El hombre político, Arthur Moeller van den Bruck



El hombre político, Arthur Moeller van den Bruck

Capítulo I

El hombre político

 A la categoría de lo político pertenecen el ser humano y la sustancia.

Es extremadamente raro que se encuentren juntos ambos elementos. En el pueblo alemán los hombres no se echan de menos jamás. Tampoco hoy faltan. Y si existe un pueblo sobre la tierra que ha realizado de manera más auténtica tal sustancia de la propia libertad, de la propia salvación, de la propia vida, éste es el pueblo alemán. 

La sustancia alemana es una sustancia política que quiere ser analizada políticamente. 

El ser humano desprecia por naturaleza la política, como los problemas, y sobre todo el dinero, de la economía y todos aquellos componentes, añadidos, con disgusto, pero que todavía pertenecen a la necesidad vital de una nación. El hombre, el tipo de hombre que aquí presentamos, o se preocupa de estas cosas. La existencia para él se resuelve en dos elementos básicos: el mando y la obediencia.  Solo cuando haya ejercido su poder sobre la existencia, un poder duro, estable y cierto, ante el cual su adversario sucumbe, sólo entonces él concluirá, y las condiciones de vida de las naciones se realizarán espontáneamente. 

El hombre no es nunca estadista solamente por su propio genio. En la historia de una nación cada uno hereda la obra completada por otros. La historia en su integridad, en estrecha conexión con la política conducida por los hombres de gobierno de un país, va más allá de la vida de los individuos. Los hombres políticos nacen en este contexto. Ellos entran en un ámbito de experiencias políticas que llegan a ellos de siglos pasados. Ellos heredan estas experiencias, experiencias de hombres, de pueblos, de problemas políticos que ellos resuelven con la capacidad de actuar en su tiempo y terminar su función. Por tanto, la política se vuelve Tradición. 

Capítulo II

La generación

I Las tres generaciones (Der Spiegel, 1-12-1919)

Bismarck despreciaba demasiado a los hombres para buscarse una sucesión que a menos hubiese garantizado el mantenimiento de una tradición cierta y que fuese utilizada en la política exterior de una forma diferente de la conducción de los asuntos. Todavía fue fatal el hecho de que Bismarck violentase no solo a los hombres sino también a los problemas. Hay un Bismarck doble. Hay un segundo Bismarck, el Bismarck posterior a 1872, que no comprendía el sentido de su propia obra: el sentido europeo de su obra alemana. La verdadera fuerza fue la del primer Bismarck., el Bismarck anterior a 1872, el que se había mantenido allá en los cuarenta, de los ideologismos políticos, del nacionalismo democrático. Aquello que no pudo el entusiasmo lo pudo su sentido de la realidad. Allí donde los ideólogos debieron desistir él nos llevó hacia la Realpolitik. Él, como gran hombre, era también un hombre inteligente. Su pensamiento se puso en relación con significados y valores eternos. En su obra era mucho de Shakespeare y muchísimo de Beethoven, artistas que amaba. Más allá de aquello no dejó huella en su ideología. Él tensó el oído cuando Lasalle le expuso sus proyectos. Pero no se pronunció acerca de sus motivos. Él sentía que el mundo que tocaba superficialmente no era el suyo, en el cual solamente sentía la capacidad de moverse con seguridad. Él juzgó el mundo desde su propia perspectiva. Pero el Reich no era el mundo, el mundo no era bismarckiano, y también pudo tratar las ideologías con desprecio, las ideas no obstante mantienen y poseen una fuerza enorme. 

El estado mayor debía luchar ahora en el frente exclamando: a saber… ¡debemos luchar contra las ideas y perdemos la guerra porque no sabemos nada de estas ideas! En esto consistía la verdadera tragedia.

Hoy es esta la tragedia de toda una generación. Si en cualquier parte en Alemania hay hombres que se han vuelto tan serios por no poder expresar nunca más alegría en el resto de sus vidas, estos se encuentran entre los supervivientes de 1872. 

La juventud no es un problema de edad. La juventud es una forma de entrega. La juventud quiere hacer mejor las cosas. La juventud es desconfianza frente a todo aquello que encuentra y que entiende queda estado mal hecho. La generación de 1919 retoma el trabajo que ha sido errado en 1872. Las generaciones viven siempre en relación recíproca. Como la generación de 1872 continuó viviendo en la de 1888, así ahora los outsider de la generación de 1888 chocan con la generación de 1919. Ella recuerda la afirmación de Nietzsche según la cual los alemanes no han tenido todavía un “hoy”. Con ello el filósofo fue a la raíz del problema. 

Nosotros hemos necesitado de una juventud que construya, no de aquella que destruye. 

Un pueblo no está nunca perdido si comprende el sentido de su derrota. Pero los hombres que poseen tal comprensión no los encontramos allí donde el pensamiento permanece como inmovilizado. Lo podremos encontrar, al contrario, allí donde se afirma un pensamiento totalmente nuevo. 

II El alemán en tierra extranjera, (28-3-1920)

Desde Versalles los alemanes de la frontera asentados a lo largo del Saar, del Rhin, llegando del Vístala hasta más allá de los confines, son invadidos por un áspero rencor, debido al contacto diario con el enemigo que ahora se encuentra dentro de los confines del Reich y que no es un simple ser humano, y como tal sensible y conciliador, sino un francés, un belga o un polaco. Así el amargo grito tiene una motivación todavía más amarga: ¡Toda Alemania debería haber sido ocupada para que la nación comprendiese de una vez por todas qué le había ocurrido!

Mientras que el alemán en la patria no querría admitir que la guerra mundial, para nuestros múltiples opositores, fue consecuencia de problemas económicos o de sentimientos anti-alemanes sobre la base de una política de potencia, el alemán de más allá de nuestros confines ha visto cómo todo aquello fue conscientemente preparado. Mientras el alemán habitante de la propia tierra hoy reniega de las motivaciones que condujeron a la guerra. 

El alemán del extranjero sabe quiénes son los culpables por haberlos observado y conocido. 

La guerra ha producido un alemán mejor, un alemán consciente: el alemán político, el único alemán que sabe que el mundo de fuera es diferente de como lo había concebido. 

Tanto Lutero como Von Hutten fueron las figuras decisivas para la formación de nuestra conciencia: tanto la Reforma como el Humanismo definieron el carácter nacional alemán y en términos políticos al nacionalismo. 

El verdadero alemán que vive en el exterior no ha negado nunca la germanizad, siempre la ha reconocido. Sobre todo nunca ha compartido la francofilia de los intelectuales. Él conocía a los franceses como a los portugueses. Ve que estos pueblos no están a la altura de desarrollo de aquellos con los que les tocó competir para poder ser considerados verdaderamente colonizadores. Bien diferente era la situación de los ingleses. El inglés entró en competición con el alemán. Llegó a ser su antagonista. El alemán asumió de esto la gran práctica derivada de la vida de Ultramar. Pero lo hizo con el cuidado de darle una forma específicamente alemana, transformando la actitud del gentleman inglés en la propia del “hombre de mundo” alemán. En los latinos, el alemán había reconocido a los herederos de una pasada época colonial, demasiado decaídos para ser todavía conquistadores. En los anglosajones reconoció, por el contrario, a los representantes sobrevivimos de la época colonial, que llevaron la idea, la experiencia y la capacidad del conquistador y estructurado moderno. 

En el alemán emigrado convivían la tradición idealista y la militar. Con él se estaba preparando un nuevo tipo de emigrado europeo, al cual se le podía dar crédito en aquello que él mismo creyó que podía hacer: produciendo una nueva época colonial diferente a la de los ingleses. 

La Paz de Versalles caza a los alemanes de aquellas tierras que creyeron que habían sido adquiridas definitivamente por la madre patria. Interrumpe además todas aquellas vías de explotación en el mundo, en las cuales los alemanes estaban interesados, y destruye el comercio moderno, el tráfico moderno. Sobre el mundo alemán se cierne como un castigo, por el cual vinieron penalizando el trabajo y la capacidad, el descubrimiento y la iniciativa. El tratado de Versalles castiga justamente aquello que los alemanes y japoneses habían reconocido como los creadores de un modelo colonial europeo, con la pérdida de sus propias colonias. Y la justificación sería dada por el hecho de se habían demostrado inadaptados para la colonización y, por ello, indignos de posesiones coloniales. El alemán continental no ha comprendido todavía esta lógica. El alemán en el exterior la comprende muy bien. El alemán continental no comprende todavía la guerra mundial. El alemán en el exterior la comprende. Ha sido un alemán del exterior el que ha pronunciado la palabra de la “guerra comprendida”, y todavía hoy es el único alemán en comprender, por experiencia propia, que la guerra ha sido una contraposición entre pueblos viejos y jóvenes, en la cual lols pueblos viejos han vencido una vez más. El pensamiento de los pueblos jóvenes era el pensamiento que animaba a los alemanes que vivían en el exterior. En esto reside una particular tragicidad. 

