Franco, conversaciones privadas



7 de enero de 1961:

Hablamos de las huelgas de Bélgica:


Creo que el conflicto se arreglará pronto, porque la opinión de ese país y la de todo occidente está convencida de que se trata de una huelga política en contra del sistema democrático; los socialistas han alardeado mucho en defenderlo, pero esto sólo lo hacen cuando se trata de su propia conveniencia. La ley de reformas económicas será decidida por el Parlamento, y como en toda democracia liberal el Parlamento representa la voluntad nacional, ante la que el pueblo y la opinión de los socialistas deben someterse; a no ser que sigan la táctica de las izquierdas españolas en los tiempos de la república; entonces se daba el caso de que cuando el triunfo era de las derechas, no se aceptaban la voluntad de la nación y se lanzaban a la toma del poder por medios revolucionarios, como sucedió en Asturias y Cataluña en 1934, aunque el patriotismo del Ejército no vaciló en cumplir con su deber, derramando su sangre y venciendo dichas revoluciones.”

Comenta Franco un artículo del conde de Montarco en el ABC de hoy titulado ‘Hacia un nacionalismo europeo’. Franco dice:

Si los gobiernos fascistas fueron eliminados tanto en Alemania como en Italia, no fue por haber fracasado sus doctrinas ante otras que agradaran más a la opinión pública y a las masas proletarias de estos países, como supone el autor. Fracasaron por haber perdido la guerra en forma tan desastrosa. De no ser por esto, hoy seguirían estos países con su régimen. Es verdad que el hitlerismo persiguió injustamente a los judíos, y tienen la responsabilidad histórica de los grandes crímenes cometidos con los de esta raza durante la guerra, lo cual produjo con razón el horror del mundo que se enteró de la matanza una vez terminó la contienda. Todo ello fue motivo justificado de la repulsión mundial a un régimen que no quiso evitar tan terrible matanza. Sin embargo, de los crímenes de los gobiernos comunistas no se habló, y se echó tierra encima. La matanza de Katyn y otras fueron olvidadas por la prensa aliada ya que Rusia había triunfado, contribuyendo eficazmente a la victoria de los aliados. En España no se pensó nunca en copiar a dichos regímenes, pues nosotros lo que hemos hecho es dar ocasión al pueblo para que elija a sus representantes en los sindicatos y en los ayuntamientos. Después, estos organismos y los provinciales elegirán sus representantes en las Cortes, nombrando a sus procuradores. Dimos preferencia al voto del jefe de familia, que es el que por haber formado un hogar tiene la verdadera responsabilidad en la marcha de la nación, y por ello puede elegir a los componentes de las corporaciones mencionadas. Somos una democracia organizada donde se garantiza la libertad para emitir el voto. No se coacciona a nadie en las elecciones de los diferentes colegios de médicos y abogados para la elección de sus representantes en las Cortes; los nombrados tienen libertad completa para la defensa de sus derechos y para la discusión de las leyes que elabora el Parlamento a propuesta del Consejo de Ministros; está además el Fuero de los españoles, que se cumple con todo rigor en el país, y la independencia del poder judicial, de la que pueden dar fe todos los magistrados de la nación y las numerosas sentencias del Supremo contra disposiciones ministeriales que se juzgan arbitrarias y que el gobierno tiene la obligación de cumplir y cumple a rajatabla. En España la garantía que tienen todos los españoles ante el abuso del poder público es absoluta, superando siempre a la que había en los gobiernos liberales que hemos tenido en este siglo y en el anterior, en los que las garantías constitucionales estaban casi siempre suspendidas y los sindicatos eran órganos revolucionarios que tenían en un puño a las masas obreras y para conseguir fines políticos las lanzaban a la lucha a mano armada contra el poder público, mientras los dirigentes, siempre a seguro y ocultos, esperaban tranquilos los resultados. Las leyes laborales que hoy rigen en nuestro país son las más adelantadas del mundo en beneficio de los productores, cuyo nivel de vida ha aumentado enormemente desde que existe este régimen; y cada vez subirá más, como el de los funcionarios y la clase media.”

Hacia la unidad de Europa. George Orwell



Hacia la unidad de Europa. Julio-agosto de 1947

Hoy en día, un socialista se encuentra en la situación de un médico que ha de tratar  a un paciente que apenas tiene esperanzas de curación. En calidad de médico, su deber es mantener vivo al paciente y asumir, por tanto, que tiene al menos una posibilidad de recuperarse. En calidad de científico, su deber es hacer frente a la realidad y admitir, por consiguiente, que el paciente probablemente ha de morir sin remedio. Nuestras actividades como socialistas solo tienen sentido si asumimos que es posible establecer el socialismo, pero si nos detenemos a sopesar qué es lo que probablemente sucederá, hemos de reconocer, entiendo, que las posibilidades no nos son favorables. Si yo fuera un corredor de apuestas y me limitara a calcular las probabilidades, dejando mis deseos al margen del cálculo, estimaría que es harto difícil que la civilización perviva en los próximos siglos. Por lo que alcanzo a ver, existen tres posibilidades:

1. Que los norteamericanos decidan hacer uso de la bomba atómica mientras ellos la tengan y los rusos no. Con esto no se resolvería nada. Se acabaría con el peligro particular que actualmente representa la URSS, pero desembocaría en el surgimiento de nuevos imperios, rivalidades nuevas, más guerras, más bombas atómicas, etcétera. En cualquier caso, esta es la menos probable de las tres, porque una guerra preventiva es un delito que no cometerá fácilmente un país que conserve algún resto de democracia. 

2. Que la actual “guerra fría” siga su curso hasta que la URSS y algunos otros países también posean la bomba atómica. Así las cosas, transcurrirá un lapso muy breve de paz aparente antes de que ¡zas!, a por los cohetes, y ¡bum!, a por las bombas, y los centros industriales del mundo queden borrados de la faz de la Tierra, seguramente sin remedio. Incluso en el supuesto de que un Estado, o un grupo de estados, surja de tal guerra en calidad de vencedor técnico, probablemente será incapaz de reconstruir la maquinaria de la civilización. El mundo, así pues, lo habitarán de nuevo unos cuantos millones de seres humanos, unos cuantos cientos de millones a lo sumo, que vivirán mediante una agricultura de subsistencia y que, probablemente, al cabo de dos generaciones no conserven prácticamente ni rastro de cultura del pasado, salvo el conocimiento de la fundición de los metales. Es posible que este sea un resultado deseable, pero obviamente nada tiene que ver con el socialismo. 

3. Que el miedo que inspiran la la bomba atómica y otras armas todavía por inventar llegue a ser tan grande que todos se abstengan de utilizarlas. Esta me parece la peor posibilidad de todas. Traería consigo la división del mundo en dos o tres supraestados inmensos, incapaces de conquistarse unos a otros y resistentes a toda rebelión interna. Con toda probabilidad, su estructura sería jerárquica, con una casta semidivina en la cúspide y una clase abiertamente esclavizada en la base; el aplastamiento de las libertades sería muy superior a todo lo que el mundo ha visto en el curso de su historia. En cada uno de los estados, el ambiente psicológico necesario sería mantenido mediante una incomunicación absoluta con el mundo exterior y una continua guerra de mentiras contra los estados rivales. Las civilizaciones de este jaez podrían mantenerse estáticas durante milenios. 

La mayoría de los peligros que acabo de esbozar existían y eran previsibles mucho antes de que se inventase la bomba atómica. La única manera de evitarlos, al menos que a mí se me ocurra, consiste en presentar de un modo u otro, a gran escala, el espectáculo de una comunidad en la que sus integrantes sean relativamente libres y felices, y en la que el objetivo primordial de la vida no sea la búsqueda del dinero o del poder. Dicho de otro modo, el socialismo democrático ha de ponerse en funcionamiento en alguna región relativamente amplia. Ahora bien, la única región en la que aun es concebible que funcione, dentro de un futuro más o menos inmediato, es Europa occidental. Además de Australia y Nueva Zelanda, la tradición del socialismo democrático solo puede afirmarse que existe -pese a tener una existencia más bien precaria- en Escandinavia, Alemania, Austria, Checoslovaquia, Suiza, los Países Bajos, Francia, Gran Bretaña, España e Italia. Solo en estos países sigue habiendo una cantidad notable de personas para las que la palabra “socialismo” tiene algún atractivo, y para las que está unida a la libertad, la igualdad y el internacionalismo. En cualquier otra parte, o carece de un apoyo sólido o significa algo completamente distinto. En Norteamérica, las masas se contentan con el capitalismo, y es imposible predecir el rumbo que puedan tomar cuando este comience a hundirse. En la URSS prevalece una suerte de colectivismo oligárquico que solo podría desarrollarse hasta dar lugar al socialismo democrático en contra de la voluntad de la minoría dirigente. En Asia, el propio vocablo “socialismo” apenas ha tenido penetración. Los movimientos nacionalistas asiáticos o son de carácter fascista o están pendientes de Moscú, o bien logran combinar ambas actitudes; en la actualidad, todos los movimientos de los pueblos de color están teñidos por un misticismo racial. En la mayor parte de Sudamérica, la situación es esencialmente similar, al igual que en África y en Oriente Medio. El socialismo no existe en ninguna parte, pero es que, incluso como idea, en la actualidad solamente tiene validez en Europa. Por descontado, no podrá decirse con propiedad que el socialismo ha sido establecido hasta que sea mundial, aunque ese proceso ha de comenzar en algún lugar, y no me imagino que pueda ser sino por medio de una federación de los estados de Europa occidental, transformados en repúblicas socialistas sin ninguna clase de ramificación colonial. Por consiguiente, unos Estos Unidos Socialistas de Europa me parten el único objetivo político al que vale la pena aspirar hoy en día. Semejante federación tendría unos doscientos cincuenta millones de habitantes, incluidos, tal vez, cerca de la mitad de los trabajadores industriales cualificados del mundo entero. No hace ninguna falta que se me diga que las dificultades inherentes a la construcción de semejante entidad son enormes y aterradoras; en breve paso a enumerar solo algunas. Sin embargo, no deberíamos tener la sensación de que, por su propia naturaleza, sería algo imposible, ni de que los países serían tan diferentes unos de otros que no estarían dispuestos a unirse voluntariamente. Una unión europea occidental es, en sí misma, una concatenación menos improbable que la Unión Soviética o el Imperio Británico. 

