valores morales y espirituales tradicionales del mundo occidental antes del siglo XVIII. Representaban una tentativa específica de alcanzar una forma moderna, normalmente atea, de transcendencia, y no, como dice Nolte, una “resistencia a la transcendencia”.

Muchos observadores se sintieron impresionados por el ambiente novedoso de los mítines fascistas en los decenios de 1920 y 1930. Todos los movimientos de masas emplean símbolos y diversos efectos emotivos, y quizá fuera difícil establecer que la estructura simbólica de los mítines fascistas era completamente diferente de la de otros grupos revolucionarios. Pero lo que sí parecía claramente distinto era el gran hincapié que se hacía en mítines, marchas, símbolos visuales y rituales ceremoniales o litúrgicos, a los que en la actividad fascista se les daban un papel central y una función que iba más allá de lo que ocurría en los movimientos revolucionarios de izquierda. Con ello se trataba de envolver al participante en una mística y en una comunidad de ritual que apelaban al factor religioso, además de al meramente político.

En su mayor parte, los movimientos fascistas no lograron movilizar verdaderamente a las masas, pero sin embargo resulta característico que fuera ése su objetivo, pues siempre trataron de transcender el carácter de caramilla parlamentaria elitista de los grupos liberales poco movilizados, o el mero exclusivismo sectario y el recurso a la manipulación elitista que se solía encontrar en la derecha autoritaria. Junto a la campaña de movilización de las masas se daba uno de los rasgos más característicos del fascismo: su tentativa de militarizar la política en una medida sin precedentes. Para ello se hacía que los grupos de milicias fueran algo central en la organización del movimiento y se utilizaban insignias y terminología militares a fin de reforzar el sentimiento de nacionalismo y de combate constante. Las milicias de partido no las inventaron los fascistas, sino la extrema izquierda y la derecha radical (por ejemplo, la Action Francaise), y en un país como España, los “movimientos de camisas” predominantes que practicaban la violencia callejera eran los de la izquierda revolucionaria. Sin embargo, la oleada inicial del fascismo centroeuropeo se basó desproporcionadamente en excombatientes de la Primera Guerra Mundial y en su ethos militar. En general, la milicia del partido desempeñó un papel mayor, y se desarrolló en mayor grado, entre los fascistas que entre los grupos de izquierdas.

Esto guardaba relación con la evaluación positiva de la violencia y la lucha que se hacía en la doctrina fascista. Todos los movimientos revolucionarios de masas han iniciado y practicado la violencia en mayor o menor medida, y probablemente sea imposible llevar la violencia a mayores extremos de lo que han hecho algunos regímenes leninistas, que han practicado, como decía uno de los viejos bolcheviques, la “compulsión infinita”. El único rasgo excepcional de la relación fascista con la violencia era la evaluación teórica que hacían algunos movimientos fascistas: la violencia poseía un cierto valor positivo y terapéutico en y por sí misma, y una cierta cantidad de combate violento constante, en el sentido del darwinismo social de fines de siglo XIX, era necesaria para la buena salud de la sociedad nacional.

Esto, a su vez, guardaba relación con otra característica fundamental: la insistencia en lo que se califica actualmente de “chauvinismo masculino” y la tendencia a exagerar el principio masculino en todos los aspectos de su actividad. En la era del fascismo, todas las fuerzas políticas europeas estaban abrumadoramente dirigidas e integradas por hombres, y quienes hablaban de la igualdad de la mujer de labios para afuera, de hecho sentían muy poco interés por ella. Pero los fascistas fueron los únicos que transformaron en fetiche perpetuo la “virilidad” de su movimiento y su programa y estilo, lo cual sin duda se debía en gran medida al concepto fascista de la militarización de la política y a la necesidad de un combate constante. Al igual que los grupos derechistas y algunos de la izquierda, el concepto fascista de la sociedad era orgánico; pero en esa relación debían predominar los derechos del varón. Ningún otro tipo de movimiento manifestaba un horror tan completo a la más leve sugerencia de androginia.
Descripción tipológica del fascismo.