No seremos más alemanes en el exterior. Pero quizás la historia tenga preparada una venganza tardía. La guerra mundial ha dividido nuevamente la tierra. Pero vendrá el tiempo en el cual las partes del mundo pertenecerán a sí mismas. Y habrá sido la Guerra Mundial la que habrá producido estas transformaciones. En Oriente, China, La India o Egipto quieren liberarse de la dependencia de Europa. Los dominios australianos serán un día australianos, o americanos más que ingleses. En Sudáfrica, hace poco que se han convertido en Boer. Cuando todos estos destinos se ejecuten, los alemanes en el exterior no serán más los hijos de aquellos europeos afanosos en la defensa de las últimas posesiones coloniales. El “fin de la época colonial” no les importa a los alemanes en otros países. Ellos ya no están por esa labor. 

Pero la idea alemana permanece. Hay en el elemento alemán en el exterior una educación del pensamiento político llevado a amplios espacios y a tiempos lejanos. Y al menos será válido el aprendizaje de la Guerra Mundial, cuando nosotros por una experiencia indirecta nos volvamos hacia todos los alemanes del exterior en un sentido espiritual, por el cual después de la guerra recuperaremos algo de lo que habíamos perdido antes de la guerra. 

III El “Outsider” como vía hacia el Führer, 15-01-1919

Éste no podrá adherirse nunca a un partido político.
Izquierda y derecha son palabras que han perdido todo su sentido ante la totalidad. Y quien ahora busca una vía a través de la cual acordarse, no ha hecho otra cosa que elaborar zonas comunes que quieren decir todo y no quieren decir nada. La totalidad se plantea solo para quien es capaz de ver en perspectiva: para quien toma distancia, para quien tiene una visión de conjunto, estos son los “outsider”.

El partido es mutable. Los partidos solamente ven su propia facción. Los partidos se interponen entre nosotros y la totalidad. Los partidos son una superestructura. Poco a poco los partidos han ido atando a las masas de modo que éstas han acabado por identificarse con la totalidad. Los partidos mismos son identificados con la totalidad. La totalidad misma he sido partidocratizada. 

Antes o después de 1848, no se pudo alcanzar la añorada unificación: fue necesaria la acción de Bismarck, el outsider por excelencia, que con la voluntad debió doblegar la historia y que eligió la vía prusiana como la más directa para la edificación del Reich alemán. 

El otro gran outsider, Nietzsche, al cual consideramos al último gran alemán de todos los tiempos, se dirigió contra este “bien pensar” alemán, se dirigió contra Alemania como Reich, contra el espíritu alemán, que él buscaba y que no encontraba más.


IV Revolución, personalidad, Tercer Reich, 30-05-1920

Marx ya reprimió la personalidad desde el momento que la sacrificó al principio de la clase social. El marxismo se quedó siempre con la respuesta culpable ante la pregunta sobre quienes fueron las fuerzas operantes sobre las fuerzas inactivas. La concepción histórica materialista, que pretende aclarar la historia a través de las clases, ha llegado a ser la peor educadora de la historia. El mal alcanzó su culminación cuando ante Marx se presentó Darwin. Se creyó entonces tener la prueba del hecho de que el desarrollo lo fuese todo, y el ser humano nada. Pero de aquello derivó solamente la fatal correlación entre el exiguo valor que el socialismo atribuye a la historia y el nivel de sus representantes. Faltaban los socialistas de mentalidad superior y más previsiones. De otro modo, el socialismo, como partido político no habría cometido tantos errores en el ámbito político-económico más allá de la dirección de la política mundial.

El socialismo ha negado también la concepción heroica de la historia, concepción en base a la cual sabemos que una crisis encuentra siempre a su hombre. 

Hasta Hindenburg, que siempre permanecerá como el comandante en campo de la Guerra Mundial, no pudo impedir que venciésemos sobre el campo de batalla pero que la perdiésemos en la mesa de negociaciones, o que la mesa de negociaciones no recibiese todo cuanto habíamos conquistado en la guerra. Faltaba una preparación política. Cuando Ludendorff buscó, durante la guerra, recuperar todo aquello que antes de la misma se había perdido, era ya demasiado tarde. Él mismo no estaba preparado para afrontar aquellos problemas que quería resolver. Su justificación tenía todavía carácter heroico. Y cada vez que se piensa en Ludendorff se necesitan recordar las palabras de Nietzsche: “Se debe rendir honor al fracaso, justamente porque ha sido tal - esto pertenece a mi moral.” Pero también la voluntad de la gran figura puede imponerse si coincide con la voluntad de los hombres implicados en la acción. 

El peligro actual consiste en el hecho de que no habrá un socialismo alemán porque no hay socialistas alemanes. Marx se perdió en la idea del desarrollo; creía en el progreso. Pero, en efecto, la realidad no tiene un carácter progresivo, está caracterizada por momentos singulares de particular significado y valor. Y estos momentos no son producto de una masa homogénea, sino del individuo, de su carácter único e irrepetible. 

La revolución ha representado una demostración de este principio. En Rusia, donde se armonizaba aquel genio nihilista de la raza, Lenin podía organizar estas fuerzas. Pero en Alemania, donde existía un pueblo en proceso de rebelarse, un pueblo no educado políticamente, el resultado fue totalmente diferente de aquel que era esperado por la nación. El socialismo de apenas tres generaciones esperó que el desarrollo del capitalismo determinase el ocaso de la sociedad burguesa y su transformación en una sociedad proletaria. Cuando al final de la Guerra Mundial resultó vana esta espera, no hubo guías capaces de interpretar esta situación inesperada de una forma que no fuese intelectual, periodística y barriobajera. La clase obrera quería surgir, pero surgieron solamente los oportunistas que se sirvieron de los cargos ocupados en los partidos como trampolín para ocupar importantes puestos estatales. Entonces la democracia nos fue dada, junto a aquellas palabras mentirosas a través de las cuales sería dirigido el pueblo. Mientras, un determinado grupo de poder se sirvió de ellos. Recibimos la democracia con la promesa de que todos los hombres dignos deberían tener la oportunidad de acceder a los altos cargos. Pero la democracia constituye, de hecho, solamente una cobertura a la mediocridad. Un demócrata no es nunca un hombre. Un demócrata es un demócrata. La revolución socialista produce la república capitalista. Y ellos también supieron valorar al hombre; lo hizo protegiéndolo de su clase militar: Noske. O bien lo hizo sin que fuese consciente de su actuación: Erzberger. Pero en la actividad parlamentaria, en la cual los individuos venían sustituyendo a los partidos, se realizaba una democracia formal, juzgada siempre positivamente también cuando sus resultados se mostraban insuficientes o censurables. 

La necesidad por sí misma no produce nada. La mediocridad, también la más mezquina, acaba siempre por encontrar su propio espacio. La mediocridad se afirma allí donde una nación gradualmente se apaga. El pueblo percibe hoy el engaño del que debería convertirse en víctima. Éste no tiene confianza en una democracia que, en nombre del pueblo, determina el ocaso de una nación. No tiene más confianza en la unión como medio de salvación, pero espera la intervención de cualquier elemento extraño, de una fuerza superior. 

No basta con votar para obtener la salvación. Sería verdaderamente fácil si bastase con introducir una papeleta en una urna para alcanzar una vida satisfactoria. Por el contrario no se logra salir fuera de esta situación de crisis, de la cual ha nacido la revolución, y que no se quiere resolver porque no hay nadie capacitado para hacerlo. 

Necesita, ante todo, disponer de aquellos hombres con la capacidad de cambiar nuestro destino No nos queda otra esperanza que aquella de una generación que no sea más culpable en nuestro destino. Esta generación vive aquí, entre nosotros. Pero ésta conoce el secreto del tiempo, sabe que cuando éste esté maduro, este destino podrá cumplirse. Esta generación está formada en la convicción de que los problemas producidos en su época les conducirán demasiado lejos para ser resueltos de inmediato. Por ello busca producir aquellas condiciones que le permitan su resolución. 