En cuanto a las dificultades: la mayor de todas ellas es la apatía y el conservadurismo que padece la población en todas partes, su ignorancia del peligro, su incapacidad para imaginar nada realmente nuevo; en general, como ha dicho Bertrand Russell hace poco, es la reticencia de todo el género humano a consentir su propia supervivencia. Pero existen también fuerzas malignas que obran en contra de la unidad europea, así como relaciones económicas de las que depende el nivel de vida de los pueblos de Europa y que no son compatibles con el verdadero socialismo. Enumero a continuación los que me parecen los cuatro obstáculos principales. 

1. La hostilidad de Rusia. Los rusos, por fuerza, han de ser hostiles a cualquier unión europea que no esté bajo su control. Las razones, tanto las fingidas como las reales, son evidentes. Hay que contar, por tanto, con el peligro de una guerra preventiva, la intimidación sistemática de las naciones más pequeñas y el sabotaje del Partido Comunista en todos los países. Sobre todo, existe el peligro de que las masas europeas sigan creyendo en el mito de Rusia. Mientras perviva esa creencia, la idea de una Europa socialista carecerá del magnetismo suficiente para inspira el esfuerzo necesario. 

2. La hostilidad de Estados Unidos. Si Estados Unidos sigue anclado en el capitalismo y, sobre todo, si necesita un mercado para sus exportaciones, no puede ver con ojos amistosos una Europa socialista. No cabe duda de que su intervención por medio de la fuerza bruta es menos probable que en el caso de la URSS, a pesar de lo cual la presión norteamericana es un factor importante, pues puede ejercerse de manera muy fácil en Gran Bretaña, el único país europeo que está fuera de la órbita rusa. Desde 1940, Gran Bretaña se ha mantenido distante de los dictadores europeos a expensas de convertirse casi en un país dependiente de Estados Unidos. Gran Bretaña solo podrá liberarse de Norteamérica renunciando a toda intención de ser una potencia extraeuropea. Los Dominios de habla inglesa, las posesiones coloniales -con la posible excepción de África- e incluso el suministro de petróleo a Gran Bretaña son rehenes que están en manos de Estados Unidos. Por tanto, siempre existe el peligro de que los norteamericanos rompan toda coalición europea, arrastrando a Gran Bretaña fuera de ella. 

3. El imperialismo. Desde hace mucho, los pueblos de Europa, y en especial el británico, deben su elevado nivel de vida a la explotación directa o indirecta de los pueblos de color. Esta es una relación que nunca se ha aclarado debidamente en la propaganda oficial del socialismo, y el trabajador británico, en vez de recibir el mensaje de que, según la media mundial, vive por encima de sus posibilidades, ha sido aleccionado para pensar que es un esclavo que trabaja en exceso y que está pisoteado por el patrón. Para las masas, el “socialismo” significa -o al menos se relaciona con ello- salarios más altos, jornadas laborales más cortas, viviendas mejores, seguridad social para todos, etcétera. Ahora bien, no es en modo alguno seguro que sea posible permitirse tales ventajas si se prescinde de los beneficios que acarrea la explotación colonial. Por muy igualitario que sea el reparto del producto interior, si este desciende en conjunto, el nivel de vida de la clase trabajadora ha de bajar en consonancia. En el mejor de los casos, es probable que dé paso a un largo e incómodo periodo de reconstrucción, para el cual la opinión pública no está preparada. Ahora bien, es preciso que al mismo tiempo los países europeos dejen de ser explotadores en el extranjero si aspiran a ser verdaderos socialistas en su territorio. El primer paso de cara a una federación socialista europea consiste, en el caso de los británicos, en renunciar a su presencia colonial en la India. Pero esto entraña algo más: si los Estados Unidos de Europa han de ser autosuficientes y capaces de subsistir frente a Rusia y Norteamérica, deben incluir África y Oriente Medio. Pero eso, a su vez, implica que la situación de las poblaciones indígenas de dichas regiones ha de cambiar mediante el reconocimiento; Marruecos, Nigeria o Abisinia han de dejar de ser colonias, o semicolonias, para convertirse en repúblicas autónomas, en absoluto pie de igualdad con los pueblos de Europa. Esto comporta un cambio inmenso de planteamientos, así como una pugna encarnizada y compleja que probablemente no se pueda zanjar sin derramamiento de sangre. Cuando llegue el momento de las estrecheces, las fuerzas del imperialismo resultarán sumamente poderosas, y el trabajador británico, si ha sido aleccionado para pensar en el socialismo en término puramente materialistas, quizá decida que es preferible seguir siendo una potencia imperial, incluso a expensas de ser la segundona de Estados Unidos. En distintos grados, todos los pueblos de Europa, al menos los que han de formar parte de la unión propuesta, se enfrentan a ese mismo dilema. 

4. La iglesia católica. A medida que se vuelve más descarnada la pugna entre los bloques oriental y occidental, existe el peligro de que los socialistas democráticos y los meros reaccionarios se vean impelidos a formar una suerte de Frente Popular, y la Iglesia es el puente más probable entre ambos. Sea como fuere, la Iglesia hará todos los esfuerzos que estén en su mano para captar y esterilizar cualquier movimiento tendente a la unión de Europa. Lo peligroso de la Iglesia es que no es reaccionaria en el sentido habitual del término. No mantiene lazos con el capitalismo de laissez-faire ni con el sistema de clases existente, así que no tiene por qué morir con ambos. Es perfectamente capaz de hacer las paces con el socialismo, o al menos aparentarlo, siempre y cuando quede salvaguardada su propia posición. Pero si se le permite sobrevivir como la poderosa organización que es, conseguirá que el verdadero establecimiento del socialismo sea absolutamente inviable, porque su influencia obra y ha de obrar siempre en contra de la libertad de pensamiento y expresión, en contra de la igualdad de los hombres, en contra de cualquier forma de sociedad que tienda a la promoción de la felicidad en la Tierra. 

Cuando pienso en estas dificultades y en otras, y cuando pienso en el inmenso reajuste mental que será preciso hacer, el surgimiento de unos Estos Unidos Socialistas de Europa se me antoja un acontecimiento improbable. 

Por otra parte, no sabemos qué cambios tendrán lugar en la URSS, si es posible impedir que estalle una guerra durante la próxima generación. En una sociedad de tales características, un cambio radical de planteamientos siempre parece improbable, no solo porque no puede haber una verdadera oposición, sino porque el régimen, con su control absoluto de la educación, la información, etcétera, tiende deliberadamente a impedir la oscilación pendular que se da entre generaciones, que, en cambio, parece producirse de forma natural en las sociedades liberales. Ahora bien, los datos de que disponemos indican que la tendencia de una generación a rechazar las ideas de la precedente es una característica humana duradera, que ni siquiera el NKVD podrá erradicar. En tal caso, hacia 1960 podrían ser millones los jóvenes rusos hartos de la dictadura y de los desfiles de adhesión al régimen, ansiosos por disfrutar de más libertades y amistosos en su actitud hacia Occidente. 

Orwell y la leyenda rosa del POUM y Cataluña - Federico Jiménez Losantos



Orwell y la leyenda rosa del POUM y Cataluña

Federico Jiménez Losantos

¿Quién puede dudar, se preguntará el lector, del testimonio veraz y de la buena fe del fabuloso escritor que en 1984 y Rebelión en la granja hizo, pocos años después del Homenaje, los mejores alegatos contra la tiranía estalinista?

La respuesta es muy sencilla: cualquiera que, aparcando la admiración que merece su obra posterior, se ponga a leer hoy el libro del brigadista Orwell. 

Al margen de las descripciones del frente, que sin llegar al nivel de Adiós a todo eso, del también inglés y amigo de España Robert Graves, son literariamente valiosas, lo mejor es citar lo que Orwell escribe de política en el capítulo V; aunque en alguna edición aparece como apéndice:

Sabía que había una guerra, pero no tenía idea de qué tipo de guerra era. Si me hubiesen preguntado por qué me habría alistado en la milicia, habría respondido: “Para combatir al fascismo”, y si me hubieran preguntado por qué luchaba, habría respondido: “Por la honradez más elemental”. Había aceptado la versión del News Chronicle y del New Statesman de que era una guerra para defender la civilización contra un descabellado levantamiento de una caterva de coroneles reaccionarios a sueldo de Hitler. 

Bien está que Orwell reconozca que no sabía nada de esa guerra, pero, entonces, ¿por qué se alistó? ¿Para conservar la suscripción de la prensa roja? ¿Para jugar a la ruleta rusa con la cabeza de algún español? ¿O por el placer leninista de matar a los demás, seguro de hacer el bien, incluso al que matas? Yo creo que por esto último: porque era comunista.

Y como lo era, disfrutó horrores con las peculiaridades españolas, en las que hoza como uno de sus cerditos felices de Rebelión en la granja: 

El ambiente revolucionario de Barcelona me atrajo muchísimo, pero no traté de comprenderlo (…). Sabía que estaba sirviendo en algo llamado POUM (si me alisté en su milicia y no en cualquier otra fue solo porque llegué a Barcelona con los papeles del ILP, Independent Labour Party, escisión de izquierdas del Laborismo; desde 1931, afiliado al Centro Marxista Revolucionario Internacional, cercano al troskismo. N.del A.), pero no reparé en que había enormes diferencias entre los partidos políticos. 

Por supuesto que algo sabía. Por ejemplo, le encantaba que todos fueran vestidos o más bien disfrazados de proletarios, aunque había algo que le chirriaba y no acababa de entender. Era bien fácil: lo hacían por el terror rojo que reinaba en Barcelona, como en Madrid y demás foros de la civilización que Orwell dice que venía a defender. Y es falso: venía a implantar el comunismo, y seguía las consignas del antifascista del Kremlin, contra las que tronaba Trotski, que era la momia de Lenin bramando en el exilio. 

Por cierto, todo el análisis político del Homenaje de Orwell está calcado del de Trotski. Basta ver la excelente antología La Revolución española. 1930-1939 (Biblioteca de la República, Ed. Diario Público, 2011) con el sectario pero notable estudio previo de Juan Ignacio Ramos. Lo único que diferencia al Orwell que decía haber entendido lo que pasaba en España de aquel Lenin redivivo o redimuerto que era Trotski en los años treinta, son los feroces insultos que, al típico modo de Lenin, lanza contra todos los partidos de izquierda. Las pobres víctimas de Paracuellos, muy poco trotskistas, nunca supieron que las asesinaba “la burguesía representada por sus lacayos los dirigentes estalinistas, anarquistas y socialistas”. ¿Y el POUM? También era un agente de la burguesía. A pocos insultó Trotski tan salvajemente como a Nin, al que Stalin mandó matar… por trotskista. 

