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Los Reyes Católicos y los judíos (tercera parte)


Aparece Torquemada

El nombre de fray Tomás de Torquemada se identifica hoy con el de una persona siniestra. Los datos documentales que acerca de él poseemos no permiten, sin embargo, apoyar tal leyenda. Es posible que se le haya concedido más protagonismo del que realmente tuvo. Descendiente de conversos y sobrino de un famoso cardenal que escribiera un tratado en defensa de éstos y lograra mucho éxito en las negociaciones que permitieron resolver el problema de la revolución husita en Bohemia, goza indudablemente de la confianza de la Sede romana. En aquellos momentos era prior de santa Cruz de Segovia. No fue maestro conocido y, por consiguiente, no se señalan intervenciones doctrinales de importancia, pero se esperaba de él que se moviese en la misma línea que defendiera un famoso tío: lo importante no era castigar a los conversos por sus desviaciones, sino conseguir que permaneciesen firmes en la doctrina de la Iglesia. 

El 18 de abril de 1482 Sixto IV redactaría una bula con instrucciones precisas, estableciendo garantías para los conversos que no se habían dado en los primeros momentos y que estaban acordes con las leyes y costumbres de la Iglesia:

- Los inquisidores, respetando las normas del Derecho canónico, tenían que someterse a la autoridad de los ordinarios de cada lugar, los cuales debían ser puntualmente informados de todas las actuaciones. 

- Los abogados defensores de los reos tendrían conocimiento de los nombres de los denunciantes y testigos y de las pruebas por éstos aportadas.

- Una vez pronunciada la sentencia, los condenados tenían derecho de apelación a Roma, la cual tenía que ser admitida y cursada so pena de excomunión. 

- Los conversos que hubiesen sido absueltos por los ordinarios de cada lugar, cumpliendo la penitencia conveniente, no podrían ser juzgados por los inquisidores.

- Del mismo modo los reconciliados -el acto en principio era estrictamente privado- podían hacer público su perdón, convirtiéndose así en escudo contra las denuncias. 

No cabe duda de que con esta bula se restablecía una considerable parcela de justicia, de acuerdo con la doctrina de que la Iglesia era custodia. Fernando la rechazó, escribiendo a Salvio Casseta que de ninguna manera estaba dispuesto a admitir salvo a aquellos inquisidores por él recientemente nombrados. Esto nos obliga a introducir una importante rectificación a la noticia que suele incluirse en los libros de texto: no fueron los reyes sino la Sede romana -o la Orden de los dominicos- quien introdujo el nombre de Torquemada. 

El gobierno de Torquemada

En aquella época la represión por motivos religiosos -pronto se sumarían a ella los protestantes- estaba considerada en toda Europa como deber primordial del Estado. 

No han podido detectarse con precisión casos en que fuera aplicada la tortura.

Torquemada es el verdadero creador del Consejo de la Santa Inquisición, que se reunió por primera vez en Sevilla el 29 de noviembre de 1484. 

El primer auto de fe vallisoletano tuvo lugar el 19 de junio de 1489 con 18 ejecuciones, de las que algunas fueron solamente en efigie. Hemos de admitir, pues, que la que actualmente consideramos como “opinión pública” se manifestaba de acuerdo con los rigores de la Inquisición, sin que hayan llegado a nosotros criterios discordantes. A esto se acomodaron los reyes, aunque no puede decirse que intervinieran para estimular los odios y sí, en contadas ocasiones, para mitigarlos. 

Los Reyes Católicos y los judíos - Luis Suárez (Segunda parte)


La Inquisición nueva

Apareció, tras las conversaciones con el nuncio, la Inquisición, que se diferenciaba de la antigua en que no era mero procedimiento judicial. En octubre de 1477, Nicolás Franco había comunicado a Isabel la preocupación que el papa Sixto IV sentía a causa de los informes que estaba recibiendo acerca del problema de los conversos. Franciscano, el Pontífice compartía las preocupaciones de los mendicantes. A estas noticias se sumaron otros datos que los propios reyes recogieron durante su estancia en Sevilla; conocemos su reacción por un documento muy tardío, de 1507, ya muerta Isabel; en él Fernando, que se expresa en primera persona, justificaba el rigor de las primeras actuaciones inquisitoriales diciendo que si aquellas denuncias “nos las dijeran del Príncipe, nuestro hijo, hubiéramos hecho lo mismo”. Tenemos aquí un testimonio irrefutable acerca de uno de los aspectos fundamentales de la cuestión: Fernando e Isabel no parecen haber sentido la menor duda acerca de sus actuaciones que consideraban fruto del deber. La responsabilidad en este aspecto no ofrece la menor duda.

Estamos ahora en condiciones de saber cuáles eran las tres principales acusaciones que se formulaban contra los conversos, las cuales fueron absolutamente creídas. Esto no significa que debamos considerarlas verdaderas. Sirvieron de punto de partida para la dura persecución:

- Los conversos, cristianos únicamente de nombre, seguían practicando la ley mosaica, leyendo y obedeciendo el Talmud y guardando las fiestas y ritos propios del judaísmo. Rechazaban el dogma de la Trinidad y, consecuentemente, la divinidad de Jesucristo. Por eso evitaban la palabra de Dios, que les sonaba a plural, y la sustituían por “el Dio”. Despreciaban la virginidad y fomentaban toda clase de relaciones sexuales.

- Buscaban por todos los medios la acumulación de riquezas a fin de disponer de grandes fortunas que les permitiesen acceder a oficios desde los que fuese posible ejercer poder sobre los cristianos. 

- Estaban inclinados a la brujería. Eran muchos los cristianos ignorantes o malévolos que consideraban al Qabbalah -el alfabeto hebreo- como un libro de conjuros mediante los cuales se provocaba la intervención del Diablo. Las postrimerías del siglo XV fueron prolíficas en toda clase de supersticiones: brujos y astrólogos proliferaban en las Cortes de los príncipes; uno de los criados del arzobispo Carrillo fue condenado a la hoguera por brujería. Palancia afirma que el prelado se dejaba guiar por este tipo de supersticiones.

Las instrucciones que se entregaran a Nicolás Franco en Roma insistían en calificar tales delitos como síntomas de la mayor gravedad. En Sevilla se habló de la necesidad de recurrir el procedimiento inquisitorial como se había proyectado ya en época de Enrique IV. Pero los reyes se quejaron de la escasa eficacia del mismo, al encomendarse a dos obispos; era imprescindible que el Pontífice les otorgara facultad para escoger a los inquisidores fuera del ámbito de la autoridad dominicana -aunque ellos pensaban recurrir a frailes predicadores-, prestándoles en consecuencia todo el apoyo que necesitaban desde el aparato del Estado. Sixto IV aceptó la propuesta y el 1 de noviembre de 1478 (bula Exigit sincera devotionis) se dio el paso decisivo que permitiría crear una Institución dentro de la Monarquía española, aunque conservando su carácter eclesiástico. Años más tarde Sixto IV se daría cuenta del error cometido tratando de rectificar sin sin conseguirlo nunca del todo. 

Gregorio IX había establecido el requisito del previo procedimiento inquisitorial, reservado a los dominicos, como un medio de defensa de los fieles, una vez que el emperador y los reyes incluyeran la herejía entre los más graves delitos, a fin de impedir que los soberanos temporales se sirviesen de ella como un medio de persecución contra sus enemigos políticos: la Iglesia exigía que antes de que pudiera aplicarse un castigo, fuese imprescindible que los inquisidores (literalmente averiguadores) declarasen que el delito efectivamente existía. Invocando razones de eficacia, la bula de 1478 -el Papa diría luego que se había presentado la petición en forma mu “general y confusa”- permitía a la Corona escoger dos o tres eclesiásticos mayores de cuarenta años, bachilleres o maestros en Teología, de reconocida virtud y probados mediante examen, y convertirlos en verdaderos funcionarios suyos para persecución del delito específico de la “herética pravedad”. Se invertían, pues, los términos respecto a la intención inicial de la Iglesia, cuya misión consiste en perdonar, absolver y defender; prestaba sus medios para una operación de represión. Se brindaba al Estado -como sucedería en la segunda fase- la posibilidad de servirse de la “herética pravedad” como instrumento contra sus enemigos. 

El 27 de setiembre de 1480, estando en Medina del Campo, Fernando e Isabel nombraron los dos primeros inquisidores, con competencia limitada al ámbito de Sevilla: se trataba de los dominicos Fran Miguel de Morillo y Fran Juan de san Martín, a los que se sumaron dos ayudantes, López del Barco y Juan Ruiz de Medina, que no lo eran; lógicamente estaban capacitados para contratar otro personal subalterno. Coincidiendo con este nombramiento se cursaron disposiciones que tendían a hacer más rigurosa la dificultad para el trato de judíos con cristianos en Sevilla. Recordemos que la Inquisición no tenía poderes para procesar o juzgar a los judíos. 

Reaccionan los dominicos

No se han conservado los procesos inquisitoriales de esta primera etapa, de modo que estamos obligados a servirnos únicamente de noticias proporcionadas por los cronistas. Según Pulgar que, pese a la oficialidad de su Crónica, no puede evitar el tono pesimista, al publicarse el “edicto de gracia”, con que los inquisidores debían comenzar sus actuaciones, quince mil conversos se acogieron a él: implicaba una confesión de culpas  la imposición de una penitencia, en grado diverso, cumplida la cual se consideraba que los afectados quedaban integrados en la comunidad cristiana sin ulteriores dificultades. La cifra debe ser puesta en sospecha como todas las que manejan las crónicas. Continúa diciendo que los inquisidores, procediendo con “rigor inusitado”, pronunciaron 2.700 penas de muerte, como respuesta a herejía no confesada ni arrepentida. Aun suponiendo que la cifra sea correcta se debe tener en cuenta que incluía los condenados en ausencia, que no pudieron ser hallados, y los difuntos cuya memoria de este modo se maldecía. 