Esta actitud no impide todavía que esta generación esté preparada para tal empresa. Pero una generación no es un partido: Ha roto con las ideas liberales e individualistas de todo género. Se ha convertido en la expresión de la nueva estructura de la nación, no más ordenada sobre el sistema de clases, sino apoyada sobre los vínculos naturales. No es tampoco un partido de los sin partido. Se coloca en medio de los acontecimientos, de la realidad, y desde aquí se presenta hacia los nuevos dogmas bajo los cuales solamente nos será posible vivir en un mañana. Esta generación ha comprendido las contradicciones de las oposiciones ideológicas que dividen a nuestros partidos separándolos del cuerpo de la nación. Ha entendido que, tanto las concepciones reaccionarias como las revolucionarias, tienden hacia una nueva unidad, que será la portadora de los nuevos tiempos. En este contexto se perfila un tercer partido por el cual no tiene más valor ni izquierda ni derecha, sino que se identifica con la totalidad de la nación y prepara el momento en el cual ésta sabrá reconocerse en esta totalidad. 

Capítulo III

Preparatorios de futuro

I Meditando sobre Friedrich List, 1919

Los grandes estadistas son aquellos que saben mantener bajo su poder en cada momento la realidad política de su propio pueblo. 

List prensó de forma futurista, mientras que Bismarck lo hizo de manera histórica. List fue en realidad el primer futurista. 

También List quería la unidad de Alemania. Quería una Alemania “rica y poderosa”. Pero falto el estadista, y el economista trató de sustituirlo.

En la vida de los pueblos la política es siempre anterior, la economía viene después. La política, si se sigue el camino justo, viene realizada siempre por la política. 

List dijo a los ingleses: Habéis presentado la teoría liberal no como un principio destinado a favorecer el derecho de los pueblos, el bien común de la nación, sino vuestros propios intereses; vuestros principios cosmopolitas, los cuales incluso continuan si regularmente no sirven para llevar hacia delante vuestros intereses en el mundo. Tienen, en efecto, el único propósito de impedir a las otras naciones su justa ventaja siguiendo su misma política. ¡Las doctrinas nacional-económicas de las que nos vanagloriamos tienen el mismo aspecto de la máscara filantrópica bajo la cual se sostiene la abolición de la esclavitud!

En su visión geopolítica reflejó punto por punto los problemas de una época en la cual se decidió la Guerra Mundial. Vio una unión de fuerzas, vio presentarse nuevas perspectivas. Expresió aquel nacionalismo que se había afirmado en la acción política del siglo venidero. “Los pueblos de esta tierra -dijo- han comenzado ya, desde hace un cierto tiempo, a diferenciarse siempre más entre ellos en base a sus orígenes, para organizarse en grupos: Dentro de no mucho se hablará en política de una raza alemana, de una romana y de una eslava; esta diferenciación ejercerá una gran influencia sobre la práctica política del futuro”. 

II La vuelta de Nietzsche, 1919

Bismarck fue para Nietzsche el gran revolucionario de la historia y, sucesivamente, cuando el filósofo se planteó la vana búsqueda de valores en Alemania, no pudo no admitir la significativa presencia de un gran político. 

Nietzsche no rechazó nunca el militarismo como medio político para la causa alemana, a pesar de ser contrario por su naturaleza filosófica y personal. Nietzsche era el hombre debilitado que sustituyó con gran esfuerzo la fuerza del cuerpo con aquella del espíritu y en todas las partes del mundo buscó y admiró justamente lo contrario. En la transvaloración de todos los valores declaró: “El sistema de gobierno de un estado militar es el mejor, constituye la recuperación o el mantenimiento de la gran Tradición, y tiene como referente el tipo humano más digno, el más fuerte”. 

La obra del escéptico Nietzsche se desarrolló en forma de crítica ininterrumpida en contra de los alemanes y de los “idealistas”. (Véase Ecce Homo). 

Constituyó un grave error por parte del filósofo el ataque a los antiguos valores cristianos y la crítica a los alemanes por sus valores románticos. 

En este caso, Nietzsche fue contra sí mismo: la persistencia de la idea del eterno retorno indica que los mismos acontecimientos se repetirían continuamente y, con los acontecimientos, los ideales. En su clarividente sabiduría se rastrean siempre las dos figuras del panfletista y del profeta. Y esta capacidad profética hizo que él, que no dejó nunca de ser crítico, fuese expresión, pero también contra expresión de toda nuestra época. El profeta que decía haber contado la historia del siglo venidero, ya en la tercera inactual anunciaba la inevitable revolución. La indicó como una revolución de las clases y una revolución de las naciones. En él se establece la génesis en el momento en que descubrió la psicología. De entrada profetizó el advenimiento de la época de la gran política afirmando “Habrá guerras como no las ha habido nunca sobre la tierra”. Habló de una nueva mezcla de las masas y de la catástrofe que sería finalmente desencadenada “inquietante, violenta, devastadora”. 

Él fue el exorcizador de un peligro que estaba en nosotros en un doble sentido: lo invocó y lo alejó. Él era inmoralista pero actuó como un moralista. Quería aniquilar la religión pero justamente él se puso al lado de los fundadores de religiones. Igualmente él, que se declaraba “el primer verdadero nihilista de Europa”, se podría decir que había “vivido el nihilismo hasta su consumación”; lo que significa que lo tenía “dentro de él, bajo él, fuera de él”. 

Su critica era una rebelión contra la sociedad, no contra el pueblo. En su aislamiento, con la exaltación de la individualidad y con su desprecio de la masa, pertenecía a a aquella nación que había utilizado el lenguaje. 

III El retorno de Federico, 1922

El pueblo alemán no tiene presente. Tenemos una generación que vive en la ilusión de ser un pueblo con un futuro asegurado. Pero no estamos preocupados por ese futuro. Lo hemos tomado como algo hecho. Estamos acostumbrado a pensar que hemos alcanzado un poder inmutable. Y la idea que se podría haber afirmado en un mundo en el que nuestra potencia pudiese ser destruida y desaparecer de la tierra no es extraña en absoluto. 

Por tanto estamos viviendo de forma irresponsable, seguros de nosotros, en una estúpida confianza en nosotros mismos. Y aquello que constituía algo arraigado, pero también superficial; era signo de fuerza política, pero también de ingenuidad política. En efecto, percibimos ser una nación rodeada pero no queremos tomar conciencia de ello. De hecho, en alguna circunstancia se ha revelado el verdadero modo de pensar de nuestros enemigos recientes. Pero no tomamos en consideración tales avisos. Y por nuestro espíritu de paz sufrimos las humillaciones. Estábamos convencidos erróneamente de no haber provocado injusticia en nadie, en la intención de no hacer uso nunca de nuestra fuerza. Esperábamos que las tensiones serían así alejadas. No creíamos en la emergencia. 
El socialismo propugnado entre la clase trabajadora alemana se alimentó de un ingenuo pacifismo e internacionalismo, cosa que todavía hoy sucede. Pero también aquel estado fuerte que representó la nación ante el mundo, vivió el autoengaño exclusivamente alemán. No estuvimos a la altura de los acontecimientos, y tampoco pudimos aprender aquello que nos enseñaba nuestra historia y utilizar tales enseñanzas mientras pudimos. 

Cuando la guerra irrumpió arrasando a todos los pueblos en su drama, nos encontramos, y no por primera vez, en una situación de legítima defensa. Nuestros padres no habían tenido en cuenta el hecho de que ocupábamos una región rodeada de otros pueblos que esperaban solamente el momento propicio para unirse y aniquilarnos. En consecuencia, nunca habíamos pensado como afrontar esta situación crítica. De modo que en situación de legítima defensa combatieron al límite, capacitados de tal modo para liberara a nuestra patria. Pero ahora hemos perdido de nuevo la libertad, ahora como hace 100 años, la policía francesa controla las ciudades alemanas, y nosotros, en memoria de la experiencia pasada, no nos hemos opuesto. 