Pero esta es la versión canónica del trotskista sonámbulo Orwell, luego universalmente aceptada, sobre lo que pasó en España:

Cuando Franco trató de derrocar a un gobierno moderado de izquierdas, el pueblo español, contra todo pronóstico, se levantó en armas contra él (…). Pero había muchos detalles que casi todos pasaron por alto. Para empezar, Franco no era estrictamente comparable a Hitler o Mussolini. Su alzamiento era un motín militar apoyado en la aristocracia y la iglesia, y, sobre todo al principio, era una intentona no tanto de imponer el fascismo como de restaurar el feudalismo. Eso significaba que Franco tenía contra él no solo a las clases trabajadoras, sino también a una parte de la burguesía liberal, justo quienes apoyan al fascismo en su versión más moderna.

He aquí al típico comunista inglés enarbolando la Leyenda Negra como si de Enrique VIII se tratara. España es, desde finales del siglo XV, el país menos feudal del mundo. Incluso en la Edad Media, la Reconquista hizo de Castilla una “tierra de hombres libres”, y como todos los reinos cristianos, sus repoblaciones se hicieron mediante fueros o cartas pueblas que garantizaban unos derechos cívicos sin parangón en Europa. El primer Parlamento del mundo fue el de León. Nunca ha tenido España, desde la Constitución de 1812, Cámara de los Lores. ¿Para qué iban a querer “restaurar el feudalismo” los que se alzaron, con muy pocas posibilidades de ganar, contra el gobierno del Frente Popular?

Que el gobierno del Frente Popular no era “moderado de izquierdas” lo prueban sus actos desde 1936, que de hecho empezaron en el golpe contra la República de 1934. La definición del fascismo de Orwell es la misma de Trotski… y de Stalin. Y que Franco tuvo a su lado a tantos trabajadores como la República quedó probado, a lo largo de la guerra, con los que huían de un frente al otro: los que escapaban del terror rojo eran católicos y gente corriente que no votaba a los partidos del otro bando. Tan poco feudales como los rojos. ¿O es que para Orwell la libertad de conciencia es un signo de feudalismo? 

Pero si Franco “no era comparable a Hitler y Mussolini”, ¿qué hacía Orwell luchando contra ese fascismo que Franco no acaudillaba? Lo cierto es que Orwell vino a España a matar a gente que no conocía atribuyéndole ideas que no tenía, como Dzerhinski en Rusia o el Che en Cuba:

Cuando me alisté en la milicia me prometí matar a un fascista -al fin y al cabo, si cada no de nosotros mataba a uno, no tardaríamos en acabar con ellos-, y no lo había conseguido porque no había tenido ocasión de hacerlo. Y, por supuesto, quería ir a Madrid. Todo el mundo quería ir a Madrid. Eso significaba pasarme a las Brigadas Internacionales, pues el POUM tenía muy pocas tropas allí y los anarquistas, muchas menos que antes. 

El turismo revolucionario siempre ha tenido un público entusiasta, pero las tragaderas de los excomunistas con los excamaradas son dignas de Gargantúa. Pío Moa, sabueso implacable en la búsqueda de embustes y contradicciones en los diarios de los protagonistas de la época, que destapó en Los personajes de la República vistos por ellos mismos, dice:

Orwell no alude, seguramente no pudo percibirlo, al terror organizado por las izquierdas contra los vencidos de julio del 36, pero sí vio, ya en diciembre, cómo las tiendas, en su mayoría, estaban vacías (Moa, 2000).

Pero claro que pudo percibirlo. El que no quiere percibirlo es Moa, que, a cambio de esa ceguera momentánea, nos da una cifra interesante: el boicot de la izquierda inglesa a Homenaje a Cataluña fue tan feroz que en diez años vendió 600 ejemplares. Lástima que fueran todos a historiadores, porque nunca tan pocos ejemplares tuvieron tanto y tan desafortunado eco. Todas las bibliografías sobre la guerra de autores no comunistas incluyen a Gerald Brennan y al Orwell de Homenaje a Cataluña como base creíble de datos, porque, a diferencia de Hemingway, estaba allí. 

Ya me he referido a la desagradable impresión que tiene el lector español que no se identifique con la Leyenda Negra anglosajona sobre nuestro país al ver las valoraciones que de España y sus costumbres hacen personajes que, como Orwell, han visto tres ciudades, un río, cuatro piedras y varios camareros. Taxistas, limpiabotas y servicio de habitaciones suelen ser las amplias bases antropológicas -sobre ese decorado de tres calles, un castillo y en el caso de Orwell, los barrancos en las cercanías de Huesca- para valorar la forma íntima de ser un pueblo tan sencillo para el turista y tan complejo para nosotros mismos como el español. Pero esta frívola superficialidad, levemente racista, le viene muy bien al marxista clásico, porque le permite aplicar, sobre un telón pintoresco, entre Carmen y Washington Irving la plantilla de la lucha de clases. Así hacen, de creer las solapas de sus libros, “un análisis apasionado pero fidedigno, desde fuera y desde dentro, de la vida española en los días terribles de la Guerra Civil”.

Pero Orwell ve esto:

Los campesinos confiscaron las tierras, muchas fábricas y la mayoría de los medios de transporte acabaron en manos de los sindicatos: se saquearon las iglesias y se expulsó o asesinó a los curas. El Daily Mail, entre los vítores del clero católico, pudo presentar a Franco como un patriota que defendía a su país de las hordas de los “rojos”. 

“Confiscar” y “acabar en manos de” son los eufemismos habituales de los comunistas para “robar”, de la finca al huerto y del camión al coche, luego utilizados para presumir y “pasear”, o sea, asesinar a los ya robados. Pero a Orwell, que no es un malvado como Koltsov, le molesta disimular lo políticamente inconveniente:

Algunos de los periódicos antifascistas extranjeros incluso se rebajaron a publicar la mentira piadosa de que las iglesias solo habían sido atacadas cuando se utilizaban como fortalezas fascistas. Lo cierto es que las iglesias se saquearon en todas partes porque todo el mundo daba por sentado que la Iglesia española formaba parte de la engañifa capitalista. En los seis meses que pasé en España solo vi dos iglesias intactas, y excepto un par de iglesias protestantes en Madrid, hasta julio de 1937 no se permitió que ninguna iglesia abriera sus puertas y celebrase misa.

Y si habían quemado todas las iglesias y matado a todos los curas, como fielmente consigna Orwell, ¿no pensó que también habrían asesinado a los sacristanes, campaneros, monjas, frailes y cuantos iban a misa? “Todo el mundo daba por sentado que la Iglesia española formaba parte de la engañifa capitalista”, dice Orwell, y se queda tan fresco. ¿Quién es “todo el mundo”? Pues lo que los leninistas llaman “el pueblo”, para declarar a los que no lo son “enemigos del pueblo”, es decir, materia asesinable. Basta rebautizarlo para rematar a cualquiera en nombre de la historia. 

¿Y no vio Orwell las celdas de tortura y muerte para los enemigos políticos cuando fue en busca de Bob Smillie, secuestrado por los estalinistas del PSUC-NKVD? Pues claro que las vio. La descripción es implacable:

Aquel que veía las improvisadas cárceles españolas, utilizadas para los presos políticos, comprendía qué pocas probabilidades había de que un hombre enfermo recibiera en ella atención adecuada. Estas cárceles solo podrían describirse como mazmorras; en Inglaterra habría que retroceder al siglo dieciocho para encontrar algo comparable. Los prisioneros estaban amontonados en pequeñas habitaciones donde casi no había espacio para echarse, y a menudo se les tenía en sótanos y otros lugares oscuros. No se trataba de condiciones transitorias, pues algunos detenidos vivieron cuatro o cinco meses casi sin ver la luz del día. Se los alimentaba con una dieta repugnante e insuficiente, que consistía en dos platos de sopa y dos trozos de pan diarios (algunos meses más tarde, la comida parece haber mejorado algo). No hay exageración en esto: cualquier sospechoso político que haya estado encarcelado en España podrá confirmar lo que digo. 

¿Y no sabía Orwell quiénes eran los secuestradores y carceleros que metían a los presos políticos en esos agujeros inmundos, cuyas condiciones de hacinamiento tampoco encontrábamos en España desde el siglo XVIII? Pues claro que lo sabía:

Al principio, la Generalidad catalana se vio reemplazada por un comité de defensa antifascista, integrado principalmente por delegados sindicales. Luego el comité de defensa se disolvió y la Generalidad se reconstituyó para representar  a los sindicatos y a los diversos partidos de izquierda. 

Y a pie de página especifica:

El Comité Central de Milicias Antifascistas, cuyos delegados se elegían en proporción a los miembros de sus organizaciones. Nueve delegados representaban a los sindicatos, tres a partidos liberales y dos a los diversos partidos marxistas (el POUM, los comunistas y otros). 

Esta descripción es la confesión involuntaria del régimen de terror rojo, nada incontrolado, sino dirigido con la Generalidad y luego dentro de la propia Generalidad de Companys, perpetrado por los partidos políticos de la “civilización” que venía a defender Orwell. Y que mataron, tras robo, tortura o violación, según criterio del antifascista de turno, a seis mil personas solo en Barcelona, mientras Orwell estaba allí. Andreu Nin era Consejero de Justicia de esa Generalidad cuando tuvieron lugar las mayores masacres, que en realidad no cesaron nunca. 

Orwell ha sido el mejor propagandista de la mentira de los incontrolados que convirtieron a Barcelona, lejos siempre del frente , en un matadero. En Lérida, que, como cita Orwell, era donde el POUM tenía más fuerza, los crímenes fueron especialmente feroces, mediante listas confeccionadas antes de la Guerra Civil. Y Nin, luego despellejado vivo por sus antiguos camaradas, dijo acerca de la matanza de católicos en agosto de 1936: “El problema de la Iglesia… (…). Nosotros lo hemos resuelto totalmente, yendo a la raíz: hemos suprimido los sacerdotes, las iglesias y el culto”. 

Esa era la civilización de la que, en su libro, presumía Orwell. 