El nacionalismo radical fraccionario como secesionismo - Gustavo Bueno

Fuente: Europa frente a Europa. Gustavo Bueno

Recapitulemos: los nacionalismos fraccionarios no proceden propiamente de una nación “étnica” previamente existente que buscase su autodeterminación como Estado; proceden de movimientos secesionistas promovidos por la voluntad de poder de una élite de políticos o de intelectuales regionales que logran canalizar, a través del fantasma nacionalista, reivindicaciones muy heterogéneas llegando a presentar como culpables de su pretendida postración u opresión al Estado del que forman parte y en el que se formaron como sociedad civilizada. Movimientos que sólo pueden salir adelante cuando cuentan con ayuda de terceras potencias que unilateralmente puedan estar interesadas en el éxito de la secesión (como es el caso de la “eclosión de los nacionalismo surgidos a raíz del desmoronamiento de la Unión Soviética en el territorio que ella cubría, impulsados por las potencias capitalistas, o el caso de los nacionalismos surgidos en los territorios de Yugoslavia). Ninguno de estos nacionalismos hubiera llegado a efecto si no hubiera sido por la cooperación de potencias extranjeras (por ejemplo, el reconocimiento de Croacia por parte de Alemania o del Vaticano; los intereses de las potencias ajenas pueden ser muy variados, pueden ser intereses económicos, religiosos, pero que ocultan siempre intereses políticos, como podría ser el caso de la eventual ayuda que pudieran esperar los nacionalistas vascos de las potencias angloparlantes en la medida en que la sustitución del español por el inglés en Euskadi beneficiaria al interés de la “comunidad angloparlante”). No se pretende aquí, en absoluto, decir que los nacionalistas no “debieran ser así”; si ellos se incrementan y alcanzan fuerza suficiente, lograrán sus objetivos. Lo que sí es conveniente es debilitar en los demás la general actitud de respeto que tales movimientos suele suscitar, es decir, refutar la visión “entusiástica” de tales movimientos como expresión de los más vivos impulsos democráticos de un pueblo en busca de su libertad. Tanto o más pudieran ser dignos de desprecio o de aversión (la aversión que suscita un cáncer que va creciendo en un organismo siguiendo las “leyes naturales”).
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Lo que se recubre con el rótulo de la autodeterminación, o bien es la decisión de una élite que actúa en el interior de un pueblo dado, apoyada de otros Estados, para segregarse del Estado del que forma parte (y, entonces, “autodeterminación” es un modo metafísico de designar un “movimiento de secesión”), o bien es la lucha de un pueblo contra el Estado invasor (y, entonces, “autodeterminación” es un modo metafísico de designar una “guerra de independencia”), o bien es la lucha de un pueblo colonizado contra el Estado o el Imperio depredador (y, entonces, es una guerra de liberación colonial o nacional). Lo que no se puede hacer es confundir