El lugar de las ejecuciones se fijó en Tablada, fuera de la ciudad. Alfonso de Palencia, testigo presencial y menor reticente que Pulgar, dice que allí fueron quemados, vivos o muertos, 500 reos. No tenemos tampoco seguridad absoluta de la corrección de tales cifras. Un dato importante que ambos cronistas recogen, y que se ve confirmado por documentos posteriores, es que Isabel, “estimando en poco la disminución de sus rentas y reputando en mucho la limpieza de sus tierras”, apoyó el rigor con que actuaron estos primeros inquisidores. La justicia parecía identificarse con la falta de misericordia, que es típica en las acciones represivas de todos los tiempos. 

Como en toda represión existen aspectos que no pueden ser medidos por medio de cifras. Todo aquel que había pasado por la humillante experiencia de una “reconciliación” pública, quedaba marcado para siempre como persona degradada. Es cierto que, pasados estos primeros años, habiendo recuperado la jerarquía católica una parte de la dirección, los castigos se hicieron menos graves, hasta el punto de que los investigadores actuales, cotejando cifras, llegan a descubrir que las sentencias capilares de la Inquisición fueron de número inferior a las que en otros países pronunciaban tribunales ordinarios en relación con los mismos delitos, pero ello no impide reconocer el daño profundo que, para la Iglesia misma, suponía poner una parte de sus efectivos al servicio del Estado para persecución de aquellos a quienes se consideraba enemigos de la “república de estos Reinos”. Puede decirse con los datos que poseemos que los otros tribunales especiales fuera de España fueron peores para sus víctimas, pero no es menos cierto que la Inquisición significó para la Iglesia y para la Monarquía católica, un serio perjuicio. 

Franco desde una perspectiva histórica -3ª y última parte-


Fuente: Franco, una biografía personal y política. Stanley G. Payne - Jesús Palacios

Una dictadura no es una escuela formal de demócratas, y Franco no fue responsable de la democratización de España, aunque, paradójicamente, bajo su mandato el pueblo español fue capaz de desarrollar la mayoría de los presupuestos que se exigen a un pueblo democrático. 
Con el paso del tiempo, las encuestas de opinión han registrado valoraciones más negativas sobre Franco que las que se hicieron en los primeros años tras su muerte. La generación que ha vivido y conocido más el franquismo ha dado respuestas más positivas que la de los más jóvenes, pero quizá esto no debe sorprendernos. Las encuestas de opinión en el siglo XXI, por ejemplo, reflejan una visión negativa de la época de Franco en un porcentaje superior al doble de quienes la ven de manera positiva. Por lo general, alrededor del 40 por ciento considera su mandato como una mezcla de aspectos positivos y negativos, una valoración bastante razonable para un proceso histórico tan complejo. 
Franco y su régimen representan la culminación de un proceso y la conclusión de una larga época de conflictos entre tradición y modernidad que duró dos siglos, desde el reinado de Carlos III hasta 1975. En algunos aspectos Franco puede considerarse la última gran figura del tradicionalismo español, y bajo dicha perspectiva, Franco, con sus políticas y valores, significó un final más que un principio. Tuvo éxito en aspectos clave de la modernización y liquidó para siempre ciertos problemas del pasado, aunque otros simplemente se pospusieron hasta después de su muerte. Debido a sus valores y a sus tendencias políticas, no pudo construir la nueva España del futuro ni en la forma que había previsto ni en la que adquiriría tras su desaparición. 
A pesar de la aparente sencillez de algunas de sus ideas fundamentales y de sus declaraciones principales, Franco fue una personalidad histórica compleja que tuvo que resolver una variedad inusual de contradicciones. Comenzó siendo un débil adolescente, aparentemente frágil e insignificante oficial, para convertirse en el general más joven y distinguido del ejército. Monárquico por convicción, aceptó a regañadientes la legitimidad de una república democrática. 
Aspiró a tener un imperio con el apoyo de Adolf Hitler, con el que acabó poniendo distancias, y abandonó años después todas las posesiones españolas en África prácticamente sin violencia. Se manifestó contrario a las democracias liberales occidentales, pero acabó negociando importantes pactos con Estados Unidos para la defensa y cooperación, aunque siempre se mantuvo en guardia convencido de que el mundo occidental estaba siendo socavado por la masonería, su bestia negra.
Fue un anticomunista visceral que habló con admiración de Ho Chi Minh, líder del nacionalismo vietnamita, y aconsejó a Lyndon Johnson que no siguiera adelante con la guerra de Vietnam, porque Estados Unidos la perdería. 
La importancia de Franco en la historia de España radica, en primer lugar, en la larga duración de su mandato, que marcó el destino político del país entre 1936 y 1975, y en segundo término, en los profundos cambios que se llevaron a cabo durante dicho periodo, muchos de ellos diseñados y preparados bajo su jefatura, otros consecuencia o producto de sus políticas y algunos que contradecían directamente sus propias intenciones. El régimen y la época de Franco marcaron la conclusión de un largo y convulso periodo en la historia de España y abrieron el camino –aunque no fuera lo pretendido- hacia una era más prometedora, aunque Franco, como Moisés, tuvo que quedarse en la orilla sin cruzarla. Su carácter, su personalidad y sus valores no selo permitieron: fue el Caudillo militar de una sociedad conservadora que en gran medida había dejado de existir incluso antes de su propia muerte. 

Franco desde una perspectiva histórica -2ª Parte-


Fuente: Franco, una biografía personal y política. Stanley G. Payne - Jesús Palacios


Debemos resaltar que la dictadura de Franco no fue una dictadura militar, sino la dictadura de un militar.


La Falange le fue útil a Franco para "cubrir el expediente" y maquillar su régimen durante un tiempo. Ismael Saz ha definido el régimen de "fascistizado"  y no totalmente fascista, lo que parece bastante exacto.


Franco no era un líder fascista carismático, como sí lo eran Hitler o Mussolini, pero el trauma de la Guerra Civil, unido a su completa victoria en la guerra, le proporcionó de facto un importante grado de legitimidad, e incluso cierto atractivo como vencedor, así como un elemento de carisma tradicional como defensor de la religión y de la cultura secular. En cierto modo, su poder se desarrolló como el de un monarca electivo; un poder que derivó en absoluto tras su designación por la Junta de Defensa Nacional. Salvando las distancias, un modelo y referente histórico podría ser Napoleón Bonaparte. Franco utilizó ciertos procedimientos bonapartistas, como el referéndum (aunque real) y la diarquía institucional, con un Consejo Real que garantizaba la legitimidad, continuidad y autoridad, aunque no resultara como la había planeado. También hay algún paralelismo con el reinado de Enrique de Trastámara, vencedor de la gran guerra civil de Castilla, de la década de 1360. Enrique no tenía legitimidad dinástica, que recaía en su rival, pero se presentó como el defensor de la religión, la ley y la tradición, en oposición a la heterodoxia y el despotismo arbitrario de Pedro el Cruel. La ayuda extranjera también desempeñó un papel importante en su victoria, aunque el reinado de Enrique no marcó una ruptura tan abrupta como el gobierno de Franco.
A pesar de los numerosos caudillos y dictaduras militares en la historia de Hispanoamérica, no hay evidencias de que Franco se viera influenciado por alguno de ellos (por el contrario, varios regímenes hispanoamericanos sí pudieron recibir la influencia de Franco). Con la principal excepción de Argentina, entre 1945 y 1950, los medios de comunicación españoles reflejaron a menudo cierto grado de ambigüedad respecto a os regímenes autoritarios del hemisferio occidental. La censura prohibió que se aplicara el término "caudillo" a cualquier dictador hispanoamericano, por temor a que originara confusión con el concepto original español.


La experiencia de España y de su dictadura entre 1945-1948 fue única en los anales de los estados contemporáneos occidentales. Franco se mantuvo firme e imperturbable, cualidades necesarias para su supervivencia política, con el respaldo de la mayoría de los sectores que lo habían apoyado en la Guerra Civil. La excepción de don Juan y de un pequeño grupo de monárquicos resultó irrelevante. Nunca se sabrá qué porcentaje exacto de la población apoyaba verdaderamente a Franco, pero lo que es evidente es que la gran mayoría no quería someterse a otra convulsión. De ahí el escaso apoyo popular a la insurgencia de la guerrilla comunista de los maquis y anarquistas, que pretendían reactivar la Guerra Civil, aunque a menudo sus acciones no fueron más que simples actos terroristas. Desde el punto de vista exterior, fue muy negativo para el conjunto de la oposición a Franco el que las autodefinidas "fuerzas democráticas españolas" se postulasen ante Naciones Unidas como alternativa, porque dichas "fuerzas democráticas" habían dejado de existir en la primavera de 1936, fueron represaliadas por ambos bandos durante la guerra y carecían de representación en el Frente Popular. Julián Marías observaría más adelante con acierto que la mayoría de los españoles "esperaban con calma y sin prisa" la evolución del régimen de Franco, comprendiendo que no podrían haber esperado nada mucho mejor si el otro bando hubiera ganado. La única oposición activa no procedía de ninguna "fuerza democrática", prácticamente inexistente, sino de los comunistas y anarquistas, que no se diferenciaban en nada de los revolucionarios que, en primer término, habían provocado la Guerra Civil. 