Si la guerra de España, como dijo Orwell al volver a Inglaterra, dio origen a la más aplastante colección de mentiras que cabía recordar, sobre nada se han acumulado tantas mentiras como sobre lo que precisamente describe Orwell: Cataluña en el primer año de la Guerra Civil, en especial los “Fets de Maig”, es decir, los sucesos de mayo de 1937 que supusieron una guerra civil dentro de la Guerra Civil, entre anarquistas y comunistas del POUM por un lado y comunistas de Stalin y republicanos por otro, unos días de los que Homenaje a Cataluña ha sido referencia casi única en la historiografía internacional durante décadas. Y fuente de muchas mentiras. 

Genio de España, Ernesto Giménez Caballero




¡Admirable Francia, enemigo admirable!

Sí. La sombra de Napoleón no ha dejado de cernerse sobre España desde hace más de un siglo. Permítaseme asegurar que desde antes de Napoleón. Sombra imperial de Francia.

Sombra que aparece histórica y fechadamente el 16 de noviembre de 1700, día en que el Embajador de Francia, conde Harcourt, nos asienta en nombre del Rey Sol, del Borbón francés, a su nieto Felipe el V. Desde que España -rotos los Pirineos, plus de Pyrénées- entra en la órbita de ese Sol, en la constelación de las flores lisadas de Francia.

El imperialismo de Francia se quiebra -en revolución- por degeneración dinámica. (Esas degeneraciones genésicas que sufren las estirpes, las dinastías, esos instrumentos mágicos del poder de casta, que son las dinastías, y de los que hablaremos más adelante.)

Francia arroja a los Borbones. Pero no a su idea imperial malograda. De la revolución del 89, nace una nueva dinastía francesa: la napoleónica: vital otra vez, potente otra vez, pronta a recobrar la órbita malograda del Rey Sol. ¡Admirable Francia. Enemigo admirable!

Napoleón es el vértice francés, ya lo sabéis. Es: desde Carlomagno, desde San Luís, desde Francisco I, desde Enrique IV, desde Luis XIV, el máximo esfuerzo de Francia por integrar el gran sueño antiguo y medieval de Europa: el Sacro Romano Imperio. ¡Emperador y coronado en Roma! El gran sueño al que sólo había dado cima -cima gloriosa, y breve como toda cima- la España del XVI: la España Romana y Germánica del XVI. La del César y la de Dios. 

Napoleón no contó con el genio de España. (Y el alma celosa y oportunista de Wellington que ayudó a España, le preparó Waterloo)

Pero si Napoleón fue a Santa Elena: la idea imperial de Francia no fue a Santa Elena. (Ya lo sabéis. Ya sabéis que la France eternelle no había muerto, y así lo proclamaron Péguy, Barrès, al iniciar a esa Francia eterna a la Gran Guerra. Contra el germano, contra el César. De la Gran Guerra renacería ese alma de Francia, ese genio, reasunto y magnífico.)

¡Admirable Francia. Enemigo admirable!

¿Con la caída de los Borbones franceses, se modificó la constelación en la que giraba España?

Ya lo sabéis. Ya sabéis la táctica de Napoleón. Quitarnos al Borbón Fernando para tenerlo en rehenes; no como enemigo, sino como francés; como Borbón, como huésped familiar, como inteligenciado y compromisado. Napoleón es el que quita de en medio al Borbón, sí. Porque necesita ensayar el Estatuto de Bayona (6 de julio de 1808). O sea: “la transcripción del derecho constitucional francés, de la Revolución y del Imperio francés a España”. “Dejando algunas concesiones al carácter y a la tradición de los españoles y a las circunstancias. Entre otras, la atribución exclusiva concedida a las Cortes de fijar los impuestos”. 

Pero Napoleón, por si acaso -dejando al Borbón en Francia-, prepara el Tratado de Valençay (11 de diciembre de 1813), en que el Borbón puede volver a España con restricciones taxativas para su política de alianzas, especialmente contra Inglaterra. 

El plan de Napoleón -el vasto plan, como él lo llamó- ya lo sabéis: “coronar en Madrid, con la ayuda de Dios, al Rey de España (su hermano Pepe Botellas) y plantar sus águilas imperiales sobre las fortalezas de Lisboa”. 

Napoleón hizo demasiado ruido en España. Fue inútil que se atrajese a los intelectuales y a algunos aristócratas y alto clero. A los afrancesados. Sus soldados y esbirros hicieron mucho ruido en la Puerta del Sol, y en el Bruch, y en Zaragoza, y en Bailén…

Un modestísimo alcalde madrileño, el de Móstoles, dio la voz de alarma: ¡La patria está en peligro. Madrid perece víctima de la perfidia francesa! ¡Españoles, venid a salvarla! Mayo, 2, de 1808.

¡Caro le costó a Napoleón aquel ruido! Ya se lo advirtió Pepe Botellas: Vuestra gloria se hundirá en España.

El consejo de Pepe Botellas no lo aprovechó Bonaparte. Pero Francia, sí. La idea imperial de la eterna Francia.

La historia española del siglo XIX hasta hoy es el ejemplo. ¡Derechos del hombre! O ¡Absolutismo borbónico! ¡Revolución democrática de Cien mil hijos de San Luis! Intervenir Francia lo menos posible, con ruido imperial de cañones. Hacer que España, ella misma, se pliegue a su idea imperial. ¡Escuecen mucho en el Arco de la Estrella, todavía, aquellos picotazos de los piqueros de Bailén!

Victorioso el genio de Francia en 1918, no era difícil prever que su águila empolvada batiese las alas, afilase las uñas, mirase a lo lejos, se fijase, l’aiglon, en España. ¡Admirable Francia. Enemigo admirable!

Ya fue buen golpe aquel de lograr de España -1925- la solución del hueso de Alhucemas, del grave peligro para su imperio marroquí. 

Pero el solucionador, Primo de Rivera, era un español un poco a la antigua. Mostraba demasiadas veleidades por Mussolini, por Roma. Y en el ejército había sido germanófilo. Tampoco era muy de fiar el Borbón Alfonso XIII. Alfonso XIII tenía sangre austríaca, que le salía en algunas ocasiones. Ni a destituir al Cardenal Segura. Si antes de la Gran Guerra se guiñó el ojo más de una vez con el Kaiser, bien podía guiñárselo con Hitler. 

Hubo que prescindir de él. Eso sí. Ofreciéndole Fontainebleau y los aplausos y simpatías de la France eternalle. Es decir, preparando otro Valençay si el nuevo Estatuto de Bayona (el de San Sebastián) no daba resultado. Si el Gobierno republicano cuajado en las logias y los círculos de París no daba resultado. 

¡Al son de la Marsellesa, del himno imperial francés, ha entrado de nuevo Napoleón en España: 14 de abril!

Ahora sin ruido. Eso sí. No en vano se aprende en las costillas. En forma de sombra, con el sigilo y tacto de sombra. Pero siempre permitiendo “algunas concesiones al carácter y a la tradición de los españoles”. Permitiendo que la Marsellesa se trasladase en himno de Riego. Y que las Cortes fijaran los presupuestos. Y que el quepis francés se disimulase en los guardias municipales. No fuera que la gente de la Puerta del Sol fuese a adivinar el morrión de Murat. 

Pero el plan: el mismo. Un vasto plan. ¡Admirable Francia, enemigo admirable!

* * *

Una de esas noches en que las Cortes discutían (¿?) el Estatuto Catalán y en las calles españolas los estudiantes y otros elementos, se las tenían tiesas con los guardias, estaba yo sentado frente al director de un gran diario de Madrid, en su despacho.

- Y a usted, ¿qué le parece eso del Estatuto? - me preguntó.

- ¿A mi? El principio de un vasto plan.

- ¿Español?

- No. Francés.
- Hombre, explíquese. 

- Es muy fácil de explicar. No se necesita ser diplomático, ni diputado, ni siquiera periodista. Con una chispita de chispero, de español de la calle, basta.

- Entonces, ¿usted qué cree?

- Yo creo lo que siento, lo que presiento. Esto es: que de la aprobación del Estatuto de Cataluña depende un vasto plan de Francia.

No hay que olvidar, ante todo, los orígenes políticos de la República española. Se ha hecho al son de la Marsellesa, bajo la bandera tricolor de los tres principios del 89 francés. Los gobernantes se han criado espiritualmente en Francia, son hijos de Francia. Eso es fundamental. Francia necesitaba en su vasto plan una España desunida, es decir, una Castilla desarmada (Castilla, corazón de España). Las armas de Castilla eran tres: unidad religiosa, unidad territorial, unidad lingüística. Y todas tres, mejor o peor, se sincronizaban en la Monarquía. 

Derrumbada la monarquía, se pudo operar en campo franco, libre. Había que hacer una Cataluña que volviese a montar tanto como Castilla. Con un gobierno, una lengua, un territorio. Para que Castilla se lo concediese era menester quitar el peligro castellano: el militar, el territorial, el cura y el maestro de escuela. Y que renunciase en su Constitución, taxativamente, a la guerra. Y ese es el sentido de las Reformas del Ejército, de la Reforma agraria, de la separación de la Iglesia y de la Renuncia en materia idiomática. 

- ¿Usted cree?
- Sí. Pero no porque Castilla se encontrase desesperada de toda solución. Es que así como la República catalana salió del Pacto de San Sebastián, también salió sin duda otro Pacto más misterioso que aquel Pacto, para Castilla. Una ilusión, que era un caramelo infantil, para la pobre Castilla.

- ¿Cuál?

- El de los portugueses. Castilla -rotos sus corvejones- no era ya un peligro ni para Castilla ni para Portugal. Portugal podía sacudirse ya de su yugo inglés y acercarse a la famosa y soñada Federación Ibérica. Portugal sacudiría su dictadura, que es lo que le ataba a Inglaterra. (No iba a nacer otro Wellington que acechase) Nota de 1932. - Sin embargo, me consta que ya está acechando. La dirección de la Policía en Portugal está en manos del Foreign Office de Londres. Los aeroplanos y buques ingleses hacen de vez en cuando misteriosos simulacros ante Lisboa. Wellington se prepara ante la hora cercana, que no tardará en sonar. 

- ¿Y no sería esto altamente patriótico y admirable?

- Lo sería, sí. Piense usted que uno no ha hecho otro sueño que ese en La Gaceta Libertaria. Piense que desde 1927 yo he aprendido a leer y entender el catalán y el portugués en las páginas de mi revista. Pero yo me desperté del sueño por la presión de una pesadilla.

- ¿Cuál?

- Esa, la de Francia. ¡Admirable Francia. Enemigo admirable! A Francia le interesa mucho esa Petite Entente, semejante a las que formó en los otros Balcanes, los de Oriente. 