todas estas situaciones, y otras más, con un nombre común, de pretensiones sublimes, el nombre de sabor teológico de “autodeterminación”, porque esto equivaldría, de hecho, a fomentar la transferencia del concepto, de algunas de estas situaciones a las otras, según convenga (como cuando ETA pretende hacer creer a sus partidarios que encabeza un “movimiento de liberación colonial”, como si el País Vasco hubiera sido alguna vez una colonia de España).
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Los fanatismos nacionalistas, vasco o catalán, se nutren de la energía hispánica, aunque toman el aspecto de ser “productos de la anti-España” (como los apostólicos se conformaban como anti-Cristos).Ni los apostólicos, ni los etarras, se explican tanto por la atracción de sus objetivos (que, en todo caso, o bien constituyen una patraña –conseguir la instauración del milenio en la Tierra-, o bien constituyen un “detalle oligrofrénico”, la constitución de la República Vasca independiente), cuanto por la repulsión que sobre él ejerce el “envolvente” .  No es el nacionalismo, sino el separatismo, lo que explica a los nacionalismos radicales;  no es el nacionalismo la raíz del separatismo, sino que es el separatismo la raíz del nacionalismo fraccionario. Lo cierto es que el pueblo, tras la predicación de Enrique, se dedicaba a apalear a sacerdotes por la calle o a tirarlos al fango (a la manera como los pistoleros etarras, tras la predicación de Sabino Arana, se dedicaron a asesinar a los que paseaban por las calles de las ciudades vascas o castellanas o andaluzas).
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Lo que no deja de producirnos asombro no es tanto la capacidad imaginativa de necedades que han demostrado los clásicos del nacionalismo vasco, cuanto la capacidad de asimilación que han demostrado, por el terror, o por congénita estupidez, sus seguidores o sus cómplices. Pero aun esta capacidad de asimilación tampoco tiene, en realidad, ningún misterio. Porque, para decirlo con palabras de Feijoo: Teatro Crítico, VI, 11, “… los males de la imaginativa son contagiosos. Un individuo solo [y eso que el padre Feijoo no conocía a Sabino Arana]  es capaz de inficionar a todo un pueblo. Ya se ha visto en más de una, y aun de dos, comunidades de mujeres, por creerse Energúmena una de ellas, y pasando sucesivamente a todas las demás la misma aprehensión y juzgarse todas poseídas”.  Añadiríamos, por nuestra parte, que el contagio se facilita por las perspectivas de ganancia que encuentran muchos de los posesos, y por el apoyo que reciben de terceras potencias, interesadas en que la nación canónica competidora se fraccione. ¿Cómo es posible que la ridiculez de los mitos propuestos comience a transformarse en algo muy serio y terrorífico? Porque han empezado a explotar las bombas o dispararse las metralletas o las pistolas. Sin la acción de ETA durante más de treinta años los mitos del nacionalismo vasco hubieran sido tomados a broma.