El aspecto más novedoso del gobierno de Franco no fue el radicalismo político de su pseudofascismo, sino su esfuerzo por restaurar el tradicionalismo cultural y religioso, algo sin parangón en ningún otro país europeo, ni siquiera Portugal. 


Respecto a sus políticas, Franco fue siempre un pragmático dispuesto a llevar a cabo ajustes fundamentales si era absolutamente necesario. Aunque a veces era bastante terco (como en su política internacional en 1943-1944), si los ajustes eran necesarios, siempre terminó realizándolos. 


Muchos de sus críticos han mantenido que su único principio era aferrarse al poder todo el tiempo que pudiera y a costa de lo que fuera. En última instancia la idea es correcta, porque casi desde el mismo inicio de su régimen tomó la decisión de que solo dejaría el poder camino del cementerio, como afirmó en un par de ocasiones. En esta determinación estuvo profundamente influenciado por el amargo destino de Primo de Rivera en 1930 y por el cruel de Mussolini en 1943 y 1945. Franco creía que cabalgaba sobre un tigre del que nunca podría bajarse con seguridad. 


Nunca lo arriesgó todo a una sola jugada o a una posición fija, aunque esto no oculta el hecho de que sus principios básicos jamás se vieron comprometidos: autoritarismo, monarquismo, tradicionalismo religioso y cultural, una política económica desarrollista y nacional, el bienestar social y la unidad nacional. 


En 1956, un crítico tan duro como Herbert Mathews no lo definió como fascista, sino como "fascistoide". Y en la década de los sesenta, aunque pareciera excesivo, los analistas utilizaron términos como "régimen autoritario", "corporativismo", "autoritarismo conservador" e incluso "pluralismo unitario limitado". 


Franco sabía bien que era el "último dictador fascista que quedaba" entre la mayor parte de los jefes de Estado del mundo occidental. En este sentido es interesante comparar las actuaciones de Franco con las de Tito (Josip Broz) y las posiciones que se adoptaron con uno y otro después de 1948. Tito, como Franco, llegó al poder tras una guerra civil revolucionaria, que en su caso ganaron los revolucionarios, y pese a que utilizó la propaganda para hacer lo contrario de lo que decía, se dedicó a combatir con mucho más ahínco a los contrarrevolucionarios que a luchar contra los italianos y alemanes. Tito también tuvo que recurrir a la ayuda militar extranjera (en su caso, del ejército rojo) para hacerse con el control del país. El baño de sangre que hubo en Yugoslavia tras la represión de 1945 y 1946 fue, en términos absolutos, aún mayor que la que se registró en España entre 1939 y 1942, y la violencia se ejerció con mayor brutalidad, con ejecuciones en masa y a gran escala. En su primera fase, la nueva dictadura de Yugoslavia fue incluso más extrema, inspirada directamente en el modelo represivo de la Unión Soviética. 


Posteriormente, las circunstancias internacionales provocaron el cambio hacia la moderación tanto en Yugoslavia como en España, con solo algunos años de diferencia. El régimen de Tito se transformó en una dictadura no totalitaria con un semipluralismo limitado, lo que suponía una herejía para la ortodoxia marxista-leninista. Constituía un agudo contraste respecto a otros regímenes comunistas, del mismo modo que el régimen de Franco lo era respecto a las potencias del Eje. Pero incluso en sus años finales, la dictadura de Tito siguió siendo más autoritaria y represiva que la de Franco (a pesar del semifederalismo yugoslavo y la muy limitada autogestión en las fábricas) y no pudo alcanzar un nivel equivalente de progreso cultural, social y económico. La muerte de Tito no fue seguida de una democratización, sino que primero adquirió una forma de autoritarismo colegiado, y después dio lugar a una guerra civil genocida como consecuencia de un proceso separatista y de la destrucción de Yugoslavia. Y resulta curioso constatar cómo a Tito se le elogió a menudo en la prensa occidental y se le definió como un gran reformista y un innovador, llegando a recibir de los países occidentales una ayuda internacional considerablemente mayor que la que jamás le ofrecieron a Franco. 


Los puntos oscuros de la biografía de Franco fueron tres: la represión al finalizar la Guerra Civil, su política favorable al Eje durante la Segunda Guerra Mundial y la larga represión que hubo en España durante una parte de su dictadura. Las tres acusaciones son evidentemente ciertas. Pero la represión de Franco, en cuanto al número de vidas perdidas, no fue peor que la de otros vencedores en guerras civiles revolucionarias -en realidad, fue más moderada-.


Pensar que una hipotética tercera república caótica, fuertemente dividida y violenta lo habría hecho mejor requiere una considerable dosis de voluntarismo irreal. Debe tenerse en cuenta que fue el Frente Popular, y no Franco, el que creó unas condiciones de guerra civil haciendo un uso arbitrario del poder en 1936, y que el regreso a la democracia abierta entre abril de 1931 y febrero de 1936 resultaba impensable, tal y como algunos izquierdistas relevantes, como Gerald Brenan, han admitido a regañadientes. 


Los críticos más severos de Franco le han acusado de cargos abominables, como el de ser el peor y el más sanguinario de todos los dictadores de Occidente, incluso más cruel que Hitler, puesto que hubo más ejecuciones en los primeros seis años del régimen del Generalísimo que en el tiempo de paz del Tercer Reich, entre 1933 y 1939. Obviamente, una dictadura en tiempos de paz y una guerra civil revolucionaria no constituyen lo que los sociólogos demoscópicos llamarían "elementos comparables". Siguiendo el mismo razonamiento anacrónico, podría decirse que la República democrática de abril de 1931 a febrero también fue peor que el Tercer Reich en tiempos de paz, porque se registraron más asesinatos políticos y hubo focos de insurgencia y hasta una miniguerra civil. 


La hipérbole de las críticas ha adquirido una nueva dimensión al inicio del siglo XXI con la movilización de la llamada “memoria histórica”, que acusa a Franco de todos los males cometidos por cualquier dictadura en cualquier parte del mundo durante el siglo pasado. Si Hitler llevó a cabo un Holocausto contra los judíos, Franco también fue culpable de un “holocausto” en España; si los turcos y otros fueron responsables de terribles genocidios, Franco también tuvo que cometer un “genocidio”, y si las víctimas de la izquierda desaparecieron durante las dictaduras de Sudamérica, entonces Franco también fue responsable de “desapariciones”.

Durante sus primeros años de gobierno tras la Guerra Civil, su régimen fue represivo en extremo y se ejecutó a unas 30.000 personas (a algunos por “crímenes políticos”), y durante décadas mantuvo a una sociedad dividida entre vencedores y vencidos. Con las excepciones de Álava y Navarra, los fueros regionales, los derechos y las distintas lenguas y culturas fueron reprimidos, aunque la permisividad fue en aumento en lo referente a la lengua y la cultura en la década de los sesenta, lo que permitió un importante reflorecimiento de estas durante los  últimos años del régimen. En términos económicos, las provincias vascas disfrutaron de una posición privilegiada. 
El autoritarismo político estuvo acompañado de favoritismos, de monopolios económicos y, a menudo, de una considerable corrupción, ligada al peculiar funcionamiento del régimen. Pese a todo, ni Franco ni Carrero Blanco saquearon las arcas del estado ni malversaron fondos públicos, y la honestidad y la eficacia de la burocracia estatal aumentaron notablemente en los últimos años del régimen. Después de los años cuarenta no se produjo nada equiparable a la masiva y directa corrupción de los gobiernos socialistas españoles de 1982 a 1996 y de 2004 a 2011, o de los gobiernos de centro derecha entre 1976 y 1981, de 1996 a 2004 y de 2011 en adelante. Y esto viene siendo así porque en la España formalmente democrática desde 1977 se ha instalado un sistema de corrupción sin límite que afecta a todas sus instituciones, administraciones y gobiernos. 
Uno de los libros más difundidos y leídos sobre un dictador moderno, Hitler: A Study in Tyranny, de Alan Bullock, concluye con la descripción de una Alemania en ruinas y cita el aforismo romano: “Si buscas su monumento, mira alrededor”. Si aplicamos este método a Franco, el observador encuentra un país que alcanzó su mayor nivel de prosperidad de su larga historia, que llegó a ser la novena potencia industrial del mundo, con la “solidaridad orgánica” de la gran mayoría de la población, que había aumentado considerablemente, y una sociedad bien preparada para la convivencia pacífica y para un nuevo proyecto de democracia descentralizada. La política de Franco ha recibido, y sique recibiendo, juicios muy extremos y radicales por parte de la izquierda, sin que esta haya sido capaz de despojarse de su tabúes o mantras “guerracivilistas” para emitir una valoración equilibrada. 
Una década después de la muerte de Franco, en una de las principales publicaciones norteamericanas se publicó un artículo que sentenciaba: “Lo que en realidad consiguió fue la protomodernización de España (…) Franco dejó España con unas instituciones dirigidas por una élite económica tecnocrática y una moderna clase dirigente que hicieron posible que el que fuera en tiempos de su guerra civil un país agrícola y pobre consiguiese unos recursos productivos necesarios y unos niveles de vida cercanos a los de sus vecinos del sur de Europa. ¿Pudo ser esto lo que la Guerra Civil dilucidó? La respuesta a esta última pregunta es “no”, pero el planteamiento general está bien traído. 
La legión de críticos de Franco censuran por superficial cualquier conclusión positiva sobre su régimen, e insisten en que los grandes avances logrados durante su mandato fueron solo producto de las circunstancias, que no tuvieron nada que ver con él y que se produjeron a su pesar. En algunos aspectos esta observación es correcta, aunque suele aplicarse de una forma demasiado categórica. 
Lo que a Franco le llevó dos décadas, a la China comunista le llevó casi el doble de tiempo, y en una fase posterior y más avanzada de la economía mundial, aunque lo cierto es que al régimen chino esto le supuso un cambio aún más drástico.