Le interesa el día en que se proclame en Madrid que -gracias a la Democracia- la Petite Entente es un hecho que no lograron siglos de Monarquía. Gracias a los Derechos del Hombre. Es decir: del hombre francés, como hubiese dicho Disraeli. Pues, ¿dónde se iba a apoyar ese deliquio ibérico? ¿En los cañones cortos de Castilla? ¿En las pistolas catalanas? ¿En los desafíos y centellas portuguesas? Simplemente: en las plumas del aguilucho francés, esas plumas que se disimulaban en el pacifista Blum, en el sencillo Lebrun (Nota de 1938: Ese “vasto plan” previsto en esas intuiciones de entonces fue el Frente Popular y su intervención bélica en España: nuestra guerra). Francia ha aprendido a no mostrar gestos fieros y teatrales en su imperio. Sino faces amables, tímidas, de buen padre de familia, como eran las del beneplácito M. Doumer, a quien una bala confundió con Napoleón, en rara casualidad. 

Entonces sí que ya no habría ni Pirineos ni Estrecho. El Marruecos francés empezaría en los Pirineos. Eso sí: con muchas legiones de honor a nuestros intelectuales y periodistas, y a todos los ibéricos. Con una Colonización de Primera Clase. Muchos Institutos franceses, muchas conferencias exquisitas, mucha Poesía Pura, mucha Casas de Velázquez, de Camoens y de Maragall. 

El director del periódico se echó a reír. Pero yo proseguí: 

- Francia quedaría con las manos libres para entendérselas con ese pícaro de Mussolini, que no deja a la dinastía de Saboya tener un país democrático, constitucional y parlamentario, un país donde reine la “religione della Libertá” del Croce.

Y después se las entendería con Hitler y con Rusia. El genio ruso, combatido por tanta democracia, vacilaría seriamente, y no hay que decir el genio tudesco. Ya se encontraría un nuevo Stressemann. 

La sombra de Napoloeón se extendería por fin por el mundo tranquilamente, sin ruido, sin jaleos, con la sonrisa paterna doméstica de un M. Lebrun, o la melosa y judaica de un Blum.


El director del periódico había empezado a hojear, mientras yo le hablaba, un volumen intacto que tenía sobre la mesa: Portugal e Inglaterra, del señor Cunha Leal, jefe del partido liberal republicano portugués.


* * *

Si la República española ha de seguir, con métodos liberales, apoyando al absolutismo francés, ¡perezca la República española!

Si Alfonso XIII, restaurado, hubiera de seguir, con métodos absolutistas, apoyando al liberalismo francés, ¡perezca Alfonso XIII!

¿Está claro, ingenuos y genuinos españoles? ¿Está claro lo que debe perecer?

* * *
El secreto de la esfinge española es ese: que España tiene planteada una auténtica guerra de Independencia. Y lo más grande del caso es que tal secreto coincide con el de Europa: que nuestra guerra de Liberación habría de ser la misma de Europa, de una Europa libertada, ¡nueva Jerusalén!

El genio fundamental de Europa -el católico- lo encarnó España.

Si ha de volver otra vez el equilibrio católico del mundo, ¡pliéguese este mundo a quien tan magnamente supo y sabrá servir a ese genio: el genio de España!

Y como estas afirmaciones mías encierran una solemnidad tal que pudiera rayar en lo ridículo; como podrían sus alas tropezar con lo rasero, ¡tomemos altura, con un golpe audaz de timón!, para contemplar la circundez del panorama: la distribución topográfica de los genios o divinidades que rigen la Historia del Hombre desde que esta historia comenzó a extenderse por la cartografía del mundo -como las nueves por el cielo: en rangos de batallas y tormentas. 

Muerte de una reina, Luis Suárez



Isabel I Reina, Luis Suárez

Muerte de una reina

Parece probado, hasta donde el análisis clínico puede penetrar valiéndose únicamente de los datos que proporcionan los documentos, que hubo en Juana un patológico desdoblamiento de la personalidad, susceptible de desembocar en una obsesión concreta. En su caso esta obsesión estaba relacionada con la concupiscencia erótica, que se tornaba posesiva al referirse a su marido, al que amaba y odiaba al mismo tiempo con igual violencia. Le amaba con el deseo vehemente pero también le odiaba por el trato que de él recibía. Las dos tendencias fueron registradas por los cortesanos. 

En estas condiciones era imposible esperar de ella capacidad de gobierno, a pesar de que en los momentos de lucidez razonaba con inteligencia. La conducta de Felipe, educado en las costumbres borgoñonas, no contribuyó a moderar la dolencia de Juana -no estamos en condiciones de saber qué hubiera ocurrido en otros derroteros-, pero parece exagerado atribuir a los celos la causa de su locura; no causa, sino efecto. 

Juana dio a luz un niño el 10 de marzo de 1503. Ya hemos indicado cómo en el bautismo se le puso el nombre de Fernando. Los nombres de los infantes no obedecían entonces a criterios meramente circunstanciales, sino a razones muy profundas, acorde con el puesto que se suponía iban a ocupar en esa escala de la sucesión. Para decirlo de otra manera, se le conectaba con los Trastámara y no con los Habsburgo, aunque más tarde las circunstancias harían que hubiera de recoger la segunda herencia. Un correo especial, que hizo en solo seis días el trayecto hasta Lyon, donde aún permanecía su padre, comunicó a éste la noticia. En las cartas de que era portador los reyes decían que aunque la princesa se encontraba bien no parecía aconsejable que emprendiera el viaje hasta que se hubiese restablecido del todo. Pero el archiduque, que se había demorado en Francia más tiempo del que los negocios requerían, insistió en que Juana debía reunirse con él lo más pronto posible y utilizando el mismo camino por tierra. Fernando estaba operando con prudencia política: no convenía que los herederos de la Monarquía estuviesen en la Corte de Francia habiéndose roto las hostilidades. Juana supo que su marido la estaba reclamando. 

Cuando la archiduquesa fue informada de que serias razones exigían una demora en su viaje hasta que Felipe estuviera en Bruselas, tuvo una crisis terrible: el 18 de junio insultó a su madre con palabras tales que no era posible dudar del estado de su mente. Isabel sufrió una recaída y los médicos que le atendieron en Alcalá aquel verano le advirtieron que disgustos de esta naturaleza podían provocar un fatal desenlace. Por aquellos días, coincidiendo Juana en la misma ciudad, comenzó a mostrar la peor conducta: respondía con insultos a quienes se atrevían a formularle alguna advertencia o rectificación, se negaba a comer y sospechaba de todos sus servidores como si viviese rodeada únicamente de enemigos. Todas las personas de su séquito, preocupadas por el informe de los médicos, coincidieron en la necesidad de ocultar a la reina todas estas cosas. Con ello empeoraron la situación. 

La reina estaba acongojada entre aquellos muros en Medina del Campo, que era un poco su villa predilecta, en donde tantas cosas tuvieran comienzo, consciente de que había entrado en la etapa final de una existencia que se iniciara medio siglo antes, en otra localidad de las inmediaciones, Madrigal. Todos los sentimientos y convicciones que la sustentaran, aquellos que la hicieran admirable para unos y odiosa para otros, la profunda fe católica, la obediencia a la Iglesia, el austero sacrificio, la piedad acendrada, el afecto profundo y sincero al marido, se quintaesenciaron en aquel año último. Podía repasar in mente, como sucede al fin de cada existencia si se conservan facultades plenas, sus logros, sus trabajos y sus esperanzas: aparecen plasmados en su Testamento. Ninguno de los dolores que puede sufrir una mujer le fueron ahorrados, comenzando por la presencia en la Corte de dos bastardos de su esposo, a los que cuidó, buscando para ellos un buen destino, la muerte sucesiva de Juan y de Isabel y del niño Miguel, la locura de Juana, el desvío del archiduque lanzado a una conducta política divergente, el alejamiento de las otras dos hijas, el vacío terrible de aquellas habitaciones sin vástagos de la propia dinastía que pudieran continuar su obra. 

A este examen de conciencia iba a responder, por medio de las palabras dictadas a Gaspar de Gricio, en su postrera voluntad, con una lección moral de alto nivel. Como en otra ocasión dolorosa semejante comentara con fray Hernando de Talavera, fue consciente de que “pues los reyes hemos de morir” se aproximaba para ella “aquel terrible día del juicio y estrecha examinación”, la cual es “más terrible para los poderosos” que para la gente común. Reconociendo que debía a Dios gratitud por haber tenido un marido como Fernando, dejaba a éste el recuerdo, “en memoria del singular amor que a su señoría siempre tuve” de que también él “había de morir, y que le espero en el otro siglo”. 

Ella y Fernando decidieron que ya que no pudiera culminar el proyecto de mantener separadas las dos partes de la herencia, Habsburgo y Trastámara, para dos hijos del mismo matrimonio, tenían que conseguir que Carlos viniera a España, donde, reconocido sucesor de su madre, podía brindar a Fernando la larga regencia que se necesitaba. 

Hora final

Tres días Anes de que se produjera el fallecimiento de la Reina Católica, entró en Medina un correo que portaba largo despacho de los embajadores de Bruselas; veinte días habían consumido en el viaje. Probablemente no fue leído a la moribunda porque constituía un tremendo golpe. Tras el incidente con la concubina, Juana había entrado en un periodo de locura frenética. Desconfiaba de sus damas y no quería que la sirviesen más que las esclavas que con ella estaban. Entró en la manía de lavarse constantemente la cabeza y bañarse muy a menudo contra los consejos de los médicos que no eran entonces muy partidarios de esta práctica. Felipe presionaba por todas las vías a fin de que firmase un documento en blanco que debía permitirle asumir todas las funciones, cosa que nunca consiguió. 

Juana, encerrada en sus aposentos, había dejado incluso de alimentarse. Felipe, a quien el curso de los acontecimientos apremiaba, incrementó sus presiones para lograr la firma que le permitiera recibir la transmisión plena de derechos: quería aparecer en Castilla como verdadero rey. Una noche se retiró a una cámara situada inmediatamente debajo de la que ocupaba su esposa y se lo hizo saber. La pobre loca estuvo toda la noche golpeando el suelo -“señor, háblame, que quiero saber si estáis ahí”- tratando de abrir un boquete con su cuchillo. 