La “nación fraccionaria” necesita la mentira histórica - Gustavo Bueno


Mientras que las naciones canónicas se constituyen por integración de componentes prepolíticos, frente a otras naciones canónicas, los nacionalismos radicales pretenden constituirse a partir de una nación canónica ya dada, y contra ella, con objeto de desintegrarla, mediante un acto de secesión. Mientras el “nacionalismo canónico” (el clásico o el romántico) se desenvuelve como un proceso de integración de pueblos o de naciones étnicas previamente dadas (ya sea mediante la hegemonía de una de ellas sobre las demás, ya sea mediante una homogeneización de las partes integrantes y, en todo caso, mediante una “refundición” de las “partes del todo”), el “nacionalismo fraccionario” tiene lugar mediante un proceso de desintegración de alguna parte formal actuante ya en el Estado-nación respecto del todo constituido por ese Estado-nación de referencia.

Por ello, los proyectos de los nacionalismos radicales son esencialmente proyectos de nación fraccionaria, de nación que sólo puede resultar de la desintegración de una nación entera previamente dada de la que han recibido, precisamente, sus dimensiones políticas, por no decir sus mismos contenidos tecnológicos, económicos o sociales. ¿Acaso el País Vasco evolucionó por sí solo, en el “seno de la Humanidad”, desde una situación prehistórica no muy lejana hasta la situación de vanguardia industrial, cultura, etcétera, que comenzó a ocupar, hace ya cien años, en el conjunto de España? ¿Acaso el “autós” sobre el que gira el proyecto de “autodeterminación”, que hoy reclaman los nacionalistas radicales vascos, no se ha constituido precisamente en el contexto global del desarrollo de España? ¿De dónde vino, no sólo el idioma que necesitaron para alcanzar su posición de vanguardia (el español), sino también la mano de obra, la ingeniería, las obras de infraestructura, y por supuesto, las aportaciones masivas de capital que dieron lugar a la industrialización del País Vasco? Los vascos, como “conjunto étnico” , como “nación étnica”, en el mejor caso, habían sido integrados, desde siglos, en la sociedad hispánica y, en su momento, en la nación política española: no sólo participaron desde sus fueros, en primera línea de la vida política, militar y social de los siglos medievales; participaron también en la Monarquía Universal, en la época de Carlos V, Felipe II o Felipe III (Elcano, los Idiáquez –Alonso, Juan- o los Eraso) y en la reorganización de la monarquía en la Ilustración (las Sociedades de Amigos del País, por ejemplo); las guerras carlistas nada tuvieron que ver con un nacionalismo fraccionalista. Sencillamente, los vascos actuaron como españoles desde el momento en que ingresaron en la vida histórica, es decir, desde el momento en que dejaron de ser sólo un capítulo interesante de la antropología de los salvajes o de los pueblos neolíticos; y sus diferencias con otros pueblos peninsulares, no tuvieron mayor alcance que el que podían tener las diferencias entre estos otros pueblos entre sí. La Historia del País Vasco es una parte de la Historia de España y, en especial, de la Historia de la nación política española. Jamás fue el País Vasco algo que pudiera compararse a una colonia o a un Estado sojuzgado por los españoles. Por ello, equiparar el nacionalismo vasco que busca la independencia, con un movimiento de “liberación nacional” es una desvergonzada mentira.  El proyecto de nacionalismo radical que se incuba a finales del siglo XIX y a lo largo del siglo XX (a través de personajes de la catadura de Sabino Arana, Gallastegui, Krutwig, Txillardegi, y otros que tan admirablemente ha analizado Jon Juaristi) es sólo un caso particular de los proyectos de nacionalismos radicales que han ido surgiendo a partir de las naciones canónicas ya constituidas, como proyectos de naciones forjadas en el seno de las naciones canónicas preexistentes y como contrafigura de ellas.

El nacionalismo radical comienza reivindicando su condición de nación étnica, pero concibiendo esta nación étnica (que había sido elevada al plano político precisamente por su integración, junto con otras naciones étnicas, en la nación canónica) como si fuera ya por sí misma (e incluso anteriormente a su integración en la nación canónica) una entidad de rango político, renegando literalmente de su historia real. Una historia en la que había tenido lugar la elevación de una nación étnica a la condición de parte formal de una nación histórico-política. La condición de “renegados de España” podría definir, con una aproximación bastante exacta, la situación de los nacionalistas radicales; como ejemplo pondríamos, desde luego, a los vascos que reniegan de la historia de San Sebastián, llamándola “Donostia”; a los que reniegan de la historia de Vitoria, llamándola “Gasteiz”,  o a los que reniegan de la historia de Estella, llamándola “Lizarra”.

Pero “los hechos que ocurrieron ni Dios puede borrarlos”. No se trata de negar los poblados precursores, a veces romanos o celtíberos. Se trata de no confundir una alquería, o una aldea prehistórica, con una ciudad histórica. Por muchos años y décadas que transcurran en los tiempos venideros nadie podrá desmentir que San Sebastián no fue ciudad fundada por tribus vasconas, como tampoco lo fue Vitoria, ni Estella, ni Bilbao.