La dictadura militar del general Park Chung-hee, que dirigió Corea del Sur desde 1961 a 1974, pudo ser el régimen no europeo que en algunos aspectos más se asemejó al de Franco, pero se pueden encontrar variantes del “modelo Franco” en diversos países incluso en el siglo XXI.
Franco no fue rey, pero actuó tácitamente como un poderoso monarca investido de todos los poderes absolutos. Y sin ser rey, fue hacedor de reyes.


Franco consiguió uno de sus principales objetivos: un notable incremento de la cooperación y la solidaridad social. Esto se apoyó en el corporativismo nacional, en el crecimiento económico y en la redistribución de la renta nacional por medio de cambios estructurales, más que en la subida de impuestos, así como en la prohibición de políticas partidistas.

Si bien debe reconocerse que la calidad de la educación primaria y secundaria, a principios de los setenta, alcanzó un nivel respetable y que, en ciertos sentidos, la “democratización” posfranquista de la educación bajó su calidad. 
Paradójicamente, otra característica de la modernización institucional que logró Franco fue la relativa despolitización del ejército, por más que su régimen comenzara como un gobierno militar y que Franco siempre fuera muy claro a la hora de confiar en los militares para evitar la desestabilización. Mantuvo una relación especial con sus generales, si bien a cierta distancia, manipulándolos, cambiando y rotando a los altos mandos, con el fin de evitar cualquier concentración de poder en sus manos. El hecho de que hubiera militares en tantos puestos ministeriales y administrativos, sobre todo durante la primera mitad del régimen, oculta el hecho de que Franco impidió la interferencia militar en el gobierno y eliminó cualquier posibilidad de que se creara un colectivo independiente, o de que los militares tuvieran un papel institucional más allá de su propia esfera profesional. Los oficiales que ocuparon cargos civiles lo hicieron como administradores individuales en instituciones del Estado, y no como representantes corporativos de las fuerzas armadas. La relativa desmilitarización de los presupuestos estatales, debido no tanto al respeto de Franco por la educación como a su reticencia a gastar dinero en una modernización de las fuerzas armadas que pudiera alterar su equilibrio interno.
Desde su propio punto de vista, su mayor fracaso estuvo en la imposibilidad de sostener el resurgimiento neotradicionalista religioso y cultural que subyacía en el régimen. Esto no se debió a la falta de esfuerzo, sino a que la modernización cultural fue la contrapartida inevitable de la transformación económica y social que se produjo a gran escala, junto a la sorprendente liberalización que tuvo lugar en el seno de la Iglesia católica y romana durante la década de los años sesenta. Franco fue consciente de las contradicciones que se producirían, lo que en parte contribuyó a su reticencia a alterar su política de autarquía económica  y a levantar las barreas proteccionistas en 1959. La continuación de su régimen se volvió imposible no tanto por el hecho de su muerte –el fallecimiento de Salazar no trajo consigo el final de su régimen- como por la desaparición del marco social y cultural en el que originalmente se había basado. La sociedad y la cultura franquista e habían erosionado mucho antes de que el Caudillo expirara. Además, la ausencia de una ideología clara después de 1957 hizo muy difícil cualquier consenso que apoyara una ortodoxia franquista que pudiera desarrollarse entre las élites del régimen durante sus últimos años. 
El nuevo “modelo español” de democratización sirvió a partir de entonces de referencia para la democratización posterior de un número importante de sistemas autoritarios de Sudamérica y del este de Asia. 
A menudo se ha planteado hasta qué punto Franco previó o intuyó unas consecuencias como las que se dieron, pero, a falta de cualquier prueba relevante, la pregunta no puede contestarse con certeza. En la década de los sesenta Franco expresó su convicción de que el florecimiento en Occidente de los países capitalistas con regímenes liberales y democráticos solo era una fase temporal, que daría paso a sistemas con un mayor poder central del estado y de corte más autoritario. Adolfo Suárez, el presidente del gobierno que lideraría la Transición hacia la democracia en sinergia con el rey Juan Carlos, declaró que cuando informó a Franco sobre UDPE (la “asociación política” promovida por el Movimiento), tan solo unas semanas antes de su fallecimiento, el Caudillo le preguntó si el Movimiento podría perpetuarse después de él. Suárez le contestó que creía que no, y Franco le preguntó si eso significaba que el futuro de España sería inevitablemente “democrático”, a lo que Suárez contestó afirmativamente. Franco se le quedó mirando, se dio media vuelta y no dijo nada. El problema de esta anécdota es su credibilidad, pues Suárez llegaría a contarla con versiones diferentes. 
Lo que está más contrastado es la insistencia de Franco al príncipe de que el nuevo rey no podría gobernar como él lo había hecho. Franco sabía que Juan Carlos haría cambios y que serían en una dirección más liberal. Después de todo, el propio Franco había hecho lo mismo en varias ocasiones. El problema estaba en que Juan Carlos había jurado lealtad a las Leyes Fundamentales, y Franco confiaba en que se mantendría buena parte de la estructura sustancial del régimen, incluso su formulación íntegra. Es más que probable que en sus últimos meses comprendiera que eso no ocurriría, pero entonces ya estaba demasiado débil y nada podía hacer, salvo permanecer al mando hasta que su salud se quebrantase definitivamente y traspasar después las riendas del poder. No importa mucho que creyera o no en que la democracia llegaría a ser estable en España, pues él seguía dudando de que los españoles hubieran aprendido a cooperar eficazmente. 

George Orwell, Ensayos


Ay, qué alegrías aquellas. 1939 (?)- junio de 1949 (?)

En general, los recuerdos que uno tenga sobre cualquier etapa de su vida se debilitan por fuerza a medida que uno se aleja de ella. Uno aprende de continuo nuevas realidades, y las de antaño han de dejar paso a las nuevas. A los veinte años podría haber escrito la historia de mis años escolares con una exactitud que ahora me resultaría imposible. Pero también puede darse el caso de que los propios recuerdos se intensifiquen tras un largo periodo, porque uno contempla el pasado con la mirada limpia y, por así decirlo, porque uno contempla el pasado con la mirada limpia y, por así decirlo, repara en hechos que previamente habían existido de manera indiferenciada, entre muchísimos más. He aquí dos cosas que en cierto modo recordaba, pero que no me llamaron la atención por su extrañeza, por su interés, hasta hace relativamente poco. 

Evelyn Waugh (inacabado, abril (?) de 1949

En 1895 cuando encarcelaron a Oscar Wilde, habría hecho falta mucha valentía moral para defender la homosexualidad. Hoy no requeriría ninguna; una acción equivalente sería, tal vez, defender el antisemitismo. Pero eso nos recuerda que nos se puede juzgar el valor de una opinión solo por la valentía que hace falta para defenderla. Todavía existen la verdad y la falsedad, es posible defender una creencia verdadera por motivos equivocados y, aunque tal vez no se haya producido ningún avance en la inteligencia humana, las ideas predominantes en una época a veces son claramente menos estúpidas que las de otras. 

Franco desde una perspectiva histórica -1ª Parte-

Fuente: Franco, una biografía personal y política. 


Franco escribió su nombre en toda una época de la historia de su país, e incluso algunos de sus enemigos reconocieron que había llegado a ser la figura más importante de España desde los tiempos de Felipe II.


Perteneció a la época de los grandes dictadores europeos: Mussolini, Stalin y Hitler. Franco fue el cuarto en importancia del grupo, pero se puede decir que era el más normal de los cuatro y, tal vez por ello, el que tuvo más acierto.


Franco nunca mandó ejecutar a una persona que hubiera sido un estrecho colaborador, como sí hicieron Hitler, Stalin y Mussolini.


De hecho, Franco, casi nunca habló mal de nadie, salvo en abstracto. Comparado con los otros tres dictadores, tampoco sufrió de aberraciones sexuales ni de excesos; fue el único de los cuatro completamente fiel y devoto esposo y padre, así como el único cristiano del grupo, por modesta que fuera su caridad.


Es cierto que Franco fracasó en su objetivo de hacer de España una potencia militar relevante, pero tras su muerte dejó una sociedad más feliz, próspera, potente y moderna que aquella de la que se hizo cargo. Y esto es mucho más de lo que se puede decir de Stalin, que creó una gran potencia militar, pero destruyó en el proceso una gran parte de su sociedad, reduciéndola a la miseria e impidiendo su desarrollo histórico de cara al futuro.


Creía firmemente en un nuevo papel imperial de España en la época de los imperialismos europeos. Franco nunca se opuso directamente a la República democrática, cuya legitimidad aceptó durante bastante tiempo, pese a ser personalmente partidario de gobiernos fuertes y autoritarios, al igual que muchos jefes militares europeos de su generación.