Este desolador despacho fue abierto el mismo día en que Isabel dictaba un codicilo al Testamento, el 23 de noviembre de 1504. Mediante un documento paralelo, que hoy se guarda en el archivo de Simancas y en el que se hace referencia a peticiones formuladas en las Cortes de 1502 y 1503, la reina hacía entrega en aquel momento, en su ausencia o defecto de Juana, a Fernando. Tres días después murió “tan santa y católicamente como vivió”, según explicaría el rey en su carta a las ciudades del reino. 

Testamento y codicilo forman un conjunto documental de excepcional importancia. Aunque han sido publicados muchas veces, no abundan las explicaciones correctas en torno a su contenido, porque para comprenderlos es necesario situarse en la actitud mental de la propia reina, que no se corresponde con el orden de valores que impera en nuestros días; muchos de éstos aparecen, entre nosotros, prácticamente inadvertidos. Isabel empieza invocando el nombre de Dios y proclamando que san Juan Evangelista es su “abogado especial”. Para ella el cristianismo y la Iglesia no eran únicamente una opinión y un organismo dignos de respeto, sino Verdad absoluta y su depósito de custodia, ante los cuales decae cualquier otra consideración. Fuera de ellos sólo se encuentra el error o a lo sumo una parcial verdad. No figura en dicho Testamento ninguna cláusula de estilo como ahora se acostumbra - “pido perdón y perdono”, etc.-, porque no se refería el documento a cuestiones genéricas sino a problemas concretos. Hay una mandato exigente a sus herederos para que mantuviesen la unidad de fe -“siempre favorezcan mucho las cosas de la Santa Inquisición contra la herética pravedad”-; no existe la menor referencia a judíos y musulmanes y se ordena seguir la lucha contra el Islam en el norte de África. El último pensamiento es para los indígenas de las islas y tierra recién descubierta a fin de que fuesen tratados como súbditos, esto es, personas libres destinadas a convertirse en cristianos. 

Pagar las deudas, convertir en limosnas el dinero dedicado al boato funeral, reservar los oficios para los naturales del reino, conservar el patrimonio real, devolver a las ciudades sus términos, conservar las rentas públicas a fin de no tener que incrementar los impuestos, amortizar la deuda pública, cumplir los tratados internacionales, retener Gibraltar dentro del patrimonio sin volver a enajenarlo en señorío, no consentir el quebranto de la justicia, mantener al día la recopilación de leyes, fueros y pragmáticas: he ahí una síntesis de los que constituían, en aquella hora final, deberes sustanciales inherentes al ejercicio del poderío real. Isabel, al término de su mandato, ponía en orden sus cuentas porque había llegado el momento de presentarlas ante Dios. Ordenó la venta de sus bienes personales para hacer limosnas, pero con la salvedad de que Fernando escogiera aquellas cosas de su preferencia para que “viéndolas, pueda tener más continua memoria del singular amor que a su señoría siempre tuve”.

Aquella misma noche del 26 de noviembre, a la luz de las velas, el rey dictó a Gaspar de Gricio la carta en que comunicaba la triste nueva. De ella son estas palabras que me sirven para cerrar esta exposición: “Aunque su muerte es, para mí, el mayor trabajo que en esta vida me pudiera venir, y por una parte el dolor de ella y por lo que en perderla perdí yo y perdieron todos estos reinos, me atraviesa las entrañas, pero por otra, viendo que ella murió tan santa y católicamente como vivió, es de esperar que Nuestro Señor la tiene en la gloria, que es para ella mejor y más perpetuo reino que los que acá tenía.”

La llama - Arturo Barea




La forja de un rebelde, Arturo Barea

La llama

Durante el día la calle es calle de negocios y las gentes van afanosas arriba y abajo haciendo girar las puertas de molino de los bancos con un rebrillo de cristales. Y día y noche la calle tiene sus habitantes fijos que parecen vivir allí, en sus aceras: toreros sin contrata, músicos sin orquesta, cómicos sin teatro. Se cuentan sus miserias y sus dificultades y esperan la llegada de un conocido más afortunado que les resuelva el problema de comer un día más; trotacalles que entran y salen en el bar más cercano mirando recelosas por si un policía las detiene en el trayecto; floristas con sus ramitos de violetas o sus varitas de nardos, asaltando a los concurrentes de los bares y restaurantes de lujo; el hombre sin piernas dentro de un carrito de madera que hace andar con las manos y sobre el cual llueven las monedas todo el día; el mendigo que nunca perdió una corrida de toros, buena o mala, y a quien saludan ministros y hampones. 

Las clases pobres consideraban el azúcar un artículo de lujo. Lo habían considerado siempre desde que España perdió la isla de Cuba. Aún recordaba yo la parsimonia con que mi madre prodigaba la cucharadita de azúcar en su café. 

Tengo que hacer una aclaración: yo no creo que todo hombre de negocios es un canalla. He conocido y conozco muchos industriales y comerciantes honrados y sanos, con su defecto humano de querer ganar más y  más. No hablo de éstos, sino de los otros. De los comerciantes e industriales que personalmente no existen. De los que se llaman Muller, Smith o Pérez, sino que se esconden bajo un anónimo y se llaman la Deutsche A.G., la British Ltd. O la Ibérica S.A., y que en la impunidad de este anónimo, sin que nunca se encuentre al responsable, acaparan negocios, imponen precios y destruyen países. Sus directores y sus agentes comerciales no tienen más que una consigna: el dividendo. Los concerns y los trust no están interesados en que sus agentes sean personas honradas, sino en que sean personas que sepan aparecer como honradas legalmente. Si es necesario sobornar a un ministro para que firme una ley, la sociedad da el dinero, pero es necesario que el agente sepa hacer de forma tal que nunca pueda probarse que fue la sociedad quien pagó. 

Pero son demasiado poderosas para que simples palabras las hieran. Yo sabía quién pagó doscientas mil pesetas por el voto del  más alto tribunal de España en el año 1925, para que se resolviera un pleito a su favor en el que si discutía nada más ni nada menos que el que España pudiera o no tener una industria aeronáutica propia. Sabía que los fabricantes de paños catalanes estaban a merced de un concern de industrias químicas -las Industrias Químicas Lluch- que figuraba como español pero que de hecho pertenecía nada menos que a la I.G. Farben-Industrie. Sabía quiénes pagaron y quiénes cobraron miles de duros para que el pueblo español no pudiera tener aparatos de radio baratos, a través de una sentencia injusta. Y quiénes fueron los que a través de la ceguera estúpida de un dictador de cuarto de banderas se apoderaron del control de la leche en España, arruinaron a miles de comerciantes honrados, arruinaron a los granjeros de Asturias y obligaron a pagar al público leche más cara y sin valor nutritivo. 

Hasta entonces, casi todas las tardes se habían producido incidentes similares: los falangistas esperaban la salida de Mundo Obrero e inmediatamente comenzaban a vocear su revista Fe. Ninguno de los periódicos era vendido por los profesionales, sino por voluntarios de ambos partidos. A los pocos momentos estallaban los incidentes a lo largo de la calle: bofetadas y alguna que otra descalabradura y la acera llena de periódicos pisoteados y rotos. Las gentes pusilánimes corrían atemorizadas, pero en general para los paseantes era un incitante espectáculo, en el cual muchas veces se sentían arrastrados a tomar parte activa. Pero lo de aquel día era ya más grave. 
Después me fui a la Casa del Pueblo. Había poca gente en el café, pero unos cuantos amigos se agrupaban alrededor de dos mesas juntas. Se comentaba lo ocurrido la noche antes y lo ocurrido aquella misma noche. Uno de los concurrentes, hombre ya maduro, cuando se acabaron las palabras exaltadas dijo:

-Lo malo es que con todo esto estamos haciendo el caldo gordo a los comunistas.
-Y qué, ¿te da miedo? -preguntó otro, burlón. 
-A mí no me da miedo, pero lo que veo es que se nos están metiendo en casa. Para los falangistas todos somos comunistas y claro es que si nos dan de palos nos tenemos que defender; pero en lugar de esto, recomendamos paciencia a la gente y se nos van en masa a los comunistas. 
-Tú porque eres de los de Besteiro. Os creéis que con paños calientes se puede arreglar esto y os equivocáis. Lo que estáis haciendo es estúpido. Las derechas están todas unidas y nosotros andamos cada uno por nuestro lado; lo que es peor aún, tirándonos los trastos a la cabeza. ¡Lo que está pasando es una vergüenza! -Puso sobre la mesa un puñado de periódicos-: Lee esto. Todos los periódicos son nuestros, de la izquierda. ¿Y qué? Los comunistas atacando a los anarquistas y éstos a aquéllos. Los dos a nosotros y nosotros a ellos; y entre nosotros, Largo Caballero y Araquistain a Prieto, y éste a los dos. De Besteiro no hablemos, porque no habla de revoluciones en la calle y nadie le hace caso porque todos hablan de revolución, de “su revolución”. Yo digo, o nos unimos pronto o vamos a acabar aquí como en Asturias con Gil Robles y Calvo Sotelo como dictadores y el Vaticano dictando. 

Los socialistas se dividían en tres grupos importantes: el de Largo Caballero, que representaba la izquierda del partido; el de Indalecio Prieto, que representaba el centro, y el de Besteiro, que representaba la derecha con su teoría de evolución y reformismo. Estos tres grupos producían la escisión constante dentro de la UGT. La CNT estaba igualmente dividida en dos grupos: los partidarios de la acción directa, anarquistas, y los de la acción sindical. En ambos partidos y en ambas asociaciones se encontraban partidarios y enemigos de la fusión de la UGT y la CNT. Y para terminar la complejidad de la situación, el Partido Comunista comenzaba a desarrollarse y a infiltrarse en el ala de la UGT y del Partido Socialista, creando otro antagonismo doble, ya que comunistas y anarquistas eran enemigos declarados.

Es muy español “quedarse ciego por saltarle un ojo al vecino”. Así, se daba la absurdidad de que los anarquistas se regocijaban de los atentados de los falangistas contra los comunistas; y que éstos, a su vez, hicieran todos los esfuerzos posibles para atacar a los anarquistas a través de los medios de represión gubernamentales. 

Pero, seguramente, definiendo así la situación de las izquierdas españolas cometo un grave error, el mismo que han cometido otros escritores sobre cosas de España. 