La clave ideológica de todo proyecto de nacionalismo radical es la mentira histórica. Por ello, es necesario afirmar que sólo a través de la falsificación y de la mentira, del moldeamiento de los jóvenes, al modo como se moldean los miembros de una secta “destructiva”, es decir, de la falsa conciencia de su propia realidad, el proyecto del nacionalismo radical puede echar a andar. Mientras que la nación canónica se funda sobre proyectos reales en los que hay invención verdadera de realidades nuevas, “creación” de estructuras políticas específicamente nuevas,  sobre situaciones preexistentes (dado que no es posible una creatio ex nihilo), el proyecto de nación radical sólo puede fundarse en la mentira histórica y esto, no sólo porque tiene que comenzar postulando, como históricamente  preexistente, una nación política que jamás pudo existir por sí sola, sino porque tiene que presentar también como una novedad específica un proyecto que es necesariamente vacío, puesto que sólo puede consistir en la escisión o segregación de una parte de la nación entera que la conformó políticamente, para reproducir en ella su misma estructura. Es la vacuidad del proyecto específico de esa nación futura (sin contenido específico nuevo, porque su contenido es, por decirlo así, a lo sumo, meramente numérico, el que es propio de un “Estado más”) lo que obliga a tratar de rellenar el vacío, o bien con imágenes poéticas de paisajes vividos en la adolescencia de los creadores (verdes helechos, recuerdos infantiles, como si esto tuviera algo que ver con la nación política), o bien con mitos históricos o con invenciones de naciones políticas dadas in illo tempore (por ejemplo, de la Atlántida).  La mentira histórica es sólo, en realidad, la proyección hacia el pasado histórico de la vacuidad del proyecto del futuro.  Se pretende retrotraer a los tiempos pretéritos los contenidos con los que se quisiera rellenar el porvenir: a veces la recuperación de una raza pura imaginaria (la raza vasca, la raza celta…); otras veces ese proyecto de raza se suaviza como “proyecto de etnia” (la etnia vasca, la etnia celta, la etnia layetana…). Al final se acaba concretando este contenido con el nombre sublime de la “cultura propia” reducida, sobre todo, a la lengua existente o regenerada supuestamente por la “normalización” (“vasco es quien habla euskera, aunque haya nacido en Extremadura” –aunque es más dudoso que pudiera extenderse el beneficio a quienes hayan nacido en el Senegal-; y “no es vasco quien no hable euskera, aunque tenga dieciséis apellidos vascos”).

Por ello, los nacionalismos radicales, al estar movidos por una voluntad de libertad-de, antes que por una voluntad de libertad-para (con objetivos específicos, distintos a los de una mera escisión), carecen de interés histórico y, desde luego, de la grandeza que pueda corresponder a algunas naciones canónicas. Lo único que en realidad puede resultar de un proyecto nacionalista radical es una unidad parasitaria (cuanto a la estructura de sus creaciones propias), en primer lugar de la nación canónica de la que procede por escisión, y, en segundo lugar, de las naciones canónicas a las que tendrá que asimilarse (en lengua y en cultura) si quiere formar parte del nuevo espacio internacional (una hipotética República de Euskadi autodeterminada, segregada de la nación española, sólo asimilándose a la cultura francesa o a la inglesa, podría formar parte de la “Comunidad Internacional”; dicho de otro modo: el nuevo Estado vasco soberano no tendría mayor alcance que el que pueda corresponder a una circunscripción administrativa de algún tercer Estado, o a un Imperio; su lenguaje privado, interesante para los filólogos, perdería incluso el interés científico a medida en que se transforme artificialmente en un idioma normalizado; la única diferencia con la situación actual consistiría en que, en el mejor caso, se habría producido una sustitución del español por el francés o por el inglés, es decir, en Euskadi siendo o haciendo parecidas cosas a las que hace desde siglos, pasaría a hablar inglés en lugar de hablar español, aunque esto es lo que se trata de demostrar por sus obtusos e interesados dirigentes).



Nación canónica: Dando por supuesto que el concepto de nación, en su acepción política, cristaliza en la época moderna en el contexto de la constitución de los Estados sucesores del antiguo régimen, llamamos naciones canónicas a las que efectivamente se han conformado o redefinido a escala de tales estados: Francia, España, después Alemania, Italia... La nación canónica, en su sentido político, se contrapone a la nación étnica, continuamente confundida, anacrónicamente, con la nación política. Los nacionalismos del siglo XX, contradistintos de los nacionalismos del romanticismo, pueden considerarse como proyectos de secesión de naciones canónicas preexistentes, por tanto, como naciones fraccionarias desde su mismo origen. Estas naciones fraccionarias no pueden ponerse en el mismo plano de realidad política de las anteriores, puesto que sólo existen en proyecto. Un proyecto que pretende confundirse con una pretendida realidad pretérita, apoyada en una prehistoria ficción que presenta como si se tratase de entidades efectivas supuestas sociedades políticas, generalmente definidas en términos inequívocamente racistas, pese al carácter enteramente gratuito de sus fundamentos (por ejemplo la celtomanía fantástica de algunos gallegos o asturianos, que olvidan que hubo más celtas en la Península Ibérica no fue en el norte sino precisamente en la meseta; la reivindicación de una mitología aria que se fundamenta en características cromosómicas, olvidando los componentes bereberes del cromosoma 6 de los vascos de ocho apellidos, &c.)