Era un convencido católico, incluso devoto y, al contrario que su colega Mola, prefería una relación cercana entre la Iglesia y el Estado, aunque habría aceptado la separación en determinadas circunstancias.
Franco fue el único de los grandes dictadores del siglo XX que, en gran medida, modificó y transformó su programa inicial.
La proclamación de la Segunda República no fue en absoluto de su agrado, pero, como la mayoría de los españoles, aceptó su legitimidad mientras la República respetó la ley. Franco siguió siendo un militar profesional hasta el final del periodo republicano y no quería politizarse, aunque desde 1935 su postura era claramente conservadora.
Sabemos que la opción política que prefería era la de la CEDA, el centro-derecha moderado que insistía en la obediencia a la ley y el rechazo a la violencia, al tiempo que abogaba por la reforma de la Constitución y la promoción de los intereses católicos.
Franco entró en política de manera directa, por primera vez, cuando aceptó ir en la lista de la derecha en la repetición de las elecciones en Cuenca.... Sin embargo, ante la presión de Primo de Rivera, preso en la cárcel Modelo de Madrid, optó por retirar su candidatura.
Para Franco, mientras hubo una razonable posibilidad de que la crisis sociopolítica se pudiera solucionar, la revuelta militar carecía tanto de justificación como de perspectivas de éxito. solo cambió su actitud cuando la situación alcanzó el punto de ruptura con los socialistas, al provocar estos intencionadamente una reacción militar (y hasta cierto punto, también el gobierno), que desatara la revolución para que la izquierda radical se hiciera con el poder. De hecho, Franco solo se unió a la rebelión cuando pensó que era más peligroso no rebelarse que rebelarse.
Con frecuencia se le ha acusado de ser el general que dirigió un golpe de Estado fascista contra una república democrática, pero tal afirmación es incorrecta en casi todos sus extremos.
La República dejó de ser democrática en la primavera de 1936 al no respetar la ley, quedar vacía de contenido legal, violando la Constitución, y al claudicar el gobierno de "izquierda burguesa" ante la presión de los revolucionarios.
La democracia y las elecciones libres murieron a manos del Frente Popular, y en última instancia, esta fue la razón de la insurrección militar, aun cuando muchos de los rebeldes no fueran demócratas.
Franco no era el líder, sino Mola, que fue el director-organizador, mientras que el jefe de la rebelión fue el general Sanjurjo.

La insurrección no fue fascista ya que desde el principio la Falange tuvo un papel subordinado. La revuelta pretendía instaurar un tipo de gobierno republicano autoritario y conservador, y después convocar un hipotético referéndum sobre la cuestión de la monarquía.

La acción no se planeó como un golpe de Estado, pues desde el primer momento estuvo claro que el control de Madrid sería imposible en un primer momento y que solo se tomaría la capital en la fase final de la insurrección.
Si la democracia se hubiera mantenido, no se habría producido una insurrección general de la derecha, como, de hecho, no se produjo durante los primeros cinco años de la República. En cambio, sí hubo una rebelión de los socialistas y de los moderados y radicales de izquierda en el otoño de 1934. La desaparición del respeto a la ley y a la propiedad desde febrero de 1936 fue la consecuencia del levantamiento militar de julio, levantamiento que fue apoyado por una parte de la sociedad.
Al comenzar la Guerra Civil, la cuestión no era tanto si el gobierno español tendría un carácter autoritario, puesto que en cierta medida ya lo tenía, como el tipo de acciones que debían llevarse a cabo para rectificar la situación, tal y como apuntó con total precisión Ramón Franco en Washington, mientras dudaba si unirse a su hermano o no.
En el verano de 1936, España era el país más conflictivo y dividido de Europa. Pero Franco tenía poco o nada que ver con esa situación, que se habría producido igualmente aunque él no hubiera existido. La insurrección y la Guerra Civil fueron provocadas deliberadamente por la izquierda, y habrían tenido lugar igualmente con la participación de Franco o sin ella. En este sentido, la izquierda revolucionaria y el Partido Socialista fueron tanto o más responsables de que surgiera el Franco político que la derecha, aunque fuera el propio Franco el que finalmente se decidiera, para bien o para mal, a asumir la responsabilidad.
Inicialmente no hubo nada inevitable en su elección como Generalísimo. El momento decisivo por el que se llevó a tal acuerdo fue consecuencia de los tres primeros meses de la Guerra Civil: Franco era el comandante de la única fuerza operativa efectiva que poseían los insurgentes, el único capaz de derrotar a los republicanos y el que había conseguido una ayuda exterior vital, ayuda que distribuyó después entre sus camaradas alzados en armas. Además, ningún otro general tenía tanto prestigio como él, aunque algunos fueran más veteranos.
No hay ninguna evidencia de que Franco conspirara para convertirse en Generalísimo, aunque desde el inicio de la insurrección desempeñó un papel audaz y asertivo.
Una vez elegido Generalísimo, Franco nunca titubeó ni dio un paso atrás. Insistió en hacerse con todo el poder político, eliminando cualquier límite temporal y transformando su liderazgo en una dictadura sin restricciones, por más que no fuera esto lo que sus colegas militares pretendieron al rebelarse y al elegirlo. Algunos no estuvieron satisfechos con el resultado, pero lo aceptaron. Incluso el mordaz y crítico Queipo de Llano admitió a regañadientes que, si no lo hubieran hecho, probablemente no habrían ganado la guerra.
Una utópica democracia como la que se plantea en la España de 1936 era del todo inviable, sencillamente porque no existía. La democracia había sido destruida, y por ello surgió la Guerra Civil.
Franco no creó la crisis, sino que, para bien o para mal, la resolvió.

Si los nacionales hubieran perdido la Guerra Civil, el resultado difícilmente habría sido una democracia. En el momento de la guerra, un tercio de la República estaba dominada por unas poderosas fuerzas revolucionarias dedicadas a la eliminación política de todos sus adversarios -la mitad o más de los españoles-. Durante el conflicto, las ejecuciones en masa del Frente Popular fueron casi tan numerosas como las de la zona nacional, y si la izquierda revolucionaria hubiera vencido, no hay ninguna razón para creer que el resultado final habría sido más moderado, puesto que se registraron nuevas ejecuciones en 1937 y 1938 en aquellos pequeños territorios en los que el ejército popular volvió a recuperar el control durante un breve tiempo. La fuerza de la dictadura de Franco no provino únicamente de su poder de represión, por importante que esta fuera, sino de la convicción de gran parte de la población de que la alternativa izquierdista no habría sido muy diferente.

El Valle de los Caídos


                                        
                       
El vigésimo aniversario de su victoria –1 de abril de 1959- Franco inauguró el gran mausoleo el Valle de los Caídos, en Cuelgamuros, cerca de El Escorial, a 50 kilómetros al noroeste de Madrid. Había costado algo más de 1.000 millones de pesetas, que se invirtieron a lo largo de dos décadas, y parte de ese dinero procedía de donaciones privadas, como los fondos que Gil Robles y la CEDA habían entregado para la insurgencia militar de 1936, justo antes de que esta comenzara. El monumento se excavó en granito, y se construyó una basílica de 262 metros de largo y 41 de alto. La gran cruz que domina la colina sobre la basílica es visible desde muchos kilómetros a la redonda, tiene 150 metros de alto, sus brazos miden 46 metros y pesa 181.000 toneladas. Cuenta con tallas de los cuatro evangelistas y otras muchas figuras del famoso escultor figurativo Juan de Avalós, que consiguió una combinación única de austeridad y grandiosidad. Sobre la basílica, cerca de la base de la gran cruz, se construyó una abadía u una hospedería de la orden benedictina. El propósito del monumento era conmemorar a los caídos de ambos bandos durante la Guerra Civil y enterrar los restos de las miles de víctimas que murieron en el campo de batalla o fueron ejecutadas. Sin embargo, la idea de Franco  era que solo los católicos republicanos pudieran ser enterrados en dicho lugar (Nota: Su primo lo cita así: “Hubo muchos muertos en el bando rojo que lucharon porque creían cumplir con un deber con la República, y otros por haber sido movidos forzosamente. El monumento no se hizo para seguir dividiendo a los españoles en dos bandos irreconciliables. Se hizo, y ésta fue siempre mi intención, como recuerdo, como una victoria sobre el comunismo que trataba de dominar a España. Así se justifica mi deseo de que se pueda enterrar a los caídos políticos de ambos bandos”, Conversaciones privadas, página 239)  ,  aunque no está claro qué tipo de comprobaciones se realizaron para esto. La víspera  de la inauguración grupos de falangistas portaron los restos de José Antonio Primo de Rivera desde el monasterio de El Escorial hasta el Valle de los Caídos, donde fueron enterrados frete al altar mayor de la basílica. Años después, cuando se produjo la muerte de Franco, el gobierno y el rey Juan Carlos decidieron que fuera enterrado frente a la tumba de José Antonio, en la parte posterior del altar, fuera o no esa la intención del Caudillo. (Nota: No existe ninguna certeza en este punto. Carmen nunca oyó que su padre expresara ese deseo: “No, el único que dijo que mi padre deseaba estar enterrado allí fue el arquitecto. Los demás no teníamos, yo no tenía ni idea de dónde quería ser enterrado, pero por lo visto al arquitecto sí se lo dijo, porque mi padre visitaba muchas veces el Valle de los Caídos cuando estaba en obras”. Puede que Franco también se lo comentara a su sucesor, el rey Juan Carlos. “Yo creo que sí. Como estuvo mucho tiempo enfermo, porque fue muy larga su agonía, pues seguramente hablarían unas personas y otras, y les pareció que era el lugar apropiado”).  Franco se había implicado en la planificación y desarrollo del monumento, puesto que en esencia era una idea suya, como también fue el responsable de algunas de sus principales características.
                          