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Hubo que restablecer los plenos derechos constitucionales de los ciudadanos y comenzó la batalla de propaganda. Las derechas izaron la bandera del anticomunismo y comenzaron a aterrorizar a los futuros electores con visiones horribles de lo que sería el país en el caso de una victoria de las izquierdas. Predecían el caos y dieron colorido a sus predicciones multiplicando los incidentes callejeros provocativos. Los partidos de la izquierda formaron un bloque electoral. La lista de candidatos comprendía todos los matices, desde los simples republicanos hasta anarquistas; enfocaron su propaganda sobre las atrocidades que se habían cometido con los prisioneros de izquierda después del levantamiento de Asturias y la petición de una amnistía general.

Al mismo tiempo, sin embargo, las disensiones entre los partidos de izquierda se agravaron. Su prensa dedicaba al menos tanto espacio en atacarse mutuamente como en atacar a las derechas. Cada uno de ellos tenía miedo de un golpe de Estado fascista y voceaba este miedo, proclamando a la vez su tipo particular de revolución como la única solución posible. Largo Caballero aceptó el título de “Lenin de España” y el apoyo de los comunistas. Su grupo dijo a las masas que una victoria de las eleciones no sería la victoria de un Estado democrático-burgués, sino de un Estado revolucionario. 

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¿Cómo van en Madrid las cosas de la política?
- Por lo que a mí me parece, confieso que soy muy pesimista. Los grupos de la izquierda no hacen más que pelearse unos con otros y las derechas están dispuestas a destruir la República. Ahora, a algún idiota se le ha ocurrido la idea de nombrar a Azaña presidente e inmovilizar así a un hombre, tal vez el único, que podía haber gobernado el país en esta situación. 

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La iglesia de San Nicolás estaba ardiendo. Vi los ventanales de la cúpula saltar explosivos, y chorros de plomo incandescente deslizarse por el tejado. La media naranja era una bola gigantesca de fuego furioso, crujiendo y retorciéndose bajo las llamas. Por un instante, el incendio pareció extinguirse y la enorme cúpula se abrió con una grieta roja.
Las gentes se dispersaron gritando:

- ¡Se hunde!

Se hundió la cúpula con un chasquido y un golpazo sordo, tragada por las paredes exteriores de la iglesia. De dentro brincó a lo alto una masa silbante de polvo, cenizas, humo y chispas. De pronto, entre esta nube de cataclismo, surgió la figura de un bombero en lo alto de una escala que se balanceaba en el aire, perdido el apoyo de la cúpula; el hombre, en lo alto, seguía dirigiendo el chorro de agua de su manga sobre los puestos del mercado de la calle de Santa Isabel y las paredes del cinema a espaldas de la iglesia. Era como si Arlequín se hubiera quedado de repente solo en la escena, ridículo y desnudo. Las gentes aplaudían, no sé si al derrumbamiento de la cúpula o a la figurilla grotesca allá en lo alto. El fuego seguía rugiendo sordamente dentro de las paredes de piedra. 

La iglesia de San Cayetano era una masa de llamas. Cientos de personas vecinas de las casas adyacentes habían sacado a la calle sus muebles y los habían amontonado lejos del incendio que amenazaba sus hogares. Guardaban sus propiedades y contemplaban silenciosas el incendio. Una de las torres gemelas comenzó a oscilar. La multitud gritó: si la torre caía sobre sus casas, sería el fin. El bloque de piedra y ladrillo se estrelló en mitad de la calle. 

Me fui a casa profundamente emocionado. Sentía un peso en la boca del estómago como si quisiera llorar sin poder. Surgían visiones de mi infancia y tenía la sensación de sentir y de oler cosas que había querido y cosas que había odiado. Me senté en el balcón de casa sin ver la gente que pasaba por la calle o que se enracimaba en grupos, hablando a gritos. Traté de aclarar el conflicto dentro de mí. Me era imposible aplaudir la violencia. Estaba convencido de que la Iglesia en España era un daño que había que corregir, pero a la vez me rebelaba contra esta destrucción estúpida. ¿Qué habría ocurrido a la biblioteca del colegio con sus viejos libros iluminados, con sus manuscritos únicos? ¿Qué habría ocurrido a las salas de física y de historia natural, tan espléndidas, tan escasas en España? ¡Y toda la riqueza destruida en material de enseñanza! ¿Era posible que estos curas y estos señoritos de la Falange hubieran sido realmente tan estúpidos como para creer que el colegio iba a ser una fortaleza contra un pueblo enfurecido?

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Pero no podía continuar al margen de los acontecimientos. Sentía el deber y tenía la necesidad de hacer algo. El Gobierno había declarado que el levantamiento estaba sofocado, pero era evidente que lo contrario era la verdad. La batalla no había comenzado aún. Aquello era la guerra, guerra civil, y una revolución. No podía ya terminar hasta que el país se hubiera convertido en un Estado fascista o en un Estado socialista. No tenía que elegir entre ellos. La elección estaba para mí hecha durante toda mi vida. O vencía una revolución socialista, o yo estaría entre los vencidos. 

Era obvio que los vencidos, fueran los que fueran, serían fusilados o encerrados en una celda de cárcel. 

Esto era la espuma de la ciudad. No lucharían, ni llevarían a cabo ninguna revolución. Lo único que harían seria robar, destruir y matar por puro placer. 

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Pero aunque había entusiasmo de sobra, aún no existía cohesión. El orgullo de cada partido parecía mucho más fuerte que el sentimiento de defensa común. La victoria de un batallón anarquista se restregaba en la cara de los comunistas, y la victoria de una unidad comunista se lamentaba y desvirtuaba por los otros grupos. La derrota de un batallón se volvía en ridículo para el grupo político a que pertenecía. Hasta cierto punto esto fortalecía el espíritu de lucha de las unidades aisladas, pero también creaba un semillero de resentimiento mutuo que perjudicaba las operaciones militares en su conjunto y anulaba un mando unificado. 

Cuando salimos de casa, los vecinos nos contaron que un aeroplano había volado bajo sobre Madrid desde el sur al norte, regando de bombas el camino. Había dejado un rastro de sangre desde la Puerta de Toledo a Cuatro Caminos. Por accidente o porque el piloto se guiara él mismo por los espacios abiertos entre las calles, la mayoría de las bombas habían caído en las plazas públicas y muchos chiquillos habían sido víctimas. 

Esto fue el 7 de agosto de 1936. Aquella tarde y aquella noche, los fascistas recomenzaron a disparar desde balcones y buhardillas. Se hicieron centenares de detenciones y aquella noche se ejecutó en masa a los sospechosos. 

Las ejecuciones habían atraído mucho más público del que yo hubiera imaginado. Había familias enteras con sus chicos, excitados y aún llenos de sueño. Milicianos cogidos del brazo de muchachas, novias o mujeres, y bandadas de chiquillos. Todos yendo Paseo de las Delicias abajo, todos en la misma dirección. A la entrada del mercado y de los Mataderos, en la Glorieta, se agolpaba un verdadero gentío. Mientras carros y camiones cargados de legumbres iban y venían, piquetes de milicianos se mezclaban con los curiosos y pedían la documentación a quien se les antojaba. 

Los cadáveres yacían entre los arbolillos. Los curiosos iban de uno a otro y hacían observaciones humorísticas; un comentario piadoso hubiera provocado sospechas. 

Había esperado los cadáveres y su vista no me impresionó. Había unos veinte, ninguno profanado. Había visto cosas peores en Marruecos y el día antes. Pero me impresionó terriblemente la brutalidad colectiva y la cobardía de los espectadores. 

Llegaron los camiones de la limpieza del Ayuntamiento de Madrid que venían a recoger los cuerpos. Uno de los chóferes dijo:

-Ahora vamos a regar eso y lo vamos a dejar como la patena para el baile de esta noche. -Se echó a reír, pero sonaba a miedo.

Alguien nos dejó montar en un coche hasta Antón Martín y nos fuimos a desayunar al bar de Emiliano. Sebastián, el portero del número siete, estaba allí con un fusil arrimado a la pared. Cuando nos vio, dejó el vaso de café sobre el platillo y comenzó a explicar con gestos extravagantes:

-¡Vaya una noche! Estoy reventado. ¡Once me he cargado hoy!

Ángel le preguntó:

- ¿Qué has estado haciendo? ¿De dónde vienes?

- De la Pradera de San Isidro. He estado allí con los compañeros del sindicato y nos hemos llevado unos cuantos fascistas con nosotros. Luego han venido otros amigos de otros grupos y les hemos echado una mano para acabar antes. Creo que hemos suprimido más de ciento esta vez.

Se me contrato la boca del estómago. Aquí había alguien a quien yo conocía casi desde que era niño. Le conocía como un hombre alegre y trabajador, enamorado de sus chiquillos y de los chiquillos de los demás; seguramente un poco rudo, con pocas luces, pero honrado y decente. Y aquí estaba convertido en un asesino. 

Me llevó a una de las iglesias más populares de Madrid, que se había convertido en una prisión y un tribunal. El tribunal se había instalado en la rectoría y la prisión en la cripta. 

- Bueno -dijo el cabo-, hoy nos cargamos a todos los fascistas que tenemos aquí. Es una lástima que no sean más que media docena; hoy me gustaría tener seis docenas. 

Dos milicianos trajeron el primer prisionero, un muchacho de veintidós años, la ropa de buen corte llena de polvo y telarañas y los párpados enrojecidos.
-¡Acércate, pajarito, que no te vamos a comer!- bromeó Manitas.
El miliciano en el sillón sacó una lista del cajón de la mesa y leyó en voz alta el nombre y las circunstancias del acusado; pertenecía a Falange, varios camaradas le habían visto vendiendo periódicos falangistas y en dos ocasiones había tomado parte en riñas callejeras. Cuando le habían arrestado encontraron sobre él una matraca de plomo, una pistola y un carnet de la Falange. 

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Nuestras órdenes eran más que simples: ¡teníamos que suprimir todo lo que no indicara una victoria del Gobierno republicano!

Al mismo tiempo, el Gobierno trataba de suprimir los tribunales terroristas, creando una nueva forma, legalizada, de tribunales populares, en los cuales un miembro del cuerpo jurídico actuaría como juez, y delegados de las milicias como asesores: se autorizaba a las milicias de vigilancia a investigar y detener fascistas, pero únicamente a las debidamente autorizadas, para eliminar así el terror de la caza del hombre. Pero la ola de miedo y odio estaba aún creciendo y el remedio era peor que la enfermedad. 
La orden oficial para la censura fue: dejar pasar únicamente las informaciones en las que apareciera que el Alcázar estaba a punto de rendirse, la columna de Yagüe detenida en su avance, y los tribunales populares un dechado de justicia. 