España en el Nuevo Mundo - Julián Juderías

España en el Nuevo Mundo. Julián Juderías, La leyenda negra

Grande sobre toda ponderación fue la obra de España en América. Leyendo las historias de aquella conquista y, sobre todo, las de aquella prodigiosa colonización, es como desaparecen todos los pesimismos con que pretenden amargarnos los sabios al uso. Hemos hablado ya del descubrimiento y conquista de aquellos territorios y del derroche de energía y de constancia que fueron necesarios para llevarla a cabo. ¿Qué decir ahora del tacto y de la energía que fueron necesarios para realizar en las recién descubiertas tierras la obra de la civilización y de cultura que tres siglos después iba a producir diez y ocho naciones?

“Antes –escribe Gómara-, refiriéndose a los indios, pechaban el tercio de lo que cogían y si no pagaban eran reducidos a la esclavitud o sacrificados a sus ídolos; servían como bestias de carga y no había año que no muriesen sacrificados a millares por sus fanáticos sacerdotes. Después de la conquista, son señores de lo que tienen con tanta libertad que les daña. Pagan tan pocos tributos que viven holgando. Venden bien y mucho las obras y las manos. Nadie los fuerza a llevar cargas ni a trabajar. Viven bajo la jurisdicción de sus antiguos señores, y si éstos faltan, los indios se eligen señor nuevo y el rey de España confirma la elección. Así, que nadie piense que les quitasen las haciendas, los señoríos y la libertad, sino que Dios les hizo merced en ser españoles, que les cristianizaron y que los tratan y que los tienen ni más ni menos que digo. Diéronles bestias de carga para que no se carguen, y de lana para que se vistan y de carne para que coman, que les faltaba. Mostráronles el uso del hierro y del candil, con que mejoraron la vida. Hánles dado moneda para que sepan lo que compran y venden, lo que tienen y lo que deben. Hánles enseñado latín y ciencias, que vale más que cuanta plata y oro les tomamos. Porque con letras son verdaderamente hombres y de la plata no se aprovechan muchos ni todos. Así que libraron bien en ser conquistados…”.

Como hace observar Coroleu, “una nación atrasada no es capaz de enseñar estas industrias, ni una raza cruel y exterminadora se complace en crear tales instituciones, ni cabe, en lo posible, que en el decurso de tan pocos años alcance tan maravillosos resultados un pueblo que no esté dotado de singularísimas cualidades para una obra tan ardua como la de colonizar y civilizar un mundo nuevo. Esto, en los tiempos modernos, sólo España lo ha hecho”.

“No se lee sin sorpresa en la Gaceta de Méjico, escribía Humboldt, que, a cuatrocientas leguas de distancia de la capital, en Durango, por ejemplo, se fabrican pianos y clavicordios…”. “Es una cosa que merece ser observada, que entre los primeros molines de azúcar, trapiches, construidos por los españoles a principios del siglo XVI había ya algunos movidos por ruedas hidráulicas y no por caballos, aunque estos mismos molinos de agua hayan sido introducidos en la isla de Cuba en nuestros días como una invención extranjera por los refugiados de Cabo Francés”.
Verdadero asombro causa el leer que los metales se trabajaban en la América española, a los pocos años de haber empezado la colonización con más perfección que en la península, como lo prueban las fundiciones de Coquinbo, de Lima, de Santa Fe, de Acapulco y otras; que las verjas, fuentes y puentes de aquella parte del mundo sobrepujaban en hermosura a las de Europa; que los altares, templetes, tabernáculos, custodias, lámparas y candelabros de oro, plata, bronce que salían de las manos de artífices hispanoamericanos podían sostener la comparación con las obras de Benvenuto Cellini; que, según el inglés Guthrie, eran admirables los aceros de Puebla y otras ciudades de Méjico; que según el mismo autor, las fábricas de algodón, lana y lino producían en Méjico, Perú y Quito tejidos más perfectos  que los de las más acreditadas fábricas de Francia e Inglaterra; que los cueros que se curtían allí de admirable manera; que las telas, mantas y alfombras de Perú, Quito y Nueva Granada eran estimadísimas y excelentes; que la fabricación de vidrio y loza era muy superior a la de Europa, en una palabra, que tenía razón Humboldt cuando decía que “los productos de las fábricas de Nueva España podrían venderse con ganancia en los mercados europeos”.