En el último momento hemos intentado oponernos con la revolución, pero aquello no ha servido para otra cosa que para rendir un favor a nuestros enemigos debilitando nuestro poderoso estado, que con sorpresa hemos aprendido a temer, y por lo tanto no querido en el mundo. Renegamos de la idea del Káiser. Renunciamos a la bandera del Reich. Fundamos una democracia que nos mantiene en un estado de impotencia, que tiene mutilado a nuestro Reich, haciéndonos un pueblo mutilado y encadenado. 

En su desorientación el pueblo distrae su mirada del presente y de los hombres del presente. No confía más en estos hombres. No se espera nada más de ellos. Los jóvenes piensan en el futuro como es su derecho. Pero el pueblo, el pueblo siempre apolítico, que a través de la revolución es solo un pueblo desilusionado, piensa necesariamente de forma histórica, no utópica. Aquello que ha acontecido es su única certeza. De aquello que está por acontecer no tiene idea alguna. Y vuelve así su mirada al pasado: A un momento en que en Alemania había hombres que sabían manejar bien aquello que nosotros habíamos manejado mal -hombres políticos que sabían tratar la materia política- mientras que para nosotros, debemos decirlo, desde hace cerca de cincuenta años las cosas no funcionan. 

Ahora nos preguntamos: ¿Qué pasado? La mirada del pueblo busca una figura que se muestre como modelo y símbolo de fuerza, figuras que faltan al hombre actual. Al unísono, sin un acuerdo previo en la elección de su héroe, su mirada ha caído sobre el gran rey que triunfó en la guerra de los siete años: Federico. 

Capítulo IV

El despertar de los jóvenes

I Las ideas políticas de los jóvenes, 27-7-1919

La única certeza que tenemos es la gran capacidad bélica de nuestro pueblo. Un pueblo debe tener la fuerza necesaria para sobrevivir a su propio desastre. Sabemos que esto es posible. En la catástrofe hemos comprobado que somos un pueblo que ha construido su historia contra sí mismo. ¿Será siempre así? Esta es la pregunta emblemática. 

Los jóvenes saben porque Alemania ha perdido la guerra. El pueblo alemán ha sido el único que ha entrado en guerra sin una preparación espiritual. La guerra no se ha podido vencer porque la nación ha sido puesta ante la guerra sin ninguna conciencia política; porque el proletario no ha comprendido su función social, mientras que el propietario de las naciones enemigas tenía bien asimilado su rol en el ámbito de la nación. ¡Una nación superpoblada debería vencer la guerra si quería vivir! Ahora ésta se encuentra ante el largo, difícil y doloroso hecho de haber perdido el sentido de aquel gran desarrollo afirmado por la última generación. Y ello depende deshecho de que no constituimos todavía una nación: por lo tanto, si queremos tener un lugar entre las naciones, debemos llegar a ser una nación. 

Solo cuando se eliminen los partidos podremos ser una nación. Y será posible, será un deber hacer que los jóvenes se alejen de los partidos. Con su desafección, el crecimiento de los partidos se detendrá de golpe. Por lo que se percibe observando a los jóvenes, ese momento llegará pronto. El pueblo le seguirá. Por un lado, los viejos intereses particulares y, por otro, Alemania. El camino ya ha sido abierto. 

Privada de verdaderas ideas, la derecha se contenta con el puro pathos de la tradición a través de ideas conservadoras que no tienen nada de positivas reduciéndose a un conjunto de lugares comunes. 

En cambio, en la izquierda, reinan todavía ideas utópicas. 

Pero justamente en la voluntad de huir de cada compromiso encontramos el verdadero punto de encuentro de los jóvenes sea cual sea el partido del que provengan. En este sentido se puede hablar justamente de acercamiento entre izquierda y derecha (Max Hildebert Boehm), para quien los “jóvenes conservadores”, como todavía se les puede definir, y los jóvenes comunistas, como ellos mismos se definen, encuentran mayores puntos de encuentro antes que con los ancianos que pertenecen a sus mismos partidos. Tal posibilidad de encuentro se funda sobre exigencias comunes. Los jóvenes, aunque tengan divergencias en el modo de actuar, comparten la exigencia, de carácter espiritual, de deber crear algo nuevo, libre de compromisos y condicionamientos. Desde el punto de vista político ellos son contrarios a la democracia formal y la sustituyen con la idea de comunidad (Gemeinschaft, de carácter individual para los jóvenes de la derecha y de carácter global para aquellos de la izquierda). En la juventud de la derecha, más allá de la idea comunitaria, se combina con la búsqueda de un hombre-guía. 

Los jóvenes de la derecha consideran que se puede realizar esa comunidad a través del “corporativismo”, mediante una “ideología de cuerpo comunitario”, según la definición dada por Max Hildebert Boehm. Por el contrario, los jóvenes de izquierda, razonan de forma científica, bajo la engañosa ilusión de que ocuparse de lo social significa ocuparse de cualquier cosa espiritual. En esto es además significativo como la derecha haya mantenido una relación con la Tradición que la izquierda no posee. 

Los jóvenes de derecha están hoy preparados para renegar de los últimos cincuenta años de la historia alemana, pero no de los siglos y milenios en los cuales se formó el principio germánico, del que todavía hoy nos alimentamos y que es parte viva de la historia alemana. 

Esta juventud que piensa de manera utópica se contrapone a aquella que piensa de forma política, porque ésta última razona de forma histórica. Utopía significa negar la historia. 

La idea de los pueblos jóvenes constituye el principio que permitirá la redención de las naciones ganadoras. 

¿No hay pueblos que de forma inmediata han decaído definitivamente? ¿Y tal vez no se auto-aniquilaron en el momento en el que el “pueblo” tomó ventaja sobre la nación?

Los jóvenes están convencidos de que también un día el liberalismo será derrotado, en el socialismo escuchan el anuncio que no trata más de clases sino de hombres: la juventud espera que sean los pueblos los que realicen aquello que gritan a nuestros enemigos. 

II Preludio heroico, 28-01-1924

Hoy vivimos en la peor de las democracias: en la democracia del individualismo. 

III Concepción económica, 15-04-1919

Si el socialismo quiere llevar a cabo aquello que promete, lo cual significa una nueva fase, una nueva época de la humanidad, un Tercer Reich, su primer acto espiritual debe ser disociarse de la filosofía de la digestión que llevamos aprendiendo durante un siglo bajo el nombre del materialismo histórico. 

El socialismo ha llegado a ser una voluntad en sí, por la cual es política y no religión, y la fe que lo anima no es una fe que se anuncia a los hombres, pero liga al hombre a sí mismo, no es una fe cósmica, sino una fe planetaria. 

¿Queremos liberarnos finalmente de la economía! Necesitamos pensar en una economía del pueblo que no sea fundado sobre la pura economía, sino sobre el hombre. 

IV indiferencia de occidente, 6-10-1916

Desde el descubrimiento de América, con la cual la historia europea se dirige del Mediterráneo al Atlántico, en el orden de España, Portugal y Holanda, que alcanzaron el máximo esplendor para después volver a la decadencia. 

También nosotros en cuanto alemanes somos occidentales, al menos por una parte de nuestro carácter, y no solo porque, como estado, estemos situados en Occidente, sino también porque algunos problemas del mundo occidental, así como algunos de sus ideales, nos pertenecieron. 

V Mirando hacia el este, 3-4-1918

En estas exposiciones no hacen otra cosa que repetirse los polos eternos y épicos del ideal industrial y aquel rural, que forman parte de nuestro mismo ser. También nosotros, colocados entre Occidente y Oriente, pertenecemos, por un lado, a Occidente, y, por otro lado, a Oriente: somos orientales para Occidente, occidentales para Oriente. Podemos, con absoluta certeza, si queremos asumir nuestra tarea, representar nuestro futuro no como totalmente industrial, ni solamente agrario. 

Y no se puede tener capacidad para resistir largamente sin la fuerza vital, en la cual Oriente tiene mayor peso que Occidente. También por este motivo no podemos hacer nada más político, en el sentido total de la palabra, que acercarnos a Oriente. 