                Tan extraordinario monumento, quizá el mayor de su clase construido en el siglo XX, sería años después motivo de controversia, ya que los críticos de izquierdas de la siguiente generación han propalado que constituye otro más de los crímenes del franquismo.  Para ello han afirmado que se utilizaron prisioneros para trabajar en su construcción, asegurando que fue edificado por esclavos. Tales acusaciones son exageradas. Entre 1943 y 1950 trabajaron allí algo más de 2.000 prisioneros condenados por tribunales militares, pero recibieron pagas –aunque modestas-, algunos beneficios para sus familias y una buena reducción de las condenas, que iban de dos a seis días por día trabajado. Todos fueron voluntarios y rara vez hubo más de 300 o 400 prisioneros trabajando al mismo tiempo. Lo hacían en las mismas condiciones que los trabajadores normales, y algunos, después de cumplir sus condenas, regresaron para formar parte de las cuadrillas de trabajo. Algunos prisioneros huyeron, lo cual resultaba bastante sencillo, pues la vigilancia era mínima. El grueso de la construcción corrió a cargo de trabajadores asalariados externos. Durante los veinte años que tardó en construirse, murieron catorce trabajadores en accidentes, la gran mayoría obreros regulares con salario.

La muerte de Franco

                Concluida la misa, el armón con los restos de Franco fue trasladado hasta Cuelgamuros, en el Valle de los Caídos, donde le esperaban varios miles de excombatientes con José Antonio Girón a la cabeza. En la puerta de la basílica recibió el féretro el abad Luis María de Lojendio.  El sepulcro se había abierto entre el altar mayor y el coro de la basílica, frente a la tumba de José Antonio Primo de Rivera. El de Franco tenía unos tres metros de profundidad. En su interior las paredes habían sido revestidas en bronce con relieves del escudo nacional, de jefe nacional del Movimiento, de capitán general de los ejércitos y con el distintivo de su Casa. De ese modo los símbolos de su poder  quedaban bajo tierra cubiertos por una sencilla losa de granito de 1.500 kilos. Y sobre la lápida, simplemente, “Francisco Franco”. Allí quedó el último gran representante de la ideología nacional-católica tradicional española. Y con él se enterraba una milenaria tradición que hundía sus raíces en un pasado de trece siglos.

                Carmen afirma que la familia no sabía dónde quería ser enterrado Franco, pero que el primer arquitecto del Valle de los Caídos, Diego Méndez, había comentado que Franco había dicho en alguna ocasión que quería ser enterrado allí, y el gobierno estuvo de acuerdo. Fran Anselmo, prior del monasterio benedictino que hay en la parte posterior del monumento, dijo en 2012 que no se habían hecho preparativos para el enterramiento y que hubo que excavar la tumba precipitadamente entre el día 20 y el día 22.

                “Pronto empiezan a recibirse en la Abadía del Valle (…) numerosas cartas, tanto de España como del extranjero, que proclaman santo al que quedó allí enterrado y piden objetos que haya tocado su tumba para guardarlos a modo de reliquias” (D.Sueiro, La verdadera historia del Valle de los Caídos, Madrid, 1976)

                Siguió siendo un lugar de interés para los admiradores más fervientes de Franco, pero en general quedó como atractivo turístico para gentes de España y del extranjero. El gobierno socialista de Zapatero (2004-2012) finalmente restringió el acceso a la basílica. Aunque, como lugar de culto, pertenecía a la Iglesia católica, oficialmente la estructura formaba parte el Patrimonio Nacional de España.

                El rey Juan Carlos, casi de inmediato, concedió a Carmen Polo de Martínez-Bordiú el título hereditario de duquesa de Franco, con la categoría de Grande de España, y un título menor se le entregó también a su madre. Doña Carmen no abandonó El Pardo hasta el 31 de enero de 1976. Entonces el lugar fue declarado lugar histórico nacional y ella misma sería enterrada allí tras su muerte, acaecida en 1988. Su gran pena de los últimos años fue que ella y su marido no pudieran ser enterrados juntos. El epitafio más sencillo y apropiado, redactado por su cuñado Serrano Súñer, decía así: “Fue la mujer más absolutamente incondicional, más adicta a su marido”.


Fuente, Franco, una biografía personal y política, Stanley G. Payne - Jesús Palacios

Reflexiones sobre Gandhi, enero de 1949, George Orwell



En los últimos años se ha puesto de moda hablar de Gandhi como si hubiera sido no solo un simpatizante del movimiento izquierdista occidental, sino parte integral de este. Los anarquistas y los pacifistas, en particular, se lo han apropiado, observando tan solo que se oponía al centralismo y a la violencia de Estado, e ignorando la otra tendencia trascendentalista  y antihumana de sus doctrinas. Pero, a mi juicio, uno debería caer en la cuenta de que las enseñanzas de Gandhi no cuadran con la creencia de que el hombre es la medida de todas las cosas y de que nuestra tarea es hacer que la vida en este planeta, que es el único que tenemos, valga la pena ser vivida. Tienen sentido solo si se acepta que Dios existe y que el mundo de los objetos sólidos es una ilusión de la que se debe escapar. Vale la pena tener en cuenta las privaciones que Gandhi se imponía a sí mismo, y que, si bien no insistía en que cada uno de sus seguidores las observara con todo detalle, consideraba indispensable si uno quería servir a Dios o a la humanidad. En primer lugar, no comer carne ni, a ser posible, ningún alimento de origen animal. (El propio Gandhi tuvo que recurrir a la leche para no poner en peligro su salud, pero al parecer lo consideró un paso atrás). Nada de alcohol o tabaco y nada de condimentos ni especias, ni siquiera vegetales, ya que la comida debe ser ingerida no por sí misma, sino para conservar las fuerzas. En segundo lugar, nada de relaciones sexuales. En el caso de que se mantengan, debe ser con el único propósito de engendrar hijos y presumiblemente en intervalos largos. Gandhi mismo, cuando tenía alrededor de treinta y cinco años, hizo boto de brahmacharya, que significa no solo la castidad completa, sino también la eliminación del deseo sexual. Esta condición, por lo visto, es difícil de obtener sin una dieta especial y sin ayunos frecuentes. Y, finalmente -y este es el punto clave-, para el que va en pos de la bondad no debe haber amistades cercanas ni amores exclusivos. 

Las amistades cercanas, afirma Gandhi, son peligrosas porque “los amigos ejercen una influencia mutua” y, a través de la lealtad a un amigo, uno puede ser llevado a errar. Esto es incuestionablemente cierto. Más aún, si uno ha de amar a Dios, o a la humanidad en su conjunto, no puede mostrar predilección por ninguna persona en concreto. Esto también es cierto, y marca el punto en que las actitudes religiosa y humanista dejan de ser reconciliables. Para un ser humano corriente, el amor no significa nada si no conlleva amar a cierta gente más que a otra. La autobiografía no deja claro si Gandhi era desconsiderado con su esposa y sus hijos, pero sí que en tres ocasiones estuvo dispuesto a dejar que alguno de ellos muriera antes que administrarle el alimento de origen animal que había prescrito el doctor. Bien es verdad que la defunción presagiada nunca tuvo lugar y que Gandhi -con, es de suponerse, gran presión moral en el otro sentido- siempre le dio al paciente la oportunidad de mantenerse vivo al precio de cometer un pecado; aun así, si la decisión hubiera sido exclusivamente suya, habría prohibido la ingesta de alimentos animales, al margen del riesgo. Debe haber, sostiene, un límite en lo que estemos dispuestos a hacer para conservar la vida, y el límite está bastante más acá que el caldo de pollo. Esta actitud quizá es noble, pero, en el sentido en el que, según creo, la mayoría de la gente le daría a la palabra, es inhumana. La esencia de ser humano es que uno no busca la perfección, que uno a veces está dispuesto a cometer pecados por lealtad, que uno no lleva el ascetismo hasta el punto en el que vuelve imposible la convivencia amistosa, y que uno está preparado para ser finalmente derrotado y despedazado por la vida, lo cual es el precio inevitable de depositar su amor en otros seres humanos. Sin lugar a dudas, el tabaco, el alcohol, etcétera, son vicios que un santo debe evitar, pero también la santidad es algo que los seres humanos deben rehuir. Esto es algo que cae por su propio peso, pero que uno debe cuidarse de mencionar. En esta época dominada por los yoguis, se asume demasiado pronto que el “desapego” no solo es mejor que la aceptación plena de la vida terrena, sino que el hombre corriente lo rechaza solamente porque es demasiado difícil; en otras palabras, que el hombre común es un santo en potencia que no ha logrado alcanzar esa condición. Es dudoso que esto sea cierto. Mucha gente no tiene intención alguna de ser santa, y es probable que algunos que han logrado la santidad o aspiran a ella no se hallan sentido nunca tentados de ser seres humanos. Si uno pudiera rastreas esto hasta sus raíces psicológicas, hallaría, creo, que el principal motivo para el “desapego” es un deseo de escapar del dolor de vivir y, sobre todo, del amor, que, de índole sexual o no, acarrea muchas complicaciones. Pese a todo, no es necesario dirimir aquí si el ideal humanista es “más elevado” que el trascendentalista. La cuestión es que son incompatibles. Se debe escoger entre Dios y el hombre, y todos los “radicales” y “progresistas”, desde los liberales más moderados hasta los anarquistas más extremos, han escogido al último. 