¿Dónde está, pues, la tiranía económica de España, ni cómo pueden acusarnos de haberla ejercido los ingleses, que hasta fines del siglo XVIII sostuvieron el criterio de que no debía fabricarse nada en sus colonias americanas para no perjudicar los intereses de las industrias de la Metrópoli? ¿No pidieron ya en el siglo XVI las Cortes de Castilla que se reprimiese la exportación a América, puesto que teniendo aquellas colonias primeras materias abundantes y hábiles artífices podían bastarse a sí mismas sin necesidad de la madre patria?

Dos elementos contribuyeron poderosamente a la organización de aquellas tierras a las cuales fue a parar lo mejor y lo más selecto de la sociedad española de la época: el elemento político representado por las leyes de Indias y el elemento religioso representado por las órdenes monásticas.

Los reyes de España, bueno es decirlo y afirmarlo frente a tanta ridícula y falsa afirmación como se ha hecho, jamás vieron en América una colonia de explotación, ni desde el punto de vista de las riquezas mineras, ni desde el punto de vista del comercio.  Las industrias se desarrollaron en el Nuevo Mundo merced al constante cuidado del Consejo de Indias, que allí enviaba labradores y artesanos, artífices y artistas, semillas y plantas, animales domésticos y aperos de labranza, y en cuanto al comercio distó mucho de ser un monopolio de los españoles, quienes a lo sumo se convirtieron en agentes del comercio europeo.

Es cierto que los indios fueron objeto de malos tratos en los primeros tiempos de la Conquista. ¿Pero lo fueron con anuencia de los reyes y de sus representantes como ha ocurrido en fecha reciente en algunas comarcas de África explotadas por naciones cristianas? Evidentemente no, y es más, los mismos historiadores españoles de las Indias achacan la muerte de no pocos conquistadores a un castigo divino de sus fechorías…  Los reyes, respondiendo a la misión que les competía, reprimieron severamente los abusos y dictaron la admirable colección de Leyes de Indias.

Paralelamente a la organización política que comienza con los cabildos y culmina en los virreyes, se desarrolla la organización de la cultura que comienza en las escuelas de las misiones, fundadas a raíz casi de la llegada de los españoles y tiene su manifestación más elevada y perfecta en las universidades de Méjico y Lima, fundadas en 1553 la primera y en 1551 la segunda y dotadas por Carlos V de todos los privilegios de que disfrutaban la Universidad y estudios de Salamanca. A principios del siglo XVII había en la Universidad de Lima cátedras de teología, derecho, medicina, matemáticas, latín, filosofía y lengua quichua y se conferían los grados con extraordinaria pompa, asistiendo a la ceremonia el virrey rodeado de su corte para dar público testimonio del interés que a la Corona inspiraba aquel establecimiento de enseñanza. En el Perú existían, además, la Universidad de San Antonio Abad del Cuzco, fundada en 1598 y los colegios de San Felipe y San Martín, en Lima, y otros en Arequipa, Trujillo y Guamangua. Antes de terminar el siglo XVI no solamente se imprimían y publicaban libros en el Perú, sino que estaban escritos por nacidos en el virreinato, como Calancha, Cárdenas, Sánchez de Viana y Adrián de Alesio.  En Méjico se enseñaba la medicina, el derecho, la teología, pero eran los mejicanos algo más tardos que los peruanos aunque más constantes en el esfuerzo.  Multiplicáronse los colegios en aquel virreinato; lo mismo las autoridades que los particulares, que las órdenes monásticas rivalizaban en celo por la enseñanza y un siglo apenas después del descubrimiento, ya había concursos literarios y científicos en la capital. “Así era cómo revelaba la raza conquistadora su rudeza, su despotismo y su empeño en mantener ignorante a la subyugada América para mejor explotarla. No creemos que ninguna nación culta y civilizadora haya hecho en tan poco tiempo lo que hizo España en aquellas regiones durante el siglo XVI, erigiendo edificios y fundando y dotando escuelas para la enseñanza de tantas ciencias. Y eso lo hacía mientras sus guerreros iban avanzando sin tregua en busca de nuevos territorios que agregar al imperio español y los misioneros les acompañaban –si ya no les precedían en sus exploraciones-, afanosos por convertir nuevas tribus a la fe cristiana, y los naturalistas organizaban caravanas científicas para enriquecer con miles de ejemplares, hasta entonces ignorados, el catálogo de las plantas científicamente clasificadas”.