Por qué escribo. Verano de 1946, George Orwell



Por qué escribo. Verano de 1946

Egoismo puro y duro. Deseo de parecer inteligente, de que se hable de uno, de que a uno se le recuerde después de muerto, de resarcirse de los adultos que abusaron de uno en su niñez, etcétera. Es una paparruchada fingir que este no es un motivo, porque además es de los más potentes. Los escritores tienen en común esta característica con los científicos, los artistas, los políticos, los abogados, los soldados, los empresarios de éxito, es decir, con lo más granado del género humano. La gran mayoría de los seres humanos no exhiben un egoísmo muy acentuado. Pasados los treinta, más o menos, renuncian a la ambición personal -en muchos casos, abandonan casi del todo la idea de ser individuos- y viven sobre todo para los demás, o bien quedan aplastados por el tedio y la monotonía. Pero hay, además, una minoría de personas dotadas, voluntariosas, obstinadas incluso, decididas a vivir la vida hasta el final, y a esta categoría pertenecen los escritores. Los escritores serios, debiera decir, son en conjunto más vanidosos y egocéntricos que los periodistas, aunque el dinero les interesa menos. 

Impulso histórico. Deseo de ver la cosas como son, de hallar cuál es la verdad, de almacenarla para su buen uso en la posteridad. 

Propósito político. No hay un solo libro que sea ajeno al sesgo político….En una época de paz, podría haberme dedicado a escribir libros recargados o meramente descriptivos, y podría haber seguido siendo ajeno a mis lealtades políticas. Pero tal como están las cosas, me he visto obligado a convertirme en una especie de panfletista. Primero pasé cinco años dedicado a una profesión totalmente inapropiada (la Policía Imperial de la India, en Birmania), y luego experimenté la pobreza y el fracaso. Esto acentuó mi odio natural por la autoridad, y me llevó a tener conciencia plena de la existencia de la clase obrera. Mi trabajo en Birmania me había dado cierta capacidad de comprensión de la naturaleza del imperialismo, pero esas experiencias no fueron suficientes para dotarme de una orientación política precisa. Llegaron entonces Hitler, la Guerra Civil española, etcétera. A finales de 1935 todavía no había tomado una decisión en firme. 

La guerra de España y otros sucesos de 1936-1937 cambiaron la escala de valores y me permitieron ver las cosas con mayor claridad. Cada renglón que he escrito en serio desde 1936 lo he creado, directa o indirectamente, en contra del totalitarismo y a favor del socialismo democrático, tal como yo lo entiendo…. Cuanto más consciente es uno de su sesgo político, mayores posibilidades tiene de actuar políticamente sin sacrificar su estética ni su integridad.

Mi mayor aspiración durante los últimos años ha sido convertir la escritura política en un arte. Mi punto de partida es siempre un sentimiento de parcialidad, una sensación de injusticia. Cuando me pongo a escribir un libro no me digo: “Voy a hacer una obra de arte”. Lo escribo porque existe alguna mentira que aspiro a denunciar, algún hecho sobre el cual quiero llamar la atención, y mi preocupación inicial es hacerme oír. 

Mi libro acerca de la Guerra Civil española, Homenaje a Cataluña, es una obra de corte francamente político, por descontado, pero en conjunto está escrito con cierto desapego, y con cierta atención por la forma. Intenté por todos los medios contar la verdad sin traicionar mi instinto literario pero, entre otras cosas, incluye un largo capítulo lleno de citas tomadas de los periódicos y demás, en las que se defiende a los trotskistas que estaban entonces acusados de haber tramado un complot contra Franco. Está claro que semejante capítulo, que al cabo de uno o dos años perdería su interés para cualquier lector normal, podía arruinar un libro entero. Un crítico por el que siento un gran respeto me dio una lección en lo tocante a eso. “¿Por qué has metido todo eso? -me dijo-. Has convertido lo que podría ser un buen libro en mero periodismo.” Lo que me dijo era verdad, pero yo no supe hacerlo de otro modo. No pude. Me enteré por casualidad de algo que poca gente conocía en Inglaterra, y no por no querer, sino porque no se les permitió, y es que se estaba acusando falsamente a hombres inocentes. Si aquello no me hubiera indignado, jamás habría escrito el libro. 

Rebelión en la granja fue el primer libro en el que intenté, con conciencia plena de lo que estaba haciendo, fundir la intención política  el propósito artístico. 

Todos los escritores son vanidosos, egoístas y perezosos. 

Al repasar mi obra, veo que de manera invariable, cuando he carecido de un objetivo político, he escrito libros exánimes, y me han traicionado en general los pasajes grandilocuentes, las frases sin sentido, los epítetos y los disparates. 

Falange y literatura, Dionisio Ridruejo



Casi unas memorias, Dionisio Ridruejo

Falange y literatura

Nadie puede decir que el fascismo en España fue el resultado de un impetuoso movimiento intelectual, aunque hay que añadir que nació en manos de escritores. 

En su inmensa mayoría, los pensadores, profesores y escritores que tenían vigencia en el decenio que va del año 23 al 33 eran liberales o se interesaban por el socialismo y el anarquismo. Alguno, si acaso, volvía al encuentro de un pensamiento político muy anterior al fascismo, como podía ser el de los contrarrevolucionarios franceses. 

A mi juicio lleva razón el historiador La Cierva al reducir el alcance de la afirmación de mi muy querido don Salvador de Madariaga cuando éste atribuye  a Maeztu la invención del fascismo. Entre las proposiciones tardías de Maeztu y ciertas proposiciones del fascismo hay relación de semejanza, y quizá si el general Primo de Rivera se hubiese dedicado a ser fascista le hubiera secundado el único colaborador intelectualmente distinguido con el que contó. Pero tal cosa nunca tuvo lugar. 

Y digo esto porque conviene delimitar las palabras para que no pierdan su significado. Los comunistas suelen llamar fascista a cualquier forma de contracción conservadora, incluso si no es autoritaria. Los conservadores pueden llamar fascista a cualquier forma autoritaria aunque sea socialista. Así no hay modo de entenderse. Aquí llamamos fascistas a los movimientos que se caracterizaban por una serie de notas -incluso de ritualidades- que, por acumulación, definieron una ideología, una estrategia y hasta un estilo políticos: nacionalismo trascendente; concepción autoritaria y totalitaria del Estado; reivindicación del poder para una minoría mesiánica; esquema del pueblo-pueblo-nación para una organización armonista de la sociedad (más o menos corporativa), culto a la violencia y adopción de una fisonomía de movimiento militarizado. Con sólo algunas de esas notas han marchado por el mundo naciones y partidos que no eran ni son fascistas: Inglaterra fue imperialista, el liberalismo doctrinario fue elitista, la URSS es totalitaria, etc. Hace falta que todas las notas se den juntas, en mayor o menor proporción, para que el fenómeno fascista quede identificado. 

En España esa identificación puede hacerse -desde 1930 y no antes- en las JONS de Ledesma Ramos, las Juntas de Actuación Hispánica de Onésimo Redondo y la Falange Española de Primo de Rivera, fundidas luego en un solo movimiento. Cosas anteriores como la Unión Patriótica o el albiñanismo y, quizá también, cosas posteriores como el franquismo puro y tecnocratizado, obedece, ya a otros modelos de la familia reaccionaria. 

De aquí que no considere escritores fascistas a todos los que incensaron o explicaron la Guerra Civil en el bando nacionalista ni a muchos de los que han arropado al régimen resultante. 

Los que aprobaron y formularon el fascismo propiamente dicho fueron pocos y, salvo tres o cuatro casos, su promoción intelectual y su compromiso político fueron simultáneos. 

Ledesma Ramos -a quien no llegué a conocer- era, sin duda, hombre de letras y aprendiz de filósofo cuando se dedicó a publicar -con la asistencia de Giménez Caballero- La conquista del Estado, título significativo pues la conquista (violenta) del Estado era ya la estrategia que caracterizaba y emparentaba a los dos movimientos antiliberales del siglo, a derecha e izquierda. Ledesma agrupó junto a sí a algunos intelectuales aún poco presentados, como Juan Aparicio, Emiliano Aguado, Montero Díaz, Guillén Salaya y, si no me equivoco, al ya veterano Tomás Borrás, que había nacido bajo el signo de la devoción a Larra y había sido punto fuerte en la tertulia de Pombo con Ramón Gómez de la Serna. Alguno más joven y de vocación literaria más imprecisa -Javier Martínez de Bedoya- procedía del núcleo vallisoletano, donde predominaban los hombres de acción. 