En cualquier caso, el pacifismo de Gandhi puede desvincularse hasta cierto punto de sus otras enseñanzas. Su motivación era religiosa, pero también lo consideraba una técnica definida, un  método, capaz de producir los resultados políticos deseados. La actitud de Gandhi no era la de la mayoría de los pacifistas occidentales. La Satyagraha, desarrollada originalmente en Sudáfrica, era una suerte de guerra no violenta, una manera de vencer al enemigo sin herirlo y sin sentir ni suscitar odio. Implicaba actos como la desobediencia  civil, las huelgas, tumbarse en el suelo frente a trenes, soportar cargas de la policía sin correr ni defenderse y cosas por el estilo. Gandhi se oponía a traducir el término “Satyagraha” como “resistencia pasiva”; en gujarati, por lo visto, significa “firmeza en la verdad” En sus primeros años Gandhi sirvió como camillero del bando inglés en la guerra de los bóeres, y se disponía a hacer lo mismo en la Primera Guerra Mundial. Incluso después  de haber abjurado totalmente de la violencia, fue lo bastante sincero consigo mismo como para percatarse de que en los conflictos bélicos suele ser necesario tomar partido. Gandhi no adoptó -ciertamente no podía, ya que toda su vida política se centraba en la lucha por la independencia nacional- la actitud estéril e hipócrita de fingir  que en todas las guerras ambos bandos son lo mismo y que tanto da quién gane. Tampoco se especializó, como hacen la mayoría de los pacifistas occidentales, en eludir preguntas incómodas. En relación con la última contienda, una que todos los pacifistas tenía la clara obligación de contestar era: “¿Qué decís de los judíos? ¿Estáis dispuestos a verlos exterminados? Si no es así, ¿cómo os proponéis salvarlos sin recurrir a la guerra?”. Debo decir que nunca he oído de ningún pacifista occidental una respuesta sincera a esta pregunta, aunque he oído muchas evasivas, principalmente del tipo “y tú también”. Pero resulta que a Gandhi se le planteó una pregunta similar en 1938 y que su respuesta está registrada en Gandhi and Stalin, del señor Louis Fischer. Según el señor Fischer, el punto de vista de Gandhi era que los judíos alemanes debían cometer un suicidio colectivo, lo cual “hubiera despertado al mundo y a Alemania  ante la violencia de Hitler”. Después de la guerra se justificó: afirmó que los judíos habían acabado siendo asesinados de todos modos y que al menos podrían haber intentado no morir completamente en vano. Da la impresión de que esta actitud sorprendió incluso a un admirador tan incondicional como el señor Fisher, pero Gandhi estaba simplemente siendo sincero. Si no estás dispuesto a quitarle la vida a alguien, con frecuencia debes estarlo a que se pierdan vidas de alguna otra manera. Cuando en 1942 pidió adoptar una actitud de resistencia no violenta ante la invasión japonesa, estaba listo para admitir que eso podría costar varios millones de muertes. 

Al mismo tiempo, hay motivos para creer que Gandhi, que después de todo nació en 1869, no entendía la naturaleza del totalitarismo y lo veía todo en función de su propia lucha contra el gobierno británico. El punto clave aquí no es tanto que los británicos lo trataran pacientemente como que siempre fue capaz de obtener publicidad. Como se puede ver por la frase citada arriba, creía en “despertar al mundo”, lo cual solo es posible si este tiene una oportunidad de oír lo que estás haciendo. Es difícil ver como podrían aplicarse los métodos de Gandhi en un país donde los opositores al régimen desaparecen en mitad de la noche y nunca se vuelve a saber de ellos. Sin una prensa libre ni derecho de reunión, es imposible no solo apelar a la opinión exterior, sino también hacer que surja un movimiento de masas o incluso hacerle saber tus intenciones al adversario. ¿Hay un Gandhi en Rusia en este momento? Y si lo hay, ¿qué está logrando? Las masas rusas solo podrían practicar la desobediencia civil si la misma idea se les ocurriera a todos a la vez, e incluso en ese caso, a juzgar por lo ocurrido durante la hambruna ucraniana, no hubiera surtido ningún efecto. Aun así, concedamos que la resistencia no violenta puede ser eficaz contra el propio gobierno o contra una potencia ocupante; incluso en ese caso, ¿cómo la pone uno en práctica a escala internacional? Las diferentes declaraciones contradictorias de Gandhi sobre la última guerra parecen mostrar que era consciente de esta dificultad. Aplicado a la política exterior, el pacifismo deja de ser tal, o bien se transforma en apaciguamiento. Además, el supuesto, que de tanto le sirvió  a Gandhi para tratar con las personas, de que uno puede acercarse a todas ellas y de que responderían a un gesto generoso, debe ser puesto seriamente en duda. No es algo necesariamente cierto, por ejemplo, cuando se trata de lunáticos. Entonces, la pregunta se convierte en: ¿quién está cuerdo? ¿Lo estaba Hitler? ¿Acaso no es posible que toda una cultura esté mentalmente enferma a los ojos de otra? Y en la medida en que se puedan juzgar los sentimientos donaciones enteras, ¿hay algún vínculo claro entre un acto generoso y una respuesta amistosa? ¿Es la gratitud un factor en la política internacional? 

Estas y otras preguntas similares necesitan ser discutidas, y necesitan serlo urgentemente, en los pocos años que nos quedan antes de que alguien apriete el botón y los cohetes comiencen a volar. Es dudoso que la civilización pueda soportar otra gran guerra, y no cabe descartar que el camino para evitarla sea el de la no violencia. A Gandhi hay que reconocerle la virtud de que habría estado dispuesto a considerar con sinceridad preguntas como las que he planteado arriba, y, en efecto, es probable que discutiera la mayoría de ellas en alguno u otro punto de sus innumerables artículos periodísticos. La impresión que da es que había muchos aspectos que no lograba entender, pero no que hubiera algo que temiera decir o pensar. Nunca he sido capaz de sentir demasiada simpatía por Gandhi, pero no estoy seguro de que, como pensador político, se equivocara en lo sustancial, ni creo que su vida fuera un fracaso. Es curioso que, al ser asesinado, muchos de sus admiradores más fervientes señalaron con tristeza que había vivido justo lo suficiente para ver en ruinas el trabajo de su vida, puesto que la India estaba inmersa en una guerra civil, que siempre se había previsto que sería uno de los efectos colaterales de la transferencia del poder. Pero no fue a suavizar la rivalidad entre hindúes y musulmanes a lo que Gandhi consagró su vida. Su principal objetivo político, la finalización pacífica de la dominación inglesa, se había alcanzado después de todo. Como siempre, los hechos relevantes se entrecruzan. Por una parte, los británicos abandonaron la India sin pelear, un acontecimiento que muy pocos observadores hubieran presagiado ni siquiera un año antes de que sucediera. Por otra, esto lo hizo un gobierno laborista, y es seguro que uno conservador, especialmente uno dirigido por Churchill, habría actuado de otro modo. No obstante, si para 1945 en Gran Bretaña se había propagado considerablemente la opinión favorable a la independencia de la India, ¿en qué medida se debió esto a la influencia personal de Gandhi? Y si, como puede suceder, la India y Gran Bretaña finalmente acaban por mantener una relación decente y amistosa, ¿será esto en parte porque Gandhi, al librar su lucha con obstinación pero sin odio, desinfectó el ambiente político? 

Que se piense siquiera en plantear esas preguntas indica su gran estatura. Uno puede sentir, como yo, una especie de disgusto estético por Gandhi y rechazar las pretensiones de santidad hechas en su nombre (algo que él nunca pretendió, por cierto), se puede incluso rechazar la santidad como un ideal y, por tanto, pensar que los objetivos básicos de Gandhi eran antihumanos y reaccionarios. Pero, analizado simplemente como un político y comparado con las otras figuras políticas importantes de nuestro tiempo, ¡qué olor tan limpio consiguió dejar tras de sí!

El nacimiento de ETA


     El 31 de julio de 1959 nació ETA de una escisión de la rama juvenil del Partido Nacionalista Vasco (PNV). El surgimiento de Euskadi Ta Askatasuna (Patria Vasca y Libertad) fue la consecuencia directa de un proceso de varios años de encuentros y desencuentros en el seno del nacionalismo vasco, que languidecía en el exilio exterior, mientras que en el interior se debatía la inoperatividad y la decadencia más absoluta. La elección del día 31 de julio para fundar ETA no fue casual ni caprichosa. Era el día de San Ignacio, la misma fecha escogida 64 años atrás por Sabino Arana, el inventor del nacionalismo separatista vasco. Arana se basó en el sentimentalismo emocional de un ruralismo pueril, en la pulsión del romanticismo más reaccionario de la fábula de la pureza de la raza vasca, sustentada en las teorías del racismo biológico de Gobineau y Chamberlain, muy en boga en el siglo XIX, y en los conceptos fundamentalistas del integrismo católico, de la idea de pueblo y de lengua, para fundar el Partido Nacionalismo Vasco, en su afán de alcanzar la arcadia visionaria y mesiánica de la independencia del País Vasco del resto de España.

     Desde entonces, el nacionalismo vasco pasó por muchas vicisitudes. Su principal fuerza y desarrollo lo alcanzó en la Segunda República. Al grito de "¡Dios y Fueros!", arraigó en las clases medias y en el entorno rural un discurso ideológico basado en la sangre y en la tierra, en el concepto de Dios y de las leyes antiguas (JEL), artífices de la nacionalidad, de la construcción de la nación "Euskadi", que era la patria de los vasos, seres inmaculados dotados de las máximas virtudes por la singularidad de su raza aria, superior a todas, y de su peculiar lengua, el euskera, despreciando que tan propia y suya era el español. Con dicha argamasa, el nacionalismo vasco sufriría en su imaginario el "perpetuo latrocinio extranjero españolista". Su activismo fue obsesivo en el desprecio hacia los de afuera y en la doctrina antiliberal.