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El tío Juan, el molinero de Novés, vino a verme una mañana. Me lo llevé a un café y comenzó a contarme su historia, en su modo lento y ecuánime:

- Yo tenía razón, don Arturo. Los viejos nos equivocamos pocas veces. ¡Las cosas que han pasado! Cuando estalló la revuelta, nuestra gente se volvió loca. Arrestaron a todos los ricos del pueblo y a todos los que habían trabajado con ellos; a mí también. Me dejaron fuera después de un par de horas. Los muchachos sabían que yo no me había mezclado jamás en política y que en mi casa siempre había un pedazo de pan para el que lo necesitara. Además, a mi chico le dio la ventolera de hacerse guardia de asalto, y por eso yo era también un republicano para ellos. Bueno, montaron un tribunal en el Ayuntamiento y los fusilaron a todos, hasta al cura. A Heliodoro le fusilaron el primero. Pero los enterraron a todos en tierra sagrada. El único que se escapó con el pellejo fue José, el del casino, porque muchas veces les daba una pesetilla a los pobres que no tenían nada que comer. ¡Siempre es bueno encender una vela a Dios y otra al Diablo! Y así, las familias de los fusilados se marcharon del pueblo y al principio la gente quería repartirse las tierras; después quería trabajarlas en común. Total, que no se ponían de acuerdo y no había dinero. Se incautaron de mi molino, pero naturalmente, no había grano que moler y lo mismo pasaba en los otros pueblos. Unos cuantos de los jóvenes se marcharon a Madrid con las milicias, pero la mayoría de nosotros nos quedamos y fuimos viviendo con lo poco de las huertas y lo que se había encontrado en las casas de los ricos. 

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Estaban llegando tanques rusos, cañones antiaéreos, aeroplanos y camiones llenos de munición… Esperábamos todos que, ahora, a través de la defensa de Madrid -¿qué mejor voto?-, el mundo se enteraría al fin de por qué luchábamos. La censura de prensa extranjera en Madrid era una parte de esa defensa; o al menos entonces yo lo creía así. 

Me fui a casa y recogí las fotografías de los niños asesinados en Getafe. Me las llevé al Partido Comunista para que se usaran en carteles de propaganda. 

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Durante la noche escuchábamos el anillo de explosiones de los morteros. En los amaneceres grises y sucios nos asomábamos a la ventana y escuchábamos cómo el horizonte de ruidos se apagaba. Uno de los hombres del Control Obrero vino y me mostró un fusil mexicano: México había mandado miles de fusiles. Los aviones de caza que volaban sobre nuestras cabezas procedían de Rusia. En la Casa de Campo estaban luchando camaradas franceses y alemanes y se dejaban matar por nosotros. En el Parque del Oeste se estaba atrincherando el batallón vasco. Hacía mucho frío y los cristales de nuestras ventanas estaban salpicados de agujeros diminutos. 

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- Y hablando de la guerra, ¿qué dicen las gentes aquí sobre ello? Aunque de todas maneras esto se acaba en unos días. Con la ayuda de Rusia, no dura ni dos meses. Se están portando. ¿Ha visto usted los cazas? En cuanto tengamos unos pocos más de ellos, se les acabó el cuento a los alemanes amigos de Franco. Ésta es una de las cosas que yo no puedo entender. ¿Por qué tienen que mezclarse estos italianos y alemanes en nuestras cuestiones, si a ellos no les hemos hecho nada?

- Después, los mexicanos, y Dios los bendiga, nos mandaron unos fusiles, pero luego resultó que nuestros cartuchos eran un poco grandes para ellos y se atascaron. 

- Rusia es un país socialista y tiene la obligación de ayudarnos, porque para eso somos socialistas; comunistas, si usted quiere, da igual. 

Me ahogaba el sentimiento de impotencia personal frente a la tragedia. Era amargo pensar que yo era un entusiasta de la paz, amargo pronunciar la palabra pacifismo. Me había convertido en un beligerante. No podía cerrar los ojos y cruzarme de brazos mientras se asesinaba impunemente a mi propio país, sin más finalidad que el de que unos pocos se hicieran los amos y esclavizaran a los supervivientes. Sabía que había fascistas de buena fe, admiradores del pasado glorioso, soñadores de imperios que desaparecieron para siempre, conquistadores que se creían en una cruzada; pero no eran más que la carne de cañón del fascismo. Los otros, los otros, los herederos de la casta que había regido España durante siglos, los que yo había conocido manejando la guerra en Marruecos, con su corrupción estupenda, con sus glorias retiradas, cebándose en latas de sardina podridas, en sacos de judías llenos de gusanos: esto era lo que había que combatir. No era una cuestión de teorías políticas, sino de vida o muerte. Había que luchar contra los enterradores; los Franco, los Sanjurjo, los Mola, los Millán Astray, que ahora coronaban su hoja de servicios cañoneando su propio país para hacerse los amos de esclavos y a la vez convertirse para ello en esclavos de otros amos. Oh, ¿cómo un general puede tener tan poca vergüenza de sí mismo?

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El camino a Valencia es largo, y yo hablé y hablé, para aclarar mi mente, para desahogarme, mientras García escuchaba y hacía preguntas. Cuando llegamos a la ciudad, fuimos directamente a un bar para comer algo y para beber un vaso juntos antes de separarnos. Y fue únicamente entonces cuando García dijo:

- Bueno, compañero, ahora dame las señas del fulano ese. Esta noche le vamos a hacer una visita.
-Caray, ¿para qué?
- Ah, no te preocupes, aquí en Valencia a veces la gente desaparece de la noche a la mañana. Se los llevan a Malvarrosa, al Gran o a la Albufera, se ganan un tiro en la nuca y el mar se los lleva. Bueno, algunas veces los devuelve porque le dan asco. 
-… Conozco al tipo y por causa de ellos vamos a perder la guerra. ¿O tú crees que nosotros sabemos las cosas que la censura deja pasar? Ese hombre es un fascista y ya le tenemos marcado hace mucho tiempo. Además, le hemos avisado más de una vez. Tú podrás decir lo que quieras, pero a ése le damos el paseo más tarde o más temprano. 

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España, su pueblo y su Gobierno, no existían más que en una forma definida; eran el objeto de un experimento en el cual los países partidarios de un fascismo internacional y los países partidarios de socialismo o comunismo tomaban parte activa, mientras los demás países nos contemplaban como espectadores vitalmente interesados. Lo que estaba ocurriendo era un claro preludio del rumbo futuro de Europa y posiblemente del mundo. 

Los espectadores favorecían a uno u otro de los dos combatientes; sus clases directoras se inclinaban del lado del fascismo internacional; parte e sus trabajadores y de sus intelectuales se inclinaban más o menos claramente hacia un socialismo internacional. Una guerrilla ideológica de ambos bandos combatía en Europa y América. Reclutas para las Brigadas Internacionales venían de todos los países, y todos los países se negaban a vender a la República española las armas que necesitaba. La razón que se daba era que se quería evitar una guerra internacional. Sin embargo, algunos grupos tenían la esperanza de que España provocaría la guerra entre Alemania y Rusia y muchos tenían curiosidad por ver enfrentarse la fuerza de las dos ideologías políticas, no en el campo de la teoría, sino en el de la batalla. 

No podíamos ganar la guerra.
Los hombres de Estado de la Rusia soviética no iban a ser tan estúpidos como para llevar su intervención a un punto en que constituyera peligro de guerra contra Alemania, en una situación en la que Rusia se encontraría abandonada por todos y Alemania disfrutaría del apoyo de las clases directoras y la ayuda de las industrias pesadas de todos los demás países. Muy pronto los rusos nos dirían: “Lo sentimos mucho, no podemos hacer más por vosotros, arreglároslas como podáis”. 
Estábamos condenados de antemano. Y sin embargo continuábamos una lucha feroz. ¿Por qué?

No teníamos otra solución. Ante España no había más que dos caminos: la terrible esperanza, peor aún que desesperación, de que estallara una guerra europea y obligara a algo de los otros países a intervenir contra la Alemania de Hitler; y la desesperada solución de sacrificarnos nosotros mismos para que otros pudieran ganar tiempo y hacer sus preparativos, y así, cuando un día llegara el fin del fascismo, tener el derecho de pedir nuestra compensación. En cualquiera de los dos casos teníamos que pagar con la moneda de nuestra sangre y la destrucción bárbara de nuestro propio suelo. Era por esto que muchos miles, que se se enfrentaban en el frente con la muerte, luchaban con un credo y una convicción política, con fe y con esperanza de victoria. 

Entre los líderes de la lucha, la idea de salvar la República como base de un gobierno democrático había desaparecido; cada grupo se había vuelto monopolista e intolerable…. Ahora nos llegaban noticias de batallas en las calles de Barcelona entre los antifascistas.

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Escribí una charla. Como vehículo de la noticia, la hice como dirigida a un famoso capitán de barco inglés que había roto el bloqueo de Bilbao para llevar socorros a la ciudad y que todo el mundo conocía como Potato Jones. Le contaba que Bilbao había caído, le explicaba lo que esto significaba para España, nuestra España, y lo que significaría cuando la reconquistáramos; le contaba que nosotros estábamos luchando y que no nos quedaba tiempo para llorar por Bilbao. Miaja leyó aquello, dio un puñetazo en la mesa y me ordenó que radiara la charla. Llamó al editor del único periódico que se publicaba en Madrid al día siguiente, por ser lunes, y le ordenó que imprimiera el texto. Y así, de esta forma, fue como Madrid se enteró de la caída de Bilbao. 

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Nuestras tropas habían conquistado Teruel. Los corresponsales volvían del frente con historias de muerte en el fuego y en la nieve. Nuestra amiga noruega Niní Haslund, organizadora de la ayuda internacional, nos contó historias de niñas temblorosas en un convento bombardeado y de viejas mujeres que lloraban cuando se les daba pan. Me comenzaba a abrumar un sentido de inferioridad: nuestros soldados estaban muriendo en las calles de Teruel. Estábamos destruyendo nuestras propias ciudades y matando a nuestros propios hombres porque no había otra solución contra el horror de vivir en la esclavitud fascista. Yo debería estar en el frente, y no era ni aún capaz de trabajar en Barcelona cuando había un bombardeo. Era un inútil físico y mental, acurrucado en una cueva en lugar de estar ayudando a los niños o a los hombres.