También José Antonio Primo de Rivera era hombre de dedicación intelectual rigurosa y había mostrado una púdica veleidad literaria. A su lado tuvo importancia decisiva el mayor escritor del conjunto: Rafael Sánchez Mazas. A Sánchez Mazas a un lado y a Juan Aparicio en el otro se les atribuyen, creo que con exactitud, las invenciones retóricas más afortunadas del Movimiento. Aparicio acuñó el símbolo del Yugo y las Flechas por sugestión involuntaria de Fernando de los Ríos, y también los slogans de la triple invocación de España, “una, grande y libre”, y el de “Por la patria” y la “Oración por los Caídos”, compuesta, con el acuerdo de José Antonio, para frenar los impulsos de venganza de los escuadristas elementales. 

José Antonio atrajo igualmente al poeta José María Alfaro, a Luys Santa Marina, a Ximénez de Sandoval, al conde de Foxá, a Samuel Ros, a Jesús Suevos, a José A. Gimenez Arnau y a algunos otros, entre los que puedo incluirme. Una adhesión algo más incierta le prestaron Mourlane Michelena y Eugenio Montes, aunque al último, para decidirle a la militancia, se le ofreció una comida de homenaje público. En un grado aún más vago de proximidad se situó también Miquelerana, y con mayores vinculaciones algunos periodistas como Víctor de la Serna y Alfredo Marqueríe o el algo pintoresco Federico de Urrutia. 

Europa en Guerra 1939-1945, Norman Davies


Inconclusiones

El patriotismo, es decir, el amor por el propio país y el orgullo por lo que ha logrado, es una emoción muy natural; y se advierte con frecuencia en la obra de muchos historiadores. En el caso de la segunda guerra mundial, aparece por todas partes en los relatos de los historiadores de las naciones vencedoras, a quienes llevan dos o tres generaciones diciéndoles que tiene que enorgullecerse de sus victorias. En principio, no hay nada que objetar, particularmente si esos historiadores tienen capacidad suficiente para distinguir los hechos imparciales del comentario patriótico. 

Pero el asunto es delicado. La crónica de los conflictos humanos, en los que se pierden muchas vidas y, a raíz del dolor, es fácil que los sentimientos se agudicen - “mi país para bien o para mal”-, y el patriotismo se confunde con facilidad con el racismo y la xenofobia. Es una regla sin excepciones que chovinistas y xenófobos se consideren patriotas sin mácula. Pero luego, si uno analiza lo que hacen y dicen, se da cuenta de que miran con desprecio a otras naciones y les niegan el respeto debido. En realidad, el auténtico patriotismo ha de ser lo suficientemente fuerte para reconocer no sólo lo que han logrado nuestros compatriotas, sino sus fracasos y locuras. Para algunas naciones, el acto de contrición es más doloroso que para otras, pero no hay nadie inmaculado -ni siquiera quienes tienen todo el derecho a considerarse víctimas- y el proceso de “aceptación” es muy largo. 

En términos generales, los historiadores suelen estar en mejor disposición de aceptar las evidencias de conducta criminal, si los propios criminales, o los que suceden a esos criminales, han sido francos y han confesado. Con relación a esto, los alemanes se han mostrado más dispuestos a reconocer y a expiar sus culpas que los japoneses y los rusos; y ése es precisamente el motivo de que a los nazis ya casi no quede quien les defienda. 

Al planear la invasión de Irak en 2003, es posible que el jefe del Pentágono comparara a su presidente con Winston Churchill y a Sadam Hussein con Hitler (en realidad, Sadam Hussein y el Partido Baaz estaban más cerca de Stalin). 

Todo lo que se puede decir es que, algún día, de algún modo, los estadounidenses perderán la supremacía y, con ella, su interpretación de la historia. Todos los posibles candidatos a hacerse con esa supremacía tienen su propia visión de la segunda guerra mundial. Los chinos, por ejemplo, recuerdan los años de la guerra como un periodo de inmenso sufrimiento infligido por el Japón imperial y lo consideran un preludio necesario a la victoria de la Revolución china. En un mundo chinocéntrico, es muy posible que Europa y el sufrimiento de Europa pierdan relevancia, que las victorias de rusos y estadounidenses pasen a ser marginales, que los militaristas japoneses, y no los nazis, encarnen a la fuerza principal del mal, que el lugar del recuerdo por excelencia sea la ciudad de Nankín, y que la gran epopeya de la pantalla de mediados del siglo XXI (si es que entonces sigue habiendo pantallas) trate de un desconocido soldado chino a quien rescatan en alguna playa desconocida hasta ese momento. 

El lenguaje y la terminología son una esfera en la que a una gran parte de la historiografía británica y estadounidense le falta precisión. Al pan hay que llamarle pan y al vino, vino, pero a veces no lo hacemos. La categoría “criminal de guerra”, por ejemplo, no hace referencia a todos los criminales de guerra. Y con el término “campo de concentración” hay que tener cuidado, porque no alude a todos los campos de concentración, sólo a los del enemigo. A los otros campos de concentración se les llama de otra manera. Asimismo, “colaboracionista” no alude a todos los colaboracionistas, es decir, a todas las personas que ayudaron a las potencias ocupantes contra su propio pueblo. En la práctica, sólo se aplica a quienes ayudaron a las fuerzas ocupantes de la Alemania nazi. Dicho de otra manera, la terminología dominante es sesgada -porque los procesos de pensamiento que subyacen a ella son sesgados-. La obsesión de los occidentales con Hitler lleva a muchas distorsiones. Cuando se emplea como sinónimo de “segunda guerra mundial”, la expresión “La guerra de Hitler” es manifiestamente equívoca. Y sin embargo, muchos occidentales irreflexivos la usan, y también los comunistas, que pretenden echarle todas las culpas a un solo hombre. Y también la usan los escasos excéntricos admiradores de Hitler, a quienes complace que el Führer ocupe el centro del escenario. 

La cuarta campaña, contra Francia -vía Bélgica y los Países Bajos-, la motivó el hecho de que las potencias occidentales le habían declarado la guerra a Alemania y, además, fue acompañada por la campaña de anexión de los tres países bálticos por parte de Stalin. Colocar todos esos acontecimientos bajo la etiqueta de “guerra de Hitler” supone, sin duda, un exceso de simplificación inadmisible. 

Nada suena más auténtico que las palabras de un soldado británico que en abril de 1945 intervino en la liberación de Belsen. “Por eso -dijo- es por lo que hemos estado luchando.” En otras palabras, pese a las dudas y las reflexiones previas, finalmente se convenció de que combatía por una causa justa. 

Cuando un político teme el auge de adversarios como el coronel Nasser o Sadam Hussein, no tarda en tacharlo de “nuevo Hitler” o de equipararlo con los “fascistas”. Si tiene, o sus aliados tienen, que hacer frente a un ataque, grande o pequeño, con sus misiles, lo compara con las V-1 y V-2 de los nazis y justifica unas represalias desproporcionadas aludiendo a la Ofensiva de Bombardeo Estratégico. 

Más pronto o más tarde, tendremos que acostumbrarnos al hecho de que el papel soviético fue enorme y el papel de los aliados occidentales respetable pero modesto. 

Lo cierto es que el Reich resistió con éxito los bombardeos y el bloqueo naval y sólo cayó cuando los aliados acometieron el asalto por tierra, al cual el Ejército Rojo realizó, con mucho, la mayor contribución. 

Los soviéticos ya habían ganado la iniciativa por su cuenta cuando la ayuda occidental empezó a llegarles en cantidades suficientes. 

Por lo demás, la idea de que los aliados occidentales habrían ganado la guerra sin la Unión Soviética prescinde por completo de la realidad. En caso de que el Ejército Rojo hubiera caído, los alemanes no habrían esperado de brazos cruzados a que Estados Unidos se reforzase y se prepara para lanzar sobre ellos una bomba atómica. De inmediato, las fuerzas armadas alemanas en su totalidad se habrían vuelto contra el Reino Unido; el desenlace de la batalla del Atlántico se habría revertido; es muy probable que los aliados occidentales hubieran perdido la base desde la que realizar una ofensiva de bombardeo; el ejército “enorme” de Estados Unidos (que no existía) no habría dispuesto de un lugar de aterrizaje seguro desde el que lanzar un ataque; y un homólogo europeo del Enola Gay no habría tenido de dónde despegar. 