     La polarización y la fragmentación en la política y en la sociedad de la República elevaron la crispación hacia una progresiva radicalización. La sublevación militar de julio de 1936 introdujo al PNV en la espiral de su propia y traumática encrucijada. En el País Vasco la guerra fue más fraticida y desgarradora que en ningún otro lugar. Álava quedó en el bando nacional, en tanto que Vizcaya y Guipúzcoa estaban en el lado republicano, ante el interés "soberano" de sacar adelante su estatuto de autonomía. Al nacionalismo vasco le repugnaba la escalada de terror revolucionario del Frente Popular, y en su seno hubo importantes sectores que simpatizaban con los sublevados, además de compartir con ellos sustanciales identidades ideológicas y de religiosidad. Pero el sueño de la independencia, vía estatuto, fue el objetivo que se había impuesto. El 7 de octubre de 1936 José Antonio Aguirre, exalcalde de Guecho, fue ungido presidente del gobierno vasco bajo el roble de Guernica, en una ceremonia trufada de liturgia nacionalista. Sin embargo, la aventura del gobierno nacionalista sería de corto vuelo: apenas nueve meses. A mediados de junio de 1937, superado fácilmente el cinturón de hierro, las brigadas de Navarra tomaron Bilbao. El gobierno vasco, con Aguirre a la cabeza, y unos desmoralizados batallones de gudaris buscaron amparo en Cantabria, donde la defección de aquel gobierno rindiéndose a las fuerzas franquistas en Laredo y Santoña fue total, así como la convicción de traición en el gobierno republicano.

     Durante la Segunda Guerra Mundial, José Antonio Aguirre y varios miembros de su gobierno exiliado se marcharon a Estados Unidos, una vez superados los coqueteos que mantuvieron con los nazis, a los que aseguraban una leal colaboración en caso de tener en cuenta sus aspiraciones independentistas. En Estados Unidos, un Aguirre entusiasta y anticomunista se echó en manos del departamento de Estado, con la absoluta creencia de que Franco y su régimen serían barridos tras la victoria aliada, y que él retomaría el poder de una Euskadi libre. Pero Franco y su dictadura no cayeron, y soportó los momentos más duros del embargo de combustibles y de materias primas, las condenas internacionales, la retirada de embajadores, su marginación de los nuevos escenarios diplomáticos, la declaración tripartita norteamericana, francesa e inglesa, y la formación de un fantasmagórico gobierno republicano, en el que Aguirre también se volcó. La guerra fría movería los peones de la escena internacional, y Franco salió reforzado por su firme anticomunismo. El mismo que también alentaba en el exilio al nacionalismo vasco. José Antonio Aguirre y sus colaboradores no desfallecieron y acentuaron sus convicciones antisoviéticas y pronorteamericanas, echándose en brazos de la CIA y otros servicios de inteligencia, cuya colaboración durante más de dos décadas fue digna del más puro y radical maccarthismo antiizquierdista.

     Tras varios años de entrega absoluta al departamento de Estado y a la CIA, para quienes trabajaron como espías entre las comunidades de vascos de Sudamérica, la realidad terminó por confirmar que Estados Unidos los había abandonado. El dictador no solo no sería descabalgado del poder, sino que llegaban con él a un pacto bilateral de ayuda y defensa mutua. Aquello fue una bofetada más que el nacionalismo vasco añadió al desalojo en junio de 1951 del edificio  de la Avenue Marceau, sede del gobierno vasco en París. Aquel día Aguirre lloraría de tristeza. El nacionalismo vasco se precipitaba por el camino de la depresión y de la pasividad. Su actividad era estéril e inane, y se descomponía, incapaz de dar alguna respuesta válida para aquel momento. En el inicio de la década de los cincuenta, no existía un sentimiento nacionalista vasco arraigado en el interior de las provincias vascongadas. Se imponía un sentido de lo nacional, no un nacionalismo español que hostigase al nacionalismo vasquista, sino simplemente un concepto de nación. Franco y su régimen se encontraban con un apoyo sociológico notable, siendo ampliamente tolerado por grandes capas de la sociedad que colaboraban abiertamente con él. 

     Fue entonces cuando un grupo de jóvenes estudiantes de Vizcaya se unieron en torno a la publicación Ekin (Hacer), buscando redescubrir las señas de identidad del nacionalismo vasco. Todos procedían de familias burguesas en las que seguía vibrando el nacionalismo; eran estudiosos del fundador, Sabino Arana, y de la historia del País Vasco únicamente en clave nacionalista, además de tener muy acentuada su religiosidad católica. Desde París, Aguirre intentaba reorganizar la base juvenil del partido EGI, y la convergencia e identidad entre ambos fue total. No existían diferencias ideológicas ni sociales, y ambos grupos se fusionaron en el PNV. Pero las críticas sobre la ineficacia de la estrategia del PNV les llevaron a la ruptura en mayo de 1958, coexistiendo durante un año dos grupos casi con las mismas siglas, hasta que Ekin-EGI decidió cambiar su nombre por el de ATA (Aberri Ta askatasuna - Patria y Libertad), que sería desechado por el definitivo de ETA en su afán de referirse a una Euskadi libre e independiente. Las primeras pintadas y octavillas con los gritos de "¡Gora Euskadi! ¡Gora ETA!" aparecieron el 31 de julio de 1959. ETA surgió no como consecuencia de una ruptura ideológica con el PNV, sino por una cuestión estratégica. Y, de hecho, durante un tiempo la nueva formación alentaba la esperanza de que el PNV reconsiderase sus métodos de acción. Fue, en principio, más bien un medio de presión hacia la matriz de la casa madre. 

     A diferencia del PNV, ETA se definía como un movimiento. Su activismo inicial consistía en lanzar octavillas, colocar ikurriñas, realizar pintadas y quemar alguna bandera española, hasta que las escisiones y los cambios en su cúpula, tras varias asambleas, la conducirían a la dinámica acción-represión que determinaría su voluntad de saltar hacia el terrorismo más brutal a finales de los sesenta, impregnado de un concepto revolucionario y del marxismo leninismo maoísta. Pero la ETA fundacional era elitista, desdeñaba la acción de masas sobre los trabajadores y los obreros, a quienes veía con recelo y desprecio, y los consideraba una amenaza de invasión, pues en su  mayoría eran inmigrantes, una fuente de españolismo y un peligro para la identidad cultural y étnica vascas. Y pese a que trataba de distinguir entre estos y el inmigrante que acudía a las provincias vascongadas para mejorar su calidad de vida de forma pacífica y para integrarse plenamente en su sociedad, no dejaba de ser un instrumento político que podía llevar a la extinción del pueblo vasco. Por ello, la solución que ETA proponía en la construcción del futuro estado vasco pasaba por el despido y la expulsión masiva de los inmigrantes. Una limpieza étnica. 

     ETA modificó el racismo biológico de Arana -basado en la pureza de raza del vasco- por un concepto étnico-cultural. Seguía pensando que el vasco era superior al resto de los españoles, que eran unos ocupantes extranjeros, y buscó encerrarse en sí misma reivindicando su nacionalismo sobre la negación del otro, de lo español. La columna vertebral de su pensamiento fue la lengua. El euskera se convirtió en el motor principal, el factor determinante y simbólico de la identidad de lo vasco y de su comunidad nacional e histórica. Para ETA, Euskadi era una nación ocupada por una potencia extranjera, España (después lo será también Francia), que buscaba eliminar el euskera y sustituir a las élites autóctonas por una burguesía foránea, hasta borrar la memoria de lo vasco a través de la inmigración de obreros y de técnicos y ejecutivos españolistas. La religión fue otra de las cuestiones fundamentales para ETA. Sus fundadores eran católicos radicales, pero, a diferencia del nacionalismo integrista sabiniano, se declaraba aconfesional, ante el recelo y la repugnancia que sentía por el apoyo que la jerarquía eclesiástica prestaba al régimen franquista. Esto no le impediría, al contrario, gozar de la protección y cobijo de muchas parroquias y centros religiosos, y numerosos sacerdotes alentaron las actividades de ETA e incluso llegaron a militar en sus filas, ya en la fase del terrorismo más sangriento, hacia el que los obispos vascos mostrarían regularmente su "comprensión humana". De hecho, los primeros asesinatos de ETA vendrían precedidos de una consulta a varios sacerdotes vascos. 

     El regeneracionismo de ETA no le impidió asumir los mitos del nacionalismo vasco: igualitarismo y nobleza de origen de los vascos, un país libre e independiente en la historia -hasta la pérdida de los fueros y la invasión española-, y la ocupación de su territorio por dos potencias extranjeras: Francia y España. El mito igualitario generó en sus conciencias la idea de Euskadi, un pueblo noble y democrático, amante de la libertad, que sufría una invasión que era la causa de todos sus males y desgracias, por lo que la única solución factible era la recuperación plena de la libertad, sacudiéndose el yugo de la opresión hasta la independencia absoluta. La ruptura y el distanciamiento estratégico entre ETA y el PNV tuvo lugar después de su primera asamblea, celebrada en la primavera de 1962. Pero no sería hasta varios años después, tras la IV y V asamblea, en 1965 y 1966, cuando ETA optó por las acciones terroristas, una vez que sus fundadores desaparecieron de la organización.

Fuente: Franco, Stanley G. Payne, Jesús Palacios