Lo que España no hacía en su propia casa lo hacía en América. … Si se nos pregunta cuáles fueron los maestros de ciencias exactas en América, diremos que los frailes. Si se nos pregunta quiénes fueron sus discípulos, contestaremos que los blancos, los mestizos y los indios.

A principios del siglo XIX los peruanos, que habían estudiado en la Salamanca de América, en la Universidad de Lima, sostenían, quizá con razón, que estaban más adelantados que los españoles de la península. “En el Perú, decían, la instrucción es general, como el talento y la penetración de sus hijos y el amor al estudio”.
En la América española  había a principios del siglo XIX multitud de sociedades literarias, de academias, de museos… Las ciencias naturales estaban allí, sin disputa, más adelantadas que en Europa.

Un escritor inglés hace observar la diferencia esencial que se observa entre la América española y la inglesa: la de que no existe el odio de razas. “Podrán ser despreciados por débiles, ignorados como ciudadanos, maltratados y oprimidos, pero no excitan repulsión personal. No se les desdeña porque pertenecen a otra raza, sino por la inferioridad de sus condiciones. Así es que los americanos españoles no se conducen con los indios como los yanquis, los holandeses y los ingleses. No hay allí la aversión que se nota en California y Australia respecto a los chinos, indios y japoneses. Y añade Mr. Bryce, de quien traducimos estas palabras, que quizá se deba esta diferencia a la que existe entre el catolicismo y el protestantismo; al hecho de que el indio en las posesiones españolas nunca fue legalmente esclavo y a que los españoles, al llegar a ellas sin mujeres, consideraron como legítimos a sus hijos mestizos…”. Nada más exacto.

El día que Inglaterra nos demuestre que admitió a los indígenas de cualquier territorio sometido a su imperio al ejercicio pleno y entero de todos los derechos de la ciudadanía inglesa, y nos pruebe que tienen asiento en la Cámara de los Lores descendientes de antiguos reyes desposeídos por ella de sus Estados, o que envió a una colonia suya en calidad de virrey al descendiente de uno de esos reyes, entonces creeremos en su humanidad y en su justicia; mientras tanto, creemos en la nuestra.

Los hispano-americanos nos han combatido en otros tiempos. Ahora ha cambiado no poco su modo de pensar. Olvidemos los ataques y recordemos las alabanzas. “España, España, escribía el ecuatoriano Juan Montalvo, lo que hay de puro en nuestra sangre, de noble en nuestro corazón, de claro en nuestro entendimiento, de ti lo tenemos, a ti te lo debemos. El pensar grande, el sentir a lo animoso, el obrar a lo justo en nosotros son de España; y si hay en la sangre de nuestras venas algunas gotas purpurinas, son de España. Yo, que adoro a Jesucristo; yo, que hablo la lengua de Castilla; yo, que abrigo las afecciones de mis padres y sigo sus costumbres, ¿cómo la aborreceré?...”.

¿Cómo van a aborrecerla? ¿No ha creado España diez y ocho naciones que hablan su lengua y profesan su religión? ¿Qué nación puede enorgullecerse de algo semejante?