En Mao de 1945, el Ejército estadounidense no había conseguido igualarse al Ejército soviético. Fue la Unión Soviética y no Estados Unidos la que libró la última fase de la guerra como la mayor potencia de Europa, fue el Ejército Rojo el que logró las victorias más aplastantes sobre la Alemania nazi, victorias que culminaron con la batalla de Berlín, y fue el comunismo soviético y no la democracia liberal el que realizó los avances más importantes. 

Quienes como por ejemplo Winston Churchill escribían sobre la segunda guerra mundial a finales de los años cuarenta, no disponían de los datos de los que luego sí hemos podido disponer. 

Los aliados occidentales no entraron en guerra para salvar a los judíos, y cuando se filtraron las primeras noticias sobre la Solución Final, la respuesta occidental fue poco menos que lamentable. 

En conjunto, por lo tanto, el argumento de que las fuerzas de la democracia “libraban una lucha buena” y “ganaron la guerra” debe observarse con una elevada dosis de escepticismo. 

Desde un punto de vista puramente militar, hay que considerar con prudencia la idea de que entre los ciudadanos libres de los Estados democráticos se encuentran los mejores soldados del mundo… Cuando se enfrentaron a las legiones nazis en Italia o Europa occidental, los ejércitos de la democracia no obtuvieron grandes resultados. Se podría argumentar que la tecnología y el poder aéreo, más que la excelencia de sus soldados, permitieron a británicos y estadounidenses competir en igualdad de condiciones. 

Las enormes flotas de bombardeo, integradas por más de mil aparatos, no podían por naturaleza reducir sus objetivos a fábricas, empalmes ferroviarios o instalaciones militares. Se las enviaba a arrasar ciudades enteras sabiendo de antemano que la mayoría de sus habitantes eran civiles inocentes. Las muertes de civiles no eran, en modo alguno, ni accidentales ni colaterales. Eran una de las consecuencias, integrales y calculadas, de operaciones desacertadas que continúan mancillando la reputación de sus autores. 

En el Reino Unido los crímenes de guerra no se consideran crímenes de guerra si no los perpetraron los alemanes o os socios de los alemanes. En Francia, y de acuerdo a la Ley Fabius-Gayssot de 1990, todo el que niegue el Holocausto o minimice su magnitud puede tener que hacer frente a penas muy graves, incluida la de cárcel. 

La verdad sobre el pasado sólo puede aflorar y consolidarse con el choque de la sabiduría y el absurdo. Se la ley prohíbe el absurdo, la sabiduría se resiente. 

Por qué ganaron los Aliados - Richard Overy

- La gran paradoja de la segunda guerra mundial es que la democracia se salvó gracias a los esfuerzos del comunismo. 

- Roosevelt se inclinaba mucho más a ver a Hitler como ejemplo típico de todo el pueblo alemán... Durante la guerra, sus comentarios privados sobre el destino de Alemania revelaban una brutalidad fuera de lo común.... Roosevelt sugirió alguna forma extrema de control demográfico -recomendó la castración, aunque es difícil tomarlo en serio- para impedir que su pueblo militarizado se reprodujera. 

- El trato que dispensó Eisenhower a los prisioneros alemanes de los estadounidenses fue brutal y negligente. 

- Un inglés, invitado a una concentración nazi en Berlín, recordó en sus memorias que había observado que del cuerpo de Hitler salía algo que parecía relámpagos azules y había sacado la conclusión de que en ciertos momentos Hitler estaba realmente poseído por el diablo. 

- La representación de Hitler como el Anticristo, como síntoma de una enfermedad más honda de la vida europea, exageraba la amenaza alemana. 

- Melvin Rader pensaba que la guerra era un momento crítico de la historia del mundo y que de su resultado dependía "el destino de la humanidad". Era dar mucha importancia a un conflicto cuya causa aparente era el destino de Danzig. 

- Roosevelt hizo todo lo posible para no tener que ser el primero en declarar la guerra. El asalto japonés a Pearl Harbor y la declaración de guerra alemana, cuatro días más tarde, consolidaron la opinión pública estadounidense detrás de una guerra de defensa patriótica. 

- La orden 270, mediante la que Stalin declaró que todos los soldados soviéticos que cayesen en manos del enemigo serían "traidores a la Patria", ponía al soldado soviético ante una desalentadora alternativa. 

- La propaganda soviética creó una imagen deshumanizada del enemigo, del mismo modo que los estadounidenses presentaban a los japoneses como monos o seres infrahumanos y los alemanes presentaban a los judíos como alimañas. 

- Las primeras fuerzas estadounidenses que combatieron en el norte de África sufrieron un 25 por ciento de bajas a causa de trastornos psicológicos. Un informe sobre una división estadounidense que elaboraron psicólogos del ejército indicó que, durante los combates intensos, una cuarta parte de los soldados se ensuciaba encima y otra cuarta parte vomitaba. 

- El odio a los japoneses, inspirado en décadas de racismo antiasiático, fue inmediato y general. Se consideraba a los japoneses infrahumanos, inferiores racial y físicamente, fanáticos y paganos. 

- En los sondeos de opinión que se hicieron durante el conflicto, una décima parte o más de los encuestados se declaró partidaria del exterminio físico de la raza japonesa. 

- La preocupación pública no evitó que los bombardeos mataran a casi un millón de civiles en nombre de la democracia. 

- La suposición de que la derrota de Alemania fuera el resultado de hacer una guerra "de dos frentes" también es discutible. No hay forzosamente ningún vínculo entre la derrota militar y hacer la guerra en dos frentes. 

- La invasión de Francia dependió de la capacidad de ocultar al enemigo, pese a todas las dificultades concebibles, cuál sería el centro de gravedad operacional, y luego dependió del tiempo. No es extraño que al terminar la guerra Churchill pensara que la Providencia había salvado a los Aliados. 

- Estados Unidos dedicó sólo el 15 por ciento de su esfuerzo bélico a la guerra contra Japón. Aplicó el otro 85 por ciento a la tarea de derrotar a Alemania. 

- Las armas atómicas no ganaron la guerra, toda vez que llegaron demasiado tarde para afectar el resultado. Japón estaba a punto de rendirse cuando se usaron las dos bombas disponibles. 

- La guerra se ganó con carros de combate, aviones, artillería y submarinos, las armas con las que se empezó. 

- Casi nadie discute que, individualmente, los soldados alemanes eran en general más hábiles que el enemigo, en el este o en el oeste. 

- Los soldados alemanes escribían en tono despectivo sobre la capacidad combativa de las tropas estadounidenses y del imperio británico, especialmente cuando luchaban de cerca. 

- La decisión japonesa de atacar Estados Unidos y Gran Bretaña en 1941 fue el resultado de un embargo de petróleo que dejó a Japón sin el 90 por ciento de su suministro. 

- Al terminar la guerra, los alemanes habían creado muchas de las armas que serían la panoplia de la OTAN una década después. 



James Burnham y la revolución de los directores, George Orwell



James Burnham y la revolución de los directores, 1 de mayo de 1946

El libro de John Burnham La revolución de los directores generó un revuelo considerable en Estados Unidos y en este país cuando se publicó, y su tesis fundamental ha sido tan debatida que una exposición detallada al respecto apenas es necesaria. Resumida tan brevemente como me es posible, la tesis es esta:

El capitalismo está desapareciendo, pero el socialismo no lo está reemplazando. Lo que surge ahora es un nuevo tipo de sociedad planificada y centralizada que no será ni capitalista ni, en ningún sentido aceptado del término, democrática. Los gobernantes de esta sociedad nueva serán las personas que controlan de forma efectiva los medios de producción; esto es, ejecutivos, técnicos, burócratas y soldados, que Burnham mete en el mismo saco bajo la denominación de “directores”. Esta gente eliminará a la antigua clase capitalista, aplastará a la clase obrera y organizará la sociedad de tal modo que todo el poder y los privilegios económicos permanezcan en sus manos. 


Para empezar, en 1940 Burnham daba más o menos por segura la victoria alemana. De Gran Bretaña decía que estaba “en plena disolución” y exhibiendo “todas las características que han distinguido a las culturas en decadencia en las transiciones históricas pasadas”, al tiempo que la conquista e integración de Europa que Alemania alcanzó en 1940 la presentaba como “irreversible”. “Inglaterra -escribía Burnham- no puede aspirar a conquistar el continente europeo de ninguna de las maneras, sean cuales sean sus aliados no europeos”. Incluso si Alemania se las arreglaba de algún modo para perder la guerra, iba a ser imposible desmembrarla o reducirla al estatus de la República de Weimar, sino que seguiría siendo con toda seguridad el núcleo de una Europa unificada. Las líneas generales del futuro mapa del mundo, con sus tres grandes superestados, estarían ya establecidas, y “los núcleos de estos tres superestados son, cualesquiera que sean sus nombres en el futuro, las naciones preexistentes de Japón, Alemania y Estados Unidos”. 

Supongamos que en 1940 se hubiese realizado una encuesta Gallup en Inglaterra con la pregunta: “¿Ganará Alemania la guerra?”. Habríamos hallado, curiosamente, que el grupo del “Sí” incluiría un porcentaje bastante más alto de personas inteligentes -personas, digamos, con un coeficiente intelectual superior a 120- que el grupo del “No”. Y lo mismo a mediados de 1942. En este caso las cifras no habrían sido tan llamativas, pero si la pregunta hubiese sido: “¿Conquistarán Alejandría los alemanes?”, entonces habríamos visto, de nuevo, una marcada tendencia a que la inteligencia se concentrara en el grupo del “Sí”. En todos los casos, las personas menos dotadas habrían dado con mayor frecuencia la respuesta correcta. 

Encontraríamos, además, a la misma gente abogando por un acuerdo de paz en 1940 y aprobando el desmembramiento de Alemania en 1945. 

Toda teoría política tiene un cierto matiz regional, y toda nación y cultura tienen sus prejuicios y sus parcelas de ignorancia característicos. 

Pase lo que pase, Estados Unidos sobrevivirá como una gran potencia, y desde el punto de vista norteamericano poco importa que Europa esté dominada por Rusia o por Alemania. 

Seguramente Burnham ha acertado más de lo que ha errado en relación con el presente y el pasado inmediato. Durante los últimos cincuenta años, la tendencia general ha sido, sin duda, hacia la oligarquía. La concentración creciente del poder industrial y financiero, la importancia cada vez menor del pequeño capitalista o accionista y el crecimiento de la nueva clase “gerencial” de científicos, técnicos y burócratas; la debilidad del proletariado frente al Estado centralizado; la creciente indefensión de los países pequeños frente a los grandes; la decadencia de las instituciones representativas y la aparición de regímenes de partido único basados en el terrorismo policial, los plebiscitos amañados, etcétera, todos estos fenómenos parecen apuntar en la misma dirección. 

La razón inmediata de la derrota alemana fue la locura inaudita de atacar a la URSS cuando Gran Bretaña seguía en pie y Estados Unidos se estaba preparando para combatir. Errores de este calibre solo pueden cometerse, o al menos tienen más probabilidades de cometerse, en países donde la opinión pública no tiene ningún poder. Cuando un hombre común puede hacerse oír, es menos factible que se vulneren reglas tan elementales como la de no enfrentarte a todos tus enemigos a la vez. 

Pero en cualquier caso, deberíamos haber sido capaces de ver desde el principio que un movimiento como el nazismo no podría producir ningún resultado positivo o estable. 

El régimen ruso tendrá que democratizarse o sucumbirá. Ese imperio esclavista, enorme, invencible e imperecedero con el que Burnham parece soñar no se instaurará, y si lo hace, no resistirá, porque la esclavitud ya nos una base estable para la sociedad humana. 

Delante de las narices, George Orwell



Delante de las narices, 22 de marzo de 1946

El reclutamiento obligatorio: Desde años antes de la guerra, prácticamente toda persona ilustrada estaba a favor de plantarle cara a Alemania y, al mismo tiempo, la mayoría estaba en contra de poseer el armamento suficiente para que esa oposición surtiera efecto. Conozco muy bien los argumentos que se presentan en defensa de esta actitud; algunos están justificados, pero en general no son más que excusas retóricas. Aún en 1939, el Partido Laborista votó en contra del reclutamiento obligatorio, una decisión que seguramente contribuyó a la firma del pacto germano-soviético y que sin duda tuvo un efecto desastroso sobre la moral en Francia. Luego llegó 1949, y estuvimos a punto de perecer por no contar con un ejército numeroso y eficiente, que solo podríamos haber tenido si hubiésemos implantado el reclutamiento obligatorio al menos tres años antes. 

La tasa de natalidad: Hace veinte o veinticinco años, a la contracepción y el progresismo se los consideraba casi sinónimos. Aún a día de hoy, la mayoría de la gente sostiene -y este argumento se expresa de diversas maneras, pero siempre se reduce más o menos a lo mismo- que las familias numerosas son inviables por motivos económicos. Al mismo tiempo, es sabido que la tasa de natalidad es más alta en las naciones con un nivel de vida más bajo y, en nuestra propia población, entre los sectores peor remunerados. Se arguye, ademas, que una población más reducida equivaldría a menos desempleo y a un bienestar mayor para todo el mundo, cuando, por otra parte, está probado que una población menguante y envejecida se enfrenta a problemas económicos calamitosos y tal vez irresolubles. Inevitablemente, las cifras son inciertas, pero es bastante probable que en apenas setenta años nuestra población ascienda a unos once millones de personas, de las cuales más de la mitad serán pensionistas de edad avanzada. Dado que, por motivos complejos, la mayoría de la gente no quiere una familia numerosa, estos datos aterradores pueden habitar en un lugar u otro de sus conciencias, conocidos e ignorados simultáneamente. 

La ONU: Con el fin de ser mínimamente eficaz, una organización mundial debe ser capaz de imponerse a los estados grandes igual que a los pequeños. Debe tener poder para inspeccionar y limitar los armamentos, lo que significa que sus funcionarios deben tener acceso al último centímetro cuadrado de cualquier país. También debe tener a su disposición una fuerza armada superior a cualquier otra y que responda solo ante la propia organización. Los dos o tres estados que realmente cuentan no han tenido jamás la intención de acceder a ninguna de estas condiciones, y han dispuesto la constitución de la ONU de tal modo que sus propias acciones ni siquiera puedan ser debatidas. En otras palabras: la utilidad de la ONU como instrumento de la paz mundial es nula. Esto era tan obvio antes de que empezara a funcionar como lo es ahora. Y, sin embargo, hace unos meses millones de personas bien informadas estaban convencidas de que iba a ser un éxito. 

Cuando uno constata la esquizofrenia imperante de las sociedades democráticas, las mentiras que se cuentan con propósitos electoralistas, el silencio sobre cuestiones importantes, las distorsiones de la prensa, se siente tentado a creer que en los países totalitarios hay menos patrañas, que se afrontan más los hechos. Allí, al menos, las élites gobernantes no dependen del favor popular, y pueden decir la verdad brutalmente y sin adornos. Goering podía decir: “Primero los cañones y luego la mantequilla”, mientras que sus homólogos demócratas tenían que envolver el mismo sentimiento en cientos de palabras hipócritas. 

Los alemanes y los japoneses perdieron la guerra en muy buena medida porque sus gobernantes fueron incapaces de ver hechos que resultaban evidentes para un ojo imparcial. 

Ver lo que uno tiene delante de las narices precisa una lucha constante. Algo que sirve de ayuda es llevar un diario o, al menos, algún tipo de registro de nuestras opiniones sobre sucesos importantes. De otro modo, cuando alguna creencia particularmente absurda se vaya al traste por los acontecimientos, puede que olvidemos que la sostuvimos alguna vez. Las predicciones políticas acostumbran a ser erróneas pero incluso cuando hacemos una predicción correcta, puede ser muy instructivo descubrir por qué acertamos. En general, solo lo logramos cuando nuestros deseos o nuestros miedos coinciden con la realidad. Si aceptamos esto, no podemos, claro está, deshacernos de nuestros sentimientos subjetivos, pero sí podemos aislarlos hasta cierto punto de nuestras opiniones y realizar predicciones en frío, por las reglas de la aritmética. En su vida privada, la mayoría de la gente es bastante realista; cuando uno elabora su presupuesto semanal, dos y dos suman invariablemente cuatro. La política, por su parte, es una especie de mundo subatómico o no euclidiano en el que es bastante fácil que la parte sea mayor que el todo, o que dos objetos estén en el mismo punto simultáneamente. De ahí las contradicciones y los absurdos que he recogido más arriba, todos ellos atribuibles en último término a la creencia secreta de que nuestras opiniones políticas, a diferencia del presupuesto semanal, no tendrían que someterse a la prueba de la tozuda